—¡No voy a renunciar a mis proyectos por una organización desconocida! —Dolores Umbridge chilló desde su asiento en una de las salas de reuniones de Eider.

El mismo Eider suspiró internamente, mirando con ojos para nada impresionados la falta de modales y comportamiento civilizado de la mujer Umbridge. Sin perder el ritmo, Eider le sonrió amablemente mientras ignoraba el dolor en sus oídos debido a sus chillidos.

—Debe de comprender, señorita Umbridge —comenzó Eider, viendo a Umbridge carraspear ante el uso de "señorita", pero sin corregirlo—, que usted presenta una deuda con Talionis de gran magnitud. La eliminación de un pasado completo no es una cosa sencilla.

—Y usted debe de saber —espetó Umbridge, en un tono dulce, lento, pero mordaz como si Eider fuera lento. Y, desde las constantes miradas a la piel y ojos de Eider, este sabía que Umbridge lo estaba juzgando por su raza o a lo sumo imaginándose que Eider poseía sangre de criatura de alguna manera. —, que todo eso lo pedí para poder lograr lo que está sucediendo ahora ¡El correcto control y registro de semejantes criaturas salvajes es necesario!

Era por esto mismo que un empleado había manejado a Umbridge la última vez, la reputación de la mujer la precedía.

—Pero entiendo que a los de su clase les cueste comprender tales conceptos, acostumbrados a andar en silencio y por las sombras. Escondiéndose en ese callejón decrépito y fomentando la incivilización con sus costumbres mezcladas debido a sus procedencias. —¿Ella no estaba sugiriendo que él era algo menor a ella, no es así?

» Para eso es este proyecto de ley, señor … —Umbridge hizo una pausa, obviamente esperando un apellido para usar y sonriendo con suficiencia cuando Eider no proporcionó uno. La mujer ni siquiera notaba la mirada que Eider le estaba dando, solo carraspeó de nuevo y prosiguió: —, para identificar a cada hombre lobo y guiarlos a su correcta reeducación y reubicación en nuestra sociedad.

Para adoctrinarlos a la servidumbre y mantenerlos en campos de concentración, tradujo Eider para sí mismo.

—Los hombres lobos serán solo el comienzo, por supuesto, esta ley solo abre las puertas hacia muchas otras similares y destinadas para los otros tipos de seres y mestizos que se esconden en la población mágica. Avergonzados, claramente, del salvajismo inherente que sus condiciones les aportan.

A Eider ya le dolía la cabeza, no solo por el obvio odio y racismo que Umbridge escupía, sino también por su negación a cooperar y la manera en que hablaba como si la Gran Bretaña Mágica fuese la única población mágica en el mundo. Eider no comprendía a qué se refería con un callejón decrépito y mucho menos sus maneras totalitarias de hablar como si el tener sangre de criatura fuera ocultado por vergüenza y no por miedo a que te segreguen y asesinen por algo fuera de tu control.

Umbridge, decidió Eider mientras la mujer escupía más propaganda de odio, no tenía intención de pagar su deuda.

No era útil.

Eider sonrió, le sirvió más té a la mujer rosa y le dijo:

—Por supuesto, fue un error de nuestra parte el asumir que cambiaría algo tan importante.

Umbridge le sonrió contenta como una abuela escuchando a su nieto recitar perfectamente los comportamientos adecuados de un caballero, sin notar la falta de interés del nieto o el odio burbujeante en su mirada ante la familia opresora en la que vivía.

—En tal caso —dijo Eider —, solo vamos a pedirle algo más sencillo. Estamos interesados en una vinculación y alianza de trabajo más permanente entre Talionis y usted.

» Estamos dispuesto a prestar total atención a sus proyectos a cambio de pequeñas cosas que no extrañará en absoluto.

Umbridge le miró interesada, preguntando qué cosas casi al instante. Hambrienta de poder y alianzas sin considerar las palabras de Eider, ni el tono de las mismas.

Era como ver a una mosca caminar directamente hacia una telaraña, al ver la oportunidad de comida sobre esta, sin notar al depredador colgando encima.

O a un sapo, mejor dicho, ignorando al puma que bebía de la laguna a la que se dirigía.

—Es sencillo —le dijo Eider, pasándole dos frascos medianos y vacíos a la bruja, junto a una piedra de un resplandeciente color blanco— solo llene estos viales con su sangre y conduzca su magia a la piedra.

Eider vio a la bruja dudar ante la mención de dar voluntariamente su sangre y magia, pero le sonrió amablemente y procedió a explicarle:

—Es solo para unirla a las salas de la sección más privilegiada del bar, donde manejamos todo lo relacionado a los clientes más importante de Talionis.

» Comprenderá que hay ciertos asuntos que se manejan mejor detrás de las mejores salas de protección. Además, esto le proporcionara una puerta de transporte especial para su uso.

Umbridge se relajó, con ojos brillantes al saber que se volvería una clienta especial y, sin dudarlo, cortó la palma de su mano con la daga que Eider le proporcionó y llenó los dos viales. Cuando tocó la piedra blanca, sintió el tirón en su magia, la piedra absorbiéndola y comenzando a cambiar a un tono de rosa chicle rápidamente.

Eider sonrió cuando la mujer trató de quitar su mano, pero esta no se movió. A estas alturas, debería de estar sintiendo como la palma de la misma se calentaba cada vez más cuanto más trataba de quitarla.

Umbridge se puso pálida, la piedra absorbiendo su magia a velocidad cada vez más rápida, y su boca abierta de terror al notar que no podía gritar.

Al cabo de unos minutos, dado el poco poder mágico de la bruja, Umbridge cayó pesadamente hacia adelante, con su cuerpo estrellándose contra la mesita de té y la piedra rodando de la mano carbonizada. Eider se puso de pie y caminó hacia el lado de Umbridge, presionando sus dedos contra el cuello de la misma y luego en la muñeca.

Estaba muerta.

Vaciarla de magia por completo fue un shock enorme para su sistema. Colapso sobre sí misma, con todo su organismo fallando a la vez.

—Gracias por convertirse en una clienta especial, tenga por seguro que sus proyectos estarán bien cuidados y la puerta que proporcionará le daremos un uso verdaderamente exclusivo —dijo Eider, una sonrisa pequeña en su rostro durante todo esto.

Tomó la varita de Umbridge, guardándola en su bolsillo, y se acercó a la pared derecha de la habitación, golpeando sobre la misma en un ritmo rápido y sencillo. La pared se abrió segundos después, Harry salió de la misma y miró el cadáver de Umbridge con una mirada a igual partes asqueada y horrorizada.

Harry no hizo comentarios, habiendo estado todo el tiempo en el pasadizo tras la pared observando a Umbridge, y se limitó a ayudar a Eider a mover a la mujer hasta este con la cara algo verde.

Una vez en el pasadizo, y fuera del alcance de las salas contra la magia en las habitaciones, Eider sacó su varita (madera de ciprés y pelo de merpeople) y convirtió el cuerpo de Umbridge en una figurilla de cerámica rosa de un gato rechoncho de pelo largo. Harry sabía que iría al estante junto a las otras bajo un hechizo de estasis hasta que se la necesitara dentro de poco.

Eider le tendió la varita de Umbridge, junto a la identificación que la nombraba trabajadora del Ministerio, los viales con sangre y la piedra rosa.

—Sabes que hacer —le dijo Eider y Harry asintió, desapareciendo hacia las puertas ocultas.

Dolores Umbridge apareció a través de una pared de ladrillos en un callejón tras una tienda muggle en medio de Londres, mirándose a sí misma para comprobar que su atuendo sea perfecto, salió del callejón y se dirigió camino a la entrada del Ministerio con forma de cabina telefónica.

Su andar al principio fue algo torpe, como acostumbrada a otro cuerpo, y algo masculino, pero pronto regresó a su ritmo habitual rápido y de pasos cortos. Mirando con la barbilla en alto y ojos críticos a todos los muggles que se detenían a observar su vestimenta.

Umbridge procedió a presentarse a la cabina, su voz chillona habitual y llena de carraspeos y pequeñas toses incomodas como siempre. La cabina no le proporcionó una placa, sabiendo que Umbridge ya poseía una, y una vez en el atrio del Ministerio lo atravesó sin demoras.

Mirando a la secretaria del mismo que trato de detenerla con completo desdén, escuchándola balbucear sobre su proyecto de ley y los nuevos interesados del mismo.

—A mi oficina — le chilló, la secretaria se calló y la miró atónita.

—¿Disculpe? —le dijo.

—A mi oficina, querida, asumo que tu inteligencia será la suficiente para notar que uno no se detiene a hablar sobre esto en medio del atrio del Ministerio —le reprendió Umbridge, mirándola hasta que la secretaria recuperó sus capacidades de habla.

—Si, por supuesto. Mis disculpas, señorita Umbridge.

La secretaria le miró, y Umbridge carraspeó haciéndolo sonar, de alguna manera, impaciente y decepcionada a la vez.

—¿Y bien? Lidera el camino, querida, no tengo todo el día.

La secretaria salto ante el tono, murmurando una disculpa apresurada y dirigiéndose hacia el ascensor con Umbridge siguiendo sus pasos y poniéndola nerviosa. La mujer era tan desagradable y despectiva como los rumores decían, tuvo la mala suerte de perder el juego entre los asistentes del Ministerio para ver quien la asistiría hoy.

Una vez en la oficina, Umbridge la despidió con un gesto de la mano luego de recibir su informe. Una vez a solas, la mujer se dirigió a la pared trasera de su oficina (luego de cerrar con llave la misma) y procedió a dibujar una complicada matriz rúnica como si no fuera nada, las runas brillaron al activarse y la mujer murmuró un último hechizo antes de ignorar la pared como si no fuera nada.

—¿Dolores? —Una voz llamó desde fuera de la oficina y Umbridge se apresuró a abrir la puerta.

El mismo Ministro Fudge le saludo al otro lado y entró a su oficina rápidamente.

—Suerte que te encuentro, necesito tu opinión para algo ¡Dumbledore no deja de tratar de concertar citas, por más que le digo que no quiero saber nada de él tras ese ridículo libro!

Dolores escuchó al Ministro despotricar por la siguiente hora y media, carraspeando y tosiendo cada vez que era oportuno y aconsejándolo adecuadamente: "Por supuesto, tiene razón, Ministro", "Ante el clima actual, desaconsejaría seguir avanzando en estos proyectos, Ministro. La gente está muy sensible estos días", "Concertar la cita con Dumbledore, Ministro, escúchalo balbucear y luego decide. Por lo menos así no podrá decir que el Ministro de Magia no lo escucha" y muchas otras.

Una vez que Fudge se fue, Dolores revisó las cosas en sus cajones, haciendo copias para resguardar todos los archivos relevantes en los mismos, y luego se puso de pie, saliendo de su oficina y dirigiéndose a su zona favorita del mismo.

Como los papeles en su escritorio lo comprueban (protegidos con una contraseña tan débil como "por siempre puro"), Dolores era una de las principales colaboradoras de una sección específica de los Inefables, entregando sujetos de prueba cada que podía, y estos le daban libre paso por los resultados de estas investigaciones a cambio.

Por más que quisieran decir lo contrario, el Departamento de Misterios no estaba completamente desligado del Ministerio. No mientras su administración estuviera a cargo de humanos siempre ávidos por más, estarían dispuestos a escuchar a cualquier partido a cargo del Ministerio cuando este le dejara realizar experimentaciones más creativas, sin tanto control de los mismos.

Una vez en el mismo, en la antesala donde sucedían las cosas más divertidas, la cual era usada como archivo, Dolores se acercó a los gabinetes de la misma y saludo al Inefable sentado en un escritorio cercano.

—¿Aquí por más archivos, Dolores? —le preguntó el mismo.

—Sí, lamentablemente hay ciertos miembros del Wizengamot más difíciles de convencer sin pruebas más visuales —le comentó Dolores, ganándose un murmullo comprensivo del Inefable —¿Te molesta si saco copias, querido? Los Bones, Madame Longbottom y Lady Smith quieren toda la información.

Dolores se aseguró de poner toda la irritación ante su situación al Inefable frente a ella, ambos sabiendo lo tedioso que era realizar las copias al tener que hacerlas de a una, y citando sus encuentros de hoy con los miembros del Wizengamot que estaban en su agenda.

El Inefable asintió en comprensión y hasta le ayudó a realizar las copias, no era la primera vez que uno de sus benefactores hacía esto. Siempre era difícil convencer a los demás de escuchar la verdad tras ciertas habilidades de criaturas y magos que descubrían en el Departamentos de Misterios.

Sinceramente, la gente era tan sensible cuando se mencionaban a los Inefables.

Tuvieron todo copiado y etiquetado unas dos horas después, era menos de lo que algunos imaginaban dado que era una sección nueva del Departamento, solo algunos años. Pero comenzaron a prosperar gracias al interés de algunas personas en el mismo.

Dolores agradeció su ayuda al Inefable y regresó a su oficina, cruzándose con unos cuantos rezagados en su camino y apresurándolos a volver al trabajo con un carraspeo y mirada aguda.

En su oficina, cerró la misma y estableció salas pesadas a su alrededor, asegurándose que nadie la molestara ni sintiera la necesidad de llamar a su puerta. Eran las últimas horas de trabajo del día, nadie la molestaría, pero no estaba de más asegurarse.

Dolores se acercó a la chimenea conectada a la Red Flu que poseía, una de las ventajas de trabajar codo a codo con el Ministro, y llamó el primer nombre de muchos:

—Rita Skeeter, El Profeta.

Tom Riddle había sido muchas cosas en su vida. Desde un huérfano en un orfanato olvidado por el sistema, luchando por subir a la cima entre un grupo de niños que no conocían nada más que el frío entre las paredes grises del lugar, el hambre siempre presente como un susurro en el fondo de sus mentes debido al bajo presupuesto, y la crueldad necesaria para ser quien conseguía la mejor ropa usada cuando el donativo de la Iglesia local llegaba cada tres meses.

Del huérfano entre medio de todos, pasó a ser el niño distinguido entre todos ellos, y no de la buena manera. Por ejemplo, si alguien le preguntara a la Señora Cole, la misma diría que Tom Riddle había sido ese tipo de bebé inquietantemente silencioso, que siempre miraba como si pudiera ver tu alma, aunque fuera solo un infante. No lloraría, aunque sus tripas rugieran (lo sabía, una vez se olvidó de la presencia del nuevo bebé por casi día y medio gracias a eso). Era del tipo de niño que provocaba la necesidad de controlar si estaba vivo, acercando los dedos hacia su nariz para ver si respiraba.

Por no hablar de las cosas extrañas que sucedían alrededor de Tom Riddle, la misma mención de cualquiera de sus incidentes lograba que la Señora Cole se hiciera la señal de la cruz y recitara pasajes bíblicos de memoria sin verdaderamente pensar en ellos.

Así Tom pasó a ser del niño distinguido entre los huérfanos, al niño que debía evitarse si se podía. Ya no le encomendaban las tareas diarias del orfanato, los demás niños dejaron de tratar de burlarse de Tom (nunca faltaba el pobre tonto que se creía lo suficientemente fuerte como para vencer al extraño Riddle, o el nuevo huérfano que no escuchaba las advertencias de los demás), Tom recibió una habitación para el solo en el extremo más alejado del pasillo y absolutamente todos se dedicaron a dejarlo solo.

La totalidad de sus días se gastaban en su habitación, leyendo y releyendo los pocos libros en el orfanato, solo salía a las comidas, si es que la Señora Cole no castigaba a Tom, o a veces al jardín en busca de serpientes. Pero lo último se acabó rápidamente cuando los demás descubrieron que la mejor manera de molestar a Tom era dejarle serpientes muertas en su habitación.

Tom disfrutó de matar al conejo de Billy en represalia.

Luego llegó Dumbledore, pareciéndose a los doctores que la Señora Cole y las demás cuidadoras amenazaban que vendrían a llevárselo al manicomio si Tom no dejaba de ser tan silencioso raro, peligroso, hijo del diablo, demoniaco, equivocado, inquietante. Tom reconoce que fue un idiota al descontrolarse con Dumbledore, pero el hombre le asustó y prendió fuego al único armario que tenía, y sus escasas pertenencias con ello.

Y no importaba lo que dijera Dumbledore después, las cosas de Tom, las cosas que tuvo que devolver, se las había ganado como cualquier otro huérfano en Wool. La crueldad, el robo, y las artimañas eran la única manera de conservar algo como propio en Wool, ningún huérfano era lo suficientemente tonto como para dejar sus escasas pertenencias a la vista y ¿Cuándo lo eran? La caja con cosas de Tom era solo una de muchas como los otros niños en el orfanato poseían, nada que ningún otro niño en Wool no tuviese y resguardase con saña.

Tom no veía el tomar estas cosas como algo malo, era así como los huérfanos en Wool se manejaban cuando golpear a alguien no era posible. Eran niños, abandonados en un lugar inhóspito, mal mantenido, con cuidadores que preferían mantener sus cabezas hundidas en el alcohol, que no tenían nada y su única educación venia de las clases dos veces a la semana que la Iglesia proporcionaba: enseñarles lo suficiente como para leer la biblia, los números para poder buscar en ella los pasajes indicados y la historia en una versión simplificada a lo que era importante para la iglesia y sobre la Iglesia, es decir, nada importante realmente. Tom aprendía más en sus escapadas a la biblioteca.

Pero en Wool robar las cosas entre ellos mismos era la moneda del día a día en el orfanato, intercambiar hojas de papel por una manzana extra, o una muñeca por la manta de alguien. Era como se manejaban cuando los adultos apenas se molestaban en darles tres comidas pequeñas al día y la ropa necesaria para no estar desnudos.

Apropiarse de las cosas de otros también servía para practicar las habilidades de robo, como era el caso de los niños mayores que pasaban sus días en las calles de Londres viendo que podían conseguir. O como venganza ante la imposibilidad de golpear a alguien (los cuidadores estaban cansados de remendar heridas y el gasto extra en medicamentos no era bienvenido), dado que eso acaba, en general, como un castigo para todos los huérfanos en pos de evitar futuros altercados. Entonces, si alguien era un imbécil contigo, era más sencillo robar la pertenencia más cercana que arriesgarse a la ira de la Señora Cole, y el resto de los huérfanos, por ello.

Aun así, Tom había devuelto cada cosa, poniéndola en la cama de cada anterior dueño (consideraba eso como disculparse, preferiría que Dumbledore le sermoneara de nuevo antes que pedir perdón a otro niño idiota porque fue lo suficientemente estúpido como para dejar objetos de valor en cualquier lugar), llevando la lista de sus pertenencias a cero, sin contar el par de camisa y pantalón, un par de medias y zapatos, y la modesta cantidad de tres calzoncillos ocultos bajo el colchón de su cama.

La ropa usada no te proporcionaba dinero, no era nada que Tom pudiera cambiar por libros o comida cuando escaseaba, la mayoría de los huérfanos no se interesaban en ello. Tom tendría que empezar de nuevo, juntar otras cosas como alijo de seguridad si un año como el anterior se volvía a repetir en Wool (aun recordaba el hambre ahuecando sus mejillas, el frío que le hacía temblar las manos y le ponía los dedos azules. No había habido suficiente dinero para proporcionar más de dos comidas escasas al día y la calefacción no se había prendido ese invierno).

Tom tuvo que devolver todo, pero pasó a ser un mago. Pensó que el precio a pagar para tener una palabra apropiada que lo describiera era justo.

Luego, Tom vio la magia. Observó el Callejón Diagon y se asombró con todo lo que ahora estaba a su disposición con este nuevo descubrimiento, las brujas discutiendo pociones frente a una herboristería, ese par de magos viendo una escoba como si fuera un nuevo carro, las lechuzas ululando desde dentro de una tienda y más.

Entonces, con sus piernas picando ante la necesidad de moverse, ver, descubrir cómo funciona todo, Tom analizó la ropa de los magos y descubrió lo ridículamente fácil que era sacar un monedero de la túnica de algún brujo distraído (más tarde Tom se preguntaría si fue su magia o la estupidez de los magos lo que le permitió robar eso ¿Acaso los magos no protegían lo suyo?), pero cuando llegó a Gringotts con la carta de Dumbledore y un Goblin le dio otra bolsa con monedas contadas del fondo de ayuda estudiantil de Hogwarts, sonriendo sangrientamente y señalando el pequeño monedero escondido en el bolsillo de Tom como una advertencia, Tom se prometió a no hacer algo tan arriesgado sin la seguridad de que no sería atrapado.

Con túnicas, herramientas de pociones y todo lo que pudo conseguir de la lista en esa tienda de segunda mano, pero una varita completamente nueva y suya, Tom observó las pocas monedas de oro que le quedaban. Ya había comprado los libros dictados en su lista, también usados, (los compró en segundo lugar, lo primero que Tom hizo fue conseguir su varita) y se debatió que sería mejor, buscar más libros usados o conseguir uno o dos nuevos que solo hayan sido de Tom.

Los pensamientos de Tom fueron interrumpidos cuando alguien se chocó contra su espalda, dándose la vuelta, vio a un niño de pelo castaño tirado en el suelo. Ante la oportunidad de conocer a otro mago, Tom extendió la mano para ayudarlo y dijo:

—Perdóname, debí de ver donde me quedaba parado. —Tom le dijo (con algo de sarcasmo) como si hubiese sido su culpa, con una sonrisa amable en sus labios, pero algo molesto dado que fue el otro niño mago quien se chocó contra a espalda de Tom. Probablemente había estado corriendo sin ver a dónde iba.

Tom extendió la mano para ayudar al niño a levantarse, este se sonrojó de vergüenza al ver a Tom, pero luego observó la ropa de Tom y los rasgos cambiaron a algo peligrosamente grotesco, como si Tom fuera barro en sus zapatos nuevos.

—No necesitó la ayuda de un sangre sucia —dijo el niño, el tono de su voz era agudo y altivo, como los hijos de los ricos que se retaban entre sí a molestar o engañar a otro huérfano tonto. O como la Señora Cole cada vez que se dirigía a la Señora Smith, una mujer afroamericana que trabajaba en las cocinas del orfanato.

A Tom no le gustó para nada, entrecerrando los ojos a la figura del pequeño niño mago que se alejaba orgullosamente de Tom dándole la espalda. Sería tan fácil, solo un pensamiento y podía hacer al niño tropezar, dejarlo sin aire, o provocar que algo le cayera encima, pero había demasiados adultos alrededor y Tom se contentó con burlarse del mago grosero.

Sin demorarse, se dirigió a la tienda de libros usados, ahora tenía más temas que investigar sobre el mundo mágico de los que creía.

Cuando regresó al orfanato, le había robado la manta extra que escondía en su armario, un par de sus libros y la caja de madera donde antes guardaba las cosas en su armario. Los niños en Wool notaron la devolución de sus pertenencias, y lo tomaron como una muestra de que Tom había descuidado sus cosas.

Tom suspiró exasperado, con la advertencia de Dumbledore sonando en su cabeza, sabía que no podía arriesgarse a recuperar nada. Pero no podía dejar esto sin represalia, los demás podrían pensar que Tom se había ablandado y ahora tenía sus útiles escolares para proteger también.

Al día siguiente, la mayoría de los huérfanos en Wool encontraron una de sus pertenencias destrozadas sobre sus almohadas.

Pasó el resto del verano con su cabeza sumergida en sus libros y el tiempo para Hogwarts vino rápido. El tren fue una novedad, con algunos niños sentándose en el compartimento de Tom, pero contentándose con ignorarlo al verlo leer sin molestarse en saludar. La primera vista del castillo fue magnífica, llenando el pecho de Tom con admiración y logrando que deseara algo más que nunca en su vida.

Hogwarts se veía como un hogar.

Pero Hogwarts no se sintió como uno, al menos no al principio. No con la hostilidad silenciosa de sus compañeros de casa, y la para nada silenciosa por parte de los de la casa de los leones, ni las burlas a su apellido y nombre, ni el daño a sus útiles escolares o los hechizos sorpresa en los pasillos, tampoco con el desprecio apenas oculto de Dumbledore hacia él.

Tom Riddle, huérfano, niño distinguido aterrador, mago, Slytherin, nacido de muggles o mestizo.

Tom Riddle, nombre muggle, niño sin nada que se atreve a entrar a la casa de las serpientes.

Tom Riddle, sangre sucia.

Y así, de huérfano a mago, a sangre sucia, Tom se prometió que les mostraría que era mejor que ellos, los tendría rogando por su atención y temblando de miedo al pensar en cruzarlo. Tom les enseñaría todo lo que se atrevieron a ignorar o despreciar solo por su nombre.

Tom les haría ver.

Tom Riddle les haría temer.

Y él lo hizo. Aunque quizás no como había planeado, sin dudas, ser un Señor Oscuro no era lo que un niño de once años pensaba como venganza, pero el tiempo y la negativa de todo el mundo hacia Tom lo había empujado rápidamente hacia ello.

Era la única manera en que nadie se atrevió a negarlo de vuelta. Sus seguidores, los Sangre Pura a los que logró arrodillar ante él, eran todos los herederos o jóvenes de las familias mágicas, sangre joven impaciente que exigían un cambio en el mundo y Tom se aprovechó de eso.

La magia oscura también le resultó tan fácil como respirar, formaba parte de él desde el primer momento en que la sintió. Tom sabía, desde el primer hechizo, que esa era su magia. Encajaba tan perfectamente en ella, que incluso sus compañeros en Slytherin pudieron verlo, y hasta comenzaron a buscar su guía en ello.

Dumbledore le negó cualquier solicitud para trabajar en Hogwarts, y el Ministerio de Magia solo reconocía a Tom como un mestizo que, con mucha suerte, alcanzaría el puesto de secretario y quizás, en unos treinta años o cuarenta años, podría postularse para Ministro.

A Tom no le pareció suficiente, todo era lento y desesperante, su camino tachado por Dumbledore o por los viejos magos sangre pura a cargo del poder, negados a escuchar a sus hijos con respecto a que ese Tom Riddle era especial. Cualquier esperanza en introducirse a la política estaba destinada a esperar a que todos los Jefes de Casas Mágicas murieran y sus hijos asumieran sus cargos.

Tom ya era un Señor Oscuro para sus seguidores ¿Por qué no serlo para el resto del Mundo Mágico? ¿Por qué no? Después de todo, Tom había admirado la fuerza de Grindelwald y sabía que saltar a la acción darían mejores resultados.

Entonces, lo hizo y todo fue perfecto. La oposición de la llamada luz y la Orden del Fénix había sido casi un chiste, pero en algún momento atrapado entre todas las batallas, la paranoia de la traición y sus planes con respecto a sus Horrocruxes, Tom comenzó a perder su camino.

Se volvió algo injustificable, su lógica e inteligencia se vieron quebrados por paranoia, locura y sed de poder. Perdió el control sobre sí mismo, por más que odiara admitirlo, y todo prosiguió en un evento desafortunado tras otro: sus redadas ya no tenían sentido, atacaba por atacar sin ningún beneficio en sus planes al quemar aldeas muggles, sus seguidores apenas eran útiles y temblaban de miedo con solo verlo, obstaculizando su eficiencia, algunos se volvieron más locos que él, y el derramamiento de sangre mágico se volvió imparable.

Y a él ni siquiera le había importado, enterrado en su propio frenesí descendiente a la locura y el resquebrajamiento de su alma. Perdió todo de lo que alguna vez se enorgulleció: su lógica, su inteligencia, su encanto y su astucia. Todo por poder.

Hasta esa noche en Samhain, hasta que Lily Potter se las arregló para desterrarlo a una criatura insignificante. Hasta que Harry Potter logró sobrevivir a su maldición gracias a su madre, convirtiéndolo en un parásito durante años, nada más que un espíritu insignificante perdido en los bosques de Albania.

De huérfano, a prodigio hijo del demonio, a mago sangre sucia, al Señor Oscuro Voldemort loco incontrolable sediento de poder, a un espíritu insignificante, un parásito que logró engatusar a Quirinus Quirrell en un golpe de suerte.

Y luego, conoció verdaderamente a Harry Potter. No al niño Slytherin que disfrutaba de ser amable con sus amigos y abierto a hablar con cualquiera que no le escupiera por ser una serpiente.

No al niño que al principio todos los profesores de Hogwarts miraron con preocupación al ser incapaz de realizar magia, cuando los susurros de squib comenzaron a seguirlo.

Tampoco al que luego sorprendió a todos al realizar todos esos hechizos en clase, y más, de manera no verbal.

Descubrió al Harry Potter criado por un par de gemelos en Knockturn (uno de ellos un Mutantur, Voldemort podía respetar eso), al joven de once años desesperado por recuperar a su familia que lo atacó y logró amenazar a punta de varita (mano, mejor dicho, recordando la misma sobre su garganta con la magia quemando bajo su piel) y procedió a volver realidad una leyenda entre leyendas en el Mundo Mágico: los ojos de Potter se habían vuelto cambiantes en colores brillantes e infinitos, rebosantes en Magia misma, y la cordura había vuelto a la mente de Voldemort de un solo golpe ante la presencia poderosa.

Kappi.

Eso había llamado Magia a Potter, y Tom Riddle, Voldemort, vio todo lo que podía ser. Vio la fuerza oculta en Potter y el destino marcado que tenía para seguir, vio el potencial increíble del que marcó como su igual y aceptó ayudar al mocoso, notando que no había posibilidad para la luz si Potter era lo que era.

Pero también, tiempo después, conoció a Potter lo suficiente para notar la impaciencia del mismo, la absoluta falta de escrúpulos y planificación para recuperar a sus guardianes, a los que llamaba sus gemelos, y observó la falta de perspectiva del mismo, ni siquiera notando la verdadera naturaleza de Voldemort.

Potter había querido que fuera una distracción, que acelerara sus planes y revelara su presencia al Mundo Mágico por dos personas a las que no conocía. La ingenuidad en tal solicitud le había molestado como muchas cosas antes no habían podido.

Entonces, le había mostrado.

Yo soy Lord Voldemort.

Le había quitado la venda de los ojos a Potter y disfrutado en empujar al niño lejos de Inglaterra, lejos de donde Potter sacudía sus planes como si no fueran nada. Lejos de donde parecía no entender que la neutralidad y alianza tentativa a la que jugaba no tenía lugar.

Y Potter se fue, con la traición y el odio brillando en sus ojos, pero se fue. Desapareció del mismo Hogwarts sin dejar rastros, meses después se descubriría la ausencia de sus guardianes también.

Y Voldemort se contentó con eso, se conformó con no ahondar más en el asunto e ignorar la presencia de Potter siempre que él otro hiciera lo mismo. Pero luego, ese Libro salió y la Gran Bretaña Mágica se dividió ferozmente como nunca antes.

Dumbledore se volvió vorazmente más público con respecto a que él estaba vivo y devuelta (su redada anterior en Azkaban no ayudó contra eso), y alguna manera el viejo tonto se las arregló para convencer a Fudge de que eso era cierto.

Sus espías en el Ministerio casi entraban en pánico, ni hablar del creciente temor de Lucius con respecto a Fudge rechazando cada citación del mismo.

El Ministerio comenzaba a escuchar cada vez más, y la falta de actividad de Voldemort no los estaba convenciendo gracias a que no lograban encontrar a los mortífagos que se fugaron de Azkaban.

Pero las cosas aún no eran imposibles de solucionar. Severus le informó que Potter no tenía intención de participar personalmente al menos que ocurriera algo que lo convenciera de ello, pero el Libro demostró que eso no impediría a Potter sacudir trapos sucios a la luz para agitar las cosas.

Y ahora, ahora estaba esto.

Los varios periódicas y revistas, entre ellos El Profeta y ese Quibbler, absolutamente todos informaban lo mismo. Casi como una película de terror, imagen tras imagen en movimiento, mostrando las caras pálidas y aterrorizadas de decenas de personas, los tatuajes numéricos, cicatrices y la locura en los ojos de varios.

Eran experimentos, dijeron, magos y criaturas encerrados para comprobar sus límites y los porque detrás de sus habilidades. Encerrados y drogados todo el tiempo, la mayoría de ellos habían estado ahí desde que eran niños, otros eran criminales que desaparecieron sin dejar rastros.

Pero, lo que divirtió a Tom, es que la mayoría de las personas que leyeron estas noticias no se enfurecieron por eso. No les importaban tanto las criaturas, comentando nada más que palabras simples sobre los mismos, o los magos sangre pura encerrados debido a que sus habilidades eran "oscuras". La indignación vino cuando se descubrió la experimentación con muggles, para ver porque no eran capaces de la magia, o los nacidos de muggles que presentaban un manejo de la magia único debido a su falta de guía en la juventud.

La hipocresía, pensó Tom, era algo por lo que cada mago británico vivía.

Aunque, especialmente, llamó su atención las imágenes de una llorosa Dolores Umbridge en cada noticia, cantando al viento su arrepentimiento debido a su participación y nombrando esto como su manera de expiarse. La bruja desapareció luego de estas declaraciones, había una búsqueda masiva en su nombre.

Tom Riddle había sido varias cosas en su vida, pero nunca un idiota que no podía ver lo que se avecinaba. Frente a él, los titulares de las noticias e imágenes presagiaron el camino a seguir.

"Alta funcionario del Ministerio revela una verdad escalofriante"

"Ataque al Ministerio Mágico ¿Secretos revelados?"

"El Ministerio enfrenta cargos de lesa humanidad por parte de la CIM"

"¡Experimentos contra magos y criaturas en el Ministerio!"

En una pequeña noticia en El Profeta, ignorado por la mayoría, se lee: "Ley de Registro para Hombres Lobos rechazada.

— ¿Qué se sintió ser Umbridge? —Kairós le preguntó a Harry con una sonrisa come mierda en su rostro.

Harry se aseguró de patearlo especialmente fuerte luego de eso.

— Mi boca, de alguna manera, todavía sabe a pelo de gato y no sé cómo eso sucedió —se quejó Harry, con una mirada asqueada ante el recuerdo de eso.

Kairós se rió alegremente de las penurias de Harry sin perder la concentración del enfrentamiento de práctica que estaban teniendo ahora.

— ¿Cómo se sintió estar en Londres de vuelta? —Le preguntó, en partes iguales por curiosidad y por ayudar a Harry a poder luchar y pensar en otras cosas.

— Fue genial, solo porque logré ir a Knockturn de nuevo. —Harry Sonrió ante el recordatorio de visitar a Knockturn, hablando con la sala sobre los cambios recientes y recuperar las cosas que tenía escondidas ahí.

— ¿Cuándo encontrarán a Umbridge? —le preguntó ahora Kairós.

Harry sonrió salvajemente.

— ¡Albus! Un placer verte, como siempre. —Cornelius Fudge, el Ministro de Magia, saludo alegremente a Albus Dumbledore. Pero, contrario a su tono de voz, su apariencia era lamentable, con la piel pálida y ojeras debido al estrés y falta de sueño, su ropa era un desastre y las varias tazas de café acumulándose delataba el tiempo que llevaba en su oficina.

Albus le saludó, con ojos brillantes y le ofreció un caramelo de limón.

— Mi propia receta para el estrés —le dijo Dumbledore, y Fudge aceptó uno con un gesto de derrota.

Inmediatamente después de comerlo, sintió la calma correr por sus venas y su semblante se relajó. Los ojos de Fudge adquirieron un brillo sutil en su mirada.

— Oh —murmuró el Ministro, y Dumbledore le palmeó el hombro en complicidad, prometiéndole dejarle una bolsa a su salida.

— Honestamente, no sé porque la gente nunca los acepta —murmuró Dumbledore.

Ambos hombres se sentaron, una copia del Profeta entre ambos, mostrando imágenes de magos y brujas descontentos protestando en el Callejón Diagon contra el Ministerio. Era parecido a cuando se reunieron la última vez, solo que la protesta era contra el mismo Dumbledore.

— Las cosas están escalando —dijo el Ministro, con las manos temblando un poco menos mientras guardaba el periódico fuera de su vista.

— Lo están —aceptó Dumbledore—, por eso pienso que comprenderás la necesidad de medidas más rigurosas contra lo que está por venir.

— ¿A qué te refieres? —farfulló Fudge, comprendiendo que Dumbledore no hablaba de las protestas.

— No creerás que el cambio en la querida Dolores fue por la bondad de su corazón, ¿verdad? La pobre niña siempre fue muy vocal con respecto a su desprecio contra los que no fueran Sangre Pura y cualquier tipo de criatura.

Fudge se quedó en silencio, pensando sobre las peculiaridades de Dolores y con ello vino a su mente el completo desprecio que la misma sentía hacia Dumbledore y como siempre hablaba contra el mismo.

— Tienes razón. —admitió Cornelius, pensando en todas las veces que Dolores empujó una propuesta tras otra contra criaturas mágicas.

— Comprenderás que en los tiempos actuales tales pensamientos solo indican hacia un lado en todo esto ¿Verdad, Cornelius? —Dumbledore presionó y Fudge sintió sus hombros hundirse ante la inminente derrota.

— ¿En serió crees que está de vuelta? —Fudge preguntó, temeroso de la verdad y lo que esto pudiese significar contra su candidatura.

— La aun desaparición del joven Potter es una respuesta suficiente a eso, Cornelius —amonestó su ingenuidad Dumbledore —. Pero el constante ataque tras otro contra mi imagen y, sobre todo, ahora contra el Ministerio es otra prueba.

Por un tiempo, ambos permanecieron en silencio, contemplando el paso del tiempo de segundo a segundo lentamente. Plenamente conscientes que lo que decidieran ahora, tendría grandes repercusiones sin importar que fuera.

— Es hora de tomar medidas más drásticas —dijo Fudge, y los ojos de Dumbledore brillaron en aprobación.

Una semana después, mientras los planes del Ministerio aún seguían preparándose, en medio del atrio del mismo un grupo de personas comenzó a reunirse. Todos trabajadores del mismo Ministerio, uno tras otro, hasta reunir a una gran multitud que prontamente llamó la atención.

Al momento en que un reloj anunció las tres en un punto de la tarde, varias cosas sucedieron a la vez. Primero, la mayoría de los aurores salieron a atender llamadas de auxilio procedentes del Callejón Diagon y varios pequeños asentamientos mágicos por toda Gran Bretaña, generando un poco de pánico entre los trabajadores del Ministerio al verlos correr a las zonas de aparición más cercanas.

Luego, el grupo de trabajadores reunidos en el atrio se dividió en tres. Un número de ellos se dirigió a las chimeneas, abriéndolas para cualquiera que quisiera entrar, su movimiento apenas notado hasta que gente empezó a ingresar una tras otra casi sin parar por la misma hasta que el atrio se abarrotó.

La gente en el Ministerio trató de alertar a los aurores, pero los pocos que estaban en el mismo fueron rápidamente suprimidos.

Un segundo grupo se dirigió a los ascensores, con casi la mitad de los recién llegados sumándoseles, fue entonces cuando notaron las túnicas de Mortífagos y el caos estalló.

Los trabajadores restantes del Ministerio entraron en pánico y corrieron hacia las chimeneas o zona de aparición en el atrio, siendo rápidamente derribados a la inconsciencia, para los más resistentes, o atados y despojados de sus varitas para el resto. Fue el tercer grupo quien se dedicó a esto, con la mayoría de los recién llegados mortífagos uniéndose al mismo, pero este grupo comenzó a dividirse en decenas de grupos más pequeños que se dividieron para controlar a los capturados y realizar patrullajes de supresión y control por el resto del Ministerio.

No dañaron gravemente a nadie por órdenes explícitas contra lo mismo, pero no por ello toleraron la sublevación o los varios trabajadores de boca floja que no supieron ser sabios y quedarse callados. Varios de ellos no consideraban el Crucio como un daño grave si lo realizabas por poco tiempo.

No realizaron daños al Ministerio, no estaban interesados en el mismo. Unos cuantos Mortífagos tenían misiones asignadas para revisar ciertas oficinas y copiar todo lo importante en las mismas, pero más allá de eso la mayoría estaba ahí para asegurarse que nadie interrumpiera al segundo grupo que había ocupado los ascensores.

Fue entonces cuando las puertas del ascensor sonaron y todos, desde los Mortífagos a los trabajadores capturados, de la misma salió una figura vestida de ropas grises grandes para su cuerpo, apoyándose contra un Mortifago que lo guiaba.

En ese instante, cada persona capturada en el atrio supo porque los Mortífagos estaba ahí, no fue para el Ministerio, fue para las personas aún encerradas en el Departamento de Misterios.

Aquí estaba la cosa, cuando la Confederación Internacional de Magos tomó medidas legales contra el Ministerio y usó su fuerza especial de aurores para intervenir el Departamento de Misterios, no pudieron encontrar la sección del mismo que contenía a todos los magos y criaturas cautivos, continuaban perdiéndose en el mismo hasta que a alguien se le ocurrió usar a los Inefables para guiarse por el mismo. No funcionó muy bien, varios de ellos se ahogaron en su propia magia debido a votos contra la revelación de las instalaciones, algunos directamente se suicidaron y unos pocos huyeron, hubo quienes quisieron acabar con los experimentos antes de irse, pero no asumieron el riesgo debido al poco tiempo y el riesgo de ser encontrados.

No fue hasta que a Madame Bones se le ocurrió usar a unos de los trabajadores del Ministerio para guiarse, recordando a Umbridge siempre alegando ser parte de una sección especial del Departamento y como esta fue quien expuso el mismo. El problema es que nadie encontraba a Umbridge, pero pronto encontraron a otro beneficiario se ofreció a guiarlos a cambio de una condena más leve.

En su gran sabiduría, la Confederación y el Ministerio decidió que era mejor mantener a la gente usada como experimentación ahí mismo hasta que se resolviera la disputa política de a dónde iban a ser llevados para su tratamiento estos.

Se habían decidido trasladarlos a una institución de apoyo en Estados Unidos, que el mismo país ofreció, con todos los gastos cubiertos entre varios Ministerios de todo el mundo.

Los Mortífagos atacaron dos días antes de la fecha de traslado pactada. Gracias a la guía de un miembro de la fuerza especial de aurores de la Confederación simpatizante que desconfiaba de la sinceridad de Estados Unidos, el segundo grupo que se había dirigido al Departamento de Misterios llegó rápidamente hacia los cautivos.

Los Sanadores y gente especializada en su grupo hizo el primer contacto, hablando en voces bajas y con amabilidad hasta que toda la gente encerrada ahí comprendía que eran sus boletos de salida. Cuando el primer grupo de personas rescatadas salió al atrio del Ministerio, y un valiente hombre lobo dio los primeros pasos acompañado de un Mortifago, todo el mundo ahí contenidos vieron el horror de lo que ahí sucedía de primera mano.

El hombre apenas podía caminar, apoyando casi todo su peso en el Mortifago a su lado, con un temblor en sus pasos evidente. Las cicatrices atroces que eran visibles en su rostro horrorizó a varios, junto a las que se asomaban de los bordes de sus ropas.

Ese fue el primero de muchos, hubo criaturas y magos que necesitaron ser cargados debido a su debilidad, otros absolutamente aterrorizados que se negaron a separar sus rostros de las túnicas de los Mortífagos donde temblaban visiblemente. Algunos, se notó con horror, estaban ciegos con ojos en blancos literales rodeados de cicatrices, a otros les faltaba partes del cuerpo y hubo criaturas a las que les faltaba partes características de estas.

Casi al final, subió un pequeño grupo con niños y adolescentes, que provocó gritos de horror ante la prueba en vivo de que los mantenían ahí abajo. Pero el último grupo fueron un gran grupo de trabajadores del Ministerio y Mortífagos que subieron con cajas de archivos y bolsas negras para cadáveres flotando tras de ellos.

Algunos luego testificarían y dirían que debían de ser los cadáveres de personas y criaturas que los Inefables de esa sección mataron antes de huir o ser capturados ¿La verdad? Eran los experimentos fallidos, que sus cuerpos fueron usados para descubrir sus interiores y sus reacciones como ingredientes en algunos casos.

Los Mortífagos, y los trabajadores del Ministerio que se habían unido a ellos, desaparecieron de a uno siendo cubiertos por el tercer grupo dedicados a su seguridad, no es que hiciera falta, ya nadie se oponía. El último grupo desapareció de una sola vez, el silencio opresor dejado por lo que acaban de presenciar perduró hasta que los aurores volvieron para encontrar a todo el mundo atado y sentados en conmoción.

Las noticias se llenaron sobre esto, pero el Ministerio no dio ninguna declaración más allá de declarar la vuelta de Ya-Sabes-Quien y acusarlo de sacar a esas personas para continuar con la experimentación.

La opinión del público se dividió horriblemente, entre los que creían esto, los que no y los que solo querían hundir sus cabezas en la arena declarando que todo era mentira. Con esto, las protestas aumentaron, las víctimas de las redadas de los Mortífagos usadas como distracción clamaron por venganza.

Una semana después, se declaró la Ley de Revisión por la Seguridad Pública. La gente debía de presentar sus varitas y someterse a una evaluación por parte de los aurores antes de ingresar a lugares concurridos como el Callejón Diagon, el acceso al Ministerio se restringió exclusivamente a trabajadores de alto nivel y aurores.

Los dueños de tiendas en el Callejón Diagon, Hogsmeade y otros pueblos mágicos protestaron por las caídas en sus ventas.

Las reuniones entre grupos de tres personas o más se prohibieron y se declaró un toque de queda obligatorio. Cualquier persona de apariencia sospechosa podía ser llevada para interrogación sin protestas.

Las cosas escalaron desde ahí, muchas familias sacaron a sus hijos de Hogwarts y desaparecieron sin dejar rastro. Nadie sabía si huyeron del país, o se unieron a las fuerzas del Señor Oscuro.

En un bar de un rincón escondido en Italia, Harry Potter sonrió.

La guerra fue declarada oficialmente en toda la Gran Bretaña Mágica.

Era hermoso el observar cómo las cosas se desarrollaban según lo planeado sin necesidad de mucha intervención.

Sus amigos y sus gemelos, las únicas personas que le importaban en toda Inglaterra, estaban escondidos y a salvo en la Mansión Flamel.

La Gran Bretaña Mágica podía destruirse a sí misma ahora.

Y sí que lo hizo, las redadas por parte de la luz y los Mortífagos tenían a la población sin saber para qué lado correr. El caos continuo cuando el Ministerio comenzó a rastrear a las personas a través de las firmas mágicas que habían estado juntando durante años, eso indignó más a la gente, quienes exigieron la destitución de Fudge, pero Scrimgeour, quien lo presidió, no fue mejor.

Unas semanas después de la ascensión de Scrimgeour, Harry lo sintió. Profundo en su núcleo, junto al collar en su cuello calentándose horriblemente para luego partirse.

Harry miró a Eider con el horror absoluto pintado en su rostro. Sin decir una palabra, corrió hacia las puertas ocultas y atravesó apresuradamente la que dirigía a las ruinas de las tiendas de los gemelos.

El humo, los gritos y las llamas le saludaron. La calle era un caos, ceniza gris caía del cielo y la gente corría huyendo de los aurores que entraban a cada tienda y arrestaban a cualquiera a su vista.

En el medio del callejón, un hombre que reconoció como el dueño de la librería que compró la tienda luego que arrestaran al anterior. Mirando el suelo del callejón, Harry noto las piedras con runas que formaban parte de las salas rotas por todo el callejón.

Con horror, registró lo que el hombre iba a hacer un segundo demasiado tarde. Corriendo hacia él, no fue lo suficientemente rápido para detener el canto del hechizo en latín que estalló contra el suelo bajo él, pero logró derribar al hombre.

La piedra tembló, se resquebrajó y cedió bajo ellos. Ambos cayeron hacia la profundidad de la sala de Knockturn, directo a la cámara que poseía la piedra matriz.

Harry aun forcejeaba contra el hombre más grande y mayor que él, tratando de arrebatarle la varita. En su visión periférica, notó que a la piedra matriz se le iban quemando y rompiendo las runas de a una, a su alrededor Knockturn no era más que rastros de luces incapaces de formarse, debilitadas por el ataque y demasiado concentrada en mantener sus protecciones parcialmente activa por todo el callejón.

En su distracción, Harry no vio venir ni esperó el golpe contra su sien que el otro mago le dio. Algo completamente muggle que no esperaba, el hombre debió de ser mestizo o nacido de muggles con instintos así.

O un auror, pensó con horror Harry. Su cabeza dio vueltas por el golpe, completamente desequilibrado y el mago mayor tomó ventaja de esto, golpeando a Harry en su tórax con su rodilla y dejándolo sin aire.

Harry cayó hacia adelante, luchando por respirar y con el dolor recorriendo su cuerpo, rogando por no tener nada fracturado y miró con la vista borrosa a su derecha. El hombre estaba cantando en latín mientras apuntaba a la piedra.

No.

Harry se arrastró, el aire no volvía, su cerebro se sentía lento y su cuerpo se movía como si estuviera avanzando a través del barro.

No.

La vista de Harry comenzó a llenarse de puntos negros y escupió un bocado de saliva y sangre al suelo. Las luces de Knockturn se arremolinaron a su alrededor, pero parpadeaban apagándose fuera de la existencia.

No.

El hombre pronunció una última palabra y la piedra estalló con una luz plateada anunciando su final.

Harry gritó.

La rabia y la pérdida le inundó, su magia salió en oleadas una tras otra, azotando a su alrededor y provocando que el hombre retrocediera, para luego ser estrellado contra la pared en una oleada mayor.

Con su magia guiando su cuerpo, Harry se levantó. Deseando únicamente exterminar a la persona que acababa de destruir a su Faðir.

Merece morir.

Hazlo arder.

Harry gritó de nuevo, ya parado sobre el hombre y este le miró como si algo en Harry fuera monstruoso.

—Por favor. —Suplicó el hombre, las lágrimas comenzaron a fluir ante lo que veía.

¿Por qué rogaba por piedad luego de lo que acaba de hacer?

Acabalo.

Harry extendió su mano, uniendo su magia a lo profundo del núcleo del mismo hombre, tirando hacia atrás con odio, rabia y venganza cantando a través de sí mismo.

El hombre gritó tan fuerte que en un momento ya no se podían oír sus gritos, algo como el color de la lava misma se vio detrás de sus ojos. Comenzó a humear, manchas de rojo, naranja y rojo surgieron en su piel y con un último grito al vacío, estalló de adentro hacia afuera dejando nada más que un cadáver carbonizado y cenizas a su alrededor.

Harry cayó al suelo agotado, sobre rodillas temblorosas con las que se arrastró hacia la piedra matriz destruida. Con manos débiles que apenas logró dirigir hacia donde quería, Harry agarró un trozo de la piedra negra, observando con manchas en su visión lo que podía ver de las runas quemadas en la misma.

Una lágrima cayó sobre la runa y, con un último lamento que resonó por todo el callejón, Harry deseó desaparecer a cualquier lugar menos aquí.

Detrás suyo, cada mago sobre el callejón se detuvo ante el grito de perdida que atravesó el aire, a su alrededor las tiendas comenzaron a desmoronarse a cenizas.

***...***

Entonces, no está permitido matar a la autora, se quedarían sin saber qué sucede después.

Gritos de furia por aquí, por favor:

¿Teorías, dudas, comentarios, sugerencias, quejas sobre esto? Justo aquí, amo sus comentarios.

Sí, Eider clasifica a las personas en "Útiles" o "No útiles". Odia a Kairós porque no sabe en dónde ponerlo.

Con este capítulo puedo poner fin oficialmente (no se infarten) al primer arco de la serie. Pronto comenzaré con el segundo.

En otras noticias, estoy necesitando a alguien que haga beta de mis fics. Necesito a alguien que se pueda comprometer con ello y no tenga miedo de gritarme, darme su opinión y obligarme a escribir.

Hacer beta para mi consistiría en hacer una lectura de mis capítulos, marcar mis errores, donde consideran que es difícil o monótono de leer, dejar sus comentarios sobre la lectura, discutir sus puntos de vistas con respecto a mis ideas para el futuro de fic y gritarme para escribir.

Sep, eso, pero por favor si no vas a comprometerte, no te ofrezcas, y si te ofreces y surgen o tienes problemas, avísame. Necesito que me digas que no vas a poder leer mi capítulo o si algo surge.

¡Gracias por leer!

Sepheline.