NA: Y así es como acabé usando esto como ejercicio de escritura y convirtiéndolo en una serie de disparos al azar de la relación de estos dos en este universo ficticio (más aún). No hay -ni habrá- un orden específico en los capítulos (si es que decido seguir escribiéndolos, probablemente sí) son solo cosas cotidianas que se me ocurren.

Repito: esto es un Pip & Integra, etiquetado como tal bajo la categoría amistad / romance (las etiquetas están ahí por algo). ¡Gracias por leer! :)


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Estaciona el automóvil en la entrada, apaga el motor y deja caer la cabeza contra el volante, con los ojos cerrados. Son poco más de las siete de la tarde y ella está agotada, más allá del cansancio mental después de acabar una semana infernal de reuniones con los socios de su padre. Ella disfruta de su trabajo, se repite a sí misma, disfruta de su trabajo… pero realmente odia trabajar con gente. Trata de recordar si quedan sobras de comida en el refrigerador para pasar por ellas antes de meterse en la cama —una visita rápida a la ducha tampoco estaría mal, se recuerda—; tal vez haya algo de pasta o comida china de las compras de la semana, o algo comestible que le permita irse a dormir con el estómago lleno, porque realmente no tiene ganas de pedir comida a domicilio, pero sabe que no se dormirá con su estómago gruñendo. Se arrepiente de no haberle pedido a Walter que le llevara algo ese día más temprano —aunque debido a eso su orgullo está intacto, muchas gracias— o de haber tomado un bocadillo en la oficina; está ahogándose en sus conjeturas alimenticias cuando un leve golpe en el vidrio la hace saltar. El movimiento brusco provoca que pase a apretar sin querer el claxon y el sonido repentino que corta el aire acaba por disipar su somnolencia.

Su vecino de enfrente, el francés, está a su lado, dándole una sonrisa demasiado amplia luego de haberla cogido desprevenida. Le hace una seña con la mano y ella baja la ventana, esperando escuchar lo que quiera decirle. Se conocen hace un par de semanas, y aún le cuesta acostumbrarse al trato fácil que tiene con las personas, con ella misma; como si su apellido no le importara en lo más mínimo y no tuviera que caminar en puntillas a su alrededor. Integra le está agradecida por eso. Mucho.

—Te ves cansada como la mierda —ofrece como saludo, e Integra frunce el ceño ante su elección de palabras y el tono demasiado jovial para su actual estado de ánimo.

—Bueno, buenas tardes para ti también, Bernadotte —medio gruñe, rodando los ojos y moviendo las manos hacia el cinturón de seguridad.

Él se ríe entre dientes.

—¿Día pesado?

—Toda la maldita semana —resopla mientras se desabrocha el cinturón y hurga en busca de su bolso. Ahora que su incómoda siesta improvisada fue interrumpida, bien puede mover su cuerpo y arrastrarlo hasta la casa para desaparecer del mundo por unas cuántas horas.

Bernadotte se hace a un lado para que ella abra la puerta de su coche, y la mira buscar sus llaves mientras él espera. Vino aquí con un motivo concreto, pero en ese instante no está seguro de que su propuesta sea bienvenida: ella se ve como si quisiera arrastrarse hasta la cama y simplemente acurrucarse en una bola de sueño; pero entonces su estómago gruñe y él sonríe.

—De hecho, quería invitarte a cenar. Hay un —su frase se corta a mitad de la oración cuando la ve negar bruscamente con la cabeza. Él parpadea con fuerza, seguro de que cruzó algún límite o alguna mierda que acabará con esa incipiente relación de amistad con la rubia. Se maldice interiormente por su torpeza.

La joven suspira, echándose un mechón de cabello tras la oreja mientras empuña las llaves entre sus dedos y lo mira.

—Estoy demasiado cansada para salir, lo siento.

Por un breve segundo, el hombre se desinfla visiblemente, pero se recupera con rapidez. Hay una idea nueva bulléndole por la cabeza y sus ojos verdes brillan esperanzados cuando le devuelve la mirada.

—¿Qué tal una comida casera?

Integra estrecha los ojos.

—Soy una cocinera horrible —es todo lo que dice, antes de que él se ría en voz alta. La rubia frunce el ceño esta vez.

—Lo sospechaba —confiesa su vecino, y ella casi quiere verse ofendida—. No te preocupes; yo invito, yo cocino.

—¿En serio? —No puede evitar el tono de duda que se escapa en su frase, porque de todas las cosas que se imagina que su vecino puede hacer, cocinar no es una de ellas. Aunque de nuevo quizás esté siendo prejuiciosa y este tipo francés en realidad tenga más sorpresas de las que ella cree. Por otro lado, realmente se muere de hambre y la promesa de una comida casera es mucho más tentadora que las posibles sobras en su refrigerador.

—Mi abuela es una excelente cocinera —responde él—. Hay un par de cosas que sé. Prometo que no te intoxicaré.

Integra lo piensa un segundo, pero el sonido de su estómago acaba por convencerla. Se encoge de hombros.

—Bien —decide—. Más te vale hacer un plato decente, Bernadotte, porque estarás compitiendo con mis sobras de pasta de ayer.

Pip se ríe en voz alta, genuinamente feliz.

—Le enseñaré mis mejores dotes culinarias natales, señorita Hellsing.