N.A: pensaba en retomar este ejercicio de escritura, luego recordé que, de hecho, escribí un capítulo más en un fictober anterior que pretendía colgar acá, y lo olvidé. Así que allá vamos.

En el tiempo que ha transcurrido entre la escritura de esto y esta publicación, tengo mi propio gato atigrado :)


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—¿Qué es eso?

Pip levanta una ceja, divertido por el tono de su pregunta.

—Un gato. —Sonríe, y puede verla rodando los ojos con exasperación.

—Sé que es un gato, Bernadotte. Tengo ojos. Lo que no sé es qué hace aquí, en tu sofá.

El pequeño animal atigrado yace durmiendo, encorvado en forma de bola sobre sí mismo, sobre los cojines desgastados del francés.

—Bueno —dice el hombre, haciendo un ademán sinsentido con una mano—. Es mi nueva mascota.

Integra cambia su enfoque desde el animal hacia él, mirándolo fijamente. Observando.

—¿Adoptaste un gato como mascota?

Las palabras fluyen sospechosas, porque ella sabe, intuye que hay algo más allí.

—Te gustan los gatos, ¿no? Te he visto. —Él sonríe a sabiendas.

Y ella no puede negarlo, porque sabe que él la ha visto, a ella y su debilidad por aquellos animalejos. Sus finas cejas se entrecruzan aparentando molestia para maquillar la vergüenza que en ese momento quiere subirse a sus pómulos, pero luego su mirada cambia, volviendo de regreso al animal durmiente, y de nuevo al francés. Hay una idea girando en su cabeza.

—Pip, no me digas que… —La sonrisa que él le da le hace estar segura de su conclusión—. Oh, no —murmura, negando sistemáticamente con la cabeza y retrocediendo dos pasos—. No puedo. No tengo tiempo para cuidarlo.

Porque por mucho que le gusten los gatos, ella es una mujer ocupada, y ningún animal se merece pasar su vida en la soledad de 4 paredes que conforma su casa. No era tan egoísta.

—Lo sé —aporta su vecino, encogiéndose de hombros—. Por eso dije que era mi mascota.

Esta vez, la mirada en esos ojos azules es confusa.

—Te encantan los gatos, y a mí me gustan lo suficiente como para vivir con uno. Así, puedes venir aquí a jugar con él cuando quieras, y no tienes que preocuparte por que esté solo mientras trabajas.

Haciendo caso omiso a la palabra jugar, Integra sopesa la propuesta. Parece fácil, pero sabe que lo fácil no siempre es lo correcto.

—También trabajas —acusa.

Bernadotte no se inmuta ni pierde el hilo en su respuesta.

—Tengo turnos. No morirá por quedarse unas horas al día solo.

Ella evalúa al minino, durmiendo tan pacíficamente, ajeno a la conversación humana. De vez en cuando, sus pequeñas orejas se mueven como si pudiera sentir las vibraciones del aire. Con cuidado, se acerca para pasar un dedo por el pelo suave de la cabeza. En el sueño, el pequeño ronronea. Una media sonrisa traicionera tira de sus labios, como ocurre siempre que acaricia un gato. Pero luego hay otra idea en su cabeza, una que la pone en una situación algo incómoda porque necesita saber exactamente qué terreno está pisando.

—Pip —llama, y siente la inhalación levemente brusca de aire tras ella, que evidencia que ella lo ha tomado por sorpresa en sus propios pensamientos—. Esto…este acuerdo, ¿significa algo más? Yo…

Pip la interrumpe.

—Hey, hey —dice, mientras se inclina a su lado— no significa nada, no tiene que significar nada. No pienses que estoy tratando de apresurar las cosas o algo, o que esto es una especie de amarre sentimental —sonríe—. Tómalo como un regalo, sin compromisos.

E Integra se relaja, solo un poco, porque sí, ha estado saliendo con su vecino francés desde hace un tiempo, traspasando la línea de vecinos/conocidos/amigos que se instauró cuando lo conoció, hace ya varios meses. Pero no sabe realmente hacia dónde va eso, si es que va hacia algún lado; no quiere pensar en relaciones o compromisos y al parecer él está bien con eso, dándole su espacio y en general estando presente en los momentos precisos donde ella lo necesita. Bernadotte ofrece más de lo que toma, y eso es nuevo, porque por lo general no se rodea de gente así; todos, comenzando por su familia, siempre han querido obtener algo de ella, exigiéndole más y más hasta rozar el punto donde inevitablemente ella retrocederá. Sucedió con su padre, sucedió con Vlad… Y sí, Pip hace bromas tontas e inoportunas, y en ocasiones no cierra la maldita boca, y tiene esa teoría estúpida de que todos los franceses deben amar las tetas y un montón de ridiculeces más, pero ella sabe -ha aprendido que- bajo todo ese ruido de mujeriego y bebedor de cerveza compulsivo, Pip Bernadotte es un hombre de honor. Leal. Un buen amigo…y los besos franceses son realmente otra cosa viniendo de un francés original.

La voz alegre de su compañero la saca de sus cavilaciones.

—Lo llamaré Shere Khan.

Esta vez, Integra resopla, porque esa era otra cualidad de Bernadotte: su tonto sentido del humor.