Este es mi primer FanFic de Candy Candy, espero que lo disfruten mucho en verdad
Historias del señor W. Albert Andrew.
Albert paseaba por las callejuelas de Londres. Las farolas del camino creaban sombras compañeras a su paso, mientras sus zapatos eran un murmullo en la negrura de aquella noche.
La noche era su momento favorito en aquella ciudad. Podía salir a recorrerla sin el bullicio que la capital tenía en sus efervescentes días. A final de cuentas, era un hombre que premiaba la calma y soledad, y podía ir a visitar sin apuros los bares y recovecos ocultos de Londres.
Había avanzado ya unas cuentas cuadras desde su último destino y empezaba a reflexionar sobre su aventura de aquella noche, con el presentimiento de que ésta aún no se terminaba.
Horas antes, se había instalado en un pequeño bar en el centro de la ciudad, tomado unas cuantas cervezas e iniciado su ya rutinaria labor etnográfica.
Estaba acostumbrado a hablar poco, pero sí a observar a sobre manera todo lo que le rodeaban. Había crecido así, siendo un espectador inclusive de su propia vida.
Hacia el fondo del bar, un hombre pasado de copas hipaba con cierta maestría, balanceandose de atrás hacia adelante en una silla que prometía ceder bajo su peso en cualquier instante.
En la barra, el encargado limpiaba las últimas copas, preparándose para el cierre, a escasos treinta minutos de pedirle a todos los consumidores que abandonaran sus lugares hasta la próxima noche.
A su lado derecho, la joven risa de una mujer atrajo su atención. El sonido le era familiar.
Una mujer de largo cabello castaño y ojos igual de profundos tomaba una copa de vino junto a un hombre un tanto mayor que ella. La chica, de unos 18 años, conversaba animadamente con su interlocutor, inclinándose de tanto en tanto, procurando tocar delicadamente a su acompañante cada cierto tiempo.
Este gesto no pasó desapercibido en Albert, que comprendía a la perfección los actos de coquetería sutiles que tanto hombres y mujeres desplegaban ante sus conquistas.
Por su parte, aquel hombre extendió su mano por debajo de la mesa, y Albert alcanzó a notar como es que la posaba sobre la rodilla de la joven, al tiempo que el sonrojo de ella, provocado por el vino que consumía, incrementaba considerablemente en un segundo.
-"Y ahora viene la estocada final que los hombres nunca entiende"-pensó Albert.
Instintivamente, la joven movió su cuerpo y se reclinó en su asiento, alejándose de aquel hombre y cancelando todas sus esperanzas; sin embargo, sabía que los de su género eran lentos para captar los mensajes que no respondieran a sus intenciones, y aquél hombre buscó acortar por su cuenta la distancia entre ambos.
La sonrisa incómoda de la joven pareció desaparecer. Desde lejos, Albert observó la determinación de la mujer para dar un giro a la situación y sacar ventaja de lo que había logrado esa noche. En un instante, la joven se levantó, excusándose por un terrible dolor de cabeza, pidiéndole a su acompañante que la escoltara hasta su casa.
Sin más, aquél hombre, que si bien trataba de sacar todo el provecho posible de su encuentro furtivo, parecía ser razonable. Puso unos billetes en la mesa y le tendió el brazo a la mujer. Antes de abandonar sus lugares, ella lanzó una mirada hacia donde estaba Albert, le sonrió pícaramente y le guiñó un ojo, mientras se acomodaba su amplio saco de piel artificial.
Al verlos salir, Albert ahogó una carcajada y tomó un nuevo trago. Sabía que esa risa le era familiar. Aquella mañana, la misma joven había asistido al zoológico donde trabajaba, y con interacciones similares a las que le había visto esa noche, se le había acercado minutos después de que acabara de impartir una pequeña charla sobre unas exóticas aves que habitan en América del Sur.
-"¿Te gustaría salir esta noche?" preguntó después de unos cuantos minutos en que intercambiaba con Albert opiniones sobre la belleza de aquellas aves, desconocidas para ella hasta aquél día.
La mano de la joven se posó en su antebrazo, sonreía dulcemente y, casi de manera imperceptible, acortaba uno o dos pasos la distancia entre ambos.
Albert observó a la chica. Si bien desconocía por completo su personalidad, sus profundos ojos castaños, gemelos a su cabellera, le parecieron por demás encantadores. Sin duda, una chica con tantas agallas sería bastante interesante de conocer.
Sin embargo, recordó que de un momento a otro, sus "otras ocupaciones" podían cambiar su disponibilidad de un momento para otro, y que eso de las citas tendría que esperar un poco en su vida.
Acabó con el último trago de su cerveza, dejó unos cuantos billetes en la barra, se puso su chaqueta de cazador y salió del bar.
-"Me parece que me perdí de una buena cita esta noche"- dijo para sus adentros, mientras avanzaba ante la oscuridad de Londres.
Sin duda, su muy particular posición en el mundo, le hacía imposible ser un hombre normal en muchos aspectos, y uno de ellos era el conocer chicas, salir con ellas, y en general todo lo que estuviera relacionado con el amor.
Albert no pensaba mucho en eso, realmente su vida sentimental era el menor de sus problemas. A sus 24 años, otros hombres estarían preocupados por no haber sentado cabeza aún, pero no él.
Su mente se ocupaba de muchas otras cosas, y la que más le apasionaba, la que llenaba su corazón, era el viajar y conocer lugares inhóspitos, llenos de naturaleza y animales exóticos. Esa era la vida a la que aspiraba, y de la que tenía la convicción de hacer realidad muy pronto.
Sus sombras compañeras lo regresaron al presente, al igual que el ruido de unos puños que descargaban su ira contra alguien. A lo lejos, las sombras de 4 hombres mostraban una escena de violencia, en la que solo uno de estos estaba en desventaja.
Albert se acercó instintivamente a ver la escena: 3 hombres, en sus treintas, golpeaban a un adolescente de no más de 15 años, quien se veía bastante alcoholizado. No lo pensó dos veces y se lanzó a su ayuda.
Si bien no acostumbraba hacer uso de la violencia, el ver a este joven siendo apaleado por una bola de matones, le recordó a su adolescencia por aquellas empedradas calles de Londres, donde en más de una ocasión se había visto envuelto en peleas callejeras.
A pesar de que le ganaban en número, Albert era muy hábil cuerpo a cuerpo, y logró ahuyentar a los tres tipos después de unos cuantos ganchos al hígado.
-¿Estás muy herido?- preguntó al joven que había rescatado.
-No, estoy ¡hip!, bien…
Albert alcanzó a oler el tufo de alcohol de su cuerpo. Le parecía demasiado joven para estar tan intoxicado, pero no quiso criticarlo mucho porque sabía que las historias personales de cada uno podían ser muy complejas.
-Ven, vamos, te ayudo a levantarte.
El joven accedió a la petición de Albert, mientras éste le pasaba un brazo por debajo de los hombres y le ayudaba a ponerse en pie.
A pesar de los golpes, reconoció las facciones de un chico muy atractivo, con un porte que asemejaba a los de los actores que llenaban las revistas de corazón. Inclusive su melena castaña parecía estar a la última moda entre personajes de fama internacional.
-¿Cómo te llamas? ¿hay algún lugar al que pueda llevarte?
-Al Colegio St. Pablo. No está lejos de aquí.
-¡Vaya! Con que un rebelde del Colegio St. Pablo. No sé por qué no me sorprende- Rió Albert para sus adentros, recordando nuevamente su adolescencia en aquellas calles nocturnas de Londres.
-Terry…- Musitó aquél muchacho, casi desmayándose.
-Bueno Terry, te ayudaré a llegar a tu morada. Soy Albert, por cierto.
No sabía si Terry había escuchado su nombre, ya que parecía haberse desmayado una vez que se sintió seguro.
Al llegar a las afueras del Colegio, Albert buscó la vieja cerca donde el espacio entre el enrejado era más ancho de lo normal.
-Sigue aquí, parece que estas monjas no han cambiado para nada el colegio.
Pasó entre las rejas y después cargó a Terry con cuidado. Trató de recordar cuál era el dormitorio de varones pero no pudo.
-Terry, vamos, despierta. Ya llegamos. Dime ¿cuál es tu dormitorio?
Con un ojo entre abierto, Terry le señaló un ventanal amplio en un segundo piso.
Albert suspiró, al saber que tendría que cargar con el maltrecho cuerpo de Terry por un árbol y dejarlo en su habitación, pero bueno. Los favores se hacen completos o no se hacen.
Con mucho esfuerzo, trepó hasta su balcón y entreabrió el ventanal, dejando paso para que Terry entrara.
Bajó rápidamente antes de que alguien se diera cuenta de su presencia y siguió su camino a la salida.
A lo lejos, desde los dormitorio, escuchó un pequeño grito ahogado, y se preguntó si en realidad había dejado a Terry en su habitación…
-Bueno, ¡eso ya es otra historia!.
Rió un poco ante lo cómico que sería despertarse con la visión de un Terry maltrecho entrando en la habitación de un desconocido en plena noche. También sintió compasión por el pobre chico al que despertó tan abruptamente.
Después de echar un último vistazo a aquella escuela tan conocida por su joven yo, salió entre las rendijas que daban a la calle y siguió su camino.
Aquella noche ya se había vuelto interesante después de todo. Si bien no tuvo una cita, pudo ejercitar sus músculos un poco con una nunca despreciable pelea callejera y ayudar a un rebelde joven a volver a su morada.
Siguió su paseo por las calles londinenses, embelesado por el silencio, las pocas almas que seguían en pie a esas horas y la estrellada noche que le regalaba aquél cielo septentrional.
Al bajar la mirada de los destellos estelares, vio a lo lejos unos rebeldes rizos color rubio, con forma de dos coletas, que acompañaban a una joven de baja estatura y figura menuda. ¿Será posible que esa fuera…?
-¡Hey, muchacha! ¿tú eres Candy?
La joven paró en seco su caminar. Albert se arrepintió de haber gritado así, ya que muy probablemente había asustado a aquella chica, además corría el riesgo de que no fuera ella.
Al ver que la joven emprendió una carrera para alejarse de él, Albert insistió nuevamente. Ya no importaba si seguía asustando a una desconocida, ahora la curiosidad no lo iba a dejar hasta que supiera su identidad. Pediría perdón de ser necesario.
-¡Hey, Candy!
-¡No me grites! Yo no conozco a nadie en esta ciudad, así que no me trates con tanta familiaridad.
Albert dio la vuelta en una esquina y se encontró de frente con la cara llena de pecas de la pequeña Candy que él conocía bastante bien. La sorpresa fue que ella no lo reconoció de inmediato ¿por qué sería?. "Claro, la barba" se dijo.
-Candy, ¿no me reconoces? Soy yo, Albert.
La cara de la joven cambio de ferocidad a sorpresa.
-¡Albert!, eres tú de verdad.
-¿Por qué no habría de serlo? - Respondió con una sonrisa, mientras esperaba con los brazos abiertas a una Candy que ya corría a su encuentro.
Candy saltó con todas sus fuerzas a sus brazos, y para no caerse en media calle, Albert tuvo que dar unas cuantas vueltas con ella en brazos, digno de un reencuentro de película para todos los espectadores que cruzaban por aquella calle.
-¡Albert! No puedo creer que te vuelva a ver en Londres… ¡Te he extrañado tanto! - decía Candy mientras se sujetaba con fuerza a su cuello.
-Yo también te he extrañado mucho Candy-dijo Albert, bajándola por fin al pavimento, mientras la chica secaba sus lágrimas en el dorso de su abrigo.
-Veamos… ¡Vaya, Candy! Te has puesto muy hermosa.
Ante tal cumplido, Candy le regaló una amplia sonrisa.
-¡Tú también Albert te has puesto muy guapo! Te ves mucho más joven sin barba y lentes.
-Si soy bastante joven Candy, en realidad estoy lejos de mis treintas…
Después de compartir unas cuantas carcajadas, ambos comenzaron a caminar automáticamente.
-No puedo creer que te estoy viendo, después de nuestra despedida en Lakewood, después de todo lo que pasó con Anthony… Dime Albert, ¿qué haces en Londres?
Albert sabía que no podía contarle toda la verdad a Candy, pero podía barajar un poco entre lo que sí estaba haciendo, y así no estaría mintiendo del todo ¿verdad? Además, no quería que recordara cosas tristes para ella, para ambos, no en esa noche tan especial y peculiar en la que se encontraron.
-Bueno, vine acá porque mis animales fueron capturados. No puedo dejarlos solos, así que me vine a Londres, aquí están ellos en un zoológico a las afueras de la ciudad. Les pedí que me dieran empleo ahí mismo y me aceptaron, así que aquí me tienes. No pude despedirme de ti porque supieron de mi presencia en Lakewood, pero sabía que nos volveríamos a encontrar muy pronto, ¡y no me equivoqué!
La sonrisa de Albert iluminó a Candy hasta lo más profundo de su ser. Él tenía un poder de calmarla con su voz y con su sola presencia. Albert era un ser que irradiaba luz, y Candy pensaba que todo mundo se podía dar cuenta de eso tan solo estando al lado de él por unos instantes.
Platicaron de su cotidianidad, uno del zoológico y la otra de su prisión mal nombrada escuela. De un momento a otro, Candy recordó que su furtivo escape se debía a que estaba buscando una farmacia, ya que un amigo de ella necesitaba atención después de resultar herido en una pelea.
-Mmmmh, una pelea ¿eh?, justo ayudé a un chico hace una hora con algo así. Bueno, yo sé de una farmacia por aquí cerca, vamos, es por esta esquina.
Después de comprar unas cuantas medicinas de primeros auxilios, Albert acompañó a Candy hasta la entrada de su escuela, un muy conocido Colegio St. Pablo que ni en un millón de años, Albert imaginó que volvería a ver dos veces en el mismo día.
También, ella le contó que su amigo había entrado de imprevisto a su cuarto aquella noche, por lo cual no podía dejarlo a su suerte, así que tuvo que salir en búsqueda de una farmacia en su ayuda.
"Bueno… creo que Terry cayó en el mejor cuarto posible, nadie en ese colegio hubiera tenido tan buen corazón como el de Candy para salir en su auxilio tan noche", pensó Albert.
-Esta que ves aquí es mi cárcel, digo ¡mi escuela!- dijo Candy entre avergonzada y divertida.
Albert tuvo que ahogar una carcajada que, probablemente, hubiera despertado a algunas de las monjas dentro del colegio.
-Muy bien Candy, deja te ayuda a entrar. Estos edificios viejos tienen algunas rejas un poco más amplias que otras, entonces puedes entrar sin tener que saltar toda la cerca.
Albert mintió un poco para ayudar a la chica y que entrara sin mayor dificultad. Agradeció enormemente al Albert joven por haber sido tan "explorador" de aquellos recovecos en su tiempo y poder ayudar a Candy esta noche.
-Te agradezco toda tu ayuda Albert, en verdad. No puedo esperar en ir a visitarte al zoológico y verte en acción con todos los animales.
-Claro que sí Candy, te estaré esperando ansioso.
Ambos se despidieron con una sonrisa cálida. Albert ayudó a Candy a entrar nuevamente al Colegio y le deseó mucha suerte con su compañero. La chica volteó una última vez y se despidió con un pequeño movimiento de su mano.
Tras perderla de vista en la negrura del jardín que rodeaba el Colegio, Albert continuó su camino por Londres, contento de su muy peculiar noche.
-Bueno, por fin me encontré con Candy. Sabía que la vería tarde o temprano pero no pensé que fuera por una casualidad tan vaga. Parece que St. Pablo no es el lugar para un alma rebelde como ella, si lo sabré yo… Espero que no tenga muchos problemas.
Trató de alejar esos pensamientos, ya que si bien sabía en carne propia que el Colegio era muy estricto, esperaba que el estar en compañía de sus primos y el conocer nuevos amigos le ayudara a superar los dolores del pasado.
Albert siguió caminando con una sonrisa en los labios, listo para volver a casa, pensando que no había tenido una cita así de divertida hacía mucho tiempo.
