Gracias por leer los capítulos de esta historia. Me gusta mucho escribir desde la perspectiva de Albert, me identifico mucho con él en ciertas ocasiones. Espero les divierta este breve capítulo.
La rutina era algo que, de acuerdo con Candy, funcionaba a la perfección para una persona con amnesia.
"Algún día, tus recuerdos regresarán a ti. Nos sorprenderás contándonos quién eres y de dónde vienes".
Esas palabras pronunciadas por su amiga, resonaban en la cabeza de Albert cada mañana, una vez que al salir el sol, su cuerpo instintivamente se despertaba y se quedaba mirando infinitamente hacia el techo de su litera, que cumplía una doble función como colchón sobre el que dormía Candy.
Ella despertaba tarde, para ser sinceros. Justo 10 minutos después de las 7:00 a.m. Albert estaba seguro que si esos 10 minutos los usara cada mañana para dormir, llegaría a tiempo al hospital.
Pero eso, para su pesar y diversión, era también ya parte de la rutina.
Otra cosa que había incorporado a sus días, y sin ningún esfuerzo, era preparar el desayuno y almuerzo para Candy. Ella trabajaba todo el día en el hospital y se encargaba de la gran mayoría de las cuentas, lo justo es que no tuviera que preocuparse por sus alimentos.
Para ser sinceros, la comida que preparaba no quedaba nada mal, la glotona de Candy quedaba satisfecha e inclusive pedía repetir plato casi a diario. Los fines de semana Candy se esforzaba por preparar platillos y compartir la responsabilidad de la cocina, pero para Albert no era necesario, ya que le daba mucho gusto poder regresar algo de ayuda a la chica.
Una vez que se despedían y Albert terminaba de limpiar la casa, salía a su trabajo en un restaurante cercano y lavaba platos por 4 horas seguidas. A diferencia de sus compañeros, quienes solían pedir descanso más constante, para Albert el esfuerzo físico de 4 era casi nulo.
El haber incorporado todos estos pasos en su rutina, le habían hecho llegar a varias conclusiones prometedoras:
Él era una persona acostumbrada a despertar temprano a diario.
Sabía valerse por sí mismo al cocinar, limpiar y lavar.
Tenía una fortaleza física hasta envidiable para alguien de su edad.
Esto encajaba y comprobaba perfectamente lo que Candy le había dicho: "Tú siempre te encuentras viajando por el mundo, cuidando de animales y valiéndote por ti mismo. Eres una persona admirable".
Tal parece ser que su rutina y la realidad que Candy le contaba, coincidían a la perfección. Albert se preguntaba qué tipo de lugares había conocido, las personas que frecuentaba, inclusive quienes eran su familia. Trataba de no ahondar mucho, ya que eso solo le causaba ansiedad y un gran vacío.
Todas esas afirmaciones, tampoco le ayudaban a corroborar que en su día a día fuese "una persona admirable". Solo sus valores, sus decisiones, su trayecto de vida, podían gritarle a la cara: ¡sí! Y lamentablemente todo eso se encontraba ahí, dormido en su memoria sin señal de volver pronto a despertar.
Por las noches, ya que Candy volvía de su trabajo, cenaban juntos y platicaban de la rutina del día. A veces Candy tenía unas historias muy interesantes que relatarle sobre sus pacientes, algunas otras llegaba triste y sabía que la jornada había sido dura, pero él trataba de estar ahí siempre, apoyándola y animándola para seguir adelante. De sobra estaba decir que Albert conocía en carne propia la capacidad de la joven para desempeñarse de forma excelente en su trabajo, incluso con mayor criterio y humanidad que los médicos.
Otras ocasiones, Candy no paraba de hablar de Terry, su amor del colegio. Al parecer, él y Terry son amigos desde hace tiempo, inclusive habían compartido una pelena juntos. Tanta confianza le tiene a Albert que no tuvo comentarios en que Candy y él compartieran casa.
Terry era una cara nueva en el mundo de la actuación, pero había crecido rápidamente y se volvía más y más famoso. Un joven de porte y atractivo que encantaba con su talento a la escena artística, o al menos eso había leído en los periódicos. Lástima que no podía recordar a tan aclamado buscapleitos.
Antes de dormir, Candy le deseaba las buenas noches a un cartel pegado a la pared con la fotografía de Terry, quien se hacía acompañar por una joven actriz, y juntos formaban a Romeo y Julieta. En sus ensoñaciones, Candy se imaginaba a ella como la Julieta de ese cartel.
–Ojalá pudieras recordarlo Albert. Tú y él eran tan buenos amigos. Le gustaba visitarte en tu antiguo trabajo y pasar horas ahí. Ojalá pudieras acompañarme a visitarlo a New York.
–Gracias por la invitación Candy, pero creo que iré en otra ocasión, seguro ustedes tienen mucho en qué ponerse al corriente.
Albert se alegraba tanto de ver feliz a Candy, ilusionada por su próximo encuentro con Terry. Sin embargo,debía admitir que, ya cuando los ruidos del día cesaban y se recostaba para tratar de dormir, sus deseos de una rutina y el miedo de perderla le invadían sin clemencia.
¿Qué pasaría si Candy se quedaba con Terry en este viaje? ¿Qué sería de él sin su compañía? Claro, Candy tenía todo el derecho de buscar su felicidad. Albert solo estaba retrasando ese momento para Candy.
En el fondo de su corazón, se reconocía como un ser egoísta, lejos de esa "persona admirable" de la que tanto hablaba Candy.
La rutina, ese preciado tesoro al que se aferraba, podía romperse de un momento a otro, y con eso, todo lo que su yo actual comprendía.
Para Albert, la rutina era un café caliente por la mañana en tazas gemelas, un "¡Qué tengas un buen día!" Seguido de una sonrisa deslumbrante, el cumplido por sus logros culinarios y el genuino deseo de salud que un par de ojos verde esmeralda reflejaban hacia él a diario.
La rutina, lo que le haría volver a ser sí mismo por completo, era Candy.
Volteó de lado y se tapó la cara con las cobijas. Mientras la luz de la luna entraba por la ventana, Albert terminaba de lidiar con su mente, perdida entre el miedo y anhelo, hasta quedarse profunda y rutinariamente dormido.
