Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.


"La verdad es una antorcha que luce entre la niebla, sin disiparla".

-Claude Adrien Helvétius


《Prólogo》

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Nueva Era del Dragón, 1987

Periodo Xīng 38

Castillo de Tendo, Tierras Altas del Norte

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Fue una terrible tragedia.

Tan cruel y espeluznante como en las más mórbidas pesadillas que jamás se pudiesen imaginar.

Tan desoladora como para quebrantar el alma.

Tan desgarradora que el bravío guerrero Son Tendo fue incapaz de afrontar. Y con la muerte del atormentado patriarca, uno de los siete linajes escogidos por el Dios Creador TianRyū, la familia Tendo, encontró su extinción.

Ocurrió en invierno, en el más crudo invierno que hacía tiempo no azotaba al Gran Imperio de Oriente; durante la noche, la más oscura y devoradora noche de frío y tormenta.

Fue en el castillo de Tendo, dentro de sus cálidas y protectoras paredes. Fue en ese hogar de amor cultivado y felicidad cosechada donde la más escabrosa y cruenta masacre encontró su presa. Donde la muerte arrebató impiadosa la inocencia y vida de dos pequeñas hermanas y una madre devota. Donde el espíritu del legendario Caballero Imperial y amoroso padre encontró su quebranto.

Justo ahí, en la sala de descanso, donde las pequeñas hermanas Tendo solían pasar su tiempo de ocio, donde los guerreros se transforman en princesas, donde la maldad era vencida por el más dulce de los besos… donde las sonrisas hechizaban hasta el corazón más endurecido.

Justo ahí, en ese lugar de encanto, los tres cuerpos yacían mutilados.

Con las cabezas sin rostro, destajadas del cuello y deformadas por filosas garras y mortales dientes, esparcidas en el suelo. Los cuerpos carecía de brazos y piernas, pero presumían los restos de órganos devorados entre las aberturas de sus heridas. Huesos expuestos, carne lacerada, sangre derramada; esparciéndose conquistadora bajo los tibios trozos de cadáver, decorando las paredes, armonizando los inmuebles. Con la firma inequívoca de su autor plasmada en carmín.

Lobos.

Siempre figuró un misterio el acontecimiento de los hechos. Algunos nobles, guerreros y plebeyos teorizaban lo sucedido como un acto de asesinato inescrupulosamente planificado, quizá por bárbaros, rebeldes internos del Imperio, proscritos, incluso ladrones. Una trampa disfrazada de coincidencias insólitas y sospechosas. Otros sencillamente adjudicaban aquello como simple mala suerte. Porque la vida, en ocasiones, llega a ser injusta y bastante cruel; sin distinción de rangos, riquezas o pecados.

Pero lo que sí era cierto, es que en esas vísperas el castillo de Tendo se encontraba escasamente vigilado. Días atrás, el Señor de la provincia de Fukuoka partió con la mayoría de sus soldados, hacia los límites perimetrales del Este: para detener y diezmar las fuerzas invasoras de los Báiyāo -demonios blancos-; feroces y hábiles guerreros, de piel pálida y cabellos de sol, que deseaban apoderarse de sus tierras. Eran enemigos para tomarse en cuenta, resistentes y obcecados como ningunos otros que hubiese enfrentado. Así entonces, Soun Tendo sólo dispuso unos cuantos centinelas y guerreros para para salvaguardar la seguridad del castillo y su amada familia; sabedor que para poder vencer a aquellos bárbaros, de manera definitiva, necesitaba el poder de todo su ejército. Fue una decisión apresurada la que el Shoyū de Fukuoka tomó dadas las circunstancias. Ni siquiera le dio oportunidad de pedir apoyo militar a su buen amigo y futuro familiar político, Genma Saotome, para liberar aquella confrontación. Sin embargo, como noble guerrero de linaje escogido por TianRyū debía defender sin temor a su pueblo, a las tierras dadas por el Emperador que eran suelo fértil del Gran Imperio de Oriente. Y con su vida y la de sus guerreros, encomendada al Dios Dragón Creador, marchó hacia la batalla.

Regresando vencedor pese a la ventisca, Soun Tendo divisó en la lejanía las rejas abiertas de la barbacana, misma que parecía estar extrañamente desatendida. Aquel detalle le suscitó un mal presentimiento, pues descuidar ese lugar significaba una grave falta a sus ordenes, y los soldados que a él servían eran fieles a su puesto. Tan competentes y leales que les confería su vida. Aceleró el trote de su corcel negro, y al atravesar las murallas encontró el patio de armas completamente vacío, sin ninguna tenue luz que alumbrase la densa oscuridad. Todo yacía en quietud y mutismo. Demasiado preocupado como para dilucidar razones, desmontó su caballo y corrió hacia el castillo. Las puertas principales reposaban abiertas y el interior del recinto presumía casi la misma negrura que la noche, sólo un poco de luz de luna ayudaba a distinguir figuras en la penumbra. Por costumbre y en apremio de su corazonada, Soun dirigió sus pasos al cuarto donde sus queridas hijas y amada esposa solían pasar el tiempo de ocio, aquel lugar gobernado de ternura y tintineantes risillas. Sin embargo, al abrir sus puertas, el más cruento escenario destrozó su corazón.

Esa noche, esa noche maldita, uno de los guerreros más loables del Gran Imperio de Oriente perdió su humanidad y, con un desgarrador grito de dolor, selló su pacto a la locura.

Cuando su segundo al mando, Shōchi Ōbayashi, y varios de sus guerreros entraron al castillo, tras escuchar aquella pesarosa lamentación, encontraron a su Señor abrazando con fervor la cabeza desfigurada de su esposa y el cuerpo desmembrado de sus hijas. Hincado al lado de lo que quedaba del esbelto cuerpo femenino, lloraba como jamás lo había hecho un hombre. La habitación estaba perfumada por el denso olor a hierro, las superficies eran bañadas en tibia sangre y la presencia de la muerte aún permanecía entre las paredes; algunos de los soldados tuvieron que tragarse las arcadas. Al ver el estado perturbado de su Señor, Shōchi tomó las riendas de la situación y dio la orden de inspeccionar el castillo en busca de más víctimas, o la presencia de los salvajes animales; encontrando únicamente a unos pocos sirvientes y soldados en las mismas condiciones.

Fue una noche de valiosas pérdidas. De fundadas sospechas e incordios, de misterios nunca resueltos, de preguntas jamás formuladas... De plegarias sin respuesta.

La provincia entera se atavió de luto. El Emperador mismo rindió los honores en los funerales, pues el respetado Shoyū parecía haber perdido la cordura y las ganas de continuar en esta vida. Ni siquiera las palabras de su mejor amigo, Genma Saotome, lograron sacarlo de su auto confinamiento. No hubo culpables a quien castigar, victimarios sobre quien descargar su rabia o jurar venganza, y la supuesta jauría de lobos jamás fue vista ni encontrada después. Lo único que le quedó al legendario guerrero, fue odiarse a sí mismo por su incompetencia. Perdiéndose en sus desvaríos, rastreando sospechosos imaginarios.

Así pasaron varios meses, con Soun enclaustrado en el castillo, apenas comiendo lo suficiente y bebiendo hasta perder la conciencia; quedando Fukuoka gobernada provisionalmente por Shōchi, a deseos del Emperador. Sin embargo, después de ciento ochenta lunas, el antiguo Shoyū y guerrero del clan Tendo, acabó con su vida. Destajando su cuello como si fuese un traidor: muy seguramente atormentado por la devoradora culpa y las martirizantes pesadillas que le visitaban, casi todas las noches de sobriedad, desde aquel encuentro sanguinario con su familia. Creyéndose indigno de merecer la bendición de la vida pese a ser incapaz de proteger lo que más amaba de las fauces rabiosas de la muerte. Fue Ōbayashi quien lo encontró muerto en su habitación, si explicaciones o vacilación en el corte limpio de su garganta. El atormentado hombre por fin yacía en mortuoria paz. Y cual honorable coronel que era del gran Soun Tendo, el leal guerrero decidió compartir el mismo destino que su Señor.

Nuevamente, junto a las Tierras de Fukuoka, el Gran Imperio de Oriente agonizó en duelo, no sólo habían perdido a dos piadosos gobernantes, sino que por primera vez, en la historia de la nueva humanidad, una de las siete familias legendarias había perecido.

El clan Tendo dejó de existir.

Fueron tiempos de gran crisis y tristeza, tanta que el Dios TianRyū lloró inconsolable durante cuatro meses de invierno, como nunca antes se tenía registro en las Tierras de Fukuoka.

Y así quedó plasmado en la historia, así es como la gente recordó los hechos. Sin embargo, la verdad de aquella funesta noche y todo lo acontecido después, quedo oculta entre susurros y secretos. Murmuraciones que con paciencia entretejían su libertad, que buscaban justicia… que añoraban venganza.