Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.


"No sé cuántas vidas me faltan, pero en cada una, espero encontrarme contigo".

-Edgar Oceransky


《1》

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Nueva Era del Dragón, 2015

Periodo Xīng 66

Provincia de Furumoto, Tierras Altas del Oeste

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Fue capaz de distinguirlo en la lejanía, la distancia significó una nimiedad para su inconsciente propósito y su versada mirada. No es que lo buscará a aposta, pero sus ojos siempre le encontraban: por instinto, por costumbre, por naturalezas que no entendía. Algo en ese muchacho llamada imperecederamente su atención.

Aceleró el trote de Nild, su yegua -del color más blanco que las brumosas nubes o el algodón más fino de las Tierras Altas del Norte, y de reacio carácter como su jinete-, para dar alcance a la caravana escoltada con el escudo de Ryugenzawa y el emblema de la familia Hiiragi. El hombre sonrió de medio lado; después de dos inviernos sin verse, Ranma estaba bastante deseoso de tomar unos tragos de hidromiel con su buen amigo Shinnosuke.

Estaba bastante deseoso de retomar las riendas de su vida en general.

—¡Ranma! —gritó Shinnosuke jubiloso, al distinguirlo acercándose desde el claro norte de la llanura. El castaño aceleró el trote de su corcel, y detuvo sus pasos unos metros antes de alcanzar su objetivo. De un elegante salto bajó del lomo. Sin miramientos, corrió al encuentro de su amigo más cercano.

El azabache hizo lo mismo, reuniéndose ambos hombres en el punto medio de distancia.

—¡Ven acá pequeño llorón! —Ranma estiró los brazos para abrazar al castaño y propinarle unas sonoras palmas en la espalda, como queriendo hacerle vomitar los pulmones.

Shinnosuke aceptó el duelo, tratando de igualar la fuerza bruta de su contrincante.

—¡Basta!, ¡basta! —imploró el castaño al verse superado por el ardor de su piel. La verdad sea dicha, Ranma tenía la fuerza de un toro.

El ojiazul soltó una carcajada, y liberó a su presa en muestra de misericordia. No sin antes burlarse de su poca resistencia.

—Pero ¡qué princesa! —se mofó con aire arrogante. Ranma permitió que el castaño se alejara unos pasos de distancia para sobar su espalda, lo contempló de cabeza a pies con aire meditabundo y sonrió zumbón, alzando una descarada ceja por su descubrimiento—. ¡Te falta músculo hombre! Estás más flacucho incluso, si sigues así poco falta para ponerte un vestido y hacerte pasar por una damisela. Serías bastante mono —afirmó burlón.

A pesar de tener la misma edad, Ranma lucía una complexión más prominente en comparación con Shinnosuke. No es que el castaño fuese un hombre de figura delicada pero si contrastabas a los dos guerreros, el azabache hacía palidecer el trabajado cuerpo de su amigo. Además, le ganaba por una cabeza de altura.

—¡Cállate! Aunque sé que tienes buen ojo para eso, tus percepciones sobre mi galanura no me complacen precisamente. Ahora siento ganas de vomitar —habló recompuesto, fingiendo sonoras arcadas.

Ranma avanzó hacia Shinnosuke quedando a tres palmos de separación, posó una mano sobre su hombro.

—Sí te sirve de consuelo, no fue un halago. Sólo recalco una verdad, nada te falta para ser una chica. Y ten por seguro que los hombres no me van —concluyó enlazando la dedos tras la nunca.

—No sabes lo decepcionado estoy de escuchar eso. Cuando al fin sea una mujer, tenía planeado convertirte en mi presa —dijo jocoso, mirando al azabache con coquetería.

—¡Agh!, ¡qué asco! —Fue el turno del ojiazul para escandalizarse—. ¡Aléjate de mi! —chilló, dando un salto hacia atrás.

—¡Mira quién es la princesa ahora! —increpó Shinnosuke poniendo los brazos en jarra. Soltó una carcajada tras su logrado escarmiento.

—¡Oh, cállate! —refunfuñó indignado, cruzándose de brazos, mas sus ojos destellaban la alegría de un encuentro esperado.

Shinnosuke paró de reír, y dio un ligero mamporro a la cabeza del azabache.

—Me alegra verte, Saotome —declaró sincero, palmeándole el hombro izquierdo.

Ranma le respondió con un escuálido golpe en el pecho.

—Me alegra verte, Hiiragi.

Ambos hombres se sonrieron mutuamente.

—¿Todo en orden?

El ojiazul se enervó al instante de reconocer aquella voz, y fue apenas entonces que pudo sentir su presencia. No se había percatado de su acercamiento. Maldito fuera el hombre, era condenadamente sigiloso.

Tanto Ranma como Shinnosuke giraron a la par en dirección del muchacho.

—¡Arashi! —exclamó el castaño con emoción—. ¡Mira!, ¡es Ranma! ¡Ranma!

El susodicho posó sus suspicaces ojos sobre él unos segundos y, con ese ínfimo gesto, Ranma sintió un escalofrío extraño en su columna. Pero se concentró en no hacer evidente su turbación.

Sin brindarle mayor esmero, el muchacho viró su atención hacia Shinnosuke. Sonriéndole de manera cariñosa.

—Sí —afirmó conciliador—, lo veo.

La forma en que Arashi se comportaba con Shinnosuke, por alguna inentendible razón, siempre le erizaba los nervios. Y lo ponía de mal humor. De echo, la mera existencia del muchacho, lograba sacar la peor parte de su naturaleza.

Nunca entendió porqué la presencia de ese ser etéreo, casi angelical, le provocaba semejante desbalance en su ecuánime comportamiento. Sólo sabía que, cuando estaba cerca de él, la primitiva necesidad de molestarlo y llamar su atención le ganaba la partida a sus refinados modales de Señor y honorable guerrero.

Y no era algo nuevo, ni un mero capricho surgido del aburrimiento. No. Aquello se remontaba a los años de infancia, en el preciso instante que lo vio por primera vez, con esos ojos nublados y sagaces que, el entonces niño, poseía. Una imagen que nunca olvidaría. Sin embargo, a pesar que sabían de la existencia del otro desde hacía casi veinte inviernos, no podían jactarse de conocerse en lo más mínimo. Soló habían coincidido en contadas ocasiones, como cuando Shinnosuke fue nombrado Shoyū de Ryugenzawa, en las Tierras Altas del Sur, a sus tiernos diez años, o cuando ya siendo mayores, Ranma visitaba el castillo de su amigo en víspera de su cumpleaños y viceversa. También tenía razones de él gracias a la correspondencia constante que mantenía con Shinnosuke, incluso una vez pelearon juntos. Aún así, no convivían con regularidad; y cuando coincidían, el muchacho sólo tenía atenciones para Shinnosuke, y malos tratos para él. Mejor dicho, escaso interés por conocerle, o siquiera regalarle una sonrisa.

Arashi era la mano derecha del Shinnosuke, desde siempre, desde que eran niños. Tan unidos estaban que algunos osados guerreros, sirvientes y nobles, se atrevían a afirmar que eran amantes. No era extraño que los Señores acogieran a otros hombres como concubinos, de hecho era una práctica muy común en algunas tierras. Los varones con los rostros más finos y hermosos, y cuerpos delicados, eran los favoritos para retozar en el lecho de sus Señores. Mujeres y hombres, no importaba mucho. Sin embargo, Ranma estaba seguro que Shinnosuke no se inclinaba ante menesteres carnales entre los de su mismo sexo. Ni hacia las mujeres. El hombre era un puritano, un santo. Eso era un hecho, lo sabía de primera mano. Ranma era íntimo amigo de Shinnosuke.

Y aún así, al azabache la caía en la punta del hígado la cercanía y confidencialidad que Shinnosuke y el muchacho profesaban frente a los terceros y en lo privado. Era un amargo sentimiento que llevaba acompañándolo por dieciocho inviernos. Un sentimiento que, imperecederamente, había tratado de sepultar; fallando en cada intento. Un sentimiento que se incrementaba en toda ocasión que los veía.

—¿Se te han olvidado los modales, muchacho? —reprochó con brusquedad, guiado por esa rara picazón en su pecho. La pregunta hizo que Arashi y Shinnosuke voltearan a mirarlo desconcertados—. El que sea el mejor amigo de tu Señor no me hace menos Señor que Hiiragi. No olvides a dónde perteneces. ¿O es que la amabilidad del Señor de Ryugenzawa te ha hecho desatender tu posición? —habló ponzoñoso, mirando al muchacho de ojos caoba con todo el desprecio infundado que fue capaz de evocar. Antes que Shinnosuke pudiese apelar añadió—: Otros señores han decapitado a los hombres de sus aliados por mucho menos.

En otro tiempo, habría sido una gran ofensa la que el muchacho Arashi cometió, incluso podía ser tomada como rebelión. El no presentar adecuadamente los respetos hacia un Shoyū como él, le habría costado la cabeza a cualquier persona. Aunque, en el caso de Arashi...

—Pero ¡Ranma! ¡Arashi es...!

Shinnosuke se vio nuevamente impedido de expresar su descontento, esta vez por causa de Arashi, quien le tocó el hombro para llamar su atención.

—Está bien —murmuró sereno—. Conozco mi lugar.

—¡Pero...!

Arashi ignoró la réplica de su Señor, y caminó hasta quedar frente al ojiazul. El muchacho lo miró brevemente a los ojos, con aquella mirada indómita y desafiante que le caracterizaba; tan altiva como su propio ego de guerrero y Caballero Imperial de la familia Saotome. El chico tenía agallas.

—Mi señor... —Fingiendo sumisión, y sin apartar los ojos de los suyos, Arashi llevó el puño derecho hacia su pecho, con el codo a la altura de sus costillas. Para, acto seguido, arrodillarse sobre su pierna derecha, con la cabeza mirando al suelo—. En ti resplandece la gloria de TianRyū —pronunció alto y solemne.

Shinnosuke, atónito, sólo atinó a mirar. Ranma jamás había obligado a Arashi a rendirle honor. Bien era cierto que parecía despreciarlo y gozaba incomodarlo, del mismo modo, lo veía como su igual guerrero. Además, conocía la condición de Arashi como su concejal particular y coronel de su ejército: el segundo al mando. Por ende, un privilegio no escrito, era que Arashi gozaba de informalidad y voto hacia su Señor, y los Señores aliados a este, pues estaba prácticamente al mismo nivel que un General. Y en las Tierras Altas del Oriente se valoraba y respetaba, en mayor medida, las aptitudes de un buen guerrero por sobre un título nobiliario; ya que fueron los antiguos guerreros quienes forjaron estas tierras salvajes.

La calma y desapego con que Arashi aceptaba su humillación fue más una bofetada que una victoria satisfactoria para Ranma. Ridículamente, se sintió burlado. No como noble o guerrero, sino como persona. Como si ese muchacho Arashi lo menospreciara, muy a pesar de la pulcra educación con la que se refería a él... como si lo considerara un ser de la peor calaña. Y ciertamente Arashi tenía motivos para pensar aquello, sin embargo, Ranma no poseía ninguno para sentirse desdeñado. Arashi siempre actuaba formal y educado con él, dándole el respeto y lugar que cómo Shoyū se exigía. Tal vez su trato no era del todo sincero, pero si fingía, lo hacía muy bien. Además, era un formidable guerrero, lo que le faltaba de fuerza bruta lo compensaba con agilidad y técnica. Casi estaba a su altura, casi, a excepción del pequeño detalle que Ranma procedía de una antigua familia noble y guerrera, que según la leyenda fue escogida por el Gran Dragón Creador "TianRyū", y los orígenes de Arashi eran bastante indeterminados. Pero igual le respetaba. Y jamás creyó necesario que el muchacho le brindará honores.

Lo que dijo fue un simple arrebato de ese sentimiento amargo que le cegaba cuando estaba cerca del maldito muchacho.

Ranma cerró los puños a sus costados, arrugado el entrecejo en una mueca de disgusto más para sí mismo que para el joven; no era propio de un Señor alterarse por banalidades, mucho menos enaltecerse cuando no le correspondía.

Se obligó a responder los galardones.

TianRyū te bendice —habló con voz áspera, disimulando el súbito enojo—. Puedes marcharte.

Con elegantes y perfectos movimientos, Arashi se puso de pie, reverenciándolo antes de girarse sobre sus talones y ubicarse a la derecha de Shinnosuke. Siempre a la derecha.

—Arashi, no sabes cuanto lo sien...

—Quizá mi Señor desea ponerse al día de los pormenores con el Señor de Nerima —zanjó Arashi, haciendo uso de sus privilegios al interrumpir las palabras de un Shoyū—. Después de todo, son días de gozo. Y mi Señor no ha tenido noticias de su buen amigo por muchas lunas.

—Pero...

—Yo guiaré la caravana hasta el castillo de Pansuto, me encargaré de que todos sean debidamente instalados. Además, el Abuelo Hiiragi necesita descansar.

Arashi dio media vuelta para susurrar al oído de Shinnosuke. A Ranma le fue inevitable fruncir más el ceño y apretar los labios.

—De acuerdo —respondió Shinnosuke a lo que fuese que Arashi le haya dicho.

El muchacho de ascendencia desconocida viró en dirección de la actual cabecilla de los Saotome, se irguió cuán larga era su espalda y plantó el puño derecho sobre su pecho.

—Mi señor...

Ranma sabía que significaba aquello, el muchacho le pedía permiso para retirarse. Cosa que era innecesaria, pues su Señor ya le había dado pase libre. A todas luces, Arashi le estaba dando a Ranma una buena escaramuza con guante blanco. Shinnosuke incluso esbozó una sonrisa burlona y miró al azabache con ojos de victoria. Que forma tan astuta de ponerlo en ridículo, humillándose a voluntad frente a un Señor que no era el suyo y, peor aún, cuando ni siquiera su propio Señor le exigía respetos. Y tomado en cuenta el rango sobresaliente del que gozaba Arashi... Le hizo parecer únicamente un noble arrogante y pendenciero. Una cualidad inaceptable para un honorable guerrero y gobernante Shoyū. Si algo les había enseñado la guerra y el actual Emperador, era la humildad frente a su pueblo y subordinados. Quizá como hombre podía ser un pirado, pero si exigía ser tratado como un Shoyū debía comportarse a la altura, y no andar exigiendo devociones innecesarias.

—Ya te lo dije antes —masculló entre dientes—, ¡márchate! —exclamó hastiado.

Sin alterar su gesto estoico, el joven de ojos caoba hizo una ultima reverencia al Señor de Nerima, se giró y caminó hacia la caravana. Detuvo su avance a media distancia, dirigiendo su atención al bosque que flanquea la llanura.

Arashi pareció encontrar particular interés en algún punto de la espesa vegetación.

—¿Todo en orden? —Ranma sintió curiosidad ante la repentina distracción del muchacho. Él no pudo divisar más que infinitos hierbajos más allá del perímetro del bosque, pero Arashi parecía percibir algo.

El muchacho lo miró sobre su hombro.

—Todo en orden —coincidió asintiendo la cabeza. Sin más, Arashi continuó su trayecto.

Ranma observó cómo el joven montaba, con maestría, a lomos de su corcel negro. Repartió unas cuantas órdenes y al instante la caravana se encaminó hacia las puertas del castillo de Pansuto, que ya se avizoraban cerca en el horizonte.

—Te lo has buscado Saotome. —Se mofó Shinnosuke una vez estuvieron solos, y paseando, a paso lento, sobre sus caballos.

—¡Cállate! A ese enclenque le sobra arrogancia.

—Mira quién lo dice.

—¡Pero soy un Señor! —Se excusó.

—Y él es un guerrero tan loable como nosotros —censuró—. De procedencia noble o no, jamás nos a importado. Ha demostrado su valía innumerables veces. Pensé que lo respetabas —mencionó decepcionado.

—Lo hago —declaró serio.

Ranma peleó junto a él en una ocasión, cuatro años atrás, cuando la familia Saotome envío parte de su ejército a apoyar la región peninsular del Sur, pues los proscritos de las Tierras Bajas querían hacerse con los dominios pesqueros de la familia Hiiragi. Como aliados políticos, y amigos cercanos de la familia Hiiragi, el antiguo cabecilla de los Saotome, Genma Saotome, resolvió otorgar ayuda militar a favor de eliminar a los invasores y evitar desfavorables pérdidas humanas y territoriales; confiando que el Emperador comprendería su intromisión en la batalla.

A Ranma no tuvieron que decirle dos veces para alzarse en armas y proteger las productivas tierras que a su amigo Shinnosuke le habían costado sangre y sudor hacer prosperar.

Más que por honor y poder político, o la ascendencia divina que les confería ser una de las siete familias elegidas por el Dios TianRyū para gobernar la Nueva Tierra de Oriente, los Saotome eran reconocidos por la férrea lealtad que profesaban a su pueblo y amigos.

El ojiazul arribó justo en medio de la brutal disputa, creyendo que Shinnosuke se encontraría en el puerto de Orochi, pues así le había informado un mensajero leal a Hiiragi, sin embargo, fue Arashi quien dirigía la contención en ese lugar. Más tarde se enteraría que Shinnosuke lideró en el puerto de Yamato, en un repentino cambio de estrategia al descubrir el doble ataque de los expatriados.

La batalla de Orochi se prolongó por horas, con bajas por ambos bandos, siendo la victoria para las tierras de Ryugenzawa. Aunque es preciso menciona que los proscritos tuvieron más pérdidas que las familias Hiiragi y Saotome juntas. Pero lo que Ranma nunca olvidaría, fue la rebosante sensación de compenetración que sintió al luchar codo a codo con Arashi. El hombrecillo inclusive detuvo, con sus propias manos, una flecha que iba directo a su cabeza. Sí, el imponente Ranma Saotome, le debía la vida al escuálido, pero habilidoso, guerrero de ojos caoba. No era un Señor ingrato, quiso agradecerle y recompensarlo por salvarle el pellejo, pero en la noche de celebración...

—¡Ranma!

El mencionado se estremeció ante el grito alarmado.

—¡¿Qué?! —exclamó al tiempo que giraba el rostro en dirección del castaño.

—¿En qué demonios estás tan ensimismado? —indagó alzando una ceja inquisidora.

—En nada —bufó fastidiado, huyendo de los escudriñantes ojos de Shinnosuke.

—¿Y por qué fue eso? —preguntó extrañado.

—¿Qué cosa? —cuestionó socarrón, aun sabiendo a lo que se refería su amigo.

—Todo eso de los modales y Señores imaginarios matando a sus imaginarios subordinados por motivos estúpidos e irrelevantes.

A Ranma no le pasó de largo que la palabra "estúpidos" iba dirigida hacia su personas más que a su anterior palabrería.

—No lo sé —admitió apenado, encogiéndose de hombros—. Pero es verdad que el Código dice...

—¡Oh, por favor! Ya casi nadie sigue o recuerda las pomposas normas del Código de cortesía y etiqueta, al menos no las más estúpidas. Y eres el primero que las rompe pidiendo a todos, incluso los sirvientes, que te llamen por tu nombre en lugar de Señor Saotome o Shoyū de Nerima.

El maldito tenía toda la jodida razón. Ranma no pudo más que apretar los dientes. Había sido un estúpido.

—Además, Arashi esta al tanto de todo eso. Sabes muy bien que no es un bárbaro iletrado deseoso de beber sangre.

¡Qué lo aspen si Shinnosuke no escupía puras verdades! Pero qué malnacido por echárselas en cara con tanto regocijo.

—Se estaba burlando de ti —afirmó petulante.

—Ya lo sé. —Rumió tragándose el orgullo. Estaba muy, muy cabreado, pero igual le fascinaba como el hombrecillo se las ingeniaba para bajarle los humos con el mayor refinamiento, sutileza y educación del que podía presumir un Noble nacido en la Corte Imperial.

—Ranma...

—¡¿Qué?! —respondió exasperado por el dolor de su ego pisoteado.

—No vayas a buscarle revancha a Arashi cuando estemos en el castillo. Mañana es un día especial para Taro, no quiero que lo arruines.

—¿Y quién crees que soy?, ¿un crío de ocho años? Soy nada menos que el Señor de Nerima y Caballero Imperial, Ranma Saotome.

—Pero te comportas como un crío berrinchudo cuando buscas la atención de Arashi.

—Yo no busco su atención —siseó amenazante, con voz gruesa. Dedicándole a Shinnosuke la mejor mirada asesina de su arsenal.

—Sí que lo haces —contradijo divertido, esbozando una sonrisa burlesca que a Ranma le dieron ganas de pulverizar—. Tienes una extraña fijación con él.

—Mira tú, flacucho de pacotilla... —gruñó.

—Siempre creí que serías tú el primero en casarte.

El castaño zanjó el tema de sus extrañas fijaciones por el verdadero motivo que los llevó a reunirse después de tantos meses. Ranma prefirió enfocarse en ese asunto.

—¿Por qué?

—¡Oh, vamos! No puedes hacerte el humilde ahora. Sabes muy bien que, de los cuatro, las féminas siempre terminaban suspirando por ti.

—Yo no tengo la culpa de ser el más apuesto de todos —alardeó.

—El más fanfarrón y coqueto, querrás decir.

—¡Oye!, yo no fanfarroneo —comentó entre risillas.

—Y luego tienes a esa exótica prometida tuya —comentó sin maldad. Lo último que supo de Ranma es que se había prometido con una beldad extranjera.

Ranma se cuadro al tiempo de escuchar la burda mención de aquella mujer. Tal fue su tensión, que Nild relinchó en protesta. El ojiazul no perdió tiempo para calmar a su yegua.

—¿Qué pasa? —preguntó el castaño, preocupado al observar la repentina incomodidad del azabache.

—No entraré en detalles, Shinnosuke. No me apetece hablar de ello ahora. Pero te diré que esa arpía manipuladora ya no es mi prometida. Al menos, no en la práctica.

El odio y animadversión que Shinnosuke saboreó en la voz de su compañero lo limitó de hacer indagaciones inapropiadas, por ahora. Ciertamente Ranma aún era afectado por lo que sea que esa hermosa mujer, que hace tiempo le confesó amaba con locura, le haya hecho.

—¿Entonces, el Emperador...?

Ranma liberó un pesaroso suspiró.

—Aún no me ha respondido —contestó desdichado—. Supongo que tiene mejores cosas que hacer que atender asuntos de faldas.

¡Y una mierda!

Toda la Nación sabía que el pasatiempo favorito del monarca era hacerle de comadrona. Aunque nadie parecía insatisfecho, quizá porque el revelarse a ello sería cometer alta traición. ¡¿A qué esperaba su Alteza Divina para responderle?! A lo mejor lo estaba torturando por no hacer caso a sus advertencias. Maldito viejo.

—Y oficialmente...

—No en la maldita práctica, Shinno —interrumpió resentido—. No en la maldita práctica.

Por un rato, los hombres cabalgaron en silencio hacia el castillo de Pansuto, en la provincia de Furumoto, localizado en las Tierras Altas del Oeste.

—Pero el amor golpeó bastante fuerte a Taro, ¿verdad?

Fue el turno de Ranma para cambiar el tema. Al parecer, sus ánimos se habían recargado.

—Y pensar que era el más hostil y antisocial de nosotros. —Se burló el castaño.

—Y que lo digas. Me imagino que su futura esposa debe ser algo así como una gigante salvaje para soportar a la semejante bestia bruta que es Taro.

—¿Y cómo se llama la fruta Señora de Furumoto? —Vagamente recordaba haberlo leído en la invitación, pero, dicha sea la verdad, era un hombre con tendencias al despiste.

—¿Rouge? —respondió dudoso el azabache. Ranma tampoco le prestó mucha atención al nombre de la futura esposa de su amigo. Sinceramente, sólo le emocionó la excelente excusa para reunirse, después de tantos inviernos, con sus amigos de la infancia; más allá de obligaciones militantes—. Rouge Ashura, creo.

—De la familia Ashura, ¿eh? —murmuró meditabundo—. Es una buena alianza.

—¿Crees que el Emperador lo haya forzado a contraer nupcias para afianzar la influencia política y militar de Furumoto? —inquirió horrorizado.

Era bien sabido que el Emperador concertaba matrimonios entre las familias nobles civiles y las nobles guerreras para mantener el balance del poder en las provincias y las mismas familias, aunque todo en beneficio del Imperio y sus relaciones exteriores. Y a veces era necesario hacer sacrificios en favor del Imperio, hasta el mismo Emperador lo hizo. Pero, gracias a la buena voluntad de TianRyū, su Alteza Divina tenía un infalible ojo y excelente percepción para disponer matrimonios donde el verdadero amor florecía con el tiempo. Incluso mucho antes de que los prometiera por mandato Imperial, el gobernante supremo ya influía como celestina. O era lo que su madre siempre alardeaba con tanta alegría. Ahora se arrepentía por no hacerle caso al viejo Ryuusuke cuando le dijo que estaba pirado si quería casarse con esa mujer extranjera de Occidente. Qué imbécil.

¿Por qué el viejo acepto bendecir entonces sus deseos maritales? ¿Tal vez para darle una lección?

«Comadreja astuta», refunfuñó para sus adentros.

—Ni el mismo Dios creador TianRyū hubiese podido obligar a Taro a hacer algo que no desea. Mucho menos si eso conlleva compartir el resto de su vida, y tierras, con otra persona aparte de él mismo y su madre. Taro es un honorable gobernante, pero en lo personal es bastante patán, caprichoso y desconfiado.

Ranma y Shinnosuke se soltaron a carcajadas. Aquello era una verdad absoluta.

—¿Y con eso nos queda...? —preguntó travieso, obviando la respuesta.

—El amor —respondió el castaño cual erudito discípulo de la divina Tengri, protectora del amor y la felicidad.

—El amor —secundó, verdaderamente alegre por la buena fortuna de Taro en los menesteres amorosos—. Espero que la elegida sea sincera respecto a sus sentimientos —mencionó preocupado. Ranma conocía de primera mano la traición del ser más amado. Era como un demonio que te comía las entrañas.

Shinnosuke percibió su desazón, mas optó por dejarlo de lado.

—¿Y por qué presumes que fue ella la elegida y no Taro? A mi parecer Taro es el afortunado por que alguien no haya preferido la decapitación, por alta traición, al rechazar el permiso de esponsales del Emperador, o la orden en su defecto.

Ranma río con fuerzas. Shinnosuke destilaba suprema sabiduría el día de hoy. Cuánto había madurado su buen amigo.

—¡Joder, que no te equivocas!

—Soy el más listo de todos —declaró arrogante.

—Pero el más llorón —contraatacó con malicia.

—¡Ya olvídalo, Saotome! —reprochó—. Fue sólo una vez. ¡Una maldita vez!, la que me viste llorar. Y en mi defensa era mi mascota, ¡y el ornitorrinco más genial que haya existido!

—Le lloraste semanas, hasta hiciste luto y todo. ¡Organizarte un jodido funeral! —rememoró divertido—. Nos obligaste a viajar poco más semanas para llegar a tus tierras y únicamente presenciar el maldito funeral de un pato. Si nuestras familias no fueran aliadas, ¡te habríamos declarado la guerra!

—¡Tenía ocho años!, ¡para mi era muy importante! ¡Y no era un pato!

—Me sorprende que tu padre no te haya dado una paliza —comentó en mofa. Después de todos esos años, aún le hacía mucha gracia el recordar la urgencia con la que fue redactada aquella misiva. O mejor dicho, la alerta de estado que provocó.

Siendo en ese entonces el cabecilla de la familia Saotome, su padre, Genma Saotome, entró a la sala común como alma perseguida por los espíritus oscuros para comunicar, casi en un grito, que un importante integrante de la familia Hiiragi había fallecido. Sin mayor dilación, esa misma tarde partieron del castillo para arribar, lo más pronto posible, a las Tierras de Ryugenzawa. Como la misiva no daba explicaciones de quién encontró el pronto descanso, y regresó al cuerpo de TianRyū, tanto su padre como su madre Nodoka imaginaron lo peor: la muerte del abuelo Hiiragi e incluso de su heredero y actual Señor de Ryugenzawa, Daigo Hiiragi. Ranma llegó a creer que su querido amigo Shinnosuke había sido el fallecido. Durante el trayecto surgieron muchas teorías respecto a esa carta, Genma hasta sugirió que todo aquello podría ser una farsa y, por ende, una trampa para atacarlos fuera del castillo o al castillo mismo; se regañó por ser tan impulsivo y casi dio la orden de regresar si no fuera porque su esposa lo consoló argumentando que la misiva había sido recibida, y entregada, a manos de uno de sus mensajeros más confiables, que ella misma recién envío a las Tierras de Ryugenzawa para llevar las regulares cartas de Ranma y ella a la familia Hiiragi.

Al final, todo el embrollo fue a causa de la muerte de Peng, el pato metamorfo mascota de Shinno. Ranma nunca entendió porqué ese animal era tan especial para el castaño, pero, por lo visto, lo consideraba digno integrante de la familia Hiiragi. El día del entierro, Shinnosuke logró reunir, en tiempo récord, a tres de las siete familias escogidas por el Dios Creador TianRyū: Hibiki, Pansuto y Saotome, sin contar naturalmente a la misma familia Hiiragi. El azabache apostaba que ni siquiera una misiva de alta urgencia del Emperador hubiese logrado tal hazaña. Sin embargo, pese a lo ridículo del motivo, tanto los cabecillas de las familias como sus herederos presentaron apropiadamente las condolencias. Otorgando la consideración que urgía cualquier asunto o situación que alguna de las familias advirtiera merecedor; los cuatro clanes presumían siglos de relaciones comerciales, económicas, políticas, militares y, sobre todo, de leal amistad. Y lo que importaba a una importaba a la otra.

—Lo hizo —murmuró taciturno, más para él que para su interlocutor—. Poco después de que te fuiste, padre llegó de sus diligencias en la frontera de Jinnai, cuando se enteró de todo el alboroto y alarma que provoque por la muerte de Peng, bueno…

A Ranma se le rayó el buen humor. No tenía conocimientos de que el padre de Shinnosuke lo hubiese golpeado alguna vez. Era la primera ocasión que el castaño revelaba algo como aquello. Y por el gesto apesadumbrado que pinceló en las facciones de Shinno, y la forma que apretaba las riendas hasta hacer palidecer sus nudillos, Ranma intuyó que aquello fue más que una mera corrección disciplinaria.

—¿Cuánto te golpeó? —cuestionó con rabia. Molesto consigo mismo por ser incapaz de advertir aquello durante esos años. Se supone que Shinnosuke era, y es, su más grande amigo; obligación suya era protegerle. ¿Cuántas veces no había sido el castaño un hombro amable, en el que apoyarse, durante los duros y fieros entrenamientos a los que su padre lo sometía? La respuesta a eso era muchas, muchas veces. ¿Y qué había dado el azabache a cambio?

—No importa —respondió monótono, acariciando suavemente la crin de Kah, su semental marrón.

—¿Por qué nunca me dijiste que…?

—Me lo merecía —interrumpió, dándole razón a las acciones de su fallecido padre—. Como tu dices, si no fuera por nuestras alianzas, y fuentes lazos de amistad, las familias hubiesen declarado la guerra, o mínimo roto cualquier tipo de relación con nosotros, por haberlos urgido a dejar sus tierras, y deberes, a causa de algo tan infantil.

—¡Pero nosotros nunca…!

—Olvídalo, Saotome —urgió.

—¡Y eso no le daba derecho a…!

—¡Déjalo estar, Ranma! —exigió—. No puedes cambiar lo ocurrido. Lo hecho, hecho está. Además, ya el he perdonado —concluyó solemne.

Sin embargo, las ansias de Ranma por conocer los pormenores tomaron el control de su boca.

—¿Fue esa la primera vez que te golpeó? —presionó—. O hubo otras ocasiones donde él…

—Sí tu no quieres hablarme de tu prometida, yo tampoco deseo hablarte de eso —despachó tajante, adelantando el galope de Kah.

Ranma hizo un puchero de disgusto ante la hermética postura del castaño. Cierto era que ya no podía hacer nada para subsanar lo ocurrido, pero, si lo hablaba con él, tal vez la pesadez de los amargos recuerdos podría aligerarse. Aunque para su inconformidad, tampoco él estaba dispuesto a revelar los escabrosos parajes desamorosos por los que atravesó estos dos inviernos. No todavía.

El ojiazul observó detenidamente el porte sereno y templado que presumía Shinnosuke, obligándose a tragar todos los floridos vituperios, que pujaban por salir de su garganta, contra Daigo Hiiragi y en ofensa de su propia persona. Ciertamente, aquel niño llorón que recordaba, se había convertido en un digno soberano.

Ranma respetó al castaño, por su capacidad para relegar el pasado y mirar hacia adelante. Ajeno de venganzas y resentimientos. En ocasiones, el perdón era la acción más honorable de valor y fuerza. Cualidad de la que él mismo carecía. A sus ojos, una traición, un abuso o un engaño, era lo más vil con lo que una persona podía pagar la confianza que le fue regalada. Una falta que jamás, jamás debía ser perdonada.

Y meditando aquello, por primera vez en su vida, Ranma se preguntó qué otras cosas desconocía de su querido amigo, mejor dicho, que otras cosas le había ocultado.

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Resultó ser que la futura esposa de Taro no era ningún salvaje monstruo gigante ni nada parecido. En realidad era muy hermosa: de tez cálida y cabello, de un negro profundo, tan largo que le llegaba hasta las nalgas; labios de cereza deliciosamente carnosos y unos pechos plenos y rebosantes. Y sí, un cuerpo para ser devorado por muchas noches.

—Es un honor al fin poder conocer a mis Señores, queridos amigos de mi prometido. En ustedes resplandece la gloria de TianRyū —mencionó la chica Rouge al tiempo que hacía una reverencia impecable.

También parecía bastante dulce y educada. Maldito Taro suertudo.

Cuando entraron al castillo de Pansuto, Taro y su prometida, junto con todos los sirvientes, ya esperaban por ellos en la puerta principal, recibiéndolos con la distinción esperada para un Shoyū.

Ranma y Shinnosuke desmontaron.

—El placer es todo mío, mi Señora. —El castaño tomó la palma derecha de la chica y besó su dorso, dedicándole una sonrisa ensoñadora.

Rouge se sonrojó por el acto.

—¡Oye!, ¡suéltala renacuajo! —gruñó Taro, interponiéndose entre Rouge y Shinnosuke.

—Tranquilo guerrero —respondió el castaño ahogando la risa, caminó dos pasos a tras y levantó las manos en señal de tregua—, son las formalidades.

—¡Al carajo las formalidades! —De inmediato, Taro dirigió su atención hacia el azabache—. ¡Tú ni siquiera la mires!

El ojiazul explotó en carcajadas.

—¿Asustado Pansuto? —preguntó travieso, acercándose a Taro hasta quedar a un palmo de distancia. Ranma posó las manos en su cintura y levantó la barbilla en señal de desafío.

—Ocupado Saotome, tengo mejores cosas que hacer que arrancarte la cabeza por seducir a mi prometida. —Taro tomó a la chica por el hombro y la atrajo hacia su pecho, en un gesto posesivo y protector. La mujer de largo cabello se coloreó de carmín hasta las orejas.

La verdad sea dicha, todos le daban demasiado crédito por eso. No es que él fuese por toda las Tierras Altas seduciendo a cuanta doncella se atravesará en su camino, de echo, ni siquiera se consideraba conocedor en el arte. Sencillamente las trataba de manera amable y educada, pero eran las mujeres las que, sin previo aviso, se volvían locas hasta el punto de planear atraparlo en matrimonio. Y eran sus amigos, desafortunadamente, los que terminaban inmiscuidos en las maniobras colaterales de esas perversas mentecillas.

—Sólo tienes miedo que se enamore de mi porque soy más apuesto —alardeó vanidoso, cruzando los brazos tras la nuca con aire despreocupado.

Shinnosuke observó que el ojo izquierdo de Taro comenzaba a temblar, y supo que había perdido la paciencia.

—Escúchame tú, maldito cobarde afeminado... —siseó levantando su puño derecho a la altura del rostro, dispuesto a soltarle un trastazo a la galante cara del azabache.

—¡¿Afeminado?! —Ranma se escandalizó como si fuese la primera vez que Taro lo llamase así. Sin embargo, desde que eran unos críos, Taro decido apodarlo de ese modo por el simple hecho de tener un rostro bonito.

—Así es, escuchaste bien, ¡afeminado!

—¡Saca tu espada, malnacido, y ya verás lo que un afeminado como yo puede hacerte! —desafió al tiempo que tomaba la empuñadura de su espada, pero sin desenfundarla.

—¡Voy a hacer que comas el polvo! ¡Afeminado llorón!

—Te estoy esperando, Pan-su-to. —Aquella manera en que Ranma pronunciaba el apellido de Taro, tan despectivo y burlón, terminaba por hacerle perder los cabales.

—¡Desearás estar muerto imbécil!

—Oh, cielos. Aquí vamos. —Se quejó Shinnosuke por lo bajo.

—Mi-mis Señores por… por favor —imploraba Rouge, quien se aferraba al brazo de Taro impidiéndole desenvainar su espada.

—¡Aparta mujer!, voy a despellejar a este hijo de…

—No tienen porqué pelear ahora, la comida estará servida en unos momentos y...

—¡Shinnosuke!

Una vocecilla cantarina se materializó desde la puerta principal del castillo. Todos los presentes se giraron en su dirección.

—Maldición, me había olvidado de ella —gimoteó el ojiazul.

En instantes, Shinnosuke fue asaltado por el peso y fuerza de una mujercilla pelirroja cuya larga trenza terminaba a la altura de su cadera. Estaba ataviada en un sencillo vestido de lino, color hueso, de ancho vuelo que rozaba el suelo; presumía unas holgadas mangas que nacían bajo sus hombros y terminaban sujetas justo arriba de sus codos y un escote redondo que resaltaba sus pechos. La túnica, sin mangas, que cubría el vestido, destacaba por su color ámbar; se sujetaba con un lazo de destellos dorados que se entrelazaba desde el inicio de sus senos hasta estrujarse, en un celoso nudo, en la cintura. Era una indumentaria bastante simple, parecían más las vestiduras de una noble de la clase más humilde que la hija de una poderosa familia de linaje militar legendario. Era un gesto característico de Ranko el usar ese tipo de ropajes, ella prefería la movilidad por sobre la moda opulenta.

El cuello del castaño se vio apretado con demasiado ahínco.

—¡Estoy tan contenta de verte! —confesó dándole un casto beso en la mejilla, liberando su cuello por fin.

—¡Oh, vaya!, yo… yo también… —respondió confundido, sujetándola por la cintura—. Creí que habías venido solo —comentó girando en dirección del azabache.

—¡Estas loco!, a mi madre le encantan las bodas. Fue la primera en alborotar todo el castillo para venir aquí. Te encontré cuando salí a dar un paseo vespertino. Llegamos desde la tarde de ayer.

—No creas todo lo que dice —intervino la chica de cabellos rojos, quien se había dispuesto al costado izquierdo de Shinnosuke aprisionando su brazo—. El también estaba bastante emocionado por venir a hacer el tonto. En lugar de comportarse como el gran Señor de Nerima parecía más un crío de seis años.

—Nadie te pidió tu opinión, hermanita —siseó el ojiazul, inclinándose a la altura de la mujercilla.

—Eso nunca me ha importado, hermanito —contestó retadora.

Un destello homicida se reflejó en la mirada de ambos mellizos.

—¡Mi señora! —llamó Rouge—. Podrías ayudarme a que mi Señor Pansuto y mi Señor Saotome no se asesinen, por ahora. Aún no hemos servido las viandas.

—Ay, linda, llámame Ranko. ¡Pronto seremos cuñadas!

Al igual que su hermano, Ranko tenía una obstinada tendencia por romper todo código, norma y protocolo que quisiera imponerse. Era una mujer demasiado procaz y astuta para su propio bien.

—Pe-pero...

—¡Es verdad! —concordó el ojiazul, vertiendo su atención en la prometida de Taro—. A mi también, sólo llámame Ranma —pidió cautivador, guiñándole un ojo para sellar la imprudencia.

Por tercera ocasión, Rouge se sonrojó hasta los cabellos.

—¡Oye, Saotome, te dije que no la miraras! —protestó exasperado.

—¡Sólo estoy siendo amable, idiota!

Taro hizo ademán de desenfundar su espada para verse impedido, por segunda vez, a causa de su futura esposa.

—¡No me detengas, mujer!

—¡Pero, mi Señor, la comida…!

—¡Al diablo la comida! —bramó zafando su brazo.

Tras esto, todos los presentes juraron escuchar el sonido de un quebranto, cuyo emisor parecía ser, nada menos, la Señora Ashura. Y como si se tratase de una transmutación demoníaca, el rostro compungido y enternecedor de Rouge se convirtió en la representación más absoluta de ferocidad.

Con velocidad inhumana, la futura Señora de Furumoto, tomó a su prometido por las solapas.

—¿Al diablo la comida? —inquirió amenazante, con voz gutural—. Me he esforzado mucho para supervisar cada detalle de la maldita comida. Los siervos y yo estuvimos varios días toda esta mañana haciendo los preparativos para el banquete que ofrecerías cuando todos tus queridos amigos estuvieran reunidos. ¡¿Y me dices que lo mande al diablo?! —gritó en la octava.

A Ranma y Shinnosuke se le figuró ver las llamas del infiero en la severidad de su mirada.

—Ca-cariño… yo… yo lo sien…

—Vas a entrar al castillo —interrumpió—, guardarás tu espadita, irás a la sala comensal, y te sentarás en el lugar del Shoyū para recibir los alimentos. ¿Entendiste?

—S-sí…—respondió ofuscado.

Sin soltar a su prometido, Rouge se dirigió a los recién llegados.

—¿Entendieron?

Los hermanos Saotome y el Señor de Ryugenzawa vagamente acertaron a asentir con la cabeza.

—Bien, hagan lo que tengas que hacer para estar presentables. Los espero en cuanto se anuncie los alimentos —dictaminó sin margen de réplica, liberando a Taro de su agarre. Para ser sinceros, ninguno de los presentes tenía las agallas para reprocharle nada—. Entonces me retiro —anunció—. Mi señora. Mis Señores. —Realizó una digna reverencia que los aludidos se olvidaron de responder—. Querido... —Dedicó a su prometido una última mira asesina y giró sobre sus talones.

—¡Muchachos!, a sus deberes —ordenó palmeando sus manos mientras se adentraba al castillo. Los sirvientes siguieron a su futura Señora sin dudar, no sin antes despedirse de los invitados.

—Ahhh —suspiró Taro con ensoñación, viendo a su prometida marcharse—. ¿No es una dulzura? —preguntó reincorporado la atención hacia sus huéspedes.

Ranma y Shinnosuke se limitaron a negar efusivamente con la a cabeza; Ranko, por otro lado, asentía con una gran sonrisa.

—Bueno, como sea —prosiguió el futuro esposo de Ashura—, al diablo las formalidades y pasemos a la sala comensal. No te preocupes por tu gente Shinno, tu coronel se encargó de todo. Rouge ya instaló al abuelo, se encuentra descansando en la habitación conjunta a la tuya.

—¿Lo de siempre? —cuestionó el castaño por mera socarronería, no era la primera vez que él o Ranma se hospedaban en el castillo de Pansuto. Siempre se alojaban en las mismas habitaciones y conocían a la perfección la dinámica del lugar.

Taro sonrió de medio lado.

—Lo de siempre, Hiiragi.

—Mi señores —llamó uno de los mozo que había permanecido de pie junto a la entrada principal—, permítanme el honor de atender a sus caballos.

El hombre se encaminó hacia a los animales.

—No es necesario. —Detuvo Ranma estirando el brazo hacia el frente—. Nild sigue siendo un poco desconfiada. El último mozo que quiso ayudarme con ella recibió una mordida bastante dolorosa —mencionó mientras acariciaba la frente de la yegua.

Todas las Tierras Altas sabían que, si no eras un Saotome, en especial Ranma Saotome, lo más piadoso que te esperaba si te acercabas a esa potra era una mordedura que no te arrancarse la carne o alguno de los dedos.

—Ni me lo recuerdes, desde entonces mis siervos la llaman "Yegua del infierno" —mencionó el Señor de Furumoto al recordar el incidente de hace más de dos inviernos.

—¿Bromeas?

—Le queda bien —convino Shinnosuke.

—Yo creo que es injusto —terció Ranko, quien permanecía afianzada al brazo izquierdo de Shinnosuke—. Ella sólo es una digna dama que no acepta las caricias de cualquiera.

—Deberías seguir el ejemplo de tus propias palabras —murmuró sarcástico el ojiazul.

—¡Oye! Te escuché, estúpido.

—¡Por supuesto que lo hiciste!

—¡¿Qué se supone que significa eso?! —chilló.

—¡Ah, por favor! ¿Podemos seguir con la discusión dentro del castillo? —intervino Taro exasperado.

—Adelántate con Ranko. Nosotros iremos a instalar a los caballos —indicó Shinnosuke.

—Deja que mi hermano se encargue —contradijo la pelirroja arrastrando al Señor de Ryugenzawa hacia el castillo—. Kah parece tolerarlo, estará bien. Además, eres mío ahora. ¡Tengo mucho que contarte!

Y seguramente era verdad. A diferencia del azabache, y como mujer de noble cuna, Ranko tenía que atender otro tipo de asuntos de mayor prioridad que andar vagando de provincia en provincia para monitorear y asegurar el territorio o mantener la relaciones comerciales. Sus salidas de Nerima eran muy restringidas, limitándose a ocasiones muy especiales, ya sea con las familias nobles aliadas o convocaciones a la Ciudad Imperial. De hecho, la ultima vez que ella visitó su castillo fue cuando lo nombraron Señor de Ryugenzawa.

—Pe-pero… —Shinnosuke se vio impedido de escapar de su captora. La chica también tenía una fuerza bruta para tomar en cuenta.

—Bien, lo dejo en tus manos Saotome —finiquitó Taro girando sobre sí.

Ranma quedó rezagado con la encomienda no deseada de encargarse de dos animales.

«Malditos aprovechados», se quejó internamente mientras su rostro reflejaba un puchero de disgusto.

Tomó las riendas del semental marrón de Shinnosuke y resignado se dirigió hacia los establos, antes de alejarse lo suficiente escuchó un grito a sus espaldas.

—¡No te entretengas con la compañía, hermanito!

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Se mentiría a sí mismo si dijera que no le sorprendió el encontrar al guerrero de ojos caoba plácidamente abstraído mientras acicalaba a su caballo, y más por la forma en que se enteró de su presencia.

Antes de llegar al umbral del recinto, escuchó una tintineante risilla, dulce y armoniosa, como si proviniese de esos pequeños guardianes de los bosques que las personas llamaban hadas. Y no es que conociera la risa de un hada, ni siquiera estaba seguro si esos seres existían, pero por la manera en que su madre le describió, alguna vez en su infancia, a esos personajes místicos, juraría que aquel sonido debía pertenecer a una de ellas.

Los vellos de su nuca se erizaron al instante de percibir aquellas vibraciones hipnóticas, y como un niño travieso resolvió husmear a hurtadillas dentro de las caballerizas. Grande fue su sorpresa al encontrar únicamente a Arashi mimando con devoción a su querido corcel.

¿Habría escuchado bien?

No tenía sentido que aquella melódica evocación fuese producida por un brioso guerrero, pero, de forma retorcida, a ese hombre en particular le pegaba bien.

De su boca salió el escuálido intento de una carcajada burlona, le fue imposible contenerla del todo tras la anterior revelación. Sin embargo, aquel ruido irregular fue suficiente para que Arashi enfocará la atención en su dirección.

Viéndose descubierto, Ranma entró de lleno a los establos.

—No te detengas por mi, sólo he venido para instalar a los caballos.

—Mi Señor… —habló Arashi poniéndose de rodillas—, en ti resplande…

—Corta con eso, hombre —interrumpió mientras desensillaba a los animales—. Nunca te he pedido que me rindas honores y tampoco deseo empezar ahora. Bueno, con excepción del recibimiento de antes, pero no entremos en detalles.

—Pero mi Señor dijo que no debía olvidar mi lug…

—Olvida lo que dije, muchacho. Ponte de pie —ordenó dejando de lado a los caballos, acercándose al hombre de ojos caoba.

Siguiendo su ordenanza, el guerreo se irguió cuán escasamente alto era. Ranma le sacaba poco menos de tres cabezas.

Las miradas de ambos volvieron a enfrentarse. El azabache distinguió las brazas del desafío comenzando a arder en los ojos del hombrecillo y nuevamente una sonrisa socarrona se escapó de sus fuerzas. El carácter del muchacho lo frustraba y divertía en condiciones igualitarias.

—Si mi Señor me permite quisiera expresar mi opini…

—Llámame Ranma —intervino.

—¿Disculpe? —Arashi parpadeó descolocado.

—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Sólo dime Ranma.

—Creo que sería una gran falta de mi parte tratarlo tan informalmente. Además, todos le llaman así, incluso la mayoría de la servidumbre, que más le da si yo no lo hago.

Pues el hombre tenía razón, ¿qué le importaba? Sin embargo…

—Y a pesar de tus palabras, a Shinnosuke sencillamente lo llamas así.

Inclusive con Taro o Ryoga, Arashi solía llamarlos por sus apellidos, pero con él siempre mantenía la maldita formalidad de "Señor". El porqué aquella distinción le molestaba era un misterio para su buena racionalidad. Pero, ¡joder! ¿Acaso era muy difícil que lo llamara por su nombre? Tampoco es como si cometería traición al Imperio por hacerlo.

—Shinnosuke es más que mi Señor —declaró resoluto.

La pronunciación de esa oración escaldó en algún profundo lugar de su pecho, como si una daga al rojo vivo lo hubiese apuñalado. De súbito, una furia cegadora comenzó a esparcirse desde esa herida inexistente hacia todos los rincones de su cuerpo. Sus manos cosquillaron por la intensidad de la conmoción, y apretó los puños hasta sentir que las uñas lastimaron su piel. Incluso su respiración se volvió errática.

—¿Qué es entonces? —cuestionó con la voz enronquecida—, ¿tu amante? —finiquitó cínico.

Los ojos de Arashi se transformaron en perfectos círculos, y el anterior despotismo que habitaba en ellos transmutó en verdadera sorpresa. Ranma pudo jurar vislumbrar un destello de decepción, mas aquello fueron sólo segundos. El hombre se recuperó rápidamente de su desconcierto y lo encaró con esa mirada nublada y juzgadora que tanto le caracterizaba.

—De todas las personas del Gran Imperio de Oriente, jamás imaginé que usted tuviese esa clase de pensamientos —habló severo, alzando la barbilla como si lo invitará a un duelo.

—La gente habla —siseó rechinando los dientes.

—La gente siempre habla, mi Señor —obvió encogiéndose de hombros—. Sin embargo, nunca pensé que el gran Shoyū de Nerima se dejase influenciar por cotilleos.

—No lo hago —gruñó—, sólo me preocupo por la reputación de un buen amigo ya que ustedes parecen ajenos al asunto —reprochó cruzándose de brazos.

—Shinnosuke y yo estamos al tanto de las murmuraciones. Pero créame cuando le digo que no es algo por lo cual nos preocupemos. Gobernar la Tierra de Ryugenzawa y salvaguardar el bienestar de su Alteza Divina y el Imperio son los asuntos prioritarios de Shinnosuke, y por tanto, los míos.

—El heredero de una de las siete familias escogidas por el Dios TianRyū debe procurar la dignidad e integridad de su persona, en todos los aspectos, frente a su pueblo. Pero si Shinno no puede hacerlo por sí solo, tú como coronel de su ejército y mano derecha debes de cuidar más la reputación e imagen de tu Señor. No es un Shoyū cualquiera.

En el Imperio existían bastas provincias gobernadas por un Shoyū, título que podía ganarse por decreto de su Alteza Divina si te consideraba digno y merecedor de tal responsabilidad. Sin embargo, sólo siete de ellos eran linaje escogido por el Gran Dragón Creador, quienes debían dirigir con honor e iluminación el pueblo a su cargo. Respetando los deseos y valores de TianRyū, para evitar caer en la codicia y depravación en la que la primera humanidad encontró su extinción. No cualquiera podía ser un Señor, y los que llevaban en sus hombros la voluntad divina, tenían mayor obligación con sus semejantes.

—Lo sé, y lo hago, pero no me preocupo por la lengua suelta de las personas. Y estar a lado de él para protegerle es mi prioridad personal.

—Personal, ¿eh? Hablas como un jodido enamorado —declaró despectivo, acercándose aún más al hombre en un intento inconsciente de azorarlo con su altura.

Pero al contrario de lo que hubiese esperado, Arashi también adelantó su paso.

—Sólo nosotros sabemos las vicisitudes que hemos tenido que superar juntos. Forjamos lazos que no pueden quebrantarse fácilmente, mucho menos por chismorreos banales —confesó con emoción contenida—. Ahora, si me disculpa…

El muchacho de ojos caoba intentó pasar de él.

—Antes de que huyas... —Rápido y certero, Ranma aprisionó el brazo de Arashi poco más arriba de su codo, quizá utilizando más fuerza de la necesaria, atrayéndolo a él más de lo prudente.

Un crepitante escalofrío aguijoneó cada una de las nervaduras de su piel al sentir el calor que manaba de su contacto, de sus cuerpos tan cerca. Era la primera vez que se tocaban, nunca antes hubo tal necesidad, nunca antes tuvieron tanta intimidad. El azabache se percató del mortuorio silencio entre ambos una vez que el latir de su corazón término de monopolizar sus oídos, sólo el compás de sus respiraciones descompuestas gobernaba la atmósfera. Y le provocó malvada satisfacción descubrir que Arashi parecía tan turbado como él. Teniendo eso en mente, la furia arbitraria que anteriormente nubló su juicio se vertió para dar cabida a la exaltación.

Con el rostro inclinado a la altura del muchacho, Ranma pudo notar la calidez de su aliento, la tersura de sus facciones, la esencia natural de su cuerpo. Olía a flores… ¡a malditas lilas!

El incordio que suscitó aquella imagen de un varón emitiendo el dulce aroma de esas flores le otorgó la ecuanimidad necesaria para recuperar el habla, y la noción de realidad. Carraspeó sonoramente antes de proseguir y atinó a soltar al muchacho.

—Hay algo que quiero preguntarte —mencionó con la voz enronquecida.

Lejos salir despavorido o negarse a cooperar, Arashi guardo la compostura y se mantuvo en la contienda.

—Lo escucho.

—El padre de Shinnosuke… ¿lo golpeaba?

Por tercera ocasión, en menos tiempo del que jamás hubiera imaginado, Ranma fue testigo de la facilidad con que Arashi podía sorprenderse. Al menos ese día, al menos a través de la angustia de su mirada.

—¿Qué…? ¿Po-por qué l-lo pregunta tan de repente? —trastabilló pasmado. Los ojos caoba parecían querer salir de sus cuencas.

—Shinno recién me comentó, camino al castillo, que después de todo el alboroto por el funeral de Peng, su padre llegó a pegarle.

Arashi tragó duro y liberó una exhalación de alivio.

—Oh… Entonces fue Shinnosuke quien…

—No entró en detalles, me lo dijo de manera muy somera. Pero me quedo curiosidad… hubo algunas otras veces en que su padre lo…

—¿Y qué si las hubo? —intervino en tono alterado. El hombre figuró perder la valentía, sus ojos se decantaron por regalar su atención a algún punto en particular del suelo.

Ranma, por otro lado, no podía parar de mirarle. Se encontró fascinado por sus reacciones, y pronto quiso desenmarañarlas, comprender cada una de ellas. Nunca hubiese alucinando que el inmutable muchacho fuese capaz de mostrar su humanidad. ¡Qué entretenido!

—¿Cómo?

—Sí ese fuese el caso —murmuró con voz más serena, aún rehuyendo de su mirada—, ¿qué puede hacer al respecto?

Tras preguntarle aquello, Arashi volvió a encararlo, con las agallas recargadas y el bravío potenciado de su carácter esperando por enfrentarlo. Incluso irguió más su postura, y la petulancia de su barbilla persistió en retarle.

—Pu-pues yo…

Abrumado por el desfile de metamorfosis en el temperamento del muchacho, Ranma ni siquiera fue capaz de buscar una excusa para solapar la espinosa verdad de su condición.

—Nada, no puede hacer nada —respondió Arashi en su lugar—. Nada hizo en ese entonces, y nada puede hacer ahora. Además, el Señor Hiiragi ahora descansa en el cuerpo de TianRyū. Ya nada puede cambiarse. Es así que le pido: deje de hurgar en asuntos que no son de su incumbencia.

¿No era de su incumbencia? ¡Pero quién se creía el enclenque que era!

—¡Como amigo de Shinnosuke yo…! —Trató de protestar con algo escuálidamente sensato.

—¿Como amigo? —cuestionó con sutil veneno, los ojos caoba irradiaban aberración—. Sí, es usted su buen amigo. —Se respondió irónico a sí mismo.

En otra demostración de transmutación, Arashi frunció el ceño, tensando la mandíbula y apretando los labios en un gesto contenido; hasta sus fosas nasales se dilataban a su máxima elasticidad. Por un breve instante, Ranma pensó que se veía triste.

—Y sin embargo usted nunca… —Arashi calló de golpe, sin embargo, lo que fue interrumpido por la boca alcanzó a ser transmitido en esos ojos expresivos suyos. El color caoba gritaba reproche, culpa… ¿auxilio?

Arashi cerró los ojos y negó con la cabeza.

—Ah… —suspiró—. Ya no importa.

Desubicado como muy pocas veces en su vida, el azabache se dejó guiar por el instinto. Y el maldito traicionero lo único que parecía acertar era aferrarse al hombrecillo. Nuevamente lo tomo por el brazo, esta vez apretando su agarre a consciencia, y volvió a pegarlo a él como si quisiera fusionar sus cuerpos.

—Escúchame muchacho —ordenó con la voz y el porte cargado de amenaza—, vas a hablar por la buenas o por las...

El sonido armonioso y ensordecedor de los tambores y el gong quebrantaron la tensa tranquilidad de las caballerizas, y del castillo en general. Aquello fue como un acuerdo tácito para finalizar el duelo de voluntades.

Ágil cual zorro, el guerreo de ojos caoba arrebató la libertad de su brazo con un único movimiento certero. Ranma ni siquiera tuvo tiempo de sorprenderse.

—Es mejor que se de prisa y atienda a los corceles —habló estoico, con la compostura renovada—. La comida no demorará en servirse. No olviden que le esperan. —Y sin segundas miradas, Arashi abandonó el lugar.

Nuevamente, Ranma fue dejado de lado. Con la indeseada tarea de atener a dos animales aún sin realizar, un montón de primigenias dudas atormentándole la consciencia y un jodido mal presentimiento acrecentándose en su pecho, torturando de paso a su curiosidad insatisfecha.

Maldita sea su suerte.

Los días tranquilos y despreocupados que había esperado en vísperas de las nupcias de Taro estaban yéndose al carajo.

Su estómago ya presentía los problemas.