Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.


Soneto iii

Áspero amor, violeta coronada de espinas,

matorral entre tantas pasiones erizado,

lanza de los dolores, corola de la cólera,

por qué caminos y cómo te dirigiste a mi alma?

por qué precipitaste tu fuego doloroso,

de pronto, entre las hojas frías de mi camino?

quién te enseñó los pasos que hasta mí te llevaron?

qué flor, qué piedra, qué humo mostraron mi morada?

lo cierto es que tembló la noche pavorosa,

el alba llenó todas las copas con su vino

y el sol estableció su presencia celeste,

mientras que el cruel amor me cercaba sin tregua

hasta que lacerándome con espadas y espinas

abrió en mi corazón un camino quemante.

"Soneto iii Cien sonetos de amor (1959) Mañana" -Pablo Neruda.


《3》

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Odiaba el olor a hierro, odiaba el frío, odiaba la lluvia, y el sonido del aire al "romperse" por la fiera agilidad de un látigo. Odiaba muchas cosas, pero lo que más aborrecía era su propia debilidad.

Tenía los brazos y piernas entumecidos, vagamente lograba percibir el ligero escozor de las heridas causadas por el metal de las cadenas que laceraba sus muñecas y tobillos. Su espalda ardía, sentía un centenar de brazas enterrarse lentamente por la abertura de sus llagas, el húmedo camino de la sangre fresca, que recorría su espinazo, le provocaba escalofríos y la hinchazón de su ojo derecho le dificultaba la escaza visualización que le apremiaba la penumbra.

Había perdido la noción del tiempo, su conciencia regresaba y se iba a placer. Justo ahora fue retraída de las quimeras por una insistente gotera que se empecinada en abrirle el cráneo. Maldita latosa. Desconocía cuántos días llevaba encerrada ahí, pero por la brisa helada, el sonido del chorreo y el escaso brillo plateado que se colaba en la mazmorra, podía inferir que era una noche lluviosa del entrante otoño.

Agh… como odiaba el frío.

Odiaba el invierno, odiaba la nieve y su engañosa pureza de nube cristalina que no era más que la máscara blanquecina de la muerte, acechándote para tomar tu vida entre los espasmos incontrolables de un cuerpo tiritante y carne congelada.

Lanzó un gruñido de descontento, que resonó más pesaroso que disgustado en el canal de sus oídos. Otra vez la vida se empecinada en mostrarle que, pese a tener una voluntad de hierro, la materia frágil de su cuerpo infaliblemente se doblega ante el dolor. Maldita fuera por ser tan débil. Mil veces maldita.

El silencio en el calabozo era tan absoluto que el sonido acompasado del goteo igualaba el tronar de los martillos de acero: estruendoso y lastimoso. El suplicio de la tromba en el exterior figuraba un soneto de hambrientos flagelos que lastimaban el viento, despiadados e indomables, deseosos de probar la carne tierna.

Repentinamente fue consciente de su sed, y las ganas inmensas de volver el jugo gástrico de su estómago. Pero no suplicaría por agua o cualquier trato mínimamente humano. No suplicaría por nada. Decidió chupar un poco de la sangre que aún fluía de su labio reventado, no era tan reconfortante como su sorbo de agua, pero era mejor que nada.

Entonces escuchó el trote apresurado de unas pisadas, y temió inmediatamente por la seguridad de su visitante. Alzó la cabeza con brusquedad, regalándole a su cuello y cuerpo entero una oleada de punzante suplicio, sin embargo, se aguantó el grito de protesta.

¡Vete! —ordenó en cambio, al tiempo que la borrosa silueta se detenía en el umbral de la reja—. ¡Tú no debes estar aquí! —imploró desesperada, manteniendo su objeción entre el susurro y el timbre firme de la ordenanza.

Aunque no podía enfocar bien, sus oídos reconocerían, en cualquier lugar, el torpe andar de su buen amigo.

¿Estas bien? —La preocupada y dulce vocecilla de Shinnosuke le calentó un poco el corazón. A él no lo habían lastimado. Pero si le atrapaban ahí...

¡Vete de aquí! —A pesar de querer regalarle algunas palabras de consuelo que calmasen su inquietud, de anhelar sonreírle para dejarlo tranquilo y despreocupado, el que Shinnosuke se aventura a escabullirse a las mazmorras para verle, era bastante delicado. Así que resolvió despacharlo antes que alguien los descubriera—. ¡Largo!

Voy a sacarte de aquí, Akane… —habló resoluto, ignorando sus intentos de alejarle. Con la testarudez y lealtad que sólo él podía evocar en una simple oración.

¡Ya no me llames así! —reprendió—. Yo ya no soy Akane.

¡Qué tonta eres!, ¡tú siempre serás Akane! —chilló molestó.

¡No!, me convertiré en un hombre y te protegeré. Ya no seré débil, Shinno.

¡Eres una niña!, ¡tú no debes protegerme!

Si debo. —Aunque ella era una paria, un pedazo de carne inútil sin hogar, Shinnosuke jamás la había despreciado. Había jugado con ella, le había tomado de la mano, le había enseñado a leer y escribir, y le ofreció un techo donde dormir cuando, una noche de tormenta, la choza en la que vivía quedó destruida.

No, no me debes nada —declaró serio. Y pese a ser incapaz de verle el rostro, Akane supo que en sus ojos fulguraba la decisión inapelable de un valiente guerrero.

Pero

El abuelo me ayudará a sacarte de aquí —interrumpió—. Padre no lo notará si somos sigilosos.

Shinnosuke, no…

Sopórtalo un poco más, vendré por ti. Lo prometo.

Tan repentino como llegó, Shinnosuke comenzó la retirada. La irregularidad de su andar se desvaneció en la lejanía.

¡No! —gritó desesperada.

¡No! ¡Shinnosuke!

No quería… no quería que Shinnosuke fuese castigado por su causa.

¡Shinnosuke!

No quería verle inconsciente por la brutalidad de las palizas.

¡Shinnosuke!

No quería ver sus ojos apagarse al borde de la muerte. No otra vez.

¡Shinnosuke!

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Es curioso la clase de recuerdos que llegan a tu mente cuando enfrentas al peligro. Hacía años que no rememoraba aquellas específicas anécdotas de su turbulenta infancia, mas le fue imposible suprimirlas mientras la imponente amenaza de ojos cobalto lo observaba. Era una mirada bastante aterradora y mortal, cualquier persona con sangre en las venas quedaría completamente petrificado por el vigor de esas pupilas rabiosas.

Arashi se deslizó lentamente del cuerpo de Shinnosuke, casi con deseos suicidas de lograr explotar el vehemente carácter de su juzgador, con tal de no hacerle ver el repentino pavor que inundó sus nervios. Incluso su corazón figuraba querer explotarle en el pecho y sus oídos zumbaban. Tantas cosas malas pasarían si el guerrero Saotome alcanzó a escuchar aquella palabra prohibida lanzada de manera descuidada de la boca de Shinnosuke, todo su mundo se vendría abajo en un impiadoso parpadeo. Y por un segundo, Arashi vio su vida y su destino puestos en manos de uno de los seres que más aborrecía, y le detestó aún más por eso. Sin embargo, por nada del mundo permitiría que ese hombre dilucidara sus temores, en acciones o palabras, ni siquiera la misma muerte lo obligaría. Suficientes emociones le había mostrado ya sin habérselo propuesto.

El coronel del ejército de Ryugenzawa se irguió firme y desafiante junto a la cama, apretando los puños a sus costados y alzando la barbilla como una clara y muda incitación a la trifulca. La intensidad en la mirada del Señor de Nerima y el gesto fruncido de su entrecejo le dejaba entre ver las ganas homicidas que forzosamente contenía. A Arashi inclusive le emocionó poder patear su trasero aquí y ahora, vengándose de paso por el bochornoso momento que le hizo pasar durante la comida. Cualquier cosa era mucho mejor que permanecer débil frente a él, cualquier cosa antes de confirmar que había descubierto su secreto.

Por su parte, Shinnosuke se levantó de la cama con torpeza, afianzando la caída de sus pantalones con una insegura mano izquierda, pues Arashi le había aflojado el tahalí en un pícaro intento de desviar su atención hacia asuntos menos espinosos que el origen de su preocupación reciente.

—Es… esto n-no e-es lo… —Shinnosuke tartamudeó nervioso, y a Arashi se le resolvieron las entrañas por escucharlo tan desvalido—. L-lo que parece, Ranma. Arashi y yo… —La mirada letal de Ranma se volcó de inmediato en el castaño, y por puro instinto Arashi se colocó delante de Shinnosuke cual barrera protectora, interrumpiendo su monólogo explicativo.

El azabache descruzó los brazos y, con un sonido despectivo brotando de su garganta, avanzó dos pasos hacia ellos.

—No necesitas ponerte a la defensiva muchacho, no le haré nada a tu Señor. —El tono bajo y ronco con que fueron pronunciadas esas palabras produjeron un escalofrío en toda la médula espinal de Arashi. Fueron líneas lanzadas con aberración y recelo, con un desprecio que Arashi jamás había sentido por parte del Señor de Nerima.

El peligro vibró en el aire, en la intimidante presencia de Ranma, y el guerrero de ojos caoba, por alguna razón inexplicable, se sintió azorado y empequeñecido. Extrañamente incompetente y desvalido, como cuando era un crío. La anterior preocupación por saber a salvo su secreto se transformó en enojo renovado, y a pesar que todo su cuerpo deseaba echarse a temblar, la férrea voluntad le bastó para permanecer en pie cual muro fortificado.

—Ran... Ranma, deja que te explique… —Shinnosuke posó su mano en el hombro de Arashi, apremiándolo a que se moviese hacia un lado. Sin embargo, el coronel permaneció inmutable, impidiendo que su querido amigo confrontase al azabache a "pecho descubierto". Por el contrario, extendió el brazo de forma protectora para evitar que el castaño se adelantara por el costado; aquella acción no pasó desapercibida ante los agudos ojos de Ranma, y Arashi juró haberle escuchado gruñir.

—Lo que las circunstancias parezcan o no, ciertamente está fuera de mi incumbencia. Pero muchas cosas me han quedado claras ahora —habló con sorna, estirándose cuán largo era y poniendo los brazos "en jarra".

—Ranma, no…

—Usted no entiende… —interrumpió Arashi, en un vano intento por resarcir la buena reputación del Señor de Ryugenzawa, y es que ante la escena en la que fueron atrapados, sería difícil fraguar alguna excusa convincente que vindicara el concepto que Ranma tenía sobre el tipo de relación que compartía con Shinnosuke o del concepto que tenía sobre él.

Comprendió la equivocación de su intervención cuando los ojos del Shoyū de Nerima se tiñeron de rojo y una vena en su cuello se hinchó al punto de parecer reventarle.

—¡¿Entender?!, ¿qué quieres que entienda? ¡¿Qué ibas a follarte a tu Señor?! —acusó colérico.

—¡Ranma! —censuró escandalizado el Señor de Ryugenzawa.

—¡Oh, por favor Shinno! No me vengas con discursos moralistas. Eso ya no te queda —increpó indignado, con un leve tono de decepción.

—¡Mi Señor Shinnosuke no…!

—¡Cállate! —interrumpió agitando su brazo izquierdo frente a ellos.

Ya fuese por la fuerza impregnada en aquella orden o la costumbre adquirida de obediente servicio hacia el Shoyū, o quizá la conmoción de jamás haber sido reprendido con tal bravío, en especial por el Señor Señor de Nerima, Arashi reprimió cualquier propósito de réplica. En cambio, permaneció petrificado, con los ojos redondos por el asombro y los nervios embrutecidos.

Shinnosuke pareció sorprenderse también. Pues ninguno de los dos emitió sonido alguno.

A Arashi no le alcanzaba la inteligencia para comprender por qué, en esta ocasión, el Señor de Nerima parecía tan furioso por su relación con Shinnosuke. Verdad es que siempre desdeñó el trato que él y el castaño tenían para con el otro. Y de una u otra manera ventilaba su sentir al respecto, pero pese a todo, jamás le acusó públicamente de ser un come hombres ni alimentó de confiable fuente el cotilleo. Por el contrario, cuando alguien osaba alardear al respecto en su presencia, frente a otras personas o en lo privado, el azabache inmediatamente lo ponía en su lugar, repudiando cualquier comentario malintencionado sobre la preferencia afectiva y carnal de su buen amigo de la infancia. Era una de las pocas cosas que Arashi le agradecía, aunque pensándolo bien, lo consideraba como una especie de remuneración obligada que el gobernante de Nerima le debía a Shinnosuke por todo aquello que fue incapaz de ver durante la dura infancia del castaño. Y es que aún se preguntaba cómo, el azabache, nunca se dio cuenta. Aunque Shinnosuke se esforzase por ocultar su situación, si observabas detenidamente, las pistas eran demasiado evidentes. La verdad estaba ante sus ojos, oculta y silenciosa, maquillada de astutas excusas, pero presente de todas formas; esperando a ser develada, perseverando en su dolor con añoranzas de libertad, aguardando por ayuda. Pero la ayuda jamás llegó.

¿Por qué?, era la pregunta que imperecederamente le llegaba a la cabeza cada vez que se encontraba con el Señor de Nerima.

¿Por qué nunca te diste cuenta? Le reclamaba en su fueron interno, como si la intensidad de su demanda pudiese hacerle caer en cuenta.

Y a pesar de todo lo que ignoraba de Shinnosuke, el hombre siempre se jacta de ser su mejor amigo. Idiota engreído.

—Maldición. —Fue Ranma quien finalizó con el momentáneo silencio, peinando su flequillo hacia atrás para después masajearse la nuca—. No voy a iniciar una pelea ahora. No con mi madre esperando para rajarme el pescuezo si descuido mis modales. Y verdaderamente no por alguien que no vale la pena. Tengo mejores cosas que atender —externó recompuesto, observando a Arashi con aberración infinita.

El hombrecillo no logró hacer más que enfrentarle la mirada, y entonces se percató: el Shoyū de Nerima tenía unos ojos impresionantemente expresivos. Él y Saotome habían convivido escuetamente a lo largo de su vida: unos cuantos encuentros en vísperas del cumpleaños de Shinnosuke o del mismo Saotome, el funeral de Peng, el nombramiento de Shinnosuke como Shoyū de Ryugenzawa y la batalla en el puerto de Orochi. Sin embargo, poco reparó en atenciones apreciativas hacia el joven cabecilla de la familia Saotome.

O quizá, sólo tal vez, fue capaz de admirar un poco la abrumadora presencia y porte viril que emanaban del guerrero Saotome, en aquella lejana noche de celebración en Ryugenzawa, cuando los ejércitos de Hiiragi y Saotome vencieron a los proscritos que atacaron los importantes puertos pesqueros de Yamato y Orochi. Y ahora que recordaba, aquel insólito encuentro nocturno fue lo más cerca que había estado jamás del guerrero Saotome; exceptuando, claro está, el reciente episodio en las caballerizas. Pero el peliazul no había reparado en la sinceridad de su mirada.

Sin embargo, en estos momentos, Arashi fue capaz de vislumbrar una gama bastante versátil de expresiones en los ojos del Señor de Nerima. Por ejemplo, pese a que las palabras que soltaba su garganta estaban cargadas de repruebo y condena, sus ojos, teñidos de un azul profundo, vertían recelo y desilusión. Como si él y Shinnosuke le hubieran decepcionado.

No fue consciente de cuánto tiempo permaneció embelesado por los matices cambiantes de azul en las iridiscencias del guerrero Saotome hasta que Shinnosuke murmuró tras él.

—Ranma…

Arashi salió de su sopor, parpadeando varias veces para deshacer el hechizo de esa mirada salvaje.

—Vine aquí para asegurarme que ya te sintieras mejor —interrumpió con calma renovada, dirigiendo la atención hacia Shinnosuke.

—¿Se sintiera mejor? —preguntó extrañado. Arashi dio media vuelta para enfrentar al castaño.

—Sólo fue en pequeño mareo. —Se excusó Shinnosuke.

—Ya lo creo, uno que te movió el piso entero. —Aseguró el azabache.

—¿Cómo? —cuestionó con mortificación, cambiando la atención hacia el ojiazul, en busca de respuestas.

—Estas exagerando, Ranma… —habló Shinnosuke, moviendo su mano al aire en un gesto de despreocupación.

—¡Pero si casi te desmayas! —aclaró Ranma, negándose a prestarle interés al hombrecillo de ojos caoba.

—¡¿Desmayarse?! —chilló histérico. Arashi nuevamente redirigió su atención a Shinnosuke, con los globos oculares a punto de salirse de sus cuencas y la mandíbula a milímetros de desprenderse de su cara.

—¡Oh, por todos los cielos! —imprecó nervioso—. Déjalo estar, Ranma y tú —El castaño apunto hacia su coronel—, deja de decirme "te lo dije" con esa mirada tuya—finiquitó cruzándose de brazos.

—¡No tuviera que decirlo si te cuidarás como se debe! —regañó el peliazul, desatendido las formalidades frente al Señor de Nerima.

—¿Cuidarse de qué? —cuestionó Ranma detrás de ellos, quien había sido desplazado inconscientemente de la conversación.

Hubo un silencio prolongado. Arashi tragó saliva reprendiéndose mentalmente por cometer semejante indiscreción. Y aunque a lo largo de los años había dominado el fino arte de improvisar, cualquier asunto relacionado con la condición de Shinnosuke lograba ponerlo de los nervios, entorpeciendo su raciocinio y acciones al punto de hacerlo trastabillar en sus maquinaciones. El hombre de ojos caoba quedó petrificado, sin ningún buen argumento que expresar, con la mera preocupación ruñéndole cada una de sus terminales nerviosas.

Shinnosuke se aclaró la garganta.

—No queríamos preocupar a nadie —habló tranquilo—, pero cuidar al abuelo durante el viaje ha sido demasiado agotador. Su condición, en lugar de mejorar, ha ido decayendo. Y como me conocerás bien, he insistido en cuidar de él personalmente.

Nuevamente, el guerrero de ojos caoba se vio parpadeando con sorpresa. Shinnosuke salió del paso de manera magistral: cubrir la verdad con otra verdad. Pero ¡qué listo!

—Oh… —El azabache pareció aturdirse un poco, y la sensación formidable de su presencia aminoró—. Siento escuchar eso, Shinno. Cualquier cosa que necesites pídemela sin miramientos. Si quieres hablar de eso yo…

—Está bien, Ranma. —Shinnosuke caminó hacia el ojiazul, deteniéndose a un palmo de distancia colocó una mano sobre el prominente hombro izquierdo de su amigo—. Se que estarás ahí para mí. Yo acudiré a ti cuando lo necesite. —Sonrió.

El cabecilla de los Saotome pareció quedar satisfecho, y ensanchó los labios hasta imitar la contagiosa sonrisa del castañ embargo, Arashi necesitaba los detalles de aquel percance. El hecho de Shinnosuke estuviese al borde del desmayo no era un tema menor.

Ranma asintió aceptando sus palabras.

—Bueno, hombre, ¿qué hacemos aquí? —preguntó Shinnosuke recargado de ánimos—. ¡Vayamos a restituir una boda! —exclamó encaminándose hacia la puerta.

—¡No! —Ranma y Arashi detuvieron su andar tomándolo por los hombros.

—¿Qué?

—Se un hombre sensato para variar —habló el ojiazul—, y toma un buen descanso. Nadie te juzgará por dormir un poco.

Shinnosuke torció los labios y frunció el entrecejo, no muy convencido de aquella sugerencia. A Arashi le exasperó la cabezonería del castaño, ¿qué ganaba con hacerse el fuerte? ¡Absolutamente nada!

—Además —agregó—, si mi madre te nota mínimamente agotado te reprenderá frente a todo el castillo y te mandará a tu habitación cual crío desobediente. Y créeme que es una vergüenza por la que no desearías pasar —mencionó con la sabiduría de la propia experiencia.

Si la preguntaban a Arashi, le parecía verdaderamente sorprendente que una simple mujer tuviese semejante influencia frente a los hombres de su familia, y todos los hombres en general. Aquella fémina de rostro delicado, cabello ocre y esbelta figura poseía una especie de poder autoritario y ojos sagaces que demandaban obediencia absoluta. Quizá, pensándolo mejor, no fuese una simple mujer después de todo.

—Y por si no te habías dado cuenta —continuó el azabache—, aún traes los pantalones flojos.

Arashi ahogó grito escandalizado e inmediatamente un relámpago de alarma le azotó la conciencia, recordó de súbito el importante asunto sobre la posible ventilación de su secreto.

Antes que pudiese decir nada, Shinnosuke le ganó la palabra.

—Sí, sobre eso, yo quisiera explicarte…

—No —interrumpió—, no es asunto mío. Sólo prométeme que no presumirán sus cariñosos menesteres en público. Tienen que guardarla maldita cordura. Recuerda que no eres un simple Shoyū —comunicó solemne. Sin embargo, Arashi percibió el rictus que gobernó su postura y facciones.

El tema de una verídica relación íntima o amorosa entre Shinnosuke y él resultaba, personalmente, bastante incómodo y ultrajante para el Señor de Nerima, a saber por qué. Pero agradeció que el hombre zanjase el asunto, y no buscara más explicaciones. Por ahora.

—Pero nosotros no…

—Seremos cuidadoso. —Fue el turno de Arashi para frenar las palabras de su Señor y, después de unos momentos de ser deliberadamente ignorado, el Shoyū de Nerima le regaló su atención. Arashi le confrontó la mirada con seguridad flaqueante—. Ha sido un descuido de mi parte. Tal como usted dijo, he avergonzado indebidamente a mi Señor. Vindicaré mi falta —prometió ceremonioso.

Tras las palabras, los ojos cobalto del joven Saotome se tiñeron de profundidad. De un azul marino oscuro casi completamente ennegrecido, como si a través de ellos quisiesen liberarse una amalgama de sentimientos violentos que el imponente hombre frente a él se esforzaba por controlar.

Algo en el interior de Arashi deseo implorar por piedad, rogar porque no lo odiase, porque aquellos magníficos zafiros lo mirasen con complacencia y no con aberración. Sin embargo, rápidamente desecho esa nueva y absurda emoción, seguro era producto del agotamiento.

—¡¿De qué demonios hablas?! —reprochó el castaño—. Sabes perfectamente que nosotros no…

—Bien. —Se adelantó Ranma en el privilegio de la palabra—. No esperaba menos del coronel del Señor de Ryugenzawa —puntualizó. A pesar del tono suave y tranquilo con que la masculina voz fue evocada, Arashi saboreó el recelo en sus palabras.

—¡Pueden siquiera dejarme hablar! —externó Shinnosuke un tanto frustrado.

—Mi Señor —habló Arashi dirigiéndose a Shinnosuke—, considero que es momento de que descanse. —Sugirió conciliador.

—¡Pero…!

—Júzgame loco, pero estoy de acuerdo con el muchacho —intervino Ranma.

—¡No!, tenemos que aclararte este asunto de una buena vez —demandó.

—Sí, sí… después de que duermas un poco —mencionó despreocupado.

—Ranma, escucha...

—Mi Señor. —Arashi se postró ante el castaño—. Le suplico, déjelo estar y descanse.

—Pe-pero no quiero que él piense que tú…

—En otro momento —interrumpió—. Casi se desmaya del agotamiento, y no planeaba decirme nada —reprochó—. Exijo como retribución que componga sus energías.

Desde que Ranma mencionó el ligero vahído que sufrió Shinnosuke, para Arashi no existía mayor prioridad que asegurar el descanso y recuperación de su Señor. La condición que sufría el Shoyū de Ryugenzawa aún permanecía incurable, y sólo el reposo y la baja actividad física parecían mermar los malestares, aunque eso ciertamente no le regresaba la buena salud. Así que, por el bien del castaño, Arashi estaba dispuesto a colgar el estandarte blanco y evitar cualquier confrontación con el guerrero Saotome.

—Y qué pasa con todo el asunto de la chica Ashura, yo también quisiera ser de utilidad. Taro estaba tan devastado —externó sinceramente angustiado.

—Soy su segundo al mando, su mano derecha. Me encargaré de que mis acciones hablen honorablemente en su nombre. Se lo he prometido al Señor de Nerima, vindicaré mi error. Confíe en mí.

—No cometiste ningún error —puntualizó con un puchero infantil.

—Shinnosuke, por favor… —habló en tono terso, vertiendo la súplica de su angustia sin tapujos.

—Yo… —El castaño pareció meditarlo con duda y cuando cerró los ojos lanzando un sonoro suspiro de resignación, los nervios de Arashi por fin lograron calmarse, aunque fuese un poco—. Está bien, sólo unas horas. Pero llámenme si las cosas llegan a empeorar.

—Lo prometo —acordó el hombre de ojos caoba, acariciando con ternura la delgada mejilla de su interlocutor y sonriendo con cariño.

Aquella obstinación vehemente del castaño en pos de ayudar incondicionalmente a sus semejantes, era uno de los rasgos que Arashi siempre atesoraría, pues en el pasado había sido bendecido con la calidez de ese toque. Y se juró a sí mismo pagar la deuda con creces. Vida por vida. Esa fue su promesa.

A pesar que Shinnosuke era dos inviernos mayor que él, la delicada condición que padecía desde que era un niño reafirmó en Arashi el firme propósito de ser su protector. Fue por Shinnosuke que escogió el destino que actualmente afrontaba. Todo por cuidar a ese chiquillo de alma voluntariosa y cuerpo de cristal que le extendió su misericordia cuando él era un paria, un desecho de la humanidad sin hogar o familia, pero sobre todo, por quedarse a su lado pese al horroroso sufrimiento que le causó cobijarlo en su seno. Por soportar los maltratos que Daigo Hiiragi le infringía por culpa suya.

Nunca fue un misterio para nadie que el Señor Hiiragi aborrecía su existencia, pues que el heredero de las Tierras de Ryugenzawa se asociase con un crío sin procedencia conocida ni noble familia era un hecho totalmente reprobable para el cabecilla de la familia Hiiragi. Sin embargo, Shinnosuke se aferró a él con voluntad inquebrantable; se aferró a pesar de los golpes y reprimendas, de la indiferencia frívola de su padre y de la parcial pérdida de su ojo derecho… a pesar del declive de su enfermo corazón. Soportó todo aquello por convertirse en su familia, por darle un hogar y buena comida, por enseñarle a leer y escribir, por regalarle flores y un día para celebrar su existencia. Por ser su amigo. Entonces, cuando Arashi reunió todo el valor que un ser insignificante como él podía reunir, decidió sepultar su antigua vida para convertirse en el guardián de su salvador. Cambió su nombre, cambió su naturaleza y se convirtió en guerrero. Para velar por el bienestar de Shinnosuke, para verlo gobernar en prosperidad y gloria, para proteger a su futura esposa y herederos, para rendirle honores en su muerte.

Una vida por otra vida.

Así como Shinnosuke estuvo apunto de morir por salvar la suya, por ella… una inútil mujer.

Ranma carraspeó incómodo tras ellos, y Arashi se despabiló de sus remembranzas. Interrumpió el toque imprudente que le brindaba a su Señor y, al igual que el azabache, se aclaró la garganta.

—Más vale que sea el último acto de insensatez que cometes frente a mi o cualquier otra persona —reprendió rechinando los dientes—. Ya te lo advertí, no olvides tu lugar —finiquitó serio.

Arashi asintió en obediencia, incapaz de enfrentarle a los ojos, y con las ganas de echar bronca un tanto languidecidas.

—No lo molestes, Ranma —demandó Shinnosuke.

—Sí, como sea —declaró girando sobre sus talones—. Me llevaré a tu coronel por un rato, si no te molesta, quizá pueda sernos de ayuda con todo este maldito asunto de la boda —anunció mirándolos de soslayo.

—Bien —concordó Shinnosuke sentándose en la cama.

—Bien —secundó Ranma—. Llamaré a un sirviente para que te atienda.

—Avíseme si necesita algo, mi Señor —pidió Arashi.

—Suerte —habló con aire travieso.

Arashi frunció el entrecejo sin comprender muy bien la intención de esa palabra.

—Andando muchacho —ordenó el Señor de Nerima.

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El camino desde la habitación que ocupaba Shinnosuke hasta los aposentos de la Señora Ashura ciertamente no presumía una gran distancia de separación, sin embargo, a Arashi le pareció que el recorrido era interminable.

El Señor de Nerima quedó enmudecido una vez abandonaron la habitación dispuesta para el descanso del castaño, pero la atmósfera a su alrededor se percibía tensa y volátil. El retumbar de sus pisadas, la espalda erguida al punto de trozarse por el rictus y los puños fuertemente apretados a sus costados le indican a Arashi que el hombre continuaba bastante enojado. Comprendía el motivo de su enojo, aunque no atinaba a dilucidar por qué se enfurecía con tal pasión. El honor y la buena reputación de un Shoyū de linaje elegido era un asunto de vital importancia. Eran hombres que debían poner en alto los principios espirituales y morales que el Dios TianRyū dispuso en el ser humano para alcanzar la iluminación, eran los guía de los pueblos y protectores de sus semejantes. Pero seres humanos al fin de cuentas, y podían equivocarse. Por ello, los Shoyū poseían concejales seleccionados o, en su defecto, aprobados por el Emperador, quien hablaba directamente con el Dios para dirigir por el camino de la sabiduría a sus hijos elegidos y enaltecer, en todo su esplendor, la voluntad de TianRyū. Así entonces, recaía en las manos de los consejeros evitar que sus Señores torciesen su misión. Siempre asegurándose que se comportasen con dignidad ante su pueblo y demás gobernantes. Aunque, si le preguntaban a Arashi, aquello no era más que pura palabrería. Mera pantomima para mantener sometidas y encandiladas a las masas, con el fin de perpetuar el poder económico, militar y político de las familias más favorecidas. No, Arashi ya no se tragaba tan bonitas palabras, él había sido testigo en carne propia de la crueldad que ejercía un hombre elegido por el Dios Dragón. Y resultó una bestia más que un ser iluminado.

Sin embargo, tampoco podía dejar de lado que, casi todo el pueblo del Imperio de Oriente creía y profesaba ciegamente aquella filosofía… y te juzgaban despiadadamente de no seguir sus mandamientos. Mostrar públicas afecciones hacia una persona no dispuesta como tu pareja a bendición del Emperador era, a todas luces, una falta escandalosa; cuanto más si eras un Shoyū de las siete familias escogidas, y mucho más si ese importante Shoyū mostraba interés por otro de su misma naturaleza. Tal cual hacía Shinnosuke con él en ocasiones; esta tarde durante la comida, por ejemplo.

Arashi suspiró fastidiado.

Ni siquiera tenía idea de qué haría para frenar todos los nuevos cotilleos. Y aunque en el pasado dejó de tomarle importancia a las habladurías, ahora que el Señor de Nerima había corroborado su condición de sodomita privilegiado por el Señor de Ryugenzawa, a los cuatro vientos, las confabulaciones de los nobles se convertirían en un verdadero circo, y no tardarían en llegar a los oídos del resto de la gente y el Emperador. Si no es que habían llegado ya. En el más crítico de los escenarios, su Alteza Divina, le mandaría cortar la cabeza por pervertir a un Shoyū tan importante como Shinnosuke.

—Maldición —susurró con hartazgo, observando el andar de sus pies. Tenía muchas soluciones que pensar.

—¿Algo va mal?

Antes que pudiese levantar la mirada en dirección del emisor de aquella pregunta, Arashi se estampó de narices en la musculosa espalda del ojiazul.

—L-lo siento. —El hombre de ojos caoba sobó su nariz.

—¿Qué ocurre? —cuestionó el azabache dando media vuelta para encararlo.

—¿Qué? —respondió desorientado.

—Acabas de maldecir —informó.

—Oh, bueno yo… —¿Qué iba a decirle?, que por culpa suya y sus acciones infantiles ahora tenía un montón de malditas bocas que callar. Pues en otro momento, seguramente, se lo echaría en cara de una forma digna para su alta cuna. Sin embargo, para su mala fortuna, le había prometido a Shinnosuke actuar de manera honorable en propósito de vindicar su nombre, a cambio de que se quedase postrado en la cama descansando. Y el hecho de iniciar una discusión con el Señor de Nerima no sería un buen inicio para cumplir su palabra, dadas las delicadas circunstancias por las que atravesaban ahora. Le gustase o no, tendría que guardarse las recriminaciones.

Prefirió entonces saciar una curiosidad pendiente.

—Sólo meditaba sobre el incidente que mencionó respecto al estado de salud de mi Señor —habló diligente.

—No eres el único capaz de preocuparse por él, ¿sabes? —respondió cruzándose de brazos—. De igual manera, no fue nada grave.

«Nada grave, dice él. ¡Ja!, si tan sólo supiera», se quejó internamente.

—Estábamos tratando de convencer a Rouge para que destrabara la puerta y nos permitiese hablar con ella —prosiguió—, cuando me percaté de reojo que Shinnosuke perdía el equilibrio. No alcanzó a tocar el suelo, topó en una de las paredes, y tampoco perdió el conocimiento del todo. Lo persuadí de ir a sus aposentos para que descansara un poco, pero me quedé bastante ansioso. Entonces fui a su habitación con intenciones de asegurar su estado, y bueno… —El ojiazul carraspeó—. Ya conoces el resto de la historia.

Arashi apretó los labios y asintió. Claro que conocía el resto de la historia. Tonto inoportuno.

—Gracias —dijo en cambio—. Gracias por cuidar de mi Señor —¡Vaya!, decir aquello no fue tan difícil, pero lo saboreaba extraño. Mas ciertamente agradecía que, durante su ausencia, alguien estuviese al pendiente de Shinnosuke.

Había sido descuidado por desatenderlo de esa manera, teniendo en cuenta el largo viaje del que recién llegaban. Era una obviedad que Shinnosuke con su particular estado de salud terminase agotado por el trayecto, aunado al constante jaleo que provocaba el abuelo Hiiragi durante sus, cada vez más recurrentes, episodios de demencia. O al menos, Arashi esperaba que esas fueran las causas del leve desvanecimiento, y no algo más delicado.

El mutismo reinó en la atmósfera mientras el Señor de Nerima lo observaba con sagacidad. El hombre de ojos caoba desvío la mirada un tanto cohibido por su análisis, y vaciló entre seguir el camino o esperar a que el azabache tomase la iniciativa.

—¿Puedo hacerte una a pregunta? —inquirió descruzando los brazos, poniendo las manos en su cintura.

—No necesita pedir mi permiso, usted es un Shoyū —aclaró estoico, orgulloso conocedor de las normas, regresando su atención hacia el hombre.

—¿Lo amas?

Arashi quedó completamente desubicado.

—¿Dis-disculpe? —trastabilló. ¿A qué venía esa pregunta? Por su puesto que le amaba, Shinnosuke era su familia.

—Responde —ordenó—. Has prometido remendar tu falta hacia tu Señor, esta es una buena manera de comenzar —mencionó persuasivo.

«¡Y un cuerno!», pensó Arashi. Sin embargo, se obligó a responder con cabalidad, no podía hacer falta a su palabra.

—Mi Señor Shinnosuke ha sido en demasía benevolente con mi persona, a pesar de las particulares circunstancias que me rodeaban. Todo lo que soy se lo debo a él. Yo tengo una vida, gracias al capricho suyo. Es así como mi persona no existe más que para servirle a él —contestó solemne, soportando la intensidad de los ojos azulados con toda la bravura de su ser.

—Entonces… —meditó, ladeando su rostro ligeramente hacia la derecha—, ¿lo respetas? —cuestionó con un brillo inquisitivo en sus ojos. Arashi no pudo evitar sentir que caía en la astuta jugarreta de un zorro.

—Sí —respondió resoluto.

—¿Le admiras? —preguntó acercándose unos pasos hacia él.

—Absolutamente. —El peliazul retrocedió por instinto.

—¿Le sirves? —La imponente figura del Señor de Nerima se precipitó con mayor apremio a su espacio personal, a paso lento y cadencioso.

De súbito, la embriagadora presencia del guerrero Saotome golpeó cada una de sus nervaduras sensoriales y Arashi fue consciente del poderoso hombre que le acechaba; como si le hubiesen lanzado una red de caza sobre su cuerpo.

—Siempre. —Arashi tragó duro, retrocediendo un poco más.

—¿Le proteges? —Los ojos azules le analizaban mortales, y su voz retumbó más baja y profunda cual hechizo cautivador.

—Por mi honor —habló por puro orgullo, no permitiría que ese hombre le intimidase con aquella aura predatoria suya. Aunque, algo en el interior de Arashi figuró explotar en reacción, y las brasas del fuego calentaron sus venas.

—¿Le amas? —inquirió con una frecuencia aterciopelada que le cosquilleó en lo más profundo de los oídos.

Arashi sintió que se derretía.

El extraño calor que consumía su cuerpo se vio confrontado por un repentino frío que látigo su espalda y Arashi cayó en cuenta que, el astuto Shoyū de Nerima, lo había acorralado contra la pared.

El peliazul recordó, sin proponérselo, aquella distante noche en el castillo de Hiiragi. Justo así, como estaban ahora, tan cerca el uno del otro. Sin embargo, en esa ocasión el bravío guerrero presumía un "ligero" estado de ebriedad. Arashi, por supuesto, registró esa acción como mero producto de los desvaríos y la hostilidad de sus movimientos le orilló a someterlo, a calmar su breve arranque de petulancia. Afortunadamente, no hubo testigos de su encuentro. Y el orgullo de mortal guerrero y digo Señor del joven heredero Saotome quedó salvaguardando por su silencio. Arashi jamás habló al respecto, ni siquiera con Shinnosuke.

Pero, esta vez era diferente. Arashi no percibía animadversión alguna que lo hiciese ponerse alerta. Por el contrario, se sintió atontado, atrapado en la profundidad de esas iridiscencias, anteriormente azules, que habían adquirido la negrura de la noche, azorado por la solidez de su cuerpo. Era tan extraño. Nunca experimentó algo así en su vida. Tan repentino y desarmador.

El hombre posó ambas manos a los lados de su cabeza, provocando que la recta postura se inclinase un poco. ¡Por el Dios Dragón!, ¿acaso su torso siempre fue tan prominente? Arashi se restregó en la maciza superficie de piedra tanto como pudo, deseando fusionarse con ella.

—Contesta —demandó con voz ronca.

Arashi no fue capaz de detener el intenso escalofrío que sacudió su cuerpo, ni de regular el ritmo de su respiración. Percibió incluso que su corazón se aceleraba como si estuviese liderando una batalla.

¿Qué maldito embrujo había lanzado ese hombre contra él?

¡Y qué ojos tan jodidamente hermosos poseía!

—¿Muchacho?

El cálido aliento de su captor le acarició el rostro, y una nueva ola de crepitante calor estalló en sus entrañas. Su cuerpo tembló por segunda vez.

¡¿Qué mierdas le pasaba?!

Arashi cerró los ojos, tratando de encontrar algo de cordura en sus sesos derretidos.

—Mi… mi Señor Saotome, creo que…

—Ranma —murmuró con la tersura de la seda. Acto seguido, el Shoyū de Nerima le tomó por la barbilla y levantó su rostro. Arashi abrió los ojos espantado por la acción, descubriendo entonces que sus caras se separaban por un palmo de distancia—. Dime Ranma —pidió.

—N-no —balbuceó. Por alguna inentendible razón, sus instintos le advertían que llamarlo por su nombre sería como entregarse a él, mejor dicho, como si se atara a él. Era un sentimiento absurdo, en realidad, pero prefería mantener las formalidades.

—¿Sabes? —El azabache apretó su agarre—. Siempre he deseado escuchar mi nombre a través de esos tentadores labios tuyo. —Tras las palabras, el guerrero Saotome recorrió con la aspereza de su pulgar la forma de su labio superior. Le regaló caricias cadenciosas de un lado a otro de sus comisuras… una y otra vez, como si deseara memorizar su relieve.

Todo el hervor que le fluía en el cuerpo encontró salida a través de sus mejillas. Arashi se quedó petrificado, con los ojos bien abiertos, tanto como le permitía la elasticidad de sus párpados. Casi pudo jurar que su corazón se detendría. Ni siquiera fue capaz de formular algún discurso mordaz que avergonzara el escandaloso proceder del hombre frente a él. Su mente estaba en blanco, mas toda la capacidad de los sentidos pareció concentrarse en el volumen de sus labios.

Y entonces, como si se hubiese aburrido de atender esa área, el ojiazul encontró entretenimiento en su labio inferior. Lo recorrió de izquierda a derecha con igual parsimonia, pero las intenciones de su tacto se sintieron más profundas y necesitadas… hambrientas. Con alevosía descarada aventuró el pulgar dentro de su boca, no más allá de la barrera de sus dientes, y acarició su encía con delicadeza. Arashi sintió un cosquilleo electrizante en esa zona de su anatomía, jamás hubiese imaginado que sería particularmente sensible ahí. Aquel tacto le pareció tan íntimo e incitador que despertó en él una rara expectación, mas no lo odio. Nadie le había tocado nunca de esa manera, como si desease devorarle. Finalmente, el guerrero Saotome detuvo el vaivén de su caricia, en la orilla izquierda de su labio, y extendió la carne hasta que rozó la barbilla. Por inercia, Arashi entre abrió la boca.

—¡Ranma!, ¡¿dónde mierdas te has metido?! —La voz de Taro resonó en la lejanía.

Arashi despertó bruscamente de su turbamiento y la buena cordura le pesó en su consciencia, pero fue incapaz de moverse.

—¡No te atrevas a escapar de tu responsabilidad, maldito afeminado! —gritó el Señor de Furumoto con peligrosa cercanía.

El azabache lanzó un gruñido gutural y con reticencia se alejó de él.

—Bueno, muchacho... —habló aclarando su garganta—. Tendremos que dejar la conversación para después. —Guiñó un ojo con intención traviesa y una sonrisa zalamera poseyó su rostro—. Andando —ordenó dando media vuelta en dirección de los reclamantes aullidos.

Arashi permaneció un tiempo más contemplando el vacío que anteriormente ocupaba el formidable cuerpo del Señor de Nerima, su respiración continuó errática y la funcionalidad motora de sus extremidades seguía bloqueada. En cambio, sus piernas flaquearon y se deslizó por la pared hasta caer de nalgas. Aturdido como nunca en su existencia y con un calor interno que aún le hervía la sangre, el hombre de ojos caoba sólo atinó en abrazarse a sí mismo en busca de cobijo, tratando de calmar sus propias ansias.

No daba crédito a lo que acababa de ocurrir, no sólo por lo improbable del hecho sino también por la respuesta de su cuerpo o, mejor dicho, la nula respuesta. O un poco de ambas. Todo era tan confuso, tan irreal.

A pesar que se había sentido tan desvalido como cuando aún era una cría gemebunda y enclenque, no experimentó miedo ni desesperación o siquiera repulsión. No, aquellas emociones que resolvieron sus entrañas eran de otra naturaleza muy diferente. Una que no conocía, una que le hizo doler el vientre y una que, seguramente, un ser como él no debía sentir.

Y de repente, como una broma cínica de la realidad, una interrogante de vital importancia devoró de golpe cada una de sus neuronas. Una pregunta que seguía sin ser contestada y cuya afirmativa respuesta podría abrirle las puertas del infierno.

El Señor de Nerima, ¿había escuchado su antiguo nombre?


Curiosidades

1.- En el prólogo, el año en que la familia Tendo fue atacada por lobos, y con el que comienza este fic, es: 1987, esto como referencia al inicio de emisión del manga de Ranma por Shūkan Shōnen Sunday de la editorial Shōgakukan.

2.- De igual manera, en el prólogo, se menciona que la historia se desarrolla en el Período Xīng 38. Aquí tenemos la palabra Xīng que es el nombre de un caracter chino que puede definirse de varias maneras, tales como: levantar, floreciendo, para comenzar, entre otros; esto para representar los tiempos de prosperidad que predominan en el gobierno del actual Emperador. Y el número 38, que serían los años que el Emperador lleva al poder, es un guiño al número de tomos del manga de Ranma.

3.- En el fic, Soun Tendo es el gobernante de la provincia de Fukuoka, dicho nombre procede de la Perfectura de Fukuoka donde nació RYŪSUKE OBAYASHI, seiyū de Soun Tendo.

4.- El coronel y segundo al mando de Soun Tendo se llama Shōchi Ōbayashi, que es el nombre real de RYŪSUKE OBAYASHI, seiyū de Soun Tendo.

5.- Los Báiyāo, los guerreros a los que Soun va a enfrentar en la narración del prólogo, son algo así como los vikingos. No recuerdo muy bien de donde tomé las raíces para formar ese nombre, pero seguramente tiene que ver con el chino. En la historia, la palabra Báiyāo significa "demonio blanco".

6.- El nombre de Taro es el mismo del manga: Pansuto-Taro. También se menciona que Taro es el Señor de la provincia de Furumoto, esto por el nombre de Shinnosuke Furumoto, seiyū de Taro.

7.- El padre de Shinnosuke en esta historia se llama Daigo Hiiragi, como una referencia a Kagemitsu Daigo, personaje ficticio del manga Dororo, quien es el padre de Hyakkimaru y responsable de entregarlo a los demonios para que comieran su cuerpo, antes de nacer, a cambio de poder.

8.- En el fic, se habla de un Dios Dragón Creador de la humanidad cuyo nombre es TianRyū. La idea de este nombre surgió del chino Tianlong, que significa "dragón celestial", pero sustituí el sufijo Long (dragón en chino) por Ryū (dragón en japonés) O es lo que entendí de Google.

9.- Durante el capítulo número uno, se menciona que Ranma peleó junto con Arashi , cuatro años atrás, en el Puerto de Orochi mientras Shinnosuke batallaba en el Puerto de Yamato, esto es un guiño al Dragón de ocho cabezas "Yamato-no-Orochi" del manga, que a su vez es una referencia al monstruo "Yamata-no-Orochi" de la mitología japonesa.

10.- Toda la historia se desarrolla en La Nueva Era del Dragón, que hace alusión al nacimiento de la nueva humanidad, pues el Dios TianRyū extinguió a los primeros seres humanos debido a las depravaciones y actos pecaminosos que cometieron.


N/A: Quiero agradecerles con toda mi alama por leer y estar al pendiente de las actualizaciones de esta historia. Son y siempre serán un gran motor de motivación para mi. Deseo que este nuevo año que comienza esté lleno de bonita felicidad y muchos, muchos éxitos en cualquier aspecto de sus vidas. Les atesoro infinitamente.

Gracias también a todas aquella almas anónimas que vagan por este espacio.

Buena vida.

ºPenBaguº