Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.
Todo sucedió
de repente,
y me gustó.
-Avenida 749-
《4》
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Fue como si le hubieran hechizado. Como si en sus escasos diez inviernos de existencia hubiera estado cegado por un denso velo de seda y, de súbito, una obstinada brisa se lo arrebatara de la cara.
Y es que tenía unos ojos hermosos.
Durante el tedioso viaje de veintiún soles con sus lunas fue incapaz de contener la emoción por llegar a las verdes tierras de Ryugenzawa, no sólo porque vería antes de lo previsto a su buen amigo Shinnosuke, sino también porque sería la primera vez que presenciaría una ascensión; el propósito más grande al que un heredero de las siete familias elegidas entregaba su vida. Shinnosuke sería oficialmente nombrado como Gran Shoyū de Ryugenzawa. Las circunstancia que desencadenaron aquella situación eran verdaderamente tristes, pues el padre de Shinnosuke, Daigo Hiiragi, había regresado prematuramente al cuerpo del Dios Dragón TianRyū. Su madre le dijo que aquel hombre intimidante había muerto a causa de una enfermedad dolorosa, lepra si mal no recordaba. A Ranma, en lo personal, le pareció bastante ridículo que un guerrero tan formidable como el viejo Daigo fuese vencido por una dolencia. Sin embargo, la vida llegaba a sorprenderte en muchos aspectos; la debilidad de la carne humana, por ejemplo, era un absurdo si tomabas en cuenta su majestuosa capacidad para construir Imperios o forjar su cuerpo para librar cruentas batallas, pero incluso un resfriado mal tratado podía matarte. O eso era lo que afirmaba su madre.
A fin de cuentas, Shinnosuke, como único descendiente del anterior Shoyū y legítimo heredero de las Tierras de Ryugenzawa, tenía la divina responsabilidad de continuar con el legado de la familia Hiiragi y cumplir con la voluntad del Dios Dragón. Es así como, a sus tiernos diez inviernos, su mejor amigo se convertiría en Shoyū. Ranma entendía que ese era el destino de los linajes escogidos, y toda su vida entrenaban y estudiaban para ser dignos gobernantes, sin embargo, cargar con esa responsabilidad siendo un infante, resultaba muy aterrador. Él, por ejemplo, ni siquiera ha logrado vencer a su padre en un combate cuerpo a cuerpo; su formación noble, política y militar aún era de lo más básica. Y seguramente Shinnosuke estaría en las mismas condiciones. Pero el chiquillo flacucho había aceptado su destino con orgullo y honor, quizá con dudas e inseguridades, incluso temor. Ranma decidió entonces que siempre procuraría a su amigo, le brindaría la mano y todo a su disposición con la simple evocación de una petición, sin preguntas o explicaciones, él le apoyaría. Ranma se haría muy fuerte para proteger a todos los que quería. Sí… ya lo tenía decidido.
Cuando llegaron al Castillo de Hiiragi, un día antes de la ceremonia de ascensión, Ranma se apresuró al encuentro de Shinnosuke, pasado por alto todos los protocolos de bienvenida. Prefirió que sus padres se encargaran de aquellos asuntos estirados, ciertamente para él eran una pérdida de tiempo absurda. Sin miramientos, le preguntó al gracioso abuelo Hiiragi por el paradero de su amigo, ya que brilló por su ausencia durante el recibimiento de la entrada principal. Cuando le comentó que se encontraba practicando arduamente en el claro oeste, fuera del castillo, Ranma corrió con toda la vivacidad juvenil de su corta edad, ansioso por entrenar el arte marcial con su querido amigo.
Sin embargo, Shinnosuke no estaba ahí.
En su lugar, justo en medio de la llanura, una pequeña silueta permanecía estática. De espaldas a él, delgada y frágil, figuraba contemplar el horizonte. El viento revoltoso despeinada su corto cabello, que presumía destellos y matices azules en caleidoscopio infinito. Su cuello era largo y blanquecino, así también sus delgados brazos, todo ese ser parecía estar forjado en porcelana. Sus ropajes sencillos lucían descuidados, pero eso no oprimía el misticismo de su aura.
Ranma se acercó lentamente, con la cordura encandilada por la imagen a su frente, impaciente por ver el rostro de aquella persona desconocida, deseoso por saber su nombre. El corazón comenzó a latirle tan rápido como cuando cabalgaba -a todo galope- con Nild, su yegua blanca, por la larga maceta que protege al campo de girasoles en las Tierras de Nerima; el viento enmudeció en sus oídos, sólo escuchaba el pulso de sus venas. Inconscientemente contuvo el aliento, como si intuyese que con un ligero soplo de aire, proveniente de sus entrañas, la visión que presenciaba pudiera desvanecerse.
—¿Quién eres? —cuestionó, con más curiosidad de la que le hubiese gustado revelar, una vez que estuvo lo suficientemente cerca de la quieta figura.
Entonces la silueta giró hacia él, y sintió como si hubiese despertado de un largo sueño.
Era el rostro más bonito que había visto nunca, de cejas rectas y nariz delicada, con los labios tan rosas como la flor de momo y tan carnosos con su fruto, con pómulos altos y sonrosados. Era el rostro de una deidad. Pero a pesar de la etérea hermosura de sus facciones, había algo mucho más bello que te embrujada. Algo que sacudía tu alma hasta estremecer cada uno de tus huesos, hasta convencerte de rendirle devoción absoluta.
Sus ojos.
De forma almendrada, pero ligeramente engrandecidos, teñidos de caoba líquida. Y de ellos se vertían violentas emociones. Sentimientos que, de alguna forma inexplicable, sabía que eran para él. Aquellos luceros estaban nublados de reproche, de demanda y acusación; de una recriminación que no entendía, pero igualmente dolía. Esos ojos eran amos de la mirada más indomable que haya conocido. El mismo astro solar no pudo contener el deseo de rendirles tributo, y un rayo dorado se alojó en sus pupilas.
Ranma vio fuego en sus ojos. Llamas enardecidas que derretirían glaciares de poder materializarse, lumbre que consumiría bosques, ardor que parecía llamarle.
Y fue en ese día que Ranma supo, muy en el fondo, que algo en él ya no le pertenecía.
Jamás… jamás olvidaría esos ojos.
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Sacudió la cabeza en negación para despabilar las remembranzas, hacia tanto tiempo que había guardado en el parcial olvido aquel recuerdo, oculto en lo más profundo de su mente. Era casi como una visión cristalina, tan tenue que, más que parecer una vivencia pasada, la saboreaba como una alucinación. Quizá como reminiscencias confusas de algún momento de febril enfermedad en su niñez. Sin embargo, el fulgor casi tangible de aquella mirada indómita transmutada en un nublado caoba en cuestión de segundos, siempre la advertía que las escenas grabadas en sus memorias habían sido tan reales como el dolor punzante que torturaba su miembro en ese mismo instante.
Nunca olvidaría aquel primer encuentro, ni siquiera alcanzaba a entender por qué, pese a lo borroso de las imágenes, lograba encender en él un violento ardor en su pecho. Tampoco dilucidaba el motivo que llevó a sus sesos a evocar ese particular recuerdo. Pero lo que si entendía es que, aunado a su reciente acercamiento con el muchacho y potenciado por las fascinaciones de antaño, sus bolas estaban a punto de reventarse dentro de los pantalones.
Y es que se había vuelto loco.
Ahora que la presencia embriagante del coronel de Ryugenzawa estaba lejos de él, sus pensamientos parecieron aclararse y la cordura regresó de la demencia de un tirón.
¡¿Pero qué mierdas acababa de hacer?!
¿Qué, precisamente, quería lograr amedrentando así al muchacho?
Y aún más importante… ¿por qué?
¿No había sido él quien condenó al hombrecillo por el cargo infundado de ser un sodomita unas horas atrás?, ¿no fue él quien desdeñó y señaló su supuesta desviada naturaleza, y lo humilló frente a medio Imperio?, ¿no fue él, Gran Shoyū de Nerima, quien repudió su actuar indigno respecto a Shinnosuke?
¿Y qué hizo a cambio?
¡Acorralarlo con la maldita decidida intención de devorarle!, ¡carajo!
Pero esa no había sido su primigenia motivación. No, no, no.
Él sólo deseaba comprobar, de una vez por todas, cuál era la verdadera naturaleza de la relación que Arashi y Shinnosuke compartían. El misterio de sus quereres sentimentales se les estaba saliendo de las manos. Shinnosuke jamás había besado la mano de su coronel bajo ninguna situación. No que él supiera, no en su presencia y no ante la importante gente que lideraba el Imperio.
¡Jamás!
Y ahí estaban los dos idiotas, en pleno banquete, secretándose y manoseándose, sin pudor alguno. ¿Es que habían olvidado la moral?, ¿la sagrada obligación de ser ejemplo digno y honorable para su pueblo? Por lo menos, fuera de la privacidad que les otorgaban las paredes silenciadas de sus castillos, ya que, siendo regentes de naturaleza humana, era imposible no resbalarse una que otra vez.
El colmo de todo había sido cuando el descuidado de Shinno osó besar, en público, la delgada mano de su coronel. ¡En público! Sus labios rindieron devoción a la piel de otro hombre.
¡Shinnosuke había perdido el juicio!
Y a pesar de lo crítico y delicado de aquella acción escandalosa, ciertamente, nadie más que él lo notó. Cada uno de los presentes se encontraban ensimismados en sus propios asuntos como para meter sus narices en los quehaceres del otro; la comida, por ejemplo, era el principal aspecto a atender en lo personal y comunal.
Fue un beso casto, lo suficientemente lento para el disfrute del receptor, pero lo necesariamente rápido para morir desapercibido tras un parpadeo. Sin embargo, Ranma observaba.
Observaba con rabia e insatisfacción al hombrecillo sentado frente a él, quien le había negado las ansiadas respuestas que le brindaran la iluminación a su ignorancia. Respuestas que le abriesen los ojos a una verdad astutamente oculta de él por razones desconocidas. Por motivos que sólo su mejor amigo conocía y que, dolorosamente, escogió compartirle a su propio coronel sobre él.
Necesitaba entender el porqué Shinnosuke lo había relegado. Por qué decidió omitirle la importante información del maltrato que su padre le había infringido, cuántas veces más fue lastimado, por qué había desistido de pedirle ayuda. Realmente deseaba saber qué otras tantas cosas se mantenían alejadas de su conocimiento, así también los verdaderos motivos de la omisión. Pero más que eso deseaba calmar sus propias ansias egoístas de sentirse desplazado, peor aún... traicionado.
Ranma desterró con hosquedad aquel sentimiento de su corazón. Relacionar a Shinnosuke con aquella acción tan rastrera se le antojaba una blasfemia, seguramente su buen amigo tenía razones objetivas que le orillaron a callar algunos episodios de su vida. Sí, eso debía ser. Si de algo podía estar seguro, era que Shinnosuke nunca desvaloraría su amistad. De los cuatro tontos amigos, Shinnosuke siempre fue el más empático y comprensivo; entendedor de la fragilidad de los sentimientos humanos y bastante obstinado en la preservación de sus lazos. Él era la savia pegajosa que mantenía a todos unidos, impidiendo que se asesinaran los unos a los otros en sus escandalosas riñas.
Ranma entonces confiaría en el atinado juicio del Señor de Ryugenzawa, aunque sinceramente rogaba que las razones de Shinnosuke llegasen a superar aquella áspera sensación de deslealtad que para él era imperdonable.
Sin embargo, eso no cambiaba el hecho de haber explotado de incredulidad y coraje al ver como Shinnosuke vilipendiaba su reputación una vez más, y peor aún, con aquel acto descarado e indecente… ¡ante todas aquellas personas importantes! Y no es que le importase mucho lo que pensara esa gente tan estirada, de hecho, tanto él como su hermana mayor Ranko tenían fama de ser un poco socarrones respecto a acatar algunas innecesarias conductas y costumbres protocolarias. Pero si el juicio y críticas malintencionadas iban dirigidas hacia su mejor amigo, bueno… esa era otra historia. Así que resolvió entonces desviar la culpa hacia ese hombre de ojos indómitos que miraba a Shinnosuke con cariñosa devoción. Verlo reaccionar tan mansamente frente aquel gesto impropio, por razones extrañas, le revolvió el estómago. Su sangre hirvió de golpe y la acidez del coraje se materializó en un furioso reclamo que por poco provoca una guerra civil y repercutió en las intenciones matrimoniales de su amigo Taro.
—Ah… —suspiró con pesadez. Pensándolo mejor, había sido un estúpido por actuar así.
No había razón objetiva que le apremiase a hacer lo que hizo, sobre todo cuando nadie más pareció percatarse de la escena frente a sus ojos. Muy en el fondo sabía que sólo quería darle su merecido a Arashi por volverse un inepto sentimental ante las galantes acciones de Shinno. Pero es que ese maldito hombre lo provocaba con su mera existencia.
Gruñó.
—¡Tú sólo estás celoso!
Le había reclamado Ranko una vez desistió de arrancarle la oreja con la fuerza punzante de sus dientes. Su melliza se lanzó sobre él, como leona enfurecida, en el instante que dejó a Ryoga inconsciente de un puñetazo. Debía reconocer que la mujer golpeaba bastante fuerte y mordía aún más fuerte cuando le picaba la rabia. ¡Y qué esperaba que hiciera! Era lo mínimo que se merecía el idiota de Hibiki por deshonrarla.
Más tarde iría al calabozo para desquitarse una vez más, decidió.
—¡Cómo siquiera puedes pensar que estoy celoso por un hombre! —reclamó con enojo recuperado.
Sentir algo así hacia alguien de su misma naturaleza era algo absurdo. No le estaba permitido, no a un Shoyū de linaje divino como él. Deber suyo era preservar la sangre de la familia para la gloria de futuras generaciones y la voluntad de TianRyū, siempre respetando la sagrada promesa de matrimonio con la mujer destinada o elegida para él. Aunque, si nos adentramos a esa tesitura, el azabache ya había metido la pata con una fémina embaucadora.
—¡Niégalo todo lo que quieras!, ¡pero tú sabes que yo sé que estás prendado de ese muchacho desde que eras un crío! —señaló histérica.
—¡No seas estúpida! —bufó sobando su maltrecha oreja. Ranma se limpió en las ropas un poco de sangre que quedó impregnada en su mano.
—¡El único estúpido aquí eres tú por tratar de engañarte a ti mismo! ¡Ese hombre te gusta!, ¡admítelo!
—¡Pues si me gusta o no es irrelevante porque él está enamorado de Shinnosuke!
—¡Él no está enamorado de Shinnosuke, imbécil! —gritó exasperada, estirándose los cabellos.
—¡¿Y tú cómo puedes saber eso?! —exigió con desconocido capricho, guiado por el calor de la disputa.
—¡Porque él jamás se sonroja!
La pelea verbal con su hermana se prolongó un poco más, versando en temas variados y dispares, encontrando la tregua únicamente cuando la prometida de Taro declamó estar harta de toda esa locura y, frente a las destrozadas preparaciones del castillo y los guerreros heridos, decidió que ya no deseaba casarse. Sin embargo, aquella revelación escupida por Ranko, alcanzó a provocarle un estado de incertidumbre y aguijoneante curiosidad.
Y, nuevamente, por motivaciones que no lograba entender y el resarcimiento de su orgullo inexplicablemente herido, decidió que no sería una mala idea comprobar aquella primicia develada a él.
Pero antes de que siquiera lograra fraguar algún plan astuto, Ranma se encontró contemplando una escena que jamás de los jamases imaginó presenciar. Una que le ensordeció los oídos y le tiñó la vista del color de la sangre, que casi lo convence de renovar el jaleo y declarar la guerra; una que despertó en él un instinto de propiedad como nunca había sentido. Ni siquiera con su bien formada y sensual aún prometida.
Mío.
Algo dentro de él rugió por reclamar su derecho de posesión. Aunque no entendía por qué, ni por qué hasta ahora; fue como si una necesidad en su interior estuviese cansada de esperar.
Y es que una cosa era imaginar las circunstancia a través de los cotilleos o la visualización de un inocente beso en el dorso de la mano, pero otra muy diferente era presenciar el jugueteo sinvergüenza de dos hombres desvistiéndose uno a otro. Mejor dicho, del estoico Arashi sometiendo el cuerpo de Shinnosuke con traviesa diversión mientras se esforzaba por quitarle los pantalones. Montándolo, rozando su entrepierna en el estómago de Shinnosuke.
Ranma quedó enmudecido en el umbral de la puerta que silenciosamente se aventuró a abrir para no perturbar el descanso obligado de su amigo. Y la indiscreción a punto estuvo de costarle la cordura. La chispa incandescente del cólera no tardó en calentar sus venas y hervirle la sangre, sus músculos se tensaron casi desagarrándose por el esfuerzo y toda la fuerza del enojo se concentró en sus puños, apretándolos hasta lastimar sus palmas con las uñas. Sólo el fugaz recuerdo de la amenaza de su madre para cometer seppuku lo detuvo de liarse a golpes con Arashi; en su lugar, se cruzó de brazos recargándose en el marco de la puerta, para evitar lanzarse a la garganta del hombre de ojos caoba. Sin embargo, cuando el castaño tomó el rostro de su coronel entre las manos, como incitando un segundo beso prohibido, pero más íntimo y quizá más placentero, Ranma decidió que era el momento de anunciar su presencia, de interrumpir aquel acto libidinoso antes de cometer asesinato o, mínimamente, de aporrear a Arashi hasta dejarlo inconsciente y zarandear a Shinno para que recuperase la dignidad y el buen raciocinio.
Después de eso lo único que registró su mente fue la mirada desafiante de Arashi, esperando para proteger a su virtuoso Señor en contra de la palabrería o la fuerza bruta que él estuviese dispuesto a propinarles, y su propio deseo de arrebatar al hombrecillo de los encantos de Shinnosuke y sacarle la maldita verdad, de toda su relación, de una buena vez.
Y así lo hizo.
De alguna manera se las ingenió para no liberar su mal genio a puños y patadas, y logró arrancar al devoto coronel de la presencia de Shinno. Aunque, en honor a la verdad, no supo qué hacer en un inicio mientras caminaban hasta los aposentos de Rouge, el azabache estaba bastante confundido y luchaba por tranquilizar la persistente ira que incitaba su imprudencia. Afortunadamente, atinó a percatarse que Arashi se encontraba en circunstancias similares: ensimismado y con la guardia baja; aquello avivó su lado bellaco.
—¡Tú sólo estás celoso!
Nuevamente, la voz de Ranko le recriminaba su actitud inmadura y poco diplomática durante el banquete. No siendo esta la primera vez que se lo echaba en cara. Muchas veces antes, por motivos que ya no recordaba o comprendía, le había dicho aquellas mismas palabras.
Como si algún engranaje hubiese encontrado el impulso en su cabeza, las confusas emociones que venía sintiendo por el hombrecillo, durante más de diez inviernos, se verbalizaron en su mente, fuera de conjeturas ajenas que clamasen en sus oídos. ¿Realmente estaría celoso por Arashi?, de las atenciones que le prodigaba con satisfacción y beneplácito a su buen amigo.
¿Estaba celoso por un hombre?
—¡Porque él jamás se sonroja!
El retumbar de la declaración gritada por la pelirroja, varias horas atrás, emergió voluntariosa en su cabeza, alentando su brillante idea de comprobar si el coronel de Ryugenzawa sería capaz de sonrojarse por su causa.
Y aprovechando la distracción del muchacho, Ranma encaminó su plan improvisado. Ansioso por comprender las verdades de sí mismo que no alcanzaba a concebir, por desenmarañar las causas del ardor que la simple presencia del guerrero de ojos caoba provocaba en su cuerpo.
—¿Sabes? Siempre he deseado escuchar mi nombre a través de esos tentadores labios tuyos. —Había dicho mientras sostenía, en la aspereza de su mano, la arrogante barbilla del coronel de Ryugenzawa.
Casi se había abandonado al instinto animal y primitivo de devorarlo en el momento que sintió su delgado cuerpo temblar por su cercanía, como una presa asustadiza y resignada a la voluntad de su predador. Había sido una reacción inesperada, más por provenir de quien lo hacía. Ranma conocía de primera mano la mortalidad de sus finas manos y la agilidad guerrera de ese cuerpo, Arashi era más un brioso luchador que una temerosa presa, una tormenta arrasadora en lugar de una llovizna. Pero ahí estaba el muchacho, entregándose a él sin saberlo; estremeciéndose y vacilando como jamás hubiese creído posible. Saberse el causante de aquella reacción infló su ego de hombre, y su saludable libido peleó por salir a flote a través de una directa punzada en los testículos.
Se estaba poniendo duro.
Se estaba poniendo duro por el reaccionar involuntario de un hombre.
¡Infiernos!
Por si fuera poco, estar tan malditamente cerca de aquel rostro tallado de perfección etérea, le sedujo al grado de dejarse caer en las garras engatusantes de la lujuria. Aquel hombrecillo presumía las facciones más hermosas que el Imperio de Nerima fuese capaz de presumir jamás, y sus labios... Sus benditos labios eran el pecado encarnizado en jugosos bordes. Poseído por las persistentes palpitaciones de su entrepierna, Ranma se arriesgó a, por lo menos, conocer su textura.
Y entonces, las mejillas de Arashi enrojecieron en candor pleno y apetitoso.
Si le preguntaban a Ranma, en esos momentos, el coronel de Ryugenzawa parecía más una mujercilla virginal que el segundo dirigente de todo un ejército. Bastante tentador, demasiado hipnotizante.
Arashi se había sonrojado.
¿Qué significaba aquello?, ¿qué significaba para él?
Todo era vaporosamente confuso y enredado, mas no deseaba romper el encanto. Más tarde tendría tiempo para aclarar sus dudas, o formular nuevas. A este punto ya no esperaba nada concreto, ni siquiera podía discernir lo que era correcto o no.
Como último acto desesperado por saciar el repentino apetito de sus entrañas, el ojiazul buscó el calor húmedo de su boca, sintiendo el relieve interior tan suave como sus llanuras externas en la yema de su dedo pulgar.
Exquisito.
Sin no fuese por la inoportuna interrupción de Taro, en el momento que Arashi entreabrió su boca, sometido al fervor de sus caricias, Ranma seguramente habría invadido, con aires de conquista, la denticulada concavidad. Deseoso por conocer su sabor, ávido por contagiarle el mismo fuego que provocaba en él.
El tirón de su entrepierna retrajo al Señor de Nerima de las memorias recientes y le instó a detener su avance; lejos de haber minimizado, su erección figuraba más dolorosa y hambrienta. ¿Cómo era eso posible?, su miembro se había hinchado con la sola evocación de aquel encuentro impropio entre varones. Eso no debería ocurrir, al menos, no a un Shoyū como él.
«¿Por qué?», se preguntó el ojiazul. Por qué tenía que estar prendado de un hombre.
Antes que la cordura regresara completamente a sus sesos, Ranma miró con aprensión la procaz mano que utilizase para sentir la suavidad de Arashi. El dedo pulgar aún permanecía húmedo, albergando los remanentes del calor líquido de aquella boca pecaminosa... y un instinto primario le orilló a saborearlo. Gruño en el acto, liberando una pequeña fracción del deseo que le incineraba el interior, cerrando los ojos en un reflejo absurdo para preservas las sensaciones.
No era suficiente.
—¡Se puede saber dónde has estado, imbécil!
Ranma fue retraído de su turbación por el fiero agarre del Señor de Furumoto, quien se materializó de la nada agarrándolo de las solapas de su ropa.
—¿De-de dónde saliste? —preguntó sorprendido, presumiendo la considerable elasticidad de sus párpados al extenderse, todavía embrutecido por los confusos sentimientos que se habían alojado dentro de él.
—¡Del maldito infierno, idiota!, ¡y planeo llevarte ahí conmigo si no solucionas el jodido problema que causaste! —El enojo de Taro era tal, que prácticamente le escupía con cada aullido de reclamo.
Si existía algo en lo que Taro llegaba a ser bastante versado era en encenderle el carácter.
—¡Quieres calmarte, Pansuto! —bufó Ranma, soltándose de las manos del Señor de Furumoto con un movimiento brusco.
—¡Lo haré cuando mi prometida salga de su habitación dispuesta para casarse!
—¡¿Cuál es la maldita prisa?! —protestó hastiado. Aunque reconocía su responsabilidad en todo el asunto, Ranma opinaba que la mujer Ashura estaba armando más jaleo de lo saludablemente comprensible—. ¡Sólo retrasa la estúpida fecha!, ¡tienes todo el maldito tiempo del mundo!
—¡No!, ¡tiene que ser mañana!
—¡¿Por qué?! —demandó irritado.
—¡Ese no es tu jodido asunto!
—¡Argh!, ¡maldita sea! —bramó exasperado— ¡Tú y esa mujer son tal para cual! —Definitivamente, y en observación de los hechos, Taro y Rouge compartían una tendencia insana para el drama.
—¡Eso ya lo sé, estúpido!, ¡por eso quiero desposarme!
—¡No me estoy refiriendo a eso! —masculló rechinando los dientes, levantando el puño derecho con intenciones de desfigurar el galante rostro de Taro—. ¡Maldito hijo de...!
—Pueden pelear durante toda la eternidad si desean, pero eso no hará que la Señora Ashura salga de sus aposentos. —Una voz irregular interrumpió la acalorada discusión.
Ambos Señores volcaron su atención hacia la entrometida presencia.
—No he interactuado mucho con la Señora Ashura, sin embargo, puedo apostar mis brazos a que es más una mujer de hechos que de palabras. —Arashi continuó con su monólogo callando al momento de situarse junto al Señor de Nerima, lucía bastante recompuesto de su episodio de flaqueza. Acto seguido, se cruzó de brazos.
Ranma le dedicó una mirada más apreciativa, el rojo brillante que anteriormente había colonizado sus mejillas ahora se vanagloriaba en un rosa pálido, muy sutil, pero igualmente atrayente para él. Su virilidad palpitó demandante al contemplarle. ¡Maldición!, si no fuera por la gruesa y abundante indumentaria, estaba seguro que su erección sería escandalosamente evidente. El azabache apretó los puños a sus costados y decidió que era mejor pensar en intestinos vertiéndose de los cuerpos sin vida, sangre y cualquier tipo de asquerosidades, antes que fuese incapaz de caminar. Sin embargo, tener a Arashi justo al lado suyo, no ayudaba a la causa. En qué maldita situación tan denigrante se encontraba el respetado Señor de Nerima: discutiendo con todas las ganas de armar pelea mientras presumía la rigidez lasciva de su miembro. Qué patético.
Taro, por su parte, pareció satisfecho por aquella afirmación, y volcó su total atención hacia el coronel de Ryugenzawa.
—Y supongo ya fraguaste algún plan. —No fue una pregunta, Taro confirmaba una verdad.
Tiempo atrás aprendieron que, cuando el segundo al mando del ejército de Ryugenzawa metía las narices en algún asunto, era porque su astuta mentecilla ya había trazado una meticulosa confabulación.
—Nada complicado, debo admitir —confesó adelantándose un paso en dirección del Señor de Furumoto—. Me aferro a la primicia de que no la convenceremos sólo tratando de consolar su desazón. Hablar con ella y apelar a la lástima caerá en saco roto. Ella proviene del clan Ashura, una familia noble guerrera, su concepción del mundo no se basa en promesas románticas, sino en resultados, la objetividad de hechos y el dividendo favorable de las circunstancias y soluciones. Cualquier pequeño consuelo que se logre con una sencilla palabra de aliento, no será suficiente para convencerle. Muy aparte de ser una mujer noble que ha sido pisoteada en las preparaciones de su día importante, es una guerrera y, ante todo, una soberana de la Provincia perimetral de Qinghai. Es posible que en estos momentos esté abrumada por sus ilusiones humilladas, sin embargo, a pesar de la conmoción, su naturaleza misma le impedirá retomar una decisión con base en peticiones sentimentales.
Ranma y Taro permanecieron en silencio, absortos en su atinado análisis. Una vez más, el muchacho de ojos caoba, hacía gala de su más que diestra capacidad para portar el lugar de mano derecha de un Shoyū.
—Pero supongo que mi Señor Taro ya sabía todo eso —finiquitó desdeñando su anterior discurso con un movimiento despreocupado de la mano.
El ojiazul saboreó un dejo de jactancia en su voz, como si les recriminase en tono de burla el haber sido incapaces de plantear, a estas alturas, una estrategia de resultados favorecedores. Arashi se veía completamente restaurado del bochornoso episodio anterior. Si no fuese porque Ranma atestiguó, en carne propia, aquel tentador temblor de su cuerpo y el atrayente rubor de sus pómulos, juraría que el coronel de Ruygenzawa estaba incapacitado para sentir cualquier vergüenza.
Mas no era el caso. De hecho, él consiguió azorarlo, tenerlo a su merced en fugaz despojo de su raciocinio, inocentemente dispuesto a sus apetencias.
Una punzada más torturó su entrepierna.
¡Carajo!
—¿Entonces conoces mucho de mujeres? —inquirió granuja, posando las manos en sus caderas. Aparentemente, Taro también detectó el sutil reproche en las palabras de Arashi. Sin embargo, lejos de sentirse insultado o llegar a molestarse, el Señor de Furumoto lucía divertido. Aquello era una clara prueba de que Taro lo consideraba su igual, y le respetaba.
Arashi arrugó ligeramente el entrecejo, y sus facciones recobraron el estoicismo que las caracterizaban.
—No —contestó en tono serio—. Conozco de la guerra.
Taro y Arashi compartieron un breve duelo de miradas, quizá tanteando el grado de sublevación que podían alcanzar el uno contra el otro. Finalmente, el Señor de Furumoto relajó su postura y exhaló derrotado.
—Suéltalo ya, Arashi. Estoy bastante desesperado —pidió dolido, sobando el puente de su nariz.
Ranma soltó una carcajada.
—¡¿Qué te parece tan divertido?! —reprochó el Señor del castillo de Pansuto, vertiendo su atención en el ojiazul.
—¡Jamás creí ser testigo de que tuvieras corazón!
—¡Pues yo siempre fui testigo que sólo piensas con la jodida cabeza de tu miembro!
Al azabache se le trabó la diversión y de inmediato dirigió la atención hacia su cadera, en un intento por asegurarse que la erección continuaba oculta. Fue una reacción de pánico inconsciente en consecuencia a un malestar que le aquejaba. Un reflejo del cual se arrepintió al instante de haberlo efectuado.
—¿Qué rayos te miras? —cuestionó Taro con burlesca malicia, concentrando deliberadamente su atención en la entrepierna del azabache—. ¿Estás duro? —inquirió alzando una ceja inquisidora.
¡Maldito hijo de puta!
—No —respondió Ranma con timbre amenazante, mirándolo con promesas homicidas de atreverse a continuar picándolo con ese tema. Por el bien de la paz entre las dos provincias más le valía a Taro no sobrepasarse con sus pullas. No frente al verdadero causante de su deplorable condición.
—¿Te estimula discutir conmigo? —presionó ponzoñoso, cruzándose de brazos en actitud arrogante—. ¡Qué asco! —exclamó con repugnancia.
Aquello fue suficiente para enfriarle la libido y calentar sus ansias asesinas.
—¡Ven aquí y muere! —gritó el ojiazul en anuncio de guerra.
Sin embargo, antes que su puño alcanzara a descargar la rabia en contra del jodido imbécil de Taro, Arashi interceptó el embate con el sólido agarre de su mano; lo tomó justo de la muñeca, deteniendo los nudillos a menos de un palmo del rostro del Señor de Furumoto.
—¡Basta los dos! —reprendió mirándolos alternadamente—. Qué se maten el uno al otro no arreglará nada. ¡Compórtense como los honorables Señores que son!
—¡Él empezó! —Se quejó cual infante encaprichado, soltándose de la calidez emanada desde la palma de Arashi antes que le resurgiera la lujuria.
—Tú te exhibiste y yo lo aproveche. Me debes sufrir más que esto —recriminó rencoroso, sin mover su postura ni un ápice.
—Mira tú... maldito bastardo... —Ranma chirrió los dientes.
Arashi suspiró impaciente.
—Será mejor que me encargue de este asunto con la ayuda de Tsujitani y Yamadera —anunció el coronel de Ryugenzawa. Tsujitani Hiroshi y Yamadera Daisuke, eran los coroneles de Saotome y Hibiki respectivamente, así también sostenedores de una gran amistad entre ellos. El Señor de Furumoto, por el contrario, jamás había aceptado la adquisición de un segundo al mando; Taro tendía a ser un hombre bastante desconfiado, en los asuntos referentes al gobierno de sus tierras, fuera del Emperador, su madre y, por lo visto, su prometida—. En las circunstancias actuales, y sin mi Señor Shinnosuke para hacerles frente en sus ridículas discusiones, mis Señores resultan considerablemente incompetentes para hacer nada.
—¡Oye! —protestó Ranma.
—No —sentenció Taro—. He de ser partícipe en cualquier asunto relacionado con el bienestar de mi prometida, cuanto más en aquello que remiende mi propio error, o el de las personas bajo mi influencia, que hallan infamado las buenas intenciones de mi futura esposa. De lo contrario, jamás mereceré ser llamado su compañero —habló solemne.
Ranma se tragó cualquier burla que pudiese formular sobre semejante declaración. En realidad, no se le ocurrió nada mordaz que decir al respecto. Por el contrario, se encontró a sí mimo orgulloso del cambio tan radical en la, regularmente, ácida y huraña actitud del Señor de Furumoto hacia cualquier ser humano lejos de su minúsculo círculo personal. Cualquiera que fueran las circunstancias que llevaron a esos dos regentes a enamorarse, ciertamente, Rouge Ashura había logrado humanizar positivamente el corazón de Taro.
—No esperaba menos de un Gran Shoyū como mi Señor Taro. —Fuen Arashi quien materializó la admiración de ambos respecto a los honorables sentimientos de Taro.
—Además —intervino Ranma—, Hiroshi y Daisuke no llegarán hasta mañana. Ryoga y yo les permitimos partir donde sus familias para que las presentasen en la boda. Si el buen clima persiste y no sufren cualquier otro contratiempo en el camino, deberían arribar a Furumoto mañana antes que el Sol alcance su cenit.
—No había notado ese detalle —mencionó Arashi con aire meditabundo.
— Sí… bueno, supongo que estuviste bastante ocupado —soltó el Señor de Nerima con un dejo de reproche. Aquel detalle resultaba bastante obvio si hubieses tenido la premura de poner atención durante el banquete, pues era costumbre disponer el lugar de un coronel junto a su Shoyū. Así como Arashi tomó asiento al lado de Shinnosuke, sólo que ellos en lugar de comportarse con celeridad estaban haciendo el tonto. Estuvieron bastante ocupados uno con el otro. Idiotas.
—¿Y qué es lo que propone la mano derecha de nuestro querido Shinnosuke? —inquirió Taro, redirigiendo su concentración al problema más urgente por resolver.
—Reparar lo que ha sido roto —ventiló orgulloso—. Entre los guerreros las acciones aventajan a las palabras. Antes de hacerla salir de su encierro debemos preparar el escenario: reorganizar el castillo y alistar un nuevo banquete. Todo debe quedar como nuevo antes de la llegada del Emperador. La convenceremos haciéndole saber que no sólo el Señor Taro está deseoso por contraer nupcias, sino que dos grandes provincias ansían la felicidad de sus Señores y la prosperidad de ambos pueblos, a tal punto de solventar los destrozos a pesar de la premura. Además, a juzgar por la cariñosa devoción que los sirvientes de Ashura le profesan, no creo estar muy equivocado en mis conjeturas.
—Eso será bastante trabajo para una noche —opinó Ranma sin ánimo de demeritar el plan, de hecho, en su mente ya estaba meditando en cómo llevarían a cabo tal proeza.
Y es que fuera de pedir disculpas y rebajar el orgullo de los hombres involucrados, o las suplicas insistentes por parte de las damas, nadie de los brillantes regentes del Imperio había fraguado estrategia alguna para arreglar los daños dentro de un enfoque objetivo. Era el mejor plan que nadie había ideado hasta entonces. Que ironía, tantos orgullosos gobernantes y guerreros reunidos en un mismo lugar, y justamente ninguno había tenido los sesos para afrontar el problema con objetividad. Así de absurda era la realidad en ocasiones.
—Encárguense de hablar con los nobles, yo me ocuparé de los guerreros y sirvientes. Trabajaremos sin descanso hasta el siguiente crepúsculo —ordenó terminante.
—Te escuchas demasiado confiado muchacho —habló Taro con curiosidad.
—Me he atribuido la tarea de enmendar cualquier precariedad en nombre de mi Señor Shinnosuke, y por su honor que no he de fallarle —declaró Arashi con la férrea seguridad que sólo él podía plasmar en unas cuantas palabras.
—Ciertamente me complace en demasía tu ayuda, Arashi. Pero esto no es algo por lo que debas preocuparte. Fue la estupidez de otro lo que desencadenó semejante desastre. —Taro miró a Ranma con rencor.
—Sin embargo, es de lo que se me acusa. —Fue el turno de Arashi para juzgar al azabache a través de su ojos.
¡Pero bueno!, ¿es que se habían puesto de acuerdo para hostigarle?
Ranma soltó un gruñido y cruzándose de brazos rehuyó de sus miradas.
—Como sea… —Taro interrumpió el breve silencio mientras peinaba su cabello—. Es la mejor idea, por no decir la única, que hemos tenido hasta ahora, así que no perdamos tiempo.
—Juntaré a los guerreros y sirvientes en el patio de armas. Ustedes ocúpense de informar a los nobles y ver en qué pueden ser útil sus conexiones. Esperen mis noticias. —Tras una reverencia impoluta, Arashi regresó sobre sus pasos, en la dirección opuesta de los aposentos de la mujer Ashura.
Ranma lo contempló marcharse sin miramientos, a paso firme y decidido, dispuesto a hacerle honor a la palabra apostada en nombre de su querido señor Shinnosuke. No deseaba admitirlo, pero se sentía un tanto desilusionado por no poder molestar al muchacho un poco más y, contradictoriamente, un considerable alivio se albergó en su pecho al saberse despabilado, momentáneamente, de aquella turbadora presencia que le impedía razonar con cabalidad.
—Deja de mirar al hombre como si fueras a devóralo —bufó Taro al tiempo que giraba sobre sí mismo—. No tenemos tiempo para eso.
—Yo no lo miro de esa manera —gruñó apenas con ganas, imitando el movimiento de Pansuto y quitando, a regañadientes, la atención de su tormento particular.
—Todo el mundo sabe, Saotome, que estas prendado de ese muchacho desde que eras un infante —aseguró el señor de Furumoto, mirándole de soslayo—. Sigo sin entender por qué te prometiste a esa mujer extranjera si claramente ya habías sido cautivado por ese chico. Pero no es mi problema y ciertamente me importa un carajo.
Ranma lo observó con recelo, abrió la boca para increparle pero Taro le ganó la palabra.
—Nadie te juzga por ello, ¿sabes? El hombre tiene un rostro bastante mono —concluyó sereno, zanjando de tajo el espinoso tema de su aún rastrera prometida y restándole importancia a todas las implicaciones reprobatorias que el desear a cualquier persona, que no fuese tu elegida o la adjudicada por el Emperador como tu compañera de vida, conllevaba. Y cuánto más si ese alguien portaba tu misma naturaleza.
—Andando —ordenó Taro iniciando la marcha.
Ranma lo siguió sin muchos ánimos para discutir. A este punto estaba consciente que la convicción con la que antes negaba su afición por el muchacho resultaba tan escuálida como una vara de nardo. Cualquier intento de mostrar aberración e indignación ante tal afirmación de su gusto culposo por el coronel de Ryugenzawa sería fácilmente descubierto como una pantomima.
Lo cierto era que se encontraba bastante confundido.
Una vez que tuvo al hombre manso y receptivo a sus intenciones, deliciosamente sonrojado y vibrando al sonido de su voz, Ranma ya no estaba tan seguro de poder combatir contra ese secreto a voces.
.
.
—¿Conseguiste algo? —preguntó Ranma a su padre, Genma Saotome, quien estaba rígidamente apostado frente a la puerta de la habitación que mantenía cautiva a su melliza.
El ex gobernante de Nerima había secuestrado a su propia hija en un intento de impedir que la mujer fuese al encuentro de su amante para brindarle sus atenciones curativas, además de tratar obtener algo de cooperación de su parte.
—Absolutamente nada. Es igual de testaruda que tu madre. —Se quejó, sin mirarle, mientras masajeaba su entrecejo con la mano izquierda.
—¡No pienso someterme a tal humillación! —Las voz de Ranko, ahogada por la barrera de roble que los mantenía separados, encontró el camino hacia sus receptores.
Genma Saotome sólo se limitó a bufar con pesadez.
Aunque que su padre nunca fue especialmente paciente con él, cuando se trataba de Ranko el hombre brillaba por su escasa tendencia al arrebato. Si otras fueran las circunstancias y fuese él, en cambio, quien se estuviera negando a una orden de su padre, Ranma estaba bastante seguro que el viejo ya hubiese tirado la puerta y le obligaría a seguir su exigencias liándose a golpes.
No es que su padre fuera un maltratador inescrupuloso, pero como guerrero era firme y demandante; y como descendiente y patriarca de un linaje de sangre luchadora la forma de educar a su heredero varón versó en la disciplina militar. En cuanto a las mujeres, bueno… a ellas se les educaba en otras artes, y era responsabilidad exclusiva de las madres. Es así que Genma pudo permitirse el privilegio de ser más tolerante y permisivo con la mayor de sus hijos.
Sin embargo, a juzgar por las sobresalientes venas de sus sienes, Ranma podía jurar que el hombre ya se estaba replanteando todo aquello.
—¡Escucha niña, es el protocolo! —gritó autoritario pero no con ira.
—¡Protocolo mi trasero!, ¡eso es humillación!
—¡Cuida tus palabras! —regañó el patriarca—. ¡Ese no es vocabulario para una dama noble y de alta cuna como tú!
—¡Vete al diablo, papá!
Verdaderamente, su hermana se comportaba como una auténtica malcriada, a puertas cerradas, cuando de convivir con el padre se trataba.
—¡No me iré a ningún lado hasta ver que te realicen el heshimawhare!
El heshimawhare era una especie de ritual para comprobar el valor virginal de una doncella noble antes de que los padres, por aprobación u órdenes del Emperador, la entregasen como prometida a la familia de su futuro esposo. Era una práctica con más de un siglo de antigüedad, aunque en sus inicios se realizaba en la mayoría de los estratos sociales, quedando restringida únicamente para los sirvientes. Ya que no era necesario que las mozas de servidumbre conservasen su virtud, pues muchas de ellas se adquirían en el mercado de esclavos del occidente y era bien sabido que sus antiguos señores las utilizaban para saciar las apetencias carnales. Y si fuesen sirvientas del oriente, por deuda o nacimiento, que contrajeran matrimonio, vírgenes o no, si es que su señor se los permitía, la unión no conllevaba ningún beneficio a las familias más allá de lo que el Shoyū estuviese dispuesto a regalar por el día de la boda. Sin embargo, en épocas presentes dicha ceremonia era destinada a efectuarse solamente en las clases nobles, quienes se veían favorecidos en más de un sentido mediante los pactos de esponsales.
A pesar de que la muy descarada de su melliza ya había confesado haber perdido su valor virginal para lograr pactar alguna buena alianza, igualmente les era exigido a las familias efectuar aquella práctica. Y por si fuese poco que el verse impedidos de forjar una unión que les resultase conveniente, al declarar abiertamente haber regalado su virtud cual mujerzuela, Ranko clavó en el buen nombre de la familia la daga de la deshonra. Así entonces a Ranma no le quedaban muchas opciones, como actual cabecilla del clan, debía exigir el pacto de matrimonio al hombre que inescrupulosamente desvirtuó a su melliza o apelar al "reclamo de honor", en caso de que Ryoga se negase a casarse, para retarlo a un duelo a muerte y recuperar la honra de la mujer, y de la familia misma, que tan estúpidamente la pelirroja había mancillado. Aunque, por mucho que estuviese enfurecido con Ryoga en estos momentos, no deseaba matarlo. Le disgustase a quien el disgustase, Ryoga y Ranko se casarían, ya se encargaría él de eso.
Para finiquitar, aún restaba el seguro castigo que el Emperador le impondría a Ranko por su falta y su intención de abogar por ella, como hermano y Shoyū, hasta donde le fuese posible y permitido.
—¡No pienso hacerlo! —vociferó golpeando la puerta—. ¡No voy a permitir que pongan en duda la palabra de una dama noble y de alta cuna como yo!, ¡prefiero lanzarme por la ventana!
El chillido encolerizado de Ranko retrajo al azabache de sus cavilaciones.
—¡Pues adivina qué! ¡Dejaste de ser una dama en el momento que te revolcaste con el bastando de Hibiki sin siquiera estar comprometidos!
En el Imperio de Oriente, una vez que el Emperador aprobaba o decretada el pacto de compromiso entre los herederos de las familias nobles, y siendo la parte femenina de pureza y castidad comprobable, ambos clanes celebraban el Otu-aka o la unión de manos. En la cual los futuros esposos, en presencia de los testigos y oficiado por un representante del Emperador o el Emperador mismo, entrelazan las manos contrarias para ser atadas por un lazo de seda rosa, como símbolo de la unión, el amor, el romance y la felicidad naciente entre los prometidos. Después ambas familias y el Emperador o su delegado, firman y sellan las licencias de compromiso con la estipulación de la dote que aportará cada contrayente, cláusulas varias, y la fecha escogida para la ceremonia oficial del matrimonio una vez finiquitado el período pre-conyugal de un invierno y un día; por último, los patriarcas de cada clan, o apoderado legal en caso de que el padre biológico hubiese fallecido y no existiese figura alguna que fungiera como tutor político directo o indirecto de cualquiera de los prometidos, intercambian un vaso de sake, con su ritual ceremonioso correspondiente. Todo lo anterior es en esencia el Otu-aka, sin embargo, dependiendo de la situación familiar de los prometidos y preferencias de los mismos, dicha ceremonia puede adaptarse. Una vez concluido el rito, y después del banquete de celebración, la familia de la mujer la entregan a los padres del hombre, donde por un invierno y un día convivirán como prometidos en casa de la familia del hombre. Si el varón ya posee tierras y recinto propio el cual trabajar, tiene la obligación de atender e interactuar con su prometida, la cual ahora reside en casa de los padres de él, por lo menos veinte lunas al mes, entendiendo que sus labores de actual Señor o Noble le impidiesen frecuentar a la novia. A la mujer se le refina en la exigente tarea de gobernar el castillo o la casa noble en su defecto, así también en administrar la tierra, los sirvientes y alimentos, entre otras cosas. Un beneficio bastante placentero que los prometidos pueden ejercer durante el periodo del Otu-aka, es la libre práctica de actividades amatorias sin llegar a la desfloración, pues este acto debe ser reservado para la primera noche de bodas. Es así que los futuros esposos tienen el derecho de saciar sus apetencias carnales y descubrir sus gustos eróticos con la finalidad de entenderse como amantes y reforzar sus lazos para el matrimonio. Es responsabilidad de la madre del hombre monitorear que la dama no pierda su valor virginal durante este periodo, de lo contrario la fecha pactada para la boda tendría que adelantarse y eso, además de ser un mal augurio, es una falta al honor de la novia y su familia, por lo que el hombre deberá pagar una retribución a los padres de la mujer como una variante del "reclamo de honor" previamente convenido en las licencias de compromiso. Entendiendo que esto puede permutar dependiendo de las conveniencias de la familia de la mujer, por ejemplo, algunos clanes nobles guerreros suelen exigir como pago la adquisición de buenos soldados. Si el varón comprometido desafortunadamente hubiese perdido a sus padres, y no tuviese algún pariente político o de sangre, lejano o inmediato, que viviese bajo su techo, le es asignada una Engi quien se encarga de instruir a la novia y vigilar el comportamiento de la pareja. Por el contrario, si la mujer prometida careciera de parentela sanguínea o política, inmediata o lejana, debido a alguna situación extraordinaria, esta pasa a ser responsabilidad del Shoyū de la provincia que habitase, sea migrante o no. En situaciones muy particulares, la responsabilidad de la mujer puede recaer directamente en el Emperador. Cuando el periodo pre-conyugal finaliza, la mujer es sometida nuevamente al heshimawhare para corroborar su valor virginal. Posterior a eso se da comienzo a los preparativos y celebración de la boda.
Y pese a todo el ceremonial protocolo y tradiciones generacionales, en pos de proteger el honor de las familias nobles civiles y nobles guerreras para mantener la voluntad del Dios TianRyū, su hermana va y en un parpadeo manda todo al infierno. ¡Estúpida!
Pero verdad es que, si Ranko hubiese estado legalmente comprometida con Ryoga o cualquier otro imbécil al momento de perder su virtud, las repercusiones y amonestaciones a su reputación ni siquiera serían sopesadas más allá de una retribución entre familias. Y dado el privilegio de su casta y su naturaleza de mujer, aquella falta era incluso más escandalosa; cualquier otro Emperador la hubiese mandado decapitar por deshonra a la divinidad de su linaje. Afortunadamente el viejo Ryuusuke, actual Emperador del Imperio de Oriente, era más benevolente en el cobro de la justicia, aunque no por eso menos firme. Sólo esperaba que los concejales imperiales no terminaran exigiéndole al Emperador una purga encarecidamente cruel o humillante por tal acto de libertinaje. Porque dejando de lado que Ranma resarciese el honor de Ranko y la familia, ya fuese pactando el matrimonio o venciendo en el duelo, por ley su hermana debía ser castigada.
¡Por el Dios Dragón! Ranko la había liado en grande.
—¡Entonces no puedes prohibirme que diga groserías!
Aunque la muy desvergonzada se escuchaba bastante indiferente al respecto.
—¡Oh, con un demonio! ¡Sólo habré las malditas piernas y déjate examinar! ¡De igual manera ya lo hiciste una vez!, ¡tal vez más!
—¡Y no sabes cuánto disfruté cada una!
Suficiente, hora de intervenir.
Una palpable aura homicida comenzaba a emanar del patriarca.
—Siento decirlo, padre, pero estoy de acuerdo con Ranko —mencionó Ranma poniéndose al lado del hombre maduro.
—¿Qué? —cuestionó Genma anonadado, viéndolo por primera vez desde que llegó a la habitación.
—¿Cuál es el punto de someterla al heshimawhare si ella ya confesó abiertamente haber desperdiciado su virtud? —inquirió crédulo, como si desconociese la severidad de la ley impuesta sobre la mujer noble.
Sin embargo, a pesar que su objetivo era aminorar las intensiones hostiles entre ambos contrincantes, Ranma no pudo evitar hacer puya de la soberana metida de pata de su hermana. Si iba a obligar a Ryoga a casarse con ella, con todo el esfuerzo y gasto de energía que ello conllevaría, o batirse en una pelea a muerte por resarcir el buen nombre de Ranko y el resto de la casa, además de interceder por ella frente al Emperador y sus concejales, como mínimo exigía el pago de divertirse a su costa.
Inmediatamente la susodicha entendió sus intenciones, y se lo hizo saber.
—¡Si vas a insultarme no me ayudes! —Se quejó tras la puerta.
—Debo recordarte, hijo, que independientemente de su afirmación, es exigido que dicho rito sea realizado. ¡Porque sucede que nadie confía en la palabra de una ramera! —bramó fuera de sí el patriarca, regresando su atención hacia la puerta.
Ha este punto de la discusión, Ranma entendió que más que desear comprobar la veracidad de la virtud mancillada de su hija, como exigía el protocolo, Genma únicamente quería avergonzarla y torturar su altivo orgullo.
—¡Ese no es problema mío!
—¡Oh!, ¡hija de…!
—Quisiera hablar con ella a solas, padre —intercedió Ranma, deteniendo la nueva rabieta del hombre.
—¿Crees que puedas lograr algo? —inquirió escéptico, dedicándole fugazmente una mirada seria para de inmediato volver su rostro hacia la puerta y gritar—: ¡Porque no es capaz ni de respetar a su propio padre!
—¡Púdrete!
Genma apretó los labios como si quisiera desaparecerlos de su cara, claramente conteniendo el sinfín de groserías que pujaban por salir de su garganta. Miró con infinito desprecio la ancha puerta de roble que lo separaba de la mujercilla sinvergüenza que tenía la desgracia de llamar hija y con un encolerizado bramido de frustración giró sobre sus talones, dando por terminada la disputa.
—Haz lo que quieras —refunfuñó antes de alejarse por el pasillo.
—¿Ya se fue? —preguntó Ranko una vez el padre se alejó lo suficiente.
—Sí.
—¡Agh! ¡Tú padre ha perdido la cordura! ¡Quiere someterme innecesariamente al heshimawhare!
—Hasta donde recuerdo también es tu padre.
—¡Oh!, no me lo menciones —refunfuñó.
—¿Y bien? —preguntó con voz serena mientras apoyaba la espalda sobre la puerta y se cruzaba de brazos.
—Y bien ¿qué?
—¿Vas a dejarme entrar?
—No.
Ranma esbozó una media sonrisa y prefirió otorgarle la pequeña victoria de resguardarse tras la dura barrera de roble.
—¿Por qué no te sometes al heshimawhare?
—Ya he dado mi palabra sobre la condición de mi virtud ante medio Imperio. No veo necesario realizar tal práctica tan humillante.
—Tal vez no lo hayas notado, pero padre tiene un punto, por mucho que lo afirmes pocos confiaran en la palabra de una mujer que se ha ventilado a sí misma como una fémina ligera de cascos. Se escandalizarán, sí. Pero una vez pasada la sorpresa, los que aún conserven un poco de cordura, pedirán pruebas. Incluso apuesto que algunos alegarán que tu "pequeño" desliz carnal es debido a que has sobrepasado las edad casamentera; quizá lo vean comprensible pero no menos censurable y sancionable.
A sus veintiocho inviernos, Ranko había rebasado por mucho la edad óptima para contraer matrimonio y engendrar herederos. Pero los motivos de tal situación competían a otra tesitura.
—Pues deberían creerme, es la palabra de una dama.
—Una dama, hermanita, es lo que precisamente ya no eres.
—Pues que confíen en mi honor de ramera.
—Una ramera no tiene honor, por eso es una ramera.
—Cualquier ser humano, sea cual fuere su condición y circunstancias, puede llegar a tener un poco de honor. Y lo sabes.
Ranma reprimió el latigazo de orgullo que aquellas palabras le provocaron, no era el momento para discutir de moralidades y los alcances ideológicos de ésta. Sin embargo, el azabache estaba seguro que su hermana sería una gobernadora justa y benévola de su hogar.
—No es a mí al que tienes que convencer hermanita —se lamentó—, si padre no te obliga a realizar el heshimawhare, será a mi a quien presionen para forzarte a hacerlo. Hubo bastantes oídos presentes durante tu confesión, y debido a eso no podremos actuar tan discretamente como me hubiese gustado. Este lío ya no sólo nos implica a nosotros y el clan Hibiki, seguramente muchos de los espectadores le informarán al Emperador y exigirán que seas castigada independiente si concretase el matrimonio o recupero tu honor. No somos una familia guerrera cualquiera, Ranko, y eso, aunque con sus beneficios, también conlleva responsabilidades y consecuencias. En los tiempos en que vivimos ya no es suficiente el apelar a la divinidad de nuestro linaje, a la gente ya no le basta. Ellos esperan que guardemos y enaltezcamos la sagrada voluntad de TianRyū, para guiarlos y servir de ejemplo. Muchos ojos nos observan todos los días, y si erramos seremos juzgados con la severidad que nuestro honor, del cual alardeamos enorgullecidos, amerite para ser resarcido.
—¡No me someteré al heshimawhare! Si he dicho que le he dado mi virtud a Ryoga, ¡es porque así ha sido! ¡Ahora sólo oblígalo a casarse conmigo!
—¡Oh, mujer terca! —gritó súbitamente exasperado, volviéndose para golpear la barrera de madera. Razonar elocuentemente con su hermana era una maldita pérdida de tiempo—. ¡Tarde o temprano deberás realizarte el heshimawhare!
—¡No!
—¡¿Por qué te niegas tanto?! ¡Aunque te cases con Ryoga tendrás que pasar por ello! —enfatizó frustrado—. A menos que… —Y de pronto una fugaz revelación cruzó por su mente—. ¡Mentiste! —chilló histérico.
A Ranma se le fue el corazón a los pies.
—¡Mentiste descaradamente!, ¡y ante todos los Señores! —El silencio que sostuvo su melliza no hizo más que confirmarle aquella premisa, y aprovechando el mutismo liberó sus nuevas preocupaciones.
—¡¿Es que estás pirada?! —recriminó ansioso—. ¡Injuriaste falsamente el honor de Ryoga! ¡Por TianRyū! —exclamó atizándose el rostro con ambas manos—. ¡¿Quieres que Hibiki me mate?!
—Ryoga no te matará.
—¡Puede exigir mi vida como reclamo del honor! ¡Y a ti te azotarán en público! —Ranma comenzó a caminar de un lado a otro frente al umbral de la puerta.
¡Por todo lo sagrado! Si Ranko había calumniado la honra de Ryoga, el castigo por ello llegaría a ser bastante severo. Incluso podría ser denigrada a pasar su vida como una concubina esterilizada. Mucho dependía de lo que Ryoga demandara como compensación, a quien por cierto él se había encargado de golpear hasta la inconsciencia, y que tan dispuesto estuviese a interceder por ella contra los decretos de la ley.
—No te preocupes, eso no pasará.
—¡¿Qué no me preocupe?! ¿Eres idiota? —preguntó anonadado por la despreocupada postura de la pelirroja, deteniendo su andar bruscamente.
—Ryoga me ama, no permitirá que nada malo me pase —declamó con suficiencia.
—¡Ryoga no te ama! —gritó rabioso.
—¡Tú qué puedes saber! —chilló.
—¡Abre la maldita puerta, voy a matarte yo mismo! —ordenó azotando la superficie de roble con claras intenciones de derribarla.
—¡Basta!, ¡vas a tirar la puerta!
—¡Esa es mi intención, maldita sea!
—Hijos míos, podrían por favor dejar de pelear. —La voz serena, pero firme, de Nodoka Saotome, le hizo detener un macizo puñetazo a medio camino de alcanzar su víctima.
Ranma giró el torso para mirar a su madre, y grande fue su sorpresa al encontrar junto a ella, a nadie menos que, al coronel de Ryugenzawa. Se aclaró la garganta súbitamente avergonzado y les encaró completamente.
—Tu hija nos metió en un problema bastante grande esta vez —murmuró recomponiendo su postura, al tiempo que señalaba con el pulgar izquierdo la puerta tras él.
—No dudo de que así sea —habló tranquila a pesar de la circunstancias.
—¡Él es un insensible, mamá! —gimoteó lastimosa.
—¡Cállate!, ¡tú eres una inconsciente! —arremetió contra la puerta.
—Yo me encargaré de esto, cariño —externó Nodoka mientras se acercaba a él para tomarlo por la mejilla, obligándolo a prestarle atención.
Ranma se dejó hacer y miró a su madre con un puchero que reflejaba preocupación.
—Tu responsabilidad más inmediata es cumplir con la palabra que le juraste a Rouge —recalcó.
En efecto, antes de llegar a donde su hermana, Taro le obligó a acudir nuevamente a los aposentos de Rouge y jurarle, por la respetabilidad de su linaje, que se encargaría de entregarle las preparaciones dignas para su boda.
Ciertamente aquel día se habían hecho muchos juramentos.
—Mi Señor… —Arashi llevó el puño derecho hacia su pecho y se arrodilló sobre la pierna del mismo lado, en una reverencia impecable, pidiendo su permiso para hablar.
Y por absurdo que resultase, a pesar de ser él quien siempre le recordaba al muchacho que nunca olvidara su lugar, aquella muestra de respeto la saboreó más amarga de lo usual.
Gruñó ante el pensamiento.
—Eres un coronel, ¡por el Dios Dragón! —refunfuñó—. Levántate muchacho, no hay necesidad de formalidades.
Arashi irguió su postura y lo observó con un matiz distinto en su mirada. El fulgor altivo de su orgullo aún se ventilaba por sus pupilas, pero le pareció más amable… dulcificado incluso. Y deseó saber por qué, o quizás ya estaba al borde de la alucinación con todos los malditos problemas en que su hermana lo había metido hasta el cuello.
—Mi Señor, vengo a hacerle una petición de extrema urgencia.
«¡Bingo!, necesitaba de su ayuda», se respondió a sí mismo con sarcasmo. Debía de admitir que al hombre se le daba bastante bien crear, a su alrededor, la perfecta atmósfera para realizar una demanda.
Y entonces una segunda revelación azotó su cabeza cual veloz relámpago: jamás le había pedido su ayuda.
Esto era terreno desconocido.
Ranma quedó con la mente en blanco.
—¿Mi seño…?
—¿Eres Arashi? —La voz de Ranko volvió a escabullirse entre la densa barrera de roble.
—El coronel Arashi, en efecto, está con nosotros, hija —contestó Nodoka.
—¿Entonces se sonrojó? —La pelirroja escupió aquella pregunta con más satisfacción que sorpresa, además de ser malditamente impertinente.
—En otro momento, hermanita. —Se apresuró a responder antes que a su melliza se le soltara más la lengua.
—¡Ja!, ¡sabía que no ibas a perder la oportunidad de comprobarlo tu mismo! —presumió.
—¡Cállate!
—¡Cállame!
—¡Niños! —Les reprendió la matriarca como si estuviese tratando con infantes. Aunque verdad era que, a su adulta edad, seguían comportándose así cuando estaban juntos—. ¿Puedes creer que realmente ellos sean un gran Shoyū y una dama noble casadera? —cuestionó hacia Arashi con diversión, señalándolo a él y a la puerta en el orden de su mención.
Arashi giró el rostro en dirección de la mujer madura, dibujando una pequeña y disimulada sonrisa ante aquella pregunta.
—Lo creo, mi Señora —respondió con cortesía.
—¿Qué te ocurrió? —preguntó Ranma al visualizar una herida recta y fresca detrás de la oreja izquierda del coronel, casi llegando al cuello. Si no fuese por el leve movimiento que el hombre realizó para prestarle atención a su madre, el ojiazul hubiese sido incapaz de notar aquel detalle.
Sin amedrentarse por la presencia que los contemplaba, el Shoyū de Nerima aventuró sus dedos medio e índice hacia la pálida piel enrojecida por el daño. Se sentía suave e inusualmente caliente, seguramente la zona se inflamaría. El toque no fue rudo ni demandante, sino gentil y evaluativo, cuidadoso de no invadir el área lacerada. Para sorpresa del azabache, el hombre de ojos caoba se dejó hacer, y no le torció el brazo tras la espalda como hacía muchas lunas atrás, en el castillo de Ryugenzawa, le humillase. Casi pudo palpar el latido acelerado de sus venas. Y se le antojó exquisito.
Ranma tragó saliva con dificultad.
—¿M-mi Señor?
El timbre confundido de Arashi le hizo volver del ligero sopor y retiró su toque.
—Dime —respondió con voz ronca, aclarándose la garganta al instante.
—¿Será posible que hablemos mientras nos dirigimos al patio de armas? Para no molestar a mis Señoras con mundanos temas de soldados.
—¿Cómo está Ryoga?
La devota preocupación de su hermana hacia ese imbécil le caía como una patada en las pelotas.
—¡Ranko! —censuró fastidiado.
—Bien, mi Señora —contestó conciliador, mirando la puerta—, le he enviado compañía para que lo cuide —finiquitó con una sonrisa zalamera que Ranko no pude ver.
Sin embargo, Ranma contempló su burla, y eso le pico la curiosidad.
—¡Al menos alguien aquí se preocupa! —mencionó acusadora.
Ranma prefirió ignorar las incitaciones de la pelirroja antes terminar por derribar la puerta.
—¿Podrás encargarte de esto, madre? —El ojiazul se acercó a la mujer y tomó los finos dedos entre sus toscas manos.
—Pan comido, cariño —aseguró presumiendo una sonrisa encantadora e igualmente contagiosa.
—Entonces, me disculpo. —El Shoyū de Nerima levantó hacia su barbilla las delicadas manos que sostenía y les regaló un beso. Una vez la dejó libres, dirigió su atención hacia Arashi—. Andando muchacho.
.
.
—Habla —urgió el ojiazul una vez comenzaron a bajar las escaleras.
—Quisiera que me permitiera tomar diez de sus hombres para salir del casti…
—Sobre la herida, Arashi—interrumpió.
—Oh… —El hombre de ojos caoba carraspeó ligeramente—. Bueno, como sabe, el Señor Ryoga está confinado al calabozo, y su coronel, Yamadera Daisuke, aún no llega a la provincia. Los lugartenientes y sargentos fueron ordenados de quedarse en las provincias de sus Señores para protegerlas con el resto de los guerreros. Así que la única autoridad de los hombres de Hibiki es, precisamente, su Señor.
—En efecto, muchacho —confirmó—. Y sigo sin estar enterado del motivo de esa herida.
—No existía razón válida para que los hombres de Ryoga me obedeciesen sin que su Señor así lo autorizara. Son guerreros bastante fieles y están molestos por el trato recibido hacia su Señor —Arashi detuvo su relato y soltó una risilla ahogada.
—Deja de darle vueltas al asunto, hombre —demandó deteniendo sus pasos, girando para enfrentarlo. Aunque ha este punto de la conversación ya se imaginaba lo que había sucedido, seguía deseando escucharlo de sus labios.
Era de esperarse que los hombres de Ryoga se negarán a cumplir cualquier mandato que no fuese pronunciado por la boca de su Señor. Para poder servir a un Shoyū, cada hombre hacía un juramento de lealtad, de servir y honrar al Imperio a través y en nombre de su Señor, obedeciéndolo únicamente a él o sus autoridades delegadas, ya fuese el coronel, el lugarteniente y el sargento del Shoyū al que sirviesen. Incluso si otro Señor contase con la plena confianza del Shoyū, podrían acatar sus mandatos sin necesidad de oposición.
—Los hombres de mi Señor Taro aceptaron escucharme porque muchos de ellos atestiguaron cómo el Shoyū de Furumoto defendió el nombre del coronel de Ryugenzawa frente al Señor de la Tierras de Nerima. —Mientras explicaba los motivos, la voz de Arashi comenzó a perder su volumen al momento de hacer alusión a los desafortunados hechos ocurridos durante el banquete, de igual manera evitaba sus ojos.
—¿Y los hombres de Ryoga? —preguntó ansioso. Prefirió no discutir el tema sobre aquel bochornoso episodio en el salón comensal, ciertamente sus motivaciones permanecían confusas, y ya no lamentaba del todo haber hecho lo que hizo.
—Digamos que uno de ellos estaba particularmente molesto y renuente a prestarme su atención —habló risueño, y finalmente lo enfrentó a los ojos.
—¿Y qué pasó? —El Señor de Nerima se cruzó de brazos, y algo parecido a la chispeante diversión comenzó a conquistar su humor.
—Lo usual, mi Señor. —Se encogió de hombros—. Tuve que enseñarle cómo respetar a su superior.
Ranma sonrío mostrando todos sus dientes.
—He de suponer que aprendió la lección —afirmó con beneplácito, posando las manos en su cintura.
El ojiazul conocía muy bien la habilidad del muchacho enclenque en batalla, ninguno de sus hombres podía presumir el ser capaces de detener una flecha, en pleno vuelo, con las manos. El coronel de Ryugenzawa tenía un estilo bastante fluido y letal en la lucha cuerpo a cuerpo y el uso de las armas. Prefería desgastar a sus enemigos antes que a sus propias fuerzas, y generalmente usaba la diferencia de fortaleza física en contra de su oponente. Lo que le faltaba en musculatura y fuerza bruta lo compensaba con astucia y asertividad en sus ataques.
Sintió lástima por el desdichado zángano que osó enfrentarse a un guerrero tan hábil como él, y verdaderamente lamentó no haber estado presente en la humillación.
—Le he mandado con su Señor a que meditara sobre su comportamiento. A los niños malos no hay que disciplinarlos sólo con escaramuzas, también deben de hallar la sabiduría en su castigo. —Arashi le devolvió una sonrisa satisfecha, y el Señor de Nerima registró aquello como la imagen más adorable que hubiese contemplado nunca. Hasta esa mirada indómita y severa se volvió juguetona y traviesa.
Un extraño sentimiento de orgullo comenzó a emerger de las vísceras de Ranma.
—¿Lo encerraste en el calabozo? —inquirió con falso asombro.
—Uno de los amables hombres de mi Señor Taro sugirió que tal vez, el Señor Ryoga, necesitase algo de buena charla mientras se resuelve todo el malentendido. Yo sólo hice los honores. Con permiso de mi Señor Taro, por supuesto.
Ranma ahogó una carcajada, esos bastardos hombres de Taro tenían un humor bastante retorcido. Igual que su Señor.
—¿Taro estaba ahí?
«¡Idiota afortunado!», pensó envidioso.
—Llegó al final de la diversión. Demandó que tanto sus hombres como los del Señor Ryoga acatasen mis indicaciones.
—Es lo justo —concordó.
—En cuanto a mi petición…
—Sin embargo —interrumpió alzando una mano como señal para que se detuviera—, aún no me has respondido el por qué estás herido.
—Es una consecuencia del oficio, mi Señor. En una pelea siempre se corre el riesgo de sufrir algún daño. Además, sólo es una herida superficial.
—Cuando te enfrentas con alguien de tu mismo nivel e incluso mayor, es un resultado probable, lo admito. Pero yo, muchacho, te he visto luchar. Y un soldado de asalto no está a la altura de un coronel.
Quizá fuese su imaginación, pero Ranma vislumbró algo parecido al asombro, en el rostro de Arashi, una vez que hubo terminado de expresar sus palabras.
—No quería que el hombre se viese humillado. No mucho, por lo menos —respondió tajante, pero conservando la ligereza de sus ánimos.
—Te dejaste hacer —acusó.
—Su Señor ha sido encerrado en dominios ajenos, y tanto su coronel como su lugarteniente y sargento están ausentes. No hubiese sido muy favorecedor, a su orgullo como guerreros, que derrotara a uno de ellos al momento que desenfundó la espada.
—Hubiese sido mejor que te temieran —meditó.
—No necesitaba su miedo, mi Señor, sino su obediencia.
—La obediencia puede ganarse con miedo, muchacho.
—Una obediencia desleal y lista para apuñalarte por la espalda. Además, mi Señor Shinnosuke no es alguien que busque respeto a través del terror. Y yo obro en su nombre.
Tras el discurso hubo un breve lapso de silencio. Ambos hombres mantuvieron una guerrilla silenciosa de voluntades, cuya arma se limitaban al candor de sus ojos. El azul ensombrecido de la noche contra el caoba encendido por las brazas.
Ranma emitió el bufido gutural de una risas desganada y desvío los ojos. Rompiendo astutamente el hechizo de esa mirada de ardor líquido que le tentaba a quemarse en ella.
Cuando el recuerdo de haber tenido acorralado al hombrecillo tiró fugazmente de su libido, el azabache se decantó por dejarle ganar aquella puya antes que tuviese que salir al patio de armas presumiendo una erección. Serían memorias muy difíciles de olvidar, sin mencionar que tampoco deseaba hacerlo.
—Eres un muchacho listo, ¿eh? —dijo en cambio, despabilado las indecentes ideas.
—Eso me han dicho —contestó dirigiendo la atención hacia sus pies, ocultando el leve sonrojo de sus mejillas.
Pero igualmente Ranma lo notó.
—¿Y cual es la naturaleza de tú petición? —Al ojiazul le pareció que proceder con los asuntos de la boda era lo más seguro… por ahora.
—Necesito diez de sus hombres para salir del castillo hacia las aldeas cercanas. Me llevaré treinta soldados en total, diez de cada uno de los Señores amigos cercanos del Señor Taro: Saotome, Hibiki y por supuesto Hiiragi.
—Únicos amigos querrás decir —refunfuñó torciendo los labios.
Arashi se aclaró la garganta, omitiendo sus opiniones, y prosiguió.
—Los guardias de los nobles y el resto de los hombres se encargarán de reparar los destrozos y probablemente de construir un altar en los jardines centrales del castillo. Los sirvientes quedarán a cargo de la comida y las decoraciones, sin embargo, necesitamos traer suministros.
A pesar de toda la cascada de importante información que el coronel de Ryugenzawa le estaba comunicando, a Ranma le llamó particularmente la atención un pequeño detalle.
—¿Un altar? —cuestionó curioso.
—Fue idea de mi Señora Nodoka, afirma que sería una sorpresa bastante romántica.
—¿Cuándo hablaste con mi madre?
—Me topé con ella cuando iba en su búsqueda, mi Señor. Le pareció prudente que yo supiera de sus deseos mientras me guiaba hacia donde usted.
«A puesto que sí», habló internamente para sí mismo.
—Tiene una manera muy astuta de imponer su autoridad. Siempre son sugerencias, pero cualquier ser humano con cabeza sabe por instinto que la desobediencia no es opción. —Ranma sonrío ante la verdad. Los único seres inconscientes que se atrevían a contradecirla eran él y su padre. Más su padre en realidad.
—Es una mujer impresionante —admitió sincero.
Fue un sentimiento muy agradable saber que el segundo dirigente del ejército de Ryugenzawa admiraba a su madre tan abiertamente. Tal vez por eso le pareció inofensivo bromear con el hombrecillo.
—Yo también lo soy, ¿sabes? —comentó jactancioso—. Deberías prestarme más atención, muchacho —finiquitó guiñándole un ojo.
Arashi lo contempló con un gesto estoico por un momento, después sus labios se extendieron en una media sonrisa y asintió, no sin antes presumir ese tentador sonrojo en sus delicadas mejillas.
—Lo tendré en cuenta, mi Señor —prometió.
Ranma se percató que aquella era la primera conversación que mantenían sin comentarios sarcásticos e hirientes o astutamente disimulados de menosprecio y burla, o monosílabos tajantes y despectivos; era la primera vez que hablaban como personas civilizadas, fuera de enojos, resentimientos y gruñidos.
Aunque todavía le molestaba todo aquello que le escondía sobre Shinnosuke y esa íntima manera de comportarse con él, aunado a todas las memorias amargas que compartían, sin olvidar el escandaloso espectáculo que presenció en la alcoba de Shinnosuke no hacía mucho tiempo, el azabache comprobó que podían llegar a tolerarse lo suficiente para bromear. Lo suficiente para atenuar esa extraña aprensión que sentía hacia el guerrero de ojos caoba cuando le veía amistosamente con otros y le incitaba a molestarlo. Lo suficiente para que Arashi ya no le repudiara como antes.
¡Por TianRyū!, aquellos eran senderos desconocidos.
¿Qué fue lo que había cambiado?
—Entonces… —La voz de Arashi interrumpió sus cavilaciones.
—Entonces ¿qué? —habló aturdido.
—Sus hombres, mi Señor.
—Los tienes por supuesto —aseguró—, pero antes acompáñame —ordenó al tiempo que reanudaba su andar por las escaleras.
—¿A dónde? —preguntó tras él.
—Voy curarte esa herida, muchacho. No voy a permitir que el coronel de Ryugenzawa coja una fiebre antes de cumplir con su palabra.
Sin esperar respuesta, y con una fascinación que no experimentaba desde que era un crío, Ranma Saotome dirigió sus pasos hacia su habitación.
Curiosidades
1.-Tsujitani Hiroshi es el coronel de Ranma; su apellido proviene de KOJI TSUJITANI seiyū de Daisuke en el anime. Él y el coronel de Ryoga se conocen desde pequeños, mucho antes de cruzar sus caminos con los infantes Ryoga y Ranma. Hiroshi y Daisuke juraron servir a sus Señores desde la infancia cuando sin saberlo se liaron a golpes con los pequeños herederos y les dieron una buena paliza. Como honorables furutos Señores de sus tierras, Ranma y Ryoga admitieron su derrota y les pidieron ser sus guerreros como compensación de su falta y así evitar que los azotaran. Son muy buenos amigos desde entonces, y no dudan en decirle la verdad a sus Señores aunque ésta lastime su orgullo, cosa que tanto Ranma como Ryoga valoran inmensamente, a pesar de terminar liándose a golpes con sus Señores cuando a estos les arraiga la tozudez.
2.-Yamadera Daisuke, es el coronel de Ryoga... pero ya no recuerdo por qué escogí tal apellido. Lo siento, tiendo a ser olvidadiza. (Dori, me llaman)
3.- La ceremonia de asención en dónde Shinnosuke es nombrado oficialmente el Señor de sus tierras, es algo parecido a una coronción pero sin corona, je. Aliados y personas muy importantes acúden a ella, para fungir como testigos, y el futuro gobernante dice sus juramentos hacia el Emperador y su pueblo.
4.-Cenit: Punto más alto de la elevación del Sol sobre el hoizonte.
5.-Otu aka: Palabras que significan mismas manos o unión de manos en el idioma Igbo, según Google. En el fic se refiere a todo un ritual para comprometer a parejas nobles con el fin de que convivan como prometidos antes de la boda oficial. Es una referencia al Handfasting, practicado por las culturas celas y escandinavas en la antiguead. Sin embargo, en la época actual la realización de este rito sigue vigente.
6.- Engi: Es algó así como una comadrona en el fic. Hace mucho tiempo leí que en la India existían mujeres que eran llamadas así, si mal no recuredo, y ellas eran las encargadas de hacer la prueba de virginidad en las futuras esposas así como asistir en los partos. Realmente ya no encontré el artículo, supongo que la fuente confiable aquí sería: "Créeme, wee"
7.-Heshimawhare: Es una palabra que inventé (no se si inventar sea el término correcto) con la unión de las palabras Heshima, que significa "honor" en suajili, y Whare, que significa "casa" en Maorí. En mucho pueblos de México, como en ciertos lugares de Oaxaca, aún se practica la realización de pruebas de virginidad antes de entregar la novia al futuro esposo. Estas pruebas reciben el nombre de "honor a la casa" en dónde a la mujer se le revisa que el himen no esté roto antes del matrimonio, de lo contrario puede ser repudiada por el esposo y su familia. Cayendo en el ostracismo social.
N/A: Mis vacaciones resultaron no ser vacaciones, y he tenido mucho trabajo en casa (y lo seguiré teniendo) así que supongo que taradré, como siempre, en actualizar nuevamente. De veras, deveritas, lo siento mucho. Pero dadas las circunstancias laborales actuales, me siento muy afortunada de conservar mi trabajo, así que estoy dispuesta a dar el docientos porciento para preservarlo. Espero puedan disculparme, y de igual manera espero que también gocen de buena salud y que sus familias estén bien.
Lamento si la historia va un poco lenta, apenas van cuatro capítulos y no he podido cambiar del mismo día en que Shinnosuke se encontró con Ranma en las tierras de Taro, y probablemente siga con dos o tres más antes de pasar al día de la boda. Pero hay tantos detalles e información que deseo plasmar de este universo alterno que quizá les resulte redundante o pesado. Mis disculpas de antemano. Además, me gustaría abarcar las historias individuales de cada personaje, o por lo menos los aspectos más importantes de su pasado que los llevaron a ser las personas que son en el presente. Y por supuesto los extraordinarios sucesos que llevaron a Akane a convertirse en el "hombre" que es y toda la historia detrás de ello, que se remonta dese antes que siquiera Soun Tendo contrayera matrimonio con la madre de Akane, desencadenando en un asesinato bien planeado. Son muchos detalles que incorporar. ¡Dios!, y se supone que sería una historia corta.
Agradecimientos especiales a:
StaAkaneFan: ¡Hola, linda! Es un gusto enorme leerte por acá también. Gracias a ti por escribirme y darte el tiempo de leer la historia. Espero que este capítulo te guste. Estaré poniéndome al día contigo.
Kris de Andromeda: ¡Crystyyyyy!, espero tu viaje estuviera de maravilla y te la pasaras de lo mejor. Muchísimas gracias por regalarme tu tiempo a pesar de gozar con la irresistible tentación de aventurarte en tu viaje. Debdo decirte que le debemos tal confrontación a la boca suelta de Ranko, ella le volvió a sembrar la espina de la curiosidad en un momento clave donde Ranma se sentía bastante perturbado en sus sentimientos hacia Arashi. De esas extrañas veces que podemos agradecer a las hermanas entrometidas.
YorokobiSaotome:¡Gracias por leer la historia!, espero este capítulo sea de tu agrado.
ZurimaruNL07: Un gusto tenerte entre los lectores de esta historia. Gracias por regalarme un poco de tu tiempo.
AkaneKagome y LumLumLove: No sé si ya se los había mencionado antes en algún mensaje privado o comentario, pero es una alegría inexplicable que ustedes hayan dedicado su tiempo en leer las historias de este espacio. Son de las primeras autoras que leí y que me hicieron adentrarme en este fandom, y adoro cada uno de sus trabajos, cada una tiene un sello particular embriagador que me enamoró de la escritura. Saben, cuando publiqué en la plataforma mi primera historia, dentro de mí guardé la vaga esperanza de que un día alguno de los autores que admiraba llegase a leer mis palabras y recibir sus opiniones. Escribir el fic fue para mi una especie de tributo a todos ustdes que me hicieron retomar el cariño por el fandom y por el valor que me dieron de aventurarme en este basto mundo del fanfic. Así que tenerlas aquí es como una especie de milagro que sigo sin poder creérmela, pero les agradezco mucho.
1Andrea11: Es un deleite descomunal leer cada uno de tus comentarios. Gracias por tanto apoyo a las historias y por plasmar tus impresiones y opiniones con tanto detalle y pasión, una pasión que es contagiosa en verdad. Siempre te leo con una sonrisa, y eso me motiva mucho, de veras. Espero aprender mucho de ti como lectora, ya que soy muy vaga al momento de dejar un comentario en las historias que sigo. Incluso el poder seguir al pendiente de los fics que me gustan con tanto esmero y regularidad como tú, es una gran enseñanza para mi. ¡Gracias! Ojalá te guste este capítulo, y ¡ya ansío leerte!
Bianka Sherlin:¡Bianka!, aquí está el nuevo capítulo. Ojalá te agrade. Siento haberte dejado con la incertidumbre, sé cómo se siente quedarte ansiosa por leer la contunuación de una historia. Muchas gracias por apoyar y difundir mi trabajo en Facebook. Te leo.
Llek BM: ¡Morí de risa con tu comentario sobre el Señor de Nerima! ¡Amor de machos!, jajajajaja. ¿Qué terminará pasando ahora que lo lleva a su habitación? Sabes que siempre es una gran alegría leerte después de todo este tiempo en el que me regalas tu atención. Ciertamente yo también hubiese tamblado si alguien como Ranma me arrinconara contra una pared, auque tampoco me quejaría, jujuju. Aún falta mucho para un beso, pero la tensión ahí estará... espero. ¡Ya quiero leer tus impresiones del capitulo!
livamesauribe: Muchas gracias por darte el tiempo de dejar un comentario en esta historia. Espero que te guste este capítulo. Aún falta un tiempo para que Ranma y Akane lleguen a besarse, pero espero que el desarrollo de la historia te mantenga entretenida. ¡Saludos!
Andre Palomo: ¡Muchas gracias por tus motivadores comentarios! Me alegra ser capaz de transmitirte las ideas e intenciones de la historia y que no te resulte muy confuso. Muy regularmente me da la impresión de que escribo cosas de más. Ojalá que no sea muy abrumadora toda la intensidad pasional de este Ranma, pero siempre me ha parecido que tanto él como Akane son muy pasionales, o emocionales sería mejro decir. Así que en este universo quise potenciarlo aún más, espero no salirme mucho de la escencia de los personajes. Gracias por estar al pendiente de la historia. Quedo al pendiente de tu opinión.
kariiim: ¡Ya está le capítulo! Ojalá te guste, gracias por acompañar los primeros pasos de esta historia. ¡Un abrazo!
SARITANIMELOVE: ¡Es una alegría seguir leyéndote!, te espero con ansias. Gracias por todo este tiempo de tu apoyo, lo aprecio sinceramente.
TatyGuerrero: ¡Dios!, tu comentario me sacó una buena carcajada enorme. El "¡con un demonio!" me lo imaginé gritado a todo pulmon mientras azotabas el suelo con un pie. No sé, me dio esa inmpresión. Ranma verdaderamnte no le hace al yaoi, pero creo que él piensa que sí, y por eso se siente frustrado por sentir atracción hacia un hombre (que en realidad no es hombre, pero él no lo sabe). Pero ya veremos si se rinde a ese sentimiento a pesar de que sea un "hombre" el que le guste o no. Quedo pendinte de tu opinión. ¡Un enorme abrazo!
Mina Ain0: ¡Mina!, muchas gracias por dejarme tus impresiones en el review. Esperemos que Ranma se olvide de todas imposiciónes y estándares sociales y que se decida a darle una aportunidad al "hombre" que lo trae bastante embobado. ¡Saludos!
Belldandi17: Creo que Ranma todavía no logra entener el motivo de sus rabietas. Quizá solo quiera su atención o sea la frustración por desear esa atención de alguien que también es "hombre". Esperemos que pronto llegue a aclararse. ¡Gracias por seguir la historia!
JHO: Gracias por tus palabras. Creo que Ranma se enamoró de escencia, más que de su físico, aunque la cara bonita del "muchacho" también le dejó impresionado. Lamentablemnte los estatutos sociales de la época, para alguien de su posición, le hacen pensar que aquello que siente es una aberración y por eso se muestra tan apático al interactuar con Arashi. Sin embargo, dada su naturaleza curiosa y pasional supongo que intentará aclarar sus dudas y temores. Espero te gute el desarrollo de la historia. Te leo con ansias.
SaV21: Ranma no es gay, pero muy en el fondo cree que por Arashi podría llegar a serlo. Akane no es un hombre por naturaleza, sino por juramento.
Luz Aurea Pliego Romero: ¡Luz!, me alegra tenerte entre los lectores. Gracias por prestarme un poco de tu tiempo al leer la historia. Ojalá te guste este capítulo y estaré emocionada por saber tu opinión. ¡Un gran saludo!
Gracias también a todas aquella almas anónimas que vagan por este espacio.
Buena vida.
ºPenBaguº
