Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.
"Con la boca besa cualquiera. Por eso hay que besar con el cuerpo y el hambre. Hay que besar como para que te quede una marca en los labios y en el alma".
-Brando. Pensmientos de Luc.
Mind of Brando
《6》
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Había llegado a este mundo de una manera tan sigilosa y fortuita que el sentimiento de preocupación sobrepasaba cualquier destello de inesperada felicidad en el corazón de la madre.
Arribó a esta vida tendida entre la manta áspera de las plantas silvestres que se habían infiltrado en la periferia del jardín central del castillo.
Salió del vientre de su progenitora sin mostrarse con antelación… sin avisar. Como el preludio antes del caos.
—¡Le informaré a Genma y Nodoka!, ¡enloquecerán por la noticia! —declaró un asombrado y eufórico Señor de Fukuoka.
—¡No! —Naoko Tendo, madre de la recién nacida y esposa de Soun Tendo, Señor de Fukuoka, detuvo a su marido con férrea obstinación.
—Pero mi vida, ¡¿por qué?! Entiendo que esto fue completamente inesperado. ¡Pero es un milagro, cariño! ¡Un milagro que TianRyū nos ha regalado! Y como tal debe ser celebrado —exclamó besando con devoción la mano que anteriormente lo frenara en sus intenciones.
—Esposo mío, no quiero que nadie lo sepa. No todavía —suplicó, soltándose del agarre de su marido para arropar al bebé.
La mujer recién había despertado del sueño profundo que le subyugó tras la labor de parto e inmediatamente había rogado por tener en brazos a la niña.
—¡Al menos permíteme compartir esta alegría con Genma!, y tú podrás hacerlo con Nodoka —insistió.
—¡Tú sólo estás pensando en esta alocada promesa producto de una ridícula apuesta! —reprochó la mujer en un puchero.
Si alguien le hubiese preguntado a Soun Tendo que era los más hermoso que jamás hubiese visto, con seguridad respondería que eran las mejillas sonrosadas de su mujer cuando se enojaba. Ventilaban un cariz más intenso que el sonrojo de la vergüenza y más brillante que el provocado por el ardor de la pasión. Lucía mortalmente encantadora.
—Pero mi cielo, ¿no te complace saber que nuestra pequeña hija quedará comprometida con el heredero de los Saotome? ¿Qué mejor futuro que el estar bajo la protección de un Gran Señor como en el que se convertirá él? ¡Además!, ¿cómo hubiese sabido yo que en efecto tendríamos una niña por tercera vez? Realmente juraba que la próxima saldría varón. ¡Es más!, ¡ni siquiera sabíamos que estábamos encinta!
El alumbramiento de la tercera hija de los Tendo los tomó a todos desprevenidos. Esa tranquila mañana, la mujer del Señor de Fukuoka atendía el recoveco descuidado, en la periferia del jardín, cuando de súbito entró en labor. Sin embargo, no hubo ningún cambio en el cuerpo de la fémina que advirtiera tal condición, no figuraron cambios de humor ni malestares, como hubiese sufrido en sus embarazos anteriores; ni siquiera el vientre abultado tan característico del estado de preñez se expresó en la figura de la mujer. Nada, absolutamente nada, los preparó para tan milagroso suceso. Para cuando los sirvientes llegaron al auxilio de su Señora, la criatura se avecinaba fuera de su madre, y no les quedó más que ayudarla a terminar de parir en la intemperie. La pequeña nueva vida llegó a esté mundo sostenida por los hierbajos de la flor de akane que también habían germinado a escondidas de la dueña del jardín; entre el verde salvaje y el rojo sangre, la criatura se anunció con su primer llanto.
Gracias al aviso de uno de los sirvientes, Soun llegó a la escena del parto justo antes de que su esposa cayera rendida de cansancio; atónito y consternado, cargó a su mujer con la delicadeza de un eterno hombre enamorado: uno de sus tesoros más preciado yacía dormida en sus brazos tras, milagrosamente, regalarle la dicha de ser padre por tercera vez.
—Es un honor para mí que una hija mía se empariente con el heredero de Sotome. Y sé que Nodoka la atesorará como a su propia descendencia. Pero no me gusta las motivaciones que propiciaron esta unión. —Se quejó.
—¡Cariño, ya tendremos tiempo de volverlos cercanos! Le pediremos aprobación al Emperador —consoló. Soun extendió los ojos con sorpresa y cayó en cuenta de un detalle importante—. ¡Es verdad!, ¡tenemos que informarle al viejo Ryuusuke!
—¡No, esposo! ¡No! y ¡no! —persistió.
—Naoko, no puedes ocultar algo como esto. Los sirvientes murmurarán y tarde o temprano la noticia sobrepasará los muros de este castillo.
—Entonces más vale que sea tarde, hablaremos con los sirvientes y les haremos jurar silencio. Nadie fuera de este castillo debe saber de la existencia de esta niña. Ni siquiera el Emperador —sentenció.
—Pero ¡¿por qué?! —cuestionó escandalizado, tomando lugar junto al cuerpo reposado de su esposa.
Naoko suspiró apesadumbrada, lamentándose por la alegría de su marido. El hombre estaba cegado de dicha, y a ella le encantaba en verdad, pero… más allá de aquel regalo divino, probablemente se escondía un futuro dolorosamente incierto.
La mujer observó a su hija, y una lágrima escapó de sus ojos.
—Cariño, esta niña creció escondida en mi vientre. Oculta, Soun… oculta de su propia madre.
—Mi amor, esto es un milag…
—¡Escúchame, esposo! —interrumpió elevando la voz—. Siento como si ella hubiese escogido un destino muy cruel, Soun —habló con voz rota—. Tanto que ni siquiera me regaló el dulce recuerdo de vivir su espera. —Llevó la atención hacia su esposo—. ¿Por qué, cariño?, ¿por qué no me permitió adorarle mientras estaba en mi vientre? —Sin ganas de contener el llanto, la mujer escondió su rostro entre la manta que abrigaba al pequeño cuerpo y sollozó.
—Naoko… —murmuró—. Cielo, mírame. —imploró inclinando el torso hacia su mujer, tomando el fino rostro entre sus manos callosas, con la ternura que sólo ella conocía del adusto guerrero—. Nada malo le sucederá. A nadie. Yo las protegeré. A ti, a Kasumi, a Nabiki y a esta pequeña. Por el honor de mi linaje y todo lo que ello confiere, así será. Lo juro.
La mujer encontró ligero consuelo en la cálida aspereza que abrigaba sus mejillas. Con los ojos cerrados se permitió ser acariciada mientras recobraba la compostura; Naoko confiaba ciegamente en las habilidades de su esposo como guerrero y fiel protector de su familia, confiaba en su palabra de hombre, padre, caballero y señor, y en el amor que profesaba por ella y su descendencia. Sin embargo…
—Por favor, no permitas que nadie más sepa de la llegada al mundo de esta niña. No todavía. Por favor, Soun… por favor. Tengo un mal presentimiento —persistió en súplica.
El hombre moreno y de largo cabello ónix lanzó un suspiro cargado de pesar, y se inclinó aún más para que su frente tocase la de su esposa.
—TianRyū sabe que en el instante en que tus ojos de claro cielo se encontraron con los míos, juré que haría cualquier cosa por complacerte si me daba la fortuna de volverte mía —confesó—. Quizá me sea más fácil callarlo por tiempo indefinido a nuestros allegados, pero es mi deber rendirle cuentas al Emperador, no puedo deslindarme de mis obligaciones.
—No descuidarás tus responsabilidades, esposo. Cumplirás con el deber de anunciar a la tercera heredera del linaje divino de Tendo, a su debido tiempo.
—Aplazar la noticia puede tomarse como un acto desleal. Incluso ser visto como alta traición.
—No para nosotros, Soun. Lo sabes.
Soun Tendo era consciente que su esposa tenía, razón. Siendo ellos parte de la nobleza, y él el cabecilla y heredero directo de una de las siete familias fundadoras del Imperio escogidas por el Dios Dragón, no habría pena capital o decreto de traición que fuese impuesto sobre sus hombros. Para bien o para mal, toda la nobleza gozaba de ese tipo de inmunidad. Aunque eso no impedía que, en lo privado, se llevaran algún tipo de reprimenda por parte del Emperador, dependiendo del alcance de sus faltas.
El Señor de Fukuoka suspiró con pesada rendición.
Aunque aquella extraña y desesperada petición estaba fuera de su entendimiento, Soun Tendo conocía profundamente a su esposa y ella no era una mujer tonta o superficial que hiciese descabelladas solicitudes por capricho o banales inseguridades.
—¿Cuánto tiempo necesitas? —inquirió separándose del alcance de su mujer para enfrentarla. El hombre había decidido confiar en ella.
—Si por mi fuera la ocultaría hasta que fuese lo suficientemente grande para valerse por sí sola —dijo en tono de reproche, redirigiendo la atención hacia la bebé.
—Naoko…
—Un invierno —pidió no muy satisfecha, volteando en dirección de su marido—. No es lo que me gustaría, pero será suficiente para asegurarme que la niña se fortalezca.
El Señor de Fukuoka meditó la propuesta unos instantes.
—Un invierno es mucho tiempo —declaró poniéndose de pie y dirigiendo su andar hacia uno de los ventanales de la habitación.
—Pero…
—Seis ciclos lunares —decretó de espaldas a su mujer.
—¿Qué?
—Dentro de seis ciclos lunares debo ir a la Capital Imperial para rendirle cuentas al Emperador sobre la resolución de las negociaciones con el líder de los Báiyāo. Ahí le daré la noticia al viejo Ryuusuke. Le diré que fue mi preferencia mantener en secreto el nacimiento de la tercera hija de Tendo dada la tensa situación con los Báiyāo. Le aclararé que no deseaba que, de alguna u otra forma, el enemigo supiese tan delicada información —comentó con suficiencia. Sin embargo, eso le hizo darse cuenta de posibilidades críticas—. Aunque ahora que lo pienso, es una situación bastante plausible —murmuró encorvando un poco la postura y tomándose el mentón con su mano derecha.
Con esa nueva variable en mente, Soun quedó convencido de apoyar la decisión de su esposa respecto a ser cautelosos con la noticia. El enemigo podría aprovechar cualquier cosa para inclinar la balanza a su favor. Los Báiyāo tenían la reputación de ser astutos oportunistas, y si la más ínfima conveniencia llegase hasta sus manos u oídos, sabrían cómo usarla despiadadamente de manera provechosa. Aunque la probabilidad de que los enemigos alcanzasen a atacar el Castillo de Tendo, a menos que derrotasen al Señor de Fukuoka en batalla, era mínima, no estaba de más ser precavido incluso en la más banal de las posibilidades.
Quizá lo mejor sería enviar a Naoko y a las niñas al Palacio Imperial durante las negociaciones con los demonios blancos; ahí estarían más seguras, y él no tendría que aplazar demasiado tiempo las buenas nuevas con el Emperador. Sin embargo, incluso la movilización de una pequeña caravana hacia la Ciudad Imperial conllevaba su ración de riesgo: ya fuese por algún ataque de bandidos, algún percance natural o que el mismo enemigo llegase a interferir. Además, no podía enviarlas desprotegidas o sin provisiones e indumentarias para un viaje moderadamente largo, lo cual sería bastante opulento para una escapadilla sigilosa; entonces, si deseaba trasladarlas debería ser encubierto y a cargo de los hombres más confiables y hábiles a disposición, pero necesitaba a su coronel y a los mejores guerreros a su lado en caso que los Báiyāo decidiesen romper la tregua de negociación. Aun así, si quería cerrar cualquier oportunidad de ventaja sobre él, debía alejar a toda su familia de las manos enemigas. Era un riesgo por otro.
La euforia por celebrar y gritar a los cuatro vientos el nacimiento de su inesperada tercera heredera mermó drásticamente ante la delicada realidad que enfrentaba.
—Seis ciclos lunares están bien. —La voz de Naoko sonó resignada tras su espalda.
Soun Tendo giró sobre sus talones para contemplar a su mujer, agradecido porque Naoko aceptase sin mucha resistencia su anterior proporción y ansioso por los futuros desacuerdos que vendrían tras explicarle los planes más inmediatos que tenía para ella y las niñas. Sin embargo, sólo por ese día, y en pago por no poder festejar semejante dicha como era debido, disfrutaría en tranquilidad la nueva vida que había sido regalada a su familia. Sólo por hoy descansaría pletórico junto a su esposa y las niñas, y ya mañana fraguaría alguna estratagema que satisficiese las preocupaciones maternales de su mujer y las que le aquejaban a él como cabecilla de familia, guerrero y gobernador de Fukuoka.
—Bueno, y entonces —habló dirigiéndose nuevamente al lecho matrimonial—, ¿cómo es que llamaremos a nuestro pequeño secreto? ¿Tienes alguna idea? —preguntó sentándose junto a su esposa, y aventurándose en a acariciar la pequeña cabeza de la niña. El ser entero era tan diminuto, tan frágil.
No le tomó mucho tiempo a Naoko el elegir el nombre para la criatura; aunque por lo regular era una decisión meditada y pactada como muto acuerdo entre ambos, él verdaderamente se encontraba con la mente blanco. Y, dicho sea de paso, era su esposa quien merecía llevarse enteramente los créditos tras lo sucedido.
La mujer sonrió a pesar de la angustia de sus ojos y los rastros frescos de lágrimas en sus mejillas. Sin despegar la mirada de la bebé dijo:
—Akane.
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—Tal vez encuentres más placentero acostarte conmigo.
¡Aaah! Por todos los divinos y el buen Dios Dragón Creador, ¡¿en qué estaba pensando?!
Ranma se azotó la cabeza con sus manos una y otra vez.
¿Cómo es que todo se tergiversó de esa manera?
¡Había sido un imbécil!
—¡Maldita sea, Nild! ¡No sé qué me está pasando! —Se quejó el azabache mientras comenzaba a ensillar a su yegua.
Nild, como toda una correcta dama, ni siquiera le prestó atención a sus quejas; comer un poco de heno le era más entretenido.
—¡Y a mí ni siquiera me gustan los hombres! —Un escalofrió le recorrió la espalda de sólo pensarlo.
Eso era una verdad indudable. Y aunque no juzgaba a aquellos hombres que se decantaban por preferir a los de su misma naturaleza, él, como cabecilla de una de las siete familias gobernantes de la nueva humanidad, no tenía permitido claudicar a ciertos menesteres. Desde que era niño le fue adjudicada la responsabilidad de perpetuar la "divina" línea de sangre, y siempre tuvo claro que uno de sus deberes era unirse a una mujer. Y cuando la unión sucediese, no habría lugar a infidelidades o traiciones; debía velar por el bienestar de su descendencia y el de su esposa, honrando las cualidades de un verdadero hombre. Pero, sobre todo, enaltecería a su pueblo como un digno soberano: libre de superfluas debilidades humanas o deseos que pusiesen en duda la supremacía de su linaje. A pesar de ser personas con posición y privilegios sólo por debajo del mismo Emperador, los hombres y mujeres pertenecientes a las siete familias elegidas debían seguir estrictos códigos de valores, y eran juzgados fieramente por ello. Desear a un hombre, siendo él uno, estaba definitivamente fuera de permisión.
Sin embargo…
—¡Y luego es muchacho imprudente viene a decirme a mí que soy un sarasa reprimido! ¡A mí! ¡El gran Shoyū de las Tierras de Nerima! —gruñó indignado.
Nild agitó la cabeza para espantarse una mosca.
—¿Y él qué?, ¡eeeh! ¡¿Es qué no se ha visto al espejo?! ¡Él parece una maldita mujer! —exclamó en la octava, estirándose el cabello.
La yegua blanca dejó de masticar el heno para aventárselo en la cara. A veces Nild tenía poca paciencia.
—¡Oye!, ¡deja de ignorarme! —chilló—. ¡Tengo un serio problema aquí!
Nild sólo resopló y giró la cabeza hacia otro lado.
—Me golpeó, ¿sabes? Justo aquí. —Continuó con su monólogo a pesar del desinterés de la potranca, sobando el área que anteriormente el coronel de Ryugenzawa había tenido la osadía de mallugar. Aunque, para estas alturas, aquella laceración ya estaba sepultada bajo los malditos puñetazos de Taro— ¡Y también se atrevió a someterme!, ¡justo como lo hizo aquella noche en Ryugenzawa! —gritó escandalizado—. ¡Ja!, pero ahora él está en problemas por todo eso. Voy a hacer que pague. ¡Maldición que lo haré! —juró.
Ahora Arashi estaba completamente en sus manos, y él lo sabía. Ni siquiera refugiarse bajo la protección de Shinnosuke le ayudaría. Había cometido una enorme falta, una que sobrepasaba los privilegios que gozaba como coronel. Los castigos que podían exigirse para saldar una infracción como esa fluctuaban a voluntad de cada noble. Algunos habían demandado el cercenamiento de manos o la extirpación de ojos en público, en el mínimo de los casos cien azotes bastaban.
Y no era la primera vez, no. Tiempo atrás el muchacho cometió una transgresión incluso mucho más crítica que la de un certero puñetazo.
Entrando en tema, a Ranma siempre la pareció ridículo y extremamente exagerado tales imposiciones. Dejar ciego a un sirviente por haber presenciado alguna indiscreción o amputarle algún apéndice por cometer la más pequeña y banal equivocación, eran prácticas que él condenaba. Totalmente innecesarias y crueles, carentes de esa tal humanidad que se presume separa al hombre de las bestias. Detestaba a toda aquella persona que, aún en estos tiempos, las practicaba; y ciertamente no planeaba hacerle tal cosa a Arashi. No era capaz, por sus creencias y principios.
Y porque, de cierta forma, saber al muchacho lastimado le ponía ansioso; aunque era algo que no podía evitar dada la condición de segundo al mando de un ejército y protector acérrimo del Señor de Ryugenzawa que ostentaba el hombrecillo. Sin embargo, sentirse de esa manera le era igualmente inevitable e inentendible.
Se percató de aquello la noche del día en que Arashi le salvo el pellejo al detener una flecha, ya que el coronel fue alcanzado por el bravío filo de una espada enemiga mientras bajaba la guardia para protegerle. Y aunque no fue consiente de ese detalle en el momento de su ocurrencia, eso no lo excusaba de culpas. Incluso la saboreó más amarga. Había sido descuidado y negligente.
Fue durante el banquete de celebración que se enteró de la condición de Arashi por boca de Shinno. Al principio le pareció sumamente extraño que el guerrero de ojos caoba dimitiera de escoltar a su Señor durante las fiestas, pues desde que le conocía Arashi era una lapa alrededor de Shinnosuke. Así que le preguntó al castaño el porqué de aquella ausencia, pero su amigo sólo le aseguró que el coronel llegaría más tarde, evadiendo los motivos por supuesto. Y aunque esa explicación no satisfizo completamente su curiosidad, sirvió para mantenerlo menos inquieto. Sin embargo, su paciencia comenzó a resquebrajarse cuando ese "más tarde" parecía no llegar nunca. Ranma ansiaba hacer un brindis en nombre del coronel, alabar las habilidades del guerrero que habían salvado la vida de un importante Señor como él. Quería reconocerle ante los soldados y reafirmar el rango de élite que el hombrecillo ya presumía, y con ello esperaba aminorar su deuda. Aunque claramente unos cuantos tragos y unas bonitas palabras no saldaban el adeudo adquirido a cambio de su vida, pero al menos era un inicio.
Aquel acto figuraría ser un suceso completamente irreverente, ya que, si de convencionalismos sociales hablamos, era el muchacho quien debía sentirse bendecido por haber tenido la oportunidad de dar la vida por un Shoyū: estar en deuda no era un concepto conocido para un Señor. Prácticamente, lo que Ranma estaba dispuesto a hacer, iba en contra de la dignidad de su posición noble; aunque, dentro de su círculo más cercano, tampoco tenía la reputación de seguir fielmente las absurdas directrices de etiqueta, sobretodo las que a su parecer le eran más absurdas e innecesarias. Mas decidió que se escudaría en su condición de guerrero.
"Un verdadero guerrero siempre debe honrar la fuerza que merece ser honrada"
"Un verdadero guerrero cargará su deuda hasta que dignamente pueda ser saldada"
Eso era lo que le había enseñado su padre, y el maestro de éste.
Es así que Ranma estuvo esperando con exaltación a que el muchacho apareciese en el banquete; una y otra vez repitió en su mente las palabras pertinentes para su discurso, incluso se apoyó del hidromiel para que no le abandonara el descaro, pero el nudo de su estómago sólo se apretaba a cada instante. Y finalmente, ante el cúmulo de su desesperación e impaciencia por la ausencia del coronel de Ryugenzawa, Ranma terminó por hostigar a Shinno hasta que soltó la lengua. Y una vez develado el misterio, su sorpresa y conmoción fueron tan grandes que salió de la sala comensal, como alma atormentada, en busca del enclenque valentón que había sido herido.
Entró a la habitación del hombrecillo sin siquiera anunciarse, y cabe mencionar que, si la puerta hubiese estado atrancada, igualmente la habría tirado de una patada: estaba tan absurdamente cabreado con él mismo y el muchacho que nada lo hubiese detenido. Pero, para su tercer motivo de sorpresa, en lo que llevaba de ese día… Arashi no se encontraba en sus aposentos. La furia comenzó a exudarle del cuerpo y encolerizado gritó a los sirvientes para que le informasen del paradero de Arashi.
Nada.
Nadie le había visto salir de la recámara. Ni siquiera notaron que se había escabullido.
Impulsado por el cabreo y la necesidad de constatar su condición, lo buscó por todo el castillo, en cada rincón y escondrijo, exigiendo en feroz llamado la inmediatez de su presencia. Mas los frutos de su búsqueda permanecieron nulos, hasta que lo visualizó medio escondido en las almenas de la muralla posterior del castillo de Ryugenzawa. El muchacho parecía encantado por las estrellas, no despegaba los ojos del firmamento, incluso el azabache dudó si respiraba. Y aunque le era imposible contemplar plenamente las finas líneas de su rostro, Ranma habría ofertado su alma por conocer aunque fuese uno de sus pensamientos. La tenue vocalización de esa fugaz idea le hizo despertar de su sopor contemplativo, y de inmediato se sacudió el seso para aclararse la cordura. Sin intenciones de seguir perdiendo el tiempo, se encaminó hacia su objetivo.
Los templados zafiros del Señor de Nerima se ennegrecieron entonces de azul turbulento. Había encontrado su presa.
—Desvístete. —Fue lo que torpemente dejó salir su boca entre la penumbra de la noche.
Arashi se giró en dirección de su voz, visiblemente sacudido por la sorpresa, mas no indefenso es su accionar. Tan rápido como un rayo, desenfundó la delgada espada en dirección exacta hacia su cuello, a pesar que no podía verle, y deteniéndose a la distancia justa para ni siquiera rasguñarle la piel. Un dato muy interesante, por cierto, Ranma pudo notar durante la batalla de Orochi, que el coronel de Ryugenzawa siempre apuntaba a la cabeza.
—¿Has enloquecido, muchacho? —inquirió con el tono más calmado que pudo manejar. El extraño enojo aún le borboteaba en las entrañas y las agallas del hidromiel seguían recorriéndole las venas—. ¿Osas levantar el filo de tu espada contra un Gran Shoyū como yo? —Ranma arqueó una ceja en forma despectiva, pero Arashi no podía mirarle.
El hombrecillo finalmente reconoció su voz, y con un elegante y ágil movimiento, digno de un maestro espadachín, enfundó su katana.
Ranma salió de las sombras nacidas por la posición angular de la luna, y encaró a Arashi.
—Lo sien…
—Pasaré por alto esta gravísima falta, ya que he de reconocer la impertinencia de mi presencia —admitió, interrumpiendo las disculpas—. Sin embargo, has bajado la guardia.
Si Ranma fuese otro tipo de Shoyū, podría reclamar la cabeza del buen coronel en bandeja de plata, y no necesitaría más que su palabra jurada para ello. Aquel auto reflejo, seguramente desarrollado por la peligrosidad de convertirse en un guerrero, era bien considerado alta traición hacia un Señor. Levantar tu arma en contra de un noble gobernante era castigado con la más humillante de las muertes. Hasta la más mínima bofetada o roce inintencionado que pudiese ofender a un Shoyū, podría tener consecuencias considerables a la integridad de cualquier plebeyo. Aunque eran tiempos de cambio, aún prevalecía en algunos Señores la manía de hacer efectivas esas estúpidas normativas y costumbres, y lamentablemente no podían ser castigados debido a su importancia política o la respetabilidad de su noble cuna.
Afortunadamente para el enclenque, él no era un Señor impiadoso y se sentía en deuda con el coronel.
—L-las habilidades de mi Señor Saotome ciertamente superan las de un humilde soldado como yo —comentó nervioso, seguramente cayendo en cuenta de las terribles consecuencias que podría acarrear su equivocación—. No estoy a la altura de siquiera advertir su presencia si mi Señor así no lo desea —excusó con la cabeza gacha, evitando mirarle.
—No ocultes tu imprudencia con halagos vacíos. Eres un coronel, estás más que capacitado para eso. Ha sido falta tuya estar desprotegido —regañó. Aunque Ranma no sabía si lo reprendía por el reciente incidente o porque se dejase herir en batalla. Probablemente ambos, a pesar que lo segundo ni siquiera lo consideraba responsabilidad de Arashi.
—¡Tsk! —El hombrecillo de ojos caoba chasqueó la lengua, y con movimiento grácil se arrodilló ante él, poniendo la mano derecha en su pecho—. ¡Mi Señor!, ¡le ruego que…!
A Ranma le entró el pánico.
—¡Ponte de pie, muchacho! ¡Maldita sea! —Con movimientos torpes, el azabache posicionó su brazo izquierdo bajo la axila izquierda del coronel, impulsándolo bruscamente para que se levantase.
La maniobra le valió un quejido ahogado de dolor por parte del guerrero de ojos caoba.
—¡Maldición!, ¿es que eres inconsciente? ¡¿Cómo se te ocurre hacer reverencias en ese estado?! —inquirió furibundo.
—¿Cuál estado? —preguntó Arashi apretando los dientes.
—¡Deja de fingir, muchacho! Se que estás herido, y no te atrevas a negarlo porque fue Shinnosuke quien me lo dijo. ¡Ahora, desvístete! —demandó.
—¿Disculpe? —cuestionó atónito. Llevando la mano hacia su pecho por instinto.
—Muéstrame —ordenó, haciendo un movimiento de cabeza en dirección de la herida.
—¿N-no le basta con la palabra de mi Señor? —inquirió al tiempo que cautelosamente retrocedía.
—No —contestó rotundo.
—Pro-probablemente mi Señor Saotome ha estado bebiendo durante el banquete, se-será mejor que descan…
—¡No te atrevas a menospreciar mi preocupación por unos cuantos tragos de hidromiel! —exclamó ofendido, moviéndose con precisión predatoria para acorralar a su presa entre la superficie sólida del muro que formaba las almenas. Apoyando los brazos a la altura de la cabeza del coronel.
Arashi, quien seguía aturdido por la extraña demanda, terminó exitosamente atrapado entre el trabajado cuerpo del Señor de Nerima y la pared de piedra.
—Enséñame… —demandó rechinando los dientes.
Pese a encontrarse acorralado y con el cometido de una falta que ameritaba la pena capital sobre sus hombros, el hombrecillo, segundo regente del ejército de Ryugenzawa, abandonó la incertidumbre y desconcierto de su mirada para desafiarlo con el bravío y rebeldía guarecidos imperecederos en sus iridiscencias. Rama supo de inmediato la respuesta que saldría de sus labios carnosos.
—No.
—¡Maldita sea! —El azabeche liberó con un juramento la frustración y preocupación acumuladas en su conciencia, y mal aconsejado por el hidromiel se dejó llevar por la imprudencia. Con un movimiento brusco y veloz, atinó en aflojar el ligero shitagi que vestía el coronel un poco más abajo del hombro derecho.
—¡No! —exclamó el peliazul al tiempo que se aferró nervioso a la indumentaria para que está no llegase a descubrir la carne herida—. ¡¿Qué demonios hace?! —chilló, con el pánico ahora gobernando su mirada.
—Tomo por mi mano las respuestas que tú, irrespetuosamente, me has negado —espetó, arrepintiéndose al instante que las palabras abandonaron su garganta. Si de faltas de respeto hablamos, bueno… él era quien estaba desnudando a un hombre por la fuerza.
Aquel pensamiento hizo eco en la región más racional y menos alcoholizada de su cabeza.
¡Estaba desvistiendo a un hombre!
Ranma titubeó ante la escandalosa revelación.
El coronel de Ryugenzawa no desechó la oportunidad de su descuido, y con un grácil y certero movimiento se escabulló por uno de los laterales de la maciza barrera de músculos forjados en la rigurosidad del entrenamiento y las encarnecidas batallas; tomó el brazo que se aferraba a sus ropajes y con un giro veloz de su cuerpo retorció el brazo del Shoyū de Nerima hasta posicionarse a sus espaldas. El hombre aulló de dolor a la par que caía sobre sus rodillas. La maldita hidromiel le estaba estropeando el equilibro.
El actual cabecilla de la familia Saotome quedó sometido de cara a la pared de piedra, con el brazo izquierdo retorcido tras su espalda y con la sorpresa, fascinación y vergüenza pujando por gobernar su ánimo en igualitario poderío. Y mientras la disputa interna le mantenía catatónico, Arashi se adelantó en la jugada.
—Mi Señor Saotome debe estar tan agotado hasta el punto de flaquear por los efectos del hidromiel. Quizá la brisa nocturna le ayude a espabilarse un poco —mencionó mordaz, al tiempo que se hincaba tras el azabache—. Dejaré de importunarle con mi presencia para que mi Señor se reponga. Si me disculpa... —susurró cerca de la oreja derecha del Shoyū de Nerima, y aquello le valió un gruñido en respuesta.
A Ranma le fue inevitable estremecerse por el aliento cálido que torturó fugazmente los pliegues de su oreja. La sacudida y el resuello húmedo de las palabras de Arashi le punzaron un poco la libido y un bufido gutural escapó amenazante de su garganta.
Desconfiando de su equilibrio, El Shoyū de Nerima no pudo más que girar la cabeza en dirección de Arashi para intentar reclamarle el atrevimiento de someterle, pero las ganas de echar bronca quedaron adormecidas de golpe tras la breve visión del pálido hombro del coronel siendo cubierto con gracia y delicadeza por la ligera tela del shitagi.
Quizá eso también fuese un efecto secundario del hidromel, pero aquella acción ordinaria y efímera la saboreó incitadora y de lenta procesión. El ojiazul tuvo que tragar la saliva que se acumuló de súbito en su boca.
Arashi, quien ya estaba de pie espaldas a él, inició su retirada sin siquiera dedicarle una rauda mirada una vez acomodó su vestimenta.
Ranma permaneció abstraído un rato más, incapaz de hablar o formular pensamiento alguno, mirando el especio antes ocupado por la figura de Arashi, pero aun procesando es su mente la fresca imagen de la blanquecina carne del coronel expuesta a la luz de la luna.
—¡Carajo! —El Señor de Nerima sacudió la cabeza con vehemencia, intentando alejar las remembranzas bochornosas de esa infructífera noche de celebración en el Castillo de Ryugenzawa, o por lo menos fue infructífera para él y su propósito—. No es momento de distraerse con recuerdos provocativos. —Se reprendió no muy convencido.
Aunque aquella empresa sería difícil de evitar, ya que el responsable de traer a colación tal suceso le acompañaría a cumplir con su indeseable misión.
—¡Ah!, ¡¿en qué mierda estaba pensando?! —exclamó quejoso mientras terminaba de preparar a Nild.
Ciertamente no había pensado nada escasamente racional, reaccionó por mero instinto y curiosidad, y todo aquello detonado por la maldita boca floja de Ranko. Una clara receta para el desastre. Aunque, muy a su pesar, debía admitir que se volvió codicioso del hombrecillo después de azorarlo con su cuerpo, hacerlo sonrojar hasta las orejas y habiendo logrado tocar sus labios de carnoso terciopelo. De alguna extraña manera no tenía saciedad del enclenque. Y si era aún más sincero consigo mismo, aquello inequívocamente había surgido desde muchos inviernos atrás.
Pero, ¿por qué? ¿Qué deseaba él del muchacho?
Por si fuera poco, aquel día, él y Arashi habían interactuado más de lo que lo hiciesen tantos inviernos antes. Ranma fue capaz de contemplar múltiples sonrojos en el siempre templado rictus del coronel, que le fue imposible sacarlo de su cabeza. ¡Incluso Arashi le había pedido ayuda! ¡Por TianRyū!, jamás hubiese visto venir aquello. Y su orgullo se hinchó dichoso por ser capaz de apoyarle, por haber venido a él en busca de auxilio. Hasta habían disfrutado de un momento de interacción ligera mientras Arashi le contaba sobre su fugaz encuentro con un soldado de Ryoga, logrando reír juntos y hablar sin premeditada ponzoña; verlo burlarse y sonreí despreocupadamente a pesar de estar en su presencia le calentó el pecho y le calmó el humor.
¡Por todo lo sagrado!, también se ofreció para curarle la pequeña herida tras su oreja. ¡Él!, ¡un Shoyū!
Y en algún momento, mientras observaba a un Arashi mansamente sentado esperando ser atendido, emergió de él un deseo añejo de monopolizarle; Ranma no pudo reprimir las ganas de calmar sus dudas e inquietudes presionando al muchacho para que le confesase si él y Shinnosuke habían disfrutado de interacciones más carnales. Pero el hombrecillo seguía renuente en darle respuestas claras que mermasen su ansiedad, a pesar de encontrarse acorralado y a su merced por segunda ocasión en ese día. Mirarlo así, nuevamente azorado y atontado por su causa, no hizo más que calentarle la sangre.
Entonces resolvió que, si fuese verdad que Arashi y Shinnosuke habían sucumbido ante las antinaturales concupiscencias, ¿por qué no podía hacerlo él? Un poco. Quería probarle sólo un poco.
Y quizá, sólo quizá, si lograba contagiar a Arashi del mismo apetito que él padecía… podría robarle de los brazos de Shinno.
En ese instante no escatimó nada más, ni siquiera recordó los principios de buena moral y correctos valores que como Gran Shoyū debía preservar. Todo aquello que había dicho y hecho en contra de ese gusto reprobatorio para un Señor de su linaje, parecieron acciones de otra vida.
Y el ardor fervoroso que le consumía desde hacía mucho tiempo, encontró finalmente salida a través de su garganta.
—Tal vez encuentres más placentero acostarte conmigo.
No fue consciente de lo sumamente escandaloso de aquella petición hasta que el certero e impiadoso puño del buen coronel se desquitó con su mejilla. Aquello le dejó aturdido el tiempo suficiente para que el enclenque se escapase de su alcance, mientras él permanecía absorto de asombro y exaltación. Porque, para su sorpresa, el anterior atrevimiento del hombrecillo no hizo más que alimentar su fascinación: aquel golpe fue lanzado con emociones mucho más intensas que la mera función de defensa personal. Ranma le había aturdido a tal punto que el estoico coronel perdió por completo las formas, y el ojiazul se lo adjudicó como una pequeña victoria o un ligero ajuste de cuentas. Arashi se había descompuesto por él. De alguna manera retorcida le pareció algún tipo de avance… y lo disfrutó.
Si no fuera porque su madre enteró a la habitación para informarle de la misión que unilateralmente había escogido para él, probablemente el Shoyū de Nerima aún estuviese pasmado en sus aposentos sobándose el rostro. La intervención de Nodoka Saotome le hizo regresar a la maldita realidad que afrontaba y los insufribles problemas que vilipendiaban sobre su honor. Y dada la situación, Ranma no tuvo más que afrontar la noticia e información que le fueron indicadas, muy a pesar de la leve riña que armó contra su progenitora antes de salir de la habitación con el coraje atorado.
Aunque el que obligase a Arashi a seguirle no era parte del mandato impuesto por su madre, sino un arrebato impulsivo por interactuar un poco más con el muchacho. Así tendrían un tiempo para convivir, solos, antes de que todo el periodo nupcial terminase y Arashi volviese a Ryugenzawa con Shinno. ¿Qué otras cosas descubriría?, ¿qué tantas le mostraría el coronel?
No pudo resistirse a tal idea.
—Estoy enfermo, Nild. Debe ser eso. La locura ha poseído mi mente —murmuró en consuelo, montando a la yegua en el proceso.
Nild soltó un resoplido que Ranma identificaba como un: "Y hasta ahora lo notas, idiota"
—¡Oh, cállate! —defendió saliendo de las caballerizas.
.
.
—Vamos a las tierras de la Señora Ashura.
Más que una pregunta, aquello fue una aseveración por parte del coronel de Ryugenzawa.
Ranma sólo asintió sin apartar la mirada del camino.
Hacía rato que él y Arashi habían partido del Castillo de Pansuto; a pesar de la reticencia y atmósfera hostil que emanaba del coronel, éste le siguió sin siquiera preguntar el destino de su viaje, y el azabache tampoco se molestó en explicar nada. Mientras más rápido terminase con aquella maldita encomienda mejor.
—Entonces no regresaremos este mismo día al Castillo de Pansuto. —Arashi no se preocupó por ocultar el tono de molestia y frustración en sus palabras.
—Me temo que no muchacho —confirmó con voz neutra.
—¡Tsk!, El Señor Taro nos va a ejecutar… —murmuró ansioso.
El Señor de Nerima finalmente viró su atención para responder al guerrero de ojos caoba, y el detalle de un asunto pendiente le instigó a frenar la marcha. Ranma adelantó el trote de Nild y entorpeció el camino del corcel de Arashi.
—¡¿Qué caraj…?! —El peliazul frenó al semental de súbito, obteniendo un resoplo de reproche por parte del animal—. ¡¿Se ha vuelto loco?! —increpó exaltado.
«Y te sorprenderá saber a quién culpo eso», pensó el azabache.
—Bájate —ordenó en cambio, al tiempo que él desmontaba a Nild.
—¿Disculpe?
Ranma suspiró impaciente.
—¿De verdad estás sordo?, ¿o es un fetiche tuyo desear escuchar las cosas dos veces? —cuestionó petulante. ¿Por qué Arashi era la única persona, en todo el Imperio de Oriente, a la cual tenía que repetir una orden?
Sin mayor respuesta, el coronel de Ryugenzawa apretó los labios, mirándolo con infinito desprecio, y bajó grácilmente de su corcel; permaneció estático junto al animal mientras él rebuscaba dentro de la alforja, cuando encontró el objeto requerido se dirigió hacia el hombrecillo.
—¿Qué pretende? —cuestionó desconfiado al verlo acercarse.
Ranma detuvo su andar hasta quedar poco más de una cabeza de distancia del coronel y levantó, al rango visual de su acompañante, un redondo y pequeño envase de madera que sostenía en su mano derecha.
—¿Qué es eso?
—Te dije que deseo mío era curarte esa herida. —Señaló con un movimiento de cabeza hacia el lateral izquierdo del coronel.
Arashi estiró los párpados con sorpresa y se tocó la laceración, tras la oreja, que al parecer había olvidado.
—Es sólo una pequeña herida sin importancia —dijo en voz baja, cubriendo con su mano la zona lastimada.
—Ya sea una herida diminuta o que no tenga importancia, eso no demerita mis intenciones —aclaró con su atención volcada en abrir el recipiente; una vez el ungüento quedó expuesto, Ranma tomó una cantidad considerable de muestra con sus dedos medio e índice, cerró el recipiente y lo guardo en un bolsillo lateral de su ropaje—. Si me permites… —habló enfrentándose al peliazul.
El coronel de Ryugenzawa, por su parte, quedó mudo y reticente a exponer la herida, mientras le miraba con ojos turbios e inquisidores.
—Sólo quita la mano —demandó.
Arashi se mantuvo inamovible sin dejar de confrontarle, la seriedad de su mueca y el ceño fruncido figuraban como el reflejo de una guerra interna que no parecía querer dar tregua en la mente del coronel.
Ranma supo que el desconcierto estaba prevaleciendo sobre los, generalmente, templados cabales de Arashi; y tuvo que obligarse a contener una sonrisa socarrona que revelase su fascinación por admirar tal descolocación en el guerrero, pero sobre todo por ser él, nuevamente, el causante de tal turbulencia.
Le estaba agarrando manía.
—Tenemos un largo recorrido por delante, y sólo atrasas nuestro avance —regañó sin enojo, acercándose un paso más hacia el cuerpo de Arashi.
El coronel contuvo el impulso de réplica apretando los labios al punto de hacerles perder su color; sin borrar el gestó molesto de su rostro, giró lentamente la cabeza, hacia el costado derecho y por fin descubrió la lesión.
Ranma sonrió victorioso.
—Ya verás que este cataplasma es muy efectivo —mencionó conciliador.
Arashi sólo gruñó.
Sin ganas de perder tiempo, y antes que el enclenque decidiera cambiar de opinión, Ranma estiró el brazo para untar el medicamento sobre la zona lastimada. Pero, en el momento que sus dedos tocaron la piel enrojecida, un temblor de sorpresa gobernó el cuello de Arashi, y también le aturdió a él. Como acto reflejo, alejó su mano de aquella carne exquisita; fue como un breve llamado de todo su ser para evitar perder la compostura y dejarse gobernar por anhelos menos racionales.
Sin embargo, aquella reacción de auto preservación fue insuficiente, ese efímero toque le bastó para que su sangre comenzase a calentarse.
Fue como veneno, un veneno mortal que te carcomía por dentro.
Ranma tragó duro, y apretó con fuerza el recipiente guarecido en su otra mano, obligándose a sí mismo a controlar las réplicas del estremecimiento que se habían colado hacia su propio cuerpo y el impiadoso hervor que tal agitación liberó en sus venas. Mas le fue inevitable que su respiración se tornara más pesada y, con todo el autocontrol que pudo reunir, liberó lentamente el aire que había inhalado en exceso.
—¿Sucede algo? —preguntó cohibido el coronel, quien parecía no querer mirarle. En un rictus petrificado, mantenía la espalda erguida y los brazos a los costados, casi fusionados a sus costillas, con la mirada perdida en algún punto del suelo.
«¡Sucede todo!», replicó en sus adentros, apretando los dientes para evitar vociferar aquello.
—En absoluto. —El azabache carraspeó para aclarar su garganta—. Quizá te escosa un poco.
—Nnh…
Con movimiento cauteloso, Ranma se dispuso a reanudar sus intenciones curativas. Cuando las yemas de sus dedos tocaron, nuevamente, la suavidad de la piel herida, la calidez que emanó hacia él fue instantánea y abrasadora. Le costó toda la férrea voluntad que había forjado como guerrero el mantener su mano firme y encausada en su objetivo, y tuvo que morder su lengua para evitar lanzar un gruñido de satisfacción primitiva.
Lentamente y con cuidado, el azabache distribuyó el ungüento por el camino recto de la laceración. De arriba hacia abajo, con extrema parsimonia y levedad. Absorbiendo con tortuosa fascinación cada espasmo y ardorosa calidez.
Una vez… y otra más.
Ranma tragó la saliva acopiada en su boca al tiempo que la pesadez de su respiración se tornaba errática.
Por razones insólitas, la simple acción de embadurnar cataplasma sobre la cremosa y tersa piel del cuello de Arashi le pareció uno de los actos más lascivo que hubiese presenciado o hecho en toda su vida.
La forma en que la piel del coronel no paraba de erizarse por su toque, los no tan sutiles estremecimientos de sorpresa que vibraban por su cuello y el calor que emanaba de él. Todo, absolutamente todo, lo saboreó cual manjar exquisito dispuesto para saciar cierto tipo de apetencias que hace tiempo no rugían en sus entrañas.
El fugaz deseo de probar aquel trozo de pálida carne impregnada en cataplasma le valió una rabiosa punzada que despertó el miembro de su entrepierna, y le retrajo del idilio.
El azabache maldijo para sus adentros.
¿Se estaba convirtiendo en un depravado?
¡Joder que podía controlarse!, ¡no era un animal!
—Este medicamento en verdad hace maravillas —mencionó continuando la tarea de untar el cataplasma. Con la poca cabalidad que le quedaba y la tozudez de su orgullo, el ojiazul resolvió que hacer plática sería la mejor distracción posible. De otra manera, sólo se concentraría en la textura de ese pedazo de piel y las vibrantes palpitaciones del esbelto cuello. Podría dejar de tocarlo, pero entonces la herida no sería bien tratada, ¿verdad?—. He obtenido la receta de Occidente, durante el tiempo que mi padre y yo fuimos a entrenar a las Tierras de Jusenkyo.
—Oh.
«¿Oh? Vamos muchacho, ¡un poco de ayuda aquí!», imploró en su mente, con la frustración comenzando a florecer de sus vísceras.
¿Es que ahora no pensaba hablarle?
Hacía un momento le había cuestionado su estado de lucidez con fervorosa exaltación. ¡¿Y ahora qué?! Ahora que, en serio, necesitaba una buena interacción verbal, el muy digno decidía escupirle sólo unos cuantos monosílabos.
¡Agh!, ¡ese hombre le volvía loco!
—Es un lugar interesante —prosiguió guardándose el berrinche—, cuenta con una zona de estanques malditos, dónde según la leyenda, si caes en las fosas te transformarás en cualquier cosa que haya caído por primera vez allí o se haya ahogado. Aunque el cambio sólo ocurrirá cada vez que el agua fría toque tu cuerpo.
—Uh.
Ranma se tragó un segundo berrinche por la falta de cooperación.
—Mi padre y yo caímos en ellos, ¿sabes? —continúo con la amargura del coraje atorada en la garganta—. Él en un pozo dónde supuestamente se ahogó un panda y yo… en el que cayó una mujer.
El ojiazul terminó el relato con un toque de suspenso y dramatismo, esperando que el muchacho se girase contrariado, curioso y expectante después de semejante revelación. No es que él verdaderamente se convirtiera en mujer al tocar el agua fría, pero una anécdota como esa con un trasfondo como ese generaba cierta incertidumbre. Incluso Taro se había valido de aquello para argumentar que se veía más afeminado desde entonces. Estúpido imbécil.
—Entiendo.
Fue la escueta respuesta que recibió, sin siquiera una pizca de interés o sorpresa.
—Pero ¡bueno! ¡¿Cuál es tu maldito problema?! —demandó, con violenta molestia, pero sin dejar de atender la herida.
La exasperación le había ganado.
Tras soltar aquella reclamación, la cabeza de Arashi giró de súbito, tan rápido que Ranma juró escuchar a su cuello tronar.
—¿Mi problema? —inquirió escéptico, y de un manotazo el coronel repelió su toque.
Ranma casi desorbita los ojos por aquella acción tan insolente. Nuevamente el guerrero de ojos caoba había perdido la compostura que con tanto esfuerzo mantuvo en favor de honrar el buen nombre de su Señor, y no tenía reparos por disimular aversión.
—¡¿Cuál es su maldito problema?! —cuestionó fuera de quicio, señalándolo con un dedo acusador. Las facciones del pequeño rostro se mostraban rabiosas, mientras lo confrontaba a los ojos con mirada asesina.
Aunque momentos antes aquel reaccionar lo hubiese degustado con diversión, en las actuales circunstancias el enojo había tomado el mando de su humor.
—¿Disculpa? —siseó tensando la mandíbula.
—¡¿Por qué se comporta así?! —exclamó elevando su voz—. ¿Por qué es tan errático? No puedo… no puedo predecirle —declaró suavizando un poco su mirada, pero sin desdibujar el entrecejo fruncido.
—¡El estar mínimamente agradecido por las atenciones de un Shoyū, debería ser algo más que predecible!
—¡¿Cómo puedo esperar sentirme agradecido si no puedo dilucidar la naturaleza de sus intenciones?!
—¿Qué?
—¡Usted…! —El coronel hizo una pausa y respiró hondo, cerrando los ojos un instante para tratar de calmarse. Cuando soltó con lentitud el aliento, nuevamente volvió a encararle—. ¿Cuál es su propósito?, ¿por qué le brinda atenciones a un simple soldado que usted mismo ventiló como un sarasa frente a todos los nobles? ¡¿Por qué pregona detestar mi supuesto comportamiento inmoral y desviado, para después azorarme en un pasillo y tocarme como si…?!
Arashi detuvo su diatriba aparentemente cayendo en cuenta de su censurable descuido, sin embargo, no desvío sus ojos, y permaneció enfrentándolo con la mirada furibunda y su respiración agitada.
—¿Como qué? —presionó el azabache con ganas de echar bronca. ¿No había deseado momentos antes una cháchara para su distracción? Pues ahí la tenía.
El coronel de Ryugenzawa parpadeó como buscando salir de una neblina irascible de incertidumbres, tensó la mandíbula mordiendo su labio inferior y se concentró en regular la agitación de su pecho.
—¿Como qué? —insistió.
Una súbita urgencia por escuchar a Arashi precintar, con el poder de la palabra, aquella turbulenta amalgama de emociones y de unilateral engatusamiento que el hombre de ojos caoba provocaba en él, comenzó a bullir en sus entrañas.
Sin embargo, el coronel tenía razón, estaba actuando de manera errática. Y ni siquiera entendía a cabalidad el por qué.
Su vanidad se henchía y regocijaba desde que fue consiente que el estoico guerreo podía sonrojarse por su causa; descubrió que, de una manera retorcida, disfrutaba verle confundido mientras fuese él quien ocupase sus pensamientos; fue atrapado por el fuego de esos ojos indómitos desde que era un crío y, maldita sea, deseaba sus atenciones. Quería que lo mirase como miraba a Shinnosuke, que le sonriese como lo hacía con el castaño, que dijera su nombre con aquella voz sedosa que parecía derretir la más férrea de las voluntades.
Quería cosas que no debería desear de un hombre.
¡De un maldito hombre!, ni siquiera con su exótica ex-prometida experimentó tantas añoranzas más allá del acto carnal en el que ella le había instruido.
¡Argh!
La iracunda mirada de Arashi transmutó en una más dócil, de confusión lastimera. Y aunque su entrecejo se relajó, la combinación de sus facciones siguió manteniendo un porte de molestia.
Pero esta vez, aquella visión de tribulación que el coronel exhibía para su deleite no la degustó con placentera diversión, más bien retumbó como una infracción en su conciencia.
—¡Dilo! —gritó molesto.
Tras un momento de punzante y muda tensión, Arashi habló de nuevo.
—Yo no quise…
—¡Dilo! —exigió.
—¿Por qué me odia? —contestó en cambio.
A Ranma se le rayó el pensamiento.
—¿Qué? —preguntó anonadado.
—Yo no… yo no me atrevería a interferir en su amistad con mi Señor Shinnosuke. Usted es atesorado por él, y no está en mi derecho socavar sus lazos. Además, el anhelo mío es ver a mi Señor gobernar con gloria las Tierras de Ryugenzawa y velar por su futura descendencia. Jamás he mirado a Shinnosuke con impuras añoranzas carnales o románticas, y por supuesto él tampoco a mí. No tiene nada que temer, ni por lo cual odiarme.
Si no fuese por el estado casi catatónico en que lo dejó la anterior delación de Arashi, el Señor de Nerima hubiese escuchado las palabras que tan ansiosamente estuvo presionado por oír desde aquella tarde.
Arashi no veía a Shinnosuke con deseo. Él mismo acababa de confesarlo de propia boca.
Sin embargo, el buen raciocinio del azabache se encontró degradado y sustituido por una única frase retumbando en lo más profundo de su cabeza con resonancia torturadora.
¿Por qué me odia?
¿Era en serio?
El estúpido enclenque realmente había dicho aquello.
Que él lo odiaba… ¡que él lo odiaba!
—¿Que yo te odio? —Las anteriores palabras le ruñeron tanto el seso que se vio incapacitado para detener la materialización de aquella pregunta bañada en punzante incredulidad.
—¿Disculpe? —cuestionó Arashi confundido.
—¿Que yo te odio? —repitió, más por inercia que por atender a su acompañante.
—Es que usted…
—¡Yo no te odio! —interrumpió con urgencia—. ¡Jamás! ¿Por qué tú…? —Ranma peinó su cabello hacia atrás, dándose un momento para excavar algún pensamiento grandilocuente de su mente. Mas sus revueltas emociones no parecían querer calmarse.
Cerró los ojos y en encorvó su postura, dirigiendo el rostro en dirección al suelo mientras descansaba las manos en su cintura. Inspiró hondo y exhaló por la boca con lentitud, tratando de mermar su agitación. Sin embargo, brincar de la diversión al desconcierto, pasando por un pequeño interludio de hirviente erotismo y enojo, no era algo fácil de tajar. Más aún cuando el causante de todo aquello permanecía frente a él.
—Eres tú el que me odia —dijo con voz serena y pesarosa, enfrentando la mirada de caoba líquida que se tornaba confundida—. Siempre, desde que éramos niños.
El cuerpo de Arashi se tensó tras sus palabras, y fue incapaz de ocultar la sorpresa que gobernó sus facciones.
—He de admitir que nunca comprendí el motivo de tu resentimiento, pero con el tiempo se convirtió en algo habitual y me fui acostumbrando —puntualizó solemne, pero no menos afectado.
Naturalmente, el peliazul nunca había puesto en palabras aquella verdad, al menos no a él. Sin embargo, Ranma lo supo en el instante que sus miradas se encontraron por primera vez. Y, a pesar que el fuego de la recriminación y el desprecio siempre brillaban para él en los ojos del pequeño Arashi, a Ranma le fue imposible escapar de la fascinación. No tuvo la voluntad para huir de esa mirada bravía e indómita teñida del caoba más resplandeciente y bonito que hubiese contemplado en toda su vida, enmarcada con un rostro de beldad etérea y sublime, casi divina.
Ranma quiso… siempre quiso que le notara más allá del odio mudo e inexplicable que sentía hacia él. Aquella era una verdad que fue, y que creía enterrada. Mas, seguía tan imperante en el presente como en su pasado.
¿Era sólo aceptación y legítimo reconocimiento lo que deseaba obtener del coronel de Ryugenzawa? O era algo más turbio y profundo. Tal vez sólo un insaciado capricho de la infancia. Pero de qué exactamente ansiaba saciarse.
—Y-yo no… —Arashi frenó sus palabras y parpadeó repetidamente, como tratando de desvanecer algún hechizo.
—¿Vas a negarlo? —preguntó cauteloso, arqueando una ceja en reflejo de la puya refrenada.
Ranma supo por instinto que, ahora que la premisa sobre el odio de Arashi hacia él fue vaciada en la claridad de las palabras, el coronel no se atrevería a negarlo, o por lo menos no trataría de encubrirse.
La consternación de Arashi aumentó, extendiendo sus párpados hasta que la forma de sus ojos figuró un perfecto círculo; la mandíbula perdió tensión y su boca se entreabrió levemente. Entonces, cual predictor del futuro, el Señor de Nerima confirmó su presentimiento al ver al coronel de Ryugenzawa bajar la mirada y apretar los labios. No afirmó ni negó nada, pero Ranma comprendió el mensaje silencioso tras aquella evasiva.
Un mutismo incómodo y prolongado imperó entre ambos mientras evadían el mirarse.
Arashi con seguridad esperaba una nueva orden para seguir, y él sencillamente no tenía humor de hablar.
Estaba dolido. Pese a conocer aquella verdad desde hacía tantos inviernos, la confirmación muda no fue menos demoledora; aunque por lo menos se estaban comunicando.
—¿Por qué me odias? —preguntó el azabache con voz neutra, sin malicia o reproches; dirigiendo su mirada a un cabizbajo Arashi.
Era su turno de regresar aquella pregunta. En un momento de fugaz revelación, Ranma decidió aprovechar tan extraño suceso de diálogo civilizado entre ambos para conocer más verdades sobre aquel hombrecillo, para saciar su curiosidad por él.
El coronel de Ryugenzawa lo enfrentó a los ojos tan rápido como el parpadeó de un rayo entre las nubes de tormenta; y su mirada, esa hermosa mirada, se inundó nuevamente con suprema incredulidad y sorpresa.
El silencio gobernó por segunda vez entre ambos
—¿Arashi? —insistió con terneza, sin dejar de mirarlo. Ante la aparentemente pérdida del habla de Arashi, la paciencia y cabalidad de Ranma comenzaba a resquebrajarse. Y, por si fuera poco, el azabache se sintió absurdamente incapacitado de exigir explicaciones con la regia autoridad conferida a un Shoyū.
El peliazul se estremeció tras la pronunciación de su nombre, sus facciones transmutaron a las de una agobiante consternación y acto seguido bajó la cabeza. Sus ojos se movían de un lado a otro con rapidez, como si con ellos pudiese desenterrar respuestas ocultas en los suelos.
Ranma se percató que, en cualquier otro momento, el coronel le hubiese respondido con algún comentario astutamente esquivo. Alguna frase educada sazonada con el toque justo de sarcasmo para hacerle entender que esos no eran sus asuntos y no estaba dispuesto a otorgar explicaciones innecesarias. De manera elegante y discreta le echaría en cara que era una pérdida de tiempo explicar obviedades que estúpidamente el Señor de Nerima parecía no comprender. O que sencillamente no metiera sus narices en tesituras que no le incumbían porque ser un cotilla no era apropiado para un Shoyū de su rango.
Y, sin embargo, ahí estaba el muchacho: vulnerable, consternado, confundido… perdido. Como un cervatillo asustado.
El estómago de Ranma se apretó.
No fue perversa satisfacción lo que sintió al mirar aquella turbación, sino más bien amarga aflicción y ternura.
Una tenue voz en su cabeza le advirtió que ser espectador de tal despojo de razón era tan despreciable como el peor pecado cometido. Y, en un acto de arrebato incomprensible, el Señor se Nerima zanjón la distancia que lo separaba del rígido y esbelto cuerpo de Arashi, buscando consolarle.
—Hey... —El ojiazul tomó la suave mejilla del coronel entre la callosidad de su mano. Arashi se estremeció al instante—. Mírame —pidió con voz suave.
Un tenue gemido pesaroso se escapó de los llenos labios del peliazul, y con dudosa lentitud levantó su rostro hasta encontrarse con las iridiscencias de azul profundo.
—Y-yo…
Cualquiera que fuese la respuesta que el coronel planeaba decir, sus palabras quedaron atrapadas entre los firmes labios del Shoyū de Nerima.
Ranma unió sus labios en un toque suave y casto, cauteloso incluso; lo justo para experimentar la sedosidad de aquella boca color melocotón que tantas veces lo había tentado. El cuerpo de Arashi se tensó al instante y su respiración pareció detenerse, sin embargo, el ojiazul no interrumpió el toque.
Embriagado por la esencia de lilas del coronel y completamente extasiado por el calor húmedo de sus carnosos labios, Ranma comenzó a adorarlos de manera lenta y cadenciosa; lamió y succionó cada uno con devota entrega, deseoso por contagiar al guerrero de ojos caoba de la misma fiebre que él. Ansioso porque él también reclamara sus labios.
En ese momento nada importó. No había espacio para intrusos en ese glorioso suceso. Cosas como la condición natural de ambos y su posición social quedaron socavadas por la exquisita neblina del deseo.
Un deseo que llevaba vibrando en el interior del ojiazul hacía muchos inviernos.
Arashi perdió el equilibrio, y parte de su peso quedó a merced del amplio y firme torso del Señor de Nerima. Ante tal desbalance, Ranma dejó que su mano libre se aferrara a la menuda cintura del muchacho, para mantenerlo a salvo de caer y evitando, por supuesto, que se alejara de sus brazos. El azabache casi sonríe victorioso por hacer tambalear las entrenadas piernas del coronel. Aunque él no estaba en mejores condiciones: su libido traicionera empezó a despertar y el corazón apunto estaba de reventarle el pecho.
Como acto de perversidad seductora, Arashi gimió entre sus labios y abrió ligeramente la boca, como compensando la veneración que Ranma le brindaba. El ojiazul no perdió oportunidad para probar sus adentros, para degustar su sabor; su lengua acarició cada rincón de aquella dulce cavidad incitando ligeros suspiros de redención que devoró con necesidad animal. Finalmente, Arashi participó en la lid, buscando con timidez el encuentro de sus lenguas; su caricia fue dudosa pero curiosa, casi virginal, queriendo memorizar la textura y sabor de aquel gentil invasor. Un trance de reconocimiento y aceptación.
Exquisito. El beso de Arashi era exquisito.
Ranma liberó un gruñido de satisfacción primitiva, completamente fascinado por el modesto proceder, y perdido en las deliciosas sensaciones que aquella tímida entrega le provocaba: el fuego le consumía desde los pies hasta la cabeza, su cuerpo ardía por el anhelo de tocar la pálida piel, la mente obnubilaba gustosa por beber el aliento y humedad de su boca cuál monzón en tierra árida, sus piernas empezaban a languidecer y las bolas le dolían.
Y todo por un simple beso.
No.
No era un simple beso. Era la gloria encarnada.
Estaría el ágil guerrero de ojos caoba tan duro y caliente como él. ¡Por TianRyū esperaba que sí!, porque el jamás experimentó tal pasión y necesidad en su vida.
Arashi interrumpió el trance para llenar sus pulmones, y Ranma bufó en discordancia. No había sido suficiente, quería yacer besando al coronel por toda la eternidad.
Permanecieron un breve tiempo sin moverse, absorbiendo el cálido aliento del otro en un trance sensual que resistía disolverse. Arashi mantuvo sus ojos cerrados como socarraron anclaje a los retazos de la utopía recién compartida, y Ranma prefirió deleitarse con la entregada imagen del coronel. El miembro del azabache látigo con fuerza al contemplar los labios melocotón húmedos e hinchados por su beso y la pálida piel sonrojada desde el cuello hasta las orejas.
¡Por todo lo sagrado!, quería tomarlo ahí mismo.
—M-mi señor… —murmuró con voz entrecortada, sin abrir sus párpados.
Ranma no pudo resistirse a entregar un beso fugaz a los temblorosos labios del coronel antes de comunicar su petición.
—Ranma —externó en tono bajo, casi provocativo—, dime Ranma —pidió rozando con su nariz la nariz del peliazul, en un vaivén tierno de un costado a otro.
Arashi gimió en un sonido contenido, una réplica sin fuerzas. Se alejó un poco de su rostro y negó con la cabeza, su errática respiración le impedía el habla.
—Por favor —imploró cual crío, acariciando con el pulgar la cálida mejilla del coronel. El deseo de escuchar su nombre, recitado en la voz sedosa del hombrecillo, ardía como lava en sus venas. Lo sentía tan necesario como respirar y comer, un poco más vital incluso.
Arashi exhaló lentamente, y Ranma pudo sentir su caldeado soplo sobre el cuello. En respuesta, el fornido cuerpo del azabache se estremeció y su miembro se hinchó un poco más.
¡Por el Dios Dragón!, iba terminar en ese momento por el sencillo hecho de sentir su respiración y tener el delgado cuerpo completamente entregado a sus brazos.
Por fin el coronel de Ryugenzawa elevó el mentón y abrió sus ojos. Al ver las iridiscencias color caoba, el Shoyū de Nerima tuvo un mal presentimiento; todos sus músculos se tensaron.
—¿Es este mi castigo? —cuestionó en tono bajo pero firme.
Ranma parpadeó descolocado.
—¿Qué? —respondió por puro instinto.
—¿O es una trampa? —La pregunta fue lanzada con mayor determinación y tintes de reproche vagaron en las vibraciones, como si le recriminara una traición.
Arashi caminó hacia atrás, alejándose de su toque si dejar de confrontarlo a los ojos; Ranma se sintió vacío al instante.
—¿De qué demonios hablas? —inquirió rechinando los dientes, más por la dolorosa soledad de sus brazos que por el repentino cambio de cariz en el ambiente.
—¿Es esta mi represalia por haberle golpeado en sus aposentos? ¿O es alguna confabulación perversa para alejarme de mi Señor Shinnosuke bajó la premisa de mi predilección desviada?
Al Shoyū de Nerima se le descolocó la mandíbula por la conmoción. La libido se esfumó en un chasquido de dedos.
—¿Qué? —Repitió la pregunta en pos de obtener mayor aclaración que la de sus propias figuraciones confusas. La realidad de la situación y de su errático comportamiento cayó tan rápido y fuerte en la conciencia del azabache que le dejó aturdido.
Había besado a un hombre. ¡Joder!
Y el muchacho en cuestión no se veía muy contento. Entendible, sin embargo…
Un pinchazo de decepción atribuló su pecho.
—¿De verdad está sordo?, ¿o es un fetiche suyo desear escuchar las cosas dos veces? —El peliazul estiró la espalda y mantuvo las manos en puño a sus costados; el mentón se mantenía elevado, desafiándole, y en su mirada caoba comenzaba a surgir algo parecido al desprecio.
Si fuese posible, los ojos de Ranma hubiesen salido de sus cuecas por el asombro, las cejas se alzaron en sincronía para completar la mascarada: Arashi acababa de recriminarle usando sus propias malditas palabras. Sin duda, eso le espantó el momentáneo aturdimiento.
Una vez pasada la conmoción, el Shoyū de Nerima se debatió entre la fascinación y el enojo. Casi ríe por aquella jugarreta bien aplicada, pero la forma en que actuaba el coronel, tan ajeno a la intimidad compartida y vertiendo en su mirada una descomunal aberración hacia él, como si fuese el ser más rastreo del Imperio –que probablemente lo era–, potenciado por la materialización de su mal presentimiento, le mearon el buen humor. Le mermaron el humor, punto.
—Disculpa mi escaso entendimiento —habló altanero, con reminiscencias de peligrosa advertencia; cruzó los brazos sobre el pecho e irguió su postura—, pero resulta que mi contrapuesto no ha brindado explicación alguna.
—¡Usted me besó!
«¡Y fue increíble, maldición!», farfulló para sí.
Ranma reprimió el impulso de disculparse por su atrevimiento, por haber omitido su voluntad en el hecho. Quizá el coronel no compartía esa necesidad carnal que Ranma descubrió recientemente sentía por él; probablemente Arashi no deseaba ser besado por un hombre. ¡Porque ambos eran hombres, carajo! Incluso, tal vez, hasta tenía una querida. ¿Qué tanto sabía de la vida del coronel?... prácticamente nada, era la amarga respuesta.
Con todo eso, también se resistió a confesarle que para él había sido una experiencia divina el probar sus labios y poseer su boca, a pesar de lo terriblemente censurable de aquello; retuvo las ganas de preguntarle si él también había disfrutado con su toque –aunque ahora era evidente que no–, porque, joder, deseó que hubiesen disfrutado juntos. Sin embargo, el azabache era un gran Shoyū de las Tierras Altas del Norte, y tenía su orgullo.
Y fue precisamente el orgullo el que habló en su nombre.
—Hasta donde recuerdo, tú también me besaste —incriminó con saña.
Fue el turno de Arashi para ser presa del asombro, mientras su rostro resplandecía con el color de los membrillos de invierno… tan adorable y tentador. Aunque eso sólo duró unos instantes: en un parpadeó, las facciones del coronel se tornaron duras, con el entrecejo fruncido hasta casi unirlo y los ojos entornados al punto que sus pupilas se ocultaban entre las pestañas.
—Entonces fue una trampa —determinó con rabia.
—¿Una trampa para qué? —A Ranma le estaba costando seguir el hilo de pensamiento de Arashi. Se encontraba sumamente descolocado, rumiando en sus adentros la desdicha y sopesando las consecuencias de su actuar tan imprudente. La respetabilidad, la honorabilidad, la moralidad, todo vaciado en saco roto por un instante de pasión. A dónde quedaban los principios y la buena reputación, su deber como linaje divino. Se había mancillado y a Arashi junto con él
Pero no sé arrepentía.
Era un imbécil.
¿Y para qué demonios quería él ponerle una trampa al coronel?
—Hubiera preferido un maldito castigo —murmuró entre dientes.
—¡¿Un castigo de qué?! —bufó exasperado. ¿Es que era tan difícil explicarse correctamente?
—¡De mi falta, maldición! —El verdadero carácter se Arashi resurgió nuevamente—. ¿Es que ya lo olvidó? ¡No hace mucho tiempo le solté un mamporro en la mejilla cuando en sus aposentos usted me dijo que…!
Arashi se interrumpió, pero Ranma no necesitó más para recordar su proposición: que se acostara con él, eso fue lo que había dicho.
—Déjame recapitular. —Ranma levantó una mano frente al coronel, frenando su siguiente alegato—. ¿Tú supones que lo que acaba de pasar es una especie de castigo por haberme golpeado? —preguntó incrédulo. No incrédulo, insultado; cruzó nuevamente los brazos.
¿Cuán ruin era ante los ojos de Arashi?
El coronel de Ryugenzawa entrecerró los ojos.
—No, es una trampa. Lo acaba de confirmar.
Fue el turno de Ranma para tornar sus ojos en finas rendijas.
—¿En qué momento exactamente?
—No lo hizo de manera directa —aseguró con pedantería, cruzándose de brazos también.
¡Qué el buen Dios Dragón lo ayudara!, quería matar al muchacho.
Antes de cometer asesinato, Ranma relajó el rictus de su espalda y con una mano se masajeó el entrecejo, poniendo la otra en su cintura. Le comenzaba a doler la cabeza, y junto con la frustración, el enojo aumentaba.
—Ilumíname —pidió con venenosa ironía, reponiendo su postura—. ¿Para qué querría yo tenderte una trampa?
—Para alejarme de mi Señor Shinnosuke.
Ranma gruñó.
Odiaba la amargura que se le atoraba en la garganta cada que presenciaba la leal devoción de Arashi para con Shinno.
¿Habría estado pensando el coronel en el Señor de Ryugenzawa mientras le besaba? Por el bien del castaño esperaba que no.
Aquella probabilidad torturó su cordura.
Inspiró hondo para sosegar su creciente furia, y cuando sus pulmones se llenaron al máximo, exhaló lentamente.
—Eres su coronel —señaló rechinando los dientes—, ¿por qué haría algo como eso?
—¡Porque me odia!
A Ranma le explotó una vena.
—¡Yo no te odio!
Se precipitó con furibunda desesperación hacia el coronel, iba retorcerle el pescuezo. Pero antes de llegar a su objetivo, el caos se desató.
El semental de Arashi relinchó encolerizado y giró para interponerse entre su amo y él. Una vez logró que el coronel retrocediera, se levantó en sus patas traseras, amenazándolo.
—¡Spartan!
Nild reaccionó al tiempo, colocándose entre él y el corcel negro, protegiéndolo y regresando la intimidación.
—¡Nild!
Ambos guerreros se apresuraron a calmar a los caballos, aunque les tomó mayor esfuerzo dada la tozudez e irritación de su talante.
Arashi tomó al semental por las riendas y afianzó el agarre por la muserola, enfocando la atención del animal en él; comenzó a susurrarle cosas ininteligibles.
Ranma hizo lo propio con Nild, hasta que la yegua se tranquilizó. A pesar que siempre disfrutaba exasperarlo, era una potra muy protectora.
El azabache aprovechó el interludio para enfriar su carácter también, tenía asuntos más urgentes que atender. Pese a que le ardían las manos por echarse en hombros al coronel y demostrarle por qué le había sugerido tan escandalosa proposición. Quería verlo retorcerse en deseo mientras gritaba su nombre al borde del éxtasis. Quería que se olvidara de Shinno y cualquier otro u otra, salvo de él.
Pero no sería débil.
Se tragaría su decepción y repararía el orgullo herido.
Él era un gran Shoyū después de todo y mendigar por concupiscencias no era digno de su rango.
Enterraría en lo más hondo la sensación lastimera que le provocaba que el coronel lo considerara un Señor impiadoso y cruel. Arashi lo creía un ser de la peor calaña, bien… ya le demostraría.
—Suficiente —ordenó el ojiazul montando a Nild—. Debemos seguir avanzando. —Hizo girar a la yegua para que retomara el camino.
El coronel de Ryugenzawa no respondió, pero por el rabillo del ojo lo vio montar a su corcel.
—Señor Saotome… —llamó firme y recompuesto, con la prudencia sobreponiéndose a la anterior irritación. Regresando al papel de perfecto coronel.
Ranma detuvo el trote, pero permaneció de espaldas al hombrecillo.
—No me separe de mi Señor, prefiero ser castigado.
El Shoyū de Nerima se enervó ante la petición, detestándose a sí mismo por permitir que ese guerrero de hermosos ojos lo alterara tan profundamente, mas usó los restos de su autocontrol para mantenerse estoico.
¿Era consciente de lo que le estaba pidiendo?
Por supuesto que sí, no era un muchacho idiota. Aunque dadas sus anteriores palabras, tal vez sí era un poco estúpido.
Arashi prefería ser humillado, azotado, arrastrado o torturado antes que ser tocado por él. El coronel lo repudiaba.
El mensaje había quedado claro.
Tenía que reconocer su equivocación y sepultar la afición que bullía dentro de él por el guerrero de ojos caoba.
De igual manera, se dijo, hubiese sido algo escandalosamente inmoral. Algo que no podía permitirse. Que no le estaba permitido.
Ranma sonrió con resentimiento al boscoso paisaje frente a él. Cuadró la postura y giró el rostro para mirar a Arashi sombre su hombro.
—Que así sea.
N/A: ¡No estaba muerta, andaba de parranda! ¡Yujuuuuu! Naaaa se crean, andaba trabajando... bueno ando. Ya saben cosas de la vida adulta. Snifff, sniff. Muchas gracias por todo el apoyo que le brindan a esta historia a pesar que su servilleta aquí presente se tarde eones para escribir y publicar. Valoro enormemente cada uno de sus comentarios, públicos o privados, de verdad hacen posible que de alguna u otra manera pueda seguir escribiendo. Por la actual normalidad he tenido que pasar muchas horas en el ordenador por cuestiones laborales, y al final del día solo quería alejarme de cualquier computadora o móvil. Pero aquí seguimos, lento pero seguro.
Saludos especiales a:
-Benani0125: Gracias por tu comentario, me alegra que te gustara. Ojalá disfrutes este nuevo capítulo.
-AkanePau: Qué bonito saber que lo que escribo te haya alegrado el día. A mi también me ha pasado y es como un lindo abrazo después de un momento terrible. Muchas gracias por seguir leyendo la historia.
-Shojoranko: ¡My Dior!, ¡Shojoranko-sempai! Gracias por leer la historia y compartir conmigo tus impresiones. Fijate que nunca hubiese imaginado que Taro tuvise tanto potencial para adaptar en los fics, no es un personaje que tenga muy presente, peeeeeeero puede ser un personaje magnífico si llegas a profundizar en su personalidad. Sólo espero darle un buen manjeo sin que pierda su esencia, porque me está encantando mucho trabajar con él. En cuanto a Ranma, creo que el pobre está llegando a su límite por reprimirse tanto tiempo, y pues vio la oportunidad y la tomó, jajajajaja. ¡Gracias por seguir la historia!
-An RTendo: ¡Gracias por la espera!, espero te guste este nuevo capítulo. Morí de risa con eso de que le gotea la manguera, jajajajaja. ¡Mejor descripción de la vida! Esto va a ser un spoiler, pero Taro no sospecha de Akane, porque él ha conocido hombres muy femeninos, de lo que sospecha es de la enfermedad de Shinnosuke.
-TatyGuerrero: ¡Amo tus comentarios!, me hacen reír mucho. Te voy a dar un medio spoiler (espero no te molste), pero el papá de Shinno tiene algo que ver, aunque fue coaccionado por alguien más, jujuju. Gracias por leer la historia a pesar de la lenta actualización, de verdad es invaluable para mí. Espero me puedas pasar el playlist que escuchas para leer Indómita, me gustaría probar tu estrategia. ¡Qué emoción!
-Lelek An3li: ¡Léleeeeeeeek! Gracias por siempre estar al pie del cañon con mis historias y por compartir tus opiniones. Al pobre Ranma ya se le cuecen las habas por echarse un taco del Coronel Arashi, jajajaja. Nunca pensé que usaía a Taro en alguna de las historias, pero me gustó el potencial que tine. Sólo espero manejarlo adecuadamente. Al pobre Ryoga le van a amarrar el lazo, ya veremos si se deja o no, jujuju. Yo también espero que tú y tu familia estén bien. Cuidense mucho. Un abrazo de oso para tú.
-Phanyzu: ¡Hola guapa señorita! ¡Gracias por leer esta historia también! y por apoyar los fanart sin falta. De veras, de veritas en sun apoyo supremamente valioso. Te confienso que me está gustando usar a Taro en la historia, al principio lo contemplaba como un personaje bastante terciario, pero ¡oh sorpresa! se está ganando su lugar. Un gran saludo para ti y tu familia, espero que todos se encuentren bien. Te mando un gran abrazo.
-VANE TENDO: ¡Gracias por darte el tiempo de leer la historia! Amo mucho la pareja de Ranma y Akne así que espero manejarlos adecuadamente. Me alegra que te vayan gustando sus interacciones. Ojalá, como tu dices, Ranma pueda perdonar la mentiura y Akane pueda darse la oportunidad de quererlo tanto como él ya la quiere a pesar que también lo considara un él. Espero te guste este capítulo. Un abrazo, y gracias nuevamente.
-1Andrea11: ¡Tus comentarios me dan mis años de vidaaaa! ¡Gracias por querer tanto esta historia! Me súper motivas, de veras. Y me alegra que te guste la mecánica de la misma. A mi también me está gustando trabajar con Taro, ¡quién lo hubiera dicho! Pero tiene un buen potencial. Yo también ya quiero escribir el cómo Ranma descubre la identidad de Akne, y en cómo la misma Akane, y todas las familias, se da cuenta que es la Akane heredera de Tendo.
Sé que hay más comentarios, pero el resto de las páginas me aparecen en blanco. Tal vez sea un bug de la plataforma. Sin embargo, agradezco inmensamente que me brinden sus opiniones y palabras de aliento para seguir. Me sacan una gran sonrisa de sincera emoción y alegría en mis días más pesados.
En cuanto pueda visualizar el resto de reviews, actualizaré los agradecimientos.
Gracias también a todas las personas anónimas que siguen esta historia.
Buena vida.
ºPenBaguº
