¡Hola a todos! Hacía literalmente doce años que no me pasaba por aquí. Traigo una historia de mi pareja favorita de Detective Conan: Heiji Hattori y Kazuha Toyama.
Han pasado diez años. Heiji vuelve a Japón. Kazuha no sabe como reaccionar. Un caso complicado, sentimientos encontrados y una atracción sin precedentes. ¿Podrán dejar atrás el pasado y empezar de cero?
Fic categorizado como M por escenas sexuales explícitas. Si no te gusta este tipo de contenido, ya estás avisado.
Los personajes de Detective Conan son propiedad de Gosho Aoyama.
CAPÍTULO 1.
Una mujer joven vestida con una bata blanca camina atareada por los pasillos de la Oficina de Investigación Criminal de Tokyo. Entre sus manos lleva dos carpetas con los resultados de los últimos análisis realizados por su equipo de trabajo y se dirige con determinación hacia el laboratorio para acabar de redactar los informes que debe entregar esta misma mañana al Jefe del la segunda división. Una serie de violaciones han provocado el caos en la ciudad, pero parece que el ADN encontrado en las pruebas realizadas a las víctimas apuntan a un único sospechoso: Yusuke Mito, un asqueroso reincidente que va a pasarse unos cuantos años más en la cárcel; aunque si fuera por ella, se pudriría dentro de su celda sin volver a ver la luz del sol.
Esta mañana se encuentra especialmente inquieta. Sus dedos se deslizan a toda velocidad por el teclado del ordenador. Se ha involucrado de sobremanera en el caso. El hecho de haber roto su relación con Tooru la ha hecho refugiarse en el trabajo, se ha dejado absorber por él y ahora está demasiado angustiada pensando cómo podrá lidiar con la realidad después de cerrar el caso que le ha llevado más de tres semanas.
Imprime el documento y guarda una copia en la carpeta de casos resueltos. Cierra el ordenador y se dirige al despacho del inspector Nagoya, un hombre serio, de unos cincuenta años, con mirada penetrante y olor a tabaco. Toca la puerta y espera que la voz del inspector la invite a entrar. A Kazuha aquel hombre la intimida, así que entra con la cabeza baja y sin mirarle a los ojos. Antes de poder llegar a la mesa de su superior choca con alguien y los papeles que lleva en una carpeta se dispersan por el suelo. La mujer se arrodilla y empieza a recogerlos pidiendo perdón. Es entonces cuando oye una voz conocida, una voz que no ubica pero que la trasporta al pasado sin saber muy bien en que momento ni a que lugar.
- Lo siento, ha sido culpa mía. - Dice la voz masculina, ligeramente ronca. Kazuha levanta los ojos y se encuentra con otros, azules, aquellos que reconocería aunque pasaran mil años.
- No se preocupe… yo… no miraba por donde iba. - Responde la joven sin poder apartar su mirada interrogativa de la del otro: penetrante, sorprendida… ¿dubitativa?
Kazuha acaba de recoger los resultados y el informe y se los entrega a Nagoya, que los lee por encima.
- Buen trabajo, Toyama. Como siempre. - Nagoya se levanta de su silla y señala al hombre que les acompaña. - Le presento a Hattori Heiji, a partir de ahora trabajará con nosotros en la división de homicidios y armas no registradas. - Señalándola a ella – Hattori, ella es Toyama Kazuha, la responsable del laboratorio de esta comisaría.
Las miradas de ambos se encuentran por un instante, intentan guardar las apariencias, bajan los ojos hacen una breve inclinación y se despiden.
...
¡Diez años! Han pasado diez años desde que le vi por última vez. ¿Qué hace en Tokyo? ¿Por qué nadie me ha avisado de que estaba aquí? No entiendo nada…
Estoy en casa, Saori aun no ha llegado, pero imagino que debe estar al caer. Necesito despejar mi mente y no quiero que ella note mi estado de histeria. Hace cuatro años que compartimos piso y nos hemos convertido en la familia de la otra, así que no quiero preocuparla. Cuando llegué a Tokyo hace diez años tenía a Ran. Pero la vida da muchas vueltas y nos pone donde quiere en cada momento, así que cuando Kudo volvió, tarde y sin explicaciones, decidieron casarse e irse a vivir a Londres. Entonces me quedé un poco sola, descolgada. No había hecho muchos amigos en la universidad, así que pasé unos meses bastante jodida, hasta que apareció Saori… Había puesto un anuncio para compartir piso en la puerta de la comisaría. Yo no quería un amigo, pero las facturas no se pagaban solas, así que decidí llamar. Ahora, cuatro años después, es la única persona con la que tengo una relación personal. Bueno, ella y, hasta hace seis meses, Toru… A él le conocí en una librería. Solía ir allí cuando quería evadirme del trabajo y él siempre me recibía con una sonrisa. No era el propietario, pero se pasaba muchas hora trabajando. Fue atento conmigo, me recomendaba novelas, me guardaba revistas científicas que sabía que me interesarían y me proporcionaba aquella evasión que tanto necesitaba después de un día duro en el laboratorio. Poco a poco fue acercándose más a mí, hasta que un día me pidió una cita. No sabía si estaba preparada para algo serio, pero me dejé llevar. Durante los años alocados de la universidad había tenido algunos líos, sexo sin compromiso ni sentimientos. Con Toru fue distinto. Me sentía reconfortada en sus brazos, me daba tranquilidad, me leía poemas al oído por las noches, después de hacer el amor, me proponía un futuro sin complicaciones que yo rechacé sin ningún miramiento la noche en que me propuso matrimonio. Con él estaba bien, era cierto, pero pensar que me quedaba estancada en aquella relación apacible y sin pasión me hizo ver que no quería una vida tranquila, yo no era de ese tipo de personas. Necesité mucho valor para volver a hablar con él. Sabía que le había roto el corazón en mil pedazos y que no tenía ninguna explicación lógica por haberlo hecho. El bueno de Toru no me lo recriminó, al contrario, aceptó con resignación que aquellos dos años habían sido un episodio más de su vida y salió de la mía sin hacer ruido. A veces le hecho de menos…
Oigo la puerta de entrada y me encierro en el baño antes de que Saori se dé cuenta que llevo un día de mierda. Oigo que grita mi nombre y que ha traído cena. Me meto en la ducha, tal vez así podré relajarme un poco y disimular mi estado de nerviosismo.
...
¿Cómo le hablo? ¿Cómo reacciono delante de ella? ¿Me odia? Me fui sin despedirme, ella no me buscó. Los dos sabíamos que después de la preparatoria me habían dado una beca para seguir mis estudios en Europa. Me ofrecieron plaza en criminología en una universidad de Barcelona al mismo tiempo que me permitían continuar colaborando con la policía japonesa en coordinación con el Ministerio del Interior español. Era la oportunidad de mi vida y no la dejé escapar, aunque aquello significó renunciar a ella.
Tenían que ser seis años, pero el idioma me impidió poder avanzar así como habría querido, así que se convirtieron en nueve. Me enamoré de la ciudad, de su gente y de su cultura. Dos años después de haber llegado ya podía seguir las clases en español y catalán, así que no fue difícil empezar a conocer gente y a relacionarme con los chicos que estudiaban conmigo. Viajé mucho y me preocupé poco por lo que había dejado en Japón. Algunas noche me despertaba sudado, recordando las noches que pasé con ella durante el último año de instituto. La echaba de menos pero mi orgullo no me permitía coger la iniciativa. Le escribí correos electrónicos que se quedaron en el borrador, pidiéndole perdón, invitándola a pasar las navidades conmigo en Barcelona. Las largas duchas de agua fría y las innumerables veces que mi cama fue testigo del vívido recuerdo de lo que ella provocaba en mí acabaron poco a poco cuando conocí a Carla.
La vi por primera vez en una reunión con el Jefe de la Policía Nacional. Era una mujer de treinta y cinco años, yo sólo un chico de veinticuatro. Su sonrisa sincera y sus ojos nítidos llamaron mi atención de inmediato. La seduje, no fue difícil. Con ella viví tres años de una pasión prohibida. Trabajábamos juntos, me ayudaba con los exámenes y el idioma, nos entendíamos en todo. Las horas en la oficina acababan con largas sesiones de sexo que nos dejaban exhaustos. ¿Me enamoré de ella? Tal vez.
Tres meses antes de volver a Japón me pidió que me quedara en Barcelona, que me dejara llevar por lo que sentíamos el uno por el otro, pero me habían ofrecido un trabajo que no podía rechazar, así que lo hice de nuevo: abandoné lo que tenía por mi obsesión por los casos. La última noche que pasé con Carla fue triste, pasional e irrepetible. No me culpó, era una mujer de casi cuarenta años que se había obsesionado con un hombre más joven. Aceptó que aquello se acababa y me acompañó al aeropuerto para despedirse de mí para siempre.
- Gràcies per aquests anys, Heiji. T'estimo. (I)
- Watashi mo anata. (II)
...
La reunión de primera hora tenía que servir para presentar al nuevo encargado de la Primera División. Todos los miembros de la oficina estaban sentados, hablando con sus compañeros de forma amena. Todos menos ella. Su cara blanca y sus ojeras ponían de manifiesto que se había pasado la noche en vela. Sus cabellos, que antaño habían sido largos, ahora le llegaban un poco más arriba de los hombros, dejando ver su cuello tenso. Entre sus manos, un bolígrafo que no paraba quieto y, debajo de la bata, unas piernas temblorosas.
Entró Hattori y todo el mundo se calló. Junto a él, el inspector jefe Nagoya. Empezó a hablar intentando evitar el contacto visual con aquella cara que le resultaba tan conocida. Ella no podía escuchar sus palabras, estaba absorta mirando sus facciones, perfectas. Su cara, que recordaba infantil, había cambiado con el paso de los años y ahora se veía adulta. La barba de dos días le otorgaba un atractivo que ella no podía reconocer en él. Sus ojos azules, sus labios húmedos, sus espaldas anchas, sus manos grandes y fuertes. ¿Cuándo había cambiado tanto? Ya no era el chico adolescente que ella había amado. Ahora era un hombre... ¡Y qué hombre! Sus movimientos dejaban entrever que su cuerpo estaba trabajado, sus muslos, su trasero… Kazuha no podía dejar de prestarle atención mientras que sus mejillas se sonrojaban y su respiración se aceleraba.
Por su lado, Heiji dejó de hablar y mientras todos abandonaban sus sillas, dirigió la mirada hacía Kazuha y se encontró con aquellos ojos verdes penetrantes. Ella se levantó de su silla dispuesta a irse pero él le hizo un gesto con la mano para que se quedara. Entonces ella tembló y él no pudo evitar sentir nervios. Estaba tremendamente atractiva, mucho más que antes, la pequeña chica que recordaba era bonita, torpe y sin curvas. Ahora era distinta. Debajo de la bata blanca podía ver a una mujer hecha y derecha, esbelta y sofisticada. El vestido azul marino que llevaba dejaba ver el inicio de su escote y el cinturón que se acomodaba en su cintura le marcaba una figura de reloj de arena. Sus piernas largas y delicadas, todo un conjunto que la hacía perfecta, diferente pero parecida a su Kazuha del pasado.
Mientras se miraban el uno al otro todo el mundo abandonó la sala de reuniones y se quedaron solos. No se acercaron.
- Hacía mucho tiempo… - Comenzó él.
- Diez años, creo.
- Te veo bien, estás… diferente…
- Ya no tenemos dieciocho años, Hattori.
- Cierto… - Él sonrió y ella se estremeció al observar aquellos labios.
- ¿Querías decirme algo?
- ¿Cenamos juntos esta noche? - Kazuha no podía creer lo que acababa de escuchar. Pensó que él se había dado cuenta de lo que provocaba en ella y se puso a la defensiva.
- ¡No voy a volver contigo como un perrito faldero!
- No lo pretendo... Acabo de llegar a Tokyo y bueno, sólo me gustaría poder hablar con mi mejor amiga…
- Hace mucho tiempo que no somos amigos.
- Precisamente… Me gustaría conocerte, me intrigas… - Heiji clavó su mirada en los iris verdes de su acompañante y se supo perdido, no podría evitar enamorarse de ella… otra vez. Al mismo tiempo, Kazuha no quería dejarse ver débil aunque tenía por cierto que delante de él siempre se había sentido así.
- Nos vemos a la salida. ¡Y pagas tú! - Cerró la puerta detrás de ella, corrió hacia el laboratorio, se sentó en su silla y se dispuso a trabajar para no pensar en nada… aunque aquel día fue imposible.
...
(I) Gracias por estos años, Heiji. Te quiero.
(II) Yo también te quiero.
...
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Natsu
