Disclaimer: las franquicias de Harry Potter y Gakkou no Kaidan no son mías, le pertenecen a sus respectivos creadores, yo solo los tomo prestados.

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Dudley había estado pasando una buena noche con sus amigos. Debido a todo lo que estaba sucediendo con su familia, la señora Polkiss les había organizado una noche de pizza y películas y videojuegos que habían disfrutado mucho, en especial por la cantidad de comida chatarra que se les permitió comer aparte de la pizza.

Cansados después de toda la diversión, todos se habían ido a dormir ya tarde en los sacos de dormir repartidos en la habitación de Piers, sin notar a la pequeña muñeca rubia que los observaba con una maliciosa sonrisa sentada sobre el armario de ropa.

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Un terrible frío que calaba los huesos y la húmeda tierra bajo él fue lo primero que sintió Dudley Dursley al despertar en el espeluznante bosque en el que había aparecido sin saber como.

Desorientado y muy asustado, se puso de pie desesperándose al no ver una salida. Únicamente los tétricos árboles de aquel sitio se podían vislumbrar en cada dirección que miraba.

"Vaya... Veo que ya despertaste, niño". Dijo una voz profunda entre los árboles, voz que le provocó un miedo enorme a Dudley.

"¿Q-quién e-eres tú?" Preguntó el rubio casi lloriqueando.

"No querrás saber, niño, aunque soy muy conocido y temido, en especial por los niños que se portan muy mal, como... tú". Le respondió el ser con tono divertido. "Bueno, basta de charlas. Verás chiquillo, has sido traído hasta aquí para jugar un juego con nosotros".

"¿U-un j-juego?" Repitió Dudley.

"Sí, un juego". Confirmó el ser con leve irritación. "Se llama Dudley Caza, y consiste en que tú tendrás que correr hasta llegar al final del bosque antes de que nosotros te atrapemos, ya que si te logramos atrapar, créeme, no te gustará nada lo que te espera si tal cosa ocurre". Advirtió éste con voz cantarina y burlona como si ya estuviese saboreando dicha posibilidad. "Tienes hasta la cuenta de diez para correr lo más lejos posible antes de que empiece la cacería, niño".

"¿Q... qué?" Balbuceó Dudley nervioso. ¡Ni siquiera sabía en que dirección estaba la meta! Pero no tuvo más remedio que echarse a correr y esperar lo mejor cuando inició el conteo aquel ser.

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No sabía cuanto tiempo había estado corriendo, las piernas le dolían y cada respiración se volvía más dificultosa por segundo. Los pulmones ya le ardían y su boca casi le sabía a sangre, pese a ello, no podía detenerse ni un minuto. Ya lo había hecho antes y por ello, casi lo atrapa una horrible criatura pequeña semejante a un duendecillo.

El unigénito de los Dursley sintió como una mano huesuda y fría trató de sujetar por atrás su brazo. Aterrorisado golpeó a aquella cosa y continuó corriendo sin prestarle atención al chillido enojado que profirió el ser.

Lágrimas calientes surcaban su rostro con cada terrorífico monstruo que se le cruzaba en el camino, sin embargo, el terror que les tenía era más grande que su agotamiento impulsándolo a seguir avanzando y defenderse de ellos con lo que tuviese a mano, ya fuesen piedras o ramas secas. Solo los plateados rayos de la brillante luna que se filtraban entre las copas de los árboles le servían para ver por donde iba, no obstante, todavía se tropesó con ramas, piedras y sufrió arañazos en los brazos de varias ramas que se interponían en el camino.

Aliviado tras lo que parecían horas interminables, logró llegar al final del oscuro bosque, viendo delante de él un amplio prado con varias rocas de diferentes tamaños regadas en la superficie del lugar, totalmente iluminado por la luna.

Con las piernas temblorosas, el rubio cayó al frío pasto recuperando el aliento por todo ese terrible calvario.

"¡FELICIDADES, NIÑO! Lograste salir del bosque con éxito. Aquí tienes, una recompensa por ganar el juego". Le dijo con falsa alegría la criatura.

De la nada, una larga mesa llena de comida de aspecto delicioso apareció frente al agotado Dudley, que no pudo resistir acercarse más a ella tras ponerse aduras penas de pie, salivando ante todo aquel magnífico banquete, pero al dar el primer bocado de un sándwich de tocino, sintió que algo viscoso se movía dentro de su boca. Asqueado, escupió aquella cosa y vio que era un gordo y repugnante gusano . Seguidamente, asustado dirigió su mirada sobre el sándwich de aparente aspecto delicioso que tenía en la mano, y observó con crecientes náuseas como varios gusanos e insectos salían de él.

"Vamos, pequeño Dudley. Disfruta de tu premio, no dejes que unos cuantos gusanos e insectos te detengan". Lo alentó con voz melosa la criatura.

Su cuerpo empezó a moverse por su cuenta y tomó a manos llenas sándwiches de tocino, alitas de pollo frito, rebanadas de pizza, patatas fritas, hamburguesas, deditos de queso... todos repletos de asquerosas alimañas que fueron a parar a su boca, sin poder evitarlo llorando con cada bocado, por primera vez deseando no atiborrarse la boca de comida chatarra como siempre lo hacía, sobre todo cuando Alice estaba presente observando sin que a ella se le permitiese comer nada.

Mientras que continuaba y continuaba devorando toda esa asquerosa comida, una burlona cacofonía de risas de ultratumba comenzó a escucharse a su alrededor. Esta se hizo cada vez más alta llegando a un nivel insoportable que le estaba provocando la madre de todos los dolores de cabeza. Puntos negros comenzaron a aparecer nublando su visión, hasta que todo se volvió negro y ya no supo más, aunque esto no duró mucho, pues repentinamente sintió como alguien lo agitaba de los hombros con persistencia.

"¡Dudley, Dudley, despierta!" Escuchó que lo llamaba una voz conocida.

Al abrir los ojos, lo primero que vio el ojiazul fue a sus cuatro amigos rodeándolo mirándolo con preocupación.

"¡Que bien, despertaste! ¿Oye amigo, estás bien?" Le preguntó Dennis soltando sus hombros y alejándose un poco del rubio. "Nos despertamos porque estuviste removiéndote dentro de tu saco de dormir y diciendo cosas que no pudimos entender. Además a veces gritabas y... llorabas". Dijo incómodo el niño.

"Sí, y dado que no despertabas, estuvimos apunto de ir por mi madre". Agregó Piers.

"Tranquilos, solo tuve una pesadilla". Una muy horrible, pensó eso último Dudley. "Siento haberlos despertado".

"Um, bueno... descuida, amigo". Dijo Piers asintiendo al igual que los otros tres niños, algo inseguro. "De todos modos, ya es hora de desayunar, ¿vienes, Dudley?"

"Sí, adelántense, voy en un momento. Solo necesito usar el baño". Les dijo el rubio.

"Okey. Vamos, chicos". Dijo Piers saliendo de la habitación seguido por Dennis, Gordon y Malcolm, dejando a Dudley solo.

El ojiazul tomó unas cuantas respiraciones profundas para calmar su agitado corazón, tal y como les había indicado en una de sus clases su profesor de educación física. "Un mal sueño, solo fue un mal sueño". Se dijo así mismo para tranquilizarse.

"Yo no estaría tan seguro". Habló de pronto esa aterradora y profunda voz cerca de su oído causando que del miedo, el rubio se quedara petrificado en donde estaba y con la voz atascada en la garganta.

Aquella cosa posó suavemente una grotesca mano del color del alquitrán con largas y afiladas garras amarillentas sobre el hombro del ojiazul haciéndolo temblar horrorizado. "Pórtate bien, Dudley Dursley. Recuerda que te estaremos vigilando, porque si no te portas bien..., vendrá el Coco y te comerá". Canturrió la escalofriánte criatura, desapareciendo repentinamente tras proferir una inquietante carcajada.

Desde ese día, Dudley Dursley cambió drásticamente su forma de ser, pasando de ser un niño problema y futuro delincuente a un niño educado y de comportamiento ejemplar con un prometedor futuro, con una aversión inexplicable a la comida chatarra (cosa que lo estaba haciendo bajar bastante de peso), dedicado a defender a quienes más lo necesitaran, sorprendiendo a todos sus conocidos, sobre todo a su prima Alice y a sus cuatro amigos que no se podían explicar tal cambio en el rubio.

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