Actualizado al (11-2022)
RESUMEN
Los planes de Rin Taisho se ven arruinados cuando su padre le dice que han heredado un titulo nobiliario y deben trasladarse a la propiedad de inmediato. La casa vieja mantiene a Rin recelosa hasta que su hermana hace un escabroso descubrimiento; la antigua condesa es idéntica a ella, tanto en nombre como en apariencia. Intrigada decide buscar información sobre sus antepasados descubriendo un pasado oscuro al rededor del matrimonio con el antiguo conde Sesshomaru Taisho. Para su mortificación pronto se ve obsesionada con un retrato del conde e inconscientemente la noche de navidad pide un peligroso deseo.
"—Sesshomaru Taisho, como deseo haberte conocido"
Cuatro
¿Estaba bien corresponder un beso que sabía que no era para ella?
Los suaves labios la acariciaron, primero su boca, luego su mejilla, sus ojos, marcaron una línea por su nariz antes de volver a su boca. De nuevo el roce tentativo, como si de obtener su permiso se tratara.
Rin seguía con los brazos colgados a ambos lados. Él, al ver que ella no lo rechazaba apretó su agarre pegándola más a su torso. Ella estuvo a punto de gemir, sobre todo porque él había atrapado el lóbulo de su oreja derecha con los dientes. Aquello era irreal en todos los sentidos.
Sesshomaru repartió besos en la línea de su mandíbula, Rin se sentía demasiado mareada como para detenerlo. Su boca volvió a tantear la suya con pequeños roces, este hombre sí que sabía cómo hacer caer a una mujer.
Rin se volvió estática. Su mente salió del trance cuando sintió un líquido caliente sobre sus costillas. Instintivamente lo aparto para confirmar lo que se estaba imaginando.
—Estas sangrando – chilló.
Sin poder controlarse sus manos fueron a los botones de su camisa, necesitaba ver por qué esa herida aún seguía sin cerrarse.
Él le cogió las manos.
— No – sentencio, con voz firme.
Rin se paralizo por su dureza. Lo observo salir de la habitación por la puerta que conectaba con la de él.
Esa iba a ser una larga noche.
La mañana siguiente, Rin se despertó con una resolución: llegaría a la cueva a como dé lugar. La excusa perfecta era que pasearía en caballo, aunque ella prefería mantenerse lo más alejada posible de los animales, los caballos podía soportarlos. La doncella llegó con el desayuno en cuanto Rin la llamó. Siguiendo los mismos pasos de la tarde anterior, le pidió que la ayudara a vestirse especificándole que quería ir a montar a caballo.
Debí imaginarme esto.
Un quejido salió por su garganta al ver el traje de amazonas un vestido, ¿cómo demonios una mujer se subía en un caballo vestida de esa forma? Necesitaba unos pantalones, no se subiría en un animal que triplicaba su peso en una silla para una princesa.
— Gracias por tu ayuda—le dijo cuando estuvo vestida.
Tras cerrar la puerta se metió en el guardarropa en búsqueda de unos pantalones. Lo más decente que encontró parecían unas medias pantys bastante oscuras.
Eso servirá.
Caminar por la nieve vestida de esa manera, era una tortura. Rin moría por unos pantalones decentes, lo único rescatable eran las botas altas. De resto se sentía completamente incomoda.
Los establos estaban vacíos, camino a través de todo el lugar para encontrar que no había nadie.
— ¿Hola?—llamo sin obtener una respuesta a cambio.
Esto es peor que un congelador, ¿qué esperabas Rin? ¿Una multitud dispuesta a servirte? "Oh venga señora – Se imaginó a cinco hombres llevando sillas de montar en sus hombros—. ¿A cuál de sus caballos le gustaría montar hoy?". Buahh.
Llego hasta el final y diviso el paisaje con una sonrisa en sus labios. Más allá la nieve era más espesa, los arboles revestidos de blanco se veían mucho más cerca que desde su ventana. Si su memoria y sentido de la orientación no le faltaba, solo tenía que caminar derecho. Tembló de frio de solo imaginar adentrarse en el bosque.
Con un suspiro, dio el primer paso. No iba a quedarse a esperar a que alguien apareciera, aunque ya había pensado en la posibilidad de llevar un acompañante, también pensó en como deshacerse de él por el camino. Todo lo que ella quería era entrar de nuevo a la cueva.
La nieve le llegaba hasta la cintura.
—No crees que hay mejores cosas que hacer dentro de la casa.
Maldición, no otra vez.
— Quiero nadar en la nieve, es divertido. – Era obvio que Sesshomaru estaba vigilándola.
Rin simulo un clavado. Cayo sentada sobre el motón blanco. Él la miraba escéptico.
— Bien, no quiero nadar en la nieve, vine por un caballo y no hay nadie – se quejó aun sentada sobre el montículo blanquecino.
— Los caballos no salen a pasear en pleno invierno, sabes eso perfectamente.
— Lo olvide. Lo siento – resopló, irónica.
Ella se sentía enojada con él por la manera en la que se había ido la noche anterior. No es que estuviera molesta por no continuar lo que empezó, sino más bien, era por no dejarle ver su herida. Ella no pensaba hacerle nada malo y su desconfianza la sacaba de sus casillas.
— Volvamos a la casa – ordenó el conde.
No, no quiero.
— Prefiero dar una vuelta por ahí si no le importa.
— Entonces espero que no te importe mi compañía – repuso Sesshomaru sin mirarla.
Se dio la vuelta y llamo a alguien. Como ella aún estaba tratando de levantarse no escucho a quien. En cuanto el cabello rojizo apareció, ella supo que había encontrado a Shippo.
Es mayor de lo que pensé.
El niño de unos once o doce años venía con unas sillas, las dejó colgando y trajo a dos caballos consigo. Uno de ellos la dejo impresionada por su hermoso color blanco, el pelaje brillante. Todo en ese caballo le indicaba que debía valer una fortuna. El siguiente marrón oscuro lucia igual de caro sin el peculiar color.
¿Pretendía Sesshomaru salir a montar con ella?
— Milord—pronuncio con suavidad.
Su mirada fue a ella diciéndole que tenía su atención.
— ¿Podría ordenarle al chico que ponga una silla normal a mi caballo? — pregunto al darse cuenta de que shippo había colocado una silla de montar femenina en uno de los caballos.
— ¿Por qué haría eso?
Buena pregunta, un no tengo idea de cómo montarme no suena como una buena respuesta.
Rin arrugo la frente.
— Milord, todo listo – anuncio el chico.
— Andando.
Demonios.
¿Por cuál pie se empezaba?
Sesshomaru debió notar su indecisión.
— Te subiría sino temiera que mi herida volviera a abrirse.
— Claro.
Fue el joven Shippo quien le dijo como subir. Sesshomaru hizo lo propio con el semental blanco. Parecía el príncipe de alguna película de Disney, bueno, el lucia más como el villano.
El caballo comenzó a moverse. Rin por poco se cae en el primer paso.
— Mi lady ¿Se encuentra bien?
Rayos, por eso quería una silla normal.
Otro pasó.
— Esto no va a funcionar – el miedo habló por ella – Sesshomaru, bájame de esta cosa – si sonar como vendedora ambulante había sido su intención, lo había conseguido con honores.
Sesshomaru se detuvo, Rin no se dio cuenta de la forma en la que la miraba, todo lo quería era sentir el piso sobre sus pies. No espero la ayuda de nadie para saltar al suelo.
— Milady – Shippo se lanzó a atajarla.
— ¿Qué demonios te pasa?— gruñó Sesshomaru parándose a su lado.
— Me pasa que te dije que quería una silla normal — Sus manos temblaban y no precisamente de frio.
— Esa es una silla normal.
— No, esa es una cosa absurdamente incomoda fuera de cualquier límite de ergonomía.
— ¿De qué?
Ay, tenía que controlarse en las palabras que decía.
— La silla es inhumana—aclaró luchando por recuperar la compostura.
— Hasta ahora nunca habías tenido problemas para montar en una silla femenina.
— Bien, súbete tú en ella y yo me subo en la tuya– lo reto con un deje de picardía en su voz.
Ella le paso por un lado y se montó en el caballo blanco de manera limpia, como si estuviera acostumbrada a ese tipo de silla. El animal no opuso resistencia y Sesshomaru, quien aún tenía las riendas en sus manos, la miraba de hito en hito.
— Va a seguir peleando por la maldita silla o se va a subir, no tengo todo el día.
Y en ese momento lo vio sonreír.
Rin sintió a su corazón detenerse por un instante.
Sesshomaru se dispuso a subirse justo detrás de ella. Su pierna la rozo al pasarla, Sintió su amplio pecho sobre su espalda, el brazo que sostenía la rienda la pego más a él. El contacto fue directo a su ingle, estaba pasando de estar enojada a estar completamente excitada. El frio se había ido, todo lo que sentía era calor humano. Ese paseo sería una completa tortura.
Podía sentir, en su espalda, el corazón del conde latiendo a una feroz velocidad. Le dijo, al oído, muy cerca, que se quedara muy quieta por un instante. Ella obedeció obnubilada. Él cogió las riendas con el brazo que llevaba en el cabestrillo la noche anterior. Lo sintió hacer otra cosa, se echó para atrás y Rin sintió como una pesada tela era colgada sobre sus hombros. Se había quitado su abrigo para ponérselo a ella.
—Milord, eso no es necesario.
— Sesshomaru – susurro. Al ver que ella no respondía agregó—. Me gusta cómo suena mi nombre en tus labios.
El caballo emprendió su paso, iba lento siguiendo los caminos donde la nieve había sido despejada. El calor que irradiaba el conde la cubría por completo, era una mezcla de sensualidad con virilidad que la apabullaba. Que diferente era este hombre de los chicos con los que ella acostumbraba a tratar. Inclusive los más populares que gozaban de fama entre las chicas se quedaban cortos, no importaba quien fuera, ella estaba segura de que cualquiera se quedaría corto ante tan solo una mirada del conde.
Sesshomaru se detuvo al borde de un claro, estaba congelado.
— No es seguro pasar por allí y no podemos ir a ningún otro lado – le informó luego de veinte minutos de camino.
— Descansemos un rato entonces – Con la agilidad típica de un adolescente salto del caballo.
— Preferiría que regresemos – le dijo él.
— No seas terco, se nota que te cuesta respirar – señaló a sabiendas de que podía ser por la herida que aún no le había dejado ver o por la cercanía con su cuerpo. Por un instante sintió un ligero golpe de celos por Lady Rin. Sesshomaru la miraba con tal intensidad con la que solo se mira a un ser amado.
Él le obedeció.
—El doctor Suikotsu vino esta mañana.
— ¿Qué dijo? – pregunto ella con sumo interés.
— Sus palabras fueron alentadoras – respondió seco.
Al ver que no pensaba decirle nada más comenzó a caminar por la orilla del congelado rio hacia el lado contrario que le había señalado el conde. La nieve le llegaba un poco más arriba de los tobillos por lo que se le hacía un poco incómodo el andar. El la seguía de cerca.
— Pensé que querías descansar.
— Lo siento, yo— me deje llevar por el paisaje – balbuceo.
— Solo hay nieve.
— No le quita lo hermoso – observo ella perdiendo su mirada en el profundo blanco.
Igual que a ti.
— Regresemos – ordenó el conde. Sin darle tiempo a protestar la cogió de la muñeca arrastrándola con él.
¿Y ahora que hice? Este tipo es increíble.
Tenía el ceño fruncido, como si ella hubiera dicho algo que no debería. Rin pensaba en que podría haberlo molestado.
Con ese genio no me extraña que su esposa se haya escapado.
Un momento, como sabia ella que Lady Rin se había escapado, todo lo que había dicho era que desapareció, mas no que se escapó. Y sin embargo, ella tenía la completa certeza de que Lady Rin se escapó.
La cabeza le dolió de repente. Vio el rio de una manera distinta, con agua corriendo. El prado verdoso, los arboles naranja. Distintas épocas de un mismo lugar, uno que ella solo conocía como banco.
Se apoyó en su mano para subir al caballo.
Durante el camino de regreso ninguno habló. Él porque solo hablaba para buscar un motivo de pelea y ella porque no quería darle aliento a un nuevo asalto en el rin.
— Milord – grito alguien desde la casa justo cuando ella desembarco.
Sesshomaru pronuncio algo inaudible.
— Lady Kanna, ha vuelto a suceder.
— ¿Qué cosa? – pregunto ella.
No sé ni para que me molesto.
Sesshomaru la ignoro y salió corriendo hacia la casa, varias miradas se posaron en ella haciendo lo mismo que el conde con ella, pasó de ellos y se metió en la casa. No necesito que le dijeran a donde había ido, los gritos de varias mujeres se escuchaban a toda potencia, siguiéndolos llegó a una habitación bastante infantil.
La niña estaba sentada frente a la ventana. Dos mujeres estaban en el piso limpiando una mancha roja. Más allá, estaba la condesa y una mujer de unos 30 años, esta sostenía su brazo con una toalla, a todas luces, manchada con sangre.
— Yo solo le dije que era hora de estudiar letras, ella se negó—
Sesshomaru, que estaba tras de Kanna, escuchaba atento mientras que miraba a su hermana.
— ella me atacó con el espejo.
— Kanna – gruño Sesshomaru. La niña no le prestó atención.
Al intento de hacerla girar, la niña le respondió con una patada.
— Alto – grito Rin temiendo la respuesta del conde.
Llego en un brinco a donde ellos estaban.
— No es la manera de tratarla—declaro ganándose todas las miradas.
— ¿Qué esta insinuando?
— No insinuó nada, señora. Solo digo lo que es obvio.
Kanna se retorció en el brazo de Sesshomaru. En respuesta él afirmo su agarre.
— Vas a lastimarla – le recrimino —. Solo suéltala.
— No vas a decirme como tratar a mi hermana.
— ¿Qué le quito a Kanna? – le pregunto a la mujer que se imaginó como la niñera.
— Nada.
— Me está diciendo que no le arrebato los pinceles a la niña – punzó al darse cuenta de que habían manchas de pintura verde y azul en la alfombra.
La mujer se tensó.
Fue eso, al quitarle las pinturas desencadeno su instinto de protección. Rin, se preguntó cuántas veces había sucedido eso. Esperaba que no muchas, mientras menos episodios hubiesen ocurrido más fácil sería corregir su conducta.
Pobre niña en un mundo donde nadie la entendía.
Ante la no respuesta de la mujer, volvió sus ojos al conde. Este aflojo su agarre.
— Salgan, todos – ordenó Sesshomaru.
Las mujeres obedecieron al instante, ella quería quedarse pero, al ver la mirada dura del conde, decidió que no era el momento. Más tarde encontraría la manera de abordar a Kanna.
Subió a su habitación y se dejó caer sobre la cama, cerró los ojos y percibió un olor diferente pero familiar al mismo tiempo. Se quedó un rato más sintiéndolo hasta que se dio cuenta de dónde provenía; el abrigo de Sesshomaru que aun colgaba de sus hombros. En medio de todo el asunto con Kanna, se le había olvidado regresarlo.
Quitándose los zapatos, se hizo un ovillo en la cama, envolviéndose con la gruesa tela emanante de olor masculino. Sin querer termino mordiéndose los labios al imaginarse como seria besarlo realmente. Un beso profundo, de esos donde degustabas los labios del otro y las lenguas se tocaban, donde se te cortaba el aliento y sentías el calor bajar por tu cuerpo.
¿Qué estás pensando Rin?
Eso no sucedería, él no estaba enamorado de ella. Su amor era con su esposa, ella era solo una usurpadora pasajera que tarde o temprano terminaría yéndose. Ninguna de sus caricias sería realmente para ella, ni sus miradas, ni sus besos. Ceder a sus deseos sería un grave error, puesto que siempre sabría que la mujer a la que él amaba, no era, ni seria nunca, ella. Eso no debía olvidarlo.
Lo mejor era inmiscuirse lo menos posible con la familia Taisho, eso lamentablemente incluía a Kanna.
A pesar de que había pensado no hacer nada, más tarde volvió para buscar a la pequeña Taisho. En teoría era su prima, una muy, muy lejana, pero prima al final. Entro en la habitación y lo que no se esperó fue encontrar al conde allí. Su cuerpo enseguida reacciono a su presencia, se sonrojo al sentir su olor y la forma en la que se había dormido arropada con su abrigo.
— ¿Qué quieres? – pregunto él en cuanto la sintió entrar.
— ¿Qué edad tiene Kanna? — pregunto centrándose en lo que había venido a hacer.
Sesshomaru la miro con cara de que ella debería saber la edad de su hermana.
— Nueve—respondió resignado.
— ¿Cuántas veces ha sucedido? – pregunto suavemente.
De nuevo la misma mirada.
— Unas tres aquí, no sé cuántas en casa de mi madre.
— ¿Tres veces en cuánto tiempo?
— Llegaron hace más de un mes.
Demasiado seguidos, debía encontrar cual era el detonante.
— ¿De qué va todo esto? – inquirió el conde, desconfiado.
— De no maltratar a una niña.
— No le iba a pegar a mi hermana.
— No es solo pegar, estoy segura de que esa mujer le quito las pinturas de mala manera, Kanna sintió que su seguridad corría peligro y la atacó. Juraría que sucedió lo mismo en cada episodio.
Sesshomaru parecía confundido y algo en su expresión le sugirió que había más detrás de todo aquello. Algo que lady Rin debería saber y que ella, por supuesto, no tenía idea de que era.
— ¿Podrías por favor conversar a solas con ella? – pregunto de forma amable.
— No – respondió tajante —. Podría lastimarte a ti también – agregó después de un rato.
Un nudo se formó en su corazón. Estaba también preocupado por ella.
Kanna estaba dibujando algo y él la contemplaba desde la distancia.
— Solo quiero hablar con ella.
— Unos minutos y ya.
— Bien, siéntate en aquel sillón – sugirió señalando un asiento en la esquina contraria.
En la siguiente hora Rin se dedicó a conversar con Kanna, no era mucho lo que podía hacer. Cuando sucedían este tipo de casos tenía que tratarse al entorno familiar completo, además de aplicar técnicas que ella apenas conocía. Sabía que Kanna tenía un trastorno del espectro autista, lo había reconocido de inmediato. Lo que le preocupara era saber qué grado tenia y, por supuesto, si era o no regresivo. La agresividad solía presentarse como un signo defensivo ante alguna perturbación de su seguridad. En ese momento sabía que la niñera lo había provocado, solo que necesitaba saber si eso era lo único o si había factores sensoriales que lo detonaran.
En todo caso, tenía que conformarse con poco, puesto que no tenía la base para llevar sesiones de terapias completas o medicamentos con los que tratarla.
Lo otro que la preocupaba era la mirada inquisitiva y extremamente curiosa el conde, probablemente se estaba preguntando como su esposa sabia como calmar a su hermana.
He metido la pata, pero ni hablar. Tenía que hacer algo por ti.
Cuando termino, descubrió que la comunicación de Kanna era bastante buena y que el factor primordial en desatar su agresividad era la institutriz, quien al no entenderla utilizaba la fuerza para obligarla a estudiar lo que según ella, era importante para ella.
Sesshomaru, que escucho todas las declaraciones de Kanna desde el fondo, le dijo que despediría a la mujer de nombre Tsubaki.
Kanna estaba sentada terminando su dibujo cuando ellos salieron de la habitación.
— No tengo idea de cómo lograste hacer eso, gracias.
— No tienes por qué agradecérmelo – musitó bajando la mirada, no quería darle motivos para un nuevo altercado de palabras, permanecería callada y sumisa hasta que pudiera encontrar la forma de llegar a la cueva.
—Kanna siempre ha sido— difícil.
Las personas con su trastorno lo son, quiso responder, en cambio le dijo: — Deben ser pacientes, buscar las maneras de no dejar crecer esa conducta. Kanna es especial.
— ¿Cómo lo sabes?
Trabajo como secretaria para una psicóloga
— Una vez, de niña, vi un caso similar – de verdad tenía que acercarse tanto a ella para hablar.
La conversación se vio interrumpida por la llegada de la condesa.
—¿Se ha calmado?
— Si – fue Sesshomaru quien respondió—. Si me disculpas, debo hablar con mi madre.
— Claro, no te preocupes.
Rin los vio desaparecer por el pasillo. Su estómago gruño de hambre y, así fue como, de repente, la actual condesa Takahashi llego a la cocina.
Dos días después Rin estaba agotada, las últimas mañanas no había podido siquiera intentar ir a las caballerizas. Esta estaba decidida a llegar a la cueva como fuere. Sin embargo, sus planes estaban a punto de cambiar.
Como se le hizo costumbre, estaba sentada en un taburete de la cocina esperando el desayuno. La cocinera había protestado a más no poder de que su presencia allí no era necesaria y que el conde la colgaría si la encontraba husmeando cerca del fogón. Por suerte, nada de eso había sucedido— Aun.
Distraída, miraba hacia los huevos revueltos. Alguien entró.
Rin reacciono a la cabellera rojiza.
Shippo.
Nerviosa, Rin le ofreció un plato al chico para que se sentara junto a ella. Su mente maquinaba a mil por hora sobre cómo debería abordarlo. Debía ser natural, pero también funcional. Necesitaba información que le ayudara con el conde.
El chico mordió el anzuelo sentándose junto a ella.
De repente, algo peludo, camino por sus pies.
Rin lanzo un grito aterrada.
Shippo la miro con los ojos como dos huevos fritos.
Otra vez.
¿Qué diablos era esa cosa? Era más grande que un ratón y más pequeño que un conejo.
—En el siguiente contacto Rin se subió en la silla, al demonio todos los decoros de esa época. Ella les tenía miedo a los ratones y no había nada en el mundo que la hiciera tocar el suelo.
—Milady, es solo Kirara.
—¿Kirara? Si es tu mascota agárrala y llévatela – ordeno con brusquedad.
Una cosa era soportar un caballo y otra a una cosa que parecía una rata.
— Pero milady, no es mi mascota.
La cara de Rin estaba envuelta en el horror al preguntar: — ¿De quién es?
— Suya – respondió el chico, inocente.
Ay no, ¿Por qué ahora también tenía que ser fan de los animales exóticos?
— Ya la tengo. ¿Milady? – inquirió el jovencito pelirrojo.
— Llévatela.
Rin salió de la cocina
Oh no, si el extremadamente calculador Sesshomaru se daba cuenta que le tenía miedo a su propia mascota estaría en serios problemas.
