Actualizado al (11-2022)

RESUMEN

Los planes de Rin Taisho se ven arruinados cuando su padre le dice que han heredado un titulo nobiliario y deben trasladarse a la propiedad de inmediato. La casa vieja mantiene a Rin recelosa hasta que su hermana hace un escabroso descubrimiento; la antigua condesa es idéntica a ella, tanto en nombre como en apariencia. Intrigada decide buscar información sobre sus antepasados descubriendo un pasado oscuro al rededor del matrimonio con el antiguo conde Sesshomaru Taisho. Para su mortificación pronto se ve obsesionada con un retrato del conde e inconscientemente la noche de navidad pide un peligroso deseo.

"—Sesshomaru Taisho, como deseo haberte conocido"

CINCO

En toda su vida Rin jamás había visto tantas flores juntas como hasta ahora, desde rosas a las más raras orquídeas. Definitivamente, cuando había entrado en compañía de Rubby a aquel edificio abandonado que se hacía llamar invernadero, jamás se imaginó el esplendor que una vez llegó a tener. Era simplemente increíble lo hermoso que era y la variedad de plantas que lo adornaban. La persona que se encargaba de ello debía, definitivamente, ser un amante de las plantas.

— Es una lástima que Inuyasha no pudiera venir. Era nuestra primera navidad juntos desde— bueno— desde tu escandalo con Sesshomaru – asevero la mujer de cabello plateado. Desvió la mirada hacia un grupo de orquídeas —. Todo porque esta detrás de esa chica, parece que mi destino es ver a mis hijos volverse locos por amor. Sin ofender querida.

— Por supuesto — respondió ella automáticamente. Quien era para juzgarla, si ella misma pensaba que Sesshomaru carecía de razón cuando se trataba de su esposa. Sin embargo, tal vez esta era una buena oportunidad para indagar sobre lo que había pasado aquella navidad donde lady Rin se vio obligada a comprometerse con el conde —. No fue mi intención que eso ocurriera.

— Lo sé, mi hijo es demasiado terco y orgulloso — dijo como si nada. Miró con desgana una planta totalmente verde, se veía como si realmente estuviera sufriendo para conservar su vida en el clima frio —. Por más que le dije que se olvidara de ti no hizo caso.

— Entonces usted no está de acuerdo con que yo me haya casado con su hijo — inquirió sintiéndose molesta.

¿Le dolía eso?

— Ciertamente eso ya no tiene importancia. — La mujer dejo la planta moribunda para comparar flores de pascua rojas y blancas en sus manos —. ¿Cuál quedará mejor en la mesa?

— Las rojas — respondió Rin. La condesa siguió con su labor.

— No es que me caigas mal, simplemente considero que mi hijo necesita una mujer diferente — agregó sin más.

— ¿Diferente, en qué sentido? — inquirió, su curiosidad aumentaba con cada palabra de la condesa.

— No te ofendas querida, eres demasiado romántica, tus ideales de la vida son absurdos, tienes demasiados pájaros en la cabeza. Sesshomaru, en cambio, es un hombre práctico, carente de romanticismos, con ideales claros anclados a la realidad. Él necesita a una mujer segura, inteligente, con sus mismos ideales. A su lado, me temo que terminarás sucumbiendo bajo su sombra…

¿Eran correctos los pensamientos de la condesa sobre ella?

— Aunque— — agregó la condesa desde el otro pasillo —. Debo admitir que estos últimos días me has sorprendido.

Su respuesta se quedó en el aire ante la llegada de un lacayo.

—Milady, ha llegado visita.

—Visita con este clima.

—Sí, es el duque de Kingston acompañado de una mujer.

Por la cara que puso la condesa, Rin supo que la visita no era de su agrado.

¿Quién era el duque?

Otra persona más con la que lidiar, no por favor.

Rin fue hasta la casa acompañada de la condesa, lo más probable era que estuvieran en la sala o en el despacho, según había dicho la mayor. En efecto una conversación estaba siendo llevada a cabo dentro del despacho del conde, estuvo a punto de golpear la puerta cuando escucho a un hombre hablar.

— ¿Cómo te va con tu virtuosa esposa?

— Solo viniste a preguntar eso —respondió, tajante, Sesshomaru.

— No, vine porque mi carruaje se arruino. Solo que, ya que estoy aquí— No esta demás preguntarte como ha sido tu matrimonio— Por tu cara presumo que no muy bien — silenció —. Llevan casados casi dos años no puedo creer que no hayan tenido avances.

—¿Qué quieres que te diga? No me permite acercarme a ella.

—Antes de casarse no tenía problemas con besarte.

—Soy condenado por ello cada día, me culpa y se encarga de recordarlo siempre. Resulta increíblemente cansado— pero, no puedo dejarla ir. Es mi esposa y no seré el hazme reír de todo el maldito condado.

— Debo entender con esto que se te ha pasado el capricho.

— Lo que quiero decir es que me gano la soberbia y no me detuve a pensar que tal vez el matrimonio no funcionaria.

— Entonces, ¿te arrepientes?– escucho preguntar a Bankotsu.

— Ya es demasiado tarde para arrepentirse — respondió Sesshomaru.

— Te lo dije, esa chica es demasiado ingenua para ti. Debiste dejarla que se casara con el otro.

¿Qué? Lady Rin iba a casarse con el otro.

— El otro es un idiota— farfulló el conde.

— El idiota que ella decia amar. La verdadera razón de mi visita fue un rumor que escuche.

— ¿Tan rápido vuelan los chismes?.

— El chico ha regado por el condado que lady Rin ha desaparecido, se especula que la asesinaste.

— Ya la veras por ti mismo dentro de un rato. Goza de excelente salud y mi madre y hermana están de visita en la casa.

— Si.

— Querida. No es bueno escuchar cosas a escondidas — Le susurro la condesa haicendo que saltara del susto. Pero estaba equivocada, de hecho, escuchar aquello no la lastimaba. Más bien le ayudaba a comprender el enojo de Lady Rin, ella había estado a punto de casarse y Sesshomaru la comprometió. Eso podía significar muchas cosas.

Lastimosamente no pudo escuchar más puesto que la condesa la arrastro con ella al salón de invitados.

El duque era, de hecho, mucho más joven de lo que ella se había imaginado. Su actitud era relajada, juvenil, a lo sumo debía tener unos 25 o menos. Le sorprendía que a su edad ya portara un título.

— Tan hermosa como siempre — la saludo jovial. El olor a alcohol inundo sus fosas nasales.

— Gracias — musitó incomoda mirando de reojo hacia Sesshomaru que acababa de entrar junto con el duque, no tenía idea de las normas de comportamiento en esa época y no quería meter la pata.

— Condesa, usted cada día se ve mejor.

— Tonto adulador, no creas que yo caeré en tus garras — repuso la condesa con elegancia.

— Por supuesto que no, jamás cometería tal tontería — declaro galante —. Como le decía a Sesshomaru, nuestro carruaje se averió, se nos hace imposible llegar a kingston park antes de que anochezca, una noche de invierno en la carretera no es algo que se desee.

— Ordenare que les preparen dos habitaciones — dijo Sesshomaru.

En ese momento Rin reparó en la mujer que lo acompañaba. Su ropa era diferente a la que ella tenía en su closet, era más atrevida, el duque debía ser bastante liberal como para permitirle a su esposa vestirse de esa manera.

— No te preocupes, podemos dormir en la misma habitación — replicó el duque.

— Bankotsu— — reprendió Sesshomaru.

— ¿Qué? — Preguntó con inocencia y en ese momento ella se dio cuenta de que esa mujer no era su esposa –. A Yura y a mí no nos importa.

— Ese chico cada día tiene menos vergüenza – le susurro la condesa al oído para que solo ella pudiera oírla.

Rin no veía porque era desvergonzado viajar con la novia o amante, lo que fuera, cada quien era dueño de su vida.

Soltó un suspiro y observo como la condesa se despedía alegando que tenía que continuar trabajando en el invernadero, ella quiso hacer lo mismo, solo que cuando intentó huir, el brazo de Sesshomaru se posó sobre su cintura impidiéndole el paso.

—Compórtate como una esposa feliz — le siseó. Era una amenaza en todos los sentidos.

Rin cerró los ojos, respiro hasta diez y se llenó de toda la paciencia del mundo. Sería una tarde-noche larga.

La cena se le hizo de lo más incómoda, la condesa había alegado tener dolor de cabeza, otra huida. Ojalá ella pudiese hacer lo mismo.

Al terminar, la costumbre era que las mujeres se fueran a un salón y los hombres a otro, o eso era lo que recordaba haber leído alguna vez en una revista sobre la regencia inglesa. Sin embargo, Sesshomaru volvió a cogerla de la cintura y se la llevo con él y los invitados a su despacho. Bankotsu se repantigó en el sillón de cuero. Yura, ni corta ni perezosa se le sentó en las piernas. Rin abrió grande los ojos, no porque se escandalizara, sino por sorpresa del atrevimiento de la mujer precisamente en la época en la que estaban.

Yura sonrió con sorna, segura de que la había escandalizado. Si tan solo supiera que después de la aparición del internet y las millones de cosas que se compartían a diario, escandalizarse para alguien de su edad, era casi imposible.

Sesshomaru tomo asiento después de servir dos vasos de licor, por supuesto, hizo que ella se sentase a su lado. Al poco tiempo se vio a si misma atrapada en medio de una conversación sobre el medio oriente y otro tanto sobre algunas de las ciudades más populares de Europa. La charla le resultaba tediosa al punto que se estaba quedando dormida. Ahora entendía porque la condesa había ahuecado el ala. .

— Tienes que pedirle a Sesshomaru que te lleve a conocer Paris, es increíble — exclamo la mujer en las piernas de Bankotsu llamando su atención. No tenía nada en su contra, era solo que estaba demasiado concentrada en no cometer errores, cosa que Yura confundió con desconocimiento hacia la capital francesa y por ello se esmeraba en describirla.

¿Habrían construido ya la torre Eiffel?

— Estoy seguro de que Sesshomaru lo hará — agregó el duque mirando directamente al conde de ceño fruncido.

— Tiene que hacerlo. Uno de los lugares que tienes que visitar es la compañía de danza, es otro mundo. No como los teatros estirados de Londres — repuso con un mohín.

La conversación continúo por un rato hasta que los dos hombres terminaron ignorándolas y se sumergieron en una conversación aún más aburrida, carruajes, ejes, leyes de newton.

Hombres.

—Quiero mostrarte esto. Es un diseño de un alemán — dijo de repente Bankotsu emocionado, se levantó (casi haciendo saltar a Yura), se sacó un papel del saco y lo expandió sobre el escritorio de roble.

— Lo robaste — lo reprendió Sesshomaru acercándose.

— No, solo lo tome prestado.

Y así ambos se abandonaron a su charla sobre cual eje funcionaria y porque el diseño era o no funcional. Parecían dos chiquillos competiendo por resolver un proyecto de ciencias. Sesshomaru juraba que ese no era su diseño y Bankotsu sostenía que él había participado en una buena parte del mismo. Ella por curiosidad observo el papel y supo que de hecho, el conde tenía razón. Aquel diseño no era del duque, era el prototipo de la primera bicicleta y no recordaba precisamente el nombre de Bankotsu como su creador.

Yura se veía más que fastidiada así que decidió retirarse, con todo su descaro la mujer le dio un beso en la boca al duque, con lengua incluida. Las mejillas de Rin ardieron y tuvo que desviar la mirada ante la atrevida muestra de pasión, no porque se sintiera perturbada, sino porque su cuerpo reacciono en completo reconocimiento del hombre que estaba parado a escasos metros de ella.

Sesshomaru miró a la pareja con disgusto, sin embargo, se reservó cualquier comentario.

Al terminar dicha escena, ella se levantó de manera patosa.

— Buenas noches — dijo sin referirse a alguien en específico —. Yo también me retiraré.

Movió sus pies de forma torpe hacia la salida, claro, todo hasta que Yura la detuvo diciendo unas simples palabras que harían que el piso comenzara a moverse.

— Te vas sin darle un beso a tu marido, querida.

Su boca se secó.

—Si yo fuera tú, lo besaría dejándolo deseoso de meterse en mi cama.

—Yura, compórtate — la regaño el duque.

—Por favor, tienen dos años de casados, a estas alturas Sesshomaru le debe haber enseñado el Kamasutra completo, ¿recuerdas querido, el libro que te regale? — esa pregunta la hizo mirando a Sesshomaru.

Rin frunció el ceño y apretó los labios en un gesto de desagrado. Esta mujer estaba tratando de provocarla. Una sonrisa sardónica salió de sus labios al comprenderlo.

— Que cruel, regalarle un libro a un hombre para que obtenga placer con otra, debe ser muy frustrante.

Los ojos de Yura se abrieron por completo, cualquiera que fuera la respuesta que ella esperaba, definitivamente, no era esa.

He leído más kamasutras que tú, bruja.

— Lo sabe usar a la perfección — agregó con toda la intención de molestar a Yura —. Sesshomaru y yo no tenemos la necesidad de hacernos demostraciones en público — esto, lo dijo parada justo al lado del conde, su espalda tiesa y su nariz por lo alto.

La cara de Bankotsu era de asombro puro.

Yura salió del despacho con cara de pocos amigos. Rin se atrevió a mirar a Sesshomaru, seguía con la misma cara de hielo. Después, ella salió huyendo.

A la mañana siguiente Rin despertó en el momento exacto en el que sintió que halaron su colcha. Maldita Rubby con sus malas costumbres, espero por un rato sentir el cuerpo liviano de su hermana subírsele encima. Hacia frio. Acostada bocabajo masculló algo inentendendible mientras que intentaba volver a arroparse, la colcha abandonó su cuerpo por completo. La sintió sentarse a su lado.

— Rub— se interrumpió al percibir aquel olor tan particular, abrió los ojos de golpe, su cuerpo volteándose para encontrar la fría mirada dorada sobre ella —. Milord — balbuceó incapaz de decir otra cosa.

—Levántate — le ordenó con su típico tono autoritario.

Rin sintió como la recorrió con la mirada, sus piernas estaban totalmente descubiertas, el camisón estaba enredado bajo sus nalgas. Muy probablemente, el conde, se había llevado una excelente vista de sus nalgas cuando estaba de espaldas. El calor la inundó con una fuerza abrasiva y, aun así, no hizo ningún ademan de cubrirse. La doncella entro trayendo consigo unos baldes de agua caliente, otras más entraron y en menos de cinco minutos, su baño había sido preparado.

— ¿Puedo saber por qué desea que me vista tan temprano? — preguntó parándose detrás del biombo, tras decirle a Megumi que no serían necesarios sus servicios, la chica se fue.

— El doctor Suikotsu llegará en poco tiempo, le pediré que te revise.

— ¿Que me revise a mí? ¿Por qué? — pregunto sorprendida.

— Hace cinco días estuviste a punto de morir, ¿no es esa razón suficiente?

¿Lo era? ¿Era realmente esa la razón?

Se metió al agua y al cabo de un rato lo escucho salir, su corazón desbocado se alivió.

—No le encuentro nada malo milord — afirmó Suikotsu, un médico de edad media más ciego que un topo.

— ¿Esta seguro? — inquirió el conde parado a su lado.

—Por supuesto, no veo ningún golpe o herida que avalen los síntomas descritos.

¿Cómo? ¿Síntomas descritos? ¿Qué le había dicho Sesshomaru a este doctor?

—Lo verdaderamente importante aquí es su herida milord, si me permite, quiero revisarla, por favor milady, si pudieras dejarnos a solas.

— No me iré, Sr. — respondió Rin sin rodeos.

Sesshomaru, a regaña dientes, accedió. Estaban en la habitación principal de la casa, o sea, la del conde. Rin dio un brinquito de excitación al ver como él se desabotonaba la pulcra camisa blanca. Se acomodó en la cama del lado de la ventana y, Rin, por fin, pudo ver que clase de herida era.

Al ver la carne sin la gasa se dio cuenta de que la herida no estaba bien, Suikotsu también puso cara de desagrado.

—Milord, ¿ha seguido mis consejos? — Sesshomaru ignoró su pregunta con un deje de desagrado — Temo que ha empeorado.

Ha empeorado - se repitió Rin con sarcasmo - Es un milagro que no se esté muriendo de fiebre.

El medico torció el ceño.

— Si sigue así, no podré hacer nada por usted. Debe guardar reposo.

El médico le ofreció algo que Sesshomaru rechazo, por lo que entendió era una especie de droga. Rin dedujo que era opio.

Durante los siguientes minutos observo al médico hacer su trabajo, sus pelos se crisparon más de una vez al ver tanta negligencia y descuido juntos. Apretó los puños al verlo entrecerrar los ojos para mejorar su visión.

— Si me permite, yo podría ayudarlo con eso — sugirió delicadamente cuando él intento cortar una parte de carne muerta.

— No me atrevería a pedirle tal cosa a una dama, me gustaría sugerirle que esperase afuera, las mujeres no suelen tener buen estomago para estas cosas.

— Tengo mejor estomago que usted.

Estuvieron a punto de adentrarse en una profunda discusión pero Sesshomaru la detuvo ordenándole que saliera.

Rin pasó toda la mañana con el corazón herido.

Después de leer un capítulo del libro infantil, Rin observaba como Kanna dibujaba una escena del mismo, se trataba de la parte donde los niños jugaban frente a un estanque. La joven personificaba a cada uno haciendo justo lo que ella le había leído. Desde que su institutriz había sido despedida, Rin pasaba parte del día junto a ella y la chica había dejado de mostrar síntomas de agresividad, es más, se la veía feliz, justo como alguien de su edad debía de serlo.

Extrañaba tanto a Rubby, en ese momento ella debía estar preparando la casa para la cena de noche vieja. Suspiró con pesar y dejo ir su vista hacia la ventana, el paisaje blanco a través del vidrio le recordó a su madre y su hermano mayor, una fina lagrima cayó por su rostro. Quería volver con su familia, los extrañaba muchísimo y moría de miedo de quedarse atrapada para siempre en el pasado.

Se quedó allí por un buen rato hasta que, sin darse cuenta, se quedó sola.

Al percatarse de la hora pego un brinco, se le había olvidado que quedo de ayudar a la condesa a decorar el salón para la cena.

Iba de camino a las escaleras cuando escucho una voz femenina.

— ¿No me vas a despedir? — decía la mujer.

Ella sintió su sangre arder, abrió la puerta de golpe.

— ¿Interrumpo? — espetó, su ceño fruncido, sus labios apretados y sus brazos cruzados.

Sesshomaru empujó tan fuerte a Yura que tuvo que sostenerse del escritorio para no caerse.

— Yura ya se iba — pronunció, el filo de su voz podía haber cortado un pez sin esfuerzo.

La aludida sonrió con sorna.

Bruja del demonio.

— Tarde o temprano se cansará de tus niñerías y terminará buscándose a una mujer de verdad.

Rin alzo la nariz.

— Ser una mujer va mucho más allá de complacer a un hombre en la cama — declaró con gracia —. Por desgracia, son cosas que las de tu clase, jamás entenderán.

—Me lo dice una niñita salida de la cuna de sus padres que reniega porque se dejó seducir y el niñato con el que estaba comprometida la dejo.

— ¡Yura basta! — la voz barítona de Sesshomaru retumbo en la habitación.

— Te crees superior solo por creer saber seducir a un hombre — continuó Rin.

— Basta las dos — el conde la cogió por el brazo —. Fuera de aquí — se dirigió a Yura. Hasta los momentos parecía que cada vez que la situación se salía de control, Sesshomaru huía o sacaba a los demás del recinto.

— ¿Puedo saber qué significa esto?— preguntó el conde una vez que estuvieron solos.

—Yo también podría preguntar lo mismo, esa mujer estaba encima de ti.

— No pasa nada entre ella y yo. Además, si así fuera, haz dejado claro que eso no te interesa.

Rin se volvió dándole la espalda, quedando con el escritorio de frente y sus brazos cruzados. La sangre a punto de ebullición. Lo sintió pararse justo detrás de ella.

— ¿Estas celosa? — inquirió el conde ante su silencio.

Una de sus manos acarició la piel desnuda de su brazo, Rin se estremeció en el acto.

— Por supuesto que no — respondió ella sin entender por qué.

La mano subía y bajaba, su cuerpo se acercaba cada vez más. A Rin le comenzaban a temblar los labios.

—Entonces, por qué enfrentaste de esa forma a Yura, antes parecía no importarte.

— ¿Antes?— Rin rompió el contacto — Quiere decir que me ha engañado con ella.

La expresión de Sesshomaru se volvió sombría.

—Creo que no tienes moral de reclamar nada. Te recuerdo que hace una semana no te importo rebanarme con mi propia espada para escaparte con tu amante.

Por todos los cielos, fue ella.

Ahora entendía porque no quería que viera, tocara o hiciera cualquier cosa con su herida. Y justo ella le había preguntado qué tipo de herida era, con razón la había mirado de esa manera. Una espada, por Dios, las bacterias que tenía el hierro, Sesshomaru podría estar infectado con tétanos y no saberlo jamás, necesitaba ponerse una vacuna y— ¡ay no! el medico de esa mañana— ¿Qué iba a hacer? Necesitaba verlo, ese doctor no era confiable, es más la medicina de esa época no era confiable y— todos sus pensamientos se cortaron de golpe.

Sesshomaru estaba a escasos centímetros de su rostro, sus manos a cada lado del escritorio, su mirada clavada en ella.

— ¿Lo recuerdas? — su voz fue como una caricia.

Rin negó con la cabeza incapaz de hablar, se había distraído en sus pensamientos olvidándose de la amenaza que representaba el conde.

— ¿Qué recuerdas de nosotros? — susurró cerca de sus labios.

¿Qué debería responderle? Ser sincera y decir que nada o mentir y decir a penas lo que conocía o había averiguado. Aunque hubiese estado segura de su respuesta, ella tenía la boca tan seca que era incapaz de hablar.

— Yo— yo— —Como una tonta, ella cayó en la trampa, puesto que Sesshomaru, aprovecho el momento exacto en el que abrió su boca para apresarla con la suya.

Así, atrapada entre la mesa, el cuerpo y los brazos del conde, ella no tenía a donde huir y, aun si hubiese querido, la intensidad del beso la consumió, termino por corresponderle a la boca demandante que se movía contra sus labios, su lengua tomando personalidad propia. Tuvo que agarrarse a él por el cuello en búsqueda de equilibrio. Besaba condenadamente bien, mejor que a cualquiera que hubiera besado antes. Se apretó a él cuando lo sintió abrazarla, sus labios lo buscaban por instinto en el momento que se separó de ella para ir a su mandíbula, cuello y garganta, se paseó por un largo rato mientras que sus manos dibujaban la línea de sus nalgas. Sin esfuerzo consiguió sentarla sobre la mesa, ella le dio la bienvenida abriendo sus piernas, sus hormonas tenían el completo control sobre ella.

Sesshomaru busco debajo de sus faldas mirándola por un instante con reprobación, ella supo enseguida que era porque no llevaba enaguas, sin embargo, enseguida volvió a sus labios. Las manos del conde no paraban de recorrerla, Rin se sentía sofocada a tal punto que creía que se quedaría sin respiración. El bajo por su garganta, una mano en su espalda y la otra justo entre sus piernas, ella se mordió los labios expectantes de su contacto. Los dientes del conde atraparon un pezón por encima de la tela y ella sintió que de verdad se estaba ahogando, necesitaba quitarse toda esa ropa y—

La puerta se abrió de golpe.

—Lo siento, de verdad— Era Bankotsu disculpándose —. Continúen hagan como que yo jamás entre. Nos vemos en kingston Park. Adiós.

La cara de Rin estaba como una flor de pascua, roja. Entre temblores, se las apaño para bajarse del escritorio.

—Ni se le ocurra ponerse a pelear —lo atajo antes de que dijera algo.

Por su mirada, sabía que quería decirle unas cuantas cosas.

Ella espero que él volviera primero; a lanzarse sobre ella o segundo; huir como siempre lo hacía. Ninguna de las dos ocurrió. Él seguía parado, a escasos centímetros, respirando como si le faltara el aire y triturándola con la mirada.

—Mírame — ordenó, al ver que ella no obedecía la cogió por la barbilla con su dedo pulgar, los demás descansaron sobre su garganta. Ella trago en seco—. Si vuelves si quiera a acercarte a ese hombre voy a matarlo— su mirada era completamente asesina —. No sé a qué estás jugando, pero no intentes pasarte de lista o te voy a retorcer ese lindo cuellito. ¿Entendiste?

No, absolutamente no.

Asintió con la cabeza preguntándose qué había pasado ahora.

— Si descubro que hiciste algo más que besarlo, también voy a matarlo.

— ¿Por qué piensas que lo bese? — intentó defenderse, no sabía lo que Lady Rin había hecho, pero ella, definitivamente, no se merecía tal descarga de irritación de la nada.

Antes de responder, su pulgar acarició su labio inferior.

— Besas diferente — declaró y un balde de agua fría cayó sobre Rin. Sus ojos amenazaron con llenarse de lágrimas.

Beso diferente porque no soy ella. No es a mí a quien querías besar.

—Lo siento — musitó. Ella se removió intentando escapar de la prisión de sus brazos, aunque ya no la tocara, su cercanía estaba quemándola.

El semblante del conde cambió al ver la primera lágrima caer por su mejilla. Sus dedos atraparon la gota salada.

— Por favor, déjeme ir — suplico a sabiendas de que si volvía a besarla no podría resistirse.

Él soltó una serie de maldiciones y juramentos antes de apartarse para que ella saliera.

Rin sentía como su corazón se desagarraba con cada paso, no entendía porque se sentía de tal manera. Era una sensación amarga y fría. No importaba su parecido físico, ella y lady Rin jamás serian la misma persona y eso lo tenía perfectamente claro. No podía permitirse otra escena como esa, ceder ante sus deseos carnales la pondría en jaque y eso era algo que no podría ocurrir, jamás.

Megumi la ayudo a vestirse para la cena, a decir verdad, no tenía ánimos para asistir a la misma. Todo lo que quería era encerrarse a ver tv y llenarse de helado al lado de Rubby. Se miró en el espejo melancólica, de las dos hermanas, la romántica y soñadora siempre había sido Rubby, ella en cambio, era la práctica, meticulosa, y centrada. Sin embargo, allí estaba ella, viviendo una situación irreal, con un conde que parecía un dios griego y un viaje en el tiempo de por medio.

Una sombra se movió tras de ella. Era Sesshomaru vestido con un impecable traje negro hecho a medida, una inmaculada camisa blanca y corbata de seda negra. El cabello recogido en una cola. Era demasiado guapo para ser real.

Rin sintió como la escudriño con la mirada, una de las cosas que él hacía o más bien, no hacía, era disimular para verla. Le dejaba en claro que la estaba observando y, en ese momento, su mirada estaba sobre sus pechos sobresalientes. Ella se sonrojo por su intensidad, pero en el fondo, su orgullo cantaba victoria ya que sabía que lo que él veía, le gustaba.

Él le ofreció su brazo, ella dudo un poco antes de aceptarlo. Conociéndolo, esta era su forma de ofrecerle una ofrenda de paz.

Bajaron al comedor que había sido adornado con camelias, crisantemos y flores de pascua. Kanna y la condesa Irasue ya estaban en el recinto. La cena fue servida, durante la siguiente hora, un desfile de platos pasó por la mesa, después continuaron los postres y al finalizar, ella había bebido tanto vino que se sentía mareada. Ya en el salón hablaban sobre el último viaje de la condesa y su hija, también compartieron algunas anécdotas sobre el antiguo conde y su relación. Rin pudo ver en los ojos de la condesa que lo extrañaba y, aunque Sesshomaru disimulo su mirada, la sensación era la misma. Platicaron por un rato más sobre el otro hijo de la condesa, justo antes de la media noche, Sesshomaru sirvió unas copas con champagne, contaron las últimas campanadas y dieron la bienvenida al nuevo año.

— Bienvenido 1827 — brindo la condesa alzo su copa, Sesshomaru y ella hicieron lo mismo.

Bienvenido 2020.

Una lagrima se deslizo por su mejilla. La limpió inmediatamente, sin embargo, el recuerdo de ella con su padre hablando en esa misma sala la invadió a la fuerza.

—Lo siento, yo— no sé qué me pasa— extraño mucho a mi familia.

—Oh querida — la abrazo la condesa —. Tranquila, estoy segura de que mi hijo se comportará mejor este año.

Rin sorbió vergonzosamente por la nariz asintiendo con la cabeza.

Después de eso, cada quien se retiró a sus habitaciones, bueno a excepción del conde que se fue detrás de ella. Al entrar Rin lo observo inquisitiva, parecía como si quisiera decirle algo.

Pero él no dijo nada, solo camino hacia ella. Cuando llego, se paró justo detrás de ella y comenzó a soltar las horquillas de perlas de su cabeza, una por una las fue dejando sobre la mesa más cercana, después, se dio al trabajo de destrenzar su cabello. Cuando estuvo completamente suelto, se dedicó a masajearle el cuero cabelludo, de vez en cuando enredaba sus dedos y pegaba su nariz en ella.

Rin dio un respingo al sentir que soltaba los botones del vestido.

— Solo quiero ayudarte a soltar el corsé— susurró —. Prometo irme en cuanto lo haga.

Eso la desilusiono, en su interior quería ser seducida.

El vestido cayó al suelo, luego las tiras de la apretada prenda se fueron aflojando, lo sintió sonreír detrás de ella.

— ¿Qué es tan gracioso? — inquirió recelosa.

— No llevas enaguas.

— Me molestan para caminar — admitió, se había enredado con ellas varias veces, por lo que había decidido dejar de usarlas.

— Lo sé, te vi a punto de caerte el otro día.

Madre santa, ¿hasta qué punto la observaba?

El corsé, también cayó al suelo. Sus pulmones cogieron todo el aire posible.

— Cada día— — pronunció como si le estuviera costando hablar — me convenzo más de que—

— ¿De qué se convence?

El contacto seso.

— De nada — cortó de repente —. Ya estas lista, buenas noches.

Y así, sin más, huyó.