Actualizado al (11-2022)
RESUMEN
Los planes de Rin Taisho se ven arruinados cuando su padre le dice que han heredado un titulo nobiliario y deben trasladarse a la propiedad de inmediato. La casa vieja mantiene a Rin recelosa hasta que su hermana hace un escabroso descubrimiento; la antigua condesa es idéntica a ella, tanto en nombre como en apariencia. Intrigada decide buscar información sobre sus antepasados descubriendo un pasado oscuro al rededor del matrimonio con el antiguo conde Sesshomaru Taisho. Para su mortificación pronto se ve obsesionada con un retrato del conde e inconscientemente la noche de navidad pide un peligroso deseo.
"—Sesshomaru Taisho, como deseo haberte conocido"
NUEVE
Caminaba hacia la entrada de Holly Sword, el campo verdoso se alzaba imponente frente a sus ojos, el paisaje ostentoso parecía burlarse de ella. Así lo sentía, escuchaba la mansión orgullosa reírse a sus espaldas, la hacía dudar, pero no se detuvo. Con cada paso, el lugar cedía ante ella; el pasto crecía, los setos perdían su forma, las flores se marchitaban y el esplendor se iba.
Abrió las puertas de la mansión con decisión, no permitiéndole quebrantarla.
La visión que inundó sus ojos fue la de una casa en abandono. La madera crujió ante sus pasos, el aire se tornó pesado, polvo se coló hacia sus pulmones haciéndola toser un poco. Se cubrió la nariz con la manga de su vestido para mitigar el ataque de tos.
Los muebles del saloncillo de recibo estaban cubiertos por telas, las paredes por tela de arañas. Todo apuntaba a que nadie había estado en la casa en mucho tiempo.
Las escaleras tenían una capa de polvo. En su interior, se preguntó si la madera podrida aguantaría su peso. Sacudió la cabeza a sabiendas de que era otra estrategia de la casa para acobardarla.
— ¿Rin? — aquella voz fue pronunciada a lo lejos. La reconoció, sí, pero con un matiz diferente. No era exactamente como la que guardaba en su memoria —. ¿Eres tú? – de nuevo oyó. Más cerca, más real, tanto que sus vellos se erizaron. Sus sudorosas manos se retiraron de los barandales de las escaleras. Sintiéndose incapaz de evitarlo se viró.
Una mujer estaba frente a ella, de su misma altura, su mismo cabello, sus mismos ojos...
Fue imposible evitar temblar, también lo fue el deslizar de sus lágrimas.
La mujer corrió hacia ella. Ella dio unos pasos para acercarse a lo que seria un abrazo; largo, cargado de emociones, un reencuentro.
—Ruby – pronunció al fin al abrir los brazos.
Se despertó agitada, sudando.
Fue un sueño. Solo un sueño. Se repetía a sí misma para calmarse.
Rubby no había crecido, ni habían pasado años desde que ella desapareció de Holly Sword. Sus padres no habían pasado años buscándola, angustiados, mortificados por su paradero.
¿Qué estarían pensando ellos en ese momento? ¿Qué estaban haciendo? ¿La creerían muerta? ¿La estarían buscando?
Llevaba tres semanas en aquel tiempo, atrapada con invisibles cadenas. Cada día se inventaba una nueva excusa para no ir a la cueva, para no intentar regresar. Al principio fue salvarle la vida al conde y ahora era encontrar a Rin Matou. Por eso tenía esos sueños. La culpabilidad por no tratar de volver con su familia se manifestaba mientras dormía.
Los últimos días había tenido que apañárselas con uñas y dientes. Hitomico era perceptiva hasta la muerte, sentía que algo le pasaba a su hija y se lo achacaba a la mala relación del matrimonio. No era fácil el tener que actuar frente a personas que eran cercanas a Lady Rin, eso lo había descubierto durante la primera cena que tuvo junto con ambas familias. Desde la entrada al comedor hasta el final había sido bajo estricto protocolo, uno que, por supuesto, ella no conocía. No era experta en etiqueta, solo conocía los conceptos básicos. No es como si en los escasos descansos en Keele* tuviera tiempo para practicar normas de etiqueta, allí solo se devoraba un subway y si le sobraba tiempo bebía jugo.
Sesshomaru estaba a la cabeza de la mesa, ella y su madre estaban a derecha e izquierda respectivamente. Hitomico estaba a su lado y Naraku en asiento del frente. El primero comentario de Hitomico fue por su forma de sostener los cubiertos, después le mencionó que no debía de comer tan rápido.
— ¿Te sientes bien? – le había preguntado en un susurro.
— Perfectamente madre. ¿Por qué lo preguntas?
— No ocurre nada.
De esa forma había acabado la conversación ese día.
La siguiente tarde, durante la hora del té los tres progenitores estaban cotilleando mientras comían. Esa tarde estaban todos los miembros de la familia. Por supuesto, Sesshomaru estaba junto a ella. Todo transcurrió sin problemas hasta que Hitomico se le había ocurrido pedirle que tocase el piano. Rin no tenía idea de cómo tocar un piano y como si no hubiese sido suficiente, Naraku también le pidió que tocara, no una canción cualquiera, sino una que ella tocaba para él en Hig Stone. Casi muere de un infarto por falta de escusas. Al final fue la condesa Irasue quien termino recitando aquella tarde. Rin estuvo segura de que la condesa madre no se comió el cuento de su indisposición y que solo lo hizo por la mirada asesina que tenía el conde sobre ella por negarse a tocar.
A medida que pasaban los días, el escrutinio la duquesa era más audaz, se fijaba en todo; como caminaba, como comía. Rin había llegado a pensar que también se fijaba en su manera de respirar. Para la tercera noche de estadía, la duquesa le había dicho que esa ropa no era propia de ella. Si. La ropa que estaba en el guardarropa de Lady Rin.
—Ese vestido no es tu tipo cariño, es demasiado— se detuvo al ver su mirada de incredulidad — fresco. Ciertamente la elegancia que siempre te ha caracterizado no está presente. Luces más como—
— ¿Cómo que madre? — Era tan hilarante que tuvo que hacer un gran esfuerzo en no echarse a reír de frustración frente a Hitomiko.
— Como alguien que no pertenece a tu posición.
Rin entornó los ojos ante el tono de superioridad de la duquesa.
— Solo estoy un poco distraída por el golpe, además estuve a punto de quedar viuda hace unos días—respondió con suavidad, segura de que aquellas palabras de la madre fueron pronunciadas más por preocupación que por otra cosa.
— ¿Segura?
— Por supuesto, madre.
Después de eso, varias veces había hecho el intento de preguntar por su intimidad, ciertamente su pudor la había retenido. Bueno, no solo el pudor, también era la sombra que Sesshomaru tenía sobre ella. Y a decir verdad, no creía que tener una conversación íntima con la mujer fuese positivo.
Cerro los ojos y se dedicó a esperar la llegada de la oportuna doncella que venía a despertarla cada mañana desde que los Matou estaban de visita
Megumi entró a la habitación un rato después, como siempre, no toco la puerta. En seguida se preparó mentalmente para el ritual matutino ejecutado por la doncella, o eso fue lo que intentaba hacer en el momento que sintió algo peludo tocar sus piernas por debajo de las sabanas.
Por tercera vez consecutiva el hurón se había metido a la habitación, esta vez pasándose de la raya al subir a la cama.
Gritó porque se asustó.
Megumi la miró como si estuviera loca antes de darse cuenta de que el roedor en cuestión estaba sobre el edredón.
—Milady lo siento. Seguro se aprovechó de mi para entrar – en la voz de la doncella no había ninguna connotación de disculpa.
Desde el primer día que se había metido la pelusa con patas Megumi se había dado cuenta de que ella no se sentía especialmente cómoda con el animal, por ello, estaba segura de que la segunda y tercera vez habían sido hechas a conciencia.
—Tendré más cuidado la próxima vez.
Si claro.
— No te preocupes – cogió a Kirara haciendo acopio de toda su valentía para entregársela a Megumi. Al darse cuenta de lo que iba a pasar, el hurón se revolvió en sus manos logrando soltarse. Lo siguiente que Rin observo fue; una cola con franjas negras desaparecer por debajo de la mesita de noche.
Rin se llevó las manos a la cabeza, a todas las cosas que tenía por preocuparse, definitivamente no necesitaba agregar el tener a una rata debajo de su cama.
—Muévela – le ordenó a Megumi con brusquedad. No era propio de ella tratar mal a la doncella, pero dicha mujer era la responsable de que la mascota estuviera escondida debajo de la cama.
—Pero milady, la cama es demasiado pesada para mí. Si quiere, le diré a un lacayo que venga—
— Entonces metete debajo y sácalo — la interrumpió.
Megumi se sorprendió ante esa orden. Erguida y con la nariz hacia el cielo, le decía que aquella no era tarea para una doncella.
Esta mujer estaba sacándola de quicio.
— ¿Debo repetir mi orden?
— Disculpe milady, es solo que no es algo que me hubiesen pedido que hiciera antes.
Por todos los cielos.
— Seguramente en tus anteriores trabajos no habías dejado entrar a una rata al cuarto de tu señora — espetó con los ojos en blanco.
A regañadientes Megumi camino hasta los doseles de la cama e intento moverla, en efecto pesaba demasiado para la flacucha mujer. Rin, volviendo a entornar los ojos se puso al lado de la doncella para ayudarla a empujar. La cama se movió, dos centímetros. Era caso perdido.
Rin se agacho para intentar ver debajo, la luz no llegaba bien, ni siquiera después de ordenarle a Megumi descorrer las cortinas podía ver con claridad. Necesitaba una linterna, en estos momentos lo que más extrañaba era la luz de su celular. Se dejó caer en el piso con las piernas extendidas. Como si de una invitación se tratara, Kirara salió de su escondite, no sin antes darse una vuelta alrededor de Megumi, quien del susto, se estrelló contra la mesita donde se encontraban una lámpara y un florero que, por supuesto, cayeron causando el sonido que se espera cuando la porcelana se rompe.
En celebración a su victoria, Kirara se subió encima del regazo de Rin y contemplaron ambas la cara de espanto de la doncella. Rin no pudo evitar sonreír al tiempo que intento permanecer calmada para no volver a espantar al hurón.
— ¿Qué demo—? — el conde había entrado inmediatamente después de que el vibrante sonido hubiera tenido lugar. Lo primero que observo fue el desastre en el piso, luego, su vista paso a ella y, como si de algún hechizo se tratase, se quedó mudo. Incapaz, tan siquiera, de terminar su palabra. Estaba mirándola, con los ojos más abiertos de lo normal, la mano aferrada al pomo de la puerta como si su equilibrio dependiera de ello.
Bien estaba segura que su imagen no era precisamente la de una ninfa del bosque con su fiel animalillo. Era más la de una salvaje que acababa de pelear con un león, o más bien un hurón. En un intento de salvar un poquito de dignidad se peinó la maraña de pelos hacia atrás.
Megumi salió disparada del lugar en busca de algo para recoger los pedazos de porcelana. Ninguno de los dos se percató de ello.
Sesshomaru camino lentamente hacia ella. Estaba vestido con el pantalón y tenía todos los botones de la camisa abiertos. Vista exquisita de hombre.
—Un accidente — concluyó extendiendo una mano hacia ella.
Kirara gruño.
Aceptar la mano que le era ofrecida significaba que tendría que sostener la ratita en sus brazos o arriesgarse a dejarla en el suelo y que se volviese a escabullir debajo de algún mueble. Tomando una fuerte bocanada de aire, decanto por la primera opción. Cogió a Kirara imaginándose que era una gata y evitando lo más posible tocar las patas, con su mano libre se aferró a Sesshomaru.
Su tacto caliente disparó electricidad a través de su piel. Un día de estos su cuerpo sería capaz de encender un bombillo solo con una caricia del conde. Por desgracia, estos estaban muy lejos de ser inventados.
— Gracias — pronunció e intentó soltarse de su agarre. En respuesta, él conde dio otro paso hacia ella mientras que levantaba su mano para darle un suave beso en el dorso.
— Eres, incluso, más hermosa que una ninfa. Trata que el león no te coma la próxima vez.
¿Qué rayos?
El toc toc toc de la puerta se escuchó a lo lejos, Megumi entro, oyó la porcelana, una conversación a lejos de Sesshomaru dando instrucciones. El cepillo, las cortinas.
Cuando todo el ruido ceso, Sesshomaru ya no estaba, tampoco Megumi. Solo una tina con agua caliente al frente y un hurón en sus brazos.
¿Qué diablos había sido eso? Y Sobre todo ¿En qué momento Sesshomaru le había leído la mente?
Pasear en trineo era una actividad maravillosa, siempre había querido viajar a Noruega para participar en una carrera con Huskies siberianos. Sin embargo, ahora tenía al frente un trineo bastante mono que estaba siendo armado especialmente para ella y en lugar de perros iba a ser halado por caballos. Lady Hitomico e Irasue observaban desde la terraza, ellas viajarían en otro trineo exactamente igual, pero se negaban a mirar de cerca una actividad tan ordinaria como lo era preparar el trineo.
Había sido idea de Hitomico el organizar el paseo para esa mañana, dijo que le sería bueno recordar los paseos que se hacían en Hig Stone, además de que a ella, Rin Matou, le encantaba pasear en trineo. Si tan solo Hitomico supiera que está sería la primera vez que se subiría a un trineo arreado por caballos, probablemente, le daría un infarto. Por supuesto la madre y hermana del conde fueron invitadas.
Los episodios de agresividad de Kanna eran casi nulos para ese momento, su compañía le hacía bien, ella sabía entenderla y casi siempre estaban juntas. Rin se había encariñado con su pequeña prima lejana, los cambios en la joven eran positivos, ella tenía la convicción de que si las terapias continuaban podría lograr que Kanna tuviese una vida normal.
Las dos jóvenes se acomodaron en el asiento trasero, Hoyo, uno de cochero de la familia Taisho seria quien conduciría por la propiedad. Cuando estuvieron listas, el joven cogió las riendas y comenzó a conducir. El trineo de Hitomico e Irasue iba justamente detrás de ellas. La casa se alejaba lentamente, el paisaje invernal alzándose con esplendor.
Era refrescante.
La sensación era como la de quitarse un grillete del tobillo. Aunque Sesshomaru no era un grillete, se sentía como uno. Siempre junto a ella, vigilando, al asecho. Por suerte después del incidente de la mañana se había encerrado en su oficina con Naraku y ninguno de los dos había salido, ni siquiera para el desayuno y, a decir verdad, su comportamiento después de entrar a su habitación había sido perturbador. Por un momento había sido como si él fuese capaz de leer su mente. Ella estaba segura de no haber mencionado jamás la palabra ninfa frente a él. Ni mucho menos su lucha contra el león. Quizás, sería algo que lady Rin había dicho antes, pero era demasiad casualidad que lo mencionase en el momento que ella lo estaba pensando.
Al cabo de un rato, Kanna le pidió al conductor que se detuviera, al parecer había visto un tipo de flor que no se veía cerca de la casa. Sin escuchar nada bajo del trineo junto con un maletín que había traído con ella.
El segundo trineo se detuvo a su lado a verificar lo que ocurría.
—Es increíble, este tipo de flor solo se da al norte, es la primera vez que veo una en Holy Sword —expresó Kanna con emoción, sin dejar de observar aquel conjunto de hojas lilas y blancas.
Irasue entorno los ojos y viendo que su hija estaba sacando papel y lápiz hizo señas a su cochero para que echara a andar.
Quedaron de verse en la casa.
Rin se acomodó en el asiento a esperar por Kanna, estaba tan emocionada que no se daría cuenta de nada más.
Kanna tardo alrededor de veinte minutos en volver a subir. Hoyo inicio la marcha en cuanto estuvieron en sus asientos.
Un rato después escucho un leve chirrido, casi de inmediato sintio su cuerpo siendo empujado hacia delante, después dolor.
¿Qué—?
—Lo siento ¿Se encuentran bien? — la experta conducción había terminado con ambas dándose de bruces contra el respaldo del asiento del conductor. Un caballo se había soltado se sus riendas, mientras que el otro relinchaba asustado por algo.
—Yo si, ¿Kanna? — La adolecente asintió con la cabeza en señal de bienestar —Estamos bien ¿Qué le paso? — preguntó en referencia al caballo sobándose el brazo.
— No lo sé milady, de repente se volvió loco, creo que vio algo. Por favor vuelvan a sus asientos. Vamos a volver.
— Y hacer que un solo caballo cargue con el peso de los tres con tanta nieve en el camino, olvídalo. Prefiero esperar.
—Milady, no podemos quedarnos — repuso el cochero con cautela.
— ¿Por qué?
— Creo haber visto lo que vio el animal — Rin entrecerró los ojos a modo de inquisición —. Un lobo.
Un lobo.
La cueva.
— Sé que esa clase de animales no es común en la zona – prosiguió el hombre — pero preferiría regresar enseguida.
No, no eran comunes en la zona, pero ahí estaba frente a ella invitándola a seguirlo. En ese momento Kirara salió de debajo del asiento, pego un brinco y salió corriendo detrás del animal que los observaba detrás de los árboles.
Demonios, rata loca.
— Kirara — dijo Kanna sin expresión alguna recordándole a como se refería Sesshomaru hacia ella.
Por algo eran hermanos.
Rin se debatió entre seguirla o dejarla libre, lanzó un juramento antes de empujar sus pies fuera del trineo. Hoyo no tuvo tiempo de reaccionar. Lo siguiente que Rin vio fue a ella misma corriendo dentro del espeso bosque.
Estaba loca por perseguir a un hurón que a su vez iba detrás de un lobo, eso era seguro, sin embargo algo le decía que no le haría nada. Tenía la convicción de que la bestia solo quería guiarla a un lugar, al igual que la primera vez.
El bosque se tornaba cada vez más espeso, más árboles, más nieve. Su ropa a pesar de ser abrigada no era la adecuada para caminar en medio de tanta nieve. El aire frio le dificultaba la respiración. Aguantó, no podía darse el lujo de parar, el lobo era ahora una mancha gris a lo lejos, Kirara no era visible en lo absoluto, tenía que alcanzarlos.
No supo por cuanto tiempo corrió, solo fue consciente de que cuando los arboles llegaron a su fin, una caída se extendía ante ella y, el lobo, estaba abajo, esperándola justo frente a la cueva.
Vibró de expectación, esa mañana no se había imaginado estar frente a la caverna.
Bajo con cuidado hacia donde estaba el animal, como lo sospechaba, solo le olisqueo, con un empujón de su hocico la invito a entrar con él. Con la respiración y todo su cuerpo tembloroso echo andar. Sin poder evitarlo se quitó un guante y palpo la superficie rocosa. Se sentía atraída por la oscura cavidad, la luz de la entrada apenas llegaba a donde ella estaba.
¿Qué seguía ahora?
¿Qué tenía que hacer?
Ni siquiera recordaba bien el lugar donde se había quedado aquella noche.
— ¿Cómo regreso? — Gritó en medio de su frustración —. ¡Dímelo!— nadie estaba ahí para escucharla, ni siquiera el lobo quien al parecer sabía muy bien como viajar entre los dos tiempos.
Quería regresar, ver a sus padres, sus hermanos, sus amigos— una lagrima se deslizó por sus mejilla, luego otra y otra. Estaba llorando en un rincón, sin fuerza, con frio, sintiendo un hueco en el pecho. Necesitaba ver a su familia, abrazar a Ruby.
— Quiero volver — susurró solo para ella. Su corazón anhelando su deseo.
Se quedó en silencio por un largo rato, solo escuchaba su respiración, sus latidos, la calma.
Estaba comenzando a entumecerse, tenía que salir. Ahora que lo pensaba no tenía ni idea de cómo volver a la casa. Si corría con suerte Sesshomaru la encontraría, a estas alturas ya debería tener a todos los sirvientes de la propiedad buscándola y, si la encontraba, le iba a enganchar un grillete al tobillo.
Kirara soltó un chirrido sacándola de sus pensamientos. Volviendo a la realidad se encontró con los ojos marrones que la observaban con curiosidad. Su cuerpo protesto al levantarse. El magnetismo de la cueva le impedía separar su mano de la roca. ¿Dónde estaba la salida? ¿Hacia la luz? Pero la luz estaba difusa, se percibía desde varios lugares. Se lo acarreó al tiempo, al movimiento del sol. El hurón se movió primero, ella comenzó a dar pasos detrás del roedor. Fue en ese momento cuando lo escucho. Su nombre pronunciado por esa voz.
Una lágrima cayó.
—Rin — de nuevo, más claro.
Rin se giró lo más rápido que pudo en busca de la dueña de esa voz.
—Ruby — gritó.
—Rin — respondió de algún lugar esta vez su madre.
— ¿Dónde estás? — preguntó desde el mismo sitio su padre.
— ¡Mama! ¡Papá! Estoy aquí. Estoy aquí — repitió.
Eran ellos, sus voces. Estaban dentro. ¿Dónde?
—Sigan hablando — les dijo Rin. Solo así podría llegar hasta ellos. Tenían que guiarla.
Las voces se volvían más claras, como si se estuvieran acercando. La luz, por el contrario, desaparecía a medida que se adentraba en la oscura cavidad.
Tenía miedo, pero la adrenalina y emoción que corría por su sangre le impedía pensar en cualquier otra cosa que no fuese volver a su hogar, a su tiempo.
—Mamá, papá, continúen hablando. Cada vez los escucho más cerca.
—Nosotros también —respondió Ruby seguido de uno de sus gritillos — Te vi.
— ¿Dónde? — comenzó a dar vueltas buscando a su hermana.
— ¡Aquí! — el chillido de Rubby llegó a ella como una flecha y entonces vio aquel agujero donde Kirara intentaba entrar.
Se dejó caer de rodillas, sus manos se pusieron a arañar la roca.
—Rin, déjame verla.
—Mamá, mamá.
Había un halo de luz proveniente del pequeño agujero.
— ¿Cómo estás? ¿Crees que puedas esperar a que busquemos ayuda? — inquirió preocupado su padre.
Podía ver sus sombras moverse.
— Ve, trae algo con lo que romper esta roca— respondió su madre.
—Rin no te muevas de donde estas. Es una orden.
La primera sonrisa genuina salió de sus labios.
Oh papá cuanto te amo.
—Yo iré contigo — le escucho decir a Ruby.
Tenerlos allí, tan cerca—
—Mamá tengo miedo.
—Tranquila, todo va a estar bien. Tu papá fue por ayuda, todos nos han ayudado a buscarte, los chicos están cerca... —corto su frase para sonarse la nariz —. Estoy tan contenta de haberte encontrado.
— ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
Rin espero a que su madre le respondiera.
Nada.
— ¿Mamá?
La iluminación en la cueva cambió de repente.
No, por favor no. Quiero volver. Quiero volver.
— ¡Mamá! ¡Mamá!
—Rin.
No.
Comenzó a hiperventilar, tenía tantas lágrimas en los ojos que no lograba ver con claridad.
— ¡No! ¡Suéltame! —hipó.
Se reveló ante su agarre como un gato, aruño y pateó donde pudo hasta hacer que la soltara.
— ¡Mamá! — gritó a la pared detrás de la cual había estado su familia hacia un momento. No hubo respuesta — ¡Mamá! —gritaba de nuevo una y otra vez, sus manos golpeaban la roca, sus unas se enterraban tratando de romper en vano la dura roca.
—Rin basta — le cogió ambas muñecas con sus fuertes manos masculinas —. Estas lastimándote.
—No lo entiendes, ella estaba aquí hace un momento— chilló con su respiración entrecortada.
—Tu madre está en la casa, preocupada porque saliste corriendo detrás de una maldita rata.
No, esa no era su madre.
— No, suéltame — el conde, haciendo alarde de su poca paciencia, la cogió de la cintura— ¡Papá! — Gritó queriendo ser escuchada — ¡Papá!
Lloraba, gritaba, pataleaba y arañaba. Estaba en medio de una crisis nerviosa. En cada cruce, subida o cada vez que él se detenía, ella intentaba aferrarse a alguna parte de la cueva, con sus uñas se clavaba a la roca. No tenía idea que se había adentrado tanto.
— Rin, por favor — ella no estaba escuchando —. Rin.
Ella solo sollozaba.
—Déjame ir.
— Estas lastimándote. No puedo dejar que te mueras aquí dentro.
— Voy a morir si me llevas contigo — se giró para mirarlo a los ojos —. Por favor, Sesshomaru, déjame ir — le suplicó. El brillo dorado le resulto más intimidante del negro del lobo al que había seguido hace unas horas.
— No — Simple. Seco. Definitivo —. Camina, está oscureciendo.
No la cargó esta vez, solo la agarró con fuerza del brazo. No fue consiente de cuánto tiempo pasó, o cuanto caminaron. Solo pensaba que tal vez, aquella había sido su única oportunidad de regresar a su época y la había perdido.
— Es suficiente Taisho. Déjala – resonó una voz gruesa, masculina.
¿Quién?
—No te metas en esto — fue la respuesta del conde quien, obviamente, no la soltó.
— Mi hija estaba gritando por mí y me dices que no me meta—bramó Naraku.
— Cariño — Hitomico había salido de la nada y se había abalanzado sobre ella —. Estás helada — la mujer estaba examinándola de pies a cabeza, a Sesshomaru no le quedó otra opción que soltarla —. Estamos aquí.
Naraku se quitó su abrigo y lo puso sobre sus hombros. Estaban afuera de la cueva.
— ¡Dios tus manos! — Rin hizo una mueca de dolor, tenía ambas manos llenas de rasguños, las uñas quebradas.
Hitomico la guío hasta un trineo, se subió en el con parsimonia.
Naraku y Sesshomaru siguieron discutiendo, ella no los escuchaba. Hitomico estaba a su lado, sin embargo, ella no la sentía. En ese momento ella era solo un cuerpo vacío.
Y eso era todo.
La cueva se alejaba de ella, como el primer día. La diferencia era que ahora sabía perfectamente que le esperaba al pasar el espeso bosque.
