Actualizado al (11-2022)
RESUMEN
Los planes de Rin Taisho se ven arruinados cuando su padre le dice que han heredado un titulo nobiliario y deben trasladarse a la propiedad de inmediato. La casa vieja mantiene a Rin recelosa hasta que su hermana hace un escabroso descubrimiento; la antigua condesa es idéntica a ella, tanto en nombre como en apariencia. Intrigada decide buscar información sobre sus antepasados descubriendo un pasado oscuro al rededor del matrimonio con el antiguo conde Sesshomaru Taisho. Para su mortificación pronto se ve obsesionada con un retrato del conde e inconscientemente la noche de navidad pide un peligroso deseo.
"—Sesshomaru Taisho, como deseo haberte conocido"
DIEZ
La habitación de la condesa, su habitación, le parecía una necrópolis, el lugar donde venía a enterrar sus restos. A eso estaba reducida, a un cadáver que dejaba que las doncellas la desvistieran, la bañasen, la vistieran y ahora le aplicaran un ungüento para luego proceder a vendarle las manos. Todo esto bajo la supervisión de Hitomico.
La escuchaba decirle cosas cariñosas y ella no podía parar de repetirse que no era su madre. Su madre debía estar aun dentro de la cueva buscándola, la conocía. Irina Taisho no descansaría hasta encontrarla, así le cogiera la madrugada o una tormenta inclemente. Irina seguiría allí, con el corazón destrozado, buscando a su hija. Y su padre no se quedaba atrás, el pobre debía estar lamentando los orígenes de su apellido y haber heredado aquel título nobiliario que lo hizo mudarse a Holy Sword.
De nuevo lloró. Por suerte Hitomico lo atribuyo a que una doncella estaba cortando una de sus uñas quebradas y no saltó a atosigarla con preguntas.
Rin solo quería que terminasen pronto, se marcharan y la dejasen sola.
Las doncellas terminaron, salieron después de recoger la habitación. Hitomico se quedó.
— Debiste estar muy asustada para lastimarte de esta manera — pronuncio con suavidad. Sus ojos denotaban cierta culpabilidad.
Si, el miedo le hizo arañar la roca. El miedo a quedarse atrapada en esta época y no volver a su familia nunca más. Miedo que se estaba cumpliendo.
— Quiero descansar — no tenía ganas de hablar con ella. Todo su interés por saber de Rin Matou se había ido por un tobogán al infierno cuando escucho la voz de Ruby, su hermana, por la que si debía estar preocupada en ese momento.
—Está bien — Rin se sorprendió que aceptara tan rápido —. Metete en la cama y yo me sentaré en el sillón como cuando eras niña. ¿Lo recuerdas?
No.
— Prefiero estar sola, madre — agregó con cierto desazón. La verdad era que Hitomico no se merecía que ella la tratase mal —. Lo siento, solo déjame descansar por favor — esta vez suavizo su tono.
— Cariño — se sentó con ella en la cama —, no creo que eso sea buena idea, podría volver a suceder — repuso con suavidad, su mano acariciando su cabello —. Además en tu situación— — continuó diciendo sin que Rin le prestase atención. La afirmación anterior de la duquesa daba vueltas en su cabeza.
¿Volver a suceder? ¿Qué rayos estaba pensando esta mujer?
— No entiendo — necesitaba que Hitomico aclarase lo que acaba de decir. Esta cogió su mano vendada con la suya.
—Yo juró que pensaba que Lord Taisho te gustaba cuando permití junto con tu padre el matrimonio. Pensé que lo del Sr Himura era solo un capricho — ahora la mujer estaba mirando a sus manos—. No imagine que— que el conde llegaría a— de nuevo aparecía ese pudor delatorio que no la dejaba terminar sus palabras — después de todo es un hombre atractivo, la mayoría de las jóvenes en la fiesta estaban detrás de él. Pero entonces él se fijó en ti— yo no creí que—
— ¿Qué estás pensando? — El rubor de la cara de la mujer le confirmo sus sospechas.
— Son sus derechos, tu padre y yo lo sabemos es solo que—
— Sesshomaru no me ha hecho nada, madre — la cortó. Por amor al cielo, esta mujer estaba pensando que Sesshomaru intento violarla en la cueva. No iba a permitir que pensaran aquello por eso agregó; — No me ha tocado en contra de mi voluntad si es lo que piensas.
— ¿Entonces por qué...?
Las palabras de la mujer se cortaron ante los fuertes gritos provenientes del pasillo.
Al parecer no iba a tener paz pronto.
— Voy a ver qué sucede —anunció Hitomico.
Rin la observó salir. Después de dar un gran suspiro, ponerse un albornoz y calzarse ella también salió.
Naraku estaba discutiendo con Sesshomaru en uno de los salones privados de la familia, la entrada rodeados por lacayos que no se atrevían a interceder.
Con decisión atravesó las puertas.
El silencio se hizo cuando la vieron entrar.
—Cariño, regresa a tu habitación — saltó Hitomico.
Ni siquiera tuvo que pensar mucho para saber lo que estaba pasando.
— Fuera — le ordenó Sesshomaru a ambos progenitores. Sin embargo ninguno se movió.
—Ya te lo dije Taisho. Mi hija no se quedara contigo — habló Naraku situándose entre ellos —. Rin se va con nosotros a High Stone.
— Eso nunca — espetó Sesshomaru. Tenía el pelo alborotado y la ropa arrugada. Rin supuso que no se había cambiado tras irla a buscar.
— Me la llevaré — declaró tajante Naraku —. Permitir este matrimonio fue un error desde el principio.
Hitomico se había parado a su lado colocando las manos en sus hombros. Las botas altas que llevaba la hacían ver mucho más alta de lo que era.
— No tienes opción Matou, tu hija es mi esposa, así que legalmente me pertenece — declaró, sin ningún atisbo de duda, él conde.
— Vayan y recojan las cosas de la condesa — le ordenó Naraku a los dos lacayos que estaban estáticos en la entrada.
— Nadie recogerá nada — rugió Sesshomaru. Los sirvientes retrocedieron.
Rin estaba perdida entre la batalla de ambos hombres. Naraku quería llevársela a Hig Stone y Sesshomaru, por supuesto no lo estaba permitiendo.
— Bien, me la llevare solo con lo que lleva puesto — declaró Naraku decidido, cogió a su mujer de la cintura y a ella en consecuencia—. Nos vamos.
Hitomico se dejó guiar por su marido. Ella en cambio no se movió, necesitaba ordenar sus pensamientos. ¿Cuáles eran sus opciones? No tenía idea de cómo sería su vida si aceptaba irse con los padres de Rin Matou, probablemente sería imposible volver a Holy sword. Por otro lado quedarse era como elegir los brazos del diablo. Sesshomaru estaba furioso por lo que ella había hecho, sumado a eso, la había escuchado gritar por sus padres dentro de la cueva, incluso le había suplicado que la dejase ir.
La discusión seguía, Naraku ya no estaba a su lado, sentía el aroma de Sesshomaru e incluso ahora estaba Irasue interviniendo.
— Déjala que se vaya por una temporada — estaba sugiriendo la condesa Irasue. Rin no tenía idea de en qué momento había llegado —. Nadie sospechará de tu matrimonio por ello. Solo un par de semanas. Tú nos puedes acompañar a Londres mientras tanto – estaba hablándole a Sesshomaru.
Hitomico también intervenía en la conversación. Los dos hombres solo se miraban desafiantes negándose uno al otro, a dar el brazo a torcer.
— Milord…
Naraku se acercó a ella negándose completamente a dejarla una noche más en esa habitación. Sesshomaru hizo lo mismo. Ella quedo en el medió escuchando a los dos hombres pelear por su destino.
— ¡Basta! — exclamó Rin. Extendió los brazos en medio de ambos pechos masculinos —. Creo que yo debería ser la que decida si irme o quedarme.
— No voy a dejarte con este hombre, mucho menos ahora que se— rugió Naraku.
— Este hombre es su esposo y tú estorbas, Naraku — mascullo Sesshomaru interrumpiéndole, el nombre propio fue pronunciado con desdén.
Naraku apretó los puños con fuerza, Hitomico puso la mano sobre el pecho de su esposo.
— Milord, por favor. Rin esta alterada, no conviene para ella una pelea entre su esposo y su padre.
— Mis consideraciones con mi hija serán después de tenerla en nuestra casa, no antes. Si tengo que pelear lo hare, Taisho solo ha demostrado su incapacidad para cuidarla.
Rin, sin pensarlo, se abalanzo contra Sesshomaru, quien venía dispuesto a golpear a Naraku. Al sentirla se quedó quieto. Ella tenía ambas manos descansando sobre su pecho y él no perdió tiempo para levar su mano sobre su espalda.
— Voy a quedarme — declaró ella. La oferta de pasar un tiempo lejos era tentadora, el problema era que ella no tenía tiempo. Eso lo admitió con un leve temblor —. Esta discusión es innecesaria.
Ella no podía irse. Si lo hacia todas sus posibilidades de regresar quedarían sepultadas. Ella necesitaba permanecer en Holy Soword. Quedarse lo más cerca posible de la cueva era su única esperanza de volver a ver a su familia.
— Te escuche gritar nuestros nombres dentro de esa cueva. También escuche como le decías que te soltara. Un Matou no se quedara con semejante monstruo — la actitud protectora del progenitor le causo una punzada de dolor. Si él supiera que su hija no estaba allí, que nunca seria encontrada.
— Eso no es lo que piensas— — Rin miro a su alrededor, en algún momento Irasue había cerrado las puertas —. Yo— yo quería ir tras Kirara y Sesshomaru no me lo permitió. — A ninguno de los presentes se le escapo que llamo por su nombre al conde —. Si no fuese por él, a estas alturas estaría perdida dentro de la cueva.
De igual forma ninguno pareció creerle.
—Ya la escuchaste Matou. Se queda — habló Sesshomaru por encima de su cabeza. Aunque no estaba segura de sí le creía o no, aceptó su historia y la tornó a su favor para dar por zanjada la discusión con Naraku.
El silencio sepulcral estaba siendo dueño de aquella estancia. La discusión Taisho Matou, se había prolongado por un largo rato hasta que convenció a Naraku de que se quedaba por su voluntad. Lo había analizado en el corto periodo que tuvo desde la declaración de Naraku. Idealmente la propuesta de Irasue le había parecido la más perfecta, pero, siempre había un pero, cabía la posibilidad de que la mansión ya no le perteneciera a Sesshomaru cuando ella volviera. Esa era otra de las razones por las que no podía dormir. El año del fallecimiento del conde era 1827, justo el año en el que estaban. Si él moría, ella pasaría a ser una viuda sin derechos a nada porque no había concebido aun un hijo varón. Por ello tuvo que olvidar tal oferta. Sus oportunidades de volver estaban aquí, en Holy sword como esposa de Sesshomaru Taisho.
Con todo el alboroto se había olvidado de hablar con Hitomico. La duquesa había regresado con ella a su habitación y luego se había excusado para ir a hablar con su esposo. En cualquier momento volvería. Lo que le había dicho sobre Sesshomaru y su hija la había dejado pensando. Hitomico llegó a pensar que a su hija le gustaba el conde, eso era algo que no se podía dejar pasar por alto, sin embargo, por los momentos tenía que concentrar sus esfuerzos en como volver a la cueva. Seguramente el conde se pondría peor que un carcelero.
Sentada frente a la peinadora, dejó el cepillo y se miró al espejo. Tenía una pequeña cicatriz en el lado izquierdo de su frente, justo en la parte del nacimiento de su cabello. Su brazo izquierdo estaba rojo y adolorido, ahora que lo recordaba se había golpeado fuertemente en el trineo. Las uñas de las manos también le dolían, había estado tan desesperada que no había notado como sus dedos sangraban al romperse las uñas.
Sus ojos estaban rojos. Estaba cansada. Agotada.
La puerta que conectaba con la habitación del conde se abrió. Rin dejo su escrutinio para dirigirle la mirada al recién llegado.
Sesshomaru estaba parado en el umbral, el cabello blanco mojado y peinado hacia atrás, su pecho desnudo, pectorales marcados, el abdomen cubierto por una delgada venda y la línea de sus oblicuos dibujando un camino que se perdía debajo de sus pantalones.
Rin se preparó mentalmente para una nueva batalla. Cogió de nuevo el cepillo y fingió desenredar su cabello.
— ¿Qué buscabas en la cueva? — directo al grano. No esperaba menos del conde.
— A Kirara — se apegó a su historia.
— La verdad. Rin — se paró justo detrás de ella. Su miradas de cruzaron a través del espejo.
— Kirara se salió del trineo y fui tras ella, entre a buscarla y me perdí. Lo demás es borroso, me asuste—
— ¿Por qué te quedaste? —otra pregunta directa y sin anestesia.
No podía responder esa pregunta, no con la verdad y no con una mentira convincente.
—No lo sé.
Sesshmaru se inclinó sobre la mesa de madera, cogió una de sus manos cubierta por la venda haciendo que ella se girase a un lado.
—Quiero la verdad, de lo contrario voy a pensar que te quedaste por mí.
Los ojos de Rin se agrandaron a más no poder. Eso no es lo que ella se imaginó que él diría.
El acaricio los dedos femeninos, como si con ello deseara desaparecer los rasguños.
— ¿Qué te hizo desesperarte de esa manera? — estaba mirando su mano.
— Kirara — balbuceo.
—El hurón al que le tienes miedo.
Mierda, se había dado cuenta de eso. ¿Como? Nunca había estado con Kirara y Sesshomaru juntos.
—No le tengo miedo — replicó. Él la miro con esa autosuficiencia de saber que estaba mintiendo.
Sesshomaru se inclinó aún más y sin darse cuenta cómo. Rin terminó levantada, con las nalgas apoyadas sobre la peinadora, con el cuerpo del conde presionándola.
—Y tampoco le tienes miedo a Un.
— ¿A quién?
Una sonrisa sardónica apareció en los labios del conde. Demonios, no debió preguntar eso.
—Un, es tu caballo. El que has montado toda tu vida. El que rechazaste — continuaba diciendo. Ella no tenía idea de que ese caballo le perteneciera a Lady Rin, entre tantas cosas que podía ser, tuvo que salir amante de los animales.
—Ese día estaba aún en shock— — mierda, maldijo en su mente —. Estaba aturdida por—
—En Shock — la interrumpió confirmándole que había vuelto a meter la pata —. Otra de tus nuevas palabras.
Si él dejase que ella se apartase de la peinadora para poder respirar otra cosa que no fuese su olor tan malditamente excitante, si quitara sus brazos de ambos lados de su cuerpo, ella podría comenzar a pensar de forma coherente y dejaría de decir palabras que aún no habían sido creadas.
No le respondió, no podía.
—Déjame ir — le pidió. En esa posición no podía razonar nada lógico.
—Hace rato peleaste por lo contrario — dicho esto la halo por la cadera, su erección rozando el vientre femenino, la tela que la cubría su entrepierna empapándose — Querías quedarte conmigo.
—Quería quedarme en la casa, no contigo.
— ¿Por qué?
—No lo sé...
— Necesito saber por qué tienes el maldito empeño de ir a morirte en esa cueva— ella intento huir de su aprisionamiento. Ya había tenido suficientes emociones en un día y lidiar con Sesshomaru era algo que requería mucha paciencia y esfuerzo—. Mírame — exigió encerrándola entre sus brazos y la madera —. ¿Por qué en un momento me dices que morirás si te llevo conmigo y al otro decides quedarte?
— Ya dije que no lo sé —explotó —. Supongo que no quería regresar con mis padres, prefiero estar aquí.
— Tres veces te he sacado de ese maldito lugar— siseo cerca de sus labios —. La primera pensé que era una más de tus tonterías, la segunda creía que lo habías hecho por miedo pero esta me ha hecho pensar que hay algo más.
—No hay nada más— pero si lo había y ahora, se acaba de enterar que existía una tercera vez que no había sido ella. Lady Rin había ido a la cueva antes de que ella llegase.
—No volverás a ir a esa parte de la propiedad. De ahora en adelante nadie te permitirá poner un pie dentro del bosque— le informo él. Como si ella ya no supiese que esa sería su actitud.
Rin solo asintió. No era una buena idea contradecirlo en estos momentos. No cuando estaba tan cerca de ella quemándola con su respiración.
—No más planes suicidas — el acarició la pequeña marca violeta formada en su brazo, eso disparó todos sus sentidos. Su olfato percibió su fragancia a almizcle combinado con sándalo. Se mordió el labio inferior en un intento de reprimir el gemido que amenazo con escaparse de su garganta al sentir la mano izquierda del conde sobre su pecho.
Se quedó estática, esperando—
— Me estas volviendo loco.
Ella tragó grueso. No quería moverse, temía las reacciones de su propio cuerpo.
Él, sin embargo, se dedicó a dejar suaves caricias sobre cada una de las marcas que habían aparecido sobre la piel femenina.
— No quería hacerte daño— su voz, ese matiz agradable que solo usaba con ella. .
—Lo sé — respondió casi por instinto, necesidad. Sabía que él no había querido lastimarla dentro de la cueva —. Yo tampoco a ti — ella lo había pateado con toda su fuerza potenciada con un subidón de adrenalina. Pobre, era un milagro que no se le hubiese vuelto a abrir la herida ¿O no? — Tú herida...
—Está bien— él no le dejo siquiera intentar tocarlo.
—No todas las hiciste tu — mencionó Rin al ver como él continuaba atormentándose por sus cardenales—, esa en particular fue con el trineo—. No estuve pendiente y caí sobre el — Sesshomaru hizo una mueca de desagrado.
—Con respecto a eso, necesito investigar que causo que uno de mis caballos se volviera loco.
No era una buena idea recordar al lobo así que Rin solo asintió, de nuevo.
Y de nuevo, sin advertencias, el conde la cogió de la nuca y la besó. Fuego ardiente sobre su boca, tizones atravesando su espalda baja. Humedad sobre sus labios. El más cálido placer instalándose en su vientre. Se aferró a él de la misma forma que él a ella. Con hambre. Él conde no tuvo que hacer mucho esfuerzo para conseguir que se sentara sobre la peinadora y meterse en medio de su piernas.
Él soltó el lazo del camisón de en medio, liberando las cumbres femeninas.
—No voy a esperar más.
Yo tampoco quiero esperar, quiso responder antes de que su mente se quedara en blanco y se rindiera a la boca masculina que, en ese preciso momento, estaba atormentando los delicados pezones femeninos. Los lamia con delicadeza y chupaba con avidez, aquello estaba volviéndola loca. Sus piernas estaban abiertas para facilitarle el camino a aquel punto más necesitado de atención de su cuerpo.
Estaba mojada, caliente y adolorida.
Cada toque del conde quemaba su piel, la hacía arder. Quería más, por eso sujeto la cabeza de Sesshomaru con fuerza, se aferraba a él en su búsqueda. Alternaba su atención entre sus dos pechos, sosteniendo uno con su boca y el otro con una mano, la otra la mantenía sujeta por la espalda. Lentamente fue descendiendo por su estómago. Rastros de fuego dejados por su lengua.
Estaba aturdida por el placer, no quería resistirse a lo que sabía que vendría, aun si saliera lastimada, aun sabiendo que él veía a otra mujer en ella. Simplemente ya no tenía fuerzas.
El camisón estaba a la altura de su cintura, Sesshomaru había sujetado sus piernas de tal manera que ahora colgaban por encima de los hombros masculinos. Rin se mordió los labios en el momento en el que sus miradas hicieron contacto. Lo sintió rasgar la tela que cubría su sexo, lo sintió inspirar su olor. En su vida había tenido un momento tan jodidamente excitante. Y entonces el contacto sucedió.
Rin se arqueó, sus manos se aferraron a la madera provocándole dolor, lo ignoro. Habría ignorado cualquier cosa, que no fuera la lengua del conde sobre su vulva. Lamiendo, chupando, acariciando. Estaba mareada. Todo lo que podía hacer era gemir una y otra vez.
Sesshomaru chupaba su sensible botón hasta llevarla casi al límite, luego se detenía y daba lentos lametones que solo la enloquecían más. Movía su lengua en círculos para atormentarla. Con cada repetición Rin sentía que se perdía y cuando él introdujo su lengua por su canal el orgasmo la golpeó sin piedad.
Su respiración se volvió cansada, sus piernas pesadas. Estaba temblando de pies a cabeza, su sexo palpitando adolorido en búsqueda de placer.
La mirada de Sesshomaru decía solo una cosa; lujuria.
Y con esa lujuria se levantó a besarla. Su propio sabor la sorprendió excitándola aún más, como si eso fuese posible. Él conde la bajo de la peinadora para terminar de quitarle el camisón, ahora estaba completamente desnuda ante un hombre que aun conservaba sus pantalones, otra cosa que apuntar a la lista de cosas que la excitaban.
Sesshomaru estaba observándola, perdiéndose en ella. Respiraba entrecortadamente. Enredo sus dedos en el cabello azabache, la atrajo a él para besarla. Rin no hubiera sido incapaz de mantenerse de pie sino fuera por el brazo masculino que la sujetaba en la espalda y que, de alguna manera u otra, consiguió guiarla hacia la cama. Haciéndola caer con el peso masculino sobre ella.
Ella quiso protestar al sentir que se levantaba, él la calló llevándoles la mano a los botones de su pantalón.
—Libérame — pronunció.
Rin estuvo a punto de soltar una lágrima, tanto amaba este hombre a su esposa que inclusive en ese momento le pedía su consentimiento.
Ella lo hizo, desabotono cada botón decidida a que quería sentirlo dentro de su sexo. Sesshomaru permaneció estático hasta que el ultimo botón quedo suelto. Luego ella lo miro a los ojos y empujando la tela hacia abajo le dijo:
— Hazlo.
