'Cause we're the masters of our own fate

We're the captains of our own souls

There's no way for us to come away

'Cause boy we're gold, boy we're gold

And I was like

Take off, take off

Take off all your clothes

Lana del Rey, Lust for life.

1

En el que 1 + 1 = 3

Era bastante común escuchar lo siguiente por los pasillos de la facultad: «Qué bueno está el profesor de Antigua». ¿Y era mentira? No, claro que no. Estaba bueno y se prestaba a charlar con los alumnos en la cafetería, pero rechazaba todas las indirectas, o ni siquiera las captaba. Estaba muy casado y la argolla lo delataba. Era inaccesible, sí, aunque servía para alegrarse la vista.

—Yo no te tocaría ni con un palo si fuese una tía —dijo Jean—. ¿Dónde ha quedado el favoritismo por los chicos malos? Cuando yo iba a la universidad, los profesores eran unos sesentones con almorranas que no habían echado un polvo en años. Yo solo tenía que dar a las chicas un paseo en la moto. Caían como moscas… De acuerdo, tú tienes buen culo, pero ¿follar con la misma persona que te explica las polis griegas? Nah, tiene que ser una puta broma. Vaya generación.

—Por fortuna, me basta con que me toque una sola persona. Y sí, tienes razón: vaya generación. En vez de pensar en la práctica del viernes, piensan en… —Eren hizo una pausa—. Supongo que son cosas de la edad.

—Cuando curraba en el instituto, también se pasaban las horas hablando de meterla y, francamente, me pregunto: ¿Nosotros éramos así?

—Tú sí, Jeanbo.

—Vale, sí, está bien. Yo follaba mucho, lo admito, pero no iba contándolo por ahí. Sencillamente, lo hacía, lo disfrutaba y me dedicaba a otras cosas, pero no estaba pensando todo el día en ello.

—Jean, por favor. Llevabas condones en todos los bolsillos: en los pantalones y en la chaqueta.

—Claro, rey, porque siempre he sido muy responsable. Si no, ahora tendría una veintena de hijos esparcidos por el mundo. ¿Sabes quién no usaba condón? Reiner. Un auténtico guarro. Solía hablarme de sus correrías y corridas. Dios mío. Ahora el cabrón es famoso y podríamos ir a criticarlo por los platós. Tiene una novia despampanante.

—¿Celoso?

—¿Yo? —Jean se echó a reír y removió el café con la cucharilla—. No cambio a mi Pieck ni por Mónica Bellucci. Además, ya no estamos para ir detrás de los pibones. Especialmente tú. Hueles a casado desde… desde siempre. Además, el sexo no es igual pasados los treinta.

—No sé a qué te refieres y no sé si quiero saberlo.

—Eso es porque solo has estado con una sola mujer en tu vida, lo cual aplaudo. Mikasa ya no espera grandes hazañas físicas por tu parte, aunque deberías aprovechar: los hombres entramos pronto en declive, pero las mujeres son como los vinos. Cuanto más viejas, más salidas. Bendita naturaleza. Como decía, uno pasa la barrera de la treintena y descubre que no aguanta tanto, que le duelen las rodillas, que le entra sueño, que tiene trabajo atrasado… Los fogonazos disminuyen y entonces hay que ser un poco tántrico. Lentitud. Conexión. Sintonía.

Eren le aplaudió lánguidamente.

—Acabas de descubrir las Américas.

—Pero cuidado —apuntó Jean—. No son pocos los que se conforman con acurrucarse en el sofá. Ese es el primer síntoma de ruptura. El sexo debe continuar, pese a la vida adulta.

—¿Y después de los cuarenta?

—Para entonces, los sucesos de la treintena son clave. Un buen matrimonio se convierte en un perfecto matrimonio si, a los cuarenta años, las horas de cama superan el número de horas invertidas en el gimnasio y las cenas con amigos. De lo contrario, nada de terapia de pareja. Esa mierda es una farsa. El matrimonio es cosa de dos y si esos dos no son capaces de resolver sus problemas sin la intervención de terceros…, entonces el divorcio es inevitable. ¿Cuántos polvos echas a la semana?

—No te lo voy a…

—Eren, por favor. Te conozco como la palma de mi mano.

—Pues cuatro, cinco o seis o incluso siete. Nunca menos de cuatro, creo. No llevo la cuenta.

—Eso es una buenísima señal, amigo mío. Vives al día. ¿Sabes que hay gente con calendarios sexuales? Una equis en el martes, otra en el jueves, otra en el domingo… Cuando yo estaba soltero, follaba todos los sábados. Sistemáticamente. También sentía especial predisposición por el miércoles, ya sabes: es el peor día de la semana, a medio camino entre el lunes y el sábado. Ahora he perdido la cuenta y dejo que la vida me dé sorpresas.

—Eres igual que mi hermano. No, él es mucho peor porque está soltero y no siente ningún recato al hablar sobre sus aventuras sexuales. Creo que sobrevaloráis el sexo. ¿Sabes por qué ya no llevas la cuenta y por qué yo nunca la he llevado? Porque por primera vez en tu vida, Jeanbo, estás con una mujer a la que quieres.

—Tienes toda la razón, guapo. Pieck es una de esas hembras.

—¿Una de esas hembras?

—Sí, sí. Hembras como Mikasa, como Annie. Ya sabes a qué me refiero: especiales. Únicas en su especie. He estado pensando… Eren, aconséjame.

—¿No me digas que vas a…? Oh, Dios mío. Me toca desempolvar el traje.

—¿Cómo se lo pido? ¿Crees que me mandará a la mierda?

—Vivís juntos, Jean. No creo que te mande a la mierda. Compra un anillo. O no. No necesitas anillo. Basta con la voluntad. Mierda, vas a casarte…

—¿Por qué pones esa cara?

—Qué momento para estar vivo.

—Detesto ponerme cursi, pero ¿sabes cuándo entendí lo que es el verdadero amor? Cuando casi te mueres.

—Qué agradable. Yo también te quiero, Jeanboy.

—No, no me refiero a mí. Cuando vi a Mikasa en ese estado, lo entendí. Pensé: «Mierda, si el idiota se muere, ella va después». Eso es amor. Siento que moriría si Pieck tuviese un accidente de esas proporciones.

—Me alegra ver que mi cuasi-muerte sirvió para algo.

—Eres el mártir de tus amigos, Jaeger. Tenías que poner un pie en el otro barrio para que el viejo Jean sentase cabeza.

Tomar café con Jean era habitual desde que su buen amigo trabajaba en la universidad. Cuando terminaba su jornada, ambos se despedían en el aparcamiento y se marchaban. A Eren le apetecía tumbarse en el sofá y ver un capítulo de The Wire antes de volver a sus diversas gestiones. La universidad, las excavaciones, las publicaciones… No se estresaba desde el accidente. Saboreaba cada segundo de la existencia. Las cosas no se harían mejor si las hacía más rápido, como diría Armin. Ya te estresarás cuando tengas hijos, añadía este.

—Ya estoy aquííííí —anunció mientras colgaba la chaqueta en el perchero de la entrada—. ¿Mikasa?

Recibió una vaga respuesta desde la sala de estar. Olía a quemado. Fue a la cocina e impidió que las patatas se chamuscasen más de lo que estaban. Generalmente, era él quien la pifiaba. Volvió a escuchar la voz aletargada de Mikasa y corrió hacia ella.

—Estoy un poco mareada —La mujer se frotó los ojos.

—No tienes buena cara, mi vida. —Eren tomó sus manos—. Será mejor que te acuestes un rato.

—Si me levanto, vomito.

¿Cuál fue su último malestar? Ah, sí: la malaria. Empezó a preocuparse porque Mikasa no sufría de alergias, ni pescaba resfriados, ni se quejaba de lumbalgias y tampoco le dolía la espalda cuando se avecinaban las lluvias. Eso no era normal.

—Vamos al baño.

—No, no. Siéntate a mi lado. Se me pasará. No tienes de qué preocuparte. Creo que… Eren, ve a mi mesilla y abre el segundo cajón.

—¿Por qué?

—Encontrarás una cajita sin abrir. Es una prueba de embarazo.

Dios mío. ¡Dios mío!

Eren obedeció, la acompañó al aseo y esperó en el pasillo. Sintiose atacado. Los minutos se le estaban haciendo eternos. ¡Por Dios! ¿Y si había llegado el momento?

La puerta se abrió. En silencio, Mikasa le mostró el Predictor.

—Dos líneas. ¿Qué significa eso? —A Eren se le encogió el corazón.

—Vamos a ser padres.

—Vamos a ser padres —repitió—. Madre mía…

—Esto es solo una prueba de farmacia —contestó Mikasa—. Tengo que pedir cita con el médico y…

—Vamos a tener un hijo —Eren la levantó en peso y empezó a reírse—. ¡Soy tan feliz ahora mismo!

—Yo también, pero te vomitaré encima como no me bajes. Voy a llamar a mi jefe, no puedo ir al trabajo en este estado.

. . .

Siendo niña, tuvo la ocurrencia de preguntar a sus padres cómo se hacían los bebés. Entonces su madre estaba embarazada de un niño que nunca llegó a nacer. Aquel accidente también la privó de conocer a su hermano. Recordaba la barriga de su madre. Si bien ya no era una chiquilla, todavía se maravillaba ante el misterio de la vida. Esta se iba en un abrir y cerrar de ojos, pero su llegada no era menos sorprendente.

—¿Sabes la historia de Dirichlet? —preguntó Mikasa.

Eren acariciaba su vientre y parecía ensimismado.

—No, no la sé.

—Dirichlet era matemático y digamos que no era el mejor expresándose. Un día, su mujer quedó embarazada y el pobre Dirichlet no sabía cómo contárselo a su suegro, así que le escribió una carta muy escueta.

—¿Qué ponía en la carta?

—Uno más uno es igual a tres.

Eren empezó a reírse.

—Pero las matemáticas también fallan. Mira a Armin y Annie. Uno más uno fueron cuatro.

—Este bebé tendrá que ser el más feliz del mundo.

—Y lo será porque tiene a los mejores padres del mundo.

—No imaginaba que aquel rarito de la biblioteca se convertiría en el padre de mis hijos.

—¿Rarito? Yo tampoco esperaba casarme con la chica gótica, pero lo mejor de mi vida ha resultado ser todo aquello que no esperaba. Los hombres crean a sus Dulcineas, pero yo no tuve tiempo de inventarla porque apareciste tú. You put a spell on me.

—Claro que te hechicé. Era gótica. Cuando empezamos a salir, convoqué a todos los demonios y les dije: «Quedaos mi alma, pero tenéis que darme la de él». Parece que funcionó. —Mikasa le agarró la cara con ambas manos y lo besó. Una vez le contó, poco después de que despertase, que le daba miedo besarlo porque sus labios le supieron a muerte mientras dormía. Ahora se respiraba vida. Florecía, campaba a sus anchas por toda la casa, desde los platos del lavavajillas hasta las gotas de agua que salpicaban el espejo del cuarto de baño. No hay nada más importante que la vida. Eren repetiría su vida cuantas veces fueran necesarias solo para llegar a este momento. I'm tougher than the rest, pensó.

. . .

—Hijo mío, por favor, cálmate —le pedía Grisha—. El cuerpo de las mujeres está preparado para esto. Miles y miles de años de evolución no son poca cosa. Eso sí, es un proceso agónico y yo no podría soportarlo.

—No le digas eso. —Carla le hizo un gesto a su hijo para que se sentase de una vez—. A mí no me dolió nada. Ni siquiera tuve contracciones.

—Oye, viejo —dijo Zeke—. ¿Qué es más doloroso, un parto o una patada en los huevos?

—Vas corto de neuronas —contestó Annie desde la máquina de café—. Expulsar un ser humano por la vagina es una de las cosas más dolorosas que se pueden experimentar. Qué dolor, Dios mío. Si no existiera la epidural, me habría muerto. Hablo completamente en serio. ¿Lo quieres descafeinado, Eren?

—¿Sois idiotas o qué? —Jean soltó una carcajada que se elevó sobre el silencio de los presentes—. La que está pariendo es Mikasa Ackerman. Conoce dolores que ninguno de nosotros ha experimentado nunca. Si alguien puede lidiar con el dolor, es ella. Todo irá bien, Eren. Alegra esa cara, que enseguida tendrás en brazos a ese cabroncete de Leonard.

El problema que tenía Eren es que no podía ayudarla. Que, para su desgracia, la naturaleza había puesto esa facultad en manos de las mujeres únicamente y, llegada la hora de la verdad, estaban solas. Armin le puso una mano en el hombro.

—Jeanbo tiene razón.

—Estaríamos mucho más preocupados si el parturiento fueses tú —bromeó Kenny.

El médico apareció con buenas nuevas. Felicidades, le dijo, ha tenido usted un hijo sanísimo y la madre se encuentra perfectamente. Eren lo siguió y tuvo esa sensación que su hermano describía con una elocuente expresión: «Se me han caído las pelotas al suelo».

—Aquí está tu padre —susurró Mikasa, que arrullaba a la criatura con la pericia que solo conocen las madres—. No ha parado de hablarte en los últimos nueve meses.

—Nuestro hijo. —Eren se enamoró a primera vista de aquel pequeño rosado; tenía los ojos entornados y claros, y posiblemente los conservaría así. El bebé abrió la manita y apretó su pulgar. Eren se limpió una inofensiva lágrima—. Hola, Leonard. Te esperábamos.

Había sido un embarazo tranquilo, sin sobresaltos de salud. El humor era otro asunto. Hubo días en que resultaba difícil hablar con Mikasa. Un día se enfadó por el mero hecho de que «¡estoy tan gorda que no puedo montarme en la moto!». Y otras veces rompía a llorar porque se acordaba de su fallecida madre y se negaba a montar en el coche. Eren había descubierto que el catálogo de antojos de las mujeres encintas es extenso y variopinto y, por si fuera poco, el olfato de estas se agudizaba. «Huele a castañas asadas», le dijo una vez. «No huele a nada», le contestó, pero ella insistió en que sí, que el aroma era inconfundible. Bajó a la calle y descubrió que había un puesto de castañas asadas. Eren miró con atención a Mikasa y vio cansancio en su mirada. Se inclinó sobre su cabeza y le dejó un beso y otros muchos a deber.

—¿Estás bien?

—Para nada: dormiría una semana entera, pero estoy más feliz que nunca.

—Yo también.

—Vamos, cárgalo un poco.

—Me da miedo.

Venga ya, hombre, le habría dicho su hermano. Tienes brazos fuertes, brazos acostumbrados a pico y sudor. Es imposible que se te caiga, gilipollas. ¡Levántalo como si fuese una Champions! Mikasa sacudió la cabeza.

—Eren, sostén a tu hijo ahora mismo.

2

En el que Zeke se enamora de su primer amor.

Zeke respiró hondo, adoptó la posición de pitcher y lanzó la bola. Con un gran movimiento, su sobrino de seis años bateó y la pelota salió disparada hacia Dios sabe dónde.

—Eso ha sido un home run, Leo. Tu padre ni la rozaba cuando tenía tu edad. —Se acuclilló delante del muchachito y le colocó su gorra de los Yankees—. Creo que te queda mejor a ti que a mí.

Aquel crío le recordaba mucho a Eren. Tenía su misma mirada: conflictiva, chisporroteante. Leonard le preguntó si de verdad era para él y Zeke le dijo que sí, que ya estaba mayor para esa gorra, pero que no se la llevara al colegio. El chiquillo asintió y fue a buscar a su abuela porque tenía hambre y ya eran casi las dos. Si Dios no te da hijos, el Diablo te da sobrinos, pensó Zeke. Lo cierto es que Leonard era una de las pocas personas que le arrancaban una sonrisa desde que su madre, Diana, falleciese inesperadamente dos años atrás. Aquel golpe le hizo mucho daño: de cara a la galería, seguía siendo el mismo, pero no tardó en descubrir lo destrozado que estaba y solo se le ocurrió una cosa: acudir a Annie. No como amiga, sino como psicóloga.

—Te hago una pregunta muy simple —le había dicho esta—. ¿Cómo pretendes estar después de la muerte de tu madre? Parece que no puedes tolerar tu propia tristeza.

—Estoy solo, Ann —respondió.

—Sé más específico. ¿Por qué crees que estás solo?

—Creo que solo yo siento este dolor. A mi padre le duele, por supuesto, pero no es lo mismo. Llevaban décadas divorciados y apenas se dirigían la palabra. Lo entiendo. Carla me llama todos los días desde que sucedió, ya sabes que es como mi madre. De hecho, lo es, pero entiende que Diana me parió. Aun así, me siento solo, me siento vacío. No siento nada.

—Recibo a muchos pacientes que han perdido a sus padres. Esto que me cuentas es habitual y te aseguro que pasará. Vamos a hacer una cosa.

—Te escucho.

—Quiero que cojas una libreta y apuntes todos los momentos buenos que pasaste con tu madre. Solos ella y tú, sin nadie más. Ni siquiera Grisha. Hablaremos de ello en la próxima sesión.

—Parece una tontería.

—Haz lo que te digo, Ezekiel.

Cuando se sentó delante de una dichosa hoja, lápiz en mano, se ahogó con el llanto. Era como si los recuerdos de su madre estuviesen encriptados, como si una niebla espesa llenase su cabeza. Poco a poco, empezó a vislumbrar los contornos de una mujer rubia. En apariencia, distante, artificiosa, extraña. Diana Fritz fue una mujer hermosísima, tan rubia como los rayos de sol que disiparon lentamente esa niebla de su mente. Llevaba siempre una pulsera de plata y las uñas bien cuidadas, largas y esmaltadas. Se sumergió en un tormento del que nunca hablaba, como todo hijo de un matrimonio separado. El pequeño Zeke había pasado noches enteras preguntándose si sus padres le querían o ya le habían olvidado para irse con sus nuevas familias. Un día, su madre le puso las manos en los hombros y lo miró fijamente: «Siempre te querremos porque somos tus padres». Y no necesitó más, aunque a veces sintiese una profunda tristeza cuando veía a Grisha, Carla y Eren. Al principio, odió aquello. Odió a su padre por tener otro hijo, odió a su madre por tener tantos problemas. Y odió a Carla hasta que esta lo llamó «hijo» con una naturalidad pasmosa. Diana le había dicho que su padre nunca se casaría con una mujer mala, así que debía respetar a Carla. «No es mi madre», respondió él, entre el enfado y el llanto. Diana lo miró con la seriedad blanda que la caracterizaba. «Pero podría serlo, ¿no crees? Ella es buena contigo. Te ha regalado una pelota y te lleva al cine, ¿verdad?». Zeke asintió: «Sí, pero…». Pero su madre tenía razón y no tardó mucho en encariñarse con aquella mujer chillona cuyos ademanes resultaban contagiosos.

—A mi madre no le gustaba que jugase con los otros críos —le contó a Annie— porque siempre me manchaba la ropa de vestir, así que compró un uniforme de los Yankees, un guante y una pelota y me dijo: «Así estarás más cómodo y te acordarás de mí». No soy capaz de ver ese guante desde que murió. No puedo soportarlo. Todo me recuerda a ella y no quiero pensar. Se ha ido para siempre. Antes se iba con sus novios o con sus amigas y volvía con historias sobre Cancún, pero ya no volverá jamás.

—Estás en la fase de racionalización, Zeke.

—¿Eso qué quiere decir? ¿Estaré mejor o peor?

—Depende. Puede que te enfades, o que entres en depresión, o quizá optes por cortarte las venas en la bañera. El duelo es impredecible.

—Y te estoy pagando por esto…

—Está claro que tienes un problema con tu infancia —espetó Annie—. Te sentías atrapado entre dos mundos y, de cierta manera, no pertenecías completamente a ninguno de ellos: por un lado, tu madre, una mujer algo desapegada y con un carísimo tren de vida; por otro lado, tu padre, con el que nunca tuviste mucha afinidad, pero que, a raíz de su nuevo matrimonio, se convirtió en un hombre distinto, con una nueva familia. Adoras a tu padre, lo sé. No obstante, me has contado que tus primeros recuerdos de él no son muy felices, que discutía todos los días con tu madre y no pasaba tiempo contigo, algo que cambió radicalmente con su segundo matrimonio. ¿Sientes que tu padre te falló?

—Pensaba que esto era sobre mi madre.

—Los lazos paternofiliales son complicados.

—Sí —terminó por admitir—. Me falló como padre durante la primera década de mi vida y sí, siento cierto rencor. Eren lo tuvo desde el principio. Me da algo de envidia, pero mi alegría es mucho más fuerte que eso. Mi madre también me falló. Se olvidaron de mí durante muchos años.

—He ahí el problema. Ahora que tu madre ha muerto, sientes que ha vuelto a dejarte tirado, ¿verdad?

Zeke asintió.

—Y esta vez no puedo echárselo en cara.

Annie tenía razón: se enfadó. Más bien, pasaba la mitad del día enfadado y la otra mitad entristecido, sobre todo en la noche, que es cuando los pensamientos se disparaban y tenía que acostar la foto de su madre en la mesilla porque no soportaba esos ojos: nunca pudo descifrarlos. Su madre siempre fue un misterio. Incluso cuando decía la verdad, uno sentía que no estaba siendo totalmente sincera. Porque la Fritz había sido muy guapa y elegante y no eran pocos los viejos amantes que suspirarían por ella en su lecho de muerte, pero jamás mostró su corazón a nadie. Cuando miraba su foto, era como si mirase a cualquier mujer. Y, por otra parte, era como si Diana fuese la única persona que podía comprenderlo. Eran muy parecidos. Ambos sentían un profundo apego a la soledad. Nadie los conocía como la palma de su mano. Nadie podía aguantarlos desde el alba hasta el crepúsculo sin perder los estribos. De alguna manera, instaban a la gente a que se alejase de ellos. Solo podían aspirar a ser buenos amigos y familiares para sus amigos y familiares, pero eran incapaces de más. No podían dar el corazón a nadie, no podían ser fieles a sus amantes, no podían ser padres esmerados y ejemplares. No podían.

Carla salió a buscarlo. Se paró delante de él con las manos en la cintura y el ceño fruncido.

—Pasa ahora mismo; ya sabes que no pongo la comida hasta que estéis todos sentados a la mesa, hijo.

Todo habría sido mucho más fácil si Carla lo hubiese odiado. Quizá su padre lo habría enviado a un internado y allí habría dado rienda suelta a sus vicios, a las drogas, a la bebida, a las peleas, y habría muerto joven, tal vez en un accidente, borracho como una cuba, y nadie se acordaría de él ni le pondrían flores y tampoco limpiarían su lápida en el día de los Difuntos. Eso habría sido lo mejor para alguien como él. Un niño olvidado, un hombre solo. Le daba miedo, pero tenía la certeza de que moriría de la misma forma que su madre. Que muchos se acordarían de él por sus bromas y su carácter sencillo, pero nadie recordaría —porque nadie lo sabía— que era también alguien melancólico, que descargaba su ira lanzando una pelota contra la pared, que ni había quemado sus naves ni sabía pedir perdón, como cantaba el poeta. Que, al final de sus días, estaría solo rodeado de gente.

—Zeke —repitió Carla—, ¿me estás escuchando?

—Sí, voy. El césped está muy alto. Lo cortaré esta tarde.

Carla lo observó en silencio y Zeke supo que le estaba leyendo la mente. Era la única persona que podía hacerlo.

—Hijo, sabes que te quiero —le dijo—. Puedes hablar conmigo sobre cualquier cosa.

Él asintió, aunque no era hablar lo que necesitaba. Necesitaba llorar todo lo que no había llorado en el sepelio.

—Leonard está muy contento con su gorra —continuó la mujer—. ¿Cuándo me vas a dar tú un nieto?

—Es difícil. Creo que nunca.

—Ay, hombre de poca fe. Venga, entra a comer. Todos te están esperando.

. . .

Ya no salía de copas y se había cansado de que le preguntasen por qué. Hacía ejercicio diario y se había afeitado. Annie volvía a tener razón: se sentía mejor. Si uno sabe esperar lo suficiente, el tiempo es un analgésico de efecto garantizado. Salía con más mujeres de las que podía contar con las manos. Tal vez era por la dureza que había adquirido su gesto. Las mujeres adoraban eso. Los rizos de oro ya no colgaban descuidados sobre su cara, sino que había descubierto las bondades de la gomina. Al retirar las greñas, sus ojos de un azul acerado se clavaban como dos piedras preciosas. También sustituyó las gafas por las lentillas. Sus compañeros ya le habían encasquetado un nuevo apodo: «Aquí viene el Capitán América». Era un hombre imponente que despertaba una amplia gama de sensaciones. Las mujeres lo querían en la cama; los hombres, lejos de sus novias, esposas o hijas.

Esa noche estaba en la comisaría; leía revistas de coches mientras Porco Galliard, su compañero, hablaba por teléfono con su novia. Fuera caían chuzos de punta y no amainaría en unos cuantos días, o eso decía el hombre del tiempo. «Ya lo hemos hablado mil veces —insistía Galliard—. Estás exagerando. Relájate. ¿Crees que me follo a todas las tías que conozco? Mira, salgo en tres o cuatro horas. Tenemos que hablar muy seriamente. Ni se te ocurra colgarme. Joder. Me ha colgado». Zeke no disimuló su diversión. Porco era un mujeriego y, aunque trataba de portarse bien, no lo conseguía. Llamó nuevamente a la novia en cuestión y empezó a repeinarse el pelo, nervioso, y no articuló palabra alguna cuando ella descolgó y le aseguró que tenía pruebas, conversaciones y fotos de sus affaires y que, además, había hablado con una de sus amantes.

El espectáculo se cortó cuando Zeke recibió un aviso de emergencia. Problemas en el barrio pijo de San Evergislo.

—Eh, Galliard, mueve el culo. Tenemos trabajo.

—Me pregunto qué gilipollez será —Porco bufó, enfadado, y se embutió en un chubasquero—. Putos ricos de mierda.

Era un bloque de pisos de reciente construcción. Subieron por el ascensor y se plantaron en la puerta del ático, donde los recibió un tipo de gesto áspero, descamisado. Estaba durmiendo, les dijo, y lo habían interrumpido. Zeke lo examinó de arriba abajo: tenía arañazos en el cuello. O tenía un gato de mal carácter o…

—Solo queremos echar un vistazo —dijo Zeke.

El hombre les hizo un hueco para que pasasen y Zeke notó que la mirada de este le taladraba la nuca. Sin pudor alguno, se dirigió hacia la alcoba y el tipo empezó a chillar cosas sobre su privacidad y los impuestos que pagaba. Lo agarró del brazo con cierta violencia, pero Porco lo inmovilizó de un movimiento y le pidió que se calmase. Zeke entró a la habitación y vio a una mujer al borde en la cama, de espaldas a él. Estaba desnuda, el cabello marrón caía sobre los hombros y los moratones sobre su espalda alimentaron su vena de brutalidad. Estiró una mano temblorosa y apagó un cigarrillo en el cenicero de la mesilla. Zeke se acercó con cuidado, con la chaqueta lista para cubrirla.

—Porco —llamó—, pide una unidad y que se lleven a ese animal.

—Será un placer —contestó su compañero.

La mujer se dio la vuelta, cubriéndose como podía, y Zeke la reconoció al instante, pese a su cara golpeada y el paso del tiempo. Era Frieda Reiss.

—Eres tú —la reconoció y ella empezó a llorar. La cubrió enseguida y la envolvió en sus brazos, incapaz de respirar. ¿Con qué clase de animal se había casado? Apretó los dientes y luchó contra la ira que se apoderaba de su ser, pero cada gimoteo de la mujer lo agravaba. Llevaba muchísimos años sin verla. Había sido su primera novia.

—Va a matarme —confesó a media voz.

—Ese hijo de puta no volverá jamás.

Te lo prometo, quiso añadir, pero no le salió. Ya no prometía esas cosas porque la justicia solía fracasar y él no era garante de nada. Ella lo miró con un miedo cerval. Zeke quería saber. ¿Cuántos años llevaba apaleándola? ¿Desde cuándo y con qué frecuencia? ¿Por qué no había pedido ayuda? Pero sabía que no era el momento y que Frieda podía recordarle que no era de su incumbencia, que ya había hecho su trabajo. Después de todo, él no era más que un recuerdo, el amorío de juventud que le ponía los cuernos y cancelaba citas por quedarse a ver partidos de Derek Jeter. Era un egoísta nato.

—Voy a llevarte a un hospital.

Frieda asintió y no dijo nada más en todo el trayecto. A Zeke le costaba mirarla en su estado, toda golpeada por un animal, pero no podía evitar hacerlo, de soslayo, casi como una mirada de contrabando. Hizo ese ejercicio de Annie y recordó momentos junto a ella. Hasta entonces, creía que Frieda Reiss no había tenido trascendencia alguna en su vida. Estaba equivocado. Cada persona que había desfilado por la pasarela empinada que era su vida tenía un significado. Qué hermosa era Frieda Reiss cuando le hacía un corte de mangas junto a la rivera porque lo había pillado haciendo lo que no debía. Y también le pareció hermosa ahí, con los ojos amoratados y el pelo ensortijado por la lluvia. La mujer le hizo un gesto desde una camilla: adiós, le decía, y Zeke levantó la mano y deseó verla otra vez en la comisaría, poniendo una denuncia, porque no esperaba verla en otra tesitura.

. . .

Estaba en su casa, tirado en el sofá, viendo uno de esos ridículos programas de talentos que echaban por la televisión. Entre los osadas versiones de clásicos de la música, las coreografías repletas de los más manidos pasos y los trucos de magia baratos, se preguntaba cuál era el destino del país. Inmediatamente cambió al canal de deportes. A él le habría gustado ser jugador de beisbol profesional. De niño, suspendía todas las asignaturas, pero era diestro en todos los deportes, el primero al que elegían cuando iban a jugar al fútbol, baloncesto, vóley, hockey o cualquier otra cosa. Ese era uno de los motivos de las regañinas de su padre. Era muy distinto a Eren; no podía sentarse delante de un libro y memorizar y deleitase con los engranajes de una ciencia. A él solo le gustaban las novelas porque no tenía que recordar cada fecha y coma. Bastaba con comprender. Era bueno comprendiendo las cosas y podía llegar a retorcerlas para encontrar otras explicaciones. Pudo haber sido alguien en la vida si le hubiese gustado la medicina, pero nunca comprendió por qué tenía que contentar a su padre. Si lo pensaba con detenimiento, tampoco podría haber sido deportista: adoraba comer, era goloso y no podía negarse a un dulce o a una hamburguesa. Eso molestaba mucho a su madre, que apenas comía. «No te gustará tanto comer cuando no puedas abrocharte el pantalón», le decía, pero a él le daba igual. Le dio hambre y pensó en levantarse, ir a la cocina y comerse una magdalena rellena de dulce de leche. Era un postre habitual en Carla, quien, al contrario que su madre, insistía en atiborrarlo porque, a su juicio, un bocado nunca estaba de más y ya quemaría los kilos haciendo ejercicio. Eso último era muy cierto. Se levantó y, de camino a la cocina, llamaron a su puerta. Sabía que no era Galliard; él tenía la costumbre de chillar su nombre y solo aparecía cuando había partidos de la Champions o buenos combates de la UFC. Cuando lo dejaba una de las tantas novias que había tenido, aparecía con frecuencia para reafirmarse en su intención de no emparejarse nunca más, aunque incumplía siempre. No, no podía ser Galliard. Se acercó a la puerta y se asomó a la mirilla con la intención de no abrir la puerta, pues sus sospechas solo incluían a alguno de sus desventurados amigos, capaces de irrumpir en casas ajenas incluso con aquella lluvia, dejando el suelo perdido de agua, barro y mierda. A veces pensaba que era preferible no tener amigos a tener amigos como los suyos.

Era Frieda. Un paraguas amarillo colgaba de su brazo. Por un momento, sintió que lo miraba profundamente. También era así antes, cuando iba a buscarlo a su casa y él la ignoraba deliberadamente, no sin inspeccionar su rostro malhumorado a través de la mirilla. Ahora no estaba enfadada. Su expresión le heló la sangre: la había visto muchas otras veces en la comisaría, el miedo interiorizado, el maltrato, la boca algo caída, la mirada que luchaba por no perderse, los hombros siempre tensos. ¿Dónde estaba la Frieda que él recordaba? Tenía un carácter muy fuerte: si tomaba una decisión, era imposible convencerla de lo contrario, pero también era una chica tierna que iba a la heladería con su pequeña hermana Historia y le compraba todos los caprichos: muñecas, chuches, vestidos. La recordaba con sus grandes aros de plata colgando de las orejas, el pelo oscuro atado en un moño, los labios haciendo pompas con el chicle de menta. Ya no quedaba brillo alguno en sus ojos claros, que parecían oscurecidos por las palizas y los llantos; las pestañas ya no eran largas y las ojeras, pensó Zeke, llevarían instaladas largo tiempo.

Abrió la puerta y no supo qué decir o hacer. Se echó a un lado para que pasase, cogió el paraguas y lo apoyó en la pared, le ofreció unas chinelas y colgó su plumífero en el perchero. Hola, le dijo ella, y Zeke la llevó hasta la cocina. En la televisión de la salita, un estadio estallaba en gritos porque el árbitro había invalidado un gol. Cuando eran jóvenes, Frieda no entendía por qué se excitaba tanto con los deportes. «¿Qué te gusta más? —le preguntó una vez—. ¿El béisbol o el sexo?». Era una buena pregunta y no se podía decantar por uno o por otro. «El sexo es un deporte», le respondió encogiéndose de hombros. Frieda gruñó. «Asqueroso», le dijo. Y lo era. Ahora se daba cuenta de cuán asqueroso era. ¿Cómo fue posible que Frieda saliese con él?

—Has venido con este mal tiempo —señaló Zeke—. ¡Qué valor! ¿Cómo sabes mi dirección?

—He llamado a la comisaría.

—Galliard, ¿verdad? —Se rio y se acercó al frigorífico—. ¿Quieres comer algo? Tengo magdalenas rellenas.

—¿Las que hacía Carla?

—Te acuerdas —Se sorprendió; le gustaba que una parte de él viviese en su memoria, una parte pequeñita.

—Claro —Frieda asintió y se apartó un mechón de la cara. Ya no tenía los ojos morados, pero los labios estaban cortados por el frío—. Las meriendas en tu casa eran las mejores.

Zeke le sirvió una magdalena y puso la cafetera. Sabía que a Frieda le gustaba mojarla en el café.

—Seguro que te preguntas qué hago aquí. —La mujer bajó la mirada; el aire de abatimiento no se le iba y no se le iría en mucho tiempo.

—No. Sé por qué has venido. Está claro que te encanta mi nuevo corte de pelo.

Tenía que hacerle una broma para no perder la esencia, incluso más de veinte años después. Cuando eran jóvenes, bromeaba a menudo y a ella le hacía gracia. Esta vez no se rio.

—Me parece increíble —señaló ella— que aparecieses en una situación así. Es una de esas coincidencias que solo ocurren en las películas.

—Es mi trabajo, pero sí, es una coincidencia increíble. Me alegra haber sido yo. A otros les habría bastado con un par de palabras amables de ese cerdo.

—Mi abogado se está encargando del asunto.

—¿Cuándo empezó a pegarte? —Zeke llenó dos tazas de café.

—Hace unos cinco años, cuando nos casamos. Es común, ¿sabes? Muchos esperan a casarse para moler a palos a sus mujeres. ¿Tienes tabaco?

—Ya no fumo.

—Sí que has cambiado.

—La última vez que me viste tenía veinte años, Frieda. Soy una persona distinta. Ya no amenazo a gente en las cabinas de teléfono —recalcó, y tomó asiente frente a ella, con la taza caliente entre las manos. Bebió un poco—. No sé qué decirte.

Que sigues siendo hermosa, pensó, y que aún notaba ese latiguillo de electricidad subirle por la espalda. Había estado enamorado de ella y el amor nunca muere, sino que se almacena en una esquinita de los adentros, a la sombra, anestesiado y cada vez más indoloro. Ella intentó meterlo en vereda y él respondió con infidelidades. Si hubiese tenido dos dedos de frente cuando era joven, como los tuvo Eren, quizá… No, se dijo, no merecía la pena pensar en ello, no quería pensar en que tal vez se habría casado con ella.

—¿Cómo está tu familia? —preguntó Frieda.

—Mis viejos están bien. Bueno, Grisha y Carla están bien, pero mi madre murió hace un par de años.

—Lo siento mucho.

Zeke bebió más café.

—Y mi hermano está casado y tiene un hijo.

—¿Con esa chica gótica?

—Sí, Mikasa. ¿La conoces?

—Solo de oídas. Mi hermana decía que hacían buena pareja.

—Me dan un poco de envidia.

—Juraría que esta es la vida de la que siempre me hablaste cuando cortamos. En la capital, con un buen trabajo, con todas las mujeres del mundo. —Ella hablaba sin rencor, claro, porque habían pasado eones y sonaba divertida.

—Era un crío y decía cosas que no han envejecido bien.

La conocía. Recordaba su refinada picardía. Era lo que más le gustaba. En condiciones normales, habría dicho: «Tú no has envejecido nada mal», pero la confianza se había disipado y el maltrato mata las mejores partes de las personas. Frieda echó el último pedazo del bizcocho al café y lo hundió con la cucharita.

—Mi matrimonio ha envejecido mucho peor —se atrevió a soltar, pero la gracia se mezcló con una amargura insoportable, no como el regustillo amargo del café.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—Nada. Ahora estoy viviendo en un piso. Quizá vuelva a Shigansina, con mi familia. Mi padre no para de llamarme desde que se enteró.

—¿Nadie lo sabía?

—Claro que no. Amenazaba con matarme si se lo contaba a alguien. Además, se me da bien mentir. Mentiras piadosas, supongo.

Y una mierda, pensó Zeke. Te estabas matando poco a poco. Te habría matado tarde o temprano. El silencio es el peor golpe.

—Ahora estarás mejor —le dijo—. Tienes una familia que te quiere. Eso lo hace mucho más fácil.

Y también me tienes a mí porque el amor es eterno mientras dura, decía cierta canción.

3

En el que algo se rompe

Eran casi las una de la mañana y su hijo no aparecía. No oía la puerta del garaje abrirse para que este aparcase la moto. En mala hora, pensó. En mala hora le regaló esa endiablada moto. Eren no podía describir con exactitud lo que sentía en ese momento. Parecía que la oscuridad de la cocina se hacía jirones en torno a él, se le pegaba a la piel y la traspasaba, impregnándose la sangre de una brutalidad nueva para él. Si ese chico tardaba diez minutos más, cogería el coche e iría a cada tugurio de la ciudad para arrastrarlo hasta casa. Leonard se había vuelto alguien indolente y, si le encaraba, se tornaba arisco y desaparecía durante días. Eso es lo que había sucedido. Nunca apagaba el teléfono y respondía a las llamadas posteriores a las discusiones de mejor humor, diciendo que se quedaría con algún amigo hasta que «se le pasase». ¿Hasta que se le pasase el qué? ¿Qué le molestaba exactamente? ¿Que su madre había montado en cólera cuando descubrió una bolsita con polvillo blanco entre la ropa de los cajones? Llevaba cinco días por ahí y esta vez había apagado el teléfono. Tenía veinte años y no hacía nada: había dejado la carrera (medicina, como el abuelo) y decía trabajar aquí y allá. Arreglando coches, decía, y eso explicaba sus manos manchadas de grasa. A Eren no le importaba que su hijo fuese mecánico, barrendero o astronauta, pero no podía tolerar ese comportamiento. No soportaba que el niño de sus ojos se hubiese convertido en esto. Le recordaba a Zeke, a su etapa juvenil, pero lo de Leonard era mucho peor. Su hermano no desaparecía después de chillarle a su madre. Mikasa… Ese mocoso iba a escucharlo. No lo había llamado cientos de veces en las últimas veinticuatro horas solo para hacer las paces, sino porque Kenny Ackerman estaba muerto y Mikasa no se levantaba de la cama y no paraba de llorar. Eso le provocaba una ira insólita, una sensación tan desagradable como una calle sin salida de la que solo se puede escapar tumbando la valla a puñetazos. ¿Qué había sido de su hijo? ¿Dónde estaba el Leonard que recordaba? Era un niño tranquilo, pero no manso: moría con sus ideas incluso en la escuela, donde había llegado a los puños por sus amigos. ¿En qué momento empezó a fumar, a meterse…? Oh, Dios mío, pensó. Mi hijo es un drogadicto. E inmediatamente pensó en Gladiator, en una línea que entendía mejor que nunca: «Tus defectos como hijo son mi fracaso como padre». Pero no sabía en qué había fallado. Se consideraba un buen padre: no era estricto con Leonard, pero tampoco un amigote. Le había enseñado el valor de las cosas —no el precio—, le había enseñado a ser un buen hombre, a respetar a los viejos y dudar de los extraños, a no aceptar caramelos. Lo había llevado sobre sus hombros por los parques de atracciones mientras comía algodón de azúcar y las pompas de jabón flotaban entre los puestos de hamburguesas y maíz frito. Nunca lo había dejado solo, nunca le había dicho «porque sí», siempre le había explicado todo, los motivos por los que no podía hacer esta o cualquier otra cosa. Le había repetido hasta la saciedad que su madre era la mujer más buena del mundo y que nunca, bajo ningún concepto, debería levantarle la voz o insultarla. Y, sin embargo, lo había hecho. Eren no podía sacarse la escena de la cabeza.

—Eres una hija de puta —le había chillado Leonard.

Y tras eso, por primera vez en la vida, Mikasa le giró el cuello de una sonora bofetada. Nunca le habían puesto una mano encima a ese chico. Jamás. Nunca le chillaron que corriese a su cuarto porque estaba castigado. Cuando Leonard era pequeño y hacía una pifia, le aplicaban un castigo que le descubrió el pasatiempo de la lectura: Eren le daba la mano, le llevaba hasta la salita de trabajo, donde estaban los libros, y le decía que escogiese uno y no lo soltase en tres horas. Al principio, lo encontraba durmiendo con el libro sobre la cara; después, lo encontraba absorto en las novelas de Dumas, los cuentos de Roald Dahl y después en poemarios que eran de Mikasa, quien se echó a reír cuando su hijo le preguntó sobre el viejo Hank Bukowski e hizo malabarismos para explicarle, en un tono infantil (si es que era posible), quién era Dylan Thomas y qué fue lo que lo mató. Y eso estaba muy bien, pensaba Eren, porque la lectura no volvía a nadie así, tan mezquino, tan desobediente, tan malagradecido.

Escuchó cómo la puerta se abría lentamente y se mantuvo quieto, rodeado por la oscuridad, con las manos apoyadas en el poyete, como si fuese a caerse en cualquier momento. La rabia hacía que apretase con fuerza la madera y sus ojos, a la luz, debían de ser temibles, como los de un lince al acecho.

—Quédate quieto.

Los pasos de su hijo se detuvieron. Eren encendió la luz y lo miró de arriba abajo. Estaba en la puerta, con aire cansado. No tardaría mucho en decirle: «Oye, viejo, déjame en paz. Tengo sueño». Le importaba una mierda. Había insultado a su madre. A Mikasa. Leonard se parecía mucho a ella, los mismos gestos y el gusto por el negro. Tenía el pelo oscuro, muy corto; era moreno y los ojos eran igual que los suyos: era difícil apostar al verde, al azul o al amarillo porque los tres se enroscaban y brillaban en su mirada. Era esbelto, más alto que él, y ya se había tatuado un brazo entero. Se acercó al frigorífico con desgana y Eren sintió deseos de darle un guantazo. Lo agarró del brazo y lo obligó a mirarlo.

—¿Dónde demonios has estado? —le preguntó con violencia—. Habla.

—Por ahí. —Su hijo se encogió de hombros y se empinó un cartón de leche.

—Leonard…

—Suéltame, ¿quieres? Soy mayor de edad. ¡Puedo hacer lo que me salga de los cojones!

—No grites, niñato. Tu madre está durmiendo. No está bien. —Lo observó unos segundos—. Te he estado llamando.

—Como siempre.

—No, como siempre no. El tío Kenny murió ayer.

Su hijo se quedó sin habla y el semblante se le descompuso.

—¿No vas a decir nada? ¿No vas a subir a ver a tu madre? —Eren apretó los dientes—. Hueles a alcohol y tienes los ojos inyectados en sangre. Debería darte vergüenza.

—Cálmate, viejo.

Eren le soltó un manotazo que le hizo tirar la leche.

—¿Que me calme? Por el amor de Dios, mírate. Eres un niñato —espetó y lo agarró por la pechera de la camiseta negra—. Tu madre no se mueve de la cama desde que vio a tu abuelo Kenny muerto en la cama. ¿Es que no lo entiendes? ¡Mírame, joder! ¿Es que no eres consciente de lo que sufre por ti? La insultaste delante de mí. A ella, a tu madre. A la mujer que amo. Debería echarte de mi casa, aunque se me parta el alma en mil pedazos. Ya no sé qué hacer contigo, Leonard.

Su hijo le apartó las manos y retrocedió sin dejar de mirarlo. Al igual que sucedía con Mikasa, su rostro podía ser indescifrable. Desapareció por el pasillo, escaleras arriba, y cerró con un portazo. Eren limpió el desastre del cartón derramado y se plantó ante la puerta de Leonard, pero no tuvo fuerzas. Ya no sentía esa brutalidad, sino unas ganas tremendas de llorar.

Regresó a la alcoba de matrimonio con cuidado, creyendo que Mikasa dormía, pero se equivocaba. Estaba despierta, con el piloto de la mesilla encendido, recostada en la cabecera.

—Gritáis mucho —señaló. Ya no lloraba.

Eren se acostó a su lado y ella se apoyó en su pecho. Acarició su cara, su pelo negro, sus manos finas y pálidas. Era una de esas mujeres que envejecen con elegancia. Las primeras arrugas ya asomaban por sus ojos, se marcaban cuando sonreía; aunque solía fastidiarla un poco, a él le encantaba. «Tú con arrugas y yo con canas», solía decirle. Ella le contestó: «Crema anti-edad y tinte; nada podrá con nosotros». Eren la abrazó con fuerza.

—Lo siento, vida mía.

—¿Has hablado con él?

Eren suspiró y dejó que las lágrimas cayeran hacia sus orejas. Ella no podía verlo.

—Le he dado una bofetada. No me reconozco y tampoco lo reconozco a él.

Había sentido que algo se rompía. Mikasa se incorporó y sostuvo su mentón entre los dedos. Esos ojos grises, tan tristes, harían que cualquier barco zozobrase.

—Mañana estará distinto, ya verás.

—Tiene que pedirte perdón. Ha cruzado una línea, Mikasa. A mi hermano se le habría caído la lengua antes de insultar a nuestros padres.

—¿Le has dicho que mi tío a…?

—Sí. Lo quería mucho. Sé que está destrozado ahí, en su cuarto, con los auriculares puestos, volviéndose loco.

Mikasa no dijo nada más. Volvió a acomodarse, cerró los ojos y dijo que le quería, que le amaba, que no la dejase de abrazar. «No tienes ni que pedirlo», respondió él. El funeral era por la mañana.

. . .

Cuando Mikasa bajó a la cocina, temprano en la mañana, encontró el café recién hecho. Su hijo fregaba los platos del día anterior. No la miró, no dijo nada, pero era su madre y lo conocía perfectamente. Se colocó a su lado y lo miró.

—Leonard —llamó—. Sabes que siempre te voy a querer, ¿no? Porque soy tu madre, naciste de mí, y no existe nada más fuerte que eso.

—Perdóname. —La voz del muchacho tembló—. La he cagado mucho, mamá. Se me fue la cabeza. Quiero que sepas que no tomo coca; lo que encontraste fue algo que me dieron en una fiesta y no lo tiré. Soy gilipollas. Perdóname, perdóname.

—Venga, hijo, dame un abrazo y prométeme que no te meterás en más líos.

—Siento tanto lo del tío Kenny… Desearía haber estado ahí. Perdóname. Te quiero, mamá.

Mikasa deseó que se diera el cambio en su hijo, decidió confiar en él. Recordaba cuando Leonard no era más que un bebé y su tío lo levantaba y lo miraba como si pudiese verlo. A su hijo le encantaba el tío porque lo consentía, le compraba todos los caprichos: una bicicleta, un Scalextric, una cometa. Lo que quisiese. Cuando era más grande, lo acompañaba al médico y se quedaba a dormir con él. Mikasa siempre le dijo que él no era el padre de ella, pero que así lo consideraba y podía llamarlo abuelo. A Kenny le hacía gracia que aquel chiquillo de tirabuzones negros lo llamase abuelo.

—¿Me puedo unir? —Eren sonrió entre bostezos.

—Claro que sí, viejo. Sois mis viejos, os quiero. Perdonadme. Voy a dejar de salir por las noches, voy a regresar a la universidad. Ya me he cansado de hacer el tonto.

—Promesas, las justas —dijo Eren—. Demuéstralo, hijo.

—Bueno, vamos a desayunar y a prepararnos; no podemos llegar tarde —terció Mikasa—, aunque no creo que a mi tío le moleste.

. . .

Que sus padres confiaban en él le quedó claro cuando le comunicaron que iban a pasar unos días de asueto fuera y lo dejaban al cargo de la casa. Genial, pensó Leonard. Los viejos de escapada romántica y yo aquí, solo, ¡pues no! Llamó a Louis y le pidió que trajera las cervezas. Nada de fiestas, le habían dicho, y pensaba cumplirlo: dos personas no son una fiesta. Además, Louis no era la persona indicada para ello. Su hermana Elizabeth sí, pero estaba de viaje con las amigas. Louis era más contemplativo, más parecido al tío Armin. Había terminado la universidad: era arqueólogo, cosa que encantaba al bueno de Eren Jaeger: «Por eso le gustaba tanto hacer fosas». Louis era su primo favorito porque no rechazaba nunca una invitación suya y se podía hablar con él de cualquier cosa. Llegó con las latas de cerveza y su sempiterno look estival: camiseta de tirantes, bermudas amarillas y chanclas de plástico. Le dio un fuerte abrazo.

—¿Es verdad que ya no fumas porros? —le preguntó.

—Tampoco es que fumase tantos. Ahora no fumo nada de nada. Vida sana.

—Me alegro. —Louis sonrió. Se había dejado crecer una pequeña perilla rubia.

Era muy alto, rozaba los dos metros. Nadie sabía de dónde había sacado esa altura. «Mi abuelo materno», decía la tía Annie. «Era un hombre altísimo. Las piernas se le salían de la cama y hubo que hacerle un ataúd a medida». Louis había jugado al baloncesto en la universidad y era realmente bueno. Saltaba hacia la canasta, con el brazo extendido y la pelota pegada a las yemas de sus dedos, el pelo rubio al viento y los ojos fijos en la canasta para hacerla temblar con un portentoso mate. A Annie le faltaban manos para aplaudir a su hijo, que la levantaba del suelo con una facilidad pasmosa y empezaba a reírse como un loco. Para aquellas que prefiriesen a los rubios, Louis era un espécimen inmejorable, y Leonard quería que le contase algo acerca del tema, pero…

—Soy gay —admitió esa misma tarde—. O eso creo. Por eso no puedo hablarte de mujeres.

—¿Y te enteras ahora? —Leonard no daba crédito.

—Sí, Leo, sí. Antes lo sospechaba, pero estaba ocupado terminando la carrera. Eres la tercera persona a la que se lo digo.

—¿Quién lo sabe? ¿Liz? ¿Tus padres?

—El tío Jean y la tía Pieck. Comí con ellos el otro día y me sinceré. Tengo mucha confianza con ellos.

—Pero ¿te has tirado a un tío?

Louis se quedó mirando la televisión, como si el partido de béisbol importase.

—A varios.

—No me jodas, L. Está claro que no eres heterosexual. Mira, no sé si eres gay, pero está claro que te ponen los tíos.

—Y me gustan las mujeres, sí, pero no como a ti, es decir, me gustan las mujeres guapas, sé reconocerlas, pero no siento el deseo de acostarme con ellas, aunque me acosté con un montón de tías en la universidad, sin estar muy convencido. Es diferente con los hombres. No me despiertan ninguna duda.

Leonard asintió y terminó su cerveza de un trago. La sorpresa se disipó y revolvió el pelo rubio de su primo.

—Muy bien, Louis, muy bien. Da igual cuántas pollas te comas. Yo te quiero igual. Eres como mi hermano. Y dime, ¿hay alguno especial por ahí?

—Trabaja en la excavación. Tu padre lo conoce. Es italiano, de mi edad.

—¿Estáis juntos?

—Somos amigos. Muy buenos amigos, de hecho. El problema —señaló Louis, resignado— es que no sé si es gay.

—Bueno, solo es cuestión de preguntar.

—Debería hablar con mis padre, ¿verdad?

—Sí, deberías.

Louis asintió.

—Y tú deberías hablar con mi hermana.

. . .

Se puso la mano sobre los ojos y vio a Eren en el mar, nadando hacia la orilla. Seguía teniendo la costumbre de bucear, pero ya no lo hacía con los ojos abiertos. Se quitó las gafas y las escurrió antes de guardarlas en el macuto.

—Cada vez hay menos peces —se quejó— y el agua ya no es cristalina. ¿Y a esto lo llaman cuidar del medioambiente?

Mikasa sonrió y se quitó las gafas de sol para verlo mejor. Como el primer día, así le quería. A veces se sorprendía de ello, de que el amor aumentase y no siguiera las rutas descendentes de los agoreros. Los últimos dos meses habían sido difíciles: la muerte de Kenny también había hecho mella en Eren, quien se había visto en la obligación de ser el pilar de la casa, de sostenerla a ella, que afrontaba las ráfagas de pena como podía, y a su hijo, que había empezado a comportarse como un adulto. Por fortuna, las cosas se calmaban poco a poco. Mikasa le hizo un hueco bajo la sombrilla y Eren hojeó el libro sobre su regazo.

—Cesare Pavese. Traje este libro de Italia. —Él sonrió—. Fue un regalo.

—La he creado de lo hondo de todas las cosas que me son más queridas, y no alcanzo a entenderla —leyó ella; pensó en su hijo—. Me sé todos los poemas de memoria. Es como recorrer el camino hacia la habitación turinesa donde Pavese se mató.

—Era uno de esos, como Plath, como Storni, como Rosselli. Poetas… ¿Quién lo diría? Al final, fue Bukowski quien murió de viejo.

—Viejo indecente. Me recuerda a mi tío desde la primera vez que lo leí. Todos los poemas de Bukowski se entienden mejor conforme envejeces, pero hay unos versos que no puedo olvidar: «De nuevo en la cama, vuelves a pensar en la muerte y llegas a lo mismo: cuando más te acercas, menos terrible resulta».

—A Kenny solo le daba miedo que a ti te pasase algo. Todo lo demás, la enfermedad, la muerte, todo eso le daba igual. Me decía: «Mira, Eren, si le haces daño a mi sobrina, te daré una paliza de la que no te recuperarás, mucho peor que ese accidente que tuviste, así que sé bueno, hijo, porque el precio por ser un cabrón es muy alto». Y después se encendía un cigarro y no decía nada más. Le echo de menos, pero no quiero que me vea triste, allá desde donde esté, porque ese no era su estilo.

—No —Mikasa sonrió y miró hacia el cielo; tenía sus diferencias con Dios, pero esperaba que todos estuviesen ahí arriba—, no lo era.

. . .

LOS JAEKERMAN

Mikasa: ¿Todo bien, Leonard?

Leonard: SÍÍÍ

Mikasa: No grites.

Eren: Eso.

Leonard:

Leonard: WTF

Mikasa: Volvemos en tres días y espero que te estés portando bien.

Leonard: Vale mami.

Leonard: Solo ha venido Louis.

Eren: Es buena influencia.

Eren: Y bueno con la pala, así que si tenéis que enterrar un cadáver…

Leonard: JAJAJAJAJAJAJAJAJ

Eren: ( ͡❛ ͜ʖ ͡❛)

Eren: Al fondo del jardín preferiblemente.

Mikasa:

Leonard: Papá, suelta el móvil y préstale atención a tu mujer, o se enfada.

Eren: Voy, voy. ¡Pórtate bien!

Leonard: Que sí.

Leonard: ¡Disfruten de su retiro sexual!

Leonard: Espiritual*

. . .

Tenían cincuenta y pocos y Mikasa no entendía a qué se refería Annie sobre los problemas del sexo a esa edad. Ella no tenía ninguno; Eren, desde luego, tampoco. Tenían un conocimiento tan profundo el uno del otro que podría marcar en un maniquí los lunares y manchas de su marido, así como las zonas que lo volvían loco, aunque eso era bastante fácil: todo el cuerpo. Si se acercaba a él mientras hacía la cena y le daba un beso en la nuca, a quemarropa, la miraba de reojo, esbozaba una peculiar sonrisa y volvía a sus quehaceres, porque después… Bien, quizá la nuca es un punto caliente en muchos hombres, sí, pero Eren solo necesitaba que le rozase el brazo. Él se reía y le echaba la culpa. A Mikasa le encantaba su predisposición. Cuando estaban de retiro sexual, Eren no se cortaba ni un pelo: quitaba la pegatina de bebé a bordo, cerraba la puerta de la habitación de hotel (no molestar) y se abalanzaba sobre ella para hacerle cosquillas, primero, y para besuquearla con esa parte adolescente que no moría. Pero ¿a qué sexo de la mediana edad se referían los pacientes de Annie? La clave del sexo, a cualquier edad, es el engaño: el sexo es un trampantojo que fascina a quien lo ve, pero, si uno estira la mano para tocarlo, verá que no es tal, que las selvas vaporosas pobladas por ninfas no son más que una pared. Los buenos amantes no se permiten tocar esa pared. El sexo supera su condición de trampantojo cuando aflora el amor, que derriba la pared y, en efecto, permite ver un verdadero bosque, donde el desenfadado Pan celebra sus fiestas y bailes. Y entonces se puede tocar, y tocar al otro es como asir un trozo de esa fantasía, y solo así podían hacer el amor. Bueno, tal vez el amor los hacía a ellos, diría Cortázar.

Le hizo un gesto a Eren. Acércate, le dijo con los ojos, y unió su boca a la de él y acarició su nuca, su pelo, su nariz, sus cejas. Él la miró; era como si le dijese «lo hemos conseguido» y Mikasa asintió y volvió a besarlo. Nos hemos hecho mayores entre beso y beso, pensó, pero eso no ha cambiado. Seguían siendo los mismos que tomaban la moto de Jean para ir a la playa; si se concentraba, sentía el viento en la cara y los brazos de Eren rodeándole la cintura. Recordaba la primera vez que le dijo te quiero, sin pensarlo, y él le respondió que también. Sin Eren, la casa era una oficina, una cabina de teléfono, una estación de tren en invierno. No entendía la vida sin sus camisas colgadas en la primera silla que veía, sin la calderilla en los bolsillos de sus pantalones, sin el ruido de llaves que hacía cuando llegaba del trabajo tras ella. Todo eso la mantenía con vida, la había mantenido cuerda semanas atrás, cuando el aura de la migraña, los malos comportamientos de su hijo y la muerte de su tío la dejaron contra la lona. ¿Cuántas veces había estado contra la lona a lo largo de su vida? Hay mucha más oscuridad que luz entre nosotros, leyó en un libro; era cierto, pero incluso las luciérnagas fulguraban en el parque por el que paseaban cuando eran jóvenes.

Eren apretó sus manos sobre el colchón y empezó a quitarle la ropa. Tenía la mirada de un animal salvaje y la lamía y olfateaba como tal. Se quitó el cinturón y le ató las muñecas por encima de la cabeza. Lo miró con desconcierto, pero enseguida se rio y echó la cabeza hacia atrás. Así que quería jugar. A Eren le encantaba jugar y, sobre todo, le gustaba llevar la batuta de vez en cuando, cuando la imaginación le dictaba alguna fantasía asequible y espontánea, realizable con los recursos disponibles. Se alejó hacia la puerta y la dejó ahí, desnuda y maniatada. Voy a por vino, dijo antes de salir. Mikasa tomó aire y se volvió a reír; le picaba el estómago y no podía rascarse. Al rato, regresó Eren con una botellita de vino, que descorchó delante de ella. Le dio un trago.

—¿Quieres? —le preguntó.

—Solo un poco.

Eren sonrió y se sentó al borde de la cama con la camisa verde abierta hasta la mitad del pecho, por donde asomaba el vello, apenas una capa fina y oscura. Con los años, había dejado atrás al joven imberbe y una mañana, cansado de afeitarse, decidió dejarse una barba medio descuidada, muy parecida a la de Zeke o Grisha, una barba Jaeger, algo rizada y abundante en las patillas, con reflejos cobrizos en su caso. Se atusó el bigote y Mikasa observó con estupefacción cómo vertía un poco de vino sobre su vientre y este bajaba hasta su entrepierna, se escurría por la ingle y se perdía más abajo. El riachuelo tinto atravesó sus pechos y llegó hasta su boca. Bebió y le resultó vampírico, le recordó a su juventud de pintalabios negros y cuentos de Poe a la luz de un candelabro de segunda mano. Eren se inclinó y empezó a chupar el caminillo que había hecho, de norte a sur; se bifurcaba en varias ramas y las siguió todas, pero no se alejaba de la descendente y, al final, llegó donde quería estar y Mikasa sintió lástima por los huéspedes de la habitación contigua porque ninguno se iba a contener.

—Dicen que la copa influye en el sabor del vino —comentó Eren, con la boca muy cerca de su pubis—. Tu coño es la mejor. Esta copa es mía.

—Pues cállate y bebe —Mikasa se retorció un poco, abrió más las piernas y flexionó las rodillas, incitándolo. La barba de Eren le hacía cosquillas en los muslos—. Oh, Dios mío. Ha sido una gran idea. Sube un poco. Ahí, ahí… Siempre te ha encantado comerme el coño.

—Es un pasatiempo sano. —Eren deslizó la lengua húmeda y caliente por toda la entrepierna y ya no habló más, sino que se dedicó a lamer, besar, mordisquear y tocar. Ella jadeaba y movía las manos con desesperación, así que Eren la liberó de su atadura, riéndose, porque la conocía bien, como la noche conoce a las estrellas: a Mikasa le gustaba manejarlo, tironear de su pelo, dirigirlo por donde lo necesitaba, agarrarlo por la nuca y presionarlo contra ella. En ocasiones, lamía como se lamen las puntas de los dedos antes de pasar la página de un libro; en otras, separaba los labios y eso la hacía lagrimear, extática, y dejaba que ese torrente que clamaba por salir de ella, como un géiser que hace temblar la tierra antes de perforarla, saliese de sí. Eren no se apartó, nunca lo hacía: le brillaban los ojos cuando aquello pasaba. Mikasa sintió que se desvanecía por un instante, como en un sueño, pero la boca de su marido arrastrándose por su torso la hizo volver. Ya no sentía la electricidad en las piernas, que ahora reposaban, como si volvieran de una maratón. Eren le acarició la boca, rozando los dientes con el pulgar—. Seguimos en la bañera.

En cuanto él se acomodó, apoyando los brazos en los bordes —el agua estaba templada—, lo montó y le metió dos dedos en la boca. No trotaba, cabalgaba. Mikasa le decía cosas que, en la seguridad que da un hotel, ya no tenía que susurrar. Le daba igual quién la escuchase. Lo mejor de lo que decía, según Eren, no era lo que decía, sino cómo lo decía: sus palabras eran prolongaciones de gemidos perfectamente controlados y suaves, que convertían las vulgaridades en música angelical.

—Esta polla me pertenece —le dijo mientras le hincaba los dedos en el pecho—. Me gusta sentirla en lo más profundo, me gusta cuando mi coño se llena de ti y no queda aire. ¿Me sientes alrededor de ti, amor? —Empezó a moverse hacia adelante y hacia atrás—. En un rato la tendré en la boca y la echaré de menos entre mis piernas. Necesito tenerte en todo mi cuerpo porque eres mío. —Le sacó los dedos de la boca y besó el cuello, la nuez que se bamboleaba cuando tragaba saliva—. Dilo.

—Soy tuyo. Haz lo que quieras conmigo. —Eren la sostuvo por la cintura, se clavó en ella de un golpe y luego dio otro similar. La penetraba con fuerza y aspereza, el agua chapoteaba y salpicaba fuera de la bañera.

Mikasa acercó los pechos a la cara de Eren y este, gustoso, hundió la nariz en ellos. Él decía que lo que más le gustaba de su cuerpo eran las piernas y después estaban las tetas, si es que podía decidirse por unas o por otras. Una vez, Mikasa le pidió que se colocase sobre ella porque quería probar una cosa: con una rodilla a cada costado, le desabrochó el pantalón y le dijo que se la metiese entre los senos mientras los juntaba y ella lamía la punta del miembro.

—No te corras todavía —le pidió.

Lo hizo sentarse en el alféizar de la ventana que daba hacia la playa, se agachó, empapada y excitada, la mano de Eren ya le sostenía el cabello negro, y besó la punta antes de tragársela entera. Eso lo volvía loco y lo hacía gemir como un animal. Le masajeaba los huevos y a veces los atendía con la boca, y luego volvía al miembro enhiesto, brillante por el agua y la saliva, cerraba la mano alrededor y la movía, acercándolo peligrosamente a su límite, pero no se lo iba a permitir, conocía el aguante de su marido. Quería que la follase contra la pared y se olvidara de toda dulzura y suavidad mientras lo hacía.

Eren la levantó en peso y cumplió con su deseo. La pared estaba fría, pero ella estaba ardiendo y solo sentía allí donde él la tocaba. Se sacudía contra su cuerpo. Con esa barba y esos ojos, pensó, parece un salvaje. Un salvaje que se había colado por la ventana para follarla sin piedad. Eren se ayudó con los dedos y logró que se corrieran casi a la vez. El orgasmo los dejó sin aliento. Se mantuvieron en silencio, en mitad del baño, abrazados. Mikasa le acarició el pelo y sonrió, a lo que él, también sonriendo, dijo:

—¿Queda vino?

. . .

Elizabeth: Me ha dicho un pajarito rubio, alto y gay que ya no eres un chico rebelde, Leonardo.

Leonard: Veo que las noticias vuelan.

Leonard: Has vuelto a la ciudad y no has venido a verme. Qué mala.

Elizabeth: Eres un cafre.

Leonard: QUÉ HE HECHO.

Elizabeth:

Elizabeth: Sé claro, Jaeger. Dilo bien. Di: «Tengamos una cita, Liz, porque estoy enamorado de ti desde que somos pequeños».

Leonard:

Leonard: Elizabeth, ven a mi casa para que hablemos de lo que pasó antes de que te fueras porque, efectivamente, estoy enamorado de ti desde siempre.

Elizabeth: Se lo he contado a mi madre, ¿sabes?

Leonard: ¿Le has contado a la tía Annie que nos acostamos estando borrachos? JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA. Soy hombre muerto 💀

Elizabeth: No, burro. ¿Cómo le voy a decir eso? Ella sabe que hay algo especial entre nosotros desde que éramos pequeños. El problema es que fumas porros.

Leonard: Fumaba*

Elizabeth: Vale, fumabas, pero mi madre no es como mi padre. Los dos te adoran, te consideran un hijo más, pero eres una bala perdida y no haces nada con tu vida. No es solo que a mi madre le disguste que salga con alguien así, es que yo no puedo salir con alguien así.

Leonard: Ya sé que no estoy a la altura.

Leonard: Ya sé que soy un cabrón.

Elizabeth: Lo eres 😉

Leonard: Pues sí, lo reconozco, pero me voy a esforzar y no por ti, no solo porque me encante tu culo y lo quiera a mi lado por las noches, sino por mí. Quiero ser alguien en la vida, Liz.

Elizabeth: Has madurado. No me lo puedo creer.

Leonard: Ha costado mucho.

Elizabeth: Estoy sin palabras.

Leonard: No pasa nada. Voy a ir a comer a casa de mis abuelos. Ven conmigo.

Elizabeth: Prométeme una cosa, Leonard. Júrame por tu madre que no vas a hacer ninguna gilipollez, que vas a dejar de juntarte con chusma y de fumar maría.

Leonard: Te lo prometo y, si falto a mi palabra, puedes pegarme todo lo que quieras.

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Qué caloh hase.

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