Konoha podría ser el lugar más seguro del País del Fuego; pero apenas vió el estado en el que se encontraba la aldea, Hikari se permitió dudarlo.
Conocía el lugar por visitas previas a la guerra. Una aldea siempre llena de personas, calles atiborradas de puestos de comida o tiendas de regalos, niños revoltosos que dejaban a su paso una estela de gritos y polvo. Como principal punto de comercio e intercambio cultural, Konoha siempre estaba con sus puertas abiertas y sus habitantes siempre gozaban de buena predisposición y una sonrisa en sus rostros.
En su juventud, Hikari le parecía que era el lugar más importante de todo el mundo y se sentía afortunada de poder visitarlo en ocasiones, para disfrutar del abanico de posibilidades, personas, aromas o colores siempre cambiantes como la piel de un camaleón. Iba en los días de fiesta o para visitar a los padres de Sasuke, mucho más seguido a causa de esto último y se maravillaba de lo hermosa que siempre parecía estar. Ataviada como una cortesana feudal, así pensaba a Konoha, vestida con sus mejores sedas bordadas y de colores cálidos para resaltar la belleza de sus facciones, perfumada y con esa sensualidad sutil que siempre convence de volver a quien la ve.
Sasuke había reído mucho más abiertamente que de costumbre cuando ella se lo había insinuado de esa manera, recordaba. Hikari siempre había tenido ese espíritu soñador y casi poético que a menudo solían hacerla sentir distanciada de su amado. Ahora, sentía que esa clase de pensamientos eran propios de una niña, risueña y cómoda en la seguridad de una familia que apenas se molestaba en comentarle sobre el asedio del País del Sonido y su avance incansable hacia las fronteras de su país.
Y como la cortesana feudal que Konoha era en los sueños de Hikari, ella volvió nuevamente. Aunque no de la manera en la que solía suceder.
Siempre le había fascinado los tonos carmesí y beige que tenían las farolas de las calles, el aroma del incienso que siempre se sentía en la casa de kimonos, fabulosas obras de arte bordadas en oro y plata sobre la seda perfecta, representando algunas leyendas de Konoha o la perfección de los cerezos.
En ciertas ocasiones, Sasuke la había llevado a comer ramen en la pequeña tienda del amable Ichiraku en compañía de su amigo, Naruto. Hikari no recordaba mucho de esas cenas pues había sucedido hace años; pero si recordaba el sabor del ramen en su boca, la brisa de verano besando la piel expuesta que dejaba relucir su kimono y el roce casi imperceptible, fugaz y dulce, de la mano de su prometido tomando la suya.
En ese entonces, Konoha siempre se caracterizaba por sus bonitos colores. Adornaban la noche con su manto caleidoscópico, en lámparas de papel que se mecían con el viento; algunos con dibujos de dragones, ella lo recordaba muy bien, dragones que refulgía en las llamas que vivían dentro de ellos.
La joven suspiró, sobrecogida por la nostalgia que había golpeado su pecho al atravesar en el auto en el que iba, las enormes puertas que la separaban de toda la devastación más allá de los muros de la capital.
Había sido tan feliz en esa época. Feliz e ignorante.
Pero en el campamento, cuando pasaba las noches en vela a merced de la soledad, había tenido mucho tiempo para pensar.
Las señales siempre habían estado allí. En el rostro de preocupación que su padre dejaba ver en las noches, en el silencio durante algunos momentos alegres de su suegro; incluso el amigo rubio de Sasuke hablaba con semblante muy serio, tan impropio de él, días antes a que Hikari volviera a su villa.
No sabía a quién culpar. Si a ella misma por haber sido tan ciega o a su familia por haberle ocultado la amenaza que se cernía sobre ellos. Decidió luego que ninguno en su familia merecía ser acusada, no tenía sentido ahora. Los muertos no tienen deudas con esta vida.
Una fuerte sacudida del auto la hizo saltar del asiento y sus sentidos, acostumbrados por la constante amenaza con la que convivió durante meses, la hizo aferrarse a la manija de la puerta esperando otra señal para huir del peligro.
-¿Qué fué eso?- preguntó, tratando de que no se notara el miedo en su voz.
-Un pozo en la calle, señorita. No pude rodearlo- contestó el chofer.
El miedo se disipó tan rápido como apareció y Hikari no pudo evitar sentirse un poco avergonzada por su actitud.
Tendría que ser más cuidadosa con sus emociones en el tiempo en que viviera con sus suegros.
Porque harían preguntas. Claro que si.
Sabía por Itachi que a Fugaku no le había gustado para nada que ella se dedicara a cuidar a los sobrevivientes del bombardeo. Pero joder, era su maldita villa. Eran las personas que la habían visto crecer, habían jugado con ella o regalado pan recién horneado en las mañanas.
Hikari sabía que a su suegro sólo le importaba un clan y ese era, naturalmente, el suyo. El resto de las tribus y familias del País del Fuego no gozaban ni con el favoritismo o el desprecio del líder Uchiha, más bien era una educada indiferencia.
Al comprometerse con su hijo menor ella se había convertido, al menos a los ojos de Fugaku, en un eslabón más de la familia y por lo tanto en su patriarca.
Pero ella no era una Uchiha, no aún. Y mientras fuera así, Hikari podía hacer lo que le diera en gana.
Sin embargo, la libertad le había durado poco, como todo lo bueno en la vida. Su destino estaba irrevocablemente ligado a los Uchiha y no podía hacer nada más que esperar sentada en el auto, en su camino serpenteante entre calles en mal estado y casas tan sucias como si hubiera nevado ceniza.
Muchas tiendas estaban cerradas, sobre todo las de ropas finas o casas de té más ornamentadas. Los pocos lugares que se resisitían a la escasez de la crisis apenas mostraban objetos en sus mostradores, donde una fina capa de polvo bañaba absolutamente todo. Hikari incluso pareció notarlo en las pieles avejentadas de los habitantes más humildes, las manchas de enfermedad, de vejez y de suciedad.
Era una monotonía de grises en un cielo que anunciaba fríos atroces.
Luchando contra el impulso estúpido de sumergirse en su miseria, Hikari golpeó con una pequeña mano envuelta en cuero la puerta que separaba la cabina del asiento de conductor.
-¿Falta mucho?- preguntó.
No recordaba que la Villa Uchiha estuviera tan lejos de la entrada o quizás, se debiera a que apenas le había prestado atención a los viajes anteriores, donde se encontraba demasiado absorta en otros asuntos. Pero no quería ver más de ese panorama tan desolado y gris que su ventana insistía en mostrar. Ver a gente desahuciada no era algo nuevo para ella, ni la pobreza en la que vivían.
Pero se suponía que ese era el lugar seguro del que tanto hablaban, era la aldea protegida por el Hokage del país. Ver toda esa desolación sólo servía para que el gran agujero en su pecho que significaba su miedo se expandiera más y más.
-No, señorita. Sólo unos pocos metros.
El pecho se le infló de una sensación muy parecida al nerviosismo, allí donde debería sentir alivio. Sería acogida en una familia que la quería como propia y no esperaría sola la llegada de su prometido.
La llegada de los dos.
Como si temiera traer más horror consigo; Hikari se obligó a olvidar cualquier rastro de Itachi de su mente. Debía mantener su presencia al intrincado margen de familiaridad que le correspondía al ser el hermano de su futuro esposo, pero allí se quedaría. Era por el bien de todos, sobre todo el de Sasuke.
Con dedos temblorosos, alisó la falda de su vestido azul oscuro y se acomodó su chaqueta de vestir del mismo tono, la única prenda "formal" que había sobrevivido al bombardeo y a las donaciones de ropas que ella había dado a los sobrevivientes de su, tiempo antes de la guerra, guardarropa personal.
Cuando el auto se detuvo y a pesar de sus intentos por no entrar en un complicado estado de nerviosismo, Hikari observó la entrada de la Villa Uchiha desde la ventana del vehículo.
Imponente como de costumbre, parecía que la guerra nunca había llegado hasta sus puertas o al menos así ella lo creía. A pesar del frío que se avecinaba y de tener un vidrio casi empañado en frente, estaba segura que podía oler incluso desde allí a los cerezos que crecían del otro lado de los muros de la hacienda.
Ella contuvo el impulso de sollozar.
Ahora que estaba allí, no podría volver. No tenía un lugar al cual regresar de todos modos, pero eso tampoco significaba que le gustara estar en esa casa y a los cuidados de esa familia. Si bien al elegir a Sasuke también los había elegido a ellos, no era en sí la perspectiva de vivir con ellos lo que la asustaba.
Era el hecho de que no volvería a tener poder sobre sí misma otra vez.
Fugaku podía ser un hombre muy firme cuando así lo deseaba y se había negado completamente a la posibilidad de que ella pudiera pasar un día más fuera de la protección de los Uchiha. Estaba claro que su principal objetivo era el bienestar de Sasuke. Mantener a su prometida a salvo de la guerra mientras su hijo peleaba en la guerra era una responsabilidad que se había determinado a tomar incluso mucho antes de que a Sasuke le llegara la carta de llamado a las tropas.
De pronto se sintió pequeña; demasiado pesada en sus zapatos sutilmente gastados y sucios por la carretera, su vestido le quedaba grande producto de su abrupta delgadez y estaba consciente de que tenía ojeras, sus cabellos opacos y sus ojos...sus ojos ya no mostraban esa luz de alegría.
La puerta de su lado del asiento se abrió con un ruido seco y fue el momento en que se vió obligada a apagar todo pensamiento ajeno al de las formalidades que se requerían para la reunión.
Bajó con un movimiento mucho más seguro del que se atrevía a sentir y le dió las gracias al chofer. Su mano enguantada tomó la única maleta que traía con ella y la colocó a sus pies, mientras hacía algo de tiempo acomodando su abrigo. Con el rabillo del ojo pudo notar como el conductor se dirigía hacia las puertas de la villa y cruzaba unas pocas palabras con el guardia.
En pocos minutos, las grandes puertas de roble tallado se abrieron ante ella.
Para su sorpresa, Fugaku y Mikoto estaban esperando por ella en la entrada. Una rápida ojeada a la mujer y enseguida supo que no tenía nada que envidiarle en cuanto a enteresa. Con dos hijos en la guerra, Hikari podía entender al instante todo el dolor y la incertidumbre que debía estar pasando.
Por más que intentó generar en ella esa misma empatía con su suegro, no lo logró.
Ambos caminaron hacia ella con paso apresurado y Mikoto aún estaba a cierta distancia cuando extendió sus brazos hacia ella.
Lo primero que se le vino a la mente, fueron los brazos de Itachi rodeándola como un manto y su calidez avasallante en cada centímetro de su humanidad. Si bien los cabellos de la mujer eran igual de oscuros que los de él y olían diferente, Hikari se permitió imaginar que eran los de Itachi en un momento de fugaz e inadmisible egoísmo.
Un abrazo luego de tanto tiempo y tanto frío, se sintió en el pecho de la joven, como un regalo mucho más valioso que la comida o las medicinas por las que tanto luchaba meses atrás. Incluso, cuando intencionadamente se trajo de vuelta a la realidad y al hecho de que su suegra era quien la estrechaba en ese momento.
-Estás a salvo ahora, Hikari- susurró. Con una emoción tan cargada en su voz que por un momento ella se preguntó si eran palabras que verdaderamente estaban dirigidas a ella o eran algo que Mikoto anhelaba decir a sus dos hijos varones.
No queriendo ser descortés y a su vez, para no romper ese lazo que ambas habían creado, Hikari devolvió el abrazo con manos vacilantes.
Cuando al fin se separaron, Mikoto pretendió acomodarse sus largos cabellos y quitarse algunos mechones de su rostro aunque no sirvió para disimular que secara sus lágrimas. Hikari permaneció donde estaba e hizo una inclinación profunda a Fugaku, quien había observado toda la escena en completo silencio.
-Fugaku Sama- dijo -estoy agradecida por su ayuda y hospitalidad. Estoy a sus servicios. Por favor, no se tomen demasiadas molestias conmigo.
El hombre dejó pasar unos segundos antes de hablar, su rostro se mantuvo inexpresivo en todo momento. A Hikari siempre le había parecido que ese hombre estaba constantemente tratando de contener sus expresiones y se preguntaba el porqué.
-Bienvenida, Hikari.
Tuvo que admitir que no se esperaba eso. Todo el viaje había esperado por unas palabras duras o exigiendo explicaciones de porqué se había negado a volver a la villa Uchiha días después del bombardeo. De hecho, ella casi tenía practicado lo que iba a decir: "Oh, Fugaku Sama. Mis responsabilidades como Youkai era la de darles a mi familia un entierro digno y ofrecer consuelo a quienes algunas vez habían compartido conmigo su vida en mayor o menor escala. Ruego por su perdón, ya que he sido imprudente y he abusado de sus buenas intenciones."
Esas palabras eran una buena manera de satisfacer al patriarca sin sonar descortés, a su parecer, aunque muy poco de eso en realidad era cierto. Ni siquiera había reparado en la posibilidad de que los Uchiha se ofrecieran a cuidarla y mucho menos, había tenido oportunidad de enterrar a sus muertos.
Así que se quedó allí parada frente a él, sin saber muy bien como continuar ahora.
Para su fortuna, Fugaku decidió ayudarla y retrocedió unos pasos para darle a entender que entrara. Mikoto apoyó afectivamente su mano en la espalda de Hikari y la instó a que caminara, los pasos de los tres comenzando a hacer ecos en el sendero trazado en la hierba y que zigzagueaba hasta la entrada interna de la villa, una serpiente blanca de piedra caliza.
Hikari esperaba que las cosas se pusieran incómodas para la hora de la cena.
Decir que estaba cansada o descompuesta por el viaje y no podría cenar sería algo descortés y lo que menos quería era comenzar en malos términos con sus suegros. Y también, tenía muchas ganas de volver a experimentar lo que era una cena familiar, cálida, con abundante comida y voces conocidas hablando. Había pasado meses en las que comía sola en algún lado de la tienda médica, casi siempre una sopa insulsa y si sabor (los condimentos se habían perdido, junto con el desdichado mercader cuya tienda había volado en mil pedazos) y en la muda compañía de los enfermos y heridos.
Incluso si la cena era terriblemente incómoda, Hikari disfrutaría cada segundo de la compañía.
De modo que cuando la hora llegó, Hikari acudió sin demora. Mikoto le había prestado un bonito kimono de seda rosa y blanco, con bordados de flores en su corpiño y ramas de cerezos en tonos más oscuros en el obi, que era de una tela más pesada y de un color rojo. Mientras la ayudaba a cambiarse, había notado la delgadez de la joven y había mencionado que debía comer más. Ella iba a decirle que apenas comía para darle a los de su villa, pero se mordió la lengua. Los detalles de lo que pasó se los reservaría, no necesitaba saberlos.
Como no necesitaba saber lo de Itachi, claro.
Mikoto, arrodillada ya en la mesa, la observaba con una ligera expresión de satisfacción en el rostro. Ese color de kimono resaltaba los rasgos angulosos de su cara y el color blanco de sus cabellos recogidos.
No fue hasta que ella ocupó su lugar en la mesa que comenzaron a comer.
Fugaku permaneció en silencio la mayor parte de la velada mientras ambas mujeres discutían varios temas de menor importancia, sus voces tranquilas resonando en la sala junto al ocasional sonido de los palillos en contacto con la porcelana.
Sobre el clima cada vez más helado, sobre que otra vez el Hokage había decidido reordenar el sistema de las provisiones para la aldea...las noticias que recibían a través del clan Hyuga en cuanto al avance de las tropas enemigas y aliadas.
Entonces él habló:
-Has visto a mi hijo mayor ¿No es así?
Hikari estaba a punto de tomar un nigiri cuando su mano quedó suspendida en el aire. Los ojos de Mikoto fueron de ella a su marido mientras masticaba lentamente y sin decir palabra alguna.
Asintió lentamente.
-Así es, Fugaku Sama. Llegó con sus tropas unas horas después del ataque y me ayudó a recuperarme- esperó unos minutos, buscando una reacción en su suegro que le indicara que era suficiente respuesta pero al notar que aún la miraba, continuó- había recibido reportes de que el avance de las tropas enemigas se acercaban a mi villa. Pero el ataque fue antes del anticipado.
No recordaba mucho de eso, la mayoría de lo que sabía fue por lo que Itachi le había contado cuando llegó. Sólo podía evocar la visión de sus manos lastimadas tratando de levantar los pesados muros de la casa que se les había caído encima y el rugido de los aviones sobre su cabeza. Y el llanto, el llanto de desesperación de su familia...eran tan estridentes que aún los sentía en su cabeza una y otra vez.
-Itachi Sama ha sido muy amable conmigo- dijo sin mirarlo- sanó mis heridas y me ayudó a reponerme…-
-¿Acaso no trató de traerte de inmediato a nuestra villa?
Sabía que la conversación saldría a discusión en algún momento y a Hikari le pareció justo que fuera ahora y no cuando hubiera pasado tiempo y la tensión fuera peor. La verdad es que Itachi apenas le había dirigido la palabra desde que la había rescatado de los escombros y cuando la llevó a que la atendieran, tuvo que ponerse ella misma las bandas en sus brazos y vendar sus manos quemadas.
Pero ella no había querido irse y él jamás insistió en lo contrario. Se había limitado a ayudar a los que podía y dejarla en paz con sus muertos y los que quedaban por morir.
-Tardé varios días en recuperarme- se defendió- él y sus tropas hicieron lo posible por auxiliar a los que habían sobrevivido. Yo insistí en quedarme para ayudarlos.
-Lar órdenes de Itachi eran claras. Vería el estado de la villa y te enviaría de inmediato aquí. Estuvo esquivando mis preguntas durante seis meses.
La noticia le cayó con tanta brusquedad que Hikari estaba segura de que si le hubieran tirado un balde con el agua helada del estanque del jardín sobre su cuerpo, no lo habría sentido en absoluto.
Itachi había esperado seis meses con la insistencia de su padre para que ella se quedara junto a los suyos y no le había dicho ni una sola palabra. Al final de seis meses había insistido en que volviera y había sido sólo cuando vió que los sobrevivientes estaban lo suficientemente bien como para ir a Konoha en busca de refugio. Había esperado tantos meses con la orden de avanzar hacia la frontera pero no se movió, nunca en todo ese tiempo. Por ella.
La manera en la que logró dejar los palillos en la mesa y poner las manos en su regazo tuvo toda la intención de parecer natural o tranquilo. Le rogó a los dioses que así se hubiera notado.
-Fugaku Sama- dijo con la voz más neutral que pudo- comprendo los motivos por las cuales pueda estar enfadado con Itachi y, lamento si es así, conmigo. Yo decidí quedarme en la Villa Youkai porque quería, al menos, hacer algo por las personas que me vieron crecer y fueron parte de mí así como yo de ellos.
Mikoto bajó la mirada al escuchar sus palabras y de pronto el recipiente de arroz y nori frente a ella pareció ser realmente irresistible de ver. Fugaku, sin embargo, la observaba muy fijamente y directo a los ojos. Hikari, a pesar del terror que se expandía por su cuerpo al hablar de manera tan directa con él, no pudo evitar sentir una pizca de orgullo al verse de igual a igual con él aunque sea por unos minutos.
-Quería ayudarlos, quería aliviarles su dolor y llorar a los muertos que pesan sobre mis hombros. Era mi villa, Fugaku Sama. Estoy segura de que…- algo en su cabeza le gritaba que no continuara, que cumpliera su papel. Pero quería decirlo, quería dejar de ser la Hikari que negaba el dolor del mundo exterior- estoy segura de que, tanto Itachi Sama como Sasuke Kun hubieran hecho lo mismo que yo...si hubiera sido su familia. Es por eso que estoy agradecida. Ignoro el hecho de porqué no me había mencionado su petición de que volviera cuanto antes, pero agradezco que me hubiera dado la oportunidad de al menos poder hacer algo por mi villa.
Silencio. Avasallante, palpable y voraz silencio fue todo lo que llenó la sala luego de sus palabras. La expresión de Fugaku no había cambiado ni una sola vez, pero no necesitaba verlo demasiado para saber que algo en lo que dijo no le gustó. Mikoto no levantó su mirada pero Hikari pudo notar que lo había escuchado todo. Sólo esperaba que no llorara, que los dioses la escucharan, no quería que ella llorara por algo que dijo.
No esperaba que nada sucediera o al menos que hubiera alguna clase de escándalo. La única vez que ella había hablado así, con esa determinación que le era tan propia pero a la vez mucho más imprudente que ahora, Sasuke se había enfadado terriblemente con ella y no la había dejado ir a la villa por dos semanas. Hikari siempre supuso que se debía a que el patriarca no toleraba con mucha facilidad las opiniones de ella y ahora, sin proponérselo, estaba a punto de confirmarlo.
Pero entonces, Fugaku Uchiha se levantó y caminó con paso tranquilo hacia la salida de la sala.
-Disculpen- fue todo lo que dijo antes de que las puertas se cerraran tras él.
Cuando los pasos del hombre apenas eran un susurro en la madera, ambas mujeres se miraron en el silencio. Fue Mikoto la primera en hablar y Hikari dió gracias a los dioses por eso.
-Ha estado un poco preocupado por los chicos. No te preocupes. No ha recibido noticias de ambos desde hacia ya varios días y eso le molesta. Estoy segura de que no ha querido ser duro contigo.
Hikari exhaló un pequeño suspiro y dejó entrever una sonrisa, a pesar que debajo de la mesa y descansando sobre la seda, sus manos no dejaban de temblar.
-No tiene que dar explicaciones, Mikoto Sama. Comprendo muy bien y no es mi intención incomodar aquí.
La mujer le devolvió la sonrisa con timidez, Hikari pudo notar muy bien en ese momento, las ojeras oscuras y las pequeñas arrugas a ambos lados de sus ojos. Casi hasta pudo imaginarla llorando toda la noche acostada sobre su futón...esperando por sus hijos noche tras noche.
-Has hablado muy bien, Hikari. No has dicho nada malo si es eso lo que te preocupa. Que hayas puesto primero a tus seres queridos que partieron es lo que todos hubiéramos hecho.
Ella asintió; realmente no sabía como sentirse ante esas palabras así que decidió no sentir nada por el momento. Su suegra permaneció allí, su mirada clavada en algún punto del jardín a espaldas de la joven.
-Antes solía ser así de decidida.
Hikari no supo realmente qué significaba lo que había dicho, pero a juzgar por la mirada de la mujer, parecía no estar hablándole a ella realmente. No quiso decir nada más por el momento y se limitó a terminar de comer; no podía evitarlo, no con tanta comida. Había pasado mucha hambre los últimos meses.
Sabía que no podría dormir pero no perdía nada con intentarlo.
No había nada de extraño en el cuarto, tenía todo lo que podía pedir, un futón nuevo y sábanas limpias. Su estómago ya no rugía con hambre y podía sentir sobre su piel el delicado perfume de almendras que había usado en su baño nocturno.
Pero tenía la sospecha de que no iba a poder dormir. Y tuvo razón.
Se había cansado de dar vueltas sobre el futón, su cuerpo pedía a gritos un poco de descanso pero su mente se empeñaba en hacerle recordar todas las cosas que quería olvidar.
Las palabras de Fugaku no ayudaron. Itachi había decidido quedarse en la villa Youkai para que ella pudiera atender a los heridos. En ese momento era una muchacha estúpida y en shock, incapaz de poder moverse sola sin caer al suelo y llorar sumida en el más desesperado terror.
Y sin embargo, Itachi se quedó. Podría haber metido su cuerpo menudo y convaleciente dentro de una camioneta y enviarla derecho a la villa Uchiha y quizás, sería la misma Hikari ciega y tonta de antes. Pero no lo hizo, la dejó allí para que enfrentará el dolor de las heridas y viera el miedo de los moribundos. Dejó que poco a poco, se levantara y comenzara a ocuparse de los habitantes que quedaban.
Hikari, derrotada por la falta de sueño, se sentó con pesadez y se perdió en la oscuridad de su cuarto.
Itachi había dejado que se convirtiera en la líder del clan, así como lo había sido su padre, y el padre de su padre.
Itachi.
No.
Negó con la cabeza, ya furiosa en ese punto. Se sentía impotente ante tantas sensaciones. Se levantó de un salto y salió de su habitación, su pecho oprimido por los recuerdos y el ruído de los aviones aún retumbando en su cabeza. Necesitaba aire, necesitaba aunque sea sentir el frío del mundo en su rostro.
Conocía la casa lo suficiente como para llegar al jardín interno sin problemas. Era, de toda la gran mansión, uno de sus lugares favoritos.
Había musgo en gran parte de las rocas, aunque la madera de la plataforma en la que se encontraba parada estaba perfectamente lacada y libre de ella. Todo parecía húmedo allí y si bien en las temporadas cercanas al invierno como esas, la vegetación no se podía apreciar demasiado pero ella lo recordaba muy bien. El sonido del arroyo pequeño que estaba a pocos pasos de donde estaba, la piedra caliza que descansaba a modo de escalinata al borde del agua, para poder ver lo pocos peces koi que Fugaku había traído del País de la Niebla hace unos años. El aroma de las plantas era siempre fuerte y al principio le hacía picar la nariz, pero ahora lo extrañaba demasiado. Si no se equivocaba, había tres bonsais a un extremo de la pared humedecida por el agua, unos que Mikoto y Sasuke solían cuidar muy bien cada semana y se preguntó si Mikoto aún lo hacía o si lo hacía, lloraba en silencio y el canto del arroyo ahogaba sus sollozos.
Suspiró.
Extrañaba tanto a Sasuke. Le parecía una eternidad la última vez que habían estado juntos. También había sido en un jardín, pero era el del clan Youkai, no tan lujoso como ese pero era fruto de duro trabajo de su padre y hermanos para las mujeres de la familia. Recordaba que había llorado como niña pequeña cuando él dijo las palabras "deber" y "orgullo". Ella, más que ningún otro, sabía lo que Sasuke era capaz de hacer por su familia y por preservar sus costumbres.
Pero también sabía que la amaba, con alguien que se esforzaba constantemente por mantener a raya sus emociones (tan parecido a Fugaku), el sólo hecho de que le dijera que la amaba era mucho más valioso que cualquier joya del mundo.
Habían sido amigos desde muy pequeños y desde el primer momento, habían soñado con ser marido y mujer cuando tuvieran la edad suficiente. Estuvieron a punto de lograrlo, varios años después, varios besos, abrazos y sonrisas cómplices después.
Pero ahora no estaba allí.
Se abrazó a si misma para evitar el frío de la noche en su piel, protegida por su camisón de algodón y su salto de cama negro y gris.
Estaba segura de que aún lo amaba, de otro modo, no podría soportar la pena que la torturaba luego de lo que le pasó a su villa. Esperaba por él, por su abrazo fuerte cuando viera que los dioses le habían sonreído a ambos y le permitirían casarse al final. Quería sentir de nuevo el calor de sus labios en los suyos, el aroma de su piel cuando derramaba besos por su cuello. Lo había visto convertirse en un hombre fuerte, ella era testigo de que era un genio entre su gente. La guerra no iba a acabar con él y gracias a su hermano, tampoco lo haría con ella.
E Itachi, Itachi era el mar embravecido que empujaba contra ella. Le hacía debilitarse en los pilares marchitos y gastados que era su control. A pesar de la calma en sus ojos, no podía evitar maravillarse.
Un hombre con esa calma no podría haberla besado de esa manera. Era imposible.
Maldijo el recuerdo, de ambos. Le hacía sentir que era sucia, impura. Amaba a su prometido con todo su corazón pero a su vez, Itachi estaba tan metido en su alma que Hikari no sabía como quitarlo de ella y ponerlo en el lugar que pertenecía.
El lugar del hermano de su Sasuke.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por pasos lentos que iban en su dirección. Hikari se dió la vuelta rápidamente y vió a Fugaku frente a ella, en sus manos llevaba una caja y su mirada era igual de fría que durante la cena.
Hikari tardó un poco en reaccionar pero hizo una reverencia pequeña para saludarlo. Sus mejillas se sonrojaron un poco al darse cuenta de que sólo llevaba un camisón y una bata sobre ella. Sasuke la había visto así varias veces pero su suegro era algo diferente, sobre todo él.
-Fugaku Sama, espero no haberlo despertado.
-No. No lo has hecho. Aún no he ido a dormir.
Ella no vió necesidad de preguntar el motivo, no eran sus asuntos. Quizás el jardín era su espacio de distracción entre las estrategias y las preocupaciones por sus hijos y ella había importunado en la ocasión.
Sinceramente le apenaba dejar el lugar pero de algún modo se sentía fuera de lugar allí.
-Disculpe, voy a mi cuarto.
-Espera.
Ella se detuvo en seco. El pedido no fue autoritario, ni demasiado firme. Sonó más bien a que era una manera de iniciar algo, ya que pudo notar que estaba tratando de decirle algo.
-Ven conmigo.
Bueno, era un buen comienzo, supuso.
Por un momento había tenído la idea de que la llamaba a su despacho, quizás para regañarla un poco más por sus decisiones en el campamento o advertirle que no volviera a desafiar su autoridad en la cena familiar. Pero cuando lo vió dirigirse hacia el camino pedregoso y húmedo que conducía al jardín frente a ambos, todas sus conjeturas de desmoronaron.
La perspectiva de tener alguna clase de charla íntima con su suegro la incomodaba enormemente. No porque lo considerara aburrido o temerario, sino porque en realidad ella siempre había admirado su personalidad. Más de una vez se había imaginado a Sasuke muy parecido a él cuando fuera más adulto y no sabía muy bien qué hacer si una situación como esa se presentara.
Sin embargo, él no dijo nada en todo el camino que hicieron para atravesar el jardín. Como lo había imaginado, el arroyo aún corría con naturalidad a pocos pasos de ella y los bonsai permanecían en el extremo, perfectamente cuidados y hermosos. La piedra estaba un poco resbalosa a causa del frío y el agua así que Hikari se vió varias veces a punto de resbalar, sólo protegida por sus pequeños zapatos de tela oscura con detalles de hojas en el empeine. Su suegro esperó con paciencia a que llegara hasta él en varias ocasiones, mirando con cuidado donde pisaba en caso de que cayera pero sin decir nada en todo momento.
Cuando se detuvo definitivamente, a los pies de un escalón cubierto con musgo y hierba, extendió su mano para que ella descendiera con un poco más de seguridad.
Ella dió las gracias en una voz apenas audible. El frío de la noche había comenzado a hacerle salir un ligero vaho de su boca pero al parecer su suegro no lo notó. Su mirada se había posado en la pared que dividía el jardín central con las otras habitaciones de la casa más adelante, destinadas en su mayoría a los invitados o el servicio. Hikari se había dado cuenta de que ambos se encontraban en una suerte de depresión natural que las rocas formaban a su alrededor y creaban una pared no más alta que un niño. El suelo era llano y la hierba brotaba bajo sus pies.
Antes de poder decir porque la había llevado hasta allí, sus ojos viajaron hacia donde él los tenía y no pudo evitar dar un suspiro fuerte.
La roca frente a ellos había sido ahuecada, lo suficiente como para que en su interior cupiera un hermoso altar de madera pulida y tallado a mano. En el descansaban los inciensos, sus recipientes de ofrendas y su campana. Si bien estaba vacío, el estante más grande llevaba varios ganchos pequeños de plata, a la espera de nombres.
Sin pensarlo, Hikari se llevó ambas manos a la boca para evitar sollozar como una niña al darse cuenta de lo que era. Ya no le importaba el frío a su alrededor o el canto del arroyo a pocos metros.
Era el altar que nunca había llegado a hacer para ellos.
-Escuché lo que dijiste en la cena- dijo entonces Fugaku- escuché cada palabra. Puedo ser un hombre estricto, Hikari, pero no soy un monstruo. Mandé a construir este altar para tí apenas me enteré de la noticia, sabía que no podrías hacerlo tu misma.
Ella hizo todo lo que pudo para contener las lágrimas pero no lo logró. No recordaba haber llorado por su familia y amigos aunque Itachi le había dicho que lo había hecho durante dos días cuando la encontró. Aún así, esta era la primera vez que lloraba por ellos y era consciente de cada lágrima. Se sintió bien, por un momento, eran ella y su desdicha. Una sensación que no se había permitido sentir por el miedo a derrumbar todo lo que había logrado en esas semanas.
Pero por algún motivo, con su suegro a su lado y quien también era su familia, se sintió segura de descargar todo el dolor que la había ahogado hasta el punto de no saber si se mantenía respirando o no.
-No te culpo por quedarte. Hubiera hecho lo mismo en tu lugar- continuó él- mis hijos están allí afuera luchando por todos. Tu y yo tenemos que quedarnos aquí y esperar. Así se dieron las cosas y no hay nada que podamos cambiar.
-Yo…- quiso abrazarlo, llorar en su hombro y agradecerle esas palabras tan significativas. Se limitó a sonarse la nariz y controlar su llanto nuevamente- yo esperaré. Este altar me ayudará a soportar el tiempo, Fugaku Sama. No tengo palabras para agradecerle en este momento.
En ese momento, le extendió la caja que había llevado consigo todo el rato y ella lo tomó con manos temblorosas por el frío y la emoción. Era de madera oscura y sin dibujos, pero tan brillante que podía ver la luna reflejada en el.
-Son las tablillas con los nombres de tus familiares- anunció él- por favor, avísame si falta alguno, te lo haré tallar en cuanto pueda.
Hikari estuvo a punto de volver a llorar pero se contuvo, sabía que no era el momento. Apretó la caja contra su pecho y sonrió suavemente. Él estaba igual de serio, pero su mirada había dejado de ser tan dura y ahora la miraba con algo que parecía ser compasión o entendimiento.
-Le estoy realmente agradecida. No tengo palabras, Fugaku Sama.
-No las necesitas.
El hombre esperó pacientemente y en silencio a que ella colocara las tablillas en su lugar y a pesar del frío, no insistió en que se apurara. Hikari tocó la campana al terminar y ofreció como ofrenda unas pequeñas flores que él le alcanzó cuando la vió buscar a su alrededor.
Al finalizar el ritual, ambos subieron la pequeña escalera y caminaron en el sendero del jardín.
Hikari no pensó más en Sasuke e Itachi, al menos no esa vez. Era el momento de llorar a su familia, esa que perdió en un abrir de cerrar de ojos y con el ruido incesante del motor de los aviones en sus oídos.
Esa noche lloró por su familia en compañía de Fugaku, aquel que ahora la aceptaba como una hija más y la acompañó en su dolor durante la fría noche.
Y ambos esperaron. A la noche y a aquellos que amaban.
