Hikari se encontraba rezando en su altar oculto, en el jardín de la casa Uchiha, como lo hacía cada mañana desde que llegó.

La joven Youkai se sentía cómoda allí pero en el altar, con los nombres de su familia grabados en la bella madera de las placas, se sentía verdaderamente a salvo y en su hogar.

Afortunadamente y al contrario de sus sospechas, la familia de su prometido la había recibido de manera cálida y fraternal, incluso el aparentemente imperturbable Fugaku. Aunque el vacío que habían dejado en la casa ambos hermanos era palpable en cada rincón, era evidente de como se esforzaban por lograr que eso no los desanimara. Hikari también hacía su parte, ayudando a Mikoto con el cuidado de la casa y el jardín. Hacía su mejor esfuerzo por no mostrarse desanimada, después de todo, no era la única que sufría la ausencia de sus seres amados y no le serviría de nada la tristeza.

Fugaku, si bien raras veces hablaba con ella desde su reunión en el jardín, se aseguraba de que no mostrara debilidad frente a los demás. Probablemente buscaba hacer de ella la líder del clan Youkai que necesitaban en esos tiempos que corrían y una esposa fuerte para su hijo. Le había prohibido llorar mientras estuviera frente a otras personas y a mantener una actitud calmada y sobria. Hikari en ese momento comprendió porque admiraba tanto a la madre de Sasuke, una mujer entera a pesar que el peso de la guerra la aplastaba al igual que muchas madres en todo el País del Fuego.

Era sólo en la seguridad de su altar que Hikari se sentía lo suficientemente segura como para derramar algunas lágrimas silenciosas, pensando en el destino de las personas que conocía; aquellas de las que aún no sabía nada y aquellas a las que la guerra ya se había llevado.

La mañana no era tan fría como se esperaba, a pesar de que el invierno parecía anunciarse en el cielo sin sol y el aire gélido de la noche; sin embargo, esa mañana había sido diferente.

Razón por la que Hikari llevaba puesta yukata de colores menta y dorado, con detalles de peces en el obi bordado en hilo de seda verde esmeralda, los pliegues de la tela se formaban asimétricamente sobre su menudo cuerpo y le daban una sensación de recato y sofisticación. No vió la necesidad de abrigarse demasiado así que los delicados hombros femeninos eran besados por el sol, allí donde sus largos cabellos pálidos, que sólo estaban atados en su extremo con una cinta roja, no la cubrían.

Fue en ese bonito momento de paz con su familia, rodeada por las flores del jardín, que Hikari escuchó gritar a Mikoto Uchiha dentro de la casa.

Duró menos de un segundo pero sirvió para congelar su cuerpo más que el incipiente invierno que acosaba la mañana.

Se levantó lo más rápido que pudo teniendo en cuenta su intrincado kimono y subió presurosa las pequeñas escaleras de piedra que la devolvían al nivel del resto del patio. Sus pasos se volvieron frenéticos en el sendero rocoso que llevaba a la entrada de la casa, sus oídos atentos a un nuevo indicio de que no había escuchado mal. Estaba tan desesperada por averiguar qué sucedía que casi olvido dejar sus zapatos de tela en la entrada antes de ingresar a la casa. Ahogó una maldición y se los quitó presurosa antes de avanzar.

Todos los miedos que la acosaban en el silencio de la casa y las apariencias resurgieron en su pecho como un veneno tóxico y corrosivo. Las imágenes de Sasuke e Itachi se agolparon en su mente y en sus labios ardió el recuerdo de su último beso.

Cuando llegó al pasillo principal, el llanto de su suegra se hizo más evidente y la joven ya no tuvo más dudas. Era Mikoto, en algún lugar de la casa, sollozando de manera desconsolada y desgarradora. Hikari se llevó una mano al pecho en un intento por calmar su corazón desbocado a medida que sus ojos se llenaban de lágrimas.

-No- susurró a medida que comenzaba a correr las puertas para buscar el origen del llanto- por favor...no...no.

¿Había sido Sasuke? ¿O Itachi? Quizás sólo estuvieran heridos o sus pelotones habían sido atacados. Podría soportar la espera, lo que fuera, pero no el dolor de la pérdida.

Tuvo que apoyar su mano en una de las paredes del pasillo a medida que caminaba porque el terror la estaba mareando; sentía que ya no podía respirar con normalidad y que el obi se había vuelto ridículamente apretado. Cuando al doblar la esquina que daba a la puerta de entrada, vió a la mujer arrodillada en el suelo y con una dama de compañía tratando de consolarla, ya no pudo evitar dar un gemido desesperado.

Había intentado ser fuerte y no dejar que el miedo la acosara, se lo había prometido tanto a Itachi como a ella misma y sin embargo en ese momento no pudo pensar en otra cosa que el terror que subía por su estómago y le provocaba náuseas.

¿Quién de los dos había sido?

Si no fuera por su estúpido kimono, habría corrido como una posesa hacia ella pero cuando hizo el intento de avanzar más rápido, un cuerpo grande se interpuso en su camino y unas manos fuertes la tomaron de sus delicados brazos. Hikari no se dió cuenta de quién había sido y trató de apartarlo con ambas manos sobre su pecho; fue cuando escuchó la voz de Fugaku que detuvo sus intenciones.

-Tranquila.

-Tengo que ir...Fugaku Sama. Yo…-

-Fue su sobrino, Eiji. Estaba en el Frente Oriental cuando atacaron.

Hikari lo miró por primera vez esa mañana sin importarle el lamentable estado que tenía, sus ojos llenos de lágrimas y sus cabellos desordenados por su carrera desde el jardín trasero. Fugaku estaba realmente serio y a pesar de su expresión imperturbable, el hielo de su mirada parecía ser impenetrable.

-¿Sasuke? ¿Itachi San?...¿Ellos no…?-

-No son ellos, Hikari.

El alivio le dió tan de lleno en el pecho que agradeció ser sostenida por el Uchiha o de lo contrario, el temblor de sus piernas la habrían hecho caer. Fugaku lo notó y la sostuvo con más fuerza.

-Gracias al cielo- sollozó ella- pensé que…-

-Lo se. Ahora, seca esas lágrimas. Mikoto te necesita. Vamos- ordenó el hombre mientras la soltaba.

Hikari utilizó todo su autocontrol para detener sus lágrimas y se secó las que había derramado con la manga de su yukata.

-Mira hacia adelante- indicó él, examinando el rostro de la joven cuando ella obedeció- vas a llorar más tarde, si eso es lo que quieres. Pero ahora tienes que mantener la calma.

-Comprendo.

-Ve. Despacio.

Ella pasó a su lado con cuidado, aún sintiendo sus piernas débiles y sus brazos dormidos. El miedo seguía allí a pesar de saber que no se trataba de ninguno de los dos hermanos, pero el corazón seguía latiendo con fuerza y su mente estaba nublada.

Mikoto seguía allí, ambas manos sobre el rostro y sus largos cabellos negros desparramados y sueltos.

-Mikoto San- susurró ella agachándose a su lado y apoyando una mano temblorosa en su espalda- respire, por favor...respire hondo.

Si la mujer la había oído, no pareció importarle. Todo su cuerpo temblaba y se convulsionaba en llantos desconsolados al mismo tiempo en que balbuceaba palabras sin sentido.

-Mikoto San- insistió ella, esta vez rodeándola con ambos brazos- vayamos a su habitación, aquí hace mucho frío. Haru, ayudame, llevemosla a su recámara- pidió a la dama frente a ella.

La joven, quien también estaba al borde del llanto, se movió para ayudar a Hikari a levantarla y en su acción, la puerta principal de la casa quedó a la vista donde el hombre que seguramente le había dado la noticia permanecía de pie frente a ellas.

Hikari levantó la vista un segundo pero la bajó al instante al reconocerlo. Cabellos rubios y ojos de un profundo azul, su rostro juvenil y fresco era reconocible en toda Konoha; Naruto Uzumaki, a pesar de su característica chispa de electrizante personalidad, tampoco había podido escapar de dolor y el gris de la guerra.

No la había reconocido, de hecho, ni siquiera parecía estar mirando verdaderamente a la pobre Mikoto. Hikari rogó que no lo hiciera mientras se esforzaba por levantar a la doliente del piso de entrada, luchando contra la estrechez de su vestido. Si él decía su nombre o intentaba saludarla, estaba segura de que rompería en llanto y terminaría también en el suelo. No habían sido ninguno de los dos hermanos, pero quizás fuera cuestión de tiempo, quizás ella sería la próxima en arrancarse los cabellos en el dolor irracional de la pérdida.

Se mordió el labio con fuerza para evitar derramar lágrimas. Casi con el fantasmal temor de que Fugaku lo supiera si lo hacía y trató de salir lo más rápido posible del rango de visión del Uzumaki.

Mikoto no tenía voluntad alguna para mantenerse de pie a pesar de los suaves pedidos de las dos jóvenes que la llevaban a sus aposentos.

-Mikoto San, por favor respire- pidió Hikari, el listón rojo de su cabello se había perdído y ahora los mechones blancos caían libres sobre su rostro y entre sus ropas.

Una vez en la habitación, ambas mujeres ya cansadas por el esfuerzo, depositaron a Mikoto sobre el suave futón que había en medio de la sala.

-Haru, trae agua y un paño. También prepara un té fuerte para la señora. Apresúrate.

La jovencita asintió con rapidez, su rostro marcado por las lágrimas y la consternación, y se dirigió a la salida. Hikari respiró hondo para recobrar la calma y desvanecer los pensamientos que la convertían en una niña casi tan asustada como Haru o una persona tan triste como Naruto. Tenía que recuperar el control de sus emociones, Mikoto era lo más importante ahora.

Pero al verla, acurrucada como si fuera un niño pequeño y llorando sin consuelo alguno, realmente no sabía qué hacer en un momento así. Trató de recordar como había hecho ella para seguir adelante luego de perder a su familia pero no ayudaba en nada.

Hikari no había sido honorable ni entera en esos momentos; había llorado como esa mujer durante días y lo único que la había mantenido cuerda había sido Itachi. Itachi y su mirada imperturbable, su sonrisa casi invisible y su beso...Ese maldito beso que la habían convertido en una joven insegura de sus emociones y a su vez, capaz de soportar el peso de una guerra sobre sus hombros.

-Kami, dame fuerzas- susurró ella, arrodillándose frente a Mikoto y comenzando a despejar los cabellos negros que se le habían pegado al rostro.

Haru llegó al cuarto cargando una vasija con agua y un paño blanco de lino sumergido. Con mucho cuidado lo dejó al lado de Hikari quien comenzó a escurrir el paño con fuerza.

-Iré a preparar el té, señorita- se excusó antes de irse. La joven pudo oír sus pies descalzos deslizarse presurosos por la madera del pasillo y el sonido de perdió luego de unos segundos.

El silencio devoró la habitación tan repentinamente que Hikari podía oír sus latidos furiosos rebotando en sus oídos. Mikoto parecía haber perdido energías para llorar porque Hikari no la escuchó llorar tan fuerte, dejando escapar sollozos casi silenciosos y ahogados. Decidió de que ese momento era el más oportuno para intentar hablarle y con el paño ahora húmedo en su mano, comenzó a lavar el rostro congestionado de la Uchiha.

-Mikoto San- musitó- respire hondo. Por la nariz y luego exhale por la boca. Le ayudará con el dolor que siente en el pecho.

La voz tranquila de la joven y sus suaves caricias en el brazo femenino parecieron surtir algo de efecto, Hikari notó que la tensión que encontraba bajo su mano comenzaba a ceder y fue entonces que la escuchó exhalar profundamente.

-Muy bien, eso está muy bien- la animó- siga así.

Los dioses eran testigos de cuánto entendía su dolor. Por momentos era tan fuerte que se olvidaba de respirar, en esos minutos sólo podía escuchar los aviones que pasaban sobre ellos y el llanto de su hermano pequeño entre los miles de escombros.

El horror de la guerra trasmutaba su veneno en todas las maneras en que podía, en personas como Mikoto y ella, era espera, la espera de saber si persona amada nunca volverá.

La mujer obedeció las suaves indicaciones de Hikari para tranquilizarse, aunque seguía derramando lágrimas silenciosas. Ella continuó secándolas con paciencia, susurrando palabras dulces y ayudándola a sincronizar su respiración con la de ella.

No se había dado cuenta de las exclamaciones furiosas que se escuchaban a pocos metros de donde ella se encontraban. Eran definitivamente las voces de Fugaku y Naruto y era evidente de que estaban teniendo una discusión acalorada.

-"Les advertí que no se acercaran demasiado a la vanguardia si el Capitán Nara atacaba en el Frente Oriental ¡Se los advertí, Uzumaki!"

-"¿Acaso cree que no intenté persuadirlos? ¿Está loco? Sasuke no quiso escucharme y se llevó a Eiji y Chouji con él. Shikamaru apenas tuvo tiempo de reaccionar, ellos ya se habían ido."

-"Ese maldito crío va a escucharme en la reunión. Maldito sean los Nara y su falta de autoridad ¿Cómo se atreve Sasuke a desobedecerme de esa manera? ¿Primero el irresponsable de Itachi y ahora esto? Sasuke deberá lidiar con las consecuencias, deberá soportar el peso de la muerte de Eiji, alguien de su misma sangre…-"

-Eiji...mi pobre niño- sollozó Mikoto y Hikari supo que podía escucharlos también- mi hermana debe estar devastada. Era un niño tan dulce…-

-Mikoto San, usted es una mujer valiente, muy valiente. Trate de calmarse…-

La discusión no cesaba y por un momento Hikari tuvo ganas de gritar. Las preguntas se agolpaban en su mente apenas escuchó el nombre de Sasuke. ¿Estaría bien? ¿Estaría herido? Lo dudaba. Si hubiera sido así, Fugaku habría preguntado más por él. Pero aún así quería escuchar más lo que decían, y por el otro lado, rogaba que se callaran de una buena vez.

Mikoto comenzó a llorar nuevamente, con más fuerza, al darse cuenta del tema que discutían y Hikari la rodeó con ambos brazos para mostrarle que no estaba sola.

Los dos hombres parecían no darse cuenta del escándalo que estaban haciendo y que ellas podían oírlos perfectamente. Al no ver que la mujer se calmara, se le ocurrió probar con otra cosa:

Los cerezos en el jardín saludan el amanecer

Sus ramas parecen llamas en su luz

Aquí es donde yo espero ver

La silueta imponente del guerrero Nobu.

Entre las hojas de Otoño yo aguardé

En las nieves de Invierno fuí el fuego

Los árboles son testigos de que te esperé

Oh, guerrero Nobu de mis sueños.

La voz de Hikari llenó el vacío de la habitación y cortó con el sollozo de Mikoto y los gritos de los dos hombres en la casa. Cerró los ojos mientras cantaba; una canción que era típica en su Villa. Las prosas hablaban del gran guerrero Nobu, que se había enamorado de una mujer tan delicada como una flor. Ella lo había esperado durante años bajo las hojas de los cerezos que había al sur de Konoha; esperando por su gran guerrero, que se convertía en un simple hombre cuando estaba en sus brazos.

Hikari adoraba esa canción. Desde pequeña había entonado sus melodías mientras su madre la arropaba en la cama. Hacerlo siempre le daba una suerte de melancolía al principio, ahora, tenía un significado muy diferente en su pecho.

Mi guerrero sabe que es amado

Usa mi corazón para luchar

Se lo ha llevado por mi comando

Y así tendrá esperanza en la paz.

Hikari se dió cuenta de que su corazón era usado por dos hombres, uno a cada lado del País del Fuego y que sólo podía sentarse a esperar por su regreso. Sabiendo que sólo uno tenía el derecho de reclamarla y nada podría hacer para evitarlo.

Sasuke Uchiha era el hombre en el que ella debía pensar al cantar esa canción. Ella lo había adorado desde la infancia e incluso con el mundo en guerra, sabía que sería lo correcto pertenecer a él. Ese joven había vivido junto a ella muchos secretos y sentimientos; había aprendido a entender su orgullo y su testarudez.

Pero Itachi se había llevado algo de ella también. Algo que le dejaba un vacío antinatural en el pecho, allí donde debía estar su corazón.

El dolor la atravesó, feroz como un cuchillo y tuvo que dejar de cantar.

Amaba a Itachi; de una manera tan desgarradora que sólo podía pensar en un amor insano y pasional. Y sabía que él también lo hacía, casi tan enloquecedoramente como ella. Las palabras, las miradas y la seguridad que experimentaba a su lado; todo tenía sentido cuando admitía sus verdaderos sentimientos.

¿Qué es lo que iba a hacer? Era impura y deshonrosa por amar a un hombre que no era su prometido. Era una cínica y una hipócrita por pretender que Sasuke era al único que esperaba con desesperación.

La culpa había sido otro veneno con el que esa guerra la había golpeado.

Un golpe seco de la puerta la hizo sobresaltarse y cuando se volteó para mirar, Haru estaba entrando con una pequeña bandeja y dos tazas pequeñas. Hikari bajó la mirada para observar a Mikoto y se dió cuenta de que se había quedado dormida.

Si bien la discusión entre Naruto y Fugaku continuaba, el cansancio pareció ganarle y ahora su respiración era más tranquila y sus rasgos más relajados. Hikari hizo un pedido mudo a la jovencita para que le trajera una manta y ambas la cubrieron con cuidado de no despertarla.

-¿Se siente bien, señorita? se ve muy pálida- susurró Haru- le he traído té para ayudarla.

Ella sonrió, haciendo un gran esfuerzo por no mostrar nada más que tranquilidad.

-Te lo agradezco. Pero primero, será mejor dejarla descansar. Vayamos al pasillo.

Teniendo mucho cuidado de no hacer demasiado ruido, las dos jóvenes salieron al pasillo principal, donde los gritos de los varones era aún más notorios. Hikari contuvo el deseo de apoyarse en la pared y descansar; toda la tensión que había generado en esos pocos minutos la dejaron débil y podía sentir sus piernas temblar en el esfuerzo de estar parada. Haru la observaba, aún sosteniendo la bandeja con las pequeñas tazas, ya no muy segura de que hacer. A Hikari no le importaba mucho las etiquetas en cuanto al trato con los sirvientes y fue por eso que no tuvo reparos en hablarle con un tono amable:

-La que no se ve bien eres tú, Haru ¿Por qué no vas a la cocina y te preparas un té tu también? Lo necesitas.

La jovencita pareció nerviosa ante el pedido. Hikari, sin embargo, no se inmutó. Tomó la bandeja que ella llevaba en las manos y le dedicó una sonrisa.

-Yo le llevaré el té a los señores, sería una lástima desperdiciarlo. Adelante, ve.

-Señorita, no se si…-

-Creeme, necesito hacer algo para tranquilizarme y tu necesitas descansar de este golpe. Fugaku Sama no lo sabrá, lo prometo.

Haru pareció aceptar mejor esas palabras porque dejó escapar varias lágrimas antes de asentir con la cabeza. Hikari pensó vagamente que ella pudo haber tenido alguna clase de relación con Eiji y por eso la noticia la había afectado tanto; su conclusión sólo ayudaba a que sus propios miedos se intensificaran pero fue cuidadosa de no demostrarlo. Con una leve inclinación, Haru abandonó el pasillo, ambas manos en su rostro y un llanto casi inaudible.

Hikari suspiró. Sus dedos aferraron con fuerza los bordes de la bandeja de madera que llevaba las tazas. Sabía que iba a meterse en un lío, sabía que probablemente sería seriamente reprendida por intervenir de esa manera.

Pero cuando escuchó a Naruto exclamar furioso contra el Uchiha, con Mikoto dormida a pocos pasos de donde se encontraban, no necesitó demasiado coraje para caminar hacia la puerta del despacho y golpear la puerta con insistencia.

Ambos hombres callaron al instante y ella lo tomó como una indicación de que podía entrar. Con una mano y teniendo cuidado de no tirar la bandeja, corrió la puerta con un poco más de fuerza de la que debía.

Fugaku parecía que iba a matar a alguien en cualquier momento y si bien se mantenía serio, ella pudo ver el fuego en sus ojos. Naruto, en cambio, parecía estar encendido por completo, su rostro congestionado por el enojo. El azul de sus ojos chocaron con los de ella y el exabrupto pareció calmarlo un poco.

-¿Hikari Chan?- preguntó asombrado.

Como lo sospechó, no la había reconocido en la entrada de la casa y ella lo agradeció mentalmente; no estaba lista para hablarle en ese momento y aunque tampoco lo hacía ahora, tenía que calmar de algún modo todo el alboroto que estaban armando.

-Habla, Hikari- ordenó Fugaku con voz queda- estamos en una reunión. Sé breve.

-Mikoto San está ahora descansando en la habitación de al lado. Agradecería que no levantaran tanto la voz- lo dijo en un tono firme, para nada relacionado con su estado de ánimo actual.

Fué un mal comienzo; Fugaku no aceptaría esa clase de actitud en en su casa, pero Hikari sabía que fue suficiente para hacerle entender que no era el único que estaba sufriendo en ese momento. Como si quisiera pedir disculpas por su atrevimiento, levantó la bandeja que llevaba en las manos.

-Y les traje un poco de té- dijo, esta vez mucho más amable, luego de la tensión que habían dejado sus palabras anteriores- creo que ambos necesitan calmarse.

Hikari creyó por un instante que Fugaku iba a gritarle por su osadía, frente a Naruto y para que lo oyeran todos en la casa.

Sin embargo, los tres se encontraban estáticos en el despacho, esperando que de alguna manera la tensión desapareciera. Si hubiera sido por ella, habría salido corriendo de allí; pero pensó en Mikoto y en lo mucho que debía estar sufriendo como para añadirle una discusión entre su esposo y el mejor amigo de su hijo.

Naruto parecía ser el más consternado de los dos, al darse cuenta de que su explosivo carácter había afectado aún más a Mikoto; su mirada bajó al suelo, con una mezcla de vergüenza e ira contenida.

Fugaku, como siempre, parecía inmutado.

-Tiene razón, Uzumaki. Este no es el momento. Ve a tu casa a descansar, vienes de un largo viaje. Mañana te quiero aquí temprano para que me des un reporte detallado de como está mi hijo y el resto del pelotón.

-Si, señor- fue todo lo que respondió el joven.

-Eso es todo. Hikari, vete.

Ella asintió, sintiéndose menos valiente que cuando entró y se dió la vuelta para retirarse, los pasos de Naruto tras ella segundos después.

-Hikari Chan…-

Ella cerró los ojos y aceleró el paso. Escucharlo le hacía recordar los tiempos en los que era feliz junto a Sasuke, ignorando por completo la guerra que se avecinaba y las miradas furtivas que Itachi le dedicaba en cada reunión familiar. Habría parecido una idiota frente a ellos; riendo y bromeando cuando ambos sabían que un enfrentamiento con el País del Sonido era inminente, teniendo que pretender frente a ella que las cosas iban bien, que los planes de casamiento no ser verían afectados, que Naruto sería el padrino…

-Hikari...espera…-

Un tiempo en el que ella juraba amar a un solo hombre, sin saber que pronto derramaría lágrimas por otro.

La bandeja de deslizó de sus manos, rápidamente pero a los ojos de ella fue todo de manera muy lenta. El estruendo de la porcelana contra el suelo de madera la despertó de su letargo momentáneo y dió una exclamación de sorpresa. Toda la angustia que había pasado en todo ese rato explotó en su pecho y le cortó la respiración; el terror de disparó por su columna y volvió sus extremidades tan insensibles que por un momento creyó que iba a desmayarse.

Una mano del Uzumaki la tomó del brazo y la obligó a voltearse, para cuando lo hizo, tenía los ojos llenos de lágrimas. Odiaba verse débil, sobre todo frente a alguien que había visto mucho más horrores que ella en el campo de batalla; trató de secar su rostro con manos temblorosas pero no lo logró por mucho tiempo.

Naruto suspiró, parecía más de alivio que por otra cosa.

-Hikari…- susurró, dejando escapar una sonrisa tímida- ven aquí.

Ella ya no pudo contenerse más. Cubrió su rostro con sus manos y descargó todo el llanto que había luchado por guardarse. No era tan fuerte como Fugaku, no podía con el peso de la guerra como le había mostrado a Itachi. Ella era sólo una mujer, que meses atrás iba a casarse y tener una vida feliz que ahora esperaba como aquella mujer de su canción, la llegada de su gran guerrero.

Los brazos de Naruto la estrecharon con fuerza y ella apoyó su cabeza en el pecho masculino, donde comenzó a llorar con más fuerza, toda la tensión de su cuerpo haciéndola temblar con cada sollozo. Sintió a Naruto apretarla mejor y un darle un casto beso en el cuero cabelludo.

-Está bien, tranquila. No te avergüences.

-Lo siento, lo siento tanto…- susurró, no muy segura de porqué quería hacerlo pero algo en ella suplicaba con todas sus fuerzas ser perdonada por todas sus faltas.

-Tranquila- repitió Naruto en el abrazo- es bueno verte aquí, Hikari. Es bueno verte a salvo.

Hikari, desde que llegó a la casa Uchiha, sólo se había sentido a salvo en el altar de su familia. Y si bien Naruto no era el guerrero que ella había esperado, su abrazo y sus palabras de cariño le habían hecho sentir que pertenecía a un verdadero hogar.

Y por eso le devolvió el abrazo con fuerza mientras derramaba toda su angustia, confiando en que él soportaría la carga de ella al menos por un momento.

Se aferró como si su vida dependiera de ello a través de él.

Y Naruto no la dejó ir.

Ninguno de los dos se dejó ir.