Sasuke
Estaban a diez kilómetros del pueblo cuando les llegó el olor.
Era un hedor húmedo, putrefacto y que se esparcía por las praderas como una niebla espesa en todas direcciones.
Las planicies pacíficas atiborradas de hierba amarillenta y reseca por el invierno, sin rastros de árboles o arbustos que otorgasen refugio, no hacían más que evidenciar el olor; haciéndose imposible de ignorar.
Sasuke avanzaba a paso de marcha, el aroma ya pegado a su nariz pero buscando no darle importancia; buscaba distracción en el confort que le ofrecía el peso de su arma en las manos, el ligero entumecimiento que venía de sus dedos luego de varias horas de sostenerla en la misma posición. No pensaba en los kilómetros que lo esperaban ni en los que dejó atrás sino que se mantenía en el camino que transitaba en ese momento, sin pensar.
Porque él sabía lo que le esperaba en el pueblo, la naturaleza de esa calma en la pradera a pesar de haber varias líneas de ferrocarril alrededor del pelotón que indicaban actividad; pero sobre todo, sabía que el País del Sonido había pasado por allí y la devastación que venía con ellos.
Hacia tiempo que había dejado de ser el crío que jugaba con espadas de madera en la villa de su familia; había sido educado como un soldado apenas Itachi se había hecho lo suficientemente mayor como para asistir a una academia y ser la cabeza de la familia en el futuro. Sasuke sabía que su destino como Uchiha era el de mantener a su clan en el poder usando sus dotes militares y fuerza de liderazgo.
La guerra que había estallado en el País del Fuego casi parecía ser el destino para el que su padre lo había forjado desde la infancia; como si de algún modo él supiera que un conflicto así iba a desatarse tarde o temprano.
Sí, la guerra había sido una gran oportunidad para él de demostrarle a su familia que él era digno. Al principio no era difícil, ni siquiera la despedida con Hikari aquel día en la villa Youkai un día antes de su enlistamiento. Había sido preparado para ese momento; las lágrimas que se deslizaban por el bonito rostro de su prometida apenas lo habían conmovido y elaboró unas palabras cortas para tranquilizarla y así cumplir con su deber.
En ese momento no pensaba (y ahora lo entendía muy bien) en lo que estaba perdiendo cuando la abandonaba allí, porque él tenía el pensamiento rondando en su cabeza una y otra vez, que estaba hecho para la guerra, para sacrificar a su familia a favor de su país, ser la viva imagen de su padre y el orgullo de su hermano.
Y podría decirse que lo estaba logrando...pero estaba aterrado.
La guerra era atroz; mordía, desgarraba y escupía como las fauces de una bestia. Devolvía muerte y decidia en cada paso que daba, sus ojos eran el odio en las miradas de los enemigos, su rugido eran los llantos de las mujeres y los niños.
Sasuke pasó por esa brutalidad en numerosas ocasiones desde que comenzó el conflicto y llegó a un punto en donde arrastrarse sobre el lodo, la sangre y los cadáveres para evadir el fuego enemigo era el menor de los problemas. Casi siempre era el miedo, se impregnaban en él de adentro hacia afuera, se reflejaba en las plegarias de sus compañeros antes de la batalla y a veces olía tan fuerte como el pueblo al que se dirigían. Sasuke lo vió todo, lo vivió y lo revivió una y otra vez; se dió cuenta de cuánto extrañaba la sonrisa de Hikari y la calidez que le daban sus labios.
Sasuke era el soldado que su padre había querido que fuera, pero aún no lograba ver la gloria en todo eso.
-Atacaron primero las vías de tren- dijo de pronto su compañero, Shikamaru, a pocos pasos de él y con la mirada fija en el frente- Chouji dijo que había restos de escombros y metal cinco kilómetros al este.
Shikamaru era su mejor hombre; era buen estratega, buen soldado y un buen amigo. Desde que Naruto había tenido que volver por ordenes del Hokage, se había apoyado mucho en el Nara. No era como el Uzumaki, tampoco le confiaba tantos secretos, pero era una buen compañero; el tipo de hombre necesario en una guerra. Sasuke esperaba que pudiera ser su amigo después de que todo terminara.
-El pueblo está al menos a diez kilómetros- le respondió él- quizás lleguemos en dos horas. Avisa a los demás.
Shikamaru suspiró antes de asentir y se dió la vuelta para volver a la retaguardia.
Él no estaba seguro de qué clase de guerra había presenciado su padre o su hermano; en sus tiempos de niñez sospechaba que eran de ese tipo de contiendas fantásticas y heroicas en donde emergían entre los enemigos como encarnaciones de la justicias, serenas e imponentes. Lo que él había aprendido allí era que la espera antes de que llegaran los enemigos era espantosa y las muertes de sus compañeros, demasiado rápidas. Eiji murió llorando en sus brazos pidiendo por su madre y Naruto había sido la única persona que lo vió llorar a él de impotencia esa noche mientras los demás dormían. No había honor allí, no era el soldado que él había soñado ser; ni siquiera podía tolerar por mucho tiempo pensar que ese olor que emanaba el pueblo era el olor de los cuerpos que el País del Sonido masacró en su paso por el este. Mucho menos pensar en que ese era uno de muchos pueblos que fueron, son y serían atacados en lo que durara el conflicto.
El pueblo era en las fronteras con el País de la Niebla.
No muy grande, ahora contaminada con los efluvios de diferentes naturalezas y con la mayoría de sus casas destruidas. La población estaba más aterrorizada por la destrucción que por ver nuevamente soldados en sus tierras pero se dejaron ayudar con docilidad. Sasuke se apresuró a establecer un perímetro alrededor del pueblo y concentrar sus fuerzas en las entradas norte y sur antes de levantar campamento. Comenzó a atender a los heridos, a interrogar a los sobrevivientes y sobre todo establecer comunicaciones con la armada.
El lugar seguía humeando, seguía apestando, pero Sasuke ahora tenía puesto su semblante de capitán de escuadrón así que ignoraba todo lo que no fuesen órdenes y su trabajo al mano de sus hombres. Aún así no era ciego a las lágrimas de los ancianos ni el dolor de los moribundos, muchos de ellos aún corrían por las calles buscando a sus familias o llorando a los que ya no estaban.
Y pensar que Hikari había pasado por lo mismo sólo servía para sumirlo en la desesperación. A veces sucumbía a ese odio cuando llegaba la noche y estaba solo consigo mismo pero se obligaba a recordar que ella ahora estaba a salvo y lejos de ese horror. Dormía recordandola sonriendo, porque eso lo hacía sentirse menos asustado y una y otra vez recordaba la primera vez que la besó, la primera vez que ella le susurró que lo amaba. Se aferraba a esos recuerdos como un náufrago a la deriva de la crueldad del mundo, seguro de que tenía un lugar al que volver cuando todo ese infierno se terminara.
Pero por el momento, sólo le quedaba la guerra, sólo le quedaba enfrentar el destino para el que había sido educado desde pequeño. Itachi estaba viviendo el mismo infierno que él, Hikari también había recibido parte de esa destrucción; si él no era capaz de soportarlo no podía llamarse a sí mismo un Uchiha. Se refugiaba en el odio que sentía hacia sus enemigos para darse valor, endureciendo sus emociones, los blandos no sobrevivían la guerra y él tenía que superarla.
Alguien esperaba su regreso en Konoha.
Hikari
Reinaba una falsa prosperidad en el mercado central de Konoha.
El día anterior, el Hokage había dictaminado que ampliaba el límite de víveres que podían conseguirse durante el día, así como también el abastecimiento de productos de menor necesidad como la indumentaria fina y las especias.
A causa de eso, los mercados habían vuelto a su ajetreo normal, aunque fuera sólo por momentos; los aldeanos se apresuraban en las callejuelas para hacer las filas y conseguir un poco de té o en algunos casos, barras de chocolate.
Era una falsa prosperidad a los ojos de Hikari, era como si todos se esforzaran en pretender que la guerra aún estaba muy lejos de ellos.
Sin embargo agradecía esos pequeños tumultos en la aldea, esos momentos en los que la gente corría por las calles y sus canastos de mimbre rebosando mercadería. Hikari veía la guerra, pero allí era un poco más distinto; aún había ausencia de vendedores, de prosperidad, de personas. Pero Konoha aún seguía de pie brillante y hermosa, eso le bastaba por el momento.
Y también, Hikari agradecía poder pasar su tiempo ocupada en un paseo por el mercado central de la aldea, ayudando a Mikoto con sus cálculos y previsiones par la casa; sabía que era de gran ayuda para ella también.
Había tardado cuatro días en reponerse, en ese tiempo, Hikari había tenido que ocuparse de las tareas en las que Mikoto se desempeñaba, como correspondía a su lugar en la familia. Había sido caótico, demencial, lidiar con tantas responsabilidades y no decepcionar a Fugaku con ellos. No extrañaba su vida anterior a la guerra en la que era sólo una niña pensando en casarse pero tampoco le agradaba estar encerrada en la casa de sus suegros todo el día ocupándose de asuntos de menor relevancia. Mantener una casa era difícil, pero más lo había sido su trabajo en la villa Youkai manteniendo las raciones de comida y suministros médicos, había sido más difícil lidiar con las muertes de los suyos y la desesperación en los ojos de aquellos que la veían como una salvadora.
Y ella extrañaba la libertad que tenía en ese momento, el hecho de poder decir que sus decisiones habían hecho algo para cambiar las vidas de esas personas desesperadas como ella en medio de la guerra. En Konoha todo parecía diferente pero al mismo tiempo era como si nadie supiera que la guerra seguía desatándose más allá de sus fronteras; eso la enojaba un poco, la angustiaba, porque le hacía pensar que nadie en esa aldea se daba cuenta de las cosas que se perdían cada día, de las vidas que se iban para no volver jamás.
Transcurría su tercera semana en la casa Uchiha y Hikari, de a poco, se adaptaba a su entorno.
Las costumbres y el servicio allí no difería mucho del que tenía en su villa Youkai, pero a la joven aún le resultaba difícil no sentirse una intrusa entre tantos lujos; sin mencionar que el dolor en su pecho cada vez que recordaba a su familia crecía con el paso de los días.
Agradecía mucho poder tener un altar para llorarlos en la seguridad del jardín interior; de ese modo apaciguaba un poco el vacío que la consumía lentamente y le permitía estar algunas horas en paz, lejos de las voces en su frente. Y podía esperar. Ya sea a sus dos guerreros o sus cartas.
Pero sólo había llegado la de Sasuke. No esperaba una de Itachi, sería indecoroso, incorrecto; y así como mantenía a raya sus recuerdos de él también se esforzaba por hacerlo con sus propios sentimientos.
Demasiado tiempo sola en la casa Uchiha hacía mella en su corazón, porque en esas paredes no podía huir de sus pensamientos, de su corazón. Lo extrañaba casi tan fuerte como a Sasuke, el recuerdo de sus labios estaba marcado a fuego en los suyos, la manera en la que Itachi parecía convertirse en alguien tan frágil en su abrazo, la manera en la que él suspiró cuando ella lo besó.
Se sentía aterradoramente cercano al amor.
-Hikari ¿Qué te parecen estos dátiles para llevar a la casa?- preguntó de pronto Mikoto, devolviéndole a la realidad.
La joven se dió la vuelta para mirar a la mujer. Mikoto ese día estaba radiante con su yukata verde oliva y su chal opalino sobre sus hombros. La luz del sol en la mañana resaltaba sus rasgos angulosos y la hacía verse aún más joven; a Hikari siempre le había parecido una mujer hermosa, recordaba cuánto la admiraba cuando era pequeña. Se acercó a ella con una sonrisa para observar juntas la mercadería.
-Se ven estupendos, Mikoto Sama- respondió- podríamos hacer ankos como postre esta noche.
-A Fugaku le encantará- asintió la mujer- debemos hacer algo especial para él esta noche. Está tan ocupado que apenas descansa.
-Como corresponde al líder Uchiha- "como me corresponde a mí"- un postre le hará bien. Compremos un poco.
No odiaba a Fugaku. Era gracias a él que ella comenzaba a comprender de lo que ser un verdadero líder de clan se trataba. Pero le costaba reconocerlo como su líder, porque ella no era Uchiha, no aún; sin embargo se veía envuelta en costumbres y prejuicios que eran de otra familia. Se dió cuenta de hasta qué punto Sasuke significaba para ella todos esos años en los que estuvieron juntos; Sasuke era su familia, no Fugaku, no Mikoto...no Itachi.
Recibió los dátiles dando una inclinación y siguió a Mikoto hacia otra tienda, detrás de ambas iban Haru y otra sirvienta, llevando los canastos que Mikoto y Hikari no podían cargar. Ninguna de las dos jovencitas se quejó, pues el día era verdaderamente hermoso y calmo, el aire puro siempre ayudaba luego de tantos días encerradas en la casa cuidando de Mikoto.
Hikari se dió vuelta para ver que ellas estuvieran bien y sus ojos se toparon con una figura familiar entre la multitud, caminando con soltura entre los puestos, deteniéndose a charlar ocasionalmente con los aldeanos. A la joven se le antojaba fuertemente familiar, pero estando de espaldas no podía verlo con claridad.
No fue hasta que se dió vuelta que lo reconoció.
-Oh, es Naruto Kun- comentó a Mikoto mientras levantaba su brazo para saludarlo.
Le alegraba verlo, desde que había llegado no volvía a verlo con frecuencia, se pasaba gran parte del tiempo en el despacho de Fugaku y si no era así, en el despacho del Hokage. Estaba comenzando a extrañar la promesa de un paseo juntos pero no era tan egoísta como para pedirlo; no con lo mucho que escaseaban las cosas.
-Naruto Kun- volvió a exclamar con su mano extendida, algo dificultoso de hacer debido a su yukata rosada ceñida al cuerpo.
El chico no la escuchó primero pero luego de insistir una tercera vez, sus ojos se fijaron en las dos mujeres y luego sonrió al reconocerlas. Hikari tomó a Mikoto del brazo protectoramente, sabiendo que quizás verlo pudiera afectarla un poco, aún así confiaba en la entereza de la mujer, pudiendo soportar tantas cosas desde que inició la guerra, quién sabe si mucho antes de eso también.
-Mikoto Sama, Hika Chan- saludó Naruto con una sonrisa mientras tomaba a ambas de las manos suavemente- es lindo verlas paseando por la aldea.
Hikari sonrió, contagiada por la sonrisa amplia de Naruto casi rivalizando con el brillo del sol sobre sus cabezas. Era imposible mantenerse seria frente a Naruto y ella se aferraba a esa alegría para no pensar en sus miedos, por lo que siempre trataba de hablarle al Uzumaki cuando se lo encontraba en la aldea aunque nunca tenían el tiempo suficiente para volver a reunirse como la primera vez.
Y Hikari lo extrañaba, por más tonto que eso sonara; porque en ese lugar Naruto se había vuelto algo familiar que le recordaba a los viejos tiempos y podía ser ella. Con Naruto no tenía que aparentar se fuerte ni compasiva, ni la líder de un clan extinto.
-Naruto- dijo Mikoto con dulzura, sin soltar la mano de Naruto antes de darle un ligero apretón- pensé que ya habían vuelto al este.
-El Hokage necesita que lo ayude con algunas cosas. Pero no me queda mucho aquí probablemente.
El pecho de Hikari se estrujó por el dolor, su corazón comenzando a latir con fuerza al escuchar sus palabras. La incertidumbre de cuántos días Naruto podía quedarse en la aldea comenzó a arder como una pregunta en su lengua pero sabía que no sería prudente preguntarlo en ese momento, con esas personas. Se las arregló para mantener su sonrisa intacta mientras lo miraba, pero el dolor en su pecho seguía allí, sumándose a su colección de heridas desde que comenzó la contienda.
-Es bueno que puedas quedarte un poco más, Naruto Kun- intervino- Konoha es un poco más alegre desde que llegaste. Los días acompañan a tu visita también.
El Uzumaki rió suavemente, sus cabellos rubios brillaban como oro en la luz de la mañana y sus ojos azules eran refrescantes, intensos.
-Ya he vuelto loco a medio Konoha desde que llegué. Estoy seguro de que Sakura y Gai sensei no piensan lo mismo que tu. Ya lograron armar excusas para no acompañarme a cenar esta noche- repuso riendo.
Hikari frunció el ceño.
-Eso es cruel. Deberían aprovechar tu visita.
-Ya se- exclamó la mujer- ¿Por qué no vienes a cenar esta noche, Naruto?
El chico por un momento pareció sorprendido y se llevó una mano a su nuca nerviosamente.
-No quisiera molestar.
-Oh para nada. Hablaré con Fugaku esta tarde para arreglarlo todo. Que vengas sería un placer.
Naruto miró a Hikari en busca de apoyo y la joven sonrió sinceramente.
-Eres siempre bienvenido a la casa Uchiha, Naruto- le dijo- esta noche cenaremos todos juntos ¿Qué te parece?
El chico tardó unos segundos en corresponder su sonrisa; Hikari recordó la carta de Sasuke, en donde le pedía que lo mantuviera ocupado, cerca, porque sus vivencias en la guerra habían sido difíciles. Aún no podía creer que a pesar de todo eso sonriera así, su valor casi la hizo llorar, su sinceridad casi la hizo desesperarse por saber que tendría que irse otra vez.
-Bien- respondió Naruto- acepto la invitación.
Mikoto aplaudió contenta antes de tomarlo nuevamente de las manos, con la sonrisa más feliz y sincera que Hikari vió desde que recibió la noticia de su sobrino.
-Gracias- le dijo- será una cena maravillosa. Iré a buscar los ingredientes perfectos. Te veré esta noche.
-Por supuesto, Mikoto Sama, allí estaré.
La mujer volvió a agradecerle antes de tomar más firmemente su canasta y alejarse de ellos seguida de sus dos criadas; camino al puesto de especias. Hikari y Naruto se quedaron parados en el lugar observando a la mujer hablar efusivamente con Haru, contagiando su risa a las jovencitas mientras hablaban de lo que seguramente servirían esa noche en la cena.
-¿Cómo está ella?- le preguntó Naruto.
Hikari se encogió de hombros.
-Bien, al menos eso creo. Es la primera vez que la veo tan contenta en días.
Naruto asintió lentamente.
-Dime la verdad ¿Cree ver algo de Eiji en mi?
Ella nunca lo había conocido, pero gracias a los sollozos y los susurros de Mikoto en esos días, Hikari casi podía ver al joven Uchiha caído en batalla. Era alegre, brillante y muy unido a su familia; había muerto justamente para protegerla, a su Sasuke, a aquel que esperaba en esa jaula de madera que era Konoha para ella.
-Creo que quiere tener a alguien cercano a Sasuke para ver esta noche- dijo ella mientras observaba a Mikoto comprar.
Naruto suspiró y la miró a ella.
-¿Tú también?- le preguntó.
Hikari le devolvió la mirada; por un momento le pareció ver algo parecido a la tristeza en sus ojos, ella lo sabía porque lo veía en los suyos cuando se reflejaba en el espejo.
-Yo quiero ver a Naruto- le respondió con una sonrisa.
Y no supo porque, pero la tristeza en sus ojos se incrementó.
Hikari se miró al espejo con ojo crítico; llevaba sus cabellos sueltos, sólo recogidos en sus costados con un broche de perlas y hojas decorativas. Su yukata era de colores blancos y violetas, de largas mangas de encaje y las telas violetas de su atuendo bordadas con flores de cerezo a lo largo.
Era un vestido magnífico, resaltando sus rasgos pálidos, acentuando el dorado de sus ojos y la delicadeza de sus facciones. Vestida así, parecía de nuevo la Hikari que se ponía sus mejores ropas para impresionar a Sasuke en las cenas familiares; con sus bonitas yukatas y sus bonitas diademas para que el chico de sus sueños la viera espléndida. Su corazón un manojo de nervios en el pecho cada vez que todos la miraban en la familia, cada vez que atrapaba los ojos de Itachi sobre ella mientras todos la saludaban.
Francamente, le parecía demasiado lujo para tratarse de una cena como cualquier otra, pero Mikoto había insistido en agasajar a Naruto como un huésped especial. Fugaku no había hecho más que asentir ante la propuesta antes de volver a encerrarse en el despacho junto a dos hombres de confianza y tanto Hikari como la esposa Uchiha, tuvieron que hacerse cargo de todos los arreglos.
Ellos podían permitirse cenas así, eran gente poderosa y gozaban con un favor especial del Hokage; los Uchihas tenían a la mitad de su clan en batalla, otorgaba armamento y provisiones, sus mejores soldados, sus mejores estrategas. Era oportuno advertir que tales sacrificios equivalía a buenas sumas de dinero y favores, incluso a costa de vidas.
Pero los Uchihas hacían de la guerra un buen negocio, siempre había sido así, Hikari lo supo desde el momento en que conoció a Sasuke y su proveniencia. Nada en esos tiempos podía prepararla para lo que se había sucedido en esos meses, ahora pensaba lo contrario, ahora rehusaba esa lógica de Fugaku. Pero la aceptaba con docilidad, así como aceptaba los regalos de Mikoto, las telas suaves y los adornos de mujer adinerada; preciosos mantos de tristeza con los que hacía su máscara de todos los días.
Las mujeres sufrían la guerra desde lugares insospechados, se convertían en viudas y huérfanas, en esclavas y en trofeos; lo eran todo pero a la vez nada, ocultaban su dolor con sonrisas bonitas y telas finas, lloraban y morían cuando nadie las veía.
Hikari se observó una vez más. Acomodó el adorno de su cabello, disipó un poco el tinte rosado en sus labios para que se viera más natural, alisó la tela de su obi y suspiró. Era la vieja Hikari, la bonita, la dócil; aquella que tenía una familia esperándola en la villa Youkai y la ayudaban a bordar el manto de novia que la cubriría.
Hikari veía un fantasma allí donde esperaba ver a la mujer que la guerra había transformado.
Al escuchar un tumulto fuera de su habitación, ella supo que era momento de salir de su refugio y volver a enfrentar el mundo real. Dando un suspiro apartó la vista de su reflejo y se dirigió a la salida. A medio camino, se detuvo en seco por una terrible punzada en su vientre; se aferró con fuerza a la columna del umbral con una mano y con la otra se tocó el obi en un reflejo, cerrando los ojos. El dolor había sido fugaz pero fuerte y aunque se repuso enseguida, el miedo se quedó con ella unos segundos más.
Probablemente hubiera sido el cansancio; o quizás algo que había comido, no había necesidad de preocuparse demasiado. La joven se enderezó y suspiró, aliviada porque el dolor se hubiera ido mientras abría la puerta de su habitación.
Salió al encuentro del invitado levantando un poco la tela de su yukata, el dolor en su vientre ya había pasado pero un entumecimiento extraño estaba pegado en su vientre.
-Yo lo recibo, Haru. Ve a ayudar a la señora- pidió a la muchacha que se dirigía a la puerta.
Quería saludarlo, le daba la sensación de que no sería todo tan formal si lo hacía y sobre todo porque estaba ansiosa por verlo. Al igual que el entumecimiento, la presión en su pecho al recordar que él se iría pronto la acosaba como un mal presentimiento.
Y estaba tan cansada de tener tristeza que reír un poco con Naruto le haría bien al corazón.
Abrió la puerta ya con una sonrisa en los labios, el viento de invierno le golpeó el rostro y despejó sus cabellos, algunos adornos haciendo un suave y musical tintineo con la fuerza de su movimiento.
Naruto por un momento pareció quedarse congelado en el umbral con sus ojos fijos en ella; pareció reaccionar cuando ella soltó una risita y lo tomó del brazo para hacerlo pasar.
-Naruto Kun, entra. Pescaras un resfriado- le pidió.
El chico se quitó el sombrero y se dejó llevar dócilmente antes de soltar una risita nerviosa. Se veía muy elegante con su traje militar pulcramente acomodado y el perfume masculino envolviéndole como un aura. Hikari estaba un poco aliviada al darse cuenta de que no era la única que había tenido que vestirse tan ridículamente formal para una cena.
-Hika Chan- dijo él con una amplia sonrisa- te ves radiante.
La joven agachó la cabeza en agradecimiento y en parte para que no notara el sonrojo de sus mejillas.
-Gracias. Vamos al vestíbulo, Mikoto Sama nos espera.
La cena transcurrió con tranquilidad; la mesa atiborrada de comida, tanta que Hikari aún no se acostumbraba pero que se obligaba a comer a pesar de la molestia en su vientre. Naruto reía, comentaba y hablaba sin parar sobre su infancia con Sasuke, contando anécdotas sobre cómo se habían conocido y la tonta rivalidad entre ambos durante sus años en la academia. Tan efusivo era que hasta Fugaku sonreía y preguntaba por detalles. Ella escuchaba con interés; porque si bien había conocido al par de amigos desde pequeña, esos detalles nunca los había conocido, a pesar de que conocía a Naruto desde antes pero sólo en pocas ocasiones habían llegado a cruzar palabra. No fue hasta que ella conoció a Sasuke que había comenzado a compartir más tiempo con el Uzumaki.
Y ella sabía, que Naruto estaba haciendo todo ese show para Mikoto, para hacerle sentir la presencia de Sasuke en esa mesa a pesar de la lejanía. Hikari sabía que estaba omitiendo las partes malas, las cosas que pasaron sólos en la guerra, los horrores que atestiguaron. Sin embargo rió y celebró, porque también ella sentía un pedacito de Sasuke con la familia en esa sala y sabiendo que era egoísta de todos modos se regocijó en el recuerdo; porque esas eran las migajas de Sasuke con las que tenía que conformarse.
-Oh de verdad deseo que hubieras conocido más a Itachi- dijo Mikoto luego de reír- él también te habría adorado de pequeño. Es una lástima que tuviera que irse tan joven de la academia.
Naruto tomó un poco de agua, necesitandola luego de tanta conversación.
-Lo he conocido pero no en la misma medida que a Sasuke- explicó- aún así es una persona que admiro mucho, Mikoto Sama. Espero poder verlo en mi viaje al oeste.
Fugaku lo miró con interés.
-¿Irás al oeste?- le preguntó- pensé que te dirigías al este con la milicia de Sasuke.
Naruto hizo una mueca extraña que Hikari sólo pudo interpretar como de incomodidad. El clima alegre de la cena estaba tensionada por las palabras de Fugaku y la esposa de éste comenzó a observar su comida con interés.
-Es un asunto complicado- intentó explicar el Uzumaki- son órdenes del Hokage, pero de todos modos no pienso dejar a Sasuke solo en el este. Por favor, confíe en mí.
Hikari no pasó desapercibida la expresión severa de Fugaku, una expresión dirigida expresamente hacia Naruto y no supo porque. Era evidente de que ambos no estaban de acuerdo en algo y eso lo sabía por las discusiones airosas que escuchaba desde el otro lado de la puerta del despacho Uchiha en esos días. En lo único que podía pensar era que a Fugaku no le estaba gustando la confianza que el Hokage estaba poniendo en Naruto o las constantes llamadas oficiales que el rubio estaba teniendo en lugar del Uchiha.
Pero lo que menos intenciones tenía en ese momento era de averiguarlo. No con lo bien que la estaba pasando por primera vez en meses. Y a juzgar por la expresión de Fugaku, pensaban lo mismo.
-Esta bien- dijo, aunque no sonó para nada convincente-podremos hablar de eso luego.
Naruto asintió.
-Creo que ya es muy tarde- repuso-debería volver a mi casa. Mikoto sama, la cena estuvo magnífica, de verdad agradezco su hospitalidad.
Mikoto pareció superar la tensión en la mesa con rapidez, porque enseguida su rostro se iluminó con una sonrisa.
-El placer es todo mío, Naruto. Espero poder verte de nuevo cuando tengas tiempo.
-Yo lo acompañaré a la salida- intervino Hikari, ahora demasiado incómoda con los pensamientos y el clima que Fugaku había dejado en la sala- ¿y quizás un paseo por el jardín exterior antes de llegar a la salida, Naruto Kun?
El chico asintió mientras se levantaba, Fugaku desaprobando la invitación con una mirada hacia la muchacha pero ella hizo todo lo posible por ignorarla.
-Muchas gracias por la cena, Mikoto Sama, Fugaku Sama. Buenas noches.
El jardín exterior de la casa era un poco más amplio que el interno donde ella tenía su altar pero tenía menos espacio verde. Toda la extensión del jardín había sido cubierto en piedras grisáceas y formando patrones circulares por todo el suelo, dejando espacios abiertos para que florecieran pequeños brotes de árboles. Cercano a la esquina del umbral de entrada al patio, se encontraba una pequeña fuente de piedra negra y pulida; el golpeteo del agua sobre la superficie otorgaba algo de calma en el jardín.
Hikari caminaba despacio, queriendo disfrutar del momento y del robado paseo que se habían prometido pero el tiempo no permitía mientras acompañaba a Naruto hacia la salida.
-¿Por qué Fugaku no te quiere?- preguntó ella con seguridad.
Naruto resopló.
-Creo que no le gusta que pase tiempo con el Hokage- fue todo lo que dijo.
-¿Acaso eso es algo malo?
-No lo se.
Ella lo miró con curiosidad pero Naruto tenía sus ojos fijos en el camino que recorrían.
-No puedes decírmelo ¿Verdad?
Naruto se detuvo y la joven lo hizo con él. Sabía que no podía intervenir en muchos asuntos y eso la angustiaba de maneras que no sabía que podía. Se sentía inútil a pesar de tener su mente ocupada en asuntos de la casa Uchiha. Se sentía inútil porque la guerra la estaban peleando hombres como su Itachi, su Sasuke; hombres como Naruto tenían que obligarse a cargar con secretos y recuerdos.
Y la enojaba, le dolía.
Ella tomó las manos de Naruto entre las suyas y las apretó.
-No me lo digas- le dijo- aún así sabes que soy tu amiga.
Naruto sonrió amargamente antes de devolver suavemente el apretón.
-Voy a protegerlos a todos- contestó- a todos, Hikari. Te lo prometo.
Y ella, que ya tenía el corazón en sus manos, le creyó.
Itachi
Habían atacado al anochecer.
Aprovechando que apenas podían avanzar por el sendero pantanoso en la oscuridad y que habían tenido que acampar bajo la protección de los tanques y ametralladoras. Las huestes del País del Sonido habían avanzado con fuerza usando tanques pesados en la vanguardia.
Era probable que los hubieran visto cruzar los pequeños montes que se formaban a unos veinte kilómetros de las marismas; exponiendo sus tanques al fuego enemigo y evidenciando el número de soldados que cubrían la artillería. El ataque había sido diez horas después de eso, concentrando todo el fuego en los tanques pesados al frente, los artilleros en la retaguardia no muy lejos de la concentración de soldados.
Los iban a aplastar en cuestión de una hora. Itachi observaba la situación desde su trinchera al oeste, esperando a que el enemigo cayera en la trampa.
Sólo tenían esa oportunidad. Si fallaban, no tendrían refuerzos hasta dentro de una semana y estaban a merced del enemigo.
Su mano apretó con fuerza la carta en su bolsillo y esperó a que el infierno se desate.
Luego de tanta espera por fín pude actualizar.
Esta historia es una de las más difíciles de hacer para mi pero disfruto mucho de usar estos personajes.
Quisiera disculparme si notan que últimamente Naruto está muy presente en la historia, sé que se trata de Itachi y Hikari pero en éste momento, él es la única compañía que ella tiene en Konoha así que me pareció importante que estuvieran cerca.
Además de que tengo pensado que Naruto también tenga un protagonismo similar al de los demás. Esta historia se ha convertido para mí en una historia de cuatro personas, viviendo la guerra de la manera en la que pueden y con sus sueños por cumplirse.
Espero que no te moleste (^^)
Gracias por leer.
