Tarde pero seguro el capítulo IV (A New Hope?). Perdón por la demora, pero estuve trabajando MUCHO (necesito plata para las vacaciones, todavía Disney no me paga por escribir esto).
Para mas o menos orientar el curso de la historia: Han y Leia estarán unos días en París estudiando sobre los Jedi para planificar su viaje, y luego partirán directo a la aventura.
Ahora sí, los dejo con el fic!
IV
El avión aterrizaría en poco tiempo en un matutino París, y Leia apenas si había podido dormir unas pocas horas en todo el viaje a causa de la emoción, mientras que su profesor dormía plácidamente, roncando un bajo y grave sonido.
Debería de haberse sentido avergonzada por haber aprovechado ese momento de paz para mirarlo detenidamente más tiempo de lo debido y confirmar lo apuesto y varonil que era, con sus rasgos marcados por años e historias. Sentía una curiosidad de procedencia desconocida por acariciarle la sombra de barba en su rostro y la cicatriz de la barbilla; nunca había sentido el deseo físico de tocar a un hombre y esto era más que inapropiado porque se trataba de su profesor, así que se forzó a prestar atención a los hermosos paisajes que se veían desde el cielo mientras pensaba, también, que no debería preocuparse por sentirse atraída por él: no es que fuera a devolverle la sensación de todos modos. El hombre la veía cómo a una niña y de seguro tendría una hilera de mujeres impresionantes tal cual para él.
Un movimiento brusco la hizo saltar y soltar un pequeño grito y su profesor se despertó de repente, alarmado.
-¿Se encuentra bien?
-Sí señor, solo me asusté por la turbulencia.
-Oh, bueno. No pasará nada, no hay tormenta-dijo él mirando por la ventanilla-falta poco para aterrizar, ya casi estamos sobre el continente.
-Sí, es increíble-suspiró la joven, asomándose también. Han vio en sus ojos marrones una luz llena de ilusión, algo que él no había sentido en mucho tiempo: pensó que no haría mal contagiarse un poco de esas sensaciones y volver a ver el mundo cómo si fuera la primera vez.
-Bienvenida a Europa-le susurró casi al oído, disfrutando de su sonrisa. Notó también sus ojos cansados y su intento de ahogar un bostezo-¿no durmió?
-Casi no pude despegar la mirada de la ventana. ¿Cree que podamos ver la Torre Eiffel desde aquí?
-Si no se duerme antes, seguro. Y si no se duerme camino al hotel, quizá la veamos más de cerca.
-Podríamos ir un día a conocerla.
-No estamos de vacaciones-le recordó, pero en cuanto Leia le clavó la mirada supo que no podía decir que no-tal vez un día en el que usted duerma bien.
-Mmh, descansaré en el hotel, doctor Solo.
La Torre Eiffel resultó ser un esplendoroso punto metálico desde el cielo que provocó que a Leia le temblara todo el cuerpo: era cómo si sus ojos comenzaran a abrirse de nuevo, cómo si la vida volviera a empezar. Había leído tanto sobre aventuras heroicas y romances que llevaban a sus protagonistas a conocer el mundo que ella había deseado lo mismo desde su más tierna niñez y, de un segundo para otro, parecía estar haciéndose realidad.
El avión se detuvo por completo, pero ella estaba demasiado distraída incluso cuando el único paisaje era la pista de aterrizaje.
-Señorita Organa, ¿va a dormir en el avión?-bromeó su profesor. Leia sonrió y se desperezó ligeramente antes de ponerse de pie. Cada uno tomó su equipaje de mano y bajaron.
El aire fresco de la mañana ayudó a despabilarlos un poco, y Leia dio tímidamente sus primeros pasos en suelo extranjero mientras el suave viento hacia volar el borde de su vestido y algunos mechones sueltos de su trenza a la que el viaje había despeinado.
Un hombre detrás de ellos bajó el resto de sus valijas mientras caminaban al único auto que allí había, con un chofer y un hombre mayor que les sonrió a la distancia con amabilidad.
-Hola, Leia-la saludó con el tono de alguien que ve a un viejo amigo, pero ella no estaba segura de conocerlo.
-Uhm, ¿usted es el señor Rieekan?
-¡Sí!-rió el hombre-claro que no te acuerdas de mí, la última vez que te vi apenas podías caminar sola. Llámame Carlist, por favor; tu padre me ha enviado para ayudarlos en la búsqueda.
Han pensó que el senador debía confiar realmente mucho en este hombre.
-Es un gusto -sonrió la chica y luego señaló a su acompañante-él es el doct…
-Indiana Solo-se adelantó el arqueólogo para estrecharle la mano-un placer.
-Igualmente. Vamos, los llevaré al hotel, deben estar muy cansados.
-Oh sí, la señorita Organa no ha dormido nada en el viaje-la acusó Han, con tono serio pero expresión divertida. Carlist notó la broma y sonrió.
-Bueno, la emoción del primer viaje a Europa es comprensible-asintió, mirando a la joven mientras le sostenía la puerta para que entrara el auto. Han y él la siguieron después y el chofer arrancó.
-Carlist, mi padre dijo que usted trabaja en el Universidad.
-Soy el director de estudios e investigaciones de Ciencias Sociales-explicó, y del interior de su chaqueta sacó unas tarjetas plastificadas para ellos-son sus credenciales, tienen acceso total a la biblioteca y a los archivos del museo, que también pueden serles útiles.
-Será de gran ayuda.
-Y si tienen algún inconveniente yo responderé por ustedes.
-Gracias, Carlist-sonrió Leia. El resto del viaje el hombre mayor les contó sobre su amistad con Bail, charla que dejó bastante de lado al profesor Solo hasta que tocó el hombro de su alumna para llamar su atención-¿qué sucede, señor?
El hombre solo sonrió con un poco de arrogancia y movió la cabeza hacia la ventana; Leia se asomó y sus ojos se abrieron cómo platos al pasar cerca del enorme monumento de metal que atraía las miradas del mundo hacia París: la Torre Eiffel. No encontraba palabras para describir la emoción, pero su profesor supo lo que sentía al verla sonreír.
Indiana nunca estuvo tan agradecido de estar viajando con la hija de un importante senador: el hombre no había escatimado en gastos. Carlist Rieekan los dejó en la puerta de un lujoso hotel, en el cual había reservado en el piso de arriba un departamento con dos espaciosas habitaciones en suite que compartían un living y una cocina, aunque el restaurante del hotel no tuviera mala pinta tampoco.
-Ya no estoy tan descontento de viajar con usted, señorita Organa.
-Eso sonó muy interesado, profesor-replicó ella, caminando por el lugar. Se paró en la ventana de la sala y salió al balcón, desde donde se veía toda la parte céntrica de la ciudad-es hermoso. Jamás pensé que llegaría el día en el que vería este lugar.
Han la vio tan contenta y feliz que se apiadó un poco.
-De acuerdo, vaya a dormir un poco y luego iremos.
-¿Qué?
-Es domingo, podemos aprovechar a pasear. Mañana iremos a la universidad.
-¿En serio?-sonaba eufóricamente incrédula.
-Sí. Descanse un rato y yo aprovecharé para conocer el hotel y desempacar.
-¡Gracias, gracia, gracias!-exclamó Leia, emocionada. Le dio un repentino y fugaz abrazo y, sorprendida por su audacia, se apartó rápidamente avergonzada; lo miró casi pidiendo disculpas y se fue a su habitación, cargando con su maleta.
Han solo pudo pensar en lo bien que se había sentido aquel gesto y cuan maravillosa era esa muchacha.
Casi tres horas después Leia se despertó. Su cabello mojado por el baño que se había dado antes de acostarse ya se había secado y aprovechó para peinarlo en una sencilla corona a los lados de su cabeza que se unía en una delicada trenza atrás; buscó un vestido limpio en su equipaje y se lo colocó junto con sus zapatos marrones. Al salir se encontró con que su profesor no estaba por ningún lado, por lo cual se decidió a ir a buscarlo al lobby.
El botones del hotel le abrió la puerta del ascensor cuando este llegó a la planta baja y la joven salió mirando para los costados hasta dar con el doctor Solo: se encontraba charlando de manera muy amistosa con una de las recepcionistas, apoyado sobre el escritorio y con su encantadora sonrisa de lado. Leia se sintió algo incómoda sin saber porqué y se mantuvo a la distancia con la cabeza gacha, intentando no mirarlos hasta que Han notó su presencia y se acercó a ella con una sonrisa amistosa.
-Ya está lista.
-Sí-respondió, y luego agregó algo más con un forzado tono de broma-¿invitará a su amiga?
-No señorita Organa, el recorrido turístico es solo para usted-dijo él, guiñándole el ojos. Leia estaba empezando a odiar sus encantos por simple razón: hacían efecto-espéreme aquí, enseguida vuelvo.
La chica rodó los ojos y fue a sentarse a uno de los sillones, desde donde podía ver a todos los que entraban y salían del hal; era raro oír tantos idiomas en un mismo lugar y ver personas tan culturalmente diferentes yendo y viniendo: era cómo un boom del mundo frente a su cara. Sacó del morral su diario para registrar la increíble experiencia y tanto se concentró en su escritura que no se dio cuenta del par de ojos color avellana que la observaban entretenidos por la seriedad que ponía en el asunto.
-¿No quiere escribir nada sobre la Torre?-inquirió Han; Leia se sorprendió y se apresuró a guardar su cuaderno antes de dirigirse hacia su profesor, que se había puesto un saco y sombrero que combinaban muy bien. Él le tendió el brazo y la chica hizo un gesto de curiosidad-¿acaso no estoy vestido de manera adecuada para llevar a pasear a la hija de un senador?
Ella tuvo que aguantar la risa y tomó su brazo, aceptando su oferta.
-Se asombrará de saber, señor Solo, que no soy tan superficial cómo usted cree.
Las pintorescas calles de París parecían sacadas de algunos de los tanto cuadros que había visto en museos y libros de escuela, haciendo que Leia se sintiera dentro de uno. El profesor Solo demostró ser un hombre extremadamente culto especialista en objetos antiguos y modernos, dándole clase de cada artefacto que llamaba su atención en la feria callejera por la que paseaban; los aromas, colores y sonidos tan mezclados y maravillosos los rodeaban, y casi que se sentía cómo una película.
-¿Profesor?-inquirió la chica, buscándolo con la mirada y algo de preocupación al perderlo de vista. Cuando se volteó chocó contra su pecho y levantó la cabeza para encontrarse con su encantadora sonrisa y él, con un gesto divertido, le entregó una simple pero preciosa flor violeta.
-Su primer recuerdo de París.
Leia asintió, agradecida, pero frunció el ceño.
-Pero va a marchitarse antes de que volvamos.
-Entonces guárdela dentro de su cuaderno. Se secará, pero seguirá con su aroma y el color de sus pétalos-explicó. Ella se lo pensó y decidió al menos llevarla un rato más entre sus dedos mientras caminaran, cada vez acercándose más a la gigante de metal que se alzaba en el horizonte.
No podía sacar los ojos del paisaje que tenía enfrente y su sonrisa no paraba de crecer, al mismo tiempo que se aferraba más al brazo del señor Solo por la emoción; cruzaron miradas mientras daban los últimos pasos hasta salir a la plaza en la que se encontraba la torre y Han podía sentir la alegría de su alumna cómo un ente con vida propia.
-Aquí estamos, señorita Organa-le susurró al oído. Leia lo soltó y avanzó un poco, dudando de que todo fuera un sueño. ¿Ella en la Torre Eiffel? ¿Acompañada por el profesor más apuesto de toda la universidad? Eso solo pasaba en la ficción-¿tiene una cámara?
-¿Qué?-era una pregunta más que extraña.
-Este momento requiere una foto, ¿no?
Leia asintió con timidez y de su morral sacó una que había comprado en secreto antes del viaje, a pesar de que dudaba de que fuera a tener tiempo para capturar estos momentos. Su profesor la tomó y se preparó para disparar.
-Vuelva a mirar hacia la Torre.
-¿Así?-se movió para darle la espalda y oyó el ruido de la cámara, capturándola con el cuerpo de espaldas y la cabeza hacia un lado, con una suave sonrisa, los ojos cerrados y la Torre de fondo.
-Creo que salió bien-dijo Han-ahora míreme a mí.
Ella le hizo caso y le regaló una enorme sonrisa de pura felicidad, haciéndolo reír con sus expresiones. Un hombre desconocido se acercó a ella y, con una sonrisa bondadosa, empezó a hablarle en francés, lengua que Leia manejaba pero que nunca había practicado con un nativo: le estaba preguntando si no quería que les tomara una juntos. Han se acercó para animarla a decirle que sí y, luego de darle la cámara, la tomó del brazo para llevarla a posar; se quitó el sombrero y exageró su pose, provocándole una pequeña carcajada que quedó capturada para siempre.
-Creo que es la primera vez que disfruto, que vivo París-susurró Han. Se encontraban sentados en el césped de la plaza junto a otros tantos turistas para admirar la majestuosidad de la Ciudad de la Luz, aunque el profesor se sentía más curioso por la vista de su alumna, con sus piernas cruzadas hacia un lado, descubiertas por el vestido de verano y sus ojos inocentes mirando las maravillas de sus alrededores.
-Usted conoce París.
-Siempre ha sido de paso, muy pocos días a encerrarme en bibliotecas para estudiar. Si he salido a caminar no he mirado más de una vez al mismo lugar, salvo al piso quizá.
Leia lo miró, incrédula.
-No puede pasar por aquí e ignorar esta maravilla.
-Ahora tengo la oportunidad de disfrutarlo un poco más-musitó, observándola. La joven se sonrojó y escondió una sonrisa mientras con sutileza guardaba la flor violeta entre las páginas de su diario. En el silencio comenzó a escribir, disfrutando de la compañía, de las vistas, del ligero calor del sol ocultándose y del suave viento de verano. El arqueólogo se dedicó simplemente a seguir mirándola, quizá más de lo debido, pero no podía evitarlo: era hermosa en su simpleza, con su cara de concentración y esmero mientras escribía en su preciado cuaderno; su perfil tapaba parte del atardecer y la luz se filtraba por el contorno de su nariz y mentón, formando una imagen digna de una pintura. Él, divertido, tomó la cámara sin que la joven lo notara y le tomó una foto, sorprendiéndola.
-¿Qué?-cuestionó ante su mirada inquisitiva, sonriendo cómo si lo hubieran atrapado haciendo una travesura-es otro recuerdo de París.
¿Les gustó? Creo que es más largo que los anteriores. El fin de semana que viene me voy de vacaciones a Brasil, a Praia do Rosa, así que no se que tan frecuentes serán las actualizaciones. Si mi papá lleva su computadora (y me deja usarla) tal vez pueda escribir un capítulo; si no tendré que esperar (¡agh!). Muchos besos!
