Bueno, en este capítulo pasa lo que tanto esperé escribir (y que supongo que ustedes estaban esperando leer, o eso quiero creer).
V
Un fuerte golpeteo en la puerta hizo sobresaltar a Leia entre las sábanas. Se restregó los ojos, confundida, hasta que recordó que estaba en París, en verano y con su profesor… ah, por la investigación de los Jedi, nada más que eso.
-Despiértese señorita Organa, que no estamos de vacaciones-exclamó la voz grave del doctor Solo. La joven murmuró un malhumorado "ya voy" y se dispuso a salir de la cama; al abrir la puerta se encontró de cara con él, que se estaba poniendo un saco ya listo para salir a desayunar-¿y esa cara?
-No soy una persona madrugadora.
-No todo el mundo despierta en París.
-Casi nadie lo hace para trabajar.
-Oiga, usted quiso venir. Su padre no me está pagando para que soporte las quejas de su hija adolescente.
Leia lo fulminó con la mirada, y por un segundo Han temió por su vida: esa chica tenía una mirada asesina.
-Lo siento, se me pasará cuando me despabile un poco.
Bajaron para ir al restaurante y Leia no pudo evitar rodar los ojos cuando Han le hizo un guiño y una sonrisa a la recepcionista: parecía un adolescente sobrecargado de hormonas.
-Doctor Solo, no estamos de vacaciones-le recordó con ironía y este solo rió con arrogancia.
-Lo siento, pero mis encantos no se toman recesos.
Tuvo que tomar aire para no darle una bofetada, recordándose que estaba a cargo, que era una autoridad en la universidad en la que estudiaba y que era la última esperanza para encontrar a su hermano. Se preguntó, ya mientras tomaban asiento, si soportaba más al fanático profesor o al atrevido arqueólogo, aunque ninguno de los dos terminaba de cerrarle por completo.
Se sentaron junto a una ventana que daba a los hermosos jardines del hotel y empezaron a comer en silencio sin mirarse. Leia se puso a pensar en lo extraña que era la situación: estaba viajando con un tipo al cual apenas conocía y con el que su personalidad chocaba un poco. No sonaba cómo una buena elección de compañero de viaje y no sabía si lo soportaría durante toda esta aventura, pero trató de convencerse de que era por su (posible) hermano gemelo.
-¿Le comieron la lengua los ratones, señorita Organa?
-No tiene usted tanta suerte, profesor-respondió, ácida, luego de beber un sorbo de café y lo miró un momento antes de preguntar-¿qué haremos en la universidad?
-Tenemos que buscar todo acerca de los…
-¿Los Jedi?
-¡Shh!-advirtió el arqueólogo, severo, y la chica se sorprendió por su reacción-primera regla: no hable fuerte ni explícitamente del motivo de nuestro viaje.
-¿Por qué?
-Estas cosas no son sencillas, y se hermano no debe ser el único buscando esos… artefactos.
-¿Y? No va a decirme que cree que hay espías vigilándonos.
-Se asombraría de lo que son capaces algunas personas-Leia le dirigió una mirada escéptica-solo no lo mencione abiertamente, ¿sí?
-De acuerdo-a Han lo irritó mucho su expresión llena de arrogancia y desmero adolescente-¿alguna regla más que deba tener en cuenta para viajar con usted?
-Más bien, esa era la segunda regla; la primera es más simple: hará todo lo que yo le diga sin discutir.
Leia levantó una ceja con soberbia y desafío; este no era solo su viaje, ella tenía derecho a dar su opinión.
-Usted no es mi profesor aquí y mi padre es quien paga por esto, señor solo-siseó ella, quien detestaba seguir órdenes de gente a la cual no terminaba de soportar; Han Solo, con su actitud coqueta, fuera de la universidad y con un seudónimo secreto bastante ridículo entraba en esa categoría.
-Señorita Organa, yo soy el que sabe cómo se manejan estas cosas. Además fue justamente su padre quien me dijo explícitamente que yo estaba a su cargo y que si no me hacía caso la enviara de vuelta a casa-el hombre sonrió desafiante y se inclinó hacia ella-y créame, no tengo problema en cargarla hasta el aeropuerto y subirla en el primer avión hacia Estados Unidos de ser necesario.
Ella lo fulminó con la mirada y volvieron a caer en uno de esos silencios incómodos.
-¿Por qué tiene un apodo?-preguntó de repente.
-¿Qué?
-¿Por qué se hace llamar "Indiana" en vez de usar su nombre real?
-No siempre es bueno que conozcan su verdadera identidad.
-Pero usa su apellido real.
-Puede haber varias personas con mi apellido.
De nuevo esa mirada incrédula y escéptica.
-¿Y yo necesitaré un nombre en clave también-bromeó.
-¿Qué le parece "princesa"?-Leia se contuvo para no tirarle lo que quedaba en su taza y puso su mejor sonrisa venenosa.
-¿A qué se debe la sugerencia?
-Mmh, no lo se, usted parece ser bastante mandona cuando quiere y caprichosa si no se hace lo que dice-respondió él con un tono de indiferencia-creo que pega bastante con usted.
La universidad era un impresionante edificio de magnífica y antigua arquitectura; sus muros, puertas y ventanales debían tener siglos y siglos, y Leia imaginó cuantos misterios y secretos albergaría la majestuosa construcción. Se sintió insignificante parada junto a la reja de entrada y al ver los parques del campus deseó no tener que pasar las horas siguientes encerrada en la biblioteca.
-¿Ya ha estado aquí, profesor?-inquirió, al ver que se movía cómo si conociera el lugar de memoria.
-Algunas veces, sí, aunque por cómo nos miran dudo que me recuerden.
El guardia que estaba en la puerta de la biblioteca era un joven alto y delgado, unos años mayor que Leia, con el pelo claro y unos ojos muy verdes con los que miró fijamente al profesor, intentando intimidarlo.
-¿Son ustedes de la universidad?-preguntó.
-Estamos autorizados por el profesor Rieekan-respondió Han secamente, mirando al sujeto con desafío: no le gustaba para nada que lo cuestionaran. El hombre asintió y se hizo a un lado con actitud hosca mientras el doctor pasaba.
-Buenos días-saludó Leia con una sonrisa amable y el muchacho le devolvió el gesto, al mismo tiempo que se quitaba brevemente el sombrero.
-Buen día, señorita.
Descubrió que el guardia tenía una sonrisa simple pero bonita, además de que era mucho más amable de lo que había aparentado (aunque la actitud de su profesor no había sido de ayuda, eso era seguro).
Enormes estanterías se alzaban en la biblioteca, formando laberínticos pasillos llenos de libros de todos los tamaños y edad, y de repente Leia se sintió cómo un minúsculo grano de arena, no solo por el tamaño físico, sino también por todo lo que representaba ese lugar: historia, mucha historia guardada en cada libro. Siglos, milenios, todo allí frente a ella.
Quizá se había quedado demasiado tiempo filosofando, porque cuando buscó al señor Solo con la mirada lo vio ya lejos hablando con la bibliotecaria que, para variar, tenía la mirada embobada en su profesor y en su galante sonrisa. Cruzó un par de palabras más con la mujer y la miró desde la distancia para indicarle con un gesto que lo siguiera por los pasillos.
-¿Usando sus encantos para sacar información, doctor?
-Solo pregunté donde buscar-sonrió-que se haya quedado prendada con esta belleza, es otro tema.
El hombre no podía tener el ego más alto.
El pasillo en el que se detuvieron era quizá el más alejado de la entrada y, por el polvo sobre los volúmenes, dedujo que no era la parte más concurrida.
-¿Qué es todo esto?
-Sectas y religiones antiguas-informó el profesor-o cómo prefiero llamarlas yo, "mitologías sin sentido".
Empezó a leer los lomos de los tomos, buscando y sacando algunos en particular mientras su alumna lo seguía, curiosa.
-¿No cree en Dios, señor?
-He viajado y visto mucho, señorita Organa, pero nada me ha hecho creer que una fuerza superior controle mi destino-respondió, tomando un enorme y pesado libro para dárselo. La joven leyó en la tapa "Orígenes de las sectas"-empiece buscando en ese para ver si encuentra algo del inicio de los Jedi mientras busco más libros.
-¿Por qué no nos enfocamos directamente en donde pueden estar sus templos o ruinas? Investigar sobre sus orígenes me parece una perdida de tiempo-dijo Leia, mientras apoyaba el libro en la solitaria mesa de estudio que había cerca. Su profesor se volteó a mirarla con severidad.
-Repita la primera regla-le ordenó, sin mirarla.
-Haré todo lo que usted diga sin discutir-bufó.
-Bueno, hágalo. Además estamos haciendo Arqueología, por lo cual tenemos que conocer todo acerca de nuestro objetivo. Para ir en su búsqueda, debemos reconstruir toda su cultura.
Su tono de voz no daba lugar a discusión, por lo que la chica no ser permitió replicar.
"Es por Luke, es por Luke".
Leia tenía que repetir esa frase en su cabeza cómo si se tratara de un mantra para poder aguantar al profesor/ arqueólogo/ aventurero/ galán Han "Indiana" Solo. Las mañanas, tardes y, a veces, el inicio de la noche los pasaban encerrados en la maldita biblioteca, leyendo y tomando anotaciones sobre los Jedi, un antiguo poder místico llamado "la Fuerza" y todas sus costumbres, pero para el obsesivo investigador nunca parecía ser suficiente conocimiento. El cansancio, sumado al aburrimiento, la inquietud y a las -por alguna razón molestas- actitudes coquetas de Han hacia cualquier ser humano del sexo opuesto que no fuera su alumna eran un cóctel que desembocaba en constantes peleas y largas horas sin siquiera cruzar miradas; ya de por sí sus personalidades eran bastante chocantes, así que nada de todo eso ayudaba.
Tal fue así que, al cuarto o quinto día de seguir con esa rutina, Leia salió cómo un terremoto de la biblioteca al mediodía, decidida a alejarse de unos momentos del arqueólogo y buscar algo para comer que aliviara un poco su malhumor; tan empecinado era su paso que se chocó contra alguien al salir, haciendo que unos cuantos papeles que llevaba en las manos volaran por los aires. Se agachó a recogerlos y, al levantar la vista, se encontró con los ojos verdes y la bonita sonrisa del guardia de seguridad, que la estaba ayudando.
-Gracias-dijo Leia, mientras se ponía de pie-siento el choque.
-Descuide, señorita…
-Organa-se apresuró a responder, tendiendole la mano-Leia Organa.
-Kier Domadi.
-Es un gusto.
-¿Puedo preguntar a que se debe su desesperación por salir?-inquirió casi en chiste.
-Oh, ¿era tan obvio?-sonrió ella-digamos que mi profesor y yo no somos precisamente dos personas que congenien muy bien, así que es esto o darle una cachetada. Además es una buena excusa para salir a comer algo.
-Tal vez pueda acompañarla, también estoy en un receso para almorzar-sugirió Kier, muy educadamente-solo si usted quiere, por supuesto.
Leia se lo pensó un segundo y conjeturó que mal no le haría hablar con otra persona que no fuera su insoportable maestro.
-Me encantaría.
Momentos después, concluyó que había sido una excelente idea: Kier la llevó a un pintoresco lugar para almorzar donde charlaron mucho sobre sus vidas y de que estaban haciendo en París (y se las arregló bastante bien para no revelar nada acerca de sus motivos verdaderos). Él, por su lado, le contó que era estadounidense pero estudiaba Historia en Francia porque le apasionaba el viejo continente y durante las vacaciones trabajaba de guardia para pagar su alojamiento ya que no tenía intenciones de regresar a América.
Después de haber comido, el joven se ofreció a mostrarle los jardines en el tiempo que les quedaba antes de que él tuviera que volver a su puesto. Fue muy agradable observar los hermosos paisajes mientras que casi en su oído la suave voz de Kier, llena de conocimiento y fascinación por el asunto, relataba hechos sobre la hermosa ciudad francesa. Cuando llegaron de nuevo a la puerta de la biblioteca desenredaron sus brazos (que habían mantenido así durante todo el paseo) y se ofrecieron una última sonrisa antes de que Leia entrara y se encontrara a los pocos pasos con su profesor, que la observaba fijamente desde una de las amplias mesas. Ella lo ignoró, negándose a que eso le arruinara el buen momento que había pasado, y se sentó enfrente para retomar la lectura en donde la había dejado.
-¿Tengo que repetirle que no estamos de vacaciones, señorita Organa?-espetó el hombre, y ella le clavó una mirada que podría haber congelado el infierno.
-Usted no predica con el ejemplo cada vez que coquetea con la bibliotecaria, señor Solo.
Y Han Solo no supo que responder; por primera vez una mujer lo dejaba sin palabras.
A la rutina de todos los días, Leia le sumó un break a media tarde donde se sentaba con Kier a leer sobre el césped, luego de haber descubierto que compartían gusto por varios autores; tenía que soportar las enojadas mirada del doctor Solo , pero valían la pena porque se la pasaba genial. Y además él no dejaba de coquetear con cuanta mujer se le cruzara.
A pesar de los roces, la investigación había progresado de forma excelente y diez días después ya habían logrado reunir toda la información necesaria para seguirle el rastro a Luke Skywalker y a su maestro. El siguiente paso ya estaba armado y al día siguiente por la tarde partirían hacia Malasia a meterse de lleno en la aventura; el arqueólogo ya se había encargado de contactarse con un conocido para armar la expedición, así que solo faltaban ellos.
La emoción, sin embargo, no pudo con la decepción de Leia al no encontrarse ese día con Kier para despedirse: no lo vio al llegar ni por la tarde, así que supuso que quizá ese día se lo había tomado libre. La noche caía y la encontró en un solitario pasillo, devolviendo los libros a su lugar y rememorando todo lo que había aprendido de cada uno al repasar los títulos, y pensó que quizá no había sido tan mala la idea del profesor Solo de obligarla a leerlos.
-¿Leia?-susurró una voz detrás de ella. Kier la miraba sonriente y con una leve inclinación de cabeza a modo de saludo.
-Kier, es bueno verte.
-Siento no haberte avisado, pero hoy tenía la mañana ocupada y me pedí libre el día.
-Descuida, lo importante es poder verte aunque sea un momento para poder despedirnos-murmuró ella con algo de pesar-verás, me voy mañana.
-Oh, vaya-parecía igual de desilusionado, o más-de haber sabido hubiera venido de todas maneras.
-No te preocupes, pasamos mucho tiempo juntos. De verdad lo disfruté.
-Yo también-contestó él y observó los pesados libros que Leia cargaba-¿necesitas ayuda con eso?
La chica aceptó la oferta y terminaron de acomodarlos muy rápido, y agradeció la altura de Kier que le ahorró la vergüenza de tener que rebuscársela de manera ridícula para alcanzar los estantes más altos. Al final, se encontró de espaldas a la estantería y con su acompañante muy cerca de ella, mirándola con suavidad y ternura.
-¿No hay forma de que puedas quedarte?-preguntó él, inclinándose un poco más.
-Lo dudo-respondió, acercándose con algo de timidez, sabiendo cómo seguiría esto-aunque me gustaría. Fue un gusto conocerte.
-Sí.
Sus labios estaban a centímetros de distancia y ambos cerraron los ojos, esperando el beso.
-¿Señorita Organa?-una voz masculina los interrumpió, haciendo que se sobresaltaran.
-¡Señor Solo!-exclamó Leia, sonrojada hasta la punta de la nariz.
-Ya nos íbamos-siseó el hombre sin dejar de mirarlos. Ella asintió y se inclinó hacia arriba para besar la mejilla de Kier.
-Fue un gusto conocerte.
-Igualmente-sonrió él.
Leia, aún con las mejillas coloradas, fue hasta su profesor y comenzó a seguirlo en silencio, mirando el piso avergonzada a pesar de que no sentía haber hecho algo malo. Cuando por fin salieron, y el aire fresco alivió la tensión del ambiente, él se volteó mientras le apuntaba con el dedo índice en lo que la chica ya reconocía cómo su gesto de enojo.
-Pensé que había dejado bien en claro que no estamos de vacaciones aquí, por lo cual no me parece correcto que utilice el tiempo destinado a nuestra investigación para ir a besuquearse por ahí con un mocoso.
-¿Pero usted sí puede sentarse a coquetear con la bibliotecaria o con las recepcionistas del hotel? Es exactamente lo mismo profesor, y yo no se lo recrimino. Además en ningún momento mis encuentros con Kier interrumpieron nuestro trabajo, que logramos terminar antes de lo estipulado.
El hombre abrió la boca para responder a la insolencia de su alumna, pero se paró en seco y sus ojos comenzaron a moverse en todas las direcciones.
-Nos están siguiendo.
-¿Qué..?-no le dio tiempo a preguntar nada porque la tomó de la muñeca para obligarla a caminar detrás de él, ignorando las protestas de la joven y apurado por salir de ahí cuanto antes. La arrastró de la mano por calles estrechas y desoladas, tratando de evadir a sus persecutores tomando un camino largo y diferente para llegar al hotel; cuando estuvo seguro de haberlos despistado aflojó la marcha, pero olvidó (o quizá su mente así no lo quiso) soltar la mano de Leia, quien poco tardó en reaccionar y soltarse con brusquedad.
-¿Qué clase de circo es este, profesor?
-Cierre la boca y siga caminando cómo si nada, sígame la corriente.
-No lo haré hasta que me explique que demonios…
Indiana vio que alguien se movía en la oscuridad y se alarmó.
-¡Cállese y camine, señorita Organa!
-¡No pienso moverme! ¿Está usted loco? ¡No había nadie vigilandonos en la universidad! ¡A nadie podría interesarle nuestra investigación sobre los J..!
Tal vez fue drástico, casi hasta dramático y muy de película, pero viendo que Leia no dejaría de gritar no se le ocurrió nada más que tomar su cara entre sus manos y besarla. Y fue increíble: en vez de recibir una cachetada por semejante osadía solo la oyó suspirar contra su boca y responderle el beso (mejor, tenía que verse real después de todo). La suave piel de sus mejillas se sentía increíble bajo las yemas de sus dedos y todo el resto pareció ser nada en comparación con la joven.
-Creo que… ya se fueron-murmuró, mirándola a los ojos cuando se separaron. La timidez destellaba en sus facciones iluminadas por la luz de la luna, haciéndola aún más hermosa.
Leia temblaba de pies a cabeza y rogó porque su profesor no lo notase. La adrenalina burbujeaba en su sangre, quien sabe si por el hecho de estar en medio de una persecución o por el beso que no sabía que tanto había deseado, pero solo la tentó a dar un paso más fuera de toda razón.
-No, ahí hay otro-mintió cómo nunca en su vida y, antes de que el doctor Solo tuviera tiempo de voltearse a comprobar, le plantó un beso que fue gustosamente correspondido. Al separarse ella desvió la mirada, avergonzada-creo que ya se fue.
El tono suave con el que Han le habló la tranquilizó un poco.
-Sí, creo que sí-sus miradas volvieron a cruzarse-debemos volver.
Asintió y empezaron a caminar en silencio, inmersos en sus pensamientos.
Se había ido a la cama apenas llegaron sin querer cenar, alegando que no tenía hambre (lo cual no era mentira), pero durante horas se revolvió entre las sábanas sin conseguir pegar un ojo. Esperanzada con bajar las revoluciones, fue hasta el balcón a tomar aire.
El cálido viento movía el borde de su corto camisón, apenas cubierto por una delgada bata a juego; los mechones sueltos bailaban sobre sus mejillas, al igual que los sentimientos dentro de su cabeza: desde un principio se había encontrado atractivo al profesor Solo, pero no hubiera querido que llegara tan lejos porque terminaría sintiendo cosas por un hombre que parecía no sentir nada por nadie.
-¿Usted tampoco puede dormir?-la sorprendió una voz que la hizo saltar y la obligó a forzar una sonrisa.
-No señor-respondió cómo si le hubiera hecho una pregunta en clase. El silencio nocturno los rodeó, hasta que Leia se animó a hablar-esos sujetos, profesor…
-¿Sí?
-¿De verdad estaban espiándonos?
-Vi al mismo sujeto, en el mismo lugar y a la misma hora varios días seguidos. Razones suficientes para sospechar, más cuando empezó a seguirnos-explicó.
-No me dijo nada.
-No quería preocuparla.
Leia asintió silenciosamente.
-¿Van a lastimarnos?-de pronto no era la joven confrontativa con la que Han había estado conviviendo en París, si no una adolescente temerosa que no sabía a lo que se enfrentaba; él le sonrió, intentando disipar sus miedos.
-Puede ser una coincidencia, pero tendremos que estar alerta. Dudo que alguien sepa hacia donde nos dirigimos.
-Señor, yo le conté a Kier que nos íbamos mañana-musitó ella, preocupada.
-¿Le mencionó nuestro destino?-Leia negó con la cabeza-entonces no se preocupe. A menos que hayan visto nuestros planos, dudo que sepan hacia donde vamos porque las ubicaciones no son exactas, y esto de los Jedi no es una leyenda muy popular-conjeturó Han, y giró la cabeza para mirarla cómo no lo había hecho nunca: no cómo su alumna o una chiquilla malcriada, si no cómo a cualquier persona adulta. Su voz fue clara y muy sincera.
-Si llegaran a querer lastimarnos, voy a protegerla. No dejaré que nada le suceda.
Leia le sonrió con confianza y Han Solo pensó que la noche parecía más brillante.
-Gracias señor. Le diré que yo también haré lo mismo en caso de que lo necesite-ambos compartieron una leve risa que se fue con el viento, quedando así en un silencio algo incómodo mientras observaban las luces de París en la oscuridad.
-Tengo una duda, señorita Organa-habló el profesor, con picardía en su voz.
-¿Sí?
-¿De verdad vio a otro hombre seguirnos?-Leia se volteó a mirarlo, avergonzada, para quedar frente a él y encontrarse con que estaban mucho más cerca de lo que había imaginado.
-Señor, yo…-las palabras se extinguieron cuando lo vio inclinarse hacia ella.
-Tendría que haberle dado las gracias al sujeto, porque me ahorró tener que buscar una excusa para volver a besarla-explicó, antes de cerrar la distancia entre ellos.
Fue tímido al principio, casi cómo si le pidiera permiso, pero cuando la joven respondió la pegó contra su cuerpo, abrazándola por la cintura, y lo dejó acceder a su boca donde sus lenguas chocaron con una pasión que Han no sabía que sentía por su alumna.
Se sentía mareada, tal vez por la falta de oxígeno o por el hecho de que nunca había sido besada así, con tan excitante ferocidad. Las enormes manos del profesor Solo se sentían increíbles en la parte baja de su espalda, y en su estómago empezó a surgir un calor producto del deseo que provocaba este hombre en ella. Se apartó un segundo para poder respirar, y Han aprovechó la interrupción para besarle el cuello con la misma intensidad; no solo su cuerpo respondió ante esas acciones, sino también su corazón: estaba enamorándose de cada parte de este hombre, de su tacto, su aspecto y de su conocimiento; de su actitud intrépida y de su pasión. Se estaba enamorando de un hombre que no se enamoraba; un hombre cuya lista de conquistas seguro era larguísima. En el segundo que recobró algo de racionalidad, Leia se dijo que no podía entregarse a un hombre que se olvidaría de ella apenas dejaran de verse, no quería que fuese así. La idea le causaba tristeza, porque una parte de ella quería esto, pero su cabeza le ordenó apartarse y, avergonzada, levantó la vista para encontrarse con una mirada color avellana muy desconcertada.
-Lo siento señor, no puedo hacerlo-susurró antes de salir rápidamente hacia su habitación.
Ambos siguieron sin poder dormir.
¿Y? ¿Qué les parecieron los besos? Quiero que comenten a ver que piensan, porque no estoy del todo convencida de que hayan quedado del todo bien.
Estos primeros capítulos fueron bastante… tranquilos, pero ya los próximos tendrán más aventura (aunque no dejaran tener ese toque fluffy de Han y Leia). Los leo!
Casi olvido aclarar: Kier Domadi aparece en la novela de Claudia Gray "Leia: Princesa de Alderaan"; si no la leyeron, háganlo porque esta genial.
