Y acá nos encontramos con Chewie y el Halcón...


VI

A la mañana siguiente Leia despertó apenas asomó el sol, pero intentó retrasar al máximo su salida de la habitación: tendió su cama, dobló meticulosamente la poca ropa que había llevado y ordenó prolijamente todas sus cosas en la maleta. Cuando no le quedó más que hacer se tiró en el piso a leer lo que había escrito en su cuaderno durante su estancia en París: notas sobre los maravillosos lugares y paisajes que había disfrutado en los pocos momentos libres que había tenido, sus charlas con Kier, los pensamientos de anhelo que cruzaban su cabeza en relación a este perdido y misterioso hermano y las bastante frecuentes peleas con su profesor. En esas páginas encontró también la flor que le había dado en su primer día en París, ya marchita y seca pero con el mismo aroma, y los eventos de la noche anterior volvieron a su mente para generar más confusión: ¿él habría querido seducirla desde un principio? ¿Le divertía la idea de jugar con una adolescente inexperimentada acaso?

Los pasos detrás de la puerta la sacaron de sus pensamientos.

-Señorita Organa, ¿está despierta?-preguntó Han Solo, golpeando. De acuerdo, hora de enfrentarlo.

-Buenos días, señor-lo saludó al abrir, encontrándose con él cara a cara.

-¿Lista para bajar a desayunar?

-Sí.

-Hasta parece ya lista para irse-observó.

-No tenía mucho que empacar-murmuró, indiferente-¿vamos?

Leia sabía que quizá sonaba cómo una acelerada y que tratar de apurarse para irse no tenía sentido teniendo en cuenta que todavía faltaban vivir unas cuantas semanas más junto a él. Juntos bajaron al comedor sin cruzar palabra, pero la joven no pudo dejar de notar cómo su profesor no le dedicaba ni siquiera una mirada a las recepcionistas que lo observaban coquetas, y tampoco se negó a sí misma que eso no le disgustaba.

-Aproveche el desayuno, porque en las próximas semanas no creo que podamos darnos estos lujos-bromeó el arqueólogo cuando se sentaron, intentando romper el silencio. Leia sonrió tímidamente, apenas si levantó los ojos para mirarlo, y Han comprendió que había algo pendiente entre ellos-señorita Organa, respecto a lo de anoche, yo de verdad lo siento si la hice sentir incómoda, no era mi intención.

-No se preocupe, señor, yo quizá me deje llevar cuando en realidad no estaba lista para eso-el tinte en sus mejillas lo hicieron caer en cuenta de cuán inocente era su estudiante, muy distinta a la mayoría de las mujeres de las que se había visto rodeado; al contrario de lo que podría pensarse, ese hecho hacia que le gustase todavía más su alumna porque nos se parecía a nadie que hubiera conocido antes-solo dejémoslo a un lado, ¿sí? No queremos que interfiera en nuestro trabajo.

La seriedad y la formalidad teñían sus palabras, pero estaba en lo cierto. Además, no importaba cuán bonita y especial le pareciera esta chica, él no tenía tiempo para romances novelescos del tipo "profesor- alumna": cuanto antes se terminara esta locura, mejor estarían los dos.

-Por supuesto que no-respondió el hombre antes de beber un trago de café.


Leia cayó dormida apenas despegaron hacia Kuala Lumpur, la capital de Malasia, donde según las más estimadas aproximaciones que habían conseguido calcular se encontraba uno de los antiguos templos de los Jedi. Han observó a su alumna dormir tan pacíficamente y la envidió de que pudiera relajarse así, porque su cabeza no dejaba de repasar los sucesos de la noche anterior: tocarla a través de la fina tela de su pijama, sus bocas batallando en un ardiente beso, aquellos rojos y carnosos labios...

Se volteó a mirarla, su perfil perfecto contra la luz de la ventana, suspirando en un tranquilo dormitar; era tan bonita en tantos sentidos y no se cansaba de notarlo, hasta el punto de asustarlo porque era algo que jamás le había sucedido con nadie (¡y lo último que necesitaba era que fuera por una alumna!). Por enésima vez intentó ignorar las suaves respiraciones que emitía la chica, que cómo todo en ella parecía ser perfecto y adorable, e intentó concentrarse en leer los textos y documentos sobre el siguiente gran misterio: los Jedi y sus Cristales Kyber.

Indiana Solo había leído y conocido mucho sobre distintas y extrañas culturas, pero lo de estos sujetos era desquiciado: no creían en deidades ni en profetas, solo creían en "la Fuerza". ¿Y qué era "la Fuerza"? Una energía mística que se desprendía de cada ser viviente, creando un campo que controlaba y guiaba el destino de la vida. Estos "fanáticos" (por no decir locos) se consideraban sensibles a dicha energía y capaces de controlarla en cierta medida, pasándose toda su vida aferrándose al "lado de la Luz", usándola para el bien y para mantener el equilibrio contra quienes consideraban sus enemigos, los Sith, una secta que usaba este poder para el mal.

Han no le veía ni pies ni cabeza a toda esa secta: ¿qué clase de energía controlaría SU destino? ¡Ninguna! Además estos chiflados se creían guerreros místicos y utilizaban estos misteriosos cristales para construir sables mientras vivían en comunidades lejos del resto del mundo y de las tentaciones mundanas. ¡Parecía sacado de un cuento fantástico!

Era imposible esperar que alguien creyera tanta sarta de estupideces, pero al parecer el hermano de Leia Organa y un tal Obi Wan Kenobi (solo un loco podría llamarse así) lo hacían y así habían terminado metidos en este embrollo; solo esperaba que no fueran a tratar de convencerlo de unirse, porque los empujaría por el primer acantilado por el que pasaran.

Lo que más le preocupaba de esta búsqueda era que de los templos solo había ubicaciones muy relativas, porque no había registros concretos en ninguno de los archivos que de investigaciones previas: los Jedi y los Cristales Kyber eran un misterio con todas las letras, tan increíble pero menos conocido que la Atlántida o el Dorado y, a pesar de que fuera un tanto loco, le picaban las manos de solo pensar que tal vez él podría llegar a resolverlo.

-¿Falta mucho?-inquirió una tenue voz a su lado. Leia tenía los ojos entrecerrados mientras movía un poco los hombros y suspiraba un somnoliento "mmh".

-No-sus ojos se abrieron por completo y le dedicó una pequeña sonrisa antes de girarse hacia la ventana.

-Es precioso-la oyó decir y él se asomó junto a ella: desde el cielo se veían enormes pedazos de tierra completamente verde, en contraste con un cristalino y azul mar que daba ganas de zambullirse allí. Se ve que la joven pensó en eso, porque se volteó a mirarlo con los ojos bien abiertos y expectantes.

-Señorita Organa, le dije desde que salimos de América que no éramos turistas-costaba mucho decirle que no a esa mirada-no pida tanto que quizá en un par de días con suerte podamos darnos un baño en algún río. Espero que ya se haya olvidado de los lujos de París.

-Es esto lo que anhelé toda mi vida-respondió Leia, convencida-una aventura.

-Muchos piden eso, pero pocos soportan dormir en tiendas mugrosas, picados por insectos y en constante peligro de muerte-bromeó Han con ironía.

-Cuando vive toda una vida casi encerrada, señor, lo único que se quiere es salir.

-No tendría que quejarse de algo que mucha gente hubiera querido tener, cómo una familia que se preocupe por usted-no pudo evitar agregar un tono personal a su voz y algo de molestia: esta niña protestaba contra el amor y la atención de un padre, de los cuales había sido testigo las pocas veces que los vio interactuar. Los ojos del senador Organa siempre parecían brillar de amor por su hija y ella aparentemente no lo apreciaba cómo se debía.

-Soy adoptada, señor Solo, y nunca podré agradecerle lo suficiente a mis padres por haberme acogido en su familia-respondió Leia con firmeza, sin saber desde cuando confiaba tanto en este hombre que a veces parecía un extraño-supongo que cuando me enteré comprendí porque me protegían tanto, pero siento que me perdí de mucho cuando oigo a los chicos de mi edad hablar de cosas tan divertidas que jamás me dejaron hacer; se que debo parecerle una mocosa malcriada, señor Solo, pero siento que no he podido ver nada del mundo, que me encerraron en una burbuja. Hasta ahora.

Bajó la cabeza cuando se calló, cómo si esperara una réplica o el inicio de una discusión, pero Han la miró con compasión mientras recordaba la cantidad de aventuras que lo habían acompañado en su infancia y adolescencia, y que tan feliz lo habían hecho esas experiencias.

-Yo no creo que sea una "mocosa malcriada"...

-Lo pensó, más de una vez.

-Bueno, quizá cuando fue a reclamar por ese 7-ambos rieron al recordarlo-pero fuera de broma, usted no es nada de eso. Y tengo que admitir, señorita Organa, que cada día me tapa más la boca.

Leia sonrió con suficiencia, complacida.

-No me olvidaré que dijo eso, señor Solo. Creo que hasta se merece una mención en mi diario.


Apenas pusieron un pie en tierra Leia sintió que ya no se encontraba con el profesor Han Solo, sino con el intrépido Indiana Solo: con sombrero, borcegos, pantalones de campo, camisa abierta color caqui y sin lentes se parecía más a un aventurero trotamundos que a un doctor en Arqueología y, siendo muy sincera consigo misma, la adolescente tenía que admitir que ambas versiones del hombre eran bastante atractivas.

-Entonces, profesor-habló mientras un destartalado taxi los llevaba al lugar donde deberían encontrarse con el contacto de Han en Malasia-¿a partir de ahora debo llamarlo Indiana?

-Señor Solo o profesor estará bien, señorita Organa-respondió él, haciéndola rodar los ojos.

-No lo se, así vestido no parece un profesor de la universidad.

Han sonrió de costado, divertido por el juego que estaban llevando y se permitió observar que su alumna también se había cambiado durante el viaje: sus clásicos vestidos habían sido reemplazados por una camisa de jean azul claro y unos shorts de tela gruesa color marrón que dejaban al descubierto sus delgadas y blancas piernas; ya no llevaba zapatos del estilo Mary Jane si no botas acordonadas y su pelo estaba sujeto en dos firmes trenzas, dándole un aire de libertad y aventura que solo la hacía verse más deseable. La vista hizo que se le secara la boca por un momento.

-Usted no parece una alumna de la universidad tampoco-recriminó, bromista, mientras la chica se sonrojaba al notar cómo la había mirado.

-Entonces tendrá que darme un apodo, o llamarme por mi nombre al menos-era casi un pedido más que una sugerencia. Han la miró, pensándolo con una expresión divertida.

-De acuerdo, la dejo llamarme Indiana y yo la llamo por su nombre. Pero solo entre nosotros y porque no estamos en la universidad.

Leia se encogió de hombros.

-Funciona para mí-sonrió.

El coche se detuvo en un pequeño aeropuerto que parecía abandonado, o eso notó Leia al ver el frente mientras su profesor arreglaba el precio en una extraña lengua nacida de la mezcla del idioma local con el suyo. Finalmente se bajaron y el vehículo los dejó solos con sus maletas en aquel extraño lugar; la chica dudaba que de esos abandonados galpones pudiera salir un avión en buen estado.

-No sabía que podías hablar tantos idiomas-le mencionó a Indiana mientras caminaban hacia uno de los hangares.

-Digamos que tengo mundo.

-Y eres quien dice que la Arqueología se hace en el aula-se burló Leia; la miró sorprendido de que alguien tan joven pudiera tener una lengua tan filosa, sobre todo con una figura de autoridad, pero recordó que él había accedido a dejar las formalidades de lado.

-Puedo enviarte de nuevo a Estados Unidos sí quiero.

-Lo siento-no se notaba ni en el tono ni en su mirada traviesa, pero lo dejó pasar.

Llegaron a la enorme entrada sobre la cual estaba pintado un enorme 4; con la escasa luz que entraba, tuvieron que adentrarse bastante hasta conseguir dar con lo que parecía que en días mejores había sido un avión y ahora se veía cómo una enorme bestia de chatarra con alas desvencijadas y viejas turbinas bajo ellas. Leia pensó que su profesor tendría la misma cara de espanto que ella, pero el hombre no parecía poder con su alegría.

-¡Chewie, viejo amigo!-gritó a todo pulmón, haciendo que la joven pensara que se había vuelto demente.

Desde adentro del avión, se oyó un grito igual de feliz y por la puerta de la aeronave saltó el hombre más alto que Leia vio en su vida: el sujeto debía medir más de dos metros, era ancho de espaldas y muy fornido, con una barba muy larga que casi ocultaba toda su cara. Sus brazos exageradamente largos se extendieron para abrazar a Han en un afectuoso recibimiento, mientras murmuraba cosas con un extraño acento que hacía sus palabras inentendibles para la chica.

-¡Ya, ya! ¡Yo también te extrañe, compañero!-exclamaba el arqueólogo. Chewie finalmente lo puso en el suelo y la miró a ella desde arriba con una sonrisa casi tímida, pareciendo un osito de peluche a pesar de su monstruoso tamaño-Leia, él es Chewbacca; Chewie, ella es Leia, mi alumna.

-Hola, pequeña-consiguió entender, mientras se acercaba y le daba un también cariñoso abrazo.

-Es un gusto-respondió, algo mareada por la sacudida.

-Oh, el gusto es mío siempre que conozco a un amigo de Han-dijo él-¿listos para partir?

-Claro-sonrió Leia-¿cuál es nuestro avión?

Han y Chewie se miraron con un gesto cómplice.

-Leia, vas a tener el honor de viajar en el Halcón Milenario.


Estaba bastante segura de que si su padre la viera en ese momento la arrastraría de nuevo a la seguridad de su habitación para no dejarla salir más, y tendría que darle la razón: estar sentada en el Halcón Milenario ("¡la mejor y más rápida aeronave de toda Asia!" había afirmado Indiana Solo) era probablemente el peligro más grande al que se había expuesto en toda su vida. No entendía cómo es que la chatarra podía mantenerse unida y empezó a rezar todas las oraciones que recordaba pidiendo que los motores funcionaran durante todo el vuelo, luego de notar cuanto costó que arrancara para sacarlo del hangar. Lo único que le quedaba era aferrarse a la esperanza para que no cayeran al medio del océano.

-¿Abrochaste tu cinturón?-gritó Han desde la cabina.

-Sí-consiguió responder.

Oyó el sonido de botones, palancas y cosas dentro del armazón moviéndose; sintió junto a ella el temblor y sonido de las turbinas encendiéndose con algunas irregularidades y sonidos raros, pero encendiéndose al fin. El avión empezó a moverse lentamente y Leia se agarró de los apoyabrazos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos mientras sentía cómo aceleraban para el despegue. Sus nervios no daban abasto a medida que la velocidad aumentaba más y más, hasta que luego de un pequeño y algo brusco bache empezó a notar cómo ascendían y sintió que el alma le volvía al cuerpo. Un suspiro de alivio salió de su boca y su corazón volvió a latir a un ritmo normal mientras la aeronave se estabilizaba en el aire.

Ya más tranquila pudo animarse a mirar por la ventana, algo que disfrutaba mucho en estos viajes que estaban haciendo: le transmitía paz y una hermosa sensación de libertad que la hacían sentir plenamente feliz. Buscó su cámara para tomar una foto de la vista que, aunque no saldría muy nítida, sería un bonito recuerdo.

-No tendremos tiempo para fotos por unos días-dijo su profesor, sacándola de su ensueño, mientras salía de la cabina; con una sonrisa fue a sentarse junto a ella, mientras la miraba con curiosidad-ya puedes desabrocharte el cinturón.

Leia lo miró sin confiar en lo que decía.

-¿Es una broma? ¿Viste lo que es este cacharro?

-Oye, oye el Halcón va a llevarte adonde necesites, cariño. ¿Estamos o no en el aire?

-¿Cariño?

Han cayó en lo que había dicho y por primera vez en todo el viaje se sonrojó; Leia no pudo contener la risa.

-Se que no parece mucho, pero esta nave me ha llevado a las mejores aventuras de mi vida-contó con algo de nostalgia, quitándose el sombrero y dejándolo a un lado. La mirada de interés de su alumna le indicó que tenía que seguir hablando-tiene un par de años, pero yo mismo me he encargado de hacerle unas cuantas modificaciones para que funcione a la perfección.

-¿Y ese pequeño bache antes de despegar?

-Detalles. Chewie la mantiene siempre a punto.

-¿Es de él?

-De los dos, pero la usa durante el año para trasladar bienes a pequeñas comunidades aborígenes que los necesitan y que si no fueran por él no llegarían. Yo solo lo acompaño durante el verano.

-¿De veras haces eso?-preguntó Leia con los ojos llenos de admiración. Han se sintió de repente muy bien en causar eso.

-Sí, si no tengo ningún "encargo"-ambos entendían el código-son unas buenas vacaciones con mi amigo mientras ayudamos a quien lo necesita, es un buen trato.

-Pareces ser muy cercano a Che…-le costaba todavía pronunciar el nombre.

-Chewie. Su nombre es Chewbacca, algo extraño lo se.

-¿Es de aquí?

-Su madre era malasia, pero nació y vivió toda su niñez y adolescencia en Londres.

-¿Lo conociste allí?

-No, aquí, en uno de mis primeros viajes a Asia. Su esposa y su hijo son malasios y viven en una aldea cercana, pero Chewie pasa mucho tiempo fuera de su casa haciendo estas entregas-explicó-nos conocimos cuando me enviaron a seguirle la pista a un antiguo talismán de una extinta tribu tailandesa. Nos encontramos en el avión de un tipo al que nos estaba llevando al sur del país, yo para ir a hacer la búsqueda y él para entregar una encomienda; en el camino nos cruzamos con unos ladrones que quisieron robar su carga y, bueno, dice que le salvé la vida, pero creo que es exagerado. Chewbacca juró que me protegería siempre que pudiera, es una especie de deuda de vida que tiene la cultura que heredó de su madre, así que hicimos el resto del viaje juntos: conseguimos hacer la entrega y luego me acompañó a buscar el talismán. En el camino se nos presentó la oportunidad de comprar el Halcón, que le vendría muy bien a Chewie, así que lo hicimos, lo reparamos y volvimos a Malasia, donde conocí a su familia antes de volver a Estados Unidos.

Se volteó a mirarla, satisfecho de haber rememorado tan buenos recuerdos. Leia tenía la mirada de una niña pequeña a la que acaban de contarle un cuento maravilloso y le encantó haber provocado eso.

-¿Conseguiste el talismán?-preguntó, curiosa.

-Sí, está en el museo de la universidad. Muchas cosas del museo las rescaté yo-murmuró antes de ponerse un poco pensativo-sin embargo, a veces los objetos son lo que menos te marcan, porque nunca van a pertenecerte; son de la historia, del mundo. Lo único propio de estos viajes son las experiencias que vives y las personas a las que conoces; para mí no fue "el viaje por el talismán", fue "el viaje donde conocí a Chewie".

-Entiendo-asintió la joven, comprensiva, y se inclinó un poco hacia él con una sonrisa tímidamente atrevida. Han levantó una ceja, curioso por su semblante-¿y de que cree que se tratara este viaje?

Teniéndola así de cerca, con esa expresión de aventura y fascinación, se le ocurrían mil respuestas a esa pregunta, todas con ella cómo protagonista.

-No lo se-la voz de Han se agravó por el deseo que esta chica encendía en él. Sus bocas estaban tan cerca que si se movía un centímetro podría capturar esos labios con los suyos-pero creo que pronto…

Estuvo a punto de hacerlo, de volver a besarla, cuando un grito que venía de la cabina los interrumpió; Leia se sobresaltó y volvió a sentarse muy derecha contra su asiento, con las mejillas coloradas, mientras Han trataba de sacarse de encima la pesada sensación de haber sido interrumpido.

-¿Sucede algo malo?-preguntó ella preocupada, porque no entendía las palabras que Chewie gritaba con su extraño acento.

-No, solo dice que vaya a ayudarlo porque falta poco para el aterrizaje. No es un viaje muy largo-dijo. Leia sintió que color desaparecía de su cara, y su profesor pareció notarlo-oye, relájate, va a estar todo bien.

Una de las turbinas hizo un ruido muy extraño, similar a una explosión, y Leia lo miró con paranoia.

-¡¿Seguro?!

-Claro-sonrió Indiana, guiñándole el ojo, mientras volvía a colocarse su sombrero-confía en mí, cariño.

Y antes de pararse para ir a la cabina, le acarició el mentón con suavidad para que se tranquilizara.


Esa última frase está inspirada en una hermosa obra de James Hance llamada "Leia and Indiana". Búsquenla, es increíble.

¿Sabían que el gentilicio de Malasia es "malasio/a" y no malayo? No lo podía creer.

¡Gracias por las lecturas, los favs y los reviews!