Voy a resumir mi ausencia en una frase: odio la adultez.
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—¿Leia no volvió? —preguntó Chewbacca, cuando levantaron la vista de sus tareas ya cumplidas. Frente a ellos ardía una fogata y se erguían dos carpas.
—¿Cómo que no volvió? —Han giró la cabeza para todos lados, como si eso fuera a hacerla aparecer, pero no había rastros de la chica —¡se fue hace casi hora y media!
—Tal vez se despistó un momento con la caída de la noche y ya está volviendo, no pudo haber ido demasiado lejos...
Chewie no había terminado la frase cuando Indiana se colocó el sombrero e improvisó una antorcha para adentrarse entre los árboles.
Era un idiota, ¿cómo se le había ocurrido que enviarla sola sería una buena idea? ¡A Leia Organa, la hija de un senador a la que criaron en una burbuja! No sabía si enojarse consigo mismo por su estupidez o con ella, que seguro en su impertinencia y afán de querer demostrar que podía defenderse sola en una jungla se había perdido.
Emprendió un rumbo fijo sin pensar mucho cual, atento a cualquier pista que pudiera haber de la joven. El suelo era húmedo, pero con poca luz casi ni se podían distinguir marcas en él y Han tenía cada vez menos idea que camino seguir: Leia ya había demostrado ser muy impredecible y en ese momento la estaba detestando por ello. ¿Tan lejos podría haber llegado con esas cortas piernas? ¿Qué cosa tan interesante podía encontrar como para meterse en lo profundo de la selva?
Se sentó contra un árbol para intentar aclarar sus ideas y tranquilizarse: la chica no era idiota, no iba a ponerse en peligro aunque fuera necesario. Eso lo dejaba con pocas opciones, algunas en las que no quería ni pensar.
Indiana levantó su cabeza de golpe al oír el crujido de las ramas. Era coordinado, no era una brisa: eran pasos. Una… ¿marcha? No dudó y corrió con la dirección que marcaba el ruido hasta acercarse a un claro y, escondido, poder ver la escena frente a sus ojos: dos pequeños grupos de uniformados se encontraban enfrentados, cada uno con su respectivo líder al frente. Estos intercambiaron palabras en lo que parecía un relevo y una frase en particular hizo que todo encajara en la cabeza de Indiana.
—Capturaron a una chica —dijo uno.
Entonces él tenía razón, había más personas interesadas en los Cristales, y por las armas colgadas de sus cinturones parecían dispuestos a todo con tal de conseguirlos. Los hombres hablaban en inglés, pero pudo distinguir algunos rostros pálidos y estáticos como el hielo: alemanes. Muchas preguntas en su cabeza, pero ahora había algo más importante y era averiguar si estos sujetos tenían a Leia.
A hurtadillas, guardando distancia, empezó a ir tras el grupo relevado. Un rato largo después, vio que los sujetos se paraban y Han se ocultó tras un árbol de tronco grueso sin poder contener la sorpresa ante la vista: en un claro enorme se alzaba un campamento impresionante. Tropas uniformadas se movían de un lado a otro, entrando y saliendo de carpas blancas gigantescas.
El grupo avanzó un poco hacia el claro y en el límite se detuvieron; el que dirigía se acercó a uno de la última hilera, intercambió unas palabras y retomó a su puesto. La tropa avanzó y se perdió entre las carpas, salvo ese último muchacho que se quedó vigilando el límite.
Perfecto.
Se acercó por atrás y en un segundo se abalanzó contra el uniformado, cubriéndole la boca y llevándolo hacia los árboles mientras este pateaba con fuerza. Como profesor jamás se imaginaría haciendo esto, pero estaba en medio de la selva tratando de averiguar donde estaba su alumna, sospechando que la tenía atrapada lo que parecía un ejército, así que no tenía miedo de ensuciarse las manos.
El soldado atinó a agarrar el arma en su cinturón, pero Indiana le ganó y arrojó lejos la pistola para igualar las condiciones. Por la ira y la desesperación que corrían por sus venas, no le costó dar un golpe certero en la mandíbula que descolocó a su oponente y cuando lo tuvo en el piso lo golpeó otra vez para asegurarse de que perdiera la consciencia. Le quitó el uniforme y agradeció en silencio que más o menos tuvieran el mismo tamaño: le quedaba casi perfecto. Tomó el arma abandonada y su peso lo hizo pensar en cuanto daño podría hacer.
Con pose firme y caminar rígido entró al claro, mirando desde arriba a cualquiera que lo observara con algo de sospecha. Ignoraba los cuchicheos, confiando en que si él se creía su personaje, los demás lo harían.
Alrededor de una fogata vio a algunos de los soldados del grupo que había seguido. Tomaban un licor espeso y brindaban, mientras hablaban mezclando inglés y alemán con un resultado casi inentendible. El ruido era insoportable, pero se detuvo de repente al mismo tiempo que todos se ponían de pie y retomaban su postura militar; por el medio del campamento desfilaba un hombre cuyo uniforme indicaba un rango superior, al igual que su mirada sobradora. Han imitó a los demás y bajó la cabeza cuando el tipo los observó y de reojo pudo ver que un oficial se le acercaba.
—General, ¿ha habido algún avance?
Mostró los dientes y, junto con la nariz afilada y en forma de gancho, el hombre pareció un ave de rapiña.
—La mocosa no quiere hablar —Han prestó atención al oír eso y el general levantó la voz —, supongo que tendremos que aplicar otras técnicas.
Escuchó risas entre los soldados a su alrededor y respiró hondo para no hacer algo que lo delatase. Levantó la mirada y justo se encontró con la de aquel cerdo.
—Tú —dijo. Indiana pensó que habían descubierto su farsa —ve y haz guardia. Esa niña puede ser caótica.
La suerte parecía estar de su lado esa noche.
Cuando el General y el Oficial desaparecieron, el grupo de soldados volvió a dispersarse y Han se inmiscuyó entre las tiendas.
Una gota de sudor bajó por su frente y un gemido logró escaparse por la mugrosa tela anudada a su boca. Apoyó la frente contra el tronco al que estaba atada sin querer moverse demasiado porque su cuerpo dolía por todos lados: cortes y rasguños se extendían por sus brazos, piernas, clavícula y estómago, e incluso creía tener uno en la cara. Un segundo de furia la hizo volver a pelear con sus ataduras, sin resultado alguno.
Durante las últimas horas varias cosas habían pasado por su cabeza mientras soportaba el interrogatorio: desde su padre, allá lejos en su hogar, hasta su profesor; no dudaba de que hubiera ido a buscarla, pero de ahí a encontrarla o a que no lo hubiesen capturado ya era otra historia. La sola idea de que lo dañaran le causaba escalofríos.
Escuchó pasos que se detenían en la entrada de la carpa y rezó porque el soldado que estuviera ahí no entrara para seguir sometiéndola. Luego de todo lo que había pasado, no le costaba imaginar cuál sería la técnica siguiente de interrogación y solo con imaginarlo ya le daba náuseas.
La entrada se abrió y Leia estuvo a punto de maldecir su suerte, hasta que oyó la voz del hombre.
—¡Leia!
Cuando levantó los ojos se encontró con su profesor, el aventurero intrépido, arrodillado junto a ella. Sus manos callosas le acariciaron las mejillas mientras bajaban la mordaza y, antes de que la joven pudiera decir algo, la besó en los labios; no sabía si por impulso de felicidad o porque de verdad quería besarla, pero demonios, le hacía olvidar un poco el dolor.
—Estás herida —dijo cuando miró hacia el resto de su cuerpo —¿que te hicieron?
—Son solo algunos cortes, Han, no es tan grave.
—No tengo nada para limpiarlos… malditos nazis salvajes.
A Leia se le escapó una carcajada.
—Puedo aguantar hasta que salgamos de aquí.
—Supongo que habrá menos actividad cuando esté entrada la noche. Hay menos movimiento en esta parte, así que esperaremos un relevo de guardia y nos iremos.
—¿Sabes dónde está Chewie?
—Claro que sí, cariño. Voy a orientarme, no te preocupes —sonrió —¿cómo demonios terminaste aquí?
—Estaba a punto de volver cuando oí los pasos de la tropa… —la chica rogó que no se enojara —y quise averiguar que era.
—¡Leia! ¿Estás loca?
—¡Supuse que podría ser útil, Han! Y observa, lo fue, sabemos que hay alguien que también está detrás de los Cristales.
—Sí, útil casi a costa de tu vida —refunfuñó el profesor —¿oíste algo de lo que planean? ¿Qué te preguntaron?
—Quién era y qué rayos hacia vagueando por la jungla. No se tragaron lo que inventé y quisieron saber si había alguien más conmigo.
—Y no dijiste nada —Han se puso de pie y empezó a caminar en círculos —o no te hubieran hecho tanto daño. ¿En serio es lo único que te hicieron?
—Uno se sobrepasó un poco con las manos —murmuró Leia —pero le di una buena patada y por eso me ataron los pies. De todas formas, notaron que eso no me intimidaba demasiado.
—Por como habló el General que vi hace un rato, parecía tener en claro como torturarte si no conseguían sacarte algo.
—Su nombre es Tarkin. Está dirigiendo todo esto, y por lo que oí hay otro campamento más pequeño en movimiento más adelante que se encargan de la búsqueda real de los Cristales. A ese lo comanda un tal Vader, que por lo que pude oír cuando se comunicaron por radio es estadounidense; Tarkin es ruso pero también he oído a alguno hablando alemán.
—Un ejército paramilitar. El mundo está en Guerra y estos tipos buscan fuentes de poder para crear más armas y hacer negocio con la violencia.
—Mencionaron que tenían dos prisioneros en el otro campamento —soltó Leia. Indiana se volteó para mirarla.
—¿Crees que sea tu hermano con su mentor?
—No se que sería peor, que siga perdido en medio de la selva o que esté apresado por estos tipos.
—Vamos a encontrarlos, cariño—murmuró Han, volviendo a agacharse junto a ella —, necesitas descansar. Hagamos esto, te desato de este palo y te dejo acostarte en aquel catre pero con las manos atadas por si entra alguien, ¿de acuerdo?
—Sí.
Han deshizo los nudos y Leia aprovechó para masajear sus muñecas. Él se puso de pie y le tendió una mano para que lo imitara.
—Tengo los pies atados —recordó ella. El hombre rodó los ojos y volvió a agacharse para levantarla en sus brazos y llevarla hasta la cama —gracias, profesor.
—Espero que en lo que quede del campamento no me pidas cada noche que te lleve de la fogata a nuestra tienda —bromeó él mientras la ataba de vuelta. Leia se acostó y cerró los ojos —duerme un rato, te despierto cuando podamos irnos.
—No se si pueda hacerlo.
—Trata —respondió Han. Fue a sentarse a una silla destartalada que había y sonrió al ver a Leia, aliviado. El silencio acompañaba bien el cuadro.
—Siento no haber vuelto y haberte asustado —dijo ella de repente.
—Todos somos imprudentes alguna vez, solo que elegiste una situación bastante peligros —bromeó y ambos rieron muy por lo bajo —, lo único que importa es que estás bien.
A medida que pasaron las horas, el movimiento se redujo bastante; quedaba poca luz, había menos ruido y Han estaba haciendo un gran esfuerzo por mantenerse despierto. Leia tampoco había tenido un sueño muy consistente, pero en ese momento dormitaba con algo de tranquilidad.
Unos pasos se detuvieron en la entrada de la carpa y Han se puso de pie, con la mano en la pistola. Un soldado entró con una sonrisa confiada, llevando en su mano una pequeña lámpara.
—Que bonita guardia cuidar de esta belleza toda la noche —rió. Han oyó que Leia se removía y giró justo para ver como se volteaba, confundida por la extraña presencia. El hombre se acercó a la cama y la miró de arriba a abajo; rápidamente lo siguió, por si intentaba hacer algo —¿por qué le sacaste la mordaza? ¿Querías oírla mientras… ?
Indiana vio como la cara de su alumna se transformaba y como abría la boca para soltar algún comentario mordaz para insultar a quien la estaba ofendiendo; todo se iría al demonio si Leia Organa abría la bocota en ese momento, así que se apuró para volver a subirle la mordaza.
—No… —murmuró —la tonta casi se ahoga con eso y ya sabes, no sirve muerta.
Leia le dio una mirada que provocaba escalofríos.
—Cuanta razón —festejó el soldado —se acerca el cambio de guardia, ¿quieres que te releve o harás la noche completa?
—Puedo aguantar hasta el amanecer, no hay de que preocuparse.
—La vista es más que divertida —dijo el tipo, pellizcando una mejilla de la joven —nos vemos en la mañana, compañero.
En cuanto desapareció, Han se puso a desatar a la joven y esta, apenas tuvo libres las manos, se deshizo de la maldita mordaza.
—No me digas nada ahora, cariño, que tenemos que salir de aquí —dijo Han. Se asomó y al no ver luces ni guardias por ningún lado le hizo un gesto para que se acercara.
Todo parecía tranquilo, la oscuridad les jugaba a favor y estaban cerca del límite del claro. Del otro lado llegaban voces, de guardias conversando en el relevo: era el momento, y no dudó en tomarla de la mano antes de salir caminando con paso ligero, y por varios minutos lo único que Han oía eran sus respiraciones entrecortadas y pasos; una vez en la jungla, echaron a correr con fuerza sin miedo a ser oídos: los sonidos de animales nocturnos eran un excelente camuflaje. A pesar de sus piernas cortas, Leia le siguió muy bien el paso y juntos corrieron por varios minutos hasta darse el lujo de detenerse para tomar aire, ya seguros de estar bastante lejos. No los buscarían hasta la mañana siguiente, pero tenían que apresurarse.
La joven, sin embargo, tenía otras prioridades: acorraló a su profesor contra un árbol y soltó toda su furia.
—¡Te juro, Han Indiana Solo, que si vuelves hacer algún chiste sobre mi inteligencia o si vuelves a callarme de esa manera tan repulsiva, voy a matarte!
No quiso reírse, pero Leia no superaba el metro 55 y lo estaba amenazando luego de haber escapado de lo que podría haber sido una muerte segura para ambos. Sin pensarlo mucho le tomó la cara con las manos y le plantó otro beso; tenía que admitir que estaba disfrutando de eso.
—¿Y no te gusta que te calle así, cariño? —preguntó. Se escapó del encierro y empezó a caminar —Ven, nos conviene ir para el lado del río, es nuestra mejor referencia.
Leia lo siguió en silencio.
Perdón por la demora. Espero que les haya gustado!
