Capítulo 2
-Mira quién se las ha arreglado para venir a ayudar a una amiga- Belle abrió la puerta del cuarto de la forma más animada que podía, cargando en sus brazos otra ropa hospitalaria, junto con unas sábanas y almohadas limpias, sacando a Emma de sus pensamientos.
Belle es enfermera del hospital en que Emma estaba internada, sin embargo, su área era maternidad. Emma ni siquiera se acordaba de que la amiga de la infancia trabajaba allí.
Las dos se conocieron en el colegio, el primer año, construyeron a partir de ese momento una amistad que suponían inquebrantable, pero, con el tiempo se fue enfriando, y ahora, de adultas se hablaban pocas veces a la semana.
Emma sonrió abiertamente al ver a la amiga en su uniforme blanco. La más baja se acercó a la rubia y entonces de forma delicada le dio un abrazo.
-Tienes que escaparte más de tu área para sacarme de este aburrimiento- dijo Emma haciendo reír a Belle.
-He venido todos los días, pero la señorita estaba en un sueño profundo.
-Y por eso ahora me duelen las costillas. No es tan bueno como parece estar echado todo el rato- se quejó
-Te voy a ayudar a bañarte y a vestirte, solo eres un poco más alta, pero vas a tener que colaborar conmigo.
-Como quieras- se sonrieron la una a la otra.
Con la ayuda de la amiga, Emma bajó de la cama y se sentó en la silla de ruedas, con la espalda recta para no perjudicar el abdomen.
Belle la llevó al baño, y la dejó esperando mientras cogía sus pertenencias personales que Mary y David habían llevado. En cuanto volvió, ayudó a Emma a desvestirse y a quedar de pie bajo la ducha. El baño tendría que ser rápido por culpa de la pierna que no podía estar en posición baja durante mucho tiempo.
-¿Cómo ocurrió el accidente?- preguntó Belle mientras abría el grifo y el agua caliente recorría el cuerpo de Emma proporcionándole una grata sensación.
-Estaba distraída, nerviosa, al móvil- apoyada en la barra, Emma se mantuvo firme mientras Belle le pasaba el jabón por su cuerpo. Tenía intimidad suficiente con la amiga para no sentir vergüenza.
-¿Problemas con la firma? Haz el resto- Belle le pasó el jabón para que se lavara sus partes íntimas y se giró para darle privacidad.
-No, con el ex novio intolerante- Emma reviró los ojos al pensar en él –Listo –dijo cuando acabó lo que Belle le había pedido.
-¿Terminaste aquella relación sin sal?- Belle cogió el champú, se puso un poco en la mano y lo distribuyó sobre la cabellera de la amiga.
-Finalmente, sí, era algo que me chupaba las energías. Por un momento pensé que podría mantenerlo como estaba, por pura comodidad, pero me arrepiento de cada pensamiento de ese tipo que he tenido.
-Mereces algo mejor, Em. Está bien, él come de tu mano, pero es un idiota. Por favor, encuentra alguien de tu nivel- esta vez pasaba el acondicionador por el cabello rubio, desanudándolo con los dedos.
-Novios vienen y van, es normal que alguna vez en la vida caigamos con alguien idiota- dijo Emma mientras Belle retiraba el producto del cabello.
-Pero en algún momento encontrarás a alguien que te haga cambiar de idea sobre eso de que los novios viene y van. Y lo digo porque sé que alguien en este mundo es digno de tener tu corazón- Belle cerró el grifo, y ayudó a Emma a salir de la ducha.
-Tú y tus pensamientos positivos del País de las Maravillas- Emma rió
-Te tragarás tus palabras, Swan
Las dos siguieron con las provocaciones como si fueran dos niñas mientras una ayudaba a secarse a la otra. Cuando terminó de ayudarla a vestirse con la horrible ropa del hospital que Emma tanto detestó, volvió a la silla de ruedas.
-Creo que no necesitas ayuda para cepillarte el pelo, ¿no?- dijo Belle cogiendo el cepillo de dentro de la bolsa de Emma
-No, mis brazos están bien. Llenos de hematomas, pero bien- cogió el cepillo de la mano de la amiga y comenzó a peinar sus largos mechones que habían sido desanudados bajo la ducha. Belle cambió la ropa de cama, colocando las almohadas como estaban antes y por fin, ayudó a Emma a sentarse de nuevo en ella. Guardó todas las cosas de la amiga y centró su atención en ella.
-La buenorra de la doctora Mills vendrá a hacerte la cura- ella guiñó un ojo de modo lascivo
-¿Desde cuándo te gustan las mujeres?- preguntó la rubia riendo
-Emma, querida, no existe mujer hetero cerca de Regina Mills, aquella mujer es la encarnación de la palabra belleza- Emma se echó a reír con la afirmación.
-Está bien, realmente es hermosa- sonrió al recordar la perfecta sonrisa de la doctora.
-Aprovecha, tonta. Te ha dado atención doble. Emma Swan es ciertamente la paciente favorita de la doctora Mills.
Regina abrió la puerta, interrumpiendo el asunto y la risa de las dos. Sonrió al ver a Emma con el cabello mojado y a la enfermera French al lado de la cama.
-Con permiso, tengo que volver a mi sala. Vuelvo mañana para ver cómo estás- Belle le dio un beso en la mejilla a Emma que asintió sonriendo, causando una sensación extraña en Regina. Se despidió de esta con un asentimiento y salió del cuarto.
-¿Se conocen?- preguntó Regina dejando transparentar curiosidad.
-Somos amigas desde los cinco años.
-Explicado entonces el motivo de haberse arriesgado a salir de maternidad para venir a ayudarla. Se puede llevar una advertencia por usted.
-Lo sé. Y me siento egoísta por sentirme bien con eso, me sentí feliz por no ser desvestida por una extraña- Regina rió, causando un estremecimiento en Emma ante el sonido de su risa, que hizo que la acompañara.
-Quizás no vuelva a hacerlo, tendrá que acostumbrarse- avisó –Ahora vamos a cambiar ese curativo.
-¿Va a doler?- preguntó Emma como una niña, haciendo sonreír a la doctora
-Va a arder un poco. Necesito que se recueste- dijo ya arreglando la almohada de Emma para que se echara. La rubia se recostó lentamente, y entonces vio su blusa alzada por las manos de la doctora, lo que le causó un ligero escalofrío –Hable conmigo, cuanta más distracción, menos dolor.
-Claro. Solo que no sé de qué hablar- Emma rió
-Tiene un firma de moda, señor…- Regina se calló –Emma- se corrigió y la diseñadora sonrió al ver que Regina se había acordado de su pedido –Tengo algunas piezas de colecciones suyas- Regina retiró el curativo del abdomen de Emma -¿Es usted misma la que diseña todo?
-Sí, absolutamente todo.
-Entonces, ha nacido para ello- Regina comenzó a limpiar alrededor de los puntos, provocando ardor en la piel.
-Cuestión de práctica- Emma dijo mordiéndose el labio por el dolor
-Disculpe, pero tengo que hacer esto- dijo la morena en cuanto vio el semblante de la otra
-Está bien
-¿Cómo descubrió su amor por la moda?- preguntó mientras comenzaba a rehacer el curativo.
-No sé ciertamente cuántos años tenía, sé que fue en la adolescencia cuando comencé a diseñar algunas piezas y opté por hacer Moda en la facultad.
-Y hoy es tendencia entre las mujeres de Nueva York- Emma sonrió con el comentario. Regina bajó de nuevo su blusa -¿Se va a sentar de nuevo?
-Si es posible…
-Ok- la morena la ayudó a sentarse otra vez, con el mayor cuidado del mundo -¿Ha comido, verdad?
-Sí, un poco antes de que Belle viniera a ayudarme con el baño
-¿Mucho o poco?
-Una cantidad considerable
-Necesita alimentarse bien a toda costa
-Lo haré
-O me veré obligada a mantenerla con el suero
-Ya me he dado cuenta de que estoy toda agujereada.
-¿Pero acaso no le gustan las agujas?- Regina hizo referencia a su profesión. La doctora estaba conversando con la paciente como nunca antes había hecho. Por algún motivo que ni ella sabía, se sentía a gusto con Emma. No era una obligación cuidar de la rubia, le gustaba estar ahí.
-Hay casos y casos
-Ya, su tipo favorito de agujas no es el mío.
-Definitivamente no- Emma profirió una media sonrisa contenida. Regina miró el reloj de su muñeca y volvió a mirar a Emma, que tenía su mirada en su cicatriz.
-Hace más de media hora que acabó mi turno. Me quedé esperando a que Belle terminara de ayudarla para hacerle la cura.
-Gracias- Emma sonrió
-No me agradezca. No hago sino mi deber- sonrió de vuelta –Pediré que me llamen si le sucede algo.
Regina abrió la puerta de su casa, agradecida por haber terminado un día de trabajo, sin embargo se sentía incómoda por tener que lidiar con el marido. Pasó por la sala, subió las escaleras, sin darse cuenta de que Robin estaba sentado en el sofá viendo la tele. Entró en el cuarto, y deseosa de un baño, se encaminó hacia allí.
-¿Por qué has llegado tarde?- la voz de él la hizo girar inmediatamente. Robin estaba apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una cara de pocos amigos.
-Porque tuve que hacerlo- respondió lo necesario. No tenía ni las más mínimas ganas de conversar con el marido, todo lo que quería cuando llegaba a casa todos los días era echarse en su cama y dormir hasta la hora de salir al día siguiente para ir a trabajar.
Su matrimonio con Robin fue consecuencia de la persistencia de su madre, que siempre infravaloró a Regina por no tener a nadie, mientras su hermana se casaba joven y aún hoy mantenía ese matrimonio. Al comienzo, sentía atracción por Robin, no estaba nada mal tener a un hombre que la trataba bien y que la quería, y aunque ese amor no era recíproco, conseguía tener una relación estable con el médico.
Se conocieron el primer año de facultad, y tras algunas noches de sexo casual, pasaron a tener una relación que, poco a poco, se hizo más seria. Regina, por momentos, pensaba que podría amar al marido, pero el amor no era algo que nutriera por él, como máximo cariño y gratitud por ser un buen marido. Sin embargo, últimamente, hasta esos sentimientos se estaban haciendo difíciles de llevar adelante por parte de la mujer. Ya no se sentía tan a gusto como antes.
-He estado esperándote para llevarte a cenar- dijo acercándose a ella
-Déjalo para otro día- sonrió forzada
-Está bien. Imagino que estás cansada
-De verdad
-Puedo ayudar a que te relajes en el baño- sonrió lascivo
-Creo que no. Realmente estoy cansada, Robin.
-Entiendo- agarró la cintura de Regina y selló sus labios con los suyos. Antes de que se convirtiera en un beso, la morena se apartó. Salió de los brazos del marido y entró en el baño.
Miró su rostro en el espejo y suspiró. ¿Hasta cuándo conseguiría mantener ese matrimonio de apariencias?
Puso a llenar la bañera, mientras se quitaba la ropa y se soltó el pelo que ya le llegaba por los hombros. Metió la mano en el agua, para ver si estaba a la temperatura que le gustaba y entró en ella.
Regina no sabía en realidad cuándo comenzó a sentir la necesidad de distanciarse de su propio marido. No le repugnaba, solo que no se sentía bien con tanta proximidad, o intercambio de cariño y hacía semanas que evitaba irse a la cama con él si no era solo para dormir, cosa que tardaba en hacer ya que tenía que ser en sus brazos.
Quizás el velo que no cayó años atrás, había empezado a caer. ¿O acaso pensaba ella que un matrimonio para agradar a su madre iba a dar resultado? A los veinticinco años, Regina veía la necesidad de tener la aceptación de Cora, a esta le gustaba Robin. Le gustaba tanto, que fue ella quien le dio la idea a él para que le pidiera matrimonio. Regina no se negaría, porque después de todo su compañía era agradable. Pero cuando se hablaba de amor…No sentía lo que amigas tanto hablaban, no sentía lo que veía en las películas, en los libros…Pero estaba bien, no podía decir que totalmente feliz, pero tenía un hombre honesto dentro de casa, que la trataba bien y suplía sus necesidades carnales. Necesidades que ahora ya no tenía. Si se fuera a la cama con el marido, sentiría que lo estaba haciendo por obligación y eso era lo último que quería.
Al salir de la bañera, pensó en lo bueno que sería, en vez de echarse al lado del hombre, ir a trabajar y cuidar de las personas que la necesitaban. Más específicamente, le estaba gustando cuidar de Emma. Se había dedicado más que nunca para que todo saliera bien con la diseñadora y solo quedó satisfecha cuando la vio despierta y aparentemente bien.
Por algún motivo que ni ella percibía le gustaba incluso velar el sueño de la rubia. Se sorprendía sentada al lado de la cama en su tiempo libre, mientras la paciente dormía, y le gusto aún más la mujer despierta. Incluso en una cama de hospital, su sonrisa era radiante.
Salió del baño enrollada en una toalla, llamando la atención de Robin que leía un libro, apoyado en el cabecero de la cama. Entró en el vestidor, se puso un camisón de seda y aprovechó a secarse el pelo. Cuanto más tiempo tardarse en ir a la cama, mejor sería.
Respiró hondo cuando apagó el secador, volvió al cuarto y se encontró al marido aún despierto. Se sentó a su lado en la cama, Robin cerró el libro, dejándolo en la mesilla de noche. Regina apagó la luz del cuarto y encendió la lamparilla de noche, al lado de la cama. Se echó sin intercambiar palabra con el marido y se cubrió hasta la cintura.
-Buenas noches, querida- él besó la piel expuesta del hombro y deslizó la mano sobre su brazo, agarrando su mano.
-Buenas noches- murmuró Regina
Robin se echó abrazado a su cuerpo, pegándolo al suyo. La morena notaba la respiración caliente del marido en su nuca. No quería continuar allí, pero tampoco huiría, conseguía soportarlo. Pensó en lo fácil que sería si lo amara, si se entregase a él de la misma forma en que él a ella. Pero no era tan fácil; sus sentimientos no iban a surgir porque ella quisiera, sobre todo porque lo había intentado durante mucho tiempo. Estuvo diez años sin incomodarse por eso, quizás solo fuera una mala fase que pasaría, y en breve conseguiría ver al marido como siempre lo vio, al menos con cariño.
