Capítulo 3

Emma ya se había aseado con la ayuda de una de las enfermeras y tomado su desayuno cuando Regina entró en la habitación. Ambas sonrieron cuando sus miradas se encontraron.

-Buenos días, Emma- dijo Regina acercándose a la cama

-Buenos días, doctora Mills

-Llámeme Regina- Emma asintió

-Buenos días, entonces, Regina

-Mejor- la doctora sonrió -¿Cómo pasó la noche?

-No conseguí dormir del tirón, pero espero que sea normal. Mi espalda me duele mucho también, creo que es por eso que no he dormido

-En realidad lo normal sería que durmiese a causa de los medicamentos. Tendremos que cambiarlos entonces- Regina dejó su plancheta encima de la mesita de noche y anotó algo –Y tendrá dolores, es algo inevitable. Los medicamentos no harán efecto alguno sobre eso- Emma asintió de nuevo.

-¿Cuándo me van a quitar esto de la pierna?- la rubia señaló el yeso

-En una semana. Tenga paciencia

-No me diga que tendré que pasar en este cuarto una semana más- Emma frunció el ceño, provocando que Regina riese.

-Veré qué puedo hacer

-Tengo que terminar una colección y que empezar otra- Emma se llevó las manos al rostro –Esto es un martirio- murmuró

-La próxima vez acabe con su novio cuando esté en un lugar seguro

-Por favor, no me recuerde la causa de todo esto. Mi arrepentimiento me corroe por dentro.

-Disculpe- Regina sonrió y le dio la espalda a Emma para acercarse a la ventana y abrir la persiana. Emma pasó los ojos por el cuerpo de Regina y pudo notar lo bien delineado que estaba. Anoche había estado de acuerdo con Belle en que la doctora era hermosa aunque solo hubiera reparado en su rostro, y ahora viendo también su cuerpo, aunque bajo el uniforme, estaría de acuerdo otras mil veces.

-¿Puede abrir también el cristal?- pidió Emma

-Claro- Regina respondió aún de espalda, y enseguida abrió el cristal, cosa que provocó que el viento que entró le revolviera el pelo. Emma sonrió al notar la gélida brisa, apreciaba el frío de todas las maneras posibles. Cuando llegaba esa época del año, el otoño traía con él el comienzo del frío que Nueva York esperaba, era siempre esa época en que Emma más se inspiraba y diseñaba sus mejores prendas- Vamos a los medicamentos, Swan- la doctora se giró hacia la diseñadora que sintió un escalofrío bueno al escuchar su nombre siendo pronunciado por aquella voz. Regina hacia que su apellido sonara sexy –Vuelvo con el agua –dijo antes de salir del cuarto.

Volvió en menos de dos minutos, con un vaso de agua en las manos. Lo dejó en la mesita de noche y sacó todos los medicamentos de los frascos. Le pasó el agua a Emma, y una pastilla cada vez.

-Sus padres están esperando para verla- dijo Regina mientras Emma se llevaba el último comprimido a la boca, y tomaba el sorbo de agua –Vuelvo más tarde cuando el horario de visita acabe- Emma asintió como hacía ante todo lo que Regina hablaba, sin embargo, si es por ella, la doctora podía quedarse en su cuarto todo el día. Sentía que la doctora estaba actuando más allá de su profesionalidad al cuidar de ella. Se acordó de las palabras de la amiga de la noche anterior: "Te ha dado atención redoblada. Emma Swan es ciertamente la paciente favorita de la doctora Mills"

-Esperaré por usted- las palabras que Emma profirió provocaron una sonrisa contenida en Regina. La rubia reparó una vez más en la cicatriz de su labio superior, y cómo la hacía aún más sexy.

-Volveré antes si lo necesita- dijo Regina cogiendo la plancheta.-Qué esté bien, Swan- dijo antes de salir del cuarto. Ya era la tercera vez que Emma sentía aquel escalofrío recorriendo su cuerpo. Comenzó a preguntarse cuál era su problema. Las personas decían su nombre todo el día, pero ninguna le causaba aquella reacción.

Mary y David entraron en el cuarto, con una sonrisa en el rostro, haciendo que Emma involuntariamente también sonriera.

-Y entonces, ¿cómo estás?- preguntó Mary dándole un beso en la cabeza

-Estoy bien. ¿Y vosotros?

-Estamos bien también, pero estaríamos mejor si estuvieras fuera de aquí

-Tampoco veo la hora- suspiró -¿Cómo están las cosas en el taller?

-Todo bajo control de momento, pero las cosas no siguen el camino correcto sin ti- David fue sincero

-Lo peor es que lo sé- Emma lloriqueó –Tengo que comenzar la colección de otoño para el desfile del año que viene.

-Tienes tiempo, hija

-El otoño empezó hace una semana, tengo menos de tres meses, son muchas piezas. Sabéis cuánto tarda todo el proceso…- Mary la interrumpió

-Y que te gusta hacer la colección de otoño exactamente en otoño- completó la frase de la más joven

-Eso- Emma sonrió

-Todo saldrá bien. Cada hoja caída será una inspiración- dijo David pasando la mano por el cabello de Emma. Los padres la trataban como si aún fuera una adolescente en crisis. La rubia era el bien más preciado que ambos tenían, harían lo imposible por ella, y solo Emma sabía lo agradecida que estaba por eso.


Belle, una vez más, consiguió salir de su área para ayudar a Emma en el baño, en cuanto el horario de visitas hubo acabado. Regina, esta vez, esperó a que volvieran, sentada en la silla al lado de la cama. Por quinto día consecutivo, había pasado de su horario solo por la rubia. En años trabajando en el hospital, nunca lo había hecho por un paciente; a veces, se pasaba algunos minutos, pero poco más. Pero con Emma era diferente, se sentía en la necesidad de estar ahí hasta suministrarle los últimos medicamentes del día, hacerle la cura con sus propias manos; cosas que eran competencia de las enfermeras, y no de ella.

En cuanto Belle hubo ayudado a Emma a volver a la cama, se despidió de las dos, dándole una sonrisa lasciva a la amiga antes de cerrar la puerta y volver a su área antes de que alguien la pillase.

La doctora se levantó de la silla, sin intercambiar palabra con la paciente, cogió las cosas necesarias para hacer la cura.

-Mañana tendrá que realizarse algunos exámenes- dijo Regina mientras levantaba el camisón de Emma, que inmediatamente sintió el famoso hormigueo ante el toque de la morena –Si todo está bien, en tres días podrá irse a casa.

-Bien…- dijo Emma mientras de nuevo sentía el maldito ardor en el abdomen mientras Regina limpiaba alrededor de los puntos.

-Dije antes qué vería lo que podría hacer por usted…Sé que es un asco quedarse aquí, en este cuarto, así que, si sigue todo lo que le pida, podría irse a su casa.

-Seguiré todo a rajatabla.

-Espero que lo haga- Regina finalizó la cura, volvió a bajar el camisón. La ayudó a sentarse de nuevo y la acomodó –Le pedí a sus padres que mañana le trajeran algo útil para pasar el tiempo. Su móvil, infelizmente, se rompió durante el accidente.

-Gracias- Emma sonrió, agradecida y feliz de que Regina haya pedido algo por ella.

-No es necesario que me agradezca, sé lo aburrido que puede ser estar aquí sola, la televisión no da nada interesante. Y todo empeora cuando no se consigue dormir por la noche. Es más, Swan, tendré que cambiarle los medicamentos.

-Quizás mi organismo es tan testarudo como yo- dijo revirando los ojos, haciendo sonreír a la doctora. Mills cogió el vaso de agua de la mesita y se lo dio a Emma, de nuevo cogió sus comprimidos y le fue dando uno a uno. En cuanto Emma tomó su medicación, detuvo de nuevo su mirada en la cicatriz de Regina. La dejaba encantada -¿Cómo se hizo esa cicatriz?- preguntó, reprendiéndose mentalmente por exponer su curiosidad. La morena se tocó su cicatriz con la punta de los dedos y sonrió.

-Fui a defender a un gato de un perro cuando aún era pequeña. Este fue el resultado.

-Es hermosa- las dos palabras de Emma hicieron que el corazón de Regina se disparara. Las personas siempre reparaban en su cicatriz, pero, ¿un elogio? Eso nunca.

-Es la única que lo cree. Pero gracias.

-Apuesto a que no-Emma sonrió -¿Su horario no acabó ya, doctora Mills? –preguntó en tono bromista en cuanto miró por la ventana, viendo los edificios de la ciudad con sus luces ya encendidas.

-Hace horas, señorita Swan- Regina respiró hondo. Tenía que volver a casa, Robin en algún momento dejaría de tolerar esas tardías llegadas, sabía que muy pocas veces su esposa se pasaba de su horario.

-Si aún está aquí por mí, estoy bien

-¡Qué presuntuosa!- comentó Mills con una sonrisa contenida –En realidad estoy evitando llegar a casa- confesó, y ni sabía ciertamente por qué había dicho eso. No conocía a Emma bien para decir algo como eso.

-¿Problemas?- la rubia preguntó frunciendo el ceño y apretando los labios. Regina la miró durante dos segundos, sin saber qué responder –No tiene por qué responder

-Creo que el problema no está en casa, está en mí- sonrió de lado

-Sé que soy una paciente, pero puedo ser una buena oyente

-¿Diseñadora o psicóloga?- Regina rió bajito

-Ah, un poco de todo

-Claro- volvió a reír –Bueno…¿por dónde empiezo?

-¿Qué le hace creer que es usted el problema?- preguntó Emma. Con cierta dificultad se movió un poco hacia un lado y golpeó el colchón con la mano, llamando a Regina para que se sentara allí. La morena entonces se sentó en el borde de la cama, con las piernas hacia fuera, girada hacia su paciente.

-Ya no veo a mi marido como mi marido- rió sin gracia, haciendo girar la alianza en su dedo y negando con la cabeza.

-¿Por algún motivo específico?

-No ha sucedido nada, solo que ya no deseo estar cerca. No soporto ni siquiera la idea de besarlo. Es un sacrificio dormir todas las noches en la misma cama…

-¿Ni un poquito de amor guardado ahí en el fondo?

-Nunca sentí amor por él- Regina rió sin gracia una vez más, aún observando la alianza en su dedo –Me casé por tener una relación estable- volvió a encarar a Emma, cuya mirada transmitía comprensión, cosa que dejaba a la morena más cómoda.

-¿Una relación estable de cuando años?

-Más de diez- respondió, dejando a una Emma totalmente pasmada

-¿Y cómo lo ha conseguido? Regina Mills, el problema definitivamente no es usted, pero sí su absurdo coraje para vivir tanto tiempo con alguien de esa forma- Regina rió de la forma desesperada en que la rubia pronunció cada palabra -¿Tiene la certeza absoluta de que no lo ama? Porque…- Regina la interrumpió

-Estoy más que segura. Sentía un cariño, ¿sabe? Siempre ha sido un buen marido, nunca he tenido de qué quejarme. Siempre nos hemos llevado muy bien, y por mi parte había al menos atracción física. Pero nada de eso existe ya.

-¿Por qué no termina entonces?- dijo lo obvio

-No sé. Hemos construido una vida juntos, ¿entiende? Hemos compartido absolutamente todo durante años. Quizás no acepté bien la idea, porque no es decisión mutua. Tendré que soportar las consecuencias como aguantar en todas las comidas familiares a mi madre hablándome de ello y obligándome a volver- respiro hondo –No es tan sencillo como quisiera que fuera.

-Mire, no es nada malo que ya no sienta nada, ni un poco del cariño de antes, el problema no está en usted- la rubia dijo e involuntariamente su mano agarró la de Regina, que ya estaba próxima –Los divorcios realmente son procesos difíciles, pero todo pasa, y si no se siente bien con el matrimonio, es lo mejor que puede hacer. No estoy muy puesta en este asunto de los sentimientos, solo asisto de lejos, pero por lo menos sé que ese amor tan divinizado nace solo, no cuando la gente quiere. En realidad, he escuchado decir que es cuando menos lo esperamos –Emma se encogió de hombros y se ganó una sonrisa de Regina.

-Sería una buena psicóloga si no fuera diseñadora de moda –dijo haciendo sonreír a Emma –Gracias por escucharme sin conocerme del todo.

-A su disposición- Emma sonrió - ¿Tienen hijos?

-No. Nunca estuvo entre nuestros planes. Al igual que yo, él es médico. No tenemos tiempo para niños.

-Ya es un dolor de cabezas menos.

-Al menos eso- Regina sonrió y solo entonces percibió que su mano estaba siendo acariciada por el pulgar de Emma, sobre su pierna. Dio una sonrisa contenida y volvió su atención a los ojos verdes -¿Y el tío bueno de la chaqueta de cuero? ¿Qué pasa con él?- Regina rió al ver a Emma revirar los ojos

-Atormentar mi vida- soltó el aire –No sé por qué, en algún momento, creí que sería una buena idea seguir con aquella relación absurda, al igual que usted, ya no sentía nada. Bueno sí, asco.

-Bienvenida al club de las desprovistas de amor

-Si pide el divorcio, podemos emborracharnos y lamentarnos de ese sentimiento tan anhelado y que parece que no es para nosotras –Emma rió

-Óptima idea, Swan. Pero nada de alcohol para usted de momento-Regina guiñó un ojo.


Mills llegó a su casa y entró en la sala totalmente oscura, subió las escaleras sin hacer ruido que pudiera despertar al marido en caso de que ya estuviera durmiendo. Abrió la puerta del cuarto despacio y se encontró con Robin sentado en la cama con cara de pocos amigos. Veía la tele y estaba serio. Desvió su mirada hacia su esposa, y enseguida la posó de nuevo en la pantalla.

-Una llamada, un mensaje para avisar de que te quedarías hasta tarde de nuevo hubiera estado bien. Que yo recuerde, todavía soy tu marido- dijo seco, sin mirar a la mujer.

-Perdón. No tuve tiempo- mintió, porque si le contaba al marido la verdad, tenía plena consciencia de que comenzarían una discusión. Prefirió entonces ocultar los hechos y dejar todo como estaba, no precisaba empeorar las cosas. Robin no necesitaba saber que la esposa había pasado prácticamente dos horas charlando con una paciente.

-Parece que muchas personas están enfermando estos últimos días, ¿no?

-Como médico deberías saber que uno no debe ser negligente- respondió en el mismo tono firme

Tiró las llaves y el móvil en cima de la cómoda y entró en el baño. Se apoyó en la puerta y respiró hondo una par de veces. Robin tenía motivos para estar enfadado, al final de cuentas, infelizmente aún era su marido. Lo que le faltaba a ella era el valor para poner punto y final a todo eso.

Tomó su lento baño, esperando a que el hombre ya se hubiera dormido, pero sus sueños se vieron destruidos cuando lo vio esperándola en la misma posición. Se acostó a su lado y le dio la espalda. Apretó los labios al sentir los suyos sobre su hombro, y subir hasta su cuello.

-Perdóname por haber sido grosero- dijo cerca de su oído

-Está bien- murmuró

-Solo echo de menos a mi mujer. No tenemos tiempo ni para un desayuno juntos. Al menos, antes llegabas temprano, teníamos tiempo, pero ahora ni eso.

-Las rutinas cambian, Robin- murmuró de nuevo

-La nuestra puede mudar de forma más drástica. ¿Sabes?...Estaba pensando, muy pocas veces hablamos de hijos. Hace rato que pasamos de los treinta. Es un buen momento para dejar de lado un poco el trabajo y aumentar nuestra familia, ¿no crees?

Regina se giró bruscamente hacia el hombre, lo miró atónita. Jamás tendría un hijo con él, aún menos cuando solo necesitaba valor para pedirle el divorcio. Solo podía estar loco. Sabía que la intención era mejorar las cosas entre ellos, pero no era ese su deseo, estaba muy lejos de ser ese.

-No quiero hijos, Robin, tú más que nadie deberías saberlo- respondió volviendo a quedar de espalda. No quería herirlo, al final, él no le había hecho nada. Solo que tampoco podía mentir, planear tener hijos, cuando no quería. No con él.


Alguien me preguntó el otro día por el número de capítulos de este fic. Tiene 30.