Capítulo 23
Si algún día llegara en que se despertara de buen humor, Emma lo consideraría un milagro, pasaban horas hasta que todo comenzaba a ganar los debidos colores…hasta que esos días se extinguieron gracias a saber que habría mensajes al mirar el móvil tras despertar, mensajes que eran enviados por alguien que tenía la capacidad de cambiar su día desde los primeros segundos.
Había crecido aprendiendo a dar valor a cada sencillo detalle de su día, a cada pequeña cosa a su alrededor y daba gracias por cada Buenos Días intercambiado con alguien al que jamás vería de nuevo, a cada sonrisa que recibía y devolvía a cualquier persona que se encontrara en cualquier sitio, y así, siempre había algo que haría que su día valiera la pena, sin embargo, desde que Regina había entrado en su vida, el más simple conjunto de cosas pequeñas, sencillas y rutinarias se volvía excepcional si venía de ella.
Las pocas palabras que leía en cuanto cogía el móvil eran motivo para distribuir sonrisas por todo el día, y esa vez no sería diferente. El «Buenos días, amor» estaba ahí, siendo la primera razón para que, aunque tuviera un día malo, al final del mismo, hubiera valido la pena. Ya ni se acordaba cómo era no ver esas palabras al despertarse, Regina siempre era la primera en mandarlo ya que se despertaba antes. Así como lo primero que hacía la rubia al despertarse era leer esas palabras, lo primero que hacía la morena al despertar era enviarlas.
Emma se levantó de la cama tras responder al único mensaje que consideraba importante, el resto siempre quedaba para más tarde, y avisó-una vez- a Ruby de que la necesitaría en el taller y cuanto antes, mejor. Tras su baño, comprobó de nuevo el móvil para ver si la amiga había respondido.
«No me olvido de mis compromisos contigo, patito, estaré allí en una hora»
No solía darse prisa en su rutina mañanera, se hacía su horario según le apeteciera, sin embargo, esta vez, tendría que ser rápida.
En cuarenta minutos estaba de camino al taller, por suerte, vivía considerablemente cerca, una gran ventaja para quien tenía que enfrentarse a un tráfico que, a veces, llegaba a ser caótico.
-Menos mal que no nos pusimos de acuerdo- dijo Ruby al pararse al lado del coche de Emma, dándole una sonrisa
-Pensé que llegarías tarde como siempre- cogió su bolso del asiento del copiloto y bajó, su amiga le dio un apretado abrazo, costumbre que tenían cuando pasaba tiempo sin verse.
-Hoy he sido puntual, merezco incluso un nuevo modelo de mi diseñadora favorita- sonrió al deshacer el abrazo
-Podría planteármelo si no fueras tan creída- cerró el coche y entró en el edificio. Saludó a su secretaria que ordenaba algunas hojas sobre el mostrador de recepción.
-Buenos días, señorita Swan. Llamaron diciendo que compruebe su email lo más rápido que pueda
-Ahora mismo lo hago, gracias- le dio una sonrisa antes de entrar en el ascensor, acompañada por Ruby
-Creo que sé de lo que se trata.
-¿Y a qué esperar para contarme?
-¿Te acuerdas de que te dije que todos amaron mi vestido preferido en Milán?- esperó a que Emma respondiera y esta asintió –Abre tu email para comprobar si es lo que estoy pensando
-…y ellos adoraron el vestido negro que sabes que es mi preferido de todo lo hermoso que haces- Ruby finalizó con una sonrisa en el rostro después de minutos contando los más mínimos detalles
-Todavía iremos juntas a Milán.
Entraron en el despacho y Emma se sentó frente al ordenador con Ruby a su lado. Su secretaria le había dicho que le habían pedido que lo mirara cuanto antes, cosa que la dejó con mucha curiosidad.
-¡El tercero!- gritó haciendo que Emma la mirara con reprensión
-Veamos…- Abrió el tercer email, como Ruby había gritado en su oído. Comenzó a leer el extenso contenido y cada palabra la dejaba más perpleja –No puede ser verdad- estaba terminando de leer el email, automáticamente su mano se fue hacia su boca en un gesto de sorpresa -¿A qué hora voy a despertar?
-Cada día eres más famosa, patito
-¿Estás metida en esto, no?- Emma la miró sonriendo
-Quizás haya citado tu nombre alguna que otra vez cuando escuché que buscaban a alguien para dar esas clases
-¿Alguna que otra vez? Te conozco…
-Lo juro, Ems. Digamos que ya estaban barajando tu nombre, solo di un empujoncito. Te quiero conmigo en Milán, ya hablamos sobre eso.
-¡Pero es para dar clases, Ruby! ¡Un curso de moda en Milán!
-¿No es increíble? Tienes que, calma, deja que enfatice, necesitas- recalcó –aceptar esta propuesta. Era lo que querías desde el comienzo, ¿no?
-¡Son siete meses!
-Pueden ser los sietes meses más increíbles de toda tu vida
-Es mucho para pensar, necesito tiempo.
-Una oportunidad como esta puede que llame otra vez a tu puerta, pero aprovechar tu primera oportunidad, solo hará que salgas ganando. ¿Qué plazo te han dado?
-Una semana para marcar una reunión en caso de que acepte.
-Tienes siete días para pensarlo, pero dudo mucho que seas tan tonta como para rechazar algo así. Clases- dijo lentamente como si quisiera que Emma entendiera nítidamente cada letra, cada sílaba -¡En Milán!- golpeó la mesa con las dos manos mientras una sonrisa enorme se apoderaba de sus labios, haciendo reír a Emma también.
Sin duda alguna era la mejor propuesta que había recibido en todos sus años de carrera. Dedicó años de su vida a los estudios que tanto le gustaban, con ayuda de una única persona aparte de sus padres consiguió que su marca creciera y, a veces, pensaba que cómo era posible que a tanta gente le gustara lo que hacía, que usaran sus ropas que habían salido como bocetos de un cuaderno de dibujo. Había pocas sensaciones mejores que el reconocimiento a tu trabajo. Una propuesta de esas sería un paso más en lo que tanto soñaba. Estar donde estaba ya había sido la materialización de un sueño, pero aún había peldaños que subir, y que deseaba mucho desde que supo que era a eso a lo que se quería dedicar.
Durante la facultad, su intención era graduarse y dar clases, sin embargo, uno de sus renombrados profesores apreciaba demasiado su talento y su empeño y le decía que no podría dejarla presa entre cuatro paredes, pues su esfuerzo tenía que, literalmente, poderse tocar.
Después de ver que su negocio crecía cada vez más, pocas veces se le volvió a pasar por la cabeza poder enseñar, sin embargo, cuando tuvo ante sus ojos esa invitación para dar clases en Milán, su corazón quería saltar para afuera. Admiraba tanto la capacidad que quien transmitía sus conocimientos a los demás, y ver que alguien quería que ella hiciera eso era surreal. Ya vivía en una de las capitales de la moda y trabajaba en ella, hacer lo mismo en otra de las capitales le hacía suspirar solo con pensarlo.
-Tenemos trabajo que hacer- se levantó de la silla, rodeó la mesa y se dirigió a la puerta que llevaba a la sala donde creaba sus propias piezas.
-¿Ahora es cuando hago mi show particular?- se mordió el labio inferior mirando a Emma
-Ya era para haber empezado- arqueó una de las cejas ofreciéndole una sonrisa lasciva.
-Acomódate, querida-Ruby se bajó lentamente las asillas de la blusa que llevaba sin apartar sus ojos de Emma que, al momento, se echó a reír.
-Menos mal que te ganas la vida como modelo y no como estríper
-Calla, tengo otros talentos escondidos
-Uno de ellos no es ser estríper
-Apuesto a que no le dices eso a Regina- dijo bajito, pero no lo suficiente para que Emma no lo escuchara
-No vamos a hablar de cómo ella se desviste ante mí. Ahora, ponte esto para poder ajustarlo- le entregó el primer modelo que estaba haciendo para su desfile de otoño.
-¿Me lo darás después del desfile?- se giró hacia ella sonriendo
-Aún no está ni por la mitad, Ruby, solo estamos ajustando el tamaño. Espera un poco más para mostrar que abusas demasiado de mi buena voluntad.
-Claro, pero, si no me lo das, aparecerá en una revista «Modelo huye tras un desfile llevando con ella un vestido que según ha dicho se le negó»
«Diseñadora de moda agujerea todo el cuerpo de modelo con alfileres porque ella no es estaba quieta»
Ruby dejó de hacer gestos con la mano mientras hablaba a la vez a Emma que ajustaba la prenda a su cuerpo.
Mientras hacía cosas relacionadas con el desfile, pensaba que si se fuera a Milán esos siete meses, regresaría exactamente en el mes del evento. Era la primera vez que mostraría algo suyo en un evento donde no habría otros diseñadores, lo estaba planeando todo minuciosamente para que saliera perfecto, pasar el tiempo anterior a eso en otro continente era arriesgado y la posibilidad de que no saliera según lo planeado era grande.
Empezaban a pulular por su cabeza lo que tanto odiaba: dilemas.
Regina apoyó su cabeza en las manos que aferraban el volante y respiró hondo. La imagen de la frecuencia cardiaca de la pequeña y los fallidos intentos por reanimarla pasaban por su cabeza como una película, la mirada pesarosa de la enfermera, el llanto compulsivo de los padres que llevaban casi dieciséis días viviendo en el hospital, su pequeño cuerpo estático siendo trasladado a la morgue y el informe de defunción que firmara minutos antes de entrar en el coche.
Pocas veces cogía casos como ese, lidiaba más con adultos, sin embargo, aquella pequeña necesitaba recibir el mejor cuidado que podía darse y lo había hecho. Sus turnos duraban más de lo normal, su preocupación era doble debido al estado de la pequeña que se agravaba día tras día.
Estaba acostumbrada a perder a pacientes, algunos cuadros eran irreversibles, y su pecho se encogía cuando eso sucedía, sin embargo, la péqueña de nueve años perdiendo la oportunidad de crecer, de realizar sus sueños traía a la superficie la sensibilidad que había aprendido a enmascarar tras años de profesión.
Dejar que la vida de una criatura se escapara de sus manos la hacía sentirse impotente, aunque en el fondo comprendiese que había hecho todo lo que podía, entregándose y buscando todos los medios que la hicieran volver a vivir como alguien que se había iniciado en eso hacía poco.
Ver el dolor casi palpable de los padres al recibir la noticia contra la que había luchado la hacía pensar en cómo sería ni en aquella cama estuviera su hija y el responsable de cuidarla no hubiese cumplido su deber.
Los kilómetros hasta el edificio en que vivía parecían haberse duplicado, su cansancio era notorio. Los dieciséis días en que la niña había estado internada habían sido dedicados solamente a su mejoría, volvía a casa cuando estaba segura de que la pequeña estaría bien bajo los cuidados de otros internos. Por más que confiara en los profesionales del hospital, quería estar allí lo máximo posible.
Detuvo el coche frente al edificio, sin embargo desistió de la idea de entrar y quedarse sola, no podría sacarse de la cabeza lo que tanto temió que sucediera.
-¿Em?
-¿Humm?- murmuró
-Disculpa por despertarte…
-¿Todo bien? ¿Por qué esa voz?
-¿Estaría bien si voy para allá? Te necesito ahora
-¡Ya estoy yendo yo para allá! ¿Qué ha sucedido?
-La puerta estará abierta. Ven pronto
-¿Regina?- la preocupación en su voz era palpable. Saber lo mucho que le importaba a Emma hacía que su corazón se hinchara.
-No te preocupes, Em, solo ven.
-Llego en cinco minutos
-Conduce con cuidado
-Descuida
-Te estoy esperando, no tardes, pero tampoco corras- dijo mientras bajaba del coche
-O uno o lo otro- Emma rió haciéndole dar la primera sonrisa tras ese pésimo día
-Ya entendiste, Swan, no quiero verte en una cama de hospital de nuevo.
-Sí, entendí. Cuelgo, ya sabes el problema que es mi móvil y el coche al mismo tiempo. No tardo.
-Ok
La llamada terminó y las puertas del ascensor se abrieron.
Lo que tardó Regina en ducharse y vestirse fue lo que tardó Emma en llegar a su apartamento.
Llamó tres veces a la puerta del cuarto, que estaba entreabierta y la empujó lentamente.
-Hey- dijo al ver a Regina saliendo del vestidor
-Hey- le dio una media sonrisa
-¿Qué ha sucedido? No me llamarías a las dos de la mañana por nada- se acercó y pasó sus brazos por su cintura
-Fallé- susurró escondiendo su rostro en la curva del cuello de Emma –He sido una incompetente
-¿Que tu qué?
-Lo que has escuchado- levantó la cabeza
-Acláramelo
-Murió, Em- admitió en voz alta por primera vez. La noticia no había salido de sus labios ante los padres, ellos comprendieron por su rostro antes incluso de pronunciarse. Decirlo lo hacía parecer más real, hacía que doliera más.
-Hiciste lo posible por ella
-Quizás tendría que haber hecho más. No logro aceptar que he dejado escapar la vida de una criatura, ya he tenido casos peores.
-Al menos, gracias a ti, tuvo la oportunidad de vivir más de lo que hubiera vivido.
-Solo era una niña- susurró
-No voy a dejar que te culpes por lo inevitable. Imagino lo pésimo que es lo que debes estar sintiendo, pero no quiero verte culpándote después de haber hecho todo lo que estaba a tu alcance. Apenas has dormido o comido en dos semanas, has pasado más tiempo en el hospital que en tu propia casa. Sé que reconoces que te has esforzado, solo intenta recordarlo una vez más.
-Gracias por haber venido- pasó sus brazos alrededor del cuello de Emma, haciendo que esta apretara más los suyos en su cintura.
-Literalmente yo no estaría aquí hoy si no fuera por ti. ¿De verdad crees que eres incompetente? Estoy tan agradecida de que seas la mejor doctora de aquel hospital- besó su hombro y se apartó mirándola a los ojos.
-¿Te quedarás aquí conmigo?
-Nuestra relación está basada en preguntas innecesarias- reviró los ojos haciendo reír a Regina.
-Pensé que iba a escuchar un «claro que me quedo, mi amor», pero eso también me sirve.
-Claro que me quedo, mi amor- repitió y le dio un piquito- Te he echado de menos estos últimos días – dijo mientras Regina la soltaba para sentarse en la cama y atraerla hacia ella.
-Tenemos todo el tiempo del mundo para recuperar el perdido- reposó su cabeza en el pecho de Emma que llevó su mano hasta su cabello, acariciándolo, y besó su cabeza.
Las palabras de Regina hicieron que Emma recordara el asunto que había dominado sus pensamientos algunas horas atrás.
¿De verdad tendrían todo el tiempo del mundo?
Pasar esos siete meses en Milán significaría pasar más tiempo lejos de Regina de lo que había estado cerca, si las dos semanas en las que solo se habían visto una vez ya le había causado esa añoranza, siete meses causaría algo que ninguna palabra podría describir. Tenía que contarle lo de la propuesta, aunque aún no lo hubiera decidido, necesitaba saber cómo mantendrían la relación. Si Regina estaría de acuerdo en caso de que ella aceptara. Mills era una de las razones de esos dilemas. La posibilidad de las dos reacciones existía y Emma temía que Regina pudiera adoptar la peor de ellas.
Esperaría el momento idóneo para tocar el tema.
-¿Estás bien?- preguntó tras un tiempo en silencio. La morena mantenía los ojos cerrados mientras recibía su cariño, pero sabía que no estaba durmiendo.
-No del todo, pero estoy mejor, escape
Emma sonrió al escuchar el mote con el que hacía tiempo que Regina no la llamaba.
-Estoy muy orgullosa de ti, ¿sabías?
Regina levantó su rostro y sonrió
-Te amo tanto
-Yo también te amo y por eso no voy a permitir que no veas lo maravillosa que eres en todos los sentidos. Siempre estaré aquí para recordártelo.
Ver lo mejor que hay en otra persona y hacer que esta lo vea es otra de las consecuencias que trae consigo el amor.
Emma, para Regina, funcionaba como la morfina: los efectos eran tranquilidad y alivio del dolor.
