Capítulo 26

Hacer las maletas estaba volviendo todo más real.

Las dos semanas que se sucedieron tras la conversación con Regina pasaron en un parpadeo. La reunión se había celebrado y todo estaba aclarado. El deseo de ir y la satisfacción de Emma eran casi palpables.

Ambas estaban intentando aprovechar el máximo que podían juntas, cada minuto que pasaba parecía traer una añoranza anticipada.

Aunque era difícil esconder cuán ardua sería esa distancia y ese tiempo, Emma intentaba enmascarar su deseo de no dejar Nueva York de la misma forma en que Regina escondía que la quería allí todo el tiempo.

El clima de despedida se había instalado desde la cena de la noche pasada, que David y Mary se empeñaron en organizar. Un último momento en familia en siete meses, y la familia incluía a Zelena, August, Cora y Tinker, además de algunos amigos de Emma. Los padres no escondían lo orgullosos que estaban, a pesar de que la añoranza era completamente visible, el orgullo eran aún mayor.

Regina se había ofrecido a ayudar a Emma con las maletas, pues estaba completamente segura de que si ella o Mary no la ayudasen, probablemente dejaría la mitad de las cosas necesarias atrás.

-Me he cansado-Emma se echó en la cama al lado de la maleta abierta.

-Estamos acabando-apoyó las manos en la cintura, mirándola

-Me estoy llevando casi todo mi armario, creo que ya es suficiente. Tendré que pagar por exceso de equipaje al regresar o dejar algunas prendas allá.

-¿Por qué será que no me sorprende?-sonrió –Levanta, Swan, ven acabar esto ya

Emma se levantó de la cama, la rodeó y abrazó a Regina por la cintura.

-Echaré de menos cuando tú crees-enfatizó –que puedes enfadarte conmigo- besó su rostro y después la miró a los ojos percibiendo su insatisfacción.

-Sabes que no me gusta cuando hablas así

-Sabes que no me gusta cuando pones esa carita que me hace querer cancelar todo-dijo haciendo que Regina diera una media sonrisa.

-Vamos a terminar tus maletas- le dio un piquito, saliendo de sus brazos y entrando en el vestidor.

A Emma se le partía el corazón cuando Regina dejaba ver ese desánimo por estar lejos. Quería estar las veinticuatro horas cerca tanto como ella, pero aparentemente era más difícil para quien se quedaría. Seis meses más un mes para su adaptación a la nueva rutina y su instalación en un lugar completamente nuevo, así que, era muy necesario ese mes en que aún no daría clases.

No estaba yéndose de vacaciones, iba a construir una nueva etapa de su vida. Se asustaba al pensar en cuántos cambios podría traer eso, tanto positivos como negativos, y en esa nueva etapa, no se imaginaba sin Regina a su lado. La quería en cada pequeña alteración que hubiera. Le dolía saber que esta vez, el "a su lado" no era literalmente, pero al menos sabía que en cuanto a significado era lo mismo.

Una hora después, Emma estaba arrastrando la última maleta a una esquina del cuarto.

Un día antes de la cena en familia, tuvieron una cena a solas, en un restaurante que ambas apreciaban. Habría sido en su última noche antes del viaje si Regina no hubiera insistido en que la noche anterior a la partida se quedaran solas las dos en casa.

La noche neoyorquina era, una vez más, digna de ser admirada desde una azotea.

Emma apoyó sus brazos sobre los de Regina que la abrazaba por detrás, y apoyaba su mentón en su hombro.

Regina había aprendido a cogerle el gusto a las azoteas, ventanas, cubiertas y cualquier lugar alto que le ofreciera una vista privilegiada. Era algo tan peculiar de la rubia que también se había convertido en algo particular de ella, sin embargo de una manera distinta debido a sus propios motivos.

Ahora siempre dejaba sus ventanas abiertas. La localización de su edificio y la planta donde se situaba su apartamento le traían los recuerdos de los primeros días en que había conocido a Emma. La rubia en la cama del hospital, pidiéndole que le abriera la ventana. La primera noche en que habían dormido juntas, tras la fiesta de Belle, cuando le había contado lo mucho que le agradaba la vista desde una ventana y el viento que por ella entraba.

Le gustaban las terrazas pues le recordaban el día del primer beso, las horas agradables que tuvieron antes, la visita inesperada al taller, el regalo que le sirvió perfectamente, las manos en la cintura que le causaban estremecimientos aunque fuera sin segundas intenciones, la gratitud que debía ser expuesta en palabras, el recelo ante el rechazo cuando ya estaban tan próximas y finalmente, los labios juntos que fueron el punto de partida para la mejor fase de su vida después de años sin creer que todas las cosas podrían suceder sin ser idealizadas.

Las azoteas nunca le habían llamado la atención, lo alto de un edificio nunca le había sido atractivo, hasta el día en que se sintió tentada a seguir las ordenes de Ruby en una llamada. Aún tenía en su mente las imágenes perfectas de cómo Emma estaba de pie, de espaldas, de cómo la miraba, asustada, por esta en su lugar favorito sin haber sido invitada. La primera pelea le hizo ver que ya sabía desde antes que quería a Emma, pero no tenía noción de cuánto.

La cena preparada en aquella azotea, tras la reconciliación. Si buscase más un poco, podría recordar hasta qué vino habían tomado aquella noche. Sonreía sola al recodar cómo habría acabado la noche si no hubiera recibido aquella llamada de urgencia.

Sus recuerdos funcionarían como un escape cuando Emma estuviera lejos. La presencia física, al menos, sería recordada en todo momento.

-Me gustaría que vinieras conmigo por algun tiempo, al menos- Emma continuaba en su posición. Sus ojos recorrían todo lo que tenía ante sus ojos, pero su pensamiento estaba con los brazos alrededor de su cuerpo.

-Te he dicho que lo intentaré, pero no puedo prometerlo.

-Estaría bien para ti cogerte vacaciones, nunca te he visto descansar más de dos días.

-Esa es otra cosa que tenemos en común, nuestras vidas son nuestros trabajos.

-Pero en algún momento nos cansamos, todo en exceso cansa.

-Por poco tiempo si nos gusta de verdad.

-Entonces usa ese poco tiempo en que te canses para ir a Milán.

-Comprenderás si no puedo ir, ¿verdad?

-Claro, pero no significa que no me fastidie.

-En caso de que no vaya, curamos ese fastidio cuando vuelvas a Nueva York.

-¿Y cómo pretendes curar mi fastidio?- preguntó girándose hacia ella. Sonrisas lascivas se formaron simultáneamente en los labios.

-¿Quieres una demostración?

- Quiero la muestra completa

Regina tenía intención de responderle, pero los labios de Emma sobre los suyos se lo impidieron. Sus manos continuaron en la cintura de Emma cuando se giró hacia ella, esta última mantenía los dedos enredados en los mechones castaños, tirando de ellos de la manera en que sabía que a ella le gustaba.

-En la azotea de nuevo no, Em- dijo con dificultad debido a los besos y lametones que recibía en su cuello.

-Nadie va a ver- volvió a mirarla a los ojos

-Demasiado arriesgado- negó con la cabeza

-No te quejaste después de los orgasmos múltiples

-Tampoco te quejarás de que los tuyos sean en la cama.


Regina puso a Emma de espaldas hacia la cama, sin parar el beso y la empujó sobre las sábanas. Las manos paseaban por su cuerpo, reconociendo cada camino trazado, cada curva en que se perdía como si fuera la primera vez.

Por una última vez en meses.

Ante la situación en que se encontraban, con el sabor de ser una última vez, con el sabor a despedida, todo parecía ganar el doble de intensidad. Tendrían que hacer que solo una noche valiera por todas aquellas en que no podrían tocarse.

Los labios de Regina se deslizaron desde los labios de Emma hasta su cuello, descendiendo hasta llegar a sus pechos, donde se detuvo y, en vez de hacer lo que Emma esperaba, volvió a besar sus labios. Redescubriría el sabor de cada esquina que ya conocía cuantas veces le permitiera el limitado tiempo. Su mano izquierda agarró la pierna de Emma, doblándola al lado de su cintura, encajándose sobre ella. Paró el beso y se apartó lo mínimo para mirarla a la cara, esperó a que Emma abriera los ojos ya alineados con los suyos como un imán. Se derritió con la sonrisa que recibió, Emma la sacaba de los límites con cualquier cosa.

-Nunca me cansaré de decir lo hermosa que eres- susurró haciendo que la sonrisa de Emma durara hasta el momento en que la besó de nuevo.

Su mano deslizaba por el costado de Emma, sintiendo su piel cálida que hacía que su cuerpo, inconscientemente, pidiera por más. Uno de los pechos de la rubia estaba bajo sus manos, haciéndola jadear cuando sus bocas se separaron. Sin más demora esta vez, su lengua rodeó su erecto pezón antes de chuparlo. Era indescriptible notar las reacciones del cuerpo de Emma bajo el suyo, lo conocía perfectamente para saber dónde hacer y cómo para satisfacerla.

Su mano deslizó por el abdomen hasta adentrar en sus bragas, y percibir el estado en que había dejado a Emma. Descendió y subió sus dedos lentamente, sintiendo su humedad, el placer buscado y causado.

-Eso es tortura- susurró Emma cerca del oído de Regina

-Sé que te gusta- susurró a su vez antes de prender el lóbulo de la oreja de Emma entre los dientes. Comenzó con movimientos circulares en su clítoris escuchando cómo gemía quedamente y viendo que arqueaba un poco su espalda.

Emma agarró la barbilla de Regina alzando su rostro para mirarla.

-Quiero tu lengua donde están ahora tus dedos.

Regina notó su intimidad palpitar al escuchar cómo su voz en esas momentos de pura libido se enronquecía. Obedecería a su pedido sin vacilar. Se arrodilló entre las piernas dobladas de Emma y le quitó las bragas, tirándolas con prisa a alguna parte del cuarto. Verla completamente expuesta siempre sería una de las cosas que le hacían perder la cabeza. Se agachó y comenzó a besar la parte interna de los muslos hasta alcanzar su encharcada intimidad. Al pasar la lengua y sentir su sabor, haciéndola gemir, lo poco de juicio que le quedaba se fue por las nubes. Acatando el pedido con tono de orden que había recibido, su lengua continuó lo que sus dedos hacían minutos antes.

-Regina…

-Pide que yo hago

-Chu…- esta vez iba a suplicar y no ordenar, sin embargo, sus pedidos siempre serían una orden y Regina no esperó a que se lo pidiese, comenzó a chuparla haciendo que dejara las palabras por el silencio que era quebrado por el sonido de su jadeante respiración y sus ahogados gemidos.

No sabría decir para cuál de las dos era más placentero, era un intercambio, algo tan mutuo que aunque solo una estuviera proporcionando placer, lo recibiría de vuelta con la misma proporción.

Su espalda se arqueó en un gesto involuntario, su cuerpo se estremeció indicando que había llegado a su límite. Alcanzó el clímax, y relajó su cuerpo sobre la cama, abriendo los ojos segundos después, a tiempo de ver a Regina arrodillándose de nuevo y limpiarse las comisuras de sus labios con sus dedos. La llamó con el índice y una sonrisa maliciosa formándose en su boca.

Con su cuerpo de nuevo sobre el de Emma, Regina la besó, pero Emma lo interrumpió segundos después. Desabotonó el sujetador que llevaba la morena de cierre delantero, esta se arrodilló de nuevo para quitárselo, con cada pierna a un lado de sus caderas.

-Quítatelas- señaló las bragas. Siguió a Regina con la mirada, observando cada movimiento que, en su mente, se hacía a cámara lenta. Era sencillamente imposible no considerar perfecto cada mínimo detalle en aquella mujer, cada marca, cada línea, cada curva. Se enamoraría todos los días de nuevo, cada día un poco más.

Regina la miró mientras seguía echada, volviendo a subirse en la cama, dobló las piernas de nuevo, una a cada lado de su rostro, colocando su vagina sobre la boca de Emma, quien, a su vez, subió sus manos por los mulos de la morena hasta agarrarla para que no detuviera en modo alguno el contacto que su lengua hacía con la encharcada intimidad de su novia. Pasó la punta de la lengua por su entrada por pura provocación, subiendo hasta su clítoris.

El gusto de Regina había sido el primero que probara y había decretado en el momento en que lo sintió que sería el primero y el último. Ni siquiera le gustaba la idea de experimentar otros y le calmaba la idea de que también sería la única en degustarlo cada vez que se amasen.

Regina apoyó sus manos en el cabecero de la cama mientras una de las manos de Emma agarraba sus caderas y con la otra masajeaba su pecho, al mismo tiempo que su boca le causaba embriagadoras sensaciones.

Emma aferró con más fuerza sus caderas, estaba vez con las dos manos, Regina ondeaba sobre su boca y gemía mientras se mordía su propio labio inferior, y Emma casi estaba experimentando otro orgasmo solo por verla. Notó el líquido caliento deslizarse por su boca y escuchó a Regina buscando aire mientras se echaba a su lado. Miró hacia su rostro, sus ojos cerrados y una media sonrisa. Su pecho subía y bajaba a un ritmo acelerado. Era una escena tan linda que no le importaría si se pasaba el resto de la noche admirándola, tenía ganas de grabarla para verla siempre que la añoranza se sintiera con más intensidad, sin embargo, no era necesario tener una cámara para recordar cuando quisiera esa perfecta imagen.

Besó su hombro haciendo que abriera los ojos. Sus pupilas dilatadas y el brillo del deseo presente en sus orbes castaños le daban la sensación de subir al cielo sin moverse del sitio.

-Mejor es que ahora descanses, Em- acarició su rostro

Emma negó y acercó la palma de su mano hasta sus labios dejando ahí un beso.

-Quiero amarte cada segundo de esta noche- dijo en voz baja causando una sonrisa en Regina.

De dos semanas para acá, Regina forzaba sus sonrisas, y eso cuando no eran sonrisas de pesar o solo curvaba levemente la comisura de los labios. Emma odiaba saber que muchas veces había sido la causa de sus sonrisas más sinceras y ahora era la causa de esa desgana en sonreír, se esforzó lo máximo que pudo, sus gracietas ya eran incluso exageradas cuando Regina se ponía nerviosa o su ánimo parecía no existir.

Ver una sonrisa sincera en su rostro en esos días era tan extraño que se sintió como si hubiera ganado la lotería.

-Eres insaciable- dijo mientras se derretía con los besos que comenzaron en su hombro y ahora estaban en su mandíbula.

-Cuando se trata de ti, siempre- Emma sonrió y le dio un piquito demorado, prendiendo su labio inferior entre los suyos.

-Entonces haremos el amor toda la noche.

Emma asintió antes de besar sus labios de nuevo. Tocó con sus manos cada parte del cuerpo bajo el suyo, sin embargo usar solo las manos para sentirla era poco.

Besó su cuello, sus clavículas, entre sus pechos y su abdomen.

Se preguntaba si aguantaría de verdad estar tanto tiempo lejos, se estaba convirtiendo en una dependiente de la textura de su piel, de su olor y de cada gesto de Regina mientras el deseo estaba presente hasta en sus poros. Era una dependencia buena que no quería soltar nunca, de la que la propia causante era la cura.

-Amo cada parte tuya- su nariz tocaba la de Regina mientras mantenían sus ojos cerrados –y todo lo que quiero es que te sientas amada- susurró sobre sus labios.

Todas las noches en que se habían entregado no solo había sido sexo, independientemente del modo en que lo hicieran, era mucho más emocional que carnal, pero el momento pedía por más. Si alguna vez ya se habían mirado como lo estaban haciendo ahora en esa cama, no lo recordaban. Quizás solo la primera vez estuvo tan cargada de emociones distintas y entrelazadas como la noche en que sería probablemente la última en siete meses.

Emma se deleitaba con la excitación de Regina en sus dedos. Hacía movimientos circulares en su clítoris y no lo dejaría hasta que Regina se lo pidiera. Conocía todos sus límites y no se cansaba, era su zona de confort y no saldría de ella, solo tendría que apartarse por un tiempo.

-Necesito más, Swan- su voz salió entrecortada. Emma sabía que lo pediría y cuando usaba su apellido era su fin.

-Eres insaciable- repitió sus palabras mientras la penetraba lentamente con un dedo, sacándolo después de la misma forma y volviendo a penetrarla con dos. Regina le respondió con una breve sonrisa.

Se marcharía a Milán con su espalda y sus hombros marcados, Regina tenía las uñas cortas, sin embargo la fuerza con que le apretaba daría el mismo resultado. Una de las manos de la morena agarró su cabello cuando le chupó el cuello. Se marcharía marcada, pero también la dejaría de la misma manera.

Aun con los movimientos de sus dedos, Regina empujaba todavía más su cuerpo buscando el máximo contacto posible y se estremecía cuando Emma curvaba sus dedos estimulando su punto G. Debido al ritmo que llevaban, no tardó mucho en sentir los espasmos por todo su cuerpo y gozar por segunda vez en aquella noche.

-Los vecinos se van a quejar- soltó Emma una risita al echarse de nuevo al lado de Regina.

-Le daremos paz por un tiempo- sonrió también, girándose para mirarla.

Emma se acercó más, pasando su brazo por la cintura de Regina, juntando sus narices, sintiendo su respiración aún jadeante.

Aquella noche sería guardada por tantos motivos, cada uno más importante que el otro. Les daba igual que estuviera amaneciendo cuando dejaron de darles motivos de queja a los vecinos. Quién nunca se hubiera olvidado del mundo entre cuatro paredes con la persona amada que tirara la primera piedra.


Mills apenas había dormido.

Emma dormitaba en sus brazos y daba gracias por eso, sabía que no aguantaría las lágrimas al llevarla al aeropuerto, si ella viera las que insistían en caer, ciertamente se le pasaría por la cabeza la idea de cancelar el viaje.

El vuelo estaba marcado para algo después del almuerzo. Les quedaban pocas horas.

-Buenos días, amor- dijo Emma intentando mantener sus ojos abiertos. Regina pasó el dorso de la mano por sus mejillas en un intento fallido de secar las lágrimas sin que la rubia las viera.

-Buenos días- sonrió de una manera que no convenció a la otra –Eres una aguafiestas, quería despertarte con el desayuno en la cama.

-No sé si es peor que lo ocultes o que lo dejes ver- su rostro ya estaba completamente diferente.

-Disculpa- susurró cerrando los ojos

-También yo me siento así, ¿tengo entonces que pedirte disculpas?

-Claro que no

-Entonces no me pidas disculpas por algo de lo que no tienes culpa

Regina no le respondió con palabras, la abrazó aún más fuerte y sintió alivio cuando Emma le devolvió el abrazo con la misma fuerza.

-Estas dos semanas han pasado demasiado rápido.

-Los meses pasarán también de la misma manera.

-Eso espero.

-Yo también- Emma besó su rostro aún mojado por las lágrimas que había derramado.

A veces detestaba que todo tuviera dos lados. Era tan importante ese paso en su vida profesional que le traería óptimos resultados también en su vida personal, pero Regina la hacía querer desistir, pero no se quedaría porque la misma que hacía que quisiera quedarse era quien la apoyaba para que se marchara.

-Apenas has dormido, Em- dijo deshaciendo el abrazo

-Mira quién habla

-Pero yo no voy a pasar ocho horas dentro de un avión.

-Ocho horas que puedo pasarlas durmiendo. Poco importa mi sueño contigo aquí- colocó el cabello de Regina detrás de la oreja.

-La testarudez no acaba nunca.

-Forma parte- se encogió de hombros sonriendo

-Vamos a tomar un baño y no te quejes de que quiera preparar el desayuno sola- Regina se levantó y se dirigió al baño.

-¿No vas a dejar que te ayude?- preguntó Emma aún sentada en la cama

-No, Emma, ten un desayuno digno, por favor

-Hablando así me ofendes, ¿sabías?

Emma se dirigió también al baño y cerró la puerta, apoyándose en ella mientras Regina abría el grifo de la ducha.

-No era la intención, mi amor- sonrió

-Hum, ya…

Emma estaba algo más satisfecha de que el clima entre ellas hubiera cambiado por ahora. Que las últimas horas juntas al menos fueran buenas, por más que en algún momento se derrumbarían. Había cosas que no se podían evitar.

Tras haber decidió que era mejor dejar un poco de agua para los vecinos, ya que probablemente habían sido incomodados durante la noche, salieron del baño y como Regina había dicho, ni dejó que Emma se acercara a lo que estaba haciendo en la cocina.

Feliz se pondría el dueño de la cafetería a la que Emma decidiera ir todas las mañanas en Milán.

Las horas pasaron más deprisa de lo que deberían. El desayuno fue más para aprovechar la presencia una de la otra que para, de hecho, desayunar.

Cuando se dieron cuenta, Emma estaba cerrando la puerta de su apartamento y entregándole las llaves a Regina. La morena la ayudó con las maletas y el camino hasta el aeropuerto las estaba incomodando a las dos. La hora que Regina quería que se demorase había llegado.

Sus dedos entrelazados y una apretando la mano de la otra era como una despedida negada.

David y Mary estarían en el aeropuerto para despedirse y Ruby marcharía con ella, también volvía a Milán por cuestiones de trabajo, por eso había dado un empujoncito para que Emma fuera la diseñadora escogida. El célebre viaje de las dos juntas a Milán.

Estuvieron de manos dadas todo el tiempo, Regina solo la soltó para que pudiera despedirse de sus padres, sus ojos ya embargados por las lágrimas mostraban que no aguantaría por mucho tiempo. Se despidió de Ruby antes de Emma, y aquella caminó sola hasta la sala de embarque para que tuvieran su momento a solas sin interrupciones.

-Por favor, no llores, Regina, o no entro en ese avión- se aguantaba para no hacer lo que su novia estaba a punto de hacer.

Regina se lanzó a sus brazos, un abrazo de una añoranza anticipada, desespero y la despedida que se negaba a tener.

Para Emma era igualmente de difícil, sabía que aguantarían ese tiempo lejos, pero aún así dolía, solo que lo expresaba menos, estaba segura de que si juntara su deseo de quedarse por Regina con el deseo de Regina de que se quedara, realmente se quedaría, pero no podía. No esta vez.

La distancia y sus desventajas.

Dejó que las lágrimas cayeran también al escuchar el lloro contenido de Regina cerca de su oído.

-Hey

-Discúlpame- se apartó un poco-No estoy acostumbrada a tenerte lejos. No pienses que no estoy feliz por ti, sabes que lo estoy, es solo que…

Emma la calló con un beso. El sabor a despedida se juntó a las lágrimas que cayeron de ambos pares de ojos. Regina agarró el rostro de Emma entre sus manos mientras los brazos de la rubia apretaban su cintura en un intento de casi fundir sus cuerpos. Estaban en medio del aeropuerto, personas pasando a su lado presenciando una de las escenas más difíciles que habían tenido que pasar juntas. No les importaba el sitio y la cantidad de personas transitando alrededor.

-Te amo mucho- dijo Emma al separar sus labios, dándole un piquito a continuación. Intentó secar las lágrimas del rostro de la morena con los pulgares y Regina hizo lo mismo con ella.

-Te amo- intentó en vano secar sus propias lágrimas –Estaremos bien, ¿verdad?

-Creo en nosotras

Regina asintió y la abrazó una última vez.

-Tengo que irme- dijo Emma mientras su vuelo era anunciado de nuevo

-Llámame lo antes que puedas y cuídate, Em

-Cuídate también- le dio un beso en la cabeza y de mala gana caminó hasta la sala de embarque.

Darle la espalda a alguien nunca había sido tan doloroso. Regina ya la agarraba en la cama cuando tenía que marcharse, dejarla ir para tan lejos sin la certeza de tocarse de nuevo en siete meses solo era una prueba más de la fuerte mujer que era. Emma sabía que ella estaba feliz por verla en algo tan importante, pero eso no impedía que ambas quisieran estar cerca.

Tuvo ganas de echar a correr tras Regina y hacer que se fuera con ella o quedarse realmente.

-Este tiempo pasará rápido, patito- Ruby la abrazó de lado

-Sé lo que hará, pero por primera vez desde que nos conocimos, ha aparecido algo muy complicado. Regina tiene el don de hacer que las cosas sean más sencillas, más fáciles y esta vez ha sido todo lo contrario.

-Esto fortalecerá vuestra relación. Además, es sola una despedida, pronto estaréis riendo con una llamada de video.

-Suerte tenerte conmigo, harás que las cosas mejoren.


Regina estaba tan dispersa que varias veces solo aceleró el coche cuando escuchó pitadas de los coches de atrás indicando que el semáforo se había puesto en verde. Llegó a su apartamento tardando el doble de tiempo que le llevaría normalmente.

Cerró la puerta y tiró las llaves y el móvil sobre el aparador. Se sentó en el sofá y lo único que rondaba por su mente era lo que había acontecido ahí, el día en que Emma le dijo lo del viaje.

Se sentía mal por no estar totalmente bien con ello, la cuestión era que de unos días para acá había aumentado en ella un recelo que no sabía muy bien a qué se debía. Confiaba su vida a Emma, estaba segura de que no sucedería absolutamente nada que la hiriera si de Emma dependiera, pero al mismo tiempo resonaba en su mente que nadie controla los sentimientos y la distancia y el tiempo pueden ser dos grandes problemas.

Solo se calmó tras una tercera copa de vino.

Tendría que ser como Emma había dicho

"Creo en nosotras"