Capítulo 27

¿Cuánto tiempo pasaría para que las cosas se desencajasen?

Cuatro mil diecisiete millas.

Seis horas de diferencia.

Tres meses transcurridos.

Nada garantiza que una estructura no pueda ser derrumbada.

Ninguna relación es cien por cien estable.

Emma, desde que había llegado a Milán, según Ruby, parecía una niña en un parque de diversiones, y aunque estuviera ahí por segunda vez, parecía la primera. El nuevo apartamento en donde se quedaría por los siete meses era totalmente diferente al suyo, no se diferenciaba en el lujo, pero nada más era semejante. Su nuevo sitio de trabajo le resultó muy acogedor, la primera vez que piso el aula donde daría clase se quedó en éxtasis.

Si le hubieran dicho a Emma un año antes que estaría en Milán para hacer lo que siempre había soñado desde que había entrado en la facultad de moda, pero que no estaría sintiéndose totalmente completa, como mínimo, llamaría loca a la persona que se hubiera atrevido a decirlo. Sin embargo, era exactamente así como se sentía.

En las primeras semanas, cuando aún no se había acostumbrado al desfase horario de Milán, sus madrugadas las pasaba en claro, con llamadas o videollamadas con Regina. Nada sustituiría estar junto a ella, poder tocarla, besarla y compartir la cama, no obstante, en la situación en la que estaban, cualquier contacto suplía la necesidad de estar cerca.

Conforme se fue adaptando a la nueva rutina, Emma reguló su sueño siguiendo el horario de Milán, cosa que hizo que terminara por no coincidir con el horario de Regina en Nueva York. La hora en la que solían hablar pasó a ser hora de sueño para la rubia. Durante el día, los mensajes intercambiados eran pocos, Regina apenas cogía el móvil durante su turno, así como Emma no lo podía coger mientras daba clases.

El contacto se había cada vez más escaso. Varias fueron las madrugadas en que Emma se había quedado despierta esperando a que Regina terminara su turno y al menos desearle buenas noches, sin embargo, al igual que cuando la había conocido, Regina se estaba excediendo en el tiempo de trabajo. Emma sabía que hacía eso cuando no estaba bien, cuando necesitaba ocupar la cabeza y no quedarse sola. No tenía la total convicción de que la culpa fuera toda de lo que estaba sucediendo entre ellas, pero el tiempo para charlar era poco, no sabía a ciencia cierta el motivo.

Al principio, el tiempo parecía totalmente a favor. Ahora, la arena del reloj caía rápidamente, todo parecía dilatarse el doble.

Emma ya iba por su tercera taza de café desde que se había puesto a preparar las clases del día siguiente. Sus noches las pasaba en eventos a los que era invitada o iba acompañando a Ruby, en reunión o en su apartamento programando lo que daría al día siguiente.

Transmitir a otras personas lo que sabía era mejor de lo que imaginara. Podría muy bien aceptar ser profesora en Nueva York, aprendería a conciliar el tiempo de clase con el tiempo en el taller. Tenía esa idea hasta que Ruby le mostró el otro lado de la moneda. Definitivamente, el único sitio para realizar eso era ahí, en Milán, y le bastaba. Los cambios significativos que estaban llegando a su vida podrían dificultar totalmente todo lo que tenía en Nueva York.

Para faltar cuatro meses para su desfile, y con ella ordenando desde otro continente, todo estaba yendo bien, al menos lo que le decían todo estaba correcto. Les preguntaba a los padres, siempre que podía, sobre la marcha de las cosas en su propio taller y sobre la organización del desfile. Por ese lado, todo iba según lo planeado, un peso menos en su conciencia.

Apartó los ojos de la televisión cuando su móvil comenzó a sonar. Ya eran más de las tres de la mañana en Milán, mientras que en Nueva York aún no eran las diez de la noche. Estaba casi cerrando los ojos, pero no podría dormirse fingiendo estar satisfecha con los pocos mensajes intercambiados con su novia a lo largo del día.

-Finalmente llamas

-Acabé preocupándome con tantas llamadas

-Has vuelto a pasarte en tu turno…

-Es necesario, Em

-Sabes que no. ¿Qué está sucediendo, Regina?

-¿Qué podría estar sucediendo?

-¿Está todo bien por ahí? Hace días que no me dices cómo están las cosas

-Está todo normal, todo como debería estar, solo faltas tú

-Ya estamos casi por la mitad, pronto estaremos juntas de nuevo- se calló oyendo a Regina respirar de fondo

-¿Cómo estás? ¿Cómo ha ido tu día? Deberías estar durmiendo.

-No iba a poder dormirme sin hablar contigo, tres días sin escuchar tu voz es una tortura. Aquí está todo bien. Mi día como todos los demás, clases y preparación de las siguientes.

-Estoy orgullosa de que todo te esté yendo tan bien, hace que esta distancia valga la pena.

-¿Regina?

-¿Hum?

-Te amo

-Yo también te amo, Em

La oyó suspirar pesadamente de nuevo

-Sé que no estamos bien, como te había prometido, pero lo estaremos.

-Lo espero- su voz sonó baja. Emma no supo qué responder y por lo visto ni Regina qué añadir, fueron segundos en silencio –Voy a colgar, necesitas descansar, ahí ya es tarde.

-Tú también lo necesitas. Prométeme que te irás a casa en cuanto tu turno acabe.

-No lo hago porque quiera…

-Te conozco, Regina, incluso en cosas que ni te imaginas

-Lo que me ha tenido ocupada es mi trabajo, lo que amo hacer. Por lo que tú también estás ahí.

-Tienes razón. Es que no quiero que te sobrecargues.

No podía discutir, Regina tenía razón, ambas estaban haciendo lo que siempre había sido prioridad, no podía reprocharle lo que ella también estaba haciendo.

-No lo haré…Buenas noches, Em

-Buenas noches.


Regina colgó la llamada y se quedó mirando el móvil unos segundos. Había sido la conversación más larga con Emma en tres días y aún así no estaba satisfecha. No estaba pudiendo contentarse con tan poco. Los temas iban escaseando y todo estaba enfriándose.

Tenía que admitirse a sí misma que la relación ya no era la misma. Todo lo que habían evolucionado en tres meses, se estaba derrumbando en la misma proporción.

Y lo peor era saber que la culpa no era de ninguna de las dos. No había mucho que hacer.

Cuando despertaba, Emma ya estaba ocupada. Cuando llegaba a casa, Emma ya debería estar durmiendo. Aumentar o no sus horas de turno, no cambiaría nada la relación entre ambas.

Les quedaban los fines de semana, los cuales Emma siempre tenía ocupados, su nombre estaba en la lista de diversos eventos, desfiles y cenas.

No iba a negar que estaba orgullosa de cómo le estaba yendo todo tan bien a la diseñadora, henchía su corazón colmado de añoranza ver a Emma sonreír contándole cómo funcionaban las cosas por allá, las personas que había conocido-de las que tenía envidia por tenerla cerca-, los lugares que visitaba y lo bien que estaba siendo recibida, y lo satisfecha que estaba al estar enseñando a personas que estaban enamoradas de lo mismo que ella hacía.

Su rutina en Nueva York continuó siendo la misma, mentiría si dijera que no sabía lidiar con todo esto. Hasta algunos meses atrás no había tenido a Emma en su vida, a pesar de lo increíble que había sido conocerla y ver que su amor era correspondido, no podía ni quería que su vida girarse en torno a una relación.

A Emma le estaba saliendo todo bien en Milán.

Su vida continuaba son notorias diferencia en Nueva York.

La relación que se desgastaba cada día más era solo un detalle, un maldito detalle que se estaba apoderando de sus pensamientos. Echaba de menos incluso el modo en cómo la rubia estaba presente en su cabeza, antes por motivos que la hacían suspirar, ahora, por motivos que la desestructurarían. A pesar de no poder y no querer parar su vida por alguien, casi era eso lo que estaba haciendo. Emma realmente la sacaba de sus cabales con cualquier cosa, y esta vez, infelizmente, no era algo bueno.

Dejó el móvil sobre la cama y entró en el baño. Mirarse en el espejo y notar su cansancio le recordó cuando la fatiga física no era nada comparado con lo que ocurría en su interior. Antes, lo que la atormentaba era estar muy cerca de alguien del que hoy ni se acordaba. Esta vez, todo lo que necesitaba eran los brazos que la calmaban después de un día agitado en el hospital. Emma había cambiado hasta su rutina, le había ofrecido tanto y todo le estaba siendo arrancado poco a poco.

Sumergió su cuerpo en la bañera, pegando su cabeza a la loza y cerrando los ojos.

No había escapatoria del camino que estaba tomando todo e, infelizmente, el destino final no era lo que ninguna de las dos había esperado cuando Emma se había marchado.

Ya era claro para ambas que no había modo de mantener una relación que incluso Tinker le decía que se había convertido en un iceberg.

Todavía quedaban cuatro meses para que Emma volviera. Si en tres había surgido esta imprevisible vuelta de tuerca, en cuatro, se volverían prácticamente desconocidas. ¿Y cómo sería cuando Emma regresase?

Hasta el momento estaban siendo pacientes, aguantando hasta donde era posible, pero en algún momento ya no se podría agarrar todo lo que estaba a punto de derrumbarse.

Habían vivido con tanta sintonia.

En pasado.


-¡Emma!- Ruby estalló los dedos frente al rostro de la rubia.

Emma observaba a las personas caminando a su alrededor, sus ojos se detuvieron en una pareja sentada a una mesa en la esquina de la cafetería y fue imposible no pensar en Regina, siempre escogían los lugares más reservados, las mensas más escondidas. Sus dedos tamborileaban en la madera de la mesa, cerca de su taza aún llena de café.

-Ah, perdóname-volvió su mirada hacia su amiga

Ruby siguió su mirada y encontró lo que la rubia observaba tanto. Recordó cuando Emma la fue a buscar al aeropuerto, estaba llena de conflictos interiores, todo porque una doctora había entrado en su vida. Ya había imaginado que a partir de aquel día, en aquel café de Nueva York, en un final de tarde, la conversación y los consejos dados iban a resultar en algo, pero no imaginaba que sería algo tan grande, como máximo, pensaba que Emma sentía atracción por la mujer y un mero deseo de tener su compañía, no se le había pasado por la cabeza que vería a la amiga dispersa, olvidándose de tomar su café por estar lejos de la mujer que amaba.

-Falta poco, patito, esa ansiedad que tenéis hace que el tiempo parezca avanzar lentamente- posó su mano sobre la de Emma y al acariciarla recibió una leve sonrisa de puro desánimo.

-No sé si aguantaremos este tiempo, Ruby. Creo que no nos basta con cinco minutos por llamada cada dos o tres días, no podernos ver como Dios manda y mandarnos mensajes básicos de buenos días y buenas noches. Supongo que ninguna relación puede basarse en eso.

-¡Emma, no, por favor!- dijo cuando vio que sus ojos brillaban por culpa de algunas lágrimas.

-Es tan extraño tenerla alejada de esta manera, aparte de todo. Ninguna de las dos lleva bien esto.

-Hay modo de solucionarlo, patito, todo es cuestión de tiempo, paciencia.

-Ya tenemos paciencia, si no la tuviéramos, ni de esta manera estaríamos todavía.

-Emma…

-Creo que nuestros días juntas están contados.

Desde el momento en que Regina cortó la llamada en la madrugada, su corazón estaba encogido. No era la primera vez que tenían una fría conversación como aquella y sabía que no sería la última. Era todo por un tiempo determinado, nada impediría que cuando volviera a Nueva York, la relación continuara siendo la misma. Habían pensado que aprenderían a convivir este tiempo lejos y por lo que se veía se habían equivocado, era probable que también se engañaran al creer que todo volvería a ser un mar de rosas cuando estuvieran cerca de nuevo.

Lo que se derrumba de una vez tarda en volver a ser reconstruido.