Disclaimer: Gravity Falls le pertenece a Alex H.

Summary: Conjunto de one-shorts, drabbles y viñetas de la pareja MaBill. Chapter 9: Porque era bien conocido que la palabra «rendirse» no figuraba en el vocabulario de Mabel, ni siquiera en aquello que inmiscuía a aquel molesto demonio de sueños. (O: en donde Mabel es un sol resplandeciente y Bill la detestaba profundamente. Pero comienza a no hacerlo.)

Advertencia: One-short. Posible OOC. Algo así como un Semi-AU. Idk qué es esto o qué clase de final tiene.

Notas: Han pasado 84 años (?) Tenía el capitulo listo desde hace semanas, se los aseguro. Pero llevaba al menos tres meses sin internet en la computadora y no lo podía subir, recién ayer vinieron a instalarlo. Pero bueno, ojalá las espera lo allá valido, disfruten este one-short.


La cura para la soledad


Mabel es algo así como un sol resplandeciente, anhelando iluminar las penas ajenas. Tiene las sonrisas de supernova entrelazadas entre los deditos de algodón, junto a sueños infantiles de los que no es capaz de desprenderse; posee la inocencia trazada en la mirada cual constelación y las risas de verano enredadas en los cabellos-hilos de chocolate caliente. Ella también tiene aquel irritante deseo de que todos a su alrededor sean felices, como si su propia felicidad no estuviera completa hasta que no viera a los demás sonreír. A Bill le parece realmente estúpido y sin sentido, le desconciertan sus intenciones y las miraditas brillosas que le echa cuando nadie parece notarlo. Casi como si viera a un animal de la calle.

Le retuerce las entrañas y lo enfada y ofende. Le desagrada tanto.

(la detesta detesta detesta).

No necesita su lástima.

Pero pareciera no importar cuantas veces le grite o amenace, ella sólo hace oídos sordos, convencida de que, muy en el fondo, él se siente solo. Y como si de su deber se tratase —y pese a sus esfuerzos— ella continúa a su lado, esforzándose para hacerlo entender que ahora ella estaba ahí para él, que ya no debía estar solo.

«Como si eso me alegrara» le dice cuando sus intentos comienzan a agobiarlo y hacer su cuerpo teñirse de rojo carmesí mientras su ira aumenta. «Lo único que quiero es que tú y tu estúpida familia se esfumen de mi vista de una vez por todas. ¿Es que no lo entiendes?»

Mas ella sólo le mira de esa forma que a Bill le asquea tanto, para luego sonreírle y pronunciar una y otra y otra vez esas palabras que el Cipher no comprende cómo es capaz de pronunciarlas, de dirigírselas a él de entre todos los seres existentes. A él, quien trató de gobernar toda su dimensión y de asesinarla tanto a ella como a su querido gemelo. Simplemente no lo entiende no lo entiende no lo entiende no lo—

«Yo quiero ser tu amiga».

Entonces Bill entrecierra la mirada, observándole con los ojos de espectro nocturno que posee y se larga a reír (mentirosa, sucia mentirosa) ante la intrigada expresión de Estrella Fugaz.

Y es que a veces ella era tan estúpida.

¿Qué era lo que esperaba? ¿Qué él aceptara su compasión? ¿Qué al final del día se hicieran amigos, y así él empezara a caminar los primeros pasos de su camino hacia la redención por su horribles acciones?

Ja. Ja.

Pero pese a su obvio rechazo, Mabel sigue sonriéndole y Bill sabe que al día siguiente volverían a repetir la misma historia, la misma rutina, que ella no se rendiría con tanta facilidad. Y realmente no sabe como sentirse acerca de eso (la detesta, pero aun así—) o cuánto llegarían a durar sus esfuerzos.

(…)

Hay veces en las que Mabel le mira y sabe decir que Bill se siente solo, hay algo dentro de su pecho que le palpita rápido y le da esa certeza. Y mentiría si dijera que son muchas las cosas que sabe sobre Cipher; no conoce su origen ni el porqué de sus actos; no sabe si alguna vez tuvo una familia o alguien que se preocupara por él y lo amara. Pero el escenario especialmente a alguien como ella le parece sumamente triste y devastador.

Entonces le mira y tal vez los ojos le brillan más de lo que debieran cuando lo hace. Pero le es inevitable no simpatizar con su soledad, con las tragedias que lleva enmarañadas en el pecho fingiéndolas sin importancia.

Y quiere ser capaz de consolar aquellas penas que carga a escondidas entre sus garras de demonio. Pasarle los dedos por entre los cabellos de oro empañado que posee y recargar su frente contra la suya, asegurándole con palabras dulzonas que todo iría bien —a pesar de que él la rechace con sus palabras cortantes y sus amenazas vacías—.

A decir verdad no está segura del momento exacto cuando pasó a preocuparse tanto por aquel monstruo de sueños, más sabiendo las cosas horribles que le había hecho no sólo a su familia sino a todos los habitantes de Gravity Falls —esas cicatrices físicas y emocionales que tardarían mucho en sanar—. Pero era así y no iba a descansar hasta que pudiera hacerlo siquiera sonreír, y no como una de esas sonrisas de sicópata-asesino-y-torturador-de-bebés que casi siempre usa, claro está.

Seguiría intentando ayudarlo, porque la palabra «rendirse» no figuraba en su vocabulario y eso era algo que todo el que la conociere sabía bien.

(…)

Entonces:

Una noche están ambos sentados observando las difusas estrellas, en aquel escondite que una vez Wendy les enseñó a ella y Dipper para escaparse del trabajo. Hombro contra hombro y los rostros vueltos hacia el cielo, y Bill no tiene idea de cómo diablos Estrella Fugaz lo arrastró hacia allí, pero en realidad no puede quejarse porque debe admitir que aquel paisaje le transmite cierta paz surrealista. Sin embargo—

— ¿Por qué? —inquiere de súbito, llamando la atención de Mabel.

— ¿Porque qué? —pregunta ella a su vez y le sonríe, oh claro que lo hace.

(y le repugna).

— ¿Por qué insistes tanto en tratarme como si fuéramos amigos? —Voltea a verla y le sonríe de manera cruel— ¿Es que acaso te hace sentir mejor contigo misma? ¿Actuar como si fuera tu deber el salvarme o una estupidez así? Pues dejame decirte que no es así Estrella Fugaz, el que intentes ayudarme tan desesperadamente no te hace una santa.

Y hubiera comenzado a reír en ese mismo instante, de no ser porque la expresión de Mabel en vez de reflejar la molestia o desazón que él hubiera esperado, seguía mostrando esa dulce sonrisa.

—Es verdad que, después de todo lo que hiciste, tal vez no debería importarme tanto —musita jugando con sus manos, aunque al Cipher le parece por unos momentos que lo decía más para sí misma—. Pero me importa. Tú me importas Bill.

(le molesta, le molesta tanto).

—Yo quiero ser tu amiga Bill.

Bill aprieta los labios y comienza a sentir la boca seca, como si todos los insultos crueles que podría decirle en ese preciso momento se hubieran desvanecido y dado paso a—

— ¿Y yo qué diablos ganaría si aceptara tú amistad?

Mabel extiende su sonrisa.

—Mi compañía.

«Y ya nunca tendrías que estar solo, Bill».

Chasqueá la lengua (no la entiende, no logra entenderla) y cierra su ojo visible mientras lanza un suspiro.

—Estás loca Estrella Fugaz, ¿te lo han comentado alguna vez?

La Pines lanza una risita tonta: —No eres quién para decirme eso, ¿no lo crees Bill?

Y él eleva un poco las comisuras de sus labios, aceptando silenciosamente que esta vez ella tenía razón.

— ¿Y bien…?

—Ugh, realmente eres una molestia Estrella Fugaz.

Ella vuelve a reír.

Y entonces Bill, a regañadientes, termina por aceptar.

(…)

Las cosas no cambian mucho, en realidad. Estrella Fugaz sigue molestándolo e importunándolo cada vez que puede con sus frasecillas empalagosas y sus miradas que rebosan cariño sin sentido; y Bill sigue profiriéndole comentarios mordaces y poco amistosos, por más que hubiera aceptado finalmente el considerarla una amiga, sin embargo—

Sin embargo también hay momento en las que ambos se quedan solos, ya fuera en el cuarto de la Pines o en cualquier otro lugar, y Bill puede sentir como Mabel entrelaza sus manos con cierta timidez impropia de ella y las mantiene así por momentos que le parecen infinitos. Y aunque antes el Cipher la hubiera apartado bruscamente ante esa acción confianzuda, la verdad es que ahora solo atina a sentir las mejillas arderle y a mirarla por cosa de unos segundos, percatándose de que trae una expresión que le es difícil de describir.

De cierto modo tampoco es un secreto para nadie lo cercanos que se vuelven repentinamente y tampoco se molestan en ocultar lo molestos que están por ello, aunque los únicos que lo demostraran más abiertamente fueran Pino y Seis Dedos, lo cual era normal considerando que eran quienes más rencor le guardaban. Ninguno podía entender por qué Mabel actuaba tan amablemente con un monstruo como él, y para ser honesto él tampoco logra entenderlo, incluso en esos momentos.

(ella le intriga, con todo su brillo y las sonrisitas de azúcar que le ofrece con brazos abiertos).

Pero, para su extrañeza, no le molesta.

Y es que es Mabel que está llena de maravillas y buenas intenciones y a su lado Bill comienza a sentirse bien, cálido, con un extraño sentimiento de añoranza que le embelesa y le impide darse cuenta o preguntarse cuándo su mirada comenzó a vagar con tanta frecuencia sobre las facciones de Estrella Fugaz y.

Bill comienza a detestarla cada vez menos.

(…)

No le toma mucho tiempo darse cuenta —y aceptar— que aquello que le hace arder el pecho ante su presencia podría ser aquello que los humanos tanto llaman amor.

(…)

Mabel se sobresalta en ese mismo instante y siente las mejillas calentársele de forma exagerada, casi agradece el rubor natural que estas poseen pues de otro modo aquel sonrojo se habría hecho aun más notorio. Siente la mirada de sol eclipsado de Bill observarla con un gesto que casi parece innatural en él (de repente sus irises se han teñido de un cariño tan irracional como el de ella). Pero no es eso lo que le ha provocado aquella reacción.

Bill le sonríe. Le sonríe con una sonrisa que Mabel cree nunca antes haber visto dibujarse en su rostro. Es tan suave y cálida y sincera y se le estremece el corazón nada más verlo esbozarla. Y sabe que debería sentirse contenta y casi saltar de alegría, pues ha cumplido su propósito y, tal como lo había pensado, su amistad y compañía habían comenzado a surtir efecto en el sangrante corazón del Cipher. Lo había hecho feliz y logrado menguar, aunque fuera un poco, su soledad. Pero

(le sonríe, le está sonriendo a ella)

no es capaz ni siquiera de reaccionar ni corresponder su sonrisa. Siente que se ha quedado estática, que se ha petrificado y que toda la sangre que corre por sus venas ha decidido agolparse en sus mejillas —tal vez esas fueran las consecuencias de ver sonreír a un demonio—. Trata de hablar pero repentinamente pareciera que hasta su boca se ha entorpecido.

Bill ríe un poco al ver su reacción —parece complacido—, aunque curiosamente no se parece en nada a las risas siniestras tan normales en él. Mabel no entiende porqué pero es incapaz de apartar la mirada de su sonrisa y es como, oh vaya, de repente se ha dado cuenta de que si lo ve de cierta forma aquel aspecto casi humano de Bill no era nada feo tampoco. Incluso podría igualarse o superar el atractivo de los chicos de Varias Veces que tanto le gustan o de aquellos protagonistas de novelas románticas no aptas para su edad que lee de vez en cuando. El simple pensamiento hace que se ruborice aun más, de ser eso posible.

.

.

.

Esta vez es él quien entrelaza sus manos y le recorre los cabellos fríos con la punta de los dedos, Mabel solo recibe la caricia en silencio, con mil y un pensamientos en su mente al mismo tiempo. Bill no ha dejado de sonreírle y de mirarla y Mabel descubre que le gusta eso, que le gusta que le sonría y que le mire con los ojos manchados de adoración (porque la adora la adora la adora, como la Estrella Fugaz que sólo ella puede ser). Y es algo más profundo que sus innumerables flechazos pasajeros hacia chicos lindos, aquellos que de un modo u otro siempre terminaron mal —ella no quiere que esto termine del mismo modo—.

Bill recarga su frente contra la suya — ¿acaso no debería ser ella quien hiciera todo eso?— y le sigue mirando a los ojos con tal intensidad que a Mabel le parece difícil no desviar la mirada, azorada. Ensancha su sonrisa y—

—Creo que tu dulzura empieza a enfermarme Estrella Fugaz, porque de un momento a otro siento el pecho martillear ante su presencia y no puedo alejar mi mirada de tu resplandor de sol fulgurante. ¿Pero sabes qué? A decir verdad tampoco me apetece hacerlo.

Mabel entonces no puede contener la leve risilla de chica torpe que escapa de entre sus finos labios. La verdad es que no sabe si algo en todo eso tiene sentido alguno, pero, después de todo, siempre es así cuando se trata de Bill Cipher. Tampoco sabe lo que diría su familia de verlos así, de enterarse de aquello que había comenzado a palpitarle en el corazón a causa de aquel demonio, pero decide —se convence— de que es algo sin importancia.

(porque le quiere le quiere le ha llegado a querer tanto que cree que en cualquier momento explotará).

Y le abraza porque a final de cuentas sí fue capaz de curarle la soledad, y le susurra al oído aquellas frases cargadas de azúcar con las que por tanto tiempo buscó consolarle. Bill le corresponde y esconde el rostro en el hueco de su pequeño hombro, disfrutando del aroma primaveral de su cabello y de las cosquillas que estos le provocan al rozarle la nariz. La alza en brazos y se aferra a ella como quien se aferra a su propia vida, a su esperanza, a su luz.

(se miran y se quieren y se adoran y en brazos del otro han podido encontrar su propia felicidad).