Retazos de versos cortos.


Y fue que la vi.

Con su sonrisa radiante, llena de alegría y calor mientras el viento despeinaba sus cabellos dorados en una danza fantasma en el cielo. El sol pego en su melena y yo me deslumbre por tan inconmensurable expresión de perfección.

La mire justo cuando sus ojos se iluminaron; tan destellantes logrando cayera rendido en el océano de su mirada ojizarca; Esa que entre sus misterios atlánticos muestra la inocencia y llama encendida de una vida en auge.

Camino cual gacela, con pasos modestos y equilibrados en mi dirección. Me tomo solo dos segundos recuperar el habla ante la inocencia de su belleza arrasadora. Mi corazón adopto una danza frenética como si una banda de guerra tocara su marcha marcial. Lista para la guerra. Lista para morir.

Su vestido se movió en sintonía con su perfecta figura y pude notar que era lo que me volvía loco por ella; no solo era su cuerpo siempre jovial, su piel suave al tacto.

No. Era toda ella quien me cautivaba y llevaba a los confines mismos de lo desconocido. Esonera ella...

El corredor de lleno de frescura donde rebosaba su fragancia paulatina. Esa que siempre roba de mi la cordura y me vuelve dócil.

Ella. Una palabra que expresa la dicha que me invade al verla. Ella, un ente celestial que vino al mundo, a mi vida, solo para mostrarme lo grande que es la creación.

Ella, es un poema andante. La perfección personificada. Una inverosímil realidad vestida de piel lechosa aterciopelada. Brazas mismas del infierno, o quizá un ser celestial abrazada al pecado de la mas sublime tentación; la mía.

Todo eso era para mi. Todo eso es, para quien la conoce.

Llego hasta mi posición y me mostró las perlas blancas de sus dientes afilados y en posición. Pestañeo sus largas y espesas pestañas cual alas de colibrí, mientras me pasaba de largo una vez mas.

Sin notar mi presencia. Sin destacar mi existencia. Volviendo a ser invisible ante sus ojos.

Mi corazón, compungido, se limito a absorber su perfume e inundar mis pulmones con su esencia dulce.

Ella no entendía el sujeto de mi adoración. Sus modales me permitieron escuchar su voz de arcangel, después ella siguió con su camino sin mirar atrás. Sin mirarme a mi.

Correspondí, casi inaudible, al amable saludo cordial que ella me expreso mientras iba tomada de la mano de su prometido. Lo saludó a la vez guardandonen mi interior una envidia celosa que me consume.

A diario me convenzo de que él es la razón por la cual gozo a diario de su radiante sonrisa.


Anónimo.