DESCUBRIMIENTO
Un poco de humor ft. Yurio y su POV de la relación de Victor y Yuuri.
Hay días en los que Yurio ve a Victor y a Yuuri, y se pregunta cómo es posible que alguien sea tan ridículo sin ser consciente de ello.
Todo comienza una tarde en la que Victor actúa más extraño de lo normal. Sus sonrisas son más exageradas, sus risas más constantes, y si antes no puede separarse del katsudon, ahora no sólo no se puede separar de él, sino que cada que lo ve, hay más sonrisas bobas y momentos eternos durante los cuales no separan la mirada el uno del otro.
El comportamiento de Victor no lo sorprendería del todo (porque viniendo de Victor, hay pocas cosas que puedan sorprenderlo), de no ser porque Yuuri actúa más torpe de lo normal. Su mente la tiene en otro lugar, falla todos los saltos y eso, en vez de hacer que Victor, como su entrenador, intente poner orden, sólo logra que haya más risas y palabras en voz baja. Y. Eso. Lo. Saca. De. Quicio.
—No entiendo a esos dos —murmura Yuri desde su orilla de la pista, sin dejar de ver a los dos tórtolos que entre risas (estúpidas) y miradas (bobas), no se han percatado de que la música de práctica hace minutos que terminó y que deberían despejar el área para que alguien más sí la use en su totalidad.
—Ah, la juventud —suspira Mila mirando a Yuri de reojo. A su lado, Georgi sonríe un poco, no sin antes mirar a Yuuri y Victor con algo de envidia.
—Cállate, abuela —responde Yuri y eso sólo logra arrancar una risotada de parte de Mila.
—Ay, Yuri. Tan inocente.
—Sabes que no lo soy —replica. Mila vuelve a reír.
—¿Quieres que te diga por qué están así?
—Mila —murmura Georgi—. Deja que lo descubra él solo.
Yuri podría decir que no. Debería decir que no. Pero dice que sí porque si hay algo que no puede soportar, es que los demás sepan algo que él no.
—Actúan así de tontos porque, al fin, Yuuri fue top.
Yuri mira a Mila. Observa su sonrisa ensancharse como en cámara lenta y de pronto, todas las risas, las miradas, los sonrojos, la manera como actúan el uno con el otro, tiene sentido. Con los ojos abiertos (por la sorpresa o el horror, eso no lo sabe bien), sólo atina a murmurar un débil:
—Oh.
