El viaje fue silencioso, el señor caminaba delante de mí. Tranquilo observando el mapa cada algún metro, en algunas oportunidades debía ayudarlo pues, estaba mayor y no podía subir los escombros el solo.
— ¿Cuánto falta? —Pregunte, llevábamos más tiempo del que deseaba a la intemperie.
—Lo que tenga que faltar.
El silencio volvió entre nosotros, el ambiente estaba tenso y se sentía pesado. Sobre todo había un incertidumbre en el aire, más ya del olor a sangre y putrefacción que nos recordaba la seriedad del asunto, no podíamos ir y volver con las manos vacías. Esta noche, el hospital debía estar libre y con alimentos… o medicina; o algo que valga la pena.
Arrugue la nariz, observaba a familias correr con niños en brazos a lo lejos, o a ladrones siendo fusilados. ¿Esos malvivientes tendrían familias? Que duro salir a buscar comida y que tu familia jamás sepa porque no volviste esa noche.
Un edificio grande y mal iluminado estaba frente a nosotros. El hospital, estaba sucio y poco higienizado. Entrados calmados, confiados.
Tenía mi rifle en las manos, listo para disparar si era necesario. Nos encontramos a un médico dispuesto a hacer negocios si así lo deseábamos. Incluso nos propuso un trato generoso.
—Detrás de la puerta roja, —Hablo el hombre con su bata sucia y un cigarro en la mano— Hay jeringas y ampollas de medicinas, si me las traen, se las cambiare por vendas y antinflamatorios.
Aceptamos el trato, después de todo, ganábamos. Solo era una simple habitación llena de escombros.
O eso pensamos hasta que, buscando debajo de una pila de hormigón, oímos unos disparos fuertes y algunos metales golpeándose entre sí, tal vez dentro de una bolsa. Un arma militar, potente y cargada, algunos gritos de hombres y luego silencio. Observe al señor, que seguía rebuscando tranquilo, el padre de Bulma estaba algo sordo; Intente localizar al disparador.
Vi a un grupo de personas armadas recorrer las instalaciones a oscuras y luego salir por una pared caída. Volvíamos a estar solos.
Me levante, despacio, acercándome a la salida improvisada. Cerca de allí había un campamento, al parecer el medico nos había mandado a robar medicinas. No me importaba eso, solo quería largarme de ahí. Eran las dos de la mañana.
Esa noche fue la más extraña que vivimos. Recorrimos el pasillo en silencio, recolectando las ampollas intactas –increíblemente eran un número considerable, tal vez treinta- llevándoselas al doctor, cambiándolas satisfactoriamente y largándonos de ahí cuanto antes.
Había niños y mujeres embarazadas, todos agradecidos por nuestra ayuda. Habríamos hecho unos veinte metros, antes de que una explosión nos hiciera girar sobre nuestros talones.
Habían hecho explotar un hospital pediátrico.
