Corrimos hacia nuestro hogar, perseguidos por una tormenta de escombros y polvo que se dirige hacia nosotros. El hospital caía y se estrellaba piso por piso, hasta que solo quedo un escombro de carne y hormigón.
Eran las tres de la mañana, nos refugiamos en una casa para recuperar el aliento. Un sonido de pases me hizo darme vuelta. Apunte el arma sin mirar siquiera a quien tenía en la mira, y dispare.
Dispare dos veces.
Y dos cuerpos cayeron al suelo, dos ancianos con las manos entrelazadas, se desangraban hasta morir. Mirándose entre ellos, tal vez con amor y lastima.
Baje la escopeta asombrada, la sangre helada. Había matado a dos personas inocentes, personas que tal vez ni siquiera pensaban hacernos daño. El señor paso delante de mí y rebusco la casa, robo medicamentos y alimentos.
Yo seguía sin poder moverme. Solo mirando los cuerpos.
Cuando me percaté de que faltaban diez minutos para las cuatro de la mañana, una mano estaba extendida frente a mis ojos húmedos. El señor, me intento ayudar a levantarme.
No sé en qué momento exacto había terminado en el suelo, temblando y llorando por la sorpresa. ¿Qué me había pasado? Todo parecía haberme saturado, la explosión, las muertes, la sangre… el amor en esos ojos secos… sin vida.
Caminamos en silencio, me sentía perdido. El llanto de un bebé retumbaba a lo lejos, ahora mismo había sido callado por un disparo. Lo que me hizo preguntarme, ¿Habría sobrevivo niños a la explosión? Si tan solo hubiera vuelto.
¿Cuándo me volví tan egoísta? ¿Cuándo preferí huir, antes de enfrentar?
Antes era un bombero. ¿Qué paso? ¿Qué me paso? Esta guerra está acabando con mi humanidad; con las vidas de los demás.
La álgida corriente de frío me helaba el rostro, mientras un vacío me carcomía.
—Vegeta, —Me llamo el señor— No lo sabias, solo quisiste protegernos. No es algo malo…
—No es algo bueno, tampoco—Interrumpí— Pudiste haber sido tú y tu esposa…
—Pero no fue así.
—Pude haber sido yo o Bulma, o mis hijos.
—Pero no lo fueron.
—No tenían por qué morir…
El señor se detuve frente a mí y me observo a los ojos— Nunca pensé ver a un hombre un fuerte como tú, derrumbarse como un niño. —Volvió a caminar hacia delante— Que vergüenza das.
Fruncí el ceño, pase mi antebrazo por mis ojos y levante la mirada. Lo hecho, hecho esta me dije con autoridad. Debo llegar a casa, el sol ya está por salir.
Debo cuidarlos, son lo único que vale la pena en este mundo loco.
