En este capítulo me basaré ligeramente en Giselle como en el primer capítulo y un poco en otro gran ballet: La Bayadère. Narraré el escape de Raccoon City, flashbacks sobre los acontecimientos en la mansión y más.
Capítulo 2. Probando la muerte, por primera vez
Departamento secreto, Raccoon City, 28 de septiembre de 1998, 7:00 pm
Jill está guardando todas las cosas que creía necesarias para sobrevivir a esta odisea repleta de zombies y personas de mal. Ahora no necesitaría salir viva de una mansión con apoyo de los S.T.A.R.S. sino de una ciudad enorme, sola.
Debido a que fue uno de esos días de verano rezagados en los que llueve fuertemente y levanta el calor terriblemente, pasadas las horas, su outfit no era de lo mejor, pero ella no pensó que la situación se saldría de control y que la policía con apoyo de otros soldados, hubieran combatido contra las B.O.W.s y perdido por falta de personal vivo. Bueno, no hubiera pensado que eso ocurriera tan pronto y por ello, hela aquí con una falda algo corta y una blusa que no la protegería de mucho.
Hace un mes, Chris, Barry, Rebecca y ella, habían encontrado ese departamento como su zona de seguridad, ya que necesitaban tener una base, en caso de que Umbrella visitara sus hogares. Jill sólo pensaba el cómo no le había ocurrido tener al menos ropa de cambio ahí como Chris lo hizo en un principio, afortunadamente Rebecca había dejado sus botas de combate y compartían la misma talla de calzado. Se quitó los tacones y se puso las botas, tuvo que utilizar calcetines que Chris dejó limpios, antes de irse a Europa.
Cómo no me fui con él… Al menos no estaría sola en este lugar infestado de zombies… Maldición Wesker, ¿por qué?
Pronto un ruido la sacó de sus pensamientos. Los zombies rompían vidrios y puertas, como si escucharan que aún quedaba alimento fresco dentro de ese edificio.
Jill se levantó y tomó las partes de una bomba, sólo tendría que armarla rápidamente y utilizarla en el lobby para salir de aquel lugar, no podría permitirse morirse tan pronto, no cómo él.
Flashback, laboratorios secretos dentro de la mansión Arklay, julio de 1998.
Chris, Barry y Jill se encontraban frente a una abominación que tenía el corazón expuesto. Su nombre era Tyrant, a menos eso decían los archivos y así lo confirmaba su capitán.
Barry les apuntaba, porque Albert Wesker fue lo suficientemente inteligente para amenazarlo con su familia. Ya decían que no era bueno tener familia si te dedicabas a ser agente especial, pero ¿quién podría culpar a Barry? Vaya hasta Chris y Jill se entregarían con tal de que no lastimaran a Kathy, Moira y Polly.
Afortunadamente Rebecca se encontraba escondida en otra habitación, lejos de un peligro peor al de los zombies, perros zombies y hunters.
— Ve a preparar el escape Barry… Déjalos a ellos aquí conmigo, ya saben que si hacen algo, quienes van a sufrir las consecuencias son los Burton. — Wesker le decía, mientras seguía picando los botones que tenían alguna conexión con el tanque del Tyrant.
Barry agachó la cabeza, los jóvenes de S.T.A.R.S. podrían jurar que de sus labios la palabra "lo siento". El experto en armamento se echó a la fuga y nada más quedaron Chris, Jill y Wesker.
— ¡¿Desde cuándo Wesker?! ¡Confiamos en ti, ciegamente! — Chris Redfield, como siempre, tenía la iniciativa de comenzar el ataque, aunque fuera con palabras.
— Desde siempre, Chris. — Albert Wesker no tenía por qué dar explicaciones, mucho menos a sus subordinados porque eso era lo único que serían, sus subordinados nada menos ni nada más. Aunque se sentía muy incómodo porque jamás pensó que le cobraría cariño a… ella.
— ¡¿Fue por dinero?! — Chris insistía con obtener respuestas, mientras que su compañera se quedaba callada sin quitar aquella mirada, una mirada que parecían cuchillos clavados en la nuca de su capitán.
Wesker cansado de las preguntas se volteó hacia ellos, los dos integrantes más fuertes del equipo Alfa. Sólo toleró la mirada de Valentine unos segundos y, mejor, se enfocó en Chris.
— No, Chris, esto no es una película en las que el malo sólo desea más poder adquisitivo, al contrario el dinero no lo necesito y no quisiera perder el tiempo explicándote mis razones, lo que deseo es terminar con las pruebas finales del Tyrant. — Fue la única explicación que Wesker le regaló a Chris.
Albert Wesker sabía que pronto toda su vida humana terminaría, para bien o para mal. Era el momento en el que se probaría a sí mismo si él era digno de evolucionar o perecería en el intento. Esto significaba no más sensaciones humanas, no más pensamientos platónicos hacia Jill Valentine.
— ¿Qué quieres decir con finalizar las pruebas? — El joven Redfield parecía no tocar fondo con sus preguntas.
Jill fue quien finalmente contestó, quitando la mirada hacia Wesker y dirigiéndola hacia el Tyrant — Imagina a esa cosa en el mercado, imagina toda la inversión que han realizado con ese ser y necesitan ver si vale la pena ponerlo a la venta. Ningún terrorista querría un arma cara, sin garantía. —
Wesker sonrió con su típica mueca, cuando Jill terminó de hablar y apretó el botón que comenzó a vaciar el estanque del terrible ser que terminaría o no con la vida de los presentes.
El Tyrant, impaciente, comenzó a golpear las paredes de vidrio reforzado que le bloqueaban la salida. Jill no se había dado cuenta de que Wesker se colocó frente al estanque, pero cuando lo vio frente a aquella aberración, no pudo pensar en otra cosa más que su capitán se había vuelto loco. No creía que alguien como él, fuera tan estúpido de ponerse frente al monstruo.
Jill abrió los ojos, con la necesidad de gritarle a Albert Wesker que se moviera de ahí. Él, mientras tanto, mantenía sus facciones serias como siempre. En un abrir y cerrar de ojos el Tyrant logró romper su estanque y en cuestión de segundos atravesó el abdomen del rubio.
Chris y Jill se hicieron para atrás, como respuesta automática a esquivar los vidrios y la sangre de su capitán. Wesker generó un ruido desgarrador causado por el dolor de perder órganos al momento. Su cabeza se heló y lo último que vio fueron los enormes ojos de Valentine, viéndolo irónicamente con lástima, así es, no lucía ni enojada ni triste, si no que le tenía lástima a Albert Wesker.
Raccoon City, 28 de septiembre de 1998, 7:20 pm
La detonación la mandó volando a la calle.
Jill con el cuerpo adolorido se incorporó y vio que un zombie se le acercaba, apuntó a su cabeza y disparó. Por ahora, su única misión era escapar de la ciudad, debía dejar sus pensamientos, recuerdos sobre sus compañero y él, sin dejar de lado sus deseos por terminar con Umbrella para después.
Raccoon City, 28 de septiembre de 1998, 10:00 pm
Una monstruosidad, más temible que el Tyrant está detrás de Jill. Ella no podía creer el terrible final que tuvo Brad Vickers, su rostro se perdió en el hoyo que le dejó aquella bestia.
Al parecer, lo único bueno que le ocurrió a Jill era Carlos y su apoyo. Finalmente saldrían de ahí, tan sólo debía hacer sonar las campanas de la Torre del Reloj y un helicóptero los sacaría de ahí, podría reunirse con Chris, Barry y Rebecca, y descansar aunque sea un poco de las constantes pesadillas.
Colocó los dos engranes necesarios para hacer sonar la campana y aquel sonido fue música para sus oídos, ahora sólo necesitaba hacerle señalizaciones al piloto, seguramente Carlos se encontraría con ella. Corrió y corrió hacia la salida de aquel complejo.
Sus dos manos empujaron fuertemente las dos puertas que se interponían entre ella y el sonido del helicóptero que escuchó acercarse. Al salir, vio el transporte que la salvaría, tuvo un momento de alivio, pero…
— S.T.A.R.S — escuchó a la bestia pronunciar la única palabra que parecía conocer. Volteó a su dirección y vio que el monstruo estaba apuntando con su lanzacohetes al helicóptero. Su sangre se heló.
Tienes que fallar, tienes que fallar, Jill pensaba. — ¡No! — cuando vio el cohete precipitarse fuera del arma, sólo tuvo oportunidad de exclamar, como si eso detuviera el camino del veloz torpedo.
La mala suerte de Jill parecía no tener fin, el cohete dio en su objetivo y destruyó el único transporte que podría haberla sacado en ese momento. Ahora tenía que lidiárselas con Némesis.
Ya no tenía fuerzas para pelear, eran demasiadas emociones, pero no se daría por vencida. Némesis sólo salto cerca de donde ella se encontraba, Jill tomó su lanzagranadas de la espalda, estaba cargada con granadas de ácido. Esperaba que su armamento fuera suficiente para hacerle frente al monstruo y exterminarlo de una vez por todas.
Jill volteó hacia donde la B.O.W. estaba, analizó rápidamente el campo de batalla, el cual debido a la explosión, se encontraba muy reducido y peligroso por las llamas de la explosión generada por el helicóptero. Apuntó hacia Némesis, estaba lista para moverse si disparaba o se abalanzaba sobre de ella, pero el monstruo tenía otros planes.
En un abrir y cerrar de ojos, expulsó un tentáculo morado y delgado, éste se incrustó en su hombro derecho, perforándola y perdiéndose de vista. Tan sólo un líquido gris brotó por unos momentos de su hombro. Ella abrió los ojos como platos, no sabía qué estaba ocurriendo, ¿era veneno, moriría, debería pensar en utilizar una planta azul?
Sintió ganas de vomitar, se mareó un poco, pero su fuerza de voluntad la mantuvo de pie. — Genial, ahora qué. — Al decir esto, Carlos surgió a través de las llamas, seguramente se habría quemado en aquel salto mortal, pero parecía dispuesto a exterminar, al igual que ella, al monstruo.
Disparó una y otra vez, inteligentemente hacia el arma de Némesis. Miles de ráfagas parecían dañar al lanzacohetes, la bestia contraatacó, pero Carlos saltó, la explosión detrás de él pareció dañarlo un poco, pero el seguía disparando. De nuevo, Némesis atacó, ésta vez por poco el hispano no lo lograba, esquivó, pero la fuerza de la explosión lo dañó más, se quedó tirado en el suelo disparando, por fin el lanzacohetes cedió y explotó, la bestia perdió el arma, quedó pasmado por unos segundos.
Jill volteó a ver a Carlos, le pobre se había quedado inconsciente, ahora la pelea dependía de ella y si ella moría, seguramente su compañero también. No, no se daría por vencida.
Disparó contra aquel ser granada tras granada, el monstruo corría hacia él e intentaba tomarla del rostro para hacerle lo mismo que le hizo a Brad. Ella no moriría así. Esquivaba como podía, a veces los golpes de Némesis la alcanzaban, a veces sentía sus asquerosos dedos tocar su cabello, pero ella siempre lograba zafarse.
Después de veinte minutos de combate, el monstruo gruñó de dolor y poco a poco se alejó de ella. Jill no lo iba a dejar escapar, le quedaban sólo dos granadas y las utilizó sobre Némesis, quien por alguna razón se dirigía a las llamas.
— ¡Con que eres un suicida, eh! Pedazo de cobarde… — Jill le gritaba, pero él la ignoraba. Finalmente, entró en el fuego y con gritos desgarradores, ponía fin a su existencia.
— ¡Carlos! — Jill exclamó, recordó que Carlos yacía inconsciente, y caminó hacia él. Sintió un fuerte dolor en el hombro, sentía su sangre fría y cuando menos lo esperaba su cuerpo no le permitió andar más y todo se puso oscuro.
Sueños de Jill, 29 de septiembre de 1998, medianoche
Jill tenía un lindo vestido blanco con una tela parecida al tul, la caída le llegaba a las rodillas, su cabello estaba recogido, era largo como lo utilizaba años atrás, así que le permitía formar un lindo peinado, como aquel que usan las bailarinas de ballet.
Se encontraba en un lugar muy oscuro, tan oscuro que no podía ver nada de lo que le rodeaba, tan sólo ella resplandecía en medio de toda esa oscuridad. No le quedó de otra más que caminar y caminar.
De repente, un zombie se le apareció de frente, ella no tenía nada con qué defenderse, así que pensó en romperle el cuello. El contacto con aquel ser, le ensució un poco el vestido de sangre, se quedó hincada ante él, preguntándose en dónde estaba.
Escuchó unos pasos pesados, volteó a todas direcciones y detrás de ella, comenzó a divisar a una de sus más grandes pesadillas: el Tyrant. Se puso de pie precipitadamente, dio lentos pasos hacia atrás, ¿debería correr o aceptar la muerte? Después de unos pasos, se estrelló contra algo y fue cuando lo vio.
Albert Wesker, vestido de negro con ropa casual, su boca sangraba un poco. Ella no tuvo tiempo de decir algo, porque Wesker la empujó ligeramente a la derecha y sacó una magnum de calibre .357.
Su ex-capitán se encaminó hacia el Tyrant disparando una y otra vez hacia el corazón expuesto de aquella cosa. — Eres uno de mis más grandes fracasos. — El monstruo se doblegaba tras cada disparo hasta que quedó de rodillas.
Wesker y el Tyrant se vieron por última vez a los ojos. Albert Wesker le puso fin a una de sus más aberrantes creaciones.
Después, volteó a ver a Jill, quien no sabía qué hacer, ¿debería atacarlo, decirle algo, correr? No hizo nada, sólo se quedó viéndolo fijamente. El rubio se acercó a ella.
— Mi querida Jill, ahora conoces la muerte. — Le dijo a la joven, mientras tomaba su rostro con la mano derecha. Jill bajó la mirada y vio sus manos, las veía más pálidas de lo normal.
— No, no, no, no, esto no puede estar pasando. Wesker, ¡no quiero terminar como tú! Fuiste un tonto… — Jill con los ojos húmedos y enojados, retaba a su ex-capitán.
— Morir es tan sólo una etapa, querida. — Wesker con total calma decía. Jill le tomó la mano derecha y la apretó. — Deja de burlarte de mí, si he muerto, ¿por qué estoy contigo? No deberían estar mis compañeros de trabajo aquí, ¡¿aquéllos a los que tú mataste?! — Jill deseaba perforarle la mano con los dedos.
Se alejó de él y frente a ella se encontraba una serpiente, el reptil era entre verde y morado. Jill fijó la mirada a la pequeña, pero letal criatura. Parecía que la serpiente la veía fijamente, con una mirada que le atravesaba el alma.
De repente, la serpiente saltó directamente a su hombro derecho, el dolor era insoportable, Jill logró tomar a la serpiente de la cola y lanzarla lejos.
Wesker sólo la miraba. Jill sentía que su cuerpo se dormía, se tiró al piso, viendo hacia al cielo nocturno. El rubio ser acercó a la pobre mujer, se agachó y la tomó en sus brazos. Ella no podía moverse, las lágrimas salían de sus ojos rodando como cristales pequeños. — ¿Recuerdas aquella vez que fuimos a ver Giselle? — Wesker comenzó a hablar y Jill parecía responderle con una mirada confundida.
— El siguiente ballet que iba a presentarse en el Centro de Artes de Raccoon City era La Bayadère… Ojalá hubiéramos podido ir juntos. Creo que ahora me recuerdas más a Nikiya que a Giselle y yo soy Solor, ¿o seré yo Nikiya y tu Solor? — Wesker al decir esto soltó una pequeña risa.
¿Estaría Albert Wesker atormentándola antes de la muerte? Al final de La Bayadère Nikiya, gracias a la venganza de los dioses, se lleva a Solor (y a los demás) al más allá…
Wesker colocó su mano en la barbilla de la joven, acercando poco a poco su rostro al de ella. — Jill, la muerte es para algunos, la última etapa, para otros es sólo un paso a la evolución. — el rubio hablaba mientras acercaba sus labios a la castaña. Jill no entendía qué pasaba, se sentía helada por dentro, su corazón iba a mil por hora. Cerró los ojos y…
Capilla de la Torre del Reloj, Raccoon City, 1o de octubre de 1998, 3:00 am
Jill abrió los ojos y vio el rostro de Carlos Oliveira. Lucía preocupado. En cuestión de segundos recordó todo: el helicóptero estallando, Némesis, la batalla, su hombro…
— Estoy muriendo Carlos. — Jill por fin habló. Carlos le acariciaba el cabello. — No, no digas eso, voy a encontrar una forma de curarte, además han pasado dos días y sigues aquí. — El moreno quería darle palabras de aliento.
— Estoy infectada, no tengo escapatoria. — Jill Valentine nunca antes se había sentido tan pesimista, pero es que ya había visto a gente convertirse antes. — Voy al hospital que está cerca, por lo que he investigado, puede que exista una cura ahí. — Carlos le dijo mientras ignoraba lo que ella decía.
— No siento nada y eso no es bueno, Carlos… Si me convierto en una de esas cosas… ya sabes qué hacer. — Jill prefirió ponerse de costado y darle la espalda a su compañero. — Regresaré, Jill. — Carlos, también de espaldas le contestó.
El moreno salió corriendo de la capilla donde se encontraban. Jill se quedó sola, esperando a la muerte.
Su mente le trajo de nuevo el recuerdo de aquel extraño sueño. ¿Si muero, me encontraré con él? Era como si estuviera viviendo la historia de Giselle, al final ella iba a morir por su culpa, directa o indirectamente, ésa era la verdad. O realmente cargaba la maldición del destino de todos los protagonistas de La Bayadère.
Aunque Carlos tenía razón, han pasado dos días y no se había transformado. Aún así se sentía distinta, con una sensación que no le agradaba y no era sólo por la fiebre que no cedía. A lo mejor es porque el virus de Némesis mataba lentamente, quién sabe.
— Tengo miedo… Chris… espero que logres terminar con Umbrella. Cuánto anhelaba verte a ti, a Barry y a Becca… — Jill cerró los ojos de nuevo. Se quedó dormida.
Capilla de la Torre del Reloj, Raccoon City, 1o de octubre de 1998, 4:30 am
— Como un fénix renacerás, Jill. Como un fénix llegarás a lo más alto. No todos pueden renacer de las llamas… — La voz de Albert Wesker resonaba en su cabeza. Jill abrió los ojos, de nuevo se encontró con el rostro preocupado de Carlos.
— Jill… ¿cómo te sientes? — Carlos le preguntaba. Jill se sentó y comenzó a auto-analizarse. La fiebre se había ido, las náuseas y mareos igual, se pellizcó y sintió dolor.
— Mucho mejor, Carlos. Gracias, te debo una. En verdad, no sé cómo voy a pagarte. — Jill le compartió una sonrisa sincera.
— Jill… aún no podemos cantar victoria, el monstruo ha regresado, ha mutado, es más salvaje… tenemos que escapar de aquí urgentemente. Además, Nicolai sigue vivo, es un traidor y necesito arreglar mis asuntos pendientes con ese maldito. — Carlos parecía desesperado.
— Entiendo, entiendo… Nunca faltan los traidores. Escapemos, Carlos, ve a arreglar las cosas con ese tipo, ten cuidado. Yo buscaré una ruta de escape. — Jill se puso de pie y vio a lo lejos su armamento.
— Gracias, Jill. Discúlpame por dejarte de nuevo. — Carlos le regaló una sincera mirada. — No te preocupes, ya hiciste mucho por mí. — Jill le tomó el hombro. Finalmente, los dos intercambiaron miradas de complicidad y Carlos se fue.
De fondo sólo se escuchaba el gruñido de Némesis.
Raccoon City, 1o de octubre de 1998, 6:30 am
— ¿Quieres S.T.A.R.S.? Te daré S.T.A.R.S. — Jill le propició tiros certeros a la mutación final de Némesis, con la magnum que utilizó Wesker en sus sueños para exterminar al Tyrant.
Faltaba poco tiempo para que Raccoon City desapareciera. Jill vio por última vez a lo que quedaba del monstruo y pensó que probablemente tendría el mismo final que él. Nicolai se había llevado el último helicóptero.
Salió de aquel lugar, tomó un elevador y llegó al lugar donde se encontraba el helicóptero antes de que fuera "robado" por el maldito ruso. Escuchó el elevador activarse de nuevo y en unos minutos apareció Carlos.
— Se ha terminado, Carlos… — Jill bajó la cabeza al decir esto. Carlos corría a toda velocidad y sacaba una bengala que encendió hasta ponerse frente a Jill.
Carlos la volteó a ver. — No, Jill, alguien viene por ti. Estamos salvados. — el joven hispano estaba verdaderamente feliz. Jill muy confundida le contestaba — ¿Quién podría estar cerca que estuviera interesada en venir por mí? —.
— ¡Eso no importa ahora! — Carlos agitaba las manos hacia el cielo y fue cuando un helicóptero se presentó frente a sus ojos. La esperanza regresó al pecho de la castaña.
Rápidamente subieron los jóvenes al helicóptero. Se elevaron a toda velocidad. Jill se acercó al piloto y para su sorpresa era Barry Burton su salvador. Irónicamente quien la traicionó al ser amenazado por Wesker, fue la clave para que ella se salvara.
— ¡Barry! — Jill estaba muy feliz de ver al experto en armas. Carlos sonrió. — No dejaría que murieras, Jill. — Barry Burton la volteó a ver unos segundos y apresuró el vuelo para evitar el estallido de la urbe.
Como estrellas fugaces, las bombas descendían sobre Raccoon City. Con la ciudad se irían no sólo los zombies sino recuerdos tristes, felices, de enojo, la memoria de los S.T.A.R.S. y las experiencias que vivió con él.
El fénix renació en el amanecer de un primero de octubre.
El siguiente capítulo, estará basado en otro ballet, ya que éste no lo estuvo tanto, pero quería hacer conexiones que tuvieran más sentido con mi siguiente inspiración: El Lago de los Cisnes.
