Ulquiorra Cifer
Para Ulquiorra era totalmente nueva toda esa faceta de Orihime Inoue, el lo más lejos que tenía es que la chica congeniara con Grimmjow o con cualquier otra persona fuera de su círculo social, realmente aquellas personas que la rodeaban no le hacían bien y ella misma se estaba dando cuenta, el notó que en los recesos ella prefería subir sola al techo que quedarse en la cafetería como acostumbraba.
Pero no ese jueves, estaba ahí en su mesa de siempre y el subió a la azotea a despejar un poco su mente, su madre dijo qué tal vez volvería a casa y eso sería drama, seguro ella haría un desastre a penas pisara la casa, tanto drama lo irritaba. Escuchó el rechinido que la puerta hacia al abrirse.
-. No estoy de humor, Grimmjow. - escupió con la voz más cortante de lo que solía ser.
-. Perdona, no soy Grimm... - la fina y temblorosa voz lo hizo mirar, Orihime Inoue estaba frente a él levemente sonrojada. Junto a Ulquiorra se sentía pequeña.
-. Mujer - ante aquello lo miró suplicante estaba harta de tener esa conversación - Orihime...
-. Yo... bueno eh... quería agradecerte por llevarme a casa hace dos noches... gracias. - decir esas palabras realmente fue difícil, prefería hablar con el luego de haber tomado pues era más sencillo pero estando sorbía era como una odisea.
-. No es necesario que agradezcas, Orihime. - sonrió sonrojada e hizo una reverencia para irse por la rechinante puerta. La presencia de aquella chica había despejado su cabeza un momento y mejorado su humor.
Solo con estar ahí.
Camino a su casa fue más lento que nunca, Nell y Tier morían de aburrimiento e inundaban de quejas aquel auto pero el simplemente ignoraba. Llegaron a su destino.
Al abrir la puerta Etsuko estaba en el sofá con el pequeño Kazuki en brazos, la bella mujer levantó la vista.
-. Nell, Tier... Debo hablar con ustedes - pidió la hermosa mujer de cabello negro. Las más jóvenes se miraron para luego ver a su hermano mayor tan serio como de costumbre, la peliverde tomó la mano de la rubia y asintió con algo de miedo.
Esa fue la señal que Ulquiorra necesitaba para salir de la casa prácticamente corriendo, se montó en su auto y con el volante en las manos pensó a donde debería ir. Pensó en ir con Grimmjow pero el tenía algo familiar que resolver. En sus adentro Ulquiorra deseo que no fuese tan problemático como si familia, no le deseaba eso a nadie.
Encendió el auto, ya sabría a donde tendría que ir. Visitaría la tumba de su abuela a la que no había tenido tiempo de visitar hacia ya casi un mes desde que las cosas se pusieron más locas de lo normal en su hogar.
Encendió el radio y la emisora tenía aquella movida canción que Orihime lo había prácticamente obligado a bailar, se sorprendió a sí mismo sonriendo ante el recuerdo de ella tratando que el saltara y Lugo abrazándolo para cantar la letra muy cerca de su oído, la piel se le había puesto de gallina al tener los rosados y suaves labios de la chica rosando con su oído.
Sacudió la cabeza para así sacar esos raros pensamientos de ella, ¿por que esa mujer se metía tan profundo?
Llegó a aquel lugar que le había dado escalofríos desde la primera vez que lo pisó. Caminó hasta que llegó a la lápida con el nombre de su abuela, Aiko Cifer. Al leer Ulquiorra suspiró, el dolor en su pecho volvía a hacerse presente.
Colocó el ramo con Dalias rojas y amarillas, eran las flores favoritas de su abuela. Cerró los ojos mientras aquel vívido recuerdo volvía a su mente.
Un pequeño Niño de algunos 5 años estaba de rodillas con unos guantes amarillos muy grandes para sus manos y a su lado un señora con el cabello un poco grisáceo, los guantes de la mujer combinaban con los del pequeño Niño. Abuela y nieto haciendo jardinería.
-. La tierra es sucia abuela. - se quedó el niño viendo la tierra húmeda a la que su abuela sembraba flores.
-. La tierra le da vida a la flores pequeño Ulqui - respondió la mujer con esa hermosa sonrisa que solo ella tenía, sus verdes ojos no había perdido intensidad con los años y su nieto los había heredado.
Se posicionó detrás del pequeño azabache, le pasó la pequeña pala de mano al Niño.
-. Sostén firme - susurró la mujer mientras lo ayudaba, lo ayudó a remover la tierra haciendo un pequeño hoyo, luego tomó la pequeña planta con un botón de rosa que aún no se abría, colocó la tierra encima de las raíces esta vez sin ayuda y la roció con una regadera.
-. ¡Abuela mira! ¡Lo hice!
-. Lo hiciste mi pequeño - abrazó al Niño.
Ulquiorra sintió como las lágrimas resbalaban por su mejilla, pensar en su abuela lo entristecía grandemente. Su deseo más grande era poder estar con ella, poder abrazarla nuevamente.
Esa mujer era todo para el, le enseñó cada cosa importante que el sabía y ella siempre había estado con una sonrisa en el rostro, ella le había enseñado a sonreír... y la sonrisa se rompió.
Habló con ella, aquello nunca lo había dejado ni planeaba hacerlo. Se disculpó por tardar en visitar y le contó sobre todo lo que había pasado. El ojiesmeralda de vez en cuando sonreía, se sentía bien hablando con ella, contándole cosas y en ocasiones sentía que ella le respondía.
Horas había pasado ahí poniendo a su abuela al día sobre su vida. Se despidió y dispuso a irse. A veces la vida era tan injusta y se llevaba a buenas personas.
