-Digimon no me pertenece-

Imagen (186; en portada): Jaula humana. Propuesta por BlueSpring-JeagerJaques.

48. Carga lo que puedas

Las peleas de Hikari y Takeru eran inexistentes, no por la falta de números (que dicho sea, son perfectamente capaces de contarse con los dedos), es que pocos las notaban o, si se enteraban de ellas, lo hacían cuando ya habían sido arregladas. Tuvieron una de estas confrontaciones a los quince años. Hubo gritos, sí, y palabras que recorrieron largos laberintos para salir y abrir zanjas delicadas.

En las dos semanas que no hablaron Hikari dio un paso de gigante en su interior. Takeru lo notó con atisbamiento y algo de remordimiento, antelándose a la razón del cambio. Pensó en lo mucho que a veces odiaba las palabras, aforadas todas por la misma aguja del imposible resarcimiento.

—Te ves bien. —Acertó a decir. Su cara enrojeció por la risa de Hikari; olvidó que no era la primera vez que se sentía ensimismado por su sonido.

—No han pasado diez años, Takeru. —Ella a su vez controló el impulso de tocar sus cabellos rubios, alborotados por el aire frío, y sólo dio un paso para ajustarle el gorro. Su mirada endureció al filo de las luces que prendían hacia la noche—. Descubrir las cosas que llevas mal posicionadas es una cuesta arriba, al principio es así. Cargamos tanto que puede hacer daño a otros, pero no siempre podemos controlarlo…

—Nunca debí decirte aquello.

—¿Y guardar silencio? Como mi mejor amigo, eso me lastimaría más.

Takeru carraspeó con ambas manos, dejándolas alrededor de su cuello.

—El problema de tener a alguien contigo por tantos años, es algo como esto. Lo que menos quieres es herir y lo haces, después de todo. Yo lo hice contigo, no sabiendo si decir lo que pensaba era ser sincero o pretencioso.

—Mírame —rozó su hombro—; tienes razón en que puedo pedir ayuda si la necesito, si encuentro un obstáculo que me sobrepasa, «pedir ayuda no es molestar a otros», lo dijiste.

Sus miradas se encontraron, apaciguadas y sin ningún signo de conflicto en sus reflejos, cuando el cielo se volvió terciopelo negro.

—¿Te apoyarás más en otros?

Él sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, refrescado por el pesar de, quizá, haber malogrado una amistad que atesoraba de una forma demasiado estrecha al alma. Tal vez sólo era el viento invernal restregando sus pupilas o la nueva ligereza que brillaba en Hikari.

—Lo haré, aunque también he pensado… no será fácil. —Arrugó un poco la nariz, dubitativa. Luego alzo el rostro hacía su amigo—. Pero por eso te tengo a ti.

Aquella chica que lloraba y sufría para ella, ocultando lo que verdaderamente sentía con tal de no lastimar a otros, no se daba cuenta de que precisamente sus acciones causaban efectos contrarios. En especial en el chico que deseaba, al mirarla sombría, se relegase más seguido en su hombro si tenía angustias.

Hay dolores que se confrontan a solas, hay dolores que no se pueden diluir con la fuerza de una sola mente; aprender la diferencia es una cosa que no cualquiera aprecia al instante.

—Siempre estaré.

En ese momento no ocurrió algo mágico, sólo eran dos chicos parados en la acera que seguirían encontrándose, a veces mediante sucesos complicados para ellos, como el que acaba de pasar. Pero puede que este narrador cometa un desliz al decir que el momento no contuvo magia —¿nevando sobre sus cabezas, iluminados por faros y esas sonrisas?—.

Esa noche, Hikari liberó el lastre, un trozo de sus pensamientos que obligaba a quebrarse dentro de ella en lugar de arrojarlos.

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Gracias por leer.