Capítulo 2

El día de la boda llegó y medio mundo estuvo presente. Había demasiada gente, andando de un lado para otro y haciendo resonar sus tacones altos tan incómodamente que le hizo respirar cansada. Los perfumes ya habían mareado su cabeza y el ruido fuerte de la música que hacía vibrar el suelo la tenía ligeramente abrumada, y eso que ni siquiera había bebido nada aún.

Se sentó pesadamente en una silla cercana y levantó sus pies sobre la silla de madera. Por primera vez no quería ver lo que estaba pasando alrededor, sólo quería tomarse un descanso a toda esa loca vibración innecesaria de la gente a su alrededor. Pensó en ir a charlar con Zuko un rato, la fiesta estaba demasiado aburrida ya, y estaba harta de tener que fingir interés en cada burócrata idiota que se acercaba a hablarle y la aburría con sus estupideces de trabajo, pero eso mismo le hizo recordar que Zuko había asistido con su grupo de sabios y que hacía un rato lo había sentido reunido al lado del Rey Tierra y Hakoda, alguna cosa de política y aburrimiento destilaba de ellos siempre que estaban juntos, era lo último que se quería enfrentar.

Maldijo a Katara por lo bajo, quitándose esas incómodas ballerinas que le había hecho usar. No era más grueso que un calcetín e iba bien y acorde al vestido que llevaba puesto, pero algo sobre sus pies siempre le resultaría absurdo e innecesario, ya tenía suficiente con la bulla por demás estúpida del lugar.

Suspiró, escondiendo aún sus pies en la barra que daba soporte a su silla, ocultando el entorno en su cabeza, cansada de mirar al mismo grupo de tontos. Maldijo esta vez a Kanto, había decidido llevarlo a la boda como acompañante y ahora el muy infame la había dejado ahí a la mitad del jardín para irse a idolatrar y decir estupideces con Aang, se impresionaba con los trucos infantiles del Avatar y este siempre disfrutaba a la gente que babeaba por él y se autoproclamaba admirador.

—Ey, Toph — su piel se erizó al escuchar su nombre en esa voz y maldijo no haber tenido los pies en el suelo para anticipar su llegada, sonrió incómodamente y giró su rostro a su lado izquierdo, bajando los pies al suelo para finalmente poder mirar, de haber sabido que iba a abordarla habría intentado escapar, llevaba evitándolo toda la noche.

—Ey, capitán bumerang — fingió alegría, o quizá su emoción se disfrazó mal, moviendo su rostro en su dirección para tratar de escucharlo mejor.

—Por todo esto de los planes de la boda casi no he podido verte — soltó, entre nostálgico y cansado, dejándose caer en la silla al lado de ella.

—Bueno, yo nunca te he visto, así que estamos a mano — Sokka río efusivo ante su comentario y se recargó en la silla de ella con el brazo, relajándose. Toph agradeció que Sokka pensara que eran los planes de la boda lo que los había tenido sin tiempo de verse y no el hecho de que ella había estado evitándolo todo ese tiempo, pero desde que había sido consciente de sus sentimientos por el guerrero ahora no sé sentía especialmente cómoda con él.

—Además tuviste todo ese caso en la Nación del Fuego — soltó Sokka, rozando la indiferencia mientras jugaba con uno de los botones de su traje negro.

— ¿Ese caso? — Toph arrugó la frente, tratando aún de buscarlo con sus incapacitados ojos.

—Bueno, me dijeron unos generales que ibas frecuentemente a la Nación del Fuego, ¿no? Supongo que Zuko necesitaba ayuda en algo... — Toph soltó una exclamación suave de entendimiento, asintiendo y girando su rostro a otro lado, con miedo de que sobre sus expresiones pudiera soltar alguna verdad.

—Sí, no era nada que yo no pudiera resolver, sin mucha importancia, por eso no hizo falta ayuda del gobierno de Ciudad República, fue más una ayuda de amigos — de nuevo agradeció que Sokka fuese demasiado distraído e iluso para creer eso, no sabría cómo decir que estuvo visitando a Zuko en plan de amigos nada más, así que justificarse con algo como asuntos importantes policiales o de investigación era lo mejor.

—Me alegra — dijo, aunque ya ni siquiera parecía estar prestando atención a ese tema. — ¿Y qué te está pareciendo la fiesta? — cuestionó, más animado.

—Pues, sabes que no soy fan de los lugares así, Cabeza de carne, odio las estúpidas fiestas alzadas— Sokka rió de nuevo, mirando a lo lejos a la gente moverse en la pista.

—Habría querido algo mucho más personal, lo sabes, pero como jefe concejal en realidad no tuve opción — Toph soltó un "mnh" indiferente, cruzándose de brazos y soltando otro suspiro hastiado. —Iremos de luna de miel a la isla Kyoshi, yo habría querido algún valle en el reino Tierra pero, parece que no tuve opinión en las decisiones de esta boda, ¿sabes? — Toph se rió, burlándose como sólo ella podía, bastante divertida con la idea de que Suki siempre tenía el poder sobre él.

—Deberías ser tú quién llevara puesto el vestido, a Suki le van bien los pantalones — Sokka gruñó y torció el rostro, molesto por el comentario de Toph quien no paraba de reír.

—Sí, muy gracioso, Toph. Pero decidimos ir a un lugar no tan lejano, no puedo estar tanto tiempo lejos del consejo, así que volveremos apenas termine el fin de semana — Toph se encogió de hombros, dejando ir esa indiferencia ante todo que siempre mostraba, aún con la sonrisa burlesca sobre sus labios.

—Lo que digas, Capitán Mandilón, hay como cien lugares más cercanos a Ciudad República que tienen mejores cosas que pescados gigantes que solo a pies ligeros se le ocurriría montar — Sokka bajó el rostro, derrotado con ello, escuchando de nuevo la risa empapada de malicia de la chica a su lado.

—Bueno, bueno, entonces dime, si tú fueras mi esposa, ¿a dónde habrías querido ir? — Toph se ahogó con su propia respiración, tratando de mantener la sonrisa en sus labios a pesar de que su rostro había hecho amago de torcerse en sorpresa y nerviosismo ante lo extraño de esa cuestión.

—Pues... — comenzó, fingiendo pensar mientras se tomaba un momento para calmarse, odiándose por lo tonta que era y haberse puesto tan nerviosa sólo con una de las clásicas ocurrencias de su tonto amigo. —Hay unas pozas de aguas termales muy buenas en la Nación del Fuego, así que... supongo que ahí — Sokka frunció, sin atreverse a preguntar cómo es que ella sabía de ese lugar, decidiendo continuar como si el extraño pinchazo en su pecho no hubiera sucedido.

—Bueno, apuesto a que es un lugar muy concurrido, de todos modos — trató de restarle importancia, pero Toph negó, efusiva.

—De hecho no, está a mitad del volcán, Zuko tiene ahí una cabaña pequeña y...

— ¡Bien, entonces tendrías que casarte con Zuko para ir a sus tontas aguas termales! — las palabras salieron de su boca sin haberlas meditado en absoluto, dejando a Toph y a él mismo con una extraña sensación en medio de una veloz incomodidad.

Toph frunció el ceño, extrañada, ¿qué demonios había sido eso? Si no supiera que se trataba de Sokka habría pensado que su repentino enfado eran celos, pero, ¿celos por qué? ¿No se suponía que estaban en su boda? Además, no era como si ella y Zuko...

Se sonrojó al recordar aquella noche que compartieron caricias, pero eso no significaba nada, además, no había modo de que Sokka supiera algo como eso.

El chico, por su parte, se encogió en su lugar, deseando que de pronto la tierra se lo tragara, ¿dónde estaban los enemigos cuando se les necesitaba? Negó, tratando de componer su postura, habría deseado decir aquello con más gracia para que se colara como una broma tonta entre uno de sus tantos comentarios sinsentido, pero la molestia se había filtrado sin querer entre sus labios.

Estaba celoso, sí, pero desde su posición de amigos. Zuko había llegado para llevarse la simpatía de Aang y habían sido mundialmente conocidos como mejores amigos, Katara y Suki habían hecho una cercana amistad y él y Toph eran siempre el par inseparable, pensar en que Toph se la había pasado tanto tiempo con Zuko lo hacía sentir que lo hacía a un lado. Lo peor es que ni siquiera se había enterado por algunos oficiales como le había dicho a Toph, él mismo la había seguido un día y después de averiguar qué se escapaba a la Nación del Fuego acudió a Aang, preguntándole discretamente del asunto, para enterarse que por alguna razón ellos se habían hecho amigo cercanos, ella ni siquiera estaba ahí por algún asunto oficial, y no solo acababa de mentirle al respecto de eso hacía unos segundos, sino que ahora le restregaba en la cara que lo habían pasado muy bien en las aguas termales.

Suspiró, tratando de relajarse, extrañado con que sus celos por su mejor amiga fueran tan fuertes, nunca pensó ser de esos que celaban una amistad, y eso lo descolocó, la idea lo hacía sentir bastante mal. Bastante furioso. Bastante celoso.

—Como sea — dijo, suspirando y relajando de nuevo su expresión, como si lo anterior no hubiera ocurrido y como si Toph no tuviera un rostro molesto. —Ya que estaré de vuelta el lunes en la ciudad, ¿qué tal si vamos a eso del pro-control? — propuso, entusiasta, sintiendo la fuerte necesidad de pasar tiempo con ella, la extrañaba fuertemente, tanto que aunado a su ataque de celos anterior, lo ponía realmente tenso y nervioso. Tenía miedo de perderla, de alguna manera. —Bueno, sí es que no tienes ya planes — Toph levantó una ceja, sin entender a qué se refería Sokka al decir aquello con un tono tan molesto y cargado de desprecio, pero oír la voz de Kanto a unos metros de ellos la hizo entender a qué venía aquel tono lleno de molestia.

—Salimos menos de lo que piensas, por su trabajo — comentó, sin poder evitar reír, de alguna manera le parecía gracioso que se llevaran tan mal, ni uno de los dos parecía simpatizar con el otro por alguna razón. —Así que está bien si quieres ir a eso del bobo-control — Sokka sonrió satisfecho y, tras dar una última mirada de disgusto a Kanto, se puso de pie, mirando un momento a su amiga.

—Bien, entonces paso el lunes por tu oficina — Toph asintió, moviendo su rostro en su dirección. —Y por cierto, te queda muy lindo ese vestido, Toph — la chica bajó el rostro un segundo, apenada, pero su orgullo recientemente herido con todo no le podía permitir dejarse tocar tanto por un simple y "formal" cumplido por parte de su amigo, se suponía que estaba tratando de olvidar ese tema y renunciar a sus sentimientos por él, no tenía caso asegurar que olvidaría todo el tema y sonrojarse por cada cosa estúpida que saliera de la boca de Sokka.

—A ti te queda mal el traje, te hace ver tan gordo — hizo un puchero que convencería a cualquiera que estaba diciendo la verdad.

— ¿Qué? ¡¿Por qué nadie me lo dijo?! ¡¿Lo dices en serio o solo...?! — Sokka paró en seco su escudriño y la miró con los ojos achicados, ligeramente molesto.

—Muy graciosa señorita Bandida Ciega — Toph se rió fuertemente y Sokka negó brevemente, no podía creer que a esas alturas todavía olvidaba que la chica era ciega y que le encantaba jugar con él.

—Anda, Capitán bobo, una emocionante charla política espera por usted — le dijo, y Sokka miró sobre su hombro al Rey Tierra, Zuko, Hakoda y el resto de los concejales que aguardaban por él, haciéndolo soltar un suspiro cansino.

—Bien, me voy esta vez, con suerte necesitemos la opinión de la jefa de policía en breve, así que no te alejes mucho — amenazó, divertido, escuchando una maldición de Toph mientras se daba la vuelta a la inevitable y aburrida charla de adultos.

Toph lo sintió irse y sacó el aire que no sabía estaba sosteniendo, pero no desapareció la sonrisa de sus labios.

Los días pasaron y la relación con Sokka volvió exactamente a como era antes. Una parte de ella no paraba de decirle que era mala idea, siempre como una alerta latente en su cabeza, que ella por supuesto se esforzaba en ignorar. Su orgullo repuesto y tan fuerte como siempre le impedía aceptar que en un momento ya no podría con la situación, que no podía sencillamente abandonar sus sentimientos.

La parte necia y testaruda que siempre la acompañaba, sin embargo, se negaba a entender. Salía con Kanto los días libres que Sokka pasaba con Suki en su hogar en Ciudad República, después, volviendo a la semana, no paraban de estar uno sobre del otro con cualquier vago o tonto pretexto, que al cabo de los días ya ni siquiera necesitaron. Él pasaba enfrente de su oficina, ella lo sentía con sus pies y en menos de un minuto lo alcazaba en el pasillo. Le daba un golpe en el brazo y él la rodeaba por los hombros, juguetón, salían a todos o a ningún lado y entrada la noche Sokka la acompañaba a su hogar. Cuando se despedían, él levantaba los dedos en su dirección a pesar de que no podía mirarlo y le susurraba un suave "sí preguntan fueron horas extra" y tras una risa, se marchaba a paso rápido hasta su destino.

No importaba cuántas veces Kanto y ella terminaran en la cama, y cuántas veces jurara quererlo a él. No importaba que Sokka llevara a Suki a sus reuniones importantes y que en la inauguración del Centro Cultural de la Tribu Agua del Sur ella fuera reluciente colgada de su brazo, como su mujer.

Toph se recostaba en el pasto del parque de Ciudad República al lado del guerrero agua y ambos dormitaban, sin nada qué hacer, sin querer hacer algo más que estar ahí.

En la mente de Toph, soñando despierta entre los días, dentro de su perpetuo oscuro panorama tras sus párpados, imaginaba poder ir a su propio mundo perfecto.

Tierra bajo sus pies, aire fresco, pasto creciendo y Sokka revoloteando al rededor.

Tranquilidad, silencio y Sokka diciendo una broma estúpida.

Tejones-topo, una cueva cómoda y Sokka soltando quejas sinsentido.

Sokka.

Sokka.

Sokka

...

—Sokka, Sokka, ¡Sokka! — unos dedos tronando frente a su rostro lo sacaron de su ensoñación, mirando a Suki, quién lo veía frente a él, sentada al otro lado de la pequeña mesa con su rostro molesto.

— ¿Qué pasa? — preguntó, extrañado, dándole un sorbo distraído a su té.

— ¿Al menos podrías disimular que la estás mirando? — reclamó en un susurro, mostrando los dientes en su clara irritación.

— ¿Eh? ¿De qué hablas? — preguntó él, genuinamente ignorante al enfado de su mujer.

— ¿De qué hablo? Llevas ignorándome toda la noche por estar viéndola... a ella — señaló con sus ojos la dirección en la que se encontraba Toph, charlando a gritos y soltando carcajadas sonoras cada que Aang soltaba una tontería o cuando Bumi le hacía alguna maldad a Kanto, quién también estaba ahí.

— ¿Viendo a quién? ¿A Toph? — Sokka frunció, extrañado, negando suavemente mientras colocaba una expresión hilarante, como si Suki estuviera loca.

— ¿Vas a negármelo? Sokka, te tengo enfrente, ¿Crees que soy tonta? — Sokka movió sus ojos inconscientemente hacia la bandida ciega por unos segundos, sintiendo esa extraña sensación de que en realidad tal vez Suki tenía razón.

—No la estaba viendo a ella — se escudó, tratando de pensar en un buen pretexto, quizá en que le daba risa las bromas de Bumi y Kya, pero no parecía tan fácil engañar a Suki.

— ¿Ah, no? ¿Entonces era una de tus tantas miradas amenazantes que lanzas a ese tonto de Kanto? ¿Crees que tampoco lo he notado? — Sokka le indicó bajar la voz con su mano, estaban en medio de una reunión pequeña con sus amigos cercanos, y estaban tan peligrosamente cerca que se le hacía una locura comenzar una discusión sobre ese tema justamente en ese momento.

—Suki, no sé de qué hablas cariño — Suki azotó una mano en la mesa, lo suficientemente suave para solo llamar la atención de Zuko, quién ligeramente apartado del resto con una acompañante desconocida casi para él mismo, estaba tan atento a las miradas que Sokka le dedicaba a Toph tanto como Suki, el único que genuinamente lograba poner incómodo a Kanto, quién jamás había reconocido tanto odio en un par de ojos.

—No me digas "cariño" justo ahora, Sokka. ¿Por qué no dejas de fingir que te importo un poco y de una vez vas a reclamarle a Kanto por estar con ella? ¿Por qué no aceptas que prefieres estar con Toph que conmigo? — Sokka negó suavemente, buscando que ella bajara la voz una vez más, pero Suki, reacia y herida, hizo caso omiso a su rostro que imploraba calma, poniéndose de pie con un poco de disimulo y saliendo a grandes zancadas del lugar.

Sokka la siguió de inmediato, llevándose una mirada extraña por parte de Katara y Zuko, quienes habían prestado atención a esa extraña salida, era muy entrada la noche y estaban en la isla del templo del aire, salir de la casa de Aang de esa manera a esa hora era un tanto irracional.

—Suki, escucha... — comenzó Sokka apenas la alcanzó, pero la guerra Kyoshi se soltó del improvisado agarre de su esposo, dándose una vuelta agresiva en su dirección.

— ¿Qué quieres que escuche, Sokka? ¿Más mentiras? ¿Pretextos? ¿Vas a decirme que lo he estado soñando todo los últimos meses... los últimos años? — el moreno negó de nuevo, totalmente incrédulo y ajeno a la situación.

—Suki, te juro que no sé de qué hablas...

— ¡Ya basta, Sokka! ¡Realmente nadie puede ser tan estúpido! — Suki comenzó a llorar, dejando a Sokka sin saber cómo actuar al respecto, no parecía estar enterado de nada, y verla quebrarse tan de repente pareció congelarlo en su lugar. — Sería más fácil si solo lo dijeras... — gimoteó, tallándose los ojos.

—Suki, no hay nada qué decir. No entiendo qué pasa, pero te juro que todo va a estar bien...

— ¡Nada va a estar bien, Sokka! ¡Nada ha estado bien! Pensé que cuando nos casáramos todo esto cambiaría... pero me equivoqué... — Sokka de nuevo negó, apretando los ojos mientras trataba de entender de qué estaba hablando su mujer.

— Suki... — trató de tocarla, pero ella retrocedió, evitando el contacto.

—Dejé la Isla Kyoshi, dejé a mis hermanas guerreras por venir aquí, contigo, por ti... — se secó las lágrimas en un nuevo intento de ser fuerte, pero apenas las quitó, más gotas saladas azotaron sus mejillas. —Te elegí a ti, Sokka, sobre todo, es momento de que también elijas — el chico apretó los labios, mirándola con ojos achicados, escudriñando.

— ¿Elegir qué cosa? — Sokka dejó caer sus manos a los lados, cansado y hastiado con la conversación unilateral que estaban llevando.

— ¡Entre ella o yo! — Los ojos azules de Sokka parpadearon varias veces mientras su cerebro trataba de conectar las palabras de su esposa. — Elige, ¿Toph o yo? — presionó, y esta vez Sokka frunció ante la mención de su amiga, invadido por una extraña pero verdadera irritación con el tono con el que Suki había dicho el nombre de Toph.

— ¿Qué tiene que ver Toph aquí? — soltó con un tono que rozaba lo molesto, como si entre sus palabras se filtrara un reclamo receloso que ni él mismo entendió.

— ¡Todo! ¡Lo tiene que ver todo, Sokka! — el aludido negó por enésima vez en la noche, como si haciéndolo la idea que insinuaba Suki no existiera, como si pudiera desvanecer todo antes de que llegara a su cabeza. — ¿Cómo crees que me siento? ¿Qué crees que pienso cada día en que te vas con ella a no-sé-dónde todas las tardes? ¿Te olvidas acaso de que estoy en casa, esperando por ti, imaginando a donde la habrás llevado esta vez? — Suki se golpeó el pecho seguidamente, enrabietada y furiosa mientras seguía explicando su punto ante un atónito y asustado Sokka, que escuchaba atento y la situación se aclaraba lentamente en sus pensamientos. De a poco crecía en su pecho la culpa, inminente, pero real. — ¿Acaso eres tan estúpido que crees que no me doy cuenta, qué no me afecta? ¿Piensas que no los he visto recostados en los jardines, tomados del brazo mientras pasean por la ciudad y todo el mundo murmura y me miran con lástima porque saben que mi marido se pasea con otra todos los días en MIS NARICES? — golpeó el pecho de Sokka en esta ocasión, pero este no mostró signo de dolor, solo la congoja en su ceño fruncido relucía, el rostro regañado y cargado de culpa, se sentía atrapado. Suki tenía razón, pero al mismo tiempo, estaba seguro que se equivocaba. — Y la parte más estúpida es tratar de cubrir todo con tus supuestas horas extra, ¡¿Crees que soy así de estúpida?! — lo picó fuertemente en el pecho con su dedo índice, totalmente exasperada.

—Mi intención nunca fue...

— ¡Pero lo hiciste, Sokka, lo hiciste! — lo interrumpió ante lo que seguramente sería un intento estúpido de componer sus acciones. —Dime, si no tiene nada de malo, ¿Por qué me lo escondías? — Sokka habría querido refutar otra vez, pero su lengua se estancó dentro de su boca. No, no había una razón. Ni él mismo sabía porque lo había hecho, pero parecía como si de nuevo Suki tuviera razón. — ¿Lo ves, Sokka? ¿Por qué no puedes responder? — la voz que había estado gritándole se quebró de nuevo y Suki se sacudió en un reanudado e intenso llanto, cubriéndose un momento el rostro y soltando insultos para sí misma.

—Yo... Suki, esto no volverá a pasar, yo nunca pensé... nunca quise, por favor... — ante el amago que hizo él de querer tocarla, ella manoteó en el aire, quitando de ante mano los brazos que aún no llegaban a ella.

—Entonces elige, Sokka — reiteró, con sus extremidades temblando y su rostro empapado en lágrimas, aun así, le miró con firmeza. — ¿Ella o yo? — Sokka suspiró, ahora frustrado, molesto y culpable con toda la situación.

—Suki, no hagas esto, por favor...

— ¿Ella o yo, Sokka? Elige — el guerrero se pasó una mano por el rostro, cansado y presionado. Su mente le decía que respondiera, que la eligiera a ella y terminara de una vez con esa situación, pero por alguna razón más fuerte que su entendimiento, no pudo hacerlo.

—Suki, basta, regresemos a la casa, charlemos de esto tranquilamente y...

— ¡¿Ella o yo, Sokka?! ¡Sólo responde! — de nuevo su mente insistió en gritarle que ella, incluso si sentía que era una mentira. Pero esa misma idea lo hizo detenerse, Suki no merecía eso, ni él, Toph era su amiga y que todo ese lío sinsentido que había sacado Suki la involucrara lo ponía de malas. Él y Toph eran mejores amigos, y eso incluso no tenía nada que ver con Suki.

— ¡No voy a elegir, Suki, basta! — gritó, totalmente fuera de sí, en el límite de su paciencia y de la propia exasperación que lo invadía.

La guerrera Kyoshi quedó boquiabierta ante esa respuesta, parando su llanto bruscamente por un momento, mirando con ojos grandes a Sokka, en incredulidad. El chico estuvo a punto de suspirar y decir algo para tratar de calmar las cosas, pero antes de que pudiera decir algo, Suki rió secamente, sin gracia, juntando sus manos y bajando la mirada un momento, distante.

—No, Sokka — dijo, al tiempo que volvía a mirarlo y dejaba ver qué se había quitado el anillo de matrimonio de su dedo. —Tú ya elegiste — al tiempo, le extendió el anillo al chico, golpeándolo en el pecho con el mismo dentro de su palma abierta.

Sokka no pudo creer lo que sus ojos miraban y apenas pudo agarrar el anillo antes de que este cayera al suelo precipitadamente.

Suki se dio la vuelta, juntando todo el orgullo que aún llevaba dentro, levantándose el vestido casual que llevaba puesto comenzó a alejarse a la costa a grandes zancadas, totalmente airada y con el rostro aún lleno de lágrimas.

Sokka la miró alejarse mientras trataba de reaccionar a lo que pasaba. ¿Lo estaba dejando? ¿Así como así? Negó, incrédulo, apenas llevaban unos pocos meses de casados, y a sus ojos seguía sin tener claras las razones. Se preparó para salir detrás de ella pero una mano lo sostuvo del brazo con firmeza, deteniéndolo.

—No lograrás nada si vas ahora — dijo Zuko casi como un regaño, mirándolo por el rabillo del ojo con tanta fijeza que lucía amenazador. —Dale tiempo para calmarse, solo arruinarás más todo si la sigues así como está— Sokka suspiró y bajó los hombros, sabía que su amigo tenía razón.

—Yo, ni siquiera sé qué hice — Zuko suspiró ante su comentario, cruzándose de brazos mientras giraba su cabeza hacia Sokka, entre incrédulo y sorprendido. Hasta él entendía la molestia de Suki, y sabía que no era para menos.

—Tranquilo, Sokka, todo estará bien, ¿de acuerdo? — le sonrió sinceramente y el moreno asintió, queriendo creerle, guardando discretamente el anillo de Suki en su bolsillo.

—Eso espero — Zuko asintió de acuerdo, su egoísta pensamiento quería a Sokka feliz con Suki para que se quitara de en medio, pero después de todo Sokka era su amigo y quería que todo saliera bien para él.

—Ahora, creo que necesita a alguien — Zuko le dedicó un suave apretón a Sokka en el hombro y este asintió, mirando como el maestro fuego se alejaba entre las escaleras de piedra y llegaba hasta su esposa en la costa.

Los miró abrazarse y a Suki llorar en su pecho, destrozada.

Apartó la mirada, no queriendo presenciar más aquello, sintiéndose un completo imbécil por todo, ni siquiera estaba seguro de qué pensar. Frunció los labios y apretó los ojos cuando cayó en cuenta que estaba pensando en Toph, en lo enojado que seguía por las acusaciones de Suki para con ella, en la forma en la que no había podido elegir a su propia esposa sobre ella, en el veneno de la cruda verdad que había soltado su mujer en cada palabra.

Y él no podía creerlo.

Lo había dejado por algo que ni siquiera había notado. No hasta ese momento, al menos.

Regresó a la casa de Aang solo para tomar sus cosas y dar una muy mal trabajada explicación sobre su partida, al salir, evitó mirar a Toph, aunque sobre su nuca sintió sus ojos escuetos y vacíos sobre su persona, siguiéndolo.

Al llegar a la costa, notó que el barco de Zuko no estaba, y con este mismo su amigo y su mujer.

Tomó su propio barco con el que había llegado y partió de regreso a Ciudad República, sabía que Zuko tenía que regresar por esa noviecilla pasajera suya, así que lo más probable es que solo dejara a Suki en el puerto de Ciudad República e inevitablemente tuvieran que verse con ella, y así pudieran hablar y arreglar todo.

O eso esperaba.

Pero se equivocó.

Quizá, en realidad, Sokka si había tomado una decisión, inconsciente e indirectamente, hacía muchos años atrás.

[...]

Se movió nerviosa en su lugar y tragó saliva, dando otro trago a su bebida en un intento inútil de que la sensación asfixiante y ahogada de su garganta se esfumara. Pero no fue así. Kanto, enfrente de ella, sentado y con la mirada gacha exactamente en la misma posición que hacía casi cinco minutos, soltó un suspiro como única señal de vida y le hizo a Toph retorcer la frente, estaba ansiosa por escuchar algo, una palabra, lo que fuera, los nervios se la comían viva.

—No sé qué decir — soltó finalmente él en lo que pareció un suave susurro, mirando aún sus manos, demostrando en su rostro el miedo y la incredulidad, aspectos que Toph podía notar a través del latido de su corazón. Y claro, no era para menos.

—Bueno, podrías decir algo que me ayude a sentirme menos nerviosa y asustada — soltó ella entre seria y bromista, tenía ganas de llorar, estaba aterrada, pero su naturaleza despreocupada y necia le impedía derrumbarse ahí mismo, aún no estaba segura de lo que tenía que sentir, en realidad. Sin embargo, la risa escueta de Toph se esfumó al instante, el sentido del humor de su novio pareció haber desaparecido hacía unos momentos, desde que le había dado la noticia, y ahora sentía que estaba tratando con un pedazo de piedra, uno frío y ajeno a ella.

—Es que, esto no puede ser posible, Toph — dejó ir una risa nerviosa y la chica cambió su rostro ansioso por uno incluso molesto. No era lo que quería oír, la incredulidad era un estado en el que ella se encontraba y ahora tenían que enfrentar y lidiar con ello, pero más que incrédulo, el tono de Kanto le pareció que rozaba lo irónico, algo muy cercano a la burla que la descolocó.

— Bueno, claro que puede ser posible, ¿O es que no sabes cómo se hacen los bebés? — soltó ella, con sarcasmo remarcado en su pregunta, buscando poner sus ojos en él para intimidarlo. Lo último que necesitaba es que se hiciera el estúpido, para variar.

—Lo sé, es solo que... — Toph encontró duda en sus palabras mezclada con esa casi insinuante sensación de ironía, y es que era verdad que no esperaba que él reaccionara de la mejor forma, ¿quién podría en una situación como esa siendo tan jóvenes aún? pero su actitud le estaba colmando la paciencia, se notaba demasiado asustado o incluso irritado, y ahora mismo ella estaba dando todo por mantener la calma y seriedad en una charla importante ante algo tan grande y jodidamente duro como eso.

— ¿Qué pasa, Kanto?, suéltalo de una maldita vez — su voz sonó agresiva y el chico suspiró, buscando en su mente las palabras correctas para lo que tenía para decir, conocía lo suficiente a Toph para saber qué ella podía sentir cuando le ocultaba o le mentía. Estaba revuelto con todo y la ansiedad, en ambos, no estaba ayudando, de pronto tuvo ganas de huir.

— Vamos, Toph, no esperes a que crea que es mío — la bandida ciega se quedó pasmada unos segundos, como si desconfiara de su oído y de pronto no comprendiera lo que acababa de escuchar. Su rostro se puso caliente mientras su cerebro procesaba aquellas palabras, viajando sus ojos inconscientemente de un lado a otro, como si buscara en su fuero interno alguna explicación a eso. Kanto notó la creciente incredulidad y la furia y de nuevo quiso escapar, se sentía fuera de serie, estaba seguro de no pertenecer ahí.

— ¿Qué exactamente estás insinuando, Kanto? — la miró apretar los puños y de inmediato temió por su seguridad, sonriendo pesadamente mientras sentía sus manos sudar frío. No quería retractarse de lo que había dicho, porque lo creía de verdad. Era cierto que su romance con la jefa de policía había llegado hasta el punto en que un embarazo inesperado era una consecuencia inevitable, pero una creciente rabia e inconformidad que siempre había habitado en él lo estaba carcomiendo, saliendo a flote a punta de golpes forzados en su interior por la adrenalina y la repentina tensión y presión que nacían con la noticia.

—Escucha, Toph, yo te amo y todo, pero... no podemos tener un hijo, nosotros dos... — Trató de manejar las cosas con calma y no ser tan directo, abogando inconscientemente por su seguridad; sin embargo, Toph azotó fuertemente las manos en la mesa, partiéndola en dos, importándole menos que poco que hubiera llamado la atención de los otros clientes en aquel pequeño sitio del té. Su rostro estaba totalmente rojo, estaba conteniendo las ganas de romperle la cara ahí mismo, de destruir media ciudad. Claro que había entendido a lo que se refería Kanto y no lo dejaría huir por la tangente, necesitaba escucharlo decirlo, pues la parte noble y joven enamorada no la dejaba creer del todo lo que su novio le había tirado en cara.

—Responde lo que te pregunté — siseó entre dientes apretados, parpadeando múltiples veces para que las lágrimas de furia no comenzaran a salir, ya se sentía lo suficientemente vulnerable al respecto de todo, quería conservar lo último de dignidad que quedaba en ella. El hombre bajó la mirada y tras contemplar un momento la madera rota y desparpajada en sus pies entendió que ella lo haría hablar de un modo o de otro. Pensó en arrepentirse, Toph se veía bastante afectada y comprendía que las cosas no estaban yendo bien, en ningún sentido, y quería acallar ese dolor en ambos y buscar una salida. Pero era un joven despistado y tonto, al final de todo, y aunque su coherencia le pedía prudencia, el enojo que había surgido desde el principio ya no pudo más. Las palabras, dudas, desconfianzas y rencores que llevaba acumulando durante toda su relación explotaron, se sintió ahogado injustificadamente y no quería ser arrastrado junto a ese pozo sin fondo que se pintaba delante de sus pies. Era ahora o nunca, se dijo.

—No creo que ese bebé sea mío — soltó, sin más meditación, apretando los labios y bajando la mirada, con algo de culpa pero con total sinceridad. Toph abrió los ojos grandes, sintiendo que su boca se descolocaba de la impresión, lo había dicho y ella todavía no podía creerlo. Pensó un segundo que Kanto lo decía de dientes para afuera tratando de zafarse de una temprana paternidad. Pero no era así, él de verdad creía que ese bebé no era de él y eso la abrumó, era una estupidez, una ofensa inaceptable.

— ¡¿Qué clase de mujer crees que soy?! — gritó, eufórica, ya sin poder contener la rabia de entre sus manos, tomando al tipo por el cuello de la camisa en un movimiento rápido, agitándolo hasta que estuvo de pie y ambos quedaron parados a mitad de los escombros de la mesa. En su vida le habían dicho muchas cosas, pero desconfiar de algo así... no, estar seguro de algo así... La idea casi la hizo vomitar, asqueada con la idea que imaginaba tendría su propio novio sobre ella. Lo soltó y se alejó tres pasos, tambaleante, luchando contra el deseo de asesinarlo una vez más.

—Toph, no es qué clase de mujer eres, sino... bueno, no esperes que crea que soy el único en tu vida, no con ese tipo merodeando alrededor de ti todos los días — la chica ciega se quedó sin aliento de nuevo, sintiendo su rostro temblar en una mezcla de tensión y coraje. Quería despertar de esa pesadilla, de todas ellas, ¿qué clase de castigo divino era ese? ¿Qué rayos estaba pensando Dios?

— ¿De qué tipo estás hablando, Kanto? Sabes bien que has sido el único en mi vida — su voz sonó ahogada y se reprimió en su fuero interno, la ira, angustia, incertidumbre y ahora la sensación de sentirse ofendida a ese punto la agobiaba, no sabía cuánto más podría soportar las lágrimas, y más que eso, no sabía de qué estaba hablando Kanto, para ella, que secretamente apreciaba el modo clásico y tradicional de las relaciones sentimentales, ser acusada de una infidelidad tocaba fuertemente su honor y su sentido heroico sobre lo que ella creía correcto.

— ¡¿De quién más?! — esta vez fue el momento de Kanto para gritar, superado por todo, sin poder ya resistir dentro de su boca las acusaciones que lo habían atormentado todo ese tiempo desde que formalizó con la jefa de policía. — ¡De ese estúpido de Sokka, ni siquiera hay un día donde no puedan estar juntos, él parece importarte más que yo en tu vida, así que no puedes negármelo Toph, ese bebé fácilmente podría ser de ese imbécil de la tribu agua! — esta vez no hubo tierra control ni algún metal filoso interviniendo por ella. Fue su mano, directa y limpia, golpeando el rostro de ese sujeto con todo el coraje y fuerza que su cuerpo y espíritu permitían.

Su mente había saltado al igual que su mano sin que siquiera se diera cuenta. No, no podía ser posible que pensara que ella y Sokka habían tenido algo, ¡Eso hubiera deseado ella! Pero Sokka era un hombre casado y ella tenía una relación con él, no había forma ni cabía en su mente aquella idea, que la imagen que Kanto tenía sobre su fidelidad y su entereza fuera tan poca le ensombreció. Maldijo a sus adentros, maldijo a Kanto y a Sokka, se maldijo ella, a los Dioses y a los demonios, maldijo el sol, la tierra el mar y la luna. Odió a todo en un parpadeo y quiso desaparecer. Quiso que todo desapareciera con ella.

Giró sobre sus talones antes de que Kanto siquiera se pudiera recuperar, apretando los puños y sintiendo sus propias uñas clavadas en sus palmas mientras sus pies se movían torpes por la calle, las lágrimas habían llegado a su rostro sin su consentimiento y ahora le nublaban el juicio. Suplicó al universo despertarla de esa pesadilla, no tenía escapatoria ni creía que hubiera cura o salida a su situación, a sus sentimientos, a los acontecimientos. Estaba desecha, ofendida, triste, sola, confundida y abrumada.

Quería morir.

—Escucha, Toph, por favor... — la voz de Kanto sonó tras ella y se lamentó de no haberlo sentido. Sus pies se detuvieron, sin embargo, en contra de lo que hubiera querido su razón hacer. Pero sentía que caía en un vacío interminable y sus dedos, desesperados, querían aferrarse a algo, a alguien, necesitaba cariño y compañía ahora mismo, comprensión, calor. No quería estar cerca de Kanto luego de lo que había dicho, pero no sabía qué hacer, jamás pensó en estar en esa situación y ahora que lo estaba le dolía y le pesaba en el alma.

Se giró a él, esperando a lo que tuviera que decir. En su situación, con sus sentimientos como estaban y un embarazo para el que no estaba lista ni tampoco quería, habría aceptado a Kanto así le mintiera. Un "lo siento" un "estaremos juntos" cualquier basura tonta que hubiera parecido dictada por el Avatar la habría quebrado y convencido. Lo habría perdonado y habría pasado el resto de su vida con él... y con ese bebé.

Pero la vida no parecía ponérsela fácil, eso lo entendía. Desde que había apenas nacido, era siempre un problema tras otro. Quizá, incluso sería así hasta su muerte.

—Mira, no arruinemos esto, ¿sí? — comenzó, vacilante, pasándose una mano por su cabellera negra y tomando un suspiro, mirando el rostro de Toph, quién estaba impasible, no estaba seguro si acercarse más era peligroso o no. — Yo te amo y somos felices así, realmente me gusta como estamos ahora... — Toph dio medio paso de forma inconsciente, pero la boca de Kanto no se cerró ahí. —Piénsalo, incluso no importa si es o no mío, no tiene caso arruinar tu vida o la mía por... eso — señaló el vientre de Toph, despectivo, y aun cuando la chica no podía verlo, sintió el dedo acusador de aquel hombre apuntando a su cuerpo, quemándola, destruyéndola. — Conozco una abortera, no hay necesidad de que pasemos por esto y... — no pudo terminar su argumento, y aunque lo hubiera hecho, Toph ya no habría podido escucharlo. Un pitido cimbró en sus oídos y una rabia inhumana la poseyó.

Traición.

Decepción.

Asco.

Repulsión.

Aberración.

Por él.

Por ella misma.

Estúpida.

Su mano, que se había movido tan rápido, cubría la boca de Kanto con tanta fuerza que él creyó que había destrozado su cara. Acercó su rostro lentamente al del hombre que permanecía quieto, expectante y asustado, tendido completamente a la voluntad de la ira y la justicia propia de sus manos.

Miró a Toph a esa distancia y encontró sus ojos vacilantes y discapacitados clavados en él, como si quisiera penetrar su alma, encajados en un rostro deformado y afectado, era como un demonio, como una fiera, el terror más grande que había sentido lo recorrió y sus piernas temblaron torpemente, manteniéndose de pie solo por el mismo agarre de esa mujer. Sin embargo, medio segundo después, a unos centímetros de su rostro, la vio llorar, y la entendió totalmente como una mujer, quizá incluso como una madre.

—Jamás vuelvas a insinuar algo como eso — sollozó, superada por todas las emociones, incluso fue incapaz de reconocer su propia voz en aquel tono tan bravo y al mismo tiempo dolido. Kanto notó el temblor en el cuerpo de Toph y leyó en su rostro la tristeza y el dolor. Quiso arrepentirse entonces, entendiendo que era un estúpido y que ella de verdad no había tenido nada que ver con Sokka. Quiso abrazarla y acunarla y pedirle perdón, arrodillarse y suplicarle una oportunidad más. Hubo tantas cosas que quería decir estando tan cerca, pero también, sumado a la veracidad y genuino dolor de Toph, leyó en su rostro la determinación. La determinación sobre su creciente y nuevo rechazo hacia él. Ella no lo aceptaría. No luego de eso. —Jamás vuelvas a decir nada — Toph lo soltó y él cayó al suelo, de rodillas, mirándola con ojos asustados y culpables, pero ella no volvió a poner sus escuetos ojos sobre él, solo levantó su dedo, apuntándolo, acusándolo —Lárgate de Ciudad República, lo antes posible, si valoras tu vida — Kanto quiso decir algo, pedirle perdón, suplicarle, lo haría todo, pero ella había pedido silencio y había caído en él como una especie de hechizo. — Por qué sí yo vuelvo a oír tu voz, será la última cosa que digas — Ambos, fuertemente, supieron que no estaba bromeando. Iba a matarlo, un ligero susurro y su vida habría llegado a su fin. Toph, a veces, en sueños, se arrepentiría de no haberlo hecho, otros días se arrepentiría de no haberlo dejado hablar otra vez cuando sintió en él el deseo de arrepentirse y pedirle perdón. No era un mal hombre, con los años lo supo. Pero lo suyo sencillamente no había ni mucho menos iba a funcionar.

Kanto viviría sus días arrepentido de todo, luego de salir de Ciudad República a la mañana siguiente. Nadie de nuevo habría sabido de él. No pasaría un día dónde no pensara en Toph, no habría un día donde no preguntara en las calles por la hija de la Jefa de policía. Moriría solo y arrepentido.

Pero lo había notado muy tarde.

Tarde para arrepentirse.

Tarde, como siempre.

Tarde, como todos los demás.

La mujer se dio la vuelta una vez más y agitó su arnés en el aire, partiendo de un brinco entre los edificios, desapareciendo como espejismo entre la oscuridad de aquella brumosa noche. Terrible, oscura y silenciosa noche.

Pasó las calles y su mente parecía haberse ido. Su rostro pálido se congelaba con el aire y sus piernas y brazos temblaban debilitados. No había un sólo pensamiento coherente en su cabeza y no supo hacia donde estaba yendo, o huyendo, hasta que sus pies dieron contra el suelo y pudo sentir aquel punto cálido y añorante detrás de aquella puerta.

No sabía qué hora era, no sabía si había o no más personas dentro o alrededor. Lo necesitaba.

Levantó la mano sin considerar y tocó gravemente un par de veces. Lo sintió moverse dentro y su voz rasposa y adormilada respondió al otro lado algunas palabras que ella no entendió. Después, con una lentitud casi eterna, abrió la puerta ligeramente y sus ojos azules miraron desconfiados a aquel que no respondía a sus palabras.

— ¿Toph? — no la reconoció, o no creyó hacerlo, su amiga estaba ahí de pie pero parecía ida, parecía ausente, tan pálida como un trozo de papel.

—Sokka... — susurró ella y él abrió totalmente la puerta, parándose delante y recorriendo su cuerpo con los ojos, como buscando una herida, como su fuese a encontrar la razón de su estado dando un vistazo, asustado de que algo malo hubiera podido ocurrir en la Ciudad.

Pero antes de que siquiera pudiera terminar su fugaz evaluación visual, la chica se tiró a sus brazos, rodeando su cuello mientras su llanto se soltaba y un mar parecía cruzar su rostro y terminar bañando el hombro del jefe concejal.

La abrazó sin pensarlo y sintió su piel fría contra la suya, llevándola adentro casi a rastras entre sus brazos y cerrando la puerta, aún sin entender, era claro que algo no estaba bien y eso lo hizo perder el sueño y la pereza, sintiéndose inquieto y asustado, temiendo por la seguridad del mundo... temiendo por ella.

— ¿Qué pasó? ¿Estás bien? — preguntó, pero no obtuvo más respuesta que el llanto de la chica ahogado contra su ropa y las manos gélidas presionando su espalda, casi al punto de hacerle daño.

Suspiró, apretándola a él con la intención de confortarla lo suficiente para que le respondiera algo, la preocupación subía como espuma a cada segundo y las conjeturas en su cabeza sonaban cada vez peor.

Entendió de pronto que la seguridad del mundo no era lo que la tenía así, Toph era del tipo de personas que enfrentan las cosas de frente, sin dudar y sin flaquear, y si el mundo estuviera pendiendo de un hilo estaba seguro que ella sería la primera en ponerse al frente y juntar sus manos en defensa de lo que creía correcto, seguro que Aang y Zuko estarían ya ahí, seguro que él ya lo sabría.

Y ese hecho lo hizo sentirse más ansioso.

¿Qué, en el mundo, podría poner a Toph así? ¿Qué magnitud debía tener aquello que la acongojaba para volverla ese frágil pedazo de algodón que se deshacía entre sus manos?

—Toph — la llamó, con la idea de poder moverse de la entrada y tomar asiento, dándole suaves golpecitos en la espalda, pero ella no reaccionó en absoluto, ni un poco, y él volvió a avanzar de espaldas entre pasos torpes por parte de los dos hasta el sillón luego del recibidor, donde lentamente la guió hasta que estuvieron frente a aquel mueble y con delicadeza la separó un momento de su persona para que ambos pudieran sentarse.

— Lo siento... — murmuró ella cuando Sokka la soltó unos momentos para encender un candelabro en la mesa ratona del centro. Él escuchó su débil voz y un escalofrío lo recorrió completamente. ¿Quién era ella? Se preguntó ante lo irreconocible de su voz, pero al girar encontró en verdad el rostro de su mejor amiga y siguió sin poder creerlo. ¿Qué estaba pasando?

—Ven aquí... — pidió a modo de orden y la tomó de la mano, halándola en su dirección. La chica no se negó en absoluto y lo obligó a recostarse ligeramente cuando depositó todo su peso sobre él y escondió su rostro en su pecho, cálido, amplió y acogedor.

Esa sensación de protección, de querer ayudarla, de querer estar ahí incondicionalmente volvió a inundar su mente y su pecho, como cada que la tenía cerca, sin excepción. Sintió esta vez, sin embargo, que algo más se removía, algo que él no había considerado jamás. Toph era fuerte y tan independiente que lo hacía sentir valiente y seguro, pero ahora, en medio de ese ahogo emocional, la miró de una forma brutal, la entendió y vio a través de ella como nunca antes. Estaba en su plena y total debilidad y lo preocupaba tanto como lo enternecía. Por primera vez, sintió que ella lo necesitaba más de lo que él la necesitaba a ella. Y la sintió débil, la sintió solitaria, desprotegida, incompleta. Y se miró a él en la obligación, o en el deseo, de querer cubrir esa necesidad en ella. En todo sentido. De principio a fin. Era como si el espacio que había en ella estuviera diseñado para él. Porque entendió, tan preocupado como estaba en medio de esa incertidumbre, que él no podía soportar verla sufrir, que sí ella no estaba él también estaba igual de incompleto, solo y desprotegido.

—Dios, Toph, dime qué sucede — suplicó, ya sin poder soportar un momento más de duda, ya sin querer mirar su congoja y ansioso de querer hacer algo para poder ayudarla si podía.

—Sokka... yo... — sus dedos, finos y delgados pero fuertes y voraces, se apretaron de nuevo entre su ropa y Sokka apenas reprimió un gemido de dolor ante aquello , sin entender por qué parecía costarle demasiado decir lo que la tenía así. —Yo... estoy embarazada — decirlo en voz alta le dolió. Se sentía como agua helada, o hirviendo, no estaba segura pero sabía que le quemaba la piel y le helaba los huesos.

Las palabras salieron pero parecieron una mentira flotante, una alucinación, una burbuja que se había estrellado silenciada contra el viento. Sokka parpadeó muchas veces como si eso ayudara a entender, o a despertar. O a lo que fuera qué lo sacara de esa terrible sensación. Toph sintió sobre su oído el corazón de Sokka agitarse y golpear duro su pecho. Se preocupó y se sintió peor, la negación aún invadía su mente pero ahora que se lo había dicho a Sokka, a esa otra mitad de sí, finalmente parecía que las cosas de volvían reales. Y la golpeaban. A ambos.

— Yo... — el joven trató de decir algo, cualquier cosa, una broma, un consejo, una risa, un mal chiste, su apoyo incondicional. Pero no hubo más que palabras incoherentes ahogadas en su garganta sin la oportunidad de salir. Su boca se secó y los ojos se le llenaron de lágrimas que reprimió. — Toph — su mente pareció esforzarse al límite y trazó un gesto que simulaba una sonrisa. — Entiendo que no lo esperabas pero, deberías... no sé... ¿estar feliz? — calló a tiempo para que la voz no le temblara. Sus manos, rodeándola, se hicieron pesadas y las sintió hormiguear, una furia crecía de a poco y su rostro se calentaba en demasía, una asfixiante sensación de alejarse de ella lo bofeteó.

Traición. Si lo podía definir con palabras.

—Kanto... — murmuró aquel nombre que Sokka odiaba y la ira se duplicó en su cabeza. —Él me dejó, él no quiso al bebé, ni a mí con él... quería que yo...— Sokka se levantó de pronto con la furia de lo imposible, alejando a Toph en el proceso más agresivo de lo que hubiera querido. Pero oír aquello, aún si ella no había terminado de decirlo él lo entendió, le había hervido la sangre y sus venas se azotaban dolorosas en su interior. Quiso buscar ahora mismo su bumerang y su espada y salir a buscar a ese idiota. Lo mataría. Quería hacerlo como nunca.

La idea en sí de pensar en Toph esperando un hijo de ese imbécil lo empujaba al límite de la locura, pero pensar que sobre eso la había abandonado, se había zafado de responsabilidad, eso lo había tocado duramente. Había buscado el pretexto perfecto para despedazarlo todo ese tiempo y finalmente lo tenía y no quería perder la oportunidad de hacerlo. No pudo, sin embargo, el llanto de su amiga le congeló los pies en el suelo y se sintió atado. No quería abandonarla como estaba pero quería al mismo tiempo usar sus manos para encargarse de aquel que la había deshonrado, que la había amancillado y luego la había botado. A ese que no la amaba y ella había entregado todo, ilusamente.

—Sokka, yo... — Toph estiró la mano en su eterna oscuridad a su dirección, con el rostro y el corazón hecho trizas, sintiéndose fría con su distancia y anhelando sólo estar entre sus brazos. Sokka, como estaba, retrocedió y se alejó de ella lo suficiente, pasando una mano por su cabellera suelta que caía a los lados de su rostro y dejó ir un tembloroso suspiro.

Era ahí cuando ella más lo necesitaba, cuándo él más debía abrazarla y darle cariño y comprensión, darle todo lo que le hacía falta. Pero era un tonto y eso lo sabía, su egoísmo le estaba ganando y la sensación de nuevo de ser traicionado se le hundió en la yugular. Traicionado, aunque no tuviera derecho de decirlo, porque ella no era nada de él, en realidad, más que su amiga, nada más.

—No digas nada — pidió él, comenzando a caminar de un lado a otro, encolerizado, como un león enjaulado en su eterna indecisión. Toph bajó los hombros y hundió el rostro, clavando sus ojos en el suelo. —No puedo creer que lo hiciera el muy imbécil, que te dijera eso, ¿Qué mierda tiene en la cabeza? — dijo casi a gritos, sin parar sus pasos ansiosos de un lado de la sala al otro, frente a ella. — ¿Cómo pudiste creerle, Toph? Te dije que era un mal tipo, jamás me gustó para ti, y ahora tú estás... ¡con un demonio! — Sokka volvió a pasar sus manos por su rostro y Toph frunció el entrecejo. Se sintió de pronto bajó el yugo de su padre, regañada y juzgada, y ella no tenía por qué soportar eso. Había ido a buscar un hombro, a su eterno amigo, alguien en quien confiar, alguien a quien amar. Escuchar el regaño indignado de Sokka la puso peor, se sintió sola y abandonada esta vez por todos, sin un lugar a donde correr de verdad, sin un lugar donde ser ella. Se puso de pie agitadamente y lanzó su rostro a Sokka, luciendo aún destrozado.

—Lo siento si te he molestado con mis problemas, Sokka, no volverá a suceder, discúlpame con Suki por todo esto, seguro que debe estar por volver — antes de que pudiera siquiera moverse Sokka había saltado sobre la mesa, sosteniéndola por la muñeca con vehemencia.

— ¡No es eso, Toph, maldita sea! — lo que había parecido hasta ahora un regaño filial y paternal a oídos de la bandida ciega mutó de pronto a una irritación por parte del hombre que ella no entendió, quedándose quieta y desistiendo de su repentina partida. —Suki me dejó, ¿sí? — aquello salió sin que ninguno de los dos se lo esperara, pero ya no tenía demasiado control en sus palabras. —Se fue hace dos meses de regreso a la Isla Kyoshi y si no lo dije fue para ahorrarme comentarios por mi posición — Toph abrió los ojos en sorpresa y le tomó unos segundos entender la realidad, y aunque muchas preguntas surgieron al respecto, entendió que no era el momento ni tampoco el modo de hablar aquello. —El problema es que... vienes aquí y me despiertas a mitad de la noche para decirme que estás embarazada de alguien que no soy yo, ¡Así que no esperes que esté tranquilo! —

El silencio nació y la tensión sexual rompió en el aire. Sokka apretó los dientes y tensó los músculos, dejando ver sus ojos desorbitados ante la notaría metida de pata que lo había dejado en evidencia. Toph giró a él y lo escudriñó, sintió sus vibraciones y notó su respiración y corazón acelerado. ¿Estaba insinuando lo que ella creía? ¿Estaba ocurriendo de verdad?

—Sokka, yo... — no estaba segura de que iba a decir, en realidad, pero fue detenida por el chico, quién la abrazó y la estrechó con todo el cariño que alguien pudiera demostrar en el acto. Ambos entendieron lo que pasaba, quizá, pero los dos se sentían inseguros de aclararlo. Dudosos, testarudos y necios hasta el final.

—Dios, Toph, estaba tan asustado cuando te vi así — susurró en el oído de ella y dejó ir un suspiro, uno tranquilo en contraste con todo lo anterior. Toph correspondió el abrazo y sollozó, esta vez sin estar segura de las razones.

—Tengo mucho miedo — admitió luego de unos momentos, angustiada con la noticia que ahora cruzaba su mente implacablemente. —No me siento lista, Sokka, no creo que vaya a ser una buena madre... ¿qué se supone que voy a hacer? No... no sé cómo... yo... ¿y sí este bebé me odia? ¿Qué voy a hacer sola? — lo apretó contra su cuerpo y tembló, conmovida por todo, confundida y debilitada.

—Tonta — su voz, suave y juguetona esta vez, como antes, como siempre, le sacó una sonrisa que descuadraba en su rostro triste. —No estás sola — la separó de él y la miró a los ojos. Ella no podía verlo pero sintió sobre su rostro aquella cálida mirada y la hizo sonrojarse. Toph sintió deseos de verlo también, a su manera, levantando las manos y acariciando las mejillas de Sokka mientras esté también deslizaba sus dedos sobre la suave piel femenina. Ambos tragaron duro y supieron lo que seguía, lo que finalmente seguía.

Los dedos de Toph, traviesos al mismo tiempo que dudosos cayeron sobre la barbilla del hombre y acariciaron esa barba que tantas veces ella había criticado pero secretamente ella adoraba al tacto. Sokka sonrió y una de sus manos se fue a la cintura de la chica, apretándola contra de él, juntando sus frentes tiernamente mientras las caricias en el rostro ajeno aún seguían.

—Yo estoy contigo, Toph — ella lloró de nuevo, esta vez de felicidad, por la epifanía que representaba un momento tan perfecto, tan inmaculado e idealista como ese.

No hubo más preámbulos y fue él quien decidió besar aquellos labios por primera vez.

Toph, apretando los ojos cuando lo sintió finalmente sobre ella, se sintió novata en todo nuevamente. Volvía a empezar, no sabía besar, no sabía hacer nada. Su cuerpo temblaba y se sentía avergonzada y emocionada. Era como si nunca hubiera besado. Y quizá, entendió finalmente, no lo había hecho antes. Nunca se había sentido como tal. Era en realidad que nunca había besado con esa intensidad. Con amor.

Los besos eran suaves y cortos pero al tiempo se sentían desesperados. Se notaba en cada movimiento que habían aguardado eso por años, habían deseado unir sus labios desde que se habían conocido y ahora, tantos años después, se cumplía tan nítidamente que pudieron haber muerto ahí, en la intensidad de un fuego creciente, y ni siquiera se habrían dado cuenta.

Toph, que había soñado con ese momento fue consciente de que ni la mejor de sus fantasías se comparaba con esa extenuante realidad. El cielo, el infierno, cenizas y algodón. Lo era todo y no era nada. Estaba volando, estaba quizá soñando. Quiso incluso morir ahí antes de que la vida le arrancara eso de nuevo.

Supo, al instante, que luego de besar a Sokka no podría volver a besar a otro jamás. No así, no de ese modo. Se había vuelto adicta en un instante y sentir sus latidos era un oasis interminable.

El cielo existía y se encontraba entre sus labios. Entre sus brazos. En su corazón.

Sokka, sintiendo su pecho arder, sintiendo el deseo de reclamarla como suya, la condujo suavemente a su habitación. Ella no se resistió.

Se desvistieron el uno al otro con un cuidado y una tortuosa calma que contradecía la vehemencia con la que se rozaban sus labios. Se tatuaron cálidas e interminables caricias que no tenían principio ni tampoco fin. Se abrazaron en la desnudez del lecho sin vergüenza, incluso sin perversión, se sintieron en carne viva y desearon fundirse entre las llamas de ese mudo y ciego amor.

Ambos se entregaron entre vacilantes suspiros y marcadas sensaciones. Ardieron y entendieron que en realidad jamás habían hecho el amor. Hasta ahí, hasta ahora. Únicamente entre ellos dos. Tocaron, besaron, amaron y perdonaron cada centímetro del cuerpo del otro, incluso, como coincidencia o como hecho fidedigno, al recorrerse tuvieron la sensación de haberlo hecho ya antes, de alguna manera. Quizá en sus vidas pasadas, quizá en su fuero interno, o era tan sólo que se conocían tan bien y se entendían tanto que no parecían desconocer uno alguna parte del otro. Se entendían en plenitud. Como si hubieran nacido para ese encuentro. Para tocarse, para amarse. Para estar juntos.

Años después, sin embargo, sabrían que no sería así. Al menos no como hubieran querido ahora.

Pero no tenían modo de saberlo o entenderlo en ese momento. Se dieron uno tanto del otro que se embriagaron dentro de su ser, que se mezclaron hasta perderse y no poder distinguir entre su piel y la carne ajena.

Se amaron tanto en el silencio ensordecedor que se volvía un grito, que no parecía necesitar palabras. Se entregaron cada noche luego de ese día, una vez tras otra parecía de nuevo la primera.

Se disfrutaron tanto como el tiempo se los permitía, con miedo de que fuese cada noche la última vez.

Toph lo sabía, muy dentro de ella así no quisiera reconocerlo. Pero esa epifanía llegaría a su fin. Ellos eran caricias y besos, amantes enloquecidos que se pierden en las sábanas sin miedos.

Pero sobre de eso, no había nada.

Ni una palabra, ni un compromiso, ni siquiera el conocimiento verbal de los sentimientos que quizá sentían uno sobre el otro. Fuera de la calidez de la cama, no había cambiado nada. No había nada.

Lo amaba entonces con pasión y miedo. Con duda.

Con vacilación.

El fin de aquella fantasía llegaría a su fin un día, lo entendía. Lo sabía. Y cada vez que quería abrir la boca y decirle entre sus acostumbradas caricias que lo amaba, Sokka la acallaba con un beso y en breve dejaba ir una ligera negación. Imperceptible a sus ojos. Pero existente. Pero presente. Cómo todo lo demás.

Al paso del tiempo ella dejó de intentar aclarar y declarar sus sentimientos.

Disfrutaría entonces lo que el destino y la vida pudiera darle a su lado.

Inmaduros, testarudos, se amarían silenciosos hasta que ya no hubiera marcha atrás.

Hasta donde su amor marcara la fecha de caducidad.

Hasta que uno de los dos tirara la toalla.


N.A. Ahhh, bueno, reitero que quiero hacerlo apegado a la historia, como si todo hubiera sucedido detrás, pero no estoy segura de las edades de sus hijos y cosas así, entonces puede que no coincidan. Este capítulo fue de puro Tokka pero en el siguiente se viene el precioso Toko xd

Gracias por leer! Saludos!