Capítulo 4
Sus ojos cayeron de nuevo en aquella chica y su semblante se ensombreció. Su mirada la recorrió de arriba abajo por enésima vez y, aunque ya llevaba puesto el uniforme de policía, seguía portando sobre su cabeza aquella dorada y brillante pieza que hacía a Sokka temblar en irritación, en mucha frustración. La miró hablar y hablar sin una especie de final pero de aquellas órdenes que daba a sus subordinados no entendió ni media palabra, se sentía incapaz de escuchar, o en realidad, se sentía reacio a querer oírla a ella.
Frunció de nuevo y por un segundo le pareció verla sonreír, como si estuviera disfrutando en su fuero interno de su rabieta, la cual seguramente que ella sentía a través de sus pies. Gruñó para sí mismo y trató inútilmente de desviar la atención a su hermana, que a su lado cuidaba atentamente de Tenzin que asustado miraba con grandes ojos abiertos a los uniformados que corrían por todos lados en los pasillos fuera de la oficina de la Jefa de policía.
— Escolten a Katara y su hermano hasta la Isla del Templo del Aire, quiero que se queden un par de hombres ahí hasta que el Avatar regrese. Podrían buscar atacarla y a sus hijos ahora que está sola — dijo Toph a su segundo al mando, quién asintió a su deber.
— Yo no necesito protección — murmuró Sokka para sí mismo, pero fue claramente escuchado por todos ahí.
— Bien, entonces solo a Katara y los hijos de Aang. No desperdicien fuerzas en idiotas mal agradecidos — el guerrero del sur bufó irritado y ofendido ante eso, pero la Jefa ya no le estaba presentando atención, había comenzado a andar fuera de su oficina con presura, seguida de cerca por su mano derecha.
Katara se levantó cuando dos guardias le ofrecieron su compañía y se dispusieron a andar al puerto para volver con Bumi y Kya, que aguardaban en aquella apartada isla. Sokka miró a su hermana darle una seña discreta para partir, pero el moreno frunció el ceño, se sentía enrabietado aún, no entendía porque Toph tenía tanta saña en contra suya y al tiempo tampoco entendía del todo su propio enojo. Había esperado tanto por una oportunidad de encarar a la bandida ciega pero había llegado a su límite, estaba harto.
— Adelántate, volveré después es un bote — avisó a su hermana con la voz cargada de furia mal direccionada, saliendo a grandes pasos por el pasillo, siguiendo a gran velocidad a Toph antes de que esta terminara por desaparecer en la lejanía entre el bullicio de toda esa gente.
—Si vienes a rogar por protección, olvidado, estamos llenos — la voz de ella se adelantó a cualquier cosa al haberlo sentido venir, soltándole aquellas palabras con desprecio y remarcada ironía, deteniéndose apenas los segundos que duro su frase antes de hacer amago de reanudar su marcha y poder alejarse finalmente de él.
—De hecho quiero hablar contigo, Jefa... — bramó él con la misma voracidad, como si estuvieran a punto de molerse ahí mismo a golpes.
—Bien, te escucho —Toph se giró para tenerlo de frente y sonrió confiada, incluso luciendo divertida una vez más al sentirlo temblar de irritación.
— Necesito que sea a solas — los ojos azules del guerrero de la tribu agua miraron a Saiko, quién parecía incómodo con la tensión y enojo que parecía haber entre ellos dos.
— No hace falta, si quieres hablar que sea sobre lo que acaba de pasar y frente él — Sokka apretó los labios en disgusto y entendió que Toph lo estaba haciendo adrede, con la intención de molestarlo hasta hacerlo estallar. La odió de nuevo, odió la contradicción de sus actos, detestó que lo hubiera abrazado antes y haber parecido tan preocupada, haberle hecho pensar que su vieja amiga seguía ahí, para luego darle la espalda y comportarse de esa fría e indiferente manera, como desconocidos, o peor aún, como enemigos.
—De verdad necesitamos hablar — sus palabras salieron apenas entre una fila de dientes apretados, dándole una clara señal de que estaba apenas conteniendo su rabia. Toph pensó en jugar un poco más, en burlarse de él por venganza a su maltrato de hacía un rato y por su estupidez misma en general, pero era consciente de que algo había hecho enojar mucho a Sokka contra ella, y aunque no sabía que era -cuando a su criterio la enojada debería ser ella-, él estaba dispuesto a arreglarlo en privado, sí ella alargaba aquello un poco más seguro que terminaría haciéndole un escándalo ahí mismo y ya tenía demasiado problemas con los cuales lidiar como para sumarle cosas estúpidas de un completo idiota.
—Bien, vamos a mi oficina. Saiko, te encargo el resto —habló con ese tono estoico que no iba nada con ella, pasando de largo a los dos hombres para tomar la delantera de regreso a su acogedora oficina al final del pasillo.
Sokka la siguió de cerca susurrando suaves maldiciones mientras finalmente volvían a estar de pie ahí. Para su suerte Katara ya se había ido y no había más que silencio en aquel lugar, cerrando detrás de sí para generar el ambiente apartado y ajeno que él necesitaba, que era menester para poder dejar libre su lengua con ella, para poder despotricar lo que se le viniera en gana, lo que tenía para decir.
— ¿A qué rayos crees que estás jugando? — soltó enfurecido, casi gritando, haciendo que Toph girara sobre sus talones para estar de frente, en total incredulidad, en duda, había esperado alguna tontería pero aquello superaba al mismo Sokka, no sabía a qué se refería.
— ¿De qué estás hablando? ¿A qué estoy jugando de qué? — su voz sonó igualmente irritada, torciendo el rostro en un enfado que nació al instante que aquella extraña reclamación la tocó.
— ¿Crees que puedes hacerlo, eh? ¿De verdad crees que vas a poder con eso? — Toph parpadeó muchas veces y negó, sin entender ni media palabra, tratando de enfocar a Sokka para dejar entre ver su incomprensión. — ¿Vas a jugar a ser la Reina de la Nación del Fuego? ¿Crees que esa tontería te va a servir? — la bandida ciega entendió finalmente a que iba todo eso y su expresión mutó un segundo a sorpresa, a un shock que la embargó. El odio fue lo segundo en venirse encima de ella y sus labios se fruncieron en una ira aún mayor que la del guerrero del sur, dejando ver sus dientes apretados en su naciente e iracunda rabieta.
— ¿Eso a ti qué mierda te importa? — bramó con aquella intensidad que sólo ella podía, tratando de salir de ahí al instante, no tenía caso quedarse a oírlo, a escuchar boberías que no tenían sentido, él era el último en el mundo en tener derecho de opinar sobre lo que ella haría. No pudo irse, sin embargo, al tratar de llegar a su puerta Sokka se interpuso rabioso, sosteniéndola por los brazos para no dejarla ir. — Hazte a un lado, imbécil — trató de quitarlo del camino, no le costaba nada hacerlo en realidad, solo un movimiento de su cuerpo haría falta para mandarlo a volar a un lado y al tiempo darle su merecido por entrometido, pero la lengua de Sokka fue más rápida que su decisión y la hizo de nueva cuenta frenar en seco.
— ¿Cómo puedes pasearte por ahí con esa ridícula corona en la cabeza? ¿No lo entiendes, Toph? ¡Vas a cometer un grave error! — su rostro se pintó de rojo por toda la rabia que sintió al oír aquello, dando un paso hacia atrás para quedar de frente al hombre, dejando ver a través de sus escuetos ojos el enfado y la indignación.
— ¿Error, Sokka? ¿Vamos a hablar de errores? ¡Bien! — el moreno tembló un momento en su sitio al ver que había provocado a Toph, mirando con un dejo de sorpresa el rostro ahora endemoniado de la que fue su mejor amiga. — ¿Por qué no comenzamos hablando del error que fue haberte conocido? Del error que fue confiar en ti, de lo estúpida que fui pensando que eras mi amigo, ¡que te importaba! — lo picó con uno de sus dedos fuertemente y Sokka apretó los ojos un momento, adolorido. —Si yo quiero pasearme con la corona de la Nación del Fuego, o del reino Tierra, la tribu agua o si incluso me casara con Aang, a ti te debería importar menos que poco, ¿no? ¿Por qué no haces lo que haces siempre y sólo finges que nada te importa? ¿Por qué ahora actúas como si lo que yo haga te interesara algo? Lo dejaste claro la última vez, ¡así que hazte a un maldito lado! — trató de empujarlo de nuevo, sintiendo la sangre golpear las sientes en su cabeza y su corazón latir fuertemente en su pecho, debía irse antes de que todo aquello acabara mal. Para su sorpresa fue detenida de nuevo por los brazos de Sokka, quién la sostuvo fuertemente para no dejarla partir, interponiéndose en su camino a la fuerza.
—No sé de qué estás hablando, Toph. Fuiste tú la que me sacó de su vida, yo... ¡creí que teníamos algo especial! — el sonido en seco que tronó después ante aquellas palabras pareció dejar ensordecido al mundo entero, dejado a los dos participes volando en una extraña y vacilante situación.
Sokka, con los ojos abiertos al tope se llevó la mano al rostro, más específicamente a su mejilla, donde la palma abierta de la chica había dado duramente contra de sí. Toph, quieta en su lugar y con la cabeza gacha, negó levemente, después volvió negar, esta vez fuerte e insistentemente.
— ¡No te atreves a decir que teníamos algo especial!, ¡¿Con qué derecho te atreves a culparme a mí de que todo entre nosotros se acabara?! — su voz, más que exaltada, más que enfurecida, sonó claramente dolida. Apretó los puños y sintió su mano arder, sus ojos arder, sus mismas entrañas incinerarse. Quiso quedarse sorda o incluso quiso tener el poder de olvidar, de volar, de desaparecer. Hubiera querido arrancar a Sokka del suelo pero una parte de ella que no entendía, la detuvo, en contra de su propia voluntad.
— ¡Por qué así lo fue! Lo que teníamos era perfecto, estábamos bien, éramos felices, lo nuestro, así como era, estaba bien para mí. ¡Pero te fuiste con Zuko en la primera oportunidad que tuviste! — reclamó en su defensa, sonando igualmente airado, ofendido aún y lleno de rencor al decir aquello, su odio a su viejo amigo se coló por sus palabras y Toph sintió los celos claramente filtrados en aquella frase sin sentido.
— ¿Qué yo me fui con Zuko? ¡¿Y qué hay de lo que tú hacías?! ¿Para eso no tienes memoria? — Sokka frunció en extrañeza, sincero en su desconocimiento. — ¡Dices que era perfecto, ¿eh?! ¿Dices eras feliz? ¡¿Y qué hay de mí?! ¿Alguna vez te preguntaste si yo estaba bien con... eso? ¡¿Alguna vez te preguntaste lo que yo sentía por ti?! — gritó sobre su rostro, golpeando su mano en contra de su agitado pecho. Sokka perdió el aliento ante aquello y la furia en su rostro cesó, la inquietud y la adrenalina se sustituyeron por culpa, por entendimiento que lentamente parecía recorrer su ser. La miró desde su altura con vacilación e incredulidad, con sorpresa. ¿Era verdad lo que estaba entendiendo? ¿Acaso Toph...? ¿Y entonces él...?
— Toph, yo... — quiso decir algo pero no hubieron palabras que describieran su reciente descubrimiento, su dolor al momento de la comprensión.
— Esto se acabó, Sokka, déjame irme — pidió con el último aliento de dignidad que le quedaba, con la última sensación de cordura antes de que la paciencia se le agotara.
—No, Toph, espera... esto aún no se acaba — la detuvo una vez más, forcejeando casi torpemente contra la fortaleza de aquella mujer, diciendo aquellas palabras entre el tambaleante sentimentalismo de la desesperación. —Si tú te casas yo... entonces sí voy a perderte... — Recibió otro golpe en el rostro ante aquello a pesar de que sus palabras habían sido musitadas con fervor, con una especie de ruego. Tan cerca como estaban no pudo esquivar aquel nuevo golpe que impactó de lleno en su rostro, pero tampoco desistió, no la soltó ni un poco y no quito su inamovible posición frente a la puerta, impidiéndole que pudiera irse.
— ¡Eres un imbécil! — lo golpeó de nuevo, y seguido de eso, otra vez. Sokka solo pudo apretar el rostro y sentir en la boca el sabor a sangre, pero no se rindió. Toph se separó para tomar distancia de apenas unos pasos, tomando aire a grandes bocanadas, como si fuera a desmayarse, como si ya no pudiera respirar. — ¡¿Por qué dices esas cosas?! ¡¿Por qué ahora?! — no giró a él, solo gritó en su lugar, ya sin importarle que hubiera personas a unos metros fuera de la privacidad de una delgada puerta. — Me perdiste hace mucho tiempo, Sokka... y ni siquiera te diste cuenta... — el guerrero de la tribu agua sintió que más allá de los golpes sobre su rostro, el dolor de esa idea, el dolor al oírla llamarlo por su nombre como a un desconocido, lo lastimó sobremanera.
Bajó la mirada con culpa y arrepentimiento, recargándose en la puerta, sin saber qué hacer, o qué decir, era un imbécil y lo sabía, pero había demasiado qué extrañar, demasiado qué sentir, demasiadas sensaciones y emociones a las que siempre se había negado y ahora parecían cernirse alrededor de su cuello, ahogándolo.
No, no tenía derecho de mantenerla ahí, debía hacerse a un lado y dejarla partir hacia el camino que ella había elegido, debía aceptar su derrota y admitir que Katara tenía razón, que era momento de superarla, de superarse también, de tratar de no mirarla y sentir celos, sentir rabia y querer volver sobre sus pies en el tiempo. Toph estaba en lo cierto, la había dejado ir, la había perdido a causa de sus propios actos, y ahora, la última esperanza que quedaba sobre su cabeza, la última oportunidad de poder soñar e imaginar que las cosas podían ser como antes, se limitaban y se planteaban ahí mismo, en ese segundo, en ese lugar, en la punzante y vacilante oportunidad de hacerla desistir en un matrimonio que lo dejaba a él completamente fuera, en el olvido, en un pasado que para él picaba fuertemente en su presente, en cada día, en su cotidianidad.
—Entonces dímelo, Toph, dime qué vas a casarte y que serás feliz. Dímelo para que yo te crea, convénceme de que ya no sientes nada por mí, de que no me necesitas como yo te necesito, de que lo amas a él, de que lo nuestro quedó en el olvido y que te he perdido — habló fluido antes de que el valor se le escapara de las manos la y terminara por cerrarse en su orgullo y vanidad, mirándola nuevamente, con intensidad y cariño que ella desconoció. —Dime que estás convencida de casarte, de renunciar a todo por él, de renunciar a mí y de renunciar a ti misma en el proceso — la miró negar y darle la espalda, como si tuviera que pensar en la respuesta, pero no, en realidad, no hacía falta.
— Tenías razón, no estaba segura de hacerlo — se movió en su lugar al decir aquello y de un giro fuerte lo encaró, moviendo sus vacíos ojos sobre él, mostrando en estos el dolor de la traición, el rencor acumulado por años, el abandono y con esto, la determinación. — Pero ahora que te tengo enfrente, ahora que hablo contigo otra vez, me hace saber y estar segura de que quiero hacerlo. De qué voy a hacerlo — el rostro de Sokka se frunció en dolor y tristeza, viajando su mirada entre aquellos ojos grises que lo acusaban. —Y voy a casarme con él, y voy a ser la madre de sus hijos, y voy a hacerlo feliz como él me hace feliz... y voy a vivir a su lado... para siempre, y en esas noches entre sus brazos, nunca volveré a pensar en ti — soltó, sobrepasada, avanzando a él hasta quedar a medio paso, mostrando su amenaza, su decisión.
— Entonces dime porqué parecías tan preocupada, porqué sentí que tus brazos me necesitaban... dime qué ya no me quieres, que ya no sientes nada — pidió, como una exigencia, angostando sus ojos y sosteniéndola una vez más por las muñecas.
— Ya no te quiero, Sokka — musitó la mujer, entre dientes, soltando aquello como un susurro mortal a unos centímetros de él. —Ya no siento nada por ti — agregó en el mismo tono, con saña, con furia contenida que se filtraban entre sus labios como un siseo afilado, como un bramido.
—Si eso es verdad, entonces, ¿Por qué me lo dices mientras lloras? — hasta ese momento, como un cristal quebrándose, Toph sintió sobre su rostro sus propias lágrimas, saboreó el salado del dolor, de su mentira. Parpadeó como si quisiera ocultarlas, desaparecerlas, pero solamente cayeron más y más, como finos diamantes, como pequeños traidores, como palabras que atrapadas en su garganta la herían y el dolor transmutaba a sus ojos y la quebraba, filtrando físicamente sus añejados sentimientos.
Sokka no dijo nada más, mirar su rostro desconcertado ante su propio llanto rompió la máscara de frío que se había colocado sobre ella, que la había ocultado. Aprisionó su rostro entre sus manos y con la punta de sus dedos limpió algunas lágrimas, sintió su cálida piel, sintió su temblor, su miedo, su indecisión y con esto, su amor.
La besó duramente, tan brusco como todo él se permitía. Ella no se resistió, ella no obedeció a la voz en su cabeza que le dijo que lo alejara, que se marchara, que todo eso no tenía cabida, que no podía pasar.
Al contrario de su razón, sus brazos lo rodearon y lo pegaron a su cuerpo, sus labios lo buscaron y probó ansiosa su tan añorado sabor. Sokka la apretó con más fuerza, la rodeó de la cintura, la acarició sobre la ropa, la recorrió en un segundo con sus manos y sus dedos que parecían haberla extrañado tanto que se sintió vivir, como si la vida le hubiera regresado de un golpe.
La cargó suavemente por las piernas, sin separar un momento sus bocas, moviéndose lo suficiente hasta poderla colocar sobre el escritorio de madera, sin importarle que tirara todas las hojas y cosas de la superficie al suelo, sin trascendencia. Ella, sentada sobre aquel mueble de madera, no pudo ver, se aferró al cuello de Sokka y lo besó con pasión, con prisa, como si este fuese a desaparecer de entre sus manos. Como una fantasía.
Él, con la torpeza de sus actos, con la urgencia de su ser, le quitó con presura el uniforme, la parte inferior del uniforme. Ella apenas lo ayudó, dejando caer sus pantalones, haciendo a un lado la armadura para poder pegar sus cuerpos. Fueron las manos de ella las que le quitaron a él el cinturón, fue su deseo el que la hizo deshacer el nudo y palpar la hombría del guerrero hasta poder acunarlo entre sus piernas.
Entró en ella como lo hizo mucho tiempo atrás, la hizo suya en el acto frenético e incluso aberrante, de forma salvaje y desorganizada, furiosa, apasionada. Ella no quiso saber nada más, desde su lugar en su ahora completa ceguera solo sintió las manos de Sokka, sólo fue consciente de su piel, de su ser, de él siendo y estando una vez más en ella.
No hubo más ruidos que el de sus cuerpos en aquel pecaminoso acto, no más que suspiros entrecortados, de suplicas imaginarias, de promesas que no ocurrirían.
Ahí, en los brazos de otro hombre, en el acto más bajo, instintivo y carnal del ser, ella cometió posiblemente el error más grande de su vida.
Con los labios pegados a alguien que debió olvidar, la corona dorada sobre su cabeza brillaba.
[...]
Caminó nerviosa y sintió su corazón volver a apretarse dentro de su pecho. Había estado evitando a Sokka luego de lo que sucedió entre ellos durante los días que pasó en Ciudad República, temiendo siempre por este nuevo momento, por su reencuentro con el Señor del Fuego.
Había pensado que tras el ataque a Ciudad República Zuko volvería al lado de Aang a investigar, pero había ido de regreso directo a su Nación a proteger a su gente, o al menos eso es lo que le habían comunicado brevemente a ella en aquellos tres días arreglando asuntos policiales en su tan querido trabajo. Pero había llegado el momento de hablar, de estar juntos una vez más.
Se movió nerviosa por el pasillo y sintió sus pies temblar, lo sucedido hacía unos días la tenía sumamente inquieta y culpable, aquel día había escapado apenas y no había querido hablar más con el Jefe Concejal, no había nada de qué hablar en realidad. Todo, en su mente ahora calmada, no había sido otra cosa más que un terrible error. Una falsedad, una hipocresía por parte de ella, por parte de los dos.
Y Zuko no merecía eso, nadie merecía lo acontecido, había sido demasiado endeble, los recuerdos la habían abrumado pero en realidad no había algo como dar marcha atrás. Incluso si dudaba, incluso si una parte de ella sabía que aún lo quería. No había una verdadera razón para volver a estar con Sokka, nunca más. En ningún sentido, esta vez era menester dejar todo finalmente atrás.
Aun así había muchas cosas que le provocaban fuertes enredos en su fuero interno, miedos que sentía que no podía sobrellevar, pero debía hacerlo y entenderlo, debía afrontarlos y ser fuerte, tomar las decisiones correctas, para ella, para Zuko, para Lin. Y así seguir, hacer lo que era realmente correcto. Hacer lo que era mejor.
No había mentido cuando le había dicho a Sokka que no estaba segura de una boda, pero ahora, tras lo sucedido, lo estaba. Iba a casarse esta vez sin rechistar, sin dudar, sí Zuko se lo pedía iba a responder en brevedad y se encargaría de que aquello sucediera lo más pronto posible, que no hubiera fallos, que fuera casi inmediato. Porque era lo mejor para todos, y porque era una forma de calmar la culpa, de compensar la balanza, de complacer a Zuko que no había hecho otra cosa más que ser sincero, más que quererla, más que ayudarla y entenderla.
Y ahora estaba andando a su despacho, a donde el joven líder aguardaba en soledad, casi como si la esperara, como si la sintiera. Un segundo se emocionó, ya no podía esperar por volver a estar juntos, por sostener su mano, por saber que todo estaba bien, por sentirse una vez más entre sus brazos protegida y recibir su amor, por borrar con sus besos nuevamente la boca de aquel Guerrero del sur, por aquel hipócrita traidor.
Abrió la puerta y al instante el aire pesado la aprisionó. Él estaba al fondo, de espaldas a ella, quizá estaba mirando por la ventana, no lo sabía en su eterna ceguera, pero sí podía sentir un aura extraña, sintió el latido del corazón del Señor del Fuego acelerarse cuando la encontró dentro, y para su desgracia, un ritmo que de inmediato la alertó.
— Toph, te esperaba — su voz sonó pasiva, pero en ella llevaba un roce afilado que no ella entendió.
— ¿Pasa algo, porque estás en penumbras? — quiso bromear al respecto de su condición hablando del entorno como si de verdad pudiera verlo. No sabía por supuesto que no se equivocaba, que los candelabros estaban apagados, que Zuko ni siquiera podía ver algo más que su borrosa silueta entre las sombras de la habitación, que aguardaba como un demente en la soledad y oscura noche a mitad de aquella fría habitación.
— ¿Cómo se sintió, Toph? — preguntó y la chica apretó las facciones, extrañada en la inusual manera en la que había remarcado su nombre, con énfasis, casi rozando la irritación.
— ¿Cómo se sintió qué cosa? — su voz siempre animada se apagó y algo en su interior le dijo que retrocediera, que acercarse a él era una mala idea. Se frenó en seco y giró su rostro a él, que la encaraba ahora, con la espalda recta desde su firme posición, podía sentir sobre su piel el ardiente de sus fieros ojos contra ella, algo no andaba bien. Y la situación estaba a punto de venirse sobre sus hombros.
— El besar a alguien que no era yo — el rostro de ella palideció ante esas palabras, ante la frialdad de lo dicho, la casi naturalidad, la sanguinaria forma de decirlo la hizo temblar, la hizo aterrarse y quedarse clavada en su lugar. Se quedó boquiabierta, sintiendo toda esa culpa aglomerarse en su garganta y apretarse en su interior, quedándose totalmente estupefacta. No sabía qué contestar. ¿Estaba en una pesadilla? ¿Seguía soñando? ¿Esto era verdad?
Negó, quizá solo en su pensamiento porque su cuerpo estaba tieso, sentía incluso que había muerto. Zuko siguió con sus ojos pegados a ella, esperando, probándola, aguardando algo, lo que tuviera que decir. Hubo silencio sin embargo, nada más, como si se lo hubiera dicho a una pared, como si no hubiera nadie más, como si solo estuviera alucinando aquella sombra. Rió sin chiste apenas, andando unos pasos hacía ella, cortos, vacilantes, amenazantes.
— El rozar sus cuerpos, ¿qué se sintió tocarlo? ¿Pensaste en mí? ¿Lo disfrutaste? — volvió a preguntar en clara ironía y los labios de Toph temblaron sobre su boca, tenía que decir algo, lo sabía, tenía que detenerlo y tratar de explicar, pero, ¿qué podría explicar o decir de todo eso? — ¡Contéstame cuando te estoy hablando! — gritó el hombre a todo pulmón ante la incertidumbre, ante su silencio, ante su forma cobarde de pararse ahí y aparentar no entenderlo, fingir que no pasaba nada. Azotó su mano desnuda contra el escritorio al tiempo que soltó aquello, provocando un estruendo aterrador y cargado de furia, un tronido tan fuerte que a la par de su voz sonó aterrador y desgarrador, incluso los ensordeció. En su desenfreno y la pérdida de su autocontrol las velas acomodadas en candelabros se encendieron escandalosas dejando sus llamas ardiendo en los pabilos de las velas.
Toph sintió que quería llorar ante ese grito, jamás había sentido tanto miedo estando frente a Zuko, le temió más que a cualquier otro enemigo, como nunca antes, aunque supo que sobre de eso, le temía más a la verdad, a la cruda y desnuda traición que pintaba frente a los dos. Tragó con dificultad intentando calmar su voz y tratando de armar algo dentro de su cabeza, estaba alterado, muy alterado, necesitaba tranquilizarlo porque de otro modo sentía que las cosas acabarían muy mal.
— Yo... no sé de qué estás hablando — una mentira, no tenía a donde escapar, no tenía cara para decir nada más que tratar de ocultarlo, más que fingir. De todos modos, ¿Zuko por qué sabía de eso? Él ni siquiera estaba en la Ciudad y cuando estuvo con Sokka estaban solos, no había forma ni manera, no era posible, debía estar confundido, debía ser algo más, no, no podía ser cierto que él lo supiera. Y sin embargo, por supuesto lo hacía.
Las manos del Señor del Fuego volvieron a moverse ante aquellas palabras pero esta vez levantando su escritorio y arrojándolo a un lado, totalmente iracundo, totalmente fuera de sí. Toph se encogió en su lugar como una niña aterrada ante la furia de aquel irreconocible hombre, ante ese que luchaba con todas sus fuerzas para no atentar contra ella, para ser lo suficientemente capaz de controlar su dolor y conservar su honor, de no atreverse a tocarla incluso cuando una parte de ella sabía que quería hacerlo no muy en su interior.
— ¡¿Vas a mentirme?! ¡Después de todo se te da bien engañarme, ¿no?! — gritó de nueva cuenta casi en la cara de ella, a quien finalmente pudo apreciar con claridad ante la bravura de las velas. — ¿Qué vas a decirme? ¿Qué no eras tú la que estaba entre los brazos de Sokka, sobre tu escritorio?, ¡¿que no lo estabas haciendo con él?! — El pecho de ella comenzó a agitarse y sentía que perdía el aliento, su rostro ardía, ni siquiera había podido mentirle, ni siquiera podía decir nada. Una parte de ella supo que era lo mejor, que él lo supiera, que ella no podría cargar con eso. Era por supuesto y de forma contradictoria doloroso hasta el infierno, enfermizo, radical.
— ¿Tú... cómo...? — tartamudeó pero se quedó sin aliento a la brevedad, se quedó sin voz y sin derecho de terminar su cuestión, sencillamente se quedó flotando en su ignorancia, en el shock.
— ¿Quieres saber cómo lo supe? ¿Es eso? ¿Acaso crees que soy lo suficientemente tonto como para no dejar a alguien detrás de ti, como para darte todo y no pretender cuidar lo que se supone es mío? ¡Qué gran idea del estúpido de Sokka ponerte sobre aquel escrito de madera, así pudo ver sin que supieras tu asquerosa infidelidad! ¡Así no notaste a mi espía que te encontró en tu repugnante vulgaridad! — las palabras dolieron más que cualquier otra cosa y ella tembló como un pequeño animal ante su yugo, ante su equivocación, ante la verdad.
— Tú... ¿tenías un espía siguiéndome? — sollozó apenas un poco, tiesa y estupefacta como estaba. — Jamás... ¿jamás confiaste en mí? — murmuró en su trance, quizá más como una idea para sí misma, como un hecho que caía sobre ella como un balde de agua fría.
— Y no me equivoqué al mantener siempre esa duda, ¿no? — Toph bajó el rostro ante eso, y ahí, de pie, no se lo pudo negar. Era verdad.
La furia del señor del Fuego aminoró y se convirtió rápidamente en pura tristeza, en traición que corría por sus venas, en la decepción, una que iba hacia sí mismo. Su fortaleza y la forma en la que se había jurado sería lo suficientemente fuerte para enfrentarla se esfumó junto a su determinación, junto a la forma en la que se había mentalizado para reclamar y aclarar las cosas, para no llorar, para no rogar. Sus ojos fueron los primeros en desistir de su dureza y se quebró incluso cuando no quería hacerlo, incluso cuando se cubrió los ojos como para ocultárselo a sí mismo, para no querer ver junto a sus lágrimas la realidad.
Había esperado que ella de lo negara, una y otra vez, que le dijera que no era cierto hasta que se cansara y él terminara por creerlo. Por eso la había enfrentado con bravura, para que ella no pudiera disfrazar la verdad, para tomarla desprevenida y sin preámbulos y al final descubriera que no era cierto, que se había equivocado, que era una mentira, que todo eso no era real.
Pero verla ahí, con la cabeza abajo, derrotada, descubierta, sin poder hacer nada para negarlo, eso le rompió finalmente y totalmente el corazón. Le dio la espalda incluso si ella no podía ver qué él lloraba, aquello lo avergonzaba fuertemente, lo hacía porque sabía que una vez haciéndolo posiblemente no pararía, y no quería hacerla sentir lástima por él, no quería terminar mirándose como el que pierde, como un niño, como el tonto que era al final. Pero nadie en el mundo podía ser realmente así de fuerte. Nadie, ni siquiera él.
— ¿Por qué? — y ahí estaba su ruego, buscando una justificación, buscando un porqué a algo que no lo necesitaba, a algo que no tenía sentido cuestionar, a algo que en realidad no quería conocer la respuesta. Pero no pudo evitar preguntar, necesitaba una explicación, o necesitaba mentiras, necesitaba que ella tuviera compasión y lo engañara, que amortiguara el dolor, que tratara inútilmente de decir que no había querido hacerlo, que estaba arrepentida, que lo quería a él.
— No sé — murmuró y él apretó los ojos ante esa ambigua respuesta, ante unas palabras que seguían significando nada. Era claro que conocía la razón, entonces ¿por qué no solo lo decía? ¿Por qué no acababa de una vez con él y con toda esa farsa y terminaba de destruirlo con la verdad? ¿Por qué no era capaz de decir nada y sólo soltaba esas tontas y cobardes palabras?
— ¿Es qué no fui lo suficientemente bueno? — su autocompasión lo embargó y comenzó a hipear en su lugar, aún de espaldas a ella. — ¿O es que fue algo más? ¿Te lastimó que fuera tan dulce? ¿Te hirió mi protección, mi amor? — la clara ironía y contradicción en su pregunta los lastimó a ambos, pero Zuko no bromeaba, su pregunta no era en absoluto retórica, en realidad fuertemente su corazón pedía una explicación, quería escucharlo. Toph sin embargo, apenas y negó físicamente, como si no tuviera nada que decir. — ¿Entonces qué fue? ¿Es solo que en realidad no me quisiste, solo es que nunca dejaste de amarlo a él? — su voz volvió a alzarse nuevamente, como si buscara llegar más al fondo de ella, como si deseara que sus palabras no se perdieran en el aire, que llegaran hasta ella, que la hicieran reaccionar.
— No es eso... — comenzó la chica y Zuko giró apenas el rostro para poder contemplarla en su cavilación, en la búsqueda de explicaciones, en su esperanza de que no lo abandonara. — Sólo... no sé, no sé porque lo hice... Zuko, yo te quiero — aquello dolió para ambos, de nuevo, vívidamente quemó entre su piel. El hombre volvió a apartar el rostro a un lado y negó. Ella bajó los hombros, derrotada, como si se diera por vencida.
— Mientes — murmuró tan suavemente que apenas y él mismo se escuchó, ella por supuesto había presenciado claramente esa palabra, esa afirmación. — Siempre has sido mala mentirosa — los labios de Toph se retorcieron hacia abajo y sus ojos se cerraron, hundidos como toda ella en algo que parecía ser su perdición. Quiso soltar más cosas, quiso hacer lo que Zuko deseaba y comenzar a negarlo y soltar un sin fin de mentiras, un sin fin de promesas, un desfile de caricias y un poema de amor, formuló un diálogo completo en su pensamiento pero al final de todo, solo se lo tragó. De pies a cabeza, eran mentiras piadosas y ruegos absurdos, premisas que posiblemente no podría cumplir.
Sin embargo y por supuesto, no mentía cuando decía que lo quería, con un demonio que lo hacía y ahora mismo lo necesitaba más que nunca, ansiaba estar entre sus brazos y rogar su perdón, quería volver hasta que no cometiera aquel error, quería que borraran sus memorias, las de ambos, que esa conversación no hubiera existido y terminar en la cama de su habitación. Sí, lo quería, eso no era mentira. Pero decir que no sabía por qué lo hizo, ahí es donde el fraude y la bruma la cernía. Ahí es donde no había podido escapar, ahí es donde Zuko tenía fijos los ojos y no había perdido ni un detalle. En los dolorosos por qué.
— Nada ha cambiado, ¿cierto? No importa cuánto te di o lo que pasamos... sigues siendo la tonta que cae en sus juegos, y yo el estúpido chico al que acudes cuando no sabes a dónde ir, cuándo él ya te ha usado lo suficiente y te deja de lado. Y tú... sigues amándolo — Toph negó fuertemente ante aquello, ante esa tétrica y terrible historia que él le pintaba, ante las duras palabras que describían una realidad que se negaba a aceptar. Lloró más vívidamente que él, quién apenas había dejado escapar lágrimas en su rostro firme e inmutable. El telón bajó y los aplastó, la realidad los envolvió y acunó como una sábana alrededor de sus cuerpos, cubriendo con estos sus oídos y sus mentes, llenándolos de la basura certera de la realidad. — No sé qué juego estúpido tienes con Sokka, pero yo no voy a caer, como ustedes dos. Sí a ti te gusta ir con ese imbécil y actuar como si fueran amigos, hazlo, pero no pretendas que yo juegue a esa estupidez, a ser tú desahogo o tu persona de respaldo. Para mí, todo esto no fue como amigos, Toph... para mí tú eres más que eso... mucho más que eso... — silencio una vez más, tan marcado que parecía el mismo luto de lo que probablemente ahí moría. La confianza de él, la esperanza de ella, una promesa, posiblemente incluso lo que había entre los dos.
— También creo que eres más que mi amigo, Zuko, yo... yo te a... — él negó y giró a ella al tiempo, indicándole silencio con un siseó que brotó de entre sus labios. No quería oír aquello bajo esa premisa. Entonces sería forzado, sería una mentira. Ella apretó los labios y sintió la misma sensación, que hipócrita sería si lo dijera ahora de esa forma, tan egoísta, solo buscando su perdón, como si todo lo que hubiera hecho se borrara con esa palabra, con ese sentimiento que de hecho ni siquiera sabía si lo sentía, pero estaba altamente desesperada.
— Te paras ahí con tu rostro inocente y con esa expresión como si quisieras pedirme perdón, pero no lo haces... ¿ya no te queda aliento? — rió de nuevo, secamente, rozando lo demencial.
Ella se sintió avergonzada por no tener palabras, no después de su bobo intento de decir aquello. Por sus ojos sin saberlo, la bañaba la culpa y la gravedad, y él sintió que aquella culpa en ese rostro lucía falsa, incluso si no lo era, sí realmente le doliera, sí realmente le importara como hacía que luciera, no lo habría hecho en primer lugar, entonces no cabría su infidelidad. Entonces su expresión no caería tan fuertemente en lo burlesco.
— Ve y piensa las cosas, piensa qué quieres, analiza que es lo mejor... el tipo de vida que estás buscando. Y si eliges correctamente, entonces vuelve — le volvió a dar la espalda y caminó a la ventana, tomando distancia de ella, quién lo apreció con las plantas de sus pies andando lejos de su alcance, como si se desvaneciera, como si se perdiera. — Ahora lárgate, no quiero verte — apretó los ojos y ocultó de nuevo el rostro para resistirse a la tentación de retenerla, de perdonarla y tirar a la basura su dignidad y su honor, a fingir que nada pasaba y aceptar felizmente aquella palabra, a decirle que él también la amaba.
Ambos supieron que mentía, que no quería que se fuera, que quería mirarla ahí, de pie, a su lado, el resto de la noche, el resto de todos sus días. Pero en una situación como esa era lo mejor, para calmarse, para entenderse, para pensar. Ella avanzó un poco hacia él y llamó brevemente su atención. Se detuvo al lado de una pequeña cajonera y al lado de esta, con mano firme, retiró de su cabeza la diadema que llevaba consigo la insignia de la Nación del Fuego, eso que la marcaba como su mujer. Ambos en silencio lo entendieron. Ella no lo merecía, no más, o al menos no precisamente ahora.
— Lo siento — murmuró y mantuvo los ojos siempre grises pegados al suelo, como si tuviera vergüenza, como si se sintiera incapaz de enfrentarlo incluso en su ceguera.
La miró depositar aquel regalo y símbolo real en la superficie de ese lugar, fríamente, sin trascendencia, sin significado cuando no estaba sobre su cabeza. Clavó sus ojos en su espalda cuando ella se dio la vuelta, desapareciendo en la oscuridad, sin dudar, sin una palabra más.
Cayó sobre su elegante silla una vez se supo solo, sosteniéndose el rostro y pintando patéticamente frente a un escritorio derribado y roto. Tanto como él.
A su mente vinieron los recuerdos de la noticia y la forma en la que había querido negarse, de la forma en la que tenía esperanza de que ella no lo hubiera hecho de verdad, de sus fantasías sobre el momento en que se encontraran nuevamente y él leyera en ella una realidad agradable, que supiera que todo había sido una confusión, que no era cierto. Pero ahora ella se había marchado bajo esa premisa, dejándolo con la certeza de que había sido engañado, de que era realmente culpable de su infidelidad.
"— Mi Señor — la voz de Kim Soo lo detuvo en el pasillo, girando en su dirección con un rostro que destilaba presura, una nave área aguardaba ya por él a unos metros, tendida sobre su patio principal. — ¿A dónde va? Acaba de llegar — Zuko asintió a eso como si fuera obvio, esperando a su guardia principal y asistente hasta que estuvo a su lado y ambos pudieron avanzar con paso corto a la salida.
—Tengo que ir a Ciudad República, necesito saber cómo está Toph — expresó, apenas y habían recibido la carta en Ba Sing Se sobre el ataque del maestro Lava habían regresado de inmediato, solo había pasado un día y ya extrañaba a la bandida ciega locamente, no podía con su preocupación, debía cerciorarse él mismo de su bienestar y por eso mismo pensaba en ir a Ciudad República de forma casi improvisada e inmediata.
— Justamente de eso quiero hablarle — hasta ese momento y con esas palabras Zuko notó la seriedad en aquel hombre, haciéndolo frenar finalmente su marcha antes de poder acercarse a los guardias que esperaban al frente de la nave.
— ¿Pasa algo? ¿Ella está bien? — Kim asintió un poco pero su semblante no mejoró en absoluto, incluso se deformó más en preocupación.
— Llegó una carta urgente del espía en la Policía de Ciudad República, es de suma importancia que la lea antes de irse — le extendió un papel enrollado que hasta ese momento Zuko notó. Frunció el ceño y la recibió con miedo, mirando a Kim vacilante, como si todo estuviese pintándose demasiado preocupante para su gusto y para la situación.
Mi Lord, me apena ser yo quien le dé este comunicado y aunado a eso que sea de su desagrado, sin embargo es mi deber, y sobre ello, es más que menester que usted lo sepa... Saiko, el segundo al mando en el cuerpo de Policía, hijo de un maestro fuego y una maestra tierra, un maestro metal por excelencia, pero siempre fiel a sus raíces, a su Lord, a Zuko el Señor del Fuego. Había entrado a la policía con el fin de vigilar a Toph, ganando su confianza en poco tiempo y premiado por sus habilidades ella depositó su confianza en él, en alguien que había nacido en el entonces Yu Dao, en una colonia de la misma Nación del Fuego que Zuko secretamente y a veces aún controlaba. Toph, por supuesto, ni siquiera lo imaginaba. Había presenciado la irritación entre Sokka y la jefa Beifong, por lo que no dudó en seguirlos cuando él pidió privacidad, una que en realidad no lo parecía por los gritos que él en el pasillo alcanzó a escuchar. Sin embargo y tras unos minutos, ya no hubo nada, solo silencio, y eso mismo lo alertó para poder mirar. Toph, desde su posición sobre aquel escrito no podía ver a sus pies que se acercaron a la entrada, no percibió que movió apenas la puerta para mirar sus pecaminosos actos al lado del Jefe Concejal, que se quedó estático ahí incluso unos momentos, como si no le creyera a sus ojos, como si tuviera que volver a mirar para tener la certeza de que era cierto. Su deber era informarle al Señor del Fuego, por supuesto, pero más que eso, era su valor moral, tener el suficiente tacto y consideración para decirle lo que a sus espaldas suscitaba. Mandó una carta urgente a La Nación del Fuego, conocía al joven Lord para saber qué antes de acudir en ayuda iría a su propio pueblo. Aquello que no hubiera querido jamás para su Señor, lamentablemente, sucedió, pero por suerte, desgracia o destino, había estado ahí para presenciarlo.
Zuko leyó la carta de inicio a fin, pero no lo comprendió, frunció, comenzando de nueva cuenta la leyenda, pasando sus ojos con presura y con lentitud entre las letras, como si aquello fuese a variar su contenido, como si algo fuese a cambiar.
— Tú... ¿la leíste? — preguntó a Kim mirándolo por el rabillo un tanto amenazante.
— Sí mi señor, pensé que era urgente y entonces yo...
— ¿Crees que esto sea verdad? — interrumpió Zuko, en realidad no le molestaba que lo hubiera hecho, no cuando justamente estaba procesando eso.
— Yo... no creo que Saiko tenga alguna razón para mentirle, además... todos sabemos lo que hubo entre el Jefe Concejal y la señorita Beifong... — Zuko giró de nuevo sus ojos a la hoja que sostenía entre sus manos, dedicándose a leer de nuevo lo descrito de aquella traición.
— Y... ¿qué debería hacer? — le cuestionó a aquel hombre que por supuesto no tenía idea de que responder, porque era claro que Zuko se lo preguntaba más a él mismo, a la vida, al destino, su cara pintaba aún incomprensión, no lo entendía, no lo creía. — Cancela el viaje a Ciudad República, cancela todo. Cuida a Lin, voy a mi habitación, que nadie me moleste — soltó apenas un segundo después de silencio, arrugando la carta entre sus manos y moviéndose a grandes zancadas por el pasillo, volviendo sobre sus pasos.
Lloró todo ese día tendido sobre su cama, abrazando una almohada que incluso tenía su olor. La maldijo una y mil veces, los odió, luego inevitablemente volvía a amarla. A cada segundo que pasaba la duda lo sobrecogía, por momentos aquello se volvía nítido y real, a cada segundo más creíble y podía jurar que era cierto. En momentos parecía que había sido un sueño y la preocupación se iba, su mente divagaba y la imaginaba volviendo a él, sin pensamientos, sin traiciones, sin nada.
Planeó sin embargo su reencuentro cuando Saiko le comunicó en una carta que Toph iría de vuelta al palacio esa misma noche, donde la esperaría, donde la encararía, donde sabría finalmente la verdad."
Y ahora estaba ahí, deshecho, con la certeza de que Saiko estaba en lo correcto, de que ella había amancillado su confianza y con eso había atentado contra él, contra su amor. Se levantó de su lugar y anduvo a la puerta, no tenía caso quedarse ahí, no quería ver esa brillante pieza de metal que le había obsequiado, que ella había usado sin pena y al tiempo había buscado el placer en brazos de alguien más. Al atravesar la puerta sus ojos dieron con uno de los sabios que aguardaba desdeñoso a unos metros de su posición, con una sonrisa cretina que dejaba ver sus dientes.
— ¿Qué sucede, Lord Zuko? ¿Por qué esa mujer se ha ido tan pronto con su hija? ¿Tanta prisa tiene por planear la boda? — su voz aguda y avejentada sumada a la desfachatez de su burla hizo irritar aún más a Zuko, quién le clavó sus poderosos orbes dorados sobre su ser, como si quisiera partirlo ahí mismo.
— Sí valoras tu vida, entonces cierra la boca — el sabio apretó el entrecejo y no dijo nada más, había escuchado parte de la conversación y sabía muy bien que el Señor del Fuego estaba más que enojado. Él lo había visto crecer y sabía que era un muchacho que se dejaba guiar demasiado por las emociones, demasiado imprudente y tonto, cuando estaba dolido siempre solía actuar por impulso, sin siquiera meditar. Era por eso que creía lo que decía, estando así, Zuko sería capaz de cometer cualquier tontería. Y de hecho, el sabio no estaba equivocado en absoluto, Zuko en ese momento, era muy capaz de actuar por sentimentalismos guiado por la ira y la traición. Era peligroso, y sin duda, cometería sobre sus manos una tontería.
Llegó hasta su alcoba y se encerró, andando apenas unos pasos cuando el nudo en la garganta que llevaba resistiendo finalmente se rompió y cayó una vez más en llanto, en frustración. Sus manos de nuevo se fueron contra los muebles y en sus iracundos arranques azotó la madera contra el suelo y los puños contra las paredes.
Se sentía patético, tan cansado de llorar, le asqueaba su autocompasión, quería hacer algo fuertemente, quería odiarla, quería no desear que ahora mismo atravesara su puerta y le dijera que no necesitaba pensar nada. Pero no sucedió, ni una de las dos cosas, ni Toph vino arrepentida a él ni él mismo pudo odiara como buscaba, su amor era tan fuerte que lo enceguecía y de pronto el odio que iba dirigido a ella, el recelo, el rencor, todo se fue a la misma persona: Sokka. Lo detestaba, lo aborrecía, y de pronto tan parpadeante, quiso acabar con él. De pronto deseo fuertemente matarlo.
Cómo si hubiera sido cuestión del destino, uno de los pequeños cofres que guardaba en un mueble -uno que exactamente había sido desquite de su frustración- cayó al suelo y rodó, dejando ver al instante que se detuvo su contenido inerte sobre el suelo. Los ojos de Zuko se abrieron grandes y contemplaron aquello, al instante, supo lo que quería hacer.
— Es espíritu azul — murmuró para sí mientras avanzaba a aquella pieza de cerámica, levantándola y mirando aquellos hoyos donde él mismo posaba sus ojos, miró a través de ellos su pasado, su valor.
Vistió de ropas negras y escondido detrás de esa máscara tomó sobre su espalda aquel par de espadas gemelas. Escapó de su propio palacio entre las sombras, andando sobre los tejados como un fantasma, como un bandido, como un asesino. Tomó uno de sus botes de escape escondidos en la cueva de una orilla de la Isla y partió sin dudarlo sobre aquel mar que era bañado por la sombra de la reciente caída noche.
Llegada la madrugada Ciudad República pintó bajo sus pies, se escabulló por aquel lugar donde la gente lo aclamaba y adoraba, como el desconocido que pretendía ser. Sabía de sobra donde vivía Sokka, él mismo le había recomendado ese sitio muchos años atrás, ahora aquella tontería le servía perfectamente como ventaja y estrategia. Anduvo por las calles como un trueno oscurecido, llegando más pronto de lo que hubiera creído a ese lugar.
La casa era más grande y ostentosa de lo que recordaba, seguramente por su posición en la política y por su renombrado título de héroe que cargaba sobre sus hombros, sin embargo, su estructura era sencilla y fácil de penetrar. Entró por una de las ventanas, andando de puntillas por un pasillo un tanto largo, de camino a la habitación, esperando encontrarlo dormido y poder terminar todo eso de un golpe certero, sin tiempo para la vacilación. Antes de que pudiera llegar a la puerta un ruido lejano llamó su atención y lo hizo ponerse alerta, avanzando en sentido opuesto para vigilar y saber que había sido aquello.
Para su desgracia, sentado sobre una sencilla silla frente a su mesa, Sokka agitaba una taza de té, alumbrado apenas por una precaria luz de una vela un tanto agotada. Le estaba dando la espalda a Zuko pero aun así pudo notar lo distraído y perdido que se encontraba, el silencio no era normal, ni tampoco que estuviera despierto a mitad de la madrugada.
Por supuesto que le importó menos que poco y en su silencio sacó ambas espadas con delicadeza, sin hacer ni siquiera un poco de ruido, ni siquiera el de su respiración. La oscuridad lo favorecía y sus pies entrenados a moverse como el viento lo llevaron de cortos pasos hasta estar detrás del moreno, hasta saber que si extendía su espada lo cortaría, ni siquiera rompería el silencio, ni siquiera lo sabría. Nadie más lo sabría.
Solo él.
Sus manos se congelaron a los lados y entonces despertó de su trance. ¿Qué se suponía que estaba haciendo? ¿Por qué no podía ni siquiera moverse? Idiota, se dijo, Sokka era su amigo, era un héroe, era el sujeto que le había extendido la mano hacia mucho tiempo atrás, y ahora él lo apuntaba con un arma cobardemente desde su espalda. ¿Cómo había pretendido? ¿Valía la pena? ¿Valía el amor? No sabía, estaba en indecisión, una parte de él quería fuertemente blandir su arma, la otra, la cordura, le gritaba que estaba mal, que no debía, que se diera la vuelta y escapara antes de que su estupidez ganara, antes de que la furia contenida lo envolviera e hiciera algo de lo que se iba a arrepentir.
Antes de que Zuko pudiera desistir totalmente y dar marcha atrás, Sokka, desde su lugar, sacó la cuchara metálica con la que movía desde hacía mucho rato su té, mirando en el reflejo de la misma y casi por mero accidente la silueta alta y negra del sujeto detrás de él.
— ¿Qué demonios? — giró la cabeza al tiempo que hablaba, quedándose de frente a ese sujeto que pensó que imaginaba. — ¿Qué...? ¿El espíritu azul? — murmuró impresionado, mirando con ojos grandes al otro, totalmente estupefacto, había esperado un ataque de cualquier otro, pero notar a aquella leyenda de pie frente a él lo desconcertó sobremanera.
Zuko movió su espada a él, quizá por rabia, quizá por instinto, quizá solo por miedo de ser descubierto. No lo sabía pero tenerlo de frente, con la oportunidad de defenderse lo había motivado a continuar. Sokka saltó a tiempo para esquivar, girando sobre el suelo para correr unos metros y alcanzar su espada que yacía recargada en la pared cercana a la entrada. Zuko no lo dudó y fue tras él, quién volvió a tener suerte y detuvo el golpe del otro con la cacha de su espada, sacándola a tiempo para ser él quién lanzara esta vez una estocada.
El Señor del Fuego era superior a él para su desgracia, así que fue esquivado hábilmente cuando trató de lanzar lentos movimientos en su dirección, estaba abrumado y desvelado, apenas y podía conectarse en lo que hacía.
Zuko tomó ventaja de eso y lo acorraló apenas empezó aquel duelo, haciéndolo retroceder hacía una de las paredes y dejándolo sin posibilidad de movimiento.
— ¿Quién diablos eres? ¿Quién te envió? — preguntó agitado, luchando apenas para volver a lanzar la espada del otro a un lado para evitar ser cortado. Por supuesto que el espíritu azul era mudo y no obtuvo respuesta, no más que otro intento de ser atravesando.
Sokka miró torpemente apenas por el rabillo de su ojo, el tipo era endemoniadamente bueno, si venía en compañía de aquel maestro lava entonces estaría en problemas, entonces toda Ciudad República estaba en problemas, y con eso mismo, Toph.
Con todo su esfuerzo y gastando energía que no tenía movió una de sus piernas deslizándola sobre el suelo, logrando apenas hacer al espíritu azul ladearse y hacer amago de caer. Los segundos que aquel trastabille le dio fueron suficientes para darle tiempo de correr un poco más de regreso a la mesa, donde su morral azul descansaba sobre la superficie. Zuko fue tras de él una vez más, saltando más rápidamente los obstáculos tirados por su corta batalla y llegando de un salto a Sokka, quién apenas había tenido tiempo de conseguir lo que quería.
El bumerán del guerrero del sur voló por el entorno y luego de chocar contra el techo cayó al suelo, sin intenciones de volver. Sin embargo, con su movimiento también había golpeado su objetivo y al caer al suelo, la máscara de afilados dientes y rasgos teñidos de azul cayó al suelo, dejando a su portador al descubierto.
— ¿Zuko? — La expresión de Sokka mutó totalmente, pasando de la impresión a la incredulidad. — ¿Tú eres el espíritu azul? — Zuko no respondió, se quedó en el shock al haber sido descubierto, al tener a Sokka de pie mirándole el rostro, al saber que tenía en cada una de sus manos una espada con la que había pretendido matarlo. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué iba a decir? Sokka recibió solo silencio y su expresión de sorpresa se aminoró, frunciendo suavemente y dejando ir un suspiro hondo, como si estuviera aliviado de que fuera él, tranquilo también por la forma en la que Zuko había parado su movimiento, aunque en realidad, no era como si no quisiera seguir aquel duelo — ¿Qué demonios haces, idiota? — bramó con fastidio ante la nula inmutación de Zuko, que solo lo miraba fijamente en su seriedad, sin saber por supuesto que su mente estaba hecha un embrollo y seguía debatiéndose entre volver a levantar su espada en su contra o no. Distraído como era Sokka giró levemente para levantar su espada, la cual había dejado caer al suelo cuando había llegado hasta esa posición.
— Nunca le des la espada a tu rival — finalmente la voz del Señor del Fuego tronó en el aire y sus manos se apretaron alrededor de sus armas gemelas.
— ¿Rival? Pensé que éramos amigos — soltó Sokka, arqueando una ceja y mirando de soslayo a Zuko, quién hundió más su ceño hasta colocar un rostro totalmente desubicado, uno que hizo temer sinceramente al guerrero del sur.
— Yo también pensé que lo éramos, Sokka — el lastimero tono de voz que utilizó el monarca hizo entender a Sokka por completo la situación. Bajó el rostro automáticamente y presenció de reojo como los dedos de Zuko se apretaban fuertemente en el metal que sostenía.
— Todo esto es por Toph, ¿no? — el Señor del Fuego sintió un dolor en el pecho al escuchar aquel nombre pronunciado por esa voz que ahora mismo aborrecía. — ¿Ella te lo dijo? — preguntó vacilante, alzando apenas la vista.
— ¿Tú qué crees? — Sokka negó suavemente y cerró los ojos un momento, era claro que no había sido ella, no sería capaz de lanzarse sola la soga al cuello, Zuko no estaría ahí de ser así. — ¿Por qué, Sokka, por qué? — su voz dura se suavizó ante eso, pero sus manos al contrario de su voz levantaron suavemente sus espadas afiladas, como si estuviera a nada de volver a atacar.
— Yo... no lo sé — Zuko movió su espada derecha y cortó el aire fuertemente haciendo tronar el entorno y haciendo a Sokka saltar en su lugar, mirando apenas como pasaba el filo cerca de su cara.
— ¡No me vengas con esa estúpida respuesta tú también! — el filo de la espalda se colocó cerca de su cuello y Sokka sintió sus pulmones apretarse, como si fuera necesario dejar de respirar para no moverse y no caer sobre aquel peligroso filo tendido frente a él.
— Perdóname, Zuko, nunca quise ofenderte ni lastimarte... — soltó sincero en su voz doblada y amortiguada por el miedo de tener su yugular contra esa espada.
— ¡Pero lo hiciste, Sokka! ¡Ni siquiera tuviste un poco de consideración por lo que se supone era nuestra amistad! ¡Sabías bien que ella era mía y aun así... Aun así...! — su espada izquierda cayó al suelo y su mano libre se levantó en puño en su dirección. Golpeó su rostro fuertemente y Sokka cayó de espaldas sobre la mesa, rompiendo la misma y luego azotando al suelo al lado de los escombros, saboreando el fuerte sabor a sangre que lo embargo, que lo hizo escupir a un lado para evitar ahogarse.
— Lo sé... fui un idiota, yo...
— ¡¿Por qué lo hiciste?! ¡Responde! — gritó y con la mano libre lo levantó del cuello de la camisa hasta ponerlo de pie nuevamente sin la más mínima consideración. Sokka escupió un poco más una vez Zuko lo soltó, dándose unos segundos para respirar y recomponerse, para pensar claramente lo que tenía para decir.
— Lo hice porque ella no te ama, y si se casan, sería un grave error — respondió, poniéndose finalmente firme.— Porque ella aún no olvida lo que teníamos... ni tampoco yo — dejó ir aun cuando sabía que una espada podría atravesar su cuerpo y no sería lo suficientemente rápido para evitarlo, pero quería ser completamente sincero con él.
— ¿Que aún no lo olvida lo que tenían? ¡Entre ustedes nunca hubo nada, pedazo de idiota! ¡Fue esa la razón de que ella te dejara, porque fuiste un imbécil, porqué la despreciabas, porque nunca supiste darle su lugar! — le gritó sobre su cara y Sokka sintió el dolor de las palabras con esa voz, con la misma voz de Toph. — Fuiste un cretino idiota todo este tiempo, jugando a los "amigos" así que no me vengas con esa estupidez, si de verdad la quisieras, lo hubieras hecho correctamente desde el principio, ¡pero no fue así! — la mano izquierda de Zuko volvió a levantarse pero esta vez lo tomó del cuello de la ropa, jalándolo en su dirección hasta dejarlo muy cerca, hasta hacer a Sokka pensar que le soltaría una mordida estando a esa distancia, que lo incineraría con una mirada. — ¡Siempre te ha gustado ese juego, ¿no?! ¡Tenerla para ti siempre que quieras, siempre que puedas con facilidad y sin remordimientos! ¡Pero todo eso llegó a su fin, a ella pudiste engañarla pero no vas a pasar sobre de mí, Sokka, estoy tan cansado de verla llorar por tu culpa! ¡¿A dónde crees que iba cuando la lastimabas?, ¿por qué crees que se fue a mis brazos, huyendo de ti?! ¡Eran mis labios los que besaba intentando olvidar tu horrible cara! ¡Incluso cuando te casaste con Suki, eran mis brazos los que la consolaban! — lo agitó con su mano y Sokka apenas puso resistencia, todo aquel regaño, aquella forma de Zuko al expresar, al abrirse, al sincerarse lo sobrecogió, lo superó y se vio atrapado, conmovido y dolido, lo hizo reaccionar.
— ¿Suki? ¿Desde entonces ustedes dos...? — Zuko lo agitó una última vez antes de finalmente soltarlo con brusquedad, tomando medio paso de distancia entre los dos.
— Sí, desde entonces, pero tú y tu estupidez siempre han estado ahí, estorbándome, incluso ahora cuando finalmente iba a ser mi esposa, ¡Tenías que aparecerte como un imbécil! ¡Si no fuera por ti! ¡Si no estuvieras...! — No terminó de decir, los ojos de Sokka se cargaron de bravura y su ceño se frunció, entendiendo.
— ¿Entonces por eso estás aquí? ¿Viniste a matarme para finalmente tener el camino libre a ella? ¿Por eso tu estúpido disfraz? ¡Bien! — Sokka fue el que cortó distancia esta vez y sujetó la mano de Zuko con la que sostenía la espada, llevando él mismo aquel filoso artefacto a su propia garganta. — ¡Entonces deja de hablar y hazlo! ¡Mátame, Zuko! ¡Lo merezco, ¿no?! ¡Entonces no lo dudes! — presionó el metal contra su piel sin llegar a hacerse daño, dejando en manos de Zuko su vida, un movimiento simple y sencillo bastaba, no había más. El Señor del Fuego apretó el rostro y tomó firmemente el mango de su espada, como si estuviera tomando fuerza para atacar.
En su lugar solo usó su fuerza para quitarse la mano de aquel guerrero del sur sobre de su persona y empujarlo con la otra, haciéndolo rudamente a un lado sin una pizca de tacto o gentileza. — ¿Qué pasa? ¿No puedes? — retó el moreno, componiéndose apenas de la brusquedad.
— A diferencia tuya comprendo mis límites... — siseó, girando el rostro a un lado con rabia, una parte de él había querido seguir el camino de espada y terminar con la vida del otro ahí mismo. Pero entendía al tiempo que desistir había sido lo correcto y lo mejor. — Incluso tú sabías que no lo haría... de otro modo, no habrías sido tan estúpido para ofrecer tu vida así — Sokka rió de lado con un aire victorioso. Era verdad, él sabía que Zuko no podía hacerlo, por eso decidió ahorrarse un escándalo y otro intento de batalla donde solo lo humillaría adelantando todo al ofrecer su vida, a probarlo, a arriesgar todo para ver si era capaz. Por supuesto que ambos entendían que no lo era, que no valía la pena, no ahora, no aún.
— Eres demasiado blando, Zuko — le dijo, aún con el enojo sobre su persona, el mencionado apretó los ojos ante aquella afirmación, ese siempre había sido su error, toda la vida, tener demasiado tacto, demasiada consideración, eso había sido la causa de su destierro hacía muchos años, eso había sido la causa misma de cada una de las cosas malas y estúpidas en su vida: su nobleza, su consideración, su cobardía.
— Y tú sigues siendo el mismo idiota — Sokka rió seco y sin chiste, mirando a Zuko profundamente, sintiendo ambos la sensación de que los golpes ahora mutarían a palabras igual de peligrosas que una espada, igual de filosas e igual de mortales en su situación. — Eres mi amigo, incluso con todo esto, cuando te veo... encuentro al chico divertido que compartió su juventud y glorias conmigo — habló bajito y Sokka sonrió sincero y melancólico un segundo antes de que Zuko pudiera continuar. — Pero eso no significa que te perdone lo que has hecho, que perdone la idea del daño que le has provocado a ella, ni la forma en la que te burlaste de mí o de Toph, de tus ganas de amancillarla, incluso cuando no la amas — lo apuntó con sus orbes doradas y Sokka suspiró, bajando los hombros, rendido ante su propio pensamiento finalmente.
— En eso te equivocas, Zuko... yo la amo — ambos al tiempo se miraron, uno con un dejo de vergüenza, el otro con recelo e incredulidad. A Sokka le dolieron las palabras saliendo de su boca por el nivel de realidad que significaba incluso para él mismo, al otro le dolieron igualmente al entrar en sus oídos, al sentir los celos, al sentir el dolor.
— ¿Entonces por qué, Sokka? ¿Para qué tantas mentiras e infidelidades, para qué tantos juegos y enredos? ¿Por qué no la hiciste feliz desde el principio? No lo entiendo — Sokka suspiró profundamente y tardó unos momentos en pensar adecuadamente, en tratar de aclararse incluso el mismo las cosas, la situación, los errores de su misma vida y del daño colateral que había provocado en el sendero de sus equivocaciones.
— Supongo que no me di cuenta de lo que era para mí, de lo mucho que realmente la quería o necesitaba. Pensaba también que... esas estupideces de amor y de romanticismo no iba con ella, que sí yo sentía algo lo arruinaría todo... pensé que si iniciaba algo eventualmente tendría un final y yo no quería perderla. Porque si éramos amigos podríamos ser así el resto de la vida, la amaría igual y no tendríamos que entrar en esas formalidades románticas, ella estaría ahí, incluso si ni siquiera hubiera pedido tocarla. Yo lo habría acompañado al altar al lado de alguien más sí era necesario, si al final de todo seguía siendo mía su sonrisa, tan natural, tan propia en su sencillez... pensé que podríamos estar así, siempre, ser ella y yo... incluso si éramos más de tres — levantó sus ojos azules y miró a Zuko, quien lucía pensativo ante su discurso, extrañado, asqueado — No estaba en mis planes que nos enredáramos, eso solo... sucedió... no tengo una buena impresión del amor, todo lo que amo se va de mi lado... sí yo solo, fingía que no lo hacía, mentía para mí mismo me hacía creer que no se iría, me hacía pensar que ella estaba bien así, que estaba feliz con nuestra relación así y no quería arriesgarse a más, ¿me entiendes? — Zuko apretó los labios ante esa pregunta y luego frunció, como siempre.
— Entiendo que eres un imbécil — espetó en tono gruñón, sin despegar la ira que destilaba su mirada del otro, quién agachó el rostro y asintió, dándole la razón.
— Sí, tienes razón, soy un imbécil egoísta. Quería tenerla pero también quería tener a otras. ¿Sabes? Nunca pude ver a Toph como a las otras chicas, ella... no podía verla como una esposa amorosa o una madre dulce ni nada por el estilo. Eso era lo que me hacía desistir cada vez, yo... siempre había imaginado que me casaría con una mujer fiel y obediente, excelente cocinera y dulce amante, y Toph es tan... diferente, tan brusca, tan agria y grosera, tan irreverente... tan... única, tan especial. Y yo siempre pensé que realmente no podría amarla a ella, que pensar en una vida juntos era una tontería, que no era el prospecto que yo quería e imaginaba del amor...— Zuko se revolvió ante aquello y apretó los puños al oírlo hablar así de aquella -para él- gloriosa mujer. — Pero el amor es más que eso, ¿no? Más que fantasías estúpidas o imaginaciones idealistas qué plantaron en un chico como yo. Cuando uno ama eso va más allá de la palabra amor, quiero decir, siempre creí que sería... no sé, solo amor. Pero, la palabra termina por quedarse corta o carecer de significado, ¿Cómo puedes decirle que es el todo, como puedes hablarle y mirar su sonrisa y saber que no hace falta nada más, como puedes pararte delante y saber que pueden leerse en un segundo, como entender que sin ella soy solo una mitad... cómo hacerlo y solo poder decir un "te amo", nada más? Quizá ese fue mi error, buscaba en ella ese amor, tan falso, tan errado... porque lo que siento por ella, eso ni siquiera tiene nombre.
Los brazos de Zuko cayeron a los lados y bajó los hombros al tiempo que su visita daba al suelo, derrotado, conmovido, tocado y también dolido.
— Yo siento lo mismo... de la misma manera — Sokka también clavó los ojos al suelo y suspiró entre esa tensión que se generó, entre el vacío y el preámbulo, entre el espacio sin sentido que los ponía a los dos parados detrás de la misma línea, en el mismo lugar. Se miraron apenas entre el aire quejumbroso de la incertidumbre, del compartir todo y al mismo tiempo saberse diferentes, reconocerse como rivales sin realmente poder llegar a odiarse. Uno miró en los ojos del otro la verdad y se aborrecieron con la fuerza que sintieron que se querían, que la querían.
— Entonces díselo a ella — la voz del Señor del Fuego sonó y Sokka vio en esos ojos lo que encontró hacía muchos años atrás: el sacrificio y la bondad. — Entonces deja de perder el tiempo y deja de hacerte el tonto — Sokka apenas pudo asentir suavemente, sin entender del todo porque exactamente Zuko le pedía que la buscara, que le dijera, pero al instante de no comprender al que se suponía había llegado ahí precisamente para quitarlo del camino, encontró en sí mismo y en los ojos de Zuko esa similitud. Él también sería capaz de encaminarla a los brazos de alguien más sí eso la hacía feliz, porque la amaba, porque eso era el verdadero significado de querer. — Pero... — continuó, levantando su mano derecha donde todavía portaba su arma, esta se movió en el aire y apuntó directo al rostro de Sokka, quien frunció, atento. — Si ella me elige a mí, si aún después de que se lo digas ella comprende y elige lo correcto, no quiero que jamás te vuelvas a acercar a ella... ni siquiera que voltees a verla — amenazó, Sokka asintió a sus palabras, de acuerdo. — Y si ella te elige a ti a pesar de todo, lo aceptaré y me haré a un lado. Pero si la haces llorar una vez más, si la dejas, si la engañas o le mientes, si la abandonas como si no valiera nada... si haces lo mismo de siempre... esta vez no frenaré mi espada — dicho eso retiró la misma y la guardó sobre su espalda, mirando a Sokka unos momentos más para dejarle en claro que no bromeaba.
—Lo entiendo... está bien — aceptó aquello que más que un pacto o un trato era una amenaza, o un acuerdo, o amor, o enemistad, no lo supieron. Zuko levantó la otra espada del suelo y después de acomodarlas adecuadamente se arrodilló un segundo para recoger su máscara, la cual ató fuertemente una vez más, ocultando detrás su rostro. — Gracias — murmuró el guerrero de la tribu agua a su viejo amigo, este le miró apenas, pero no dijo nada, después de todo el espíritu azul era un fantasma sin sonido.
Tras aquel efímero encuentro de sus orbes en el aire, el Señor del Fuego salió hábilmente y de nueva cuenta por la ventana, andando por la noche hasta la lejanía, sin saber si había hecho o no lo correcto.
Sokka, de pie entre el embrollo y los escombros de su mesa, suspiró, por primera vez, estaba decidido a hacer las cosas bien.
Incluso si parecía que ya era tarde.
