A/N: ¡Hola a todos! Tal y cómo prometí, hoy subo el capítulo 2. A partir de este momento, actualizaré cada dos domingos. En este capítulo ya aparecen (casi) todos los personajes que tendrán un rol más o menos importante en la historia. Os aviso de que hay partes en alemán y en inglés en esta historia. No tengo ni idea de alemán, así que, si alguien sabe, por favor, que me perdone porque use el traductor de Google para traducir las frases directamente xD
Muchas gracias a todos los que han leído esta historia, a Dark Side of Gemini por comenzar a seguirla y, obviamente a UnaPersonaMas por dejarme su review. Me alegro de que solo el primer capítulo te enganchara :)

Shingeki no Kyojin y sus personajes no me pertencen, sino a Hajime Isayama

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[II]

Verano de 1939

El canto de las chicharras llenaba el inmenso campo de trigo que les rodeaba. El sol lucía en lo alto, proyectando aquel calor infernal de verano. A lo lejos, varios campesinos llenaban también sus carros, recogiendo lo sembrado.

Jean tomó uno de los rastrillos y recogió parte del cereal que había amontonado a lo largo del campo. La oca asomó su pico por debajo del carro y Jean le dio una patadita con el pie para apartarla de en medio, no sin asegurarse antes de que Erwin Smoth no le estuviera mirando. El animal protestó con un graznido y regresó a la sombra, bajo el carro. Jean la maldijo por lo bajo. Aquella maldita oca vivía mejor que él.

Al levantar la vista para girarse y continuar cargando el cereal al carro, Jean notó los ojos del pequeño Marco sobre él. El niño le miraba con los labios apretados en una fina línea y Jean le hizo un gesto para que guardara silencio, sonriendo a continuación de medio lado. No obstante, su sonrisa se desvaneció de su rostro cuando el niño, expresión imperturbable, se giró para dedicar toda su atención a uno de los caballos que arrastraban el carro y lo acarició con pesadumbre. Jean tragó saliva, deseoso por poder consolar al niño, pero también sabía que no había nada que pudiera hacerle sentir mejor, así que continuó con su tarea, ignorando por el momento lo que había sucedido. Pinchó de nuevo otro montón de trigo y lo cargó en el carro. Así una y otra vez, sintiendo cómo las gotas de sudor resbalaban por su rostro.

—¡Eh! —Jean se detuvo en sus movimientos al escuchar la profunda voz de Erwin. El hombre asomó por entre los caballos—. No hay que ponerlo todo en el mismo sentido. Si no, en la primera curva se caerán.

—Vale.

—Hay que ponerlo al quincunce. ¿No lo hacéis así en Bélgica?

—Sí, claro. Pero no tenemos… El mismo quincunce.

—¿Cómo que no tenéis el mismo quincunce? —Erwin frunció el ceño.

—Sí, está mejor así —comentó Jean, colocando la siguiente tanda tal cual Erwin le había dicho para evitar tener que seguir respondiendo a otra pregunta. Aun así, el hombre entrecerró ligeramente los ojos, claramente dudando de su palabra, pero, finalmente, dio media vuelta para seguir colocando el trigo por el otro lado del carro. Jean se asomó ligeramente para observar que así fuera y suspiró de alivio al ver que todo parecía olvidado.

Habían conseguido escapar de Alemania. ¿Cómo? Aún no lo tenía muy claro. Quizás la suerte había estado de su parte y, por eso, habían logrado cruzar la frontera de Alemania para llegar hasta Francia.

Jean había pasado la mayor parte de su infancia y adolescencia escuchando por la radio y leyendo en los periódicos los discursos de Adolf Hitler. Sus palabras, hechas para revivir el orgullo nacional tras la Primera Guerra Mundial, caló entre un gran porcentaje de la población. Tras numerosas intrigas, en 1933, Hitler se convertía en Canciller y terminó por implantar una dictadura.

A base de palabrería bien trabajada por Goebbles, se convenció a los ciudadanos de que Hitler era un salvador tras la Gran Depresión. Así nació el Tercer Reich. Hitler impuso desde entonces un gobierno centrado alrededor de su figura. Él era el pueblo y solo él conocía y representaba el interés nacional. La raza aria se convirtió en el símbolo perfecto de todo lo puro en Alemania y los judíos eran la perversión de la raza, enemigos del género humano. Ellos eran el chivo expiatorio por la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial y los nazis se encargaban de que ese mensaje calara. Cine, panfletos y demás publicaciones se encargaron de reverdecer el latente antisemitismo de la población. A medida que los nazis estaban ganando poder, los judíos eran más perseguidos. Los campos de concentración eran una realidad.

Pero algunos no estaban de acuerdo. Ignorando la impuesta 'Política del miedo y el silencio', muchos se movían en las sombras.

La familia de Jean, como la de su mejor amigo Marco, era una familia alemana acomodada. ¿Por qué poner en riesgo todo lo que habían conseguido? Era más fácil agachar la cabeza y agradecer por poder seguir viviendo en unas buenas condiciones. No obstante, las injusticias que Jean y Marco presenciaron les llevaron a los dos, siendo muy jóvenes, a unirse a la Resistencia. Pocos conocían la existencia de aquel grupo bien organizado y comandado por un tal Búho Nocturno, un infiltrado en el gobierno de Hitler del que todos desconocían su nombre y su aspecto. Era como una sombra. Todos esperaban, llegado el momento propicio, para dar un golpe de Estado y acabar con aquella dictadura implantando la verdadera democracia que tanto anhelaban.

Pero Hitler soñaba con seguir extendiendo su imperio, para lo que invadió territorios vecinos. Los rumores de una inminente guerra cada vez eran más fuertes.

Aun así, no abandonaron sus creencias. Tenían al Búho Nocturno, pero la mujer de Marco fue apresada. Al parecer, fue llevada a uno de aquellos horribles campos de concentración y, desde ahí, todo fue en picado. Marco, que parecía haber perdido la razón, desapareció unos días después y lo encontraron más tarde en un callejón. Le habían disparado varias veces por la espalda. Cuando Jean conoció la noticia, cogió al pequeño Marco y se marchó de allí, ignorando las advertencias de Thomas. Pero había hecho una promesa. Le había prometido a Marco que cuidaría de su hijo y Jean pretendía darle la vida que se merecía.

—Bueno, ya es la hora. Tengo hambre —anunció Erwin—. Vamos a dar la vuelta —el hombre se acercó hasta Marco y tomó las riendas del caballo que el niño estaba acariciando—. Mira —Erwin tiró ligeramente de ellas—. ¡Vamos, Hitler! ¡Arre! Ven conmigo —Erwin posó sus ojos azules sobre el pequeño, quien asintió y caminó a su lado en silencio, atravesando los campos de trigo hasta el cementerio.

A Jean el cementerio nunca le había parecido un buen sitio para sentarse a comer. No es que le pareciera una falta de respeto hacia los muertos, al fin y al cabo, estos estaban muertos y no tenían nada que decir al respecto, pero le daba escalofríos pensar que, a unos metros bajo tierra, posiblemente, había cadáveres en descomposición. Sin embargo, tampoco se quejaba en exceso, ya que el cementerio tenía el único árbol con una sombra lo suficientemente decente como para sentarse a comer y descansar tras pasar toda la mañana bajo aquel sol de justicia.

Erwin le dio de beber a los caballos, sedientos tras el esfuerzo. Después, el hombre caminó hacia ellos, sentados en el césped, con la espalda apoyada en el muro de piedra, mientras comían un poco de pan. Le seguía aquella oca infernal, ese animal al que Jean tanto detestaba. Y era mutuo. Eso desde luego. Seguramente podía intuir los ojos de deseo con los que él la miraba. Pero es que había que joderse… Estar pasando calamidades y tener a una oca bien gorda y lustrosa paseándose por el pueblo. Se le ocurrían cientos de formas sobre cómo poder cocinarla.

—No deberías pasar por detrás de los caballos —Erwin tomó asiento al lado de Jean, pero sus palabras iban dirigidas al niño—. Con el calor pueden ser malos. Aunque ese tiene un carácter endiablado —Marco y Jean fijaron su atención en los dos caballos blancos, que pastaban tranquilamente a unos metros—. Por eso le llamamos Hitler —Jean y Marco sonrieron al escuchar a Erwin decir aquello—. Y el otro se llama Charlotte —Erwin tomó una botella que destapó, el olor a cerveza rodeándoles rápidamente, y se la tendió a Jean.

—No, gracias. Prefiero el agua.

—¿Ah sí? —Erwin dio un gran trago— Hay a quien la cerveza le amodorra, pero, a mí, todo lo contrario —Erwin emitió una leve carcajada y Jean sonrió.

Llevaban solo unos siete meses en aquel pequeño pueblo francés llamado Lebucquière, de la prefectura de Pas-de-Calais, pero Jean ya conocía a la perfección a muchos de sus habitantes, entre ellos a cierto joven de melena rubia y grandes ojos soñadores de un azul intenso. Y Erwin Smith, el alcalde, era otro de ellos. Sabía que, por mucho que dijera aquello, el rubio terminaría quedándose dormido en cuanto finalizara aquella botella rellena de cerveza. Y le resultaba de lo más curioso. Porque Erwin Smith era un hombre tremendamente serio y respetado en el pueblo, pero, cuando estaba con ellos a solas, como en aquella ocasión, se permitía ser un poco más hablador, aunque el tono de su voz siguiera teniendo cierto toque autoritario.

Jean cruzó a grandes zancadas el cementerio, portando una de las botellas de agua. Marco estaba sentado en el otro extremo y arrancaba pequeños trozos de césped que iba a apilando en un costado.

—No has bebido bastante. Toma —Jean le entregó al pequeño la botella y éste se la llevó rápidamente a la boca, dando dos grandes tragos. Tenían que gestionar el agua para que les durara durante todo el día, pero Marco tenía seis años. Era demasiado pequeño para beber tan poco.

—Weißt du? Dieser Friedhof sieht, dass meine Großmutter mich jeden Sonntag nahm. (¿Sabes? Este cementerio se parece al que mi abuela me llevaba todos los domingos)

—¡Marco! —Jean se puso de cuclillas para que su rostro quedara más cerca del niño— Ya te lo he dicho. No me hables en alemán. Para eso te he estado enseñando francés. Y no podemos tampoco hablar de nuestra vida en Alemania. Es muy peligroso. ¿Comprendes? —le dio unas palmaditas en lo alto de su cabeza, aplastando ligeramente la gorra de tela que llevaba para protegerse del sol.

El niño se limitó a mirar al frente, con la mirada perdida. Jean se mordió el labio, asqueado por no permitir al niño ser él mismo.

—Los cementerios militares son todos iguales —Jean terminó por sentarse a su lado.

—Mi abuela decía que en los cementerios siempre se está bien. Son tranquilos —los dos guardaron silencio de nuevo y Jean bebió un poco de agua—. ¿Volveremos a ver a mi abuela algún día?

Jean gachó la cabeza. ¿Qué podía decirle? ¿Cómo iba a decirle a un niño pequeño que ellos jamás podrían regresar a Alemania? Sus padres estaban muertos y sus abuelos, aunque no lo estuvieran, seguramente no tardarían en estarlo. Debido a que sus hijos habían traicionado a Alemania, deberían demostrar más que nunca su fidelidad si no querían ser acosados por los soldados. Solo les esperaba dolor y tormento en aquellas tierras.

—No vuelvas a utilizar esos posesivos, Marco. Para esta gente, yo soy tu padre.

Y Marco no volvió a dirigirle la palabra durante el resto del día. Pero Jean no le culpaba. Por mucho que lo intentara y por mucho que fingieran, él jamás podría ocupar el lugar que había dejado su padre.


—El generador sufrió mucho con los vendavales del invierno pasado. Le he hecho un apaño y-

—¿Y cuánto tiempo puede aguantar aún? —Erwin cortó rápidamente a Moblit Berner.

—Creo que… No pasará del invierno que viene.

Una serie de suspiros de resignación se extendieron por la habitación, como una plaga. Moblit torció el gesto, visiblemente apenado e intercambió miradas de preocupación con el resto de la asamblea.

—Bien. Entonces no se puede esperar más. Es evidente. Hay que sustituir el generador de aire de la torre de agua por una alimentación eléctrica. Arlert, ¿sabes si aún estamos a tiempo para pedir una subvención a la prefectura?

El joven de cabello largo rubio, sentado a la derecha de Erwin, que había estado anotando todo lo tratado en la asamblea en un pequeño cuaderno de hojas amarillas, levantó la vista. El resto de miembros, situados frente a la mesa tras la que estaban, le miraban expectantes.

—Bueno. Uh… —dudó. No se le daba bien dirigirse a una multitud. Y por multitud entendía a las diez personas que había sentadas sobre las viejas sillas de madera de encina que ocupaban el despacho principal del viejo ayuntamiento— A finales de agosto las gestiones van un poco al ralentí, así que podremos enviar un dossier dentro de quince días que examinarán a principios del año que viene, en 1940. Antes no. Y deberíamos poder conseguir entre el setenta y el ochenta por ciento del importe de la obra en subvenciones.

—Todo eso es muy bonito —Eren Jaeger levantó la mano para tomar la palabra—, pero el setenta o el ochenta por ciento no nos dice cuánto costará al final.

—Eso es verdad —Connie Springer le dio la razón.

—Porque también habréis leído el periódico, como yo —prosiguió el chico de cabello castaño y grandes ojos verdes—. Si estalla la guerra, como dicen, no creo que el aerogenerador de nuestro pequeño pueblo sea una prioridad en la prefectura de Arras.

—Hace años que nos hablan de la guerra —replicó Erwin—. Jaeger, por favor… —el chico presionó sus labios en una fina línea, poco conforme con el alcalde— Aun así —el rubio se puso en pie—, propongo que se someta a votación la moción del día. Arlert, apunta a un lado en el registro los que han escogido la modernidad y en el otro a los que han preferido el inmovilismo.

—Pfff… —Eren rodó los ojos.

—Bien. ¿Quién opta por la modernidad?

Tras unos segundos de indecisión, las manos de prácticamente todos los miembros de la asamblea se fueron levantando. Erwin asintió satisfecho y miró a Armin, quien anotó el resultado de la votación.

Había ganado la modernidad.


Si algo bueno tenían las asambleas es que, después de unas horas de discusiones y política, todos podían relajarse en el bar de Hanji. La mujer se paseaba por las mesas, sirviendo vinos, cervezas y licores para los miembros de la asamblea. En aquella ocasión y tras los días previos de dura jornada laboral en el campo, Jean se había permitido el lujo de pasar la tarde en el local en compañía de Marco, a quien le estaba enseñando a jugar al billar.

—¿Has servido ya las cervezas? —le preguntó la mujer de gafas a Erwin, quien se sentó en una mesa cercana al gramófono del bar, justo a la derecha de Armin. Como siempre.

—Sí.

—Bien —Hanji comenzó a girar la manivela del gramófono y la música empezó a sonar.

—¡Por el aerogenerador! —gritó Connie, elevando su jarra de cerveza y siendo imitado en seguida por el resto de personas que ocupaban el bar.

—¡Por el aerogenerador!

Todos dieron un pequeño sorbo a sus bebidas mientras los acordes iniciales de la primera canción comenzaban a sonar.

—¿Bailamos? —le preguntó Hanji a Erwin, sonriendo de medio lado.

—No lo dirás en serio —respondió el rubio, su rostro serio e imperturbable.

—¡Vamos! ¡Se supone que es una celebración! —la mujer emitió una sonora carcajada y tomó el musculoso brazo de Erwin, obligándole a ponerse en pie y dirigiéndole al centro del local para bailar aquella canción.

De no ser por la tensión que sentía al estar con tantas personas, Armin habría sonreído. Pero se limitó a tragar saliva y a quedarse encogido en su sitio, deseando poder marcharse para regresar con sus libros, pero temeroso a la vez de levantarse y captar la atención del resto. Maldita sensación de sentirse como un pez fuera del agua.

Hanji comenzó a dar vueltas, guiando a Erwin en sus movimientos torpes y raquíticos, que despertaron las risas de algunos de los presentes. Si alguien podía humanizar al alcalde, esa era Hanji Zoe, quien no dejaba de reír a carcajadas.

—¿Te estás mareando? —preguntó, al ver el rostro casi descompuesto de Erwin.

—Un poco.

Jean dio una palmadita a Marco en la espalda. El niño había golpeado bastante bien una de las bolas, a pesar de coger todavía el taco como si fuera un rastrillo. Cosa que era de lo más normal teniendo en cuenta que era mucho más grande que él. Ajenos a ello, Armin se había aislado de la conversación que Eren y Connie mantenían a su lado y tenía sus ojos puestos sobre ambos.

—Espera. Voy a enseñarte bien —Jean se acercó al pequeño y le dio un breve beso en la cabeza.

—Nein, Jean! Lassen Sie mich! (¡No, Jean ! ¡Déjame!) —siseó Marco. El niño se apartó de él y le dio un manotazo.

—Marco… —murmuró Jean entre dientes.

Acto seguido, Jean levantó la vista, esperando que nadie hubiera visto ni escuchado lo que acababa de suceder. Todos parecían absortos en sus conversaciones. Todos menos uno. Fueron solo unos segundos, pero los ojos castaños de Jean se encontraron con los profundos orbes azules de Armin. Jean sintió que su corazón se detenía. Fue entonces cuando el rubio los apartó rápidamente y miró hacia el frente, fingiendo la misma incomodidad que había estado mostrando hasta entonces.

—Marco —Jean tensó la mandíbula—, vámonos a la cama. Ahora —el niño le miró y abrió la boca para protestar—. Venga, venga —le cortó Jean antes de que pudiera decir nada.

El castaño comenzó a caminar hacia las escaleras del bar, mirando de reojo a un Armin que, muy a su pesar, no le devolvió la mirada. Arriba, ambos tenían su propia habitación, proporcionada gracias a Hanji y Erwin, dueños de aquella casa. Armin, sin moverse de su asiento, les observó marcharse con detenimiento, sintiendo cómo su corazón se aceleraba a cada segundo aun cuando Jean había terminado por perderse hacia lo alto de las escaleras.


Los dos próximos capítulos serán pequeños saltos en el tiempo desde que Jean llegó al pueblo hasta el momento actual. Contendrán lo más importante que ha acontecido en la relación de ambos hasta el tiempo actual, para que así entendáis la clase de relación que tienen antes de continuar con la línea temporal de esta historia.

~ ¡Nos leemos!