A/N: Hola a todos. Os traigo el cuarto capítulo del fanfic. Como ya dije, son pequeños saltos en el tiempo, narrando momentos puntuales en la relación de Jean y Armin desde que este primero llegara al pueblo. Terminan aquí y, dentro de dos domingos, cuando suba el quinto, se retomará la línea del fanfic.
Shingeki no Kyojin y sus personajes no me pertenecen, sino a Hajime Isayama
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[IV]
Armin leía por tercera vez uno de los pocos libros que había en biblioteca de la escuela. La suave brisa revolvió su cabellera rubia mientras pasaba una página más. A su lado, una sombra le cubrió, tomando asiento a su lado. El chico permaneció en silencio, ignorando aquella presencia, pero aceptando su compañía. Jean, a su lado, permaneció en silencio también, mirándole de soslayo, analizando su rostro aniñado y dibujando con su mirada el trazo de su diminuta nariz respingona. En aquellos momentos, no solían hablar. Armin leía y Jean pretendía estar distraído. El castaño, a veces, cuando sabía que estaban completamente solos, le tomaba un mechón de pelo y jugueteaba con él. Otras veces, Armin dejaba caer su mano izquierda y la apoyaba sobre la madera desgastada del banco sobre la que se sentaba junto a Jean. Entonces, Jean deslizaba su mano hasta la suya y acariciaba, con desinterés fingido, la palma de su mano hasta que entrelazaba sus dedos con los suyos.
Así pasaban algunas mañanas de mayo. Sin dirigirse la palabra, pero hablándose a través de gestos.
—¿Qué te parece Jean?
—¿A qué viene esa pregunta? —Armin miró por encima de su hombro a Sasha, quien se encogió de hombros.
—No sé. Parecéis estar muy unidos.
—Es un chico majo.
—Yo diría que es más bien un cascarrabias.
Armin rio. No iba a decir lo contrario.
—Es posible, pero es bastante agradable cuando se le conoce bien.
—Es más divertido hacerle de rabiar —Sasha rio.
—A veces os pasáis de la raya…
—No me digas que no es gracioso ver cómo se pone. Se le pone la voz muy aguda y arruga la nariz —Sasha emitió una sonora carcajada—. Me preguntó si serán todos los belgas así.
Armin sintió un pinchazo en el estómago. Tenía sus dudas, tras observarle con detenimiento, de que Jean fuera de verdad belga. Sabía que había mentido en algunas cosas para obtener un empleo, ¿por qué no iba a hacerlo también con su origen? Pero, entonces, ¿por qué les había mentido? ¿Qué escondía? ¿Quién era en realidad?
—Te has puesto blanco. ¿Estás bien? —Sasha se acercó mucho a él, prácticamente rozando su nariz con la suya, para examinarle.
—Estoy bien —Armin se separó de ella de un brinco.
—¿No vas a decírmelo? —gimoteó.
—No —Armin hizo una pausa—. No hasta que tú le digas a Connie que estás embaraza.
—Cállate.
Armin sonrió triunfante.
—¡Qué voy a ser padre!
Connie entró gritando al bar. El chico corrió por todo el local, abrió la puerta del bar y salió corriendo de nuevo. Hanji, que estaba en la barra, parpadeó confusa mientras limpiaba un vaso de cristal y miró de reojo a Armin y a Erwin. El alcalde parecía más confuso incluso que ella y Armin, en cambio, se encogió de hombros. Connie no tenía remedio.
—¡Connie, enhorabuena! —gritó Jean a carcajadas, asomado a la puerta del bar. Eren estaba apoyado en él y sonreía con malicia. Si alguien en el pueblo no se había enterado, ahora sí que ya lo sabía.
—¡Te dije que fueras discreto, idiota!
Jean y Eren se rieron tan fuerte que se llevaron las manos al estómago al escuchar a lo lejos a Sasha. Los dos chicos se apoyaban el uno sobre el otro para no caer al suelo, presos por la risa que había provocado que los ojos se les llenaran de lágrimas. Armin, por su parte, se llevó una mano a la cara. Dirían de Sasha y Connie, pero esos dos eran igual de idiotas y simples que la pareja.
Armin cogió las llaves de la escuela. Había pasado la mayor parte de la tarde corrigiendo los exámenes de lengua que los niños habían realizado aquella mañana. Ya se hacía tarde y lo único que le apetecía era regresar a casa cuanto antes y darse un baño con aquellas hierbas que había recogido el fin de semana anterior.
Suspiró con resignación al percatarse, tras abandonar el edificio, de la abundante cascada de agua que estaba cayendo en esos instantes. Se quedó parado bajo el quicio del portón de la escuela y, tras varios minutos de indecisión, llegó a la conclusión de que no tenía pinta de que fuera a amainar por el momento, así que se armó de valor y salió de su refugio para comenzar a correr calle abajo. Emitió un pequeño grito al sentir las gotas de agua helada atravesar la tela de su chaqueta y, después, la de camisa hasta llegar a su piel.
—¡Eh! ¡Armin!
Armin, que iba mirando al suelo para evitar pisar uno de los charcos, levantó la vista. Jean estaba al otro lado de la calle, bajo un porche. El chico le hacía señas para que se uniera a él. Armin dudó unos instantes, puesto que no le quedaba mucho para llegar a casa, pero cambió de opinión cuando un enorme trueno resonó sobre su cabeza.
Se apresuró a llegar hasta Jean, pero, en el proceso, resbaló con el barro que se había formado en las calles y cayó sobre su propio trasero. Pronto, las carcajadas de Jean llegaron hasta sus oídos. Armin se levantó a duras penas, maldiciendo su mala suerte y el ridículo que había hecho delante del chico. Ahora no solo estaba empapado, sino que también tenía su pantalón lleno de barro.
—¿Estás bien? —le preguntó Jean todavía entre carcajadas, aferrándose la barriga cuando Armin se puso bajo el porche.
—¿Tú que crees?
—Anda, anda. Ven —Jean se giró y abrió la puerta del cobertizo que había a sus espaldas.
—¿Qué estás haciendo? —Armin abrió los ojos de par en par— ¡No puedes entrar en una propiedad privada sin permiso!
—¿No se supone que esto es un pueblo? Aquí os conocéis todos. Al dueño le dará igual.
—¿Qué clase de razonamiento es ese?
Aun así, Armin siguió a Jean al interior del cobertizo. Más allá de algunos montones de paja acumulados junto a la única ventana, no había nada más en su interior.
—¿Ves? No ha pasado nada —pronunció Jean con retintín— Y encima tiene toda la pinta de estar abandonado.
—No te las des de listo —Armin le miró de reojo. Jean le observaba con una sonrisa picarona que hizo que sus mejillas volvieran a cambiar de color. No obstante, el cobertizo era lo suficientemente oscuro como para que Jean no pudiera apreciarlo—. ¿Qué? —preguntó al notar que Jean no le quitaba ojo de encima.
—Anda, quítate esa ropa.
—¿Q-Qué? —Armin tartamudeó al ver que Jean se acercaba hasta él.
—Estás empapado. Cogerás un resfriado.
Jean le tomó de la chaqueta y tiró de ella para quitársela. Armin se echó hacia atrás, incomodado por el repentino atrevimiento de Jean. El castaño le observó algo confuso y, cuando iba a apartarse de él, Armin relajó su postura, haciendo que la chaqueta cayera al suelo.
Los dos permanecieron en silencio, mirándose el uno al otro. Una gota de lluvia, proveniente del largo cabello de Armin, cayó por su frente hasta resbalar por su mejilla. Jean, con delicadeza, le limpió la gota con el pulgar de su mano derecha, provocando un escalofrío en Armin que él también percibió.
—Tienes que quitarte también la camiseta —susurró Jean con la voz ronca.
Armin se dejó hacer, inmóvil mientras los dedos de Jean se deslizaban de un botón a otro de su camisa de color marfil. Jean se movió a su alrededor, situándose detrás de él. Armin estiró los brazos hacia atrás y fue Jean el que desprendió la camisa de su cuerpo, pegada a su piel por la lluvia.
Al verse despojado de su ropa en la parte superior de su cuerpo, Armin sintió frío. Hasta que notó la cercanía del cuerpo de Jean con el suyo. Pudo notar cómo las fuertes y grandes manos de Jean acariciaban sus brazos, cómo sumergía la punta de su nariz en su cabello y aspiraba su aroma. Armin cerró los ojos, dejándose llevar por calurosa sensación que se había instalado en su cuerpo. Sentía mariposas en la parte baja de su abdomen y deslizó sus manos hasta la hebilla de su cinturón.
—Y el pantalón —concluyó Armin, dejando que su pantalón cayese al mugriento suelo y escuchando, a su vez, el sonido que hicieron los pantalones de Jean al caer también.
Armin barruntaba. Llevaba tiempo rumiando aquella preocupación que le producía pinchazos en el estómago. Habían pasado varias semanas desde lo que había sucedido entre él y Jean en el cobertizo y éste último no lo había mencionado ni una sola vez. Desde entonces, ambos se habían quedado a solas en más de una ocasión y Jean trataba a Armin como si nada hubiera pasado. Y aquello le dolía a Armin más que cualquier palabra. Comprendía lo complicada que era su situación, lo peligroso que era lo que había sucedido entre ellos. Porque no estaba bien lo que habían hecho, no estaba bien que él tuviera toda esa clase de pensamientos con alguien del mismo sexo. Era antinatural. O, al menos, eso era lo que siempre había escuchado. También le asaltaba el terror ante la posibilidad de que alguien pudiera haberles visto. ¿Qué sucedería entonces? Había escuchado cosas, cosas que les hacían a aquellos que se juntaban con otros del mismo sexo. Pero, aun así, no se arrepentía de nada.
Y, entonces, Armin se cuestionaba su cordura.
La llegada del buen tiempo quizás también le había revolucionado las hormonas. Así que se sentía especialmente optimista aquella mañana de finales de mayo. A pesar de estar aún en primavera, estaban disfrutando de una temperatura más bien propia del verano. Como todos los años, Sasha les había recordado su tradición de ir a darse el primer chapuzón del año y, por primera vez, iban a adelantarlo.
Aquel se trataba de un acontecimiento sin precedentes. Kilos incontables de comida, bebida bien fresca, muchas mantas para poner sobre el suelo y un par de flotadores de caucho que Connie había 'tomado prestados' hacía unos años. A falta de Mikasa, Sasha y Connie habían invitado a Jean, a quien ya consideraban parte del grupo, para desgracia de Eren.
Y, como no podía ser de otra manera, los dos chicos habían terminado discutiendo. Armin disfrutaba de un libro bajo la sombra de un árbol, relajado por la suave melodía del agua correr por el ancho cauce del río. De repente, las voces de Eren y Jean habían interrumpido su concentración, especialmente cuando un par de ojos de cierto tono acaramelado habían asomado por encima de su libro.
—¡Je-Jean! —balbuceó Armin, sintiendo cómo sus mejillas se sonrojaban por la cercanía del rostro de Jean al suyo. El chico emitió una risita imperceptible para el resto, excepto para él, que sintió su aliento sobre su nariz. Armin no sabía decir si aquella risa había sido producto del rubor de sus mejillas, que había sido perceptible para Jean, o si había algún otro motivo oculto que él desconocía.
—Estás en mi equipo.
—¿En tu equipo? —parpadeó confuso.
—¡De eso nada! —ladró Eren en la distancia— ¡Armin es mi mejor amigo y está en mi equipo!
—¡Se lo he pedido yo antes, Jaeger! —los dos juntaron sus frentes.
—E-Está bien —Armin se puso en pie y se acercó a ellos, intentando tranquilizarlos. Tuvo que lanzar una mirada de desaprobación a Connie y Sasha, quienes miraban la escena divertidos sin hacer nada al respecto—. Jean me lo ha pedido antes, Eren. Además, ya he estado muchas veces en tu equipo.
—Pffff… —el castaño se cruzó de brazos, como si fuera un niño pequeño.
—¿Y para qué son los equipos? —se interesó finalmente, mirando todavía de reojo a su amigo.
—Eren y Jean se han picado —le explicó Sasha—. Así que van a hacer una competición para ver quién es el más rápido. Connie también ha decidido participar, así que al final serán relevos.
—¿En serio? —Armin hizo una mueca. ¿Se podía ser más infantil y simple que esos dos?
—Eren y Connie irán en el mismo equipo y Jean y tú en el otro. Saldréis desde el tronco que cruza el río y tendréis que llegar hasta la roca central —señaló Sasha—. Ahí daréis la vuelta y regresaréis al tronco. Comienzan Eren y Jean y ellos os darán el relevo a Connie y a ti.
Todos fueron a sus posiciones. Eren y Jean fueron los primeros en saltar al agua cuando Sasha hizo la señal. Ambos chicos eran rápidos e iban más o menos al mismo ritmo. No obstante, parecía que las patadas de Jean eran más precisas y terminó tocando antes en el tronco. Armin se zambulló en el agua, sintiendo inmediatamente las corrientes frías hacer estremecer su cuerpo. El rubio comenzó a dar brazadas, su pelo suelto esparciéndose por su cara e impidiéndole ver en condiciones.
—¡Venga, Connie! —aquella era la voz de Sasha.
Armin nunca había sido un gran nadador, pero, definitivamente, Connie no era mucho mejor que él. Mientras que su problema era su cuerpo poco atlético, a Connie le caracterizaba una torpeza objetivo de unas cuantas bromas por parte de todo el mundo.
—¡Nuestra reputación está en peligro, Connie! —ese, definitivamente, era Eren desgañitándose.
Armin dio una bocanada de aire. ¿Por qué demonios tenía que estar haciendo eso? Podía haber sido Sasha la que nadara en su lugar. Estaba embaraza, pero no inválida. A él ni siquiera le apetecía bañarse. El agua que bajaba de las montañas todavía estaba helada tras el deshielo de las últimas nevadas y el sol ya hacía que su piel le picara tras unos segundos bajo sus rayos.
—¡Vamos, Armin! ¡Ya queda poco!
Su corazón se detuvo al escuchar la voz de Jean a lo lejos. Curvó ligeramente la comisura de sus labios, sintiéndose un imbécil por caer una y otra vez ante la sonrisa picarona de Jean Kirchstein. Aquel estúpido belga era un gran manipulador y, aun así, Armin se sentía bien solo con un simple intercambio de palabras entre ambos.
Armin posó su mano sobre la rugosa madera y sacó la cabeza del agua. Abrió la boca para tomar aire y abrió sus ojos de par en par. Jean le observaba desde lo alto del tronco del árbol, una amplia sonrisa en su rostro. Los rayos de sol incidían sobre su cuerpo y Armin creyó que se trataba de un ángel. El castaño le ayudó a subir y, de repente, fundió el cuerpo de ambos en un abrazo. Armin sintió que, una vez más, sus mejillas se sonrojaban al sentir el tosco, pero musculoso cuerpo de Jean chocar contra el suyo. Ya no sentía frío.
—¡Los ganadores son Jean y Armin! —gritó Sasha entusiasmada.
—¡Hemos ganado, Armin! —Jean rompió el abrazó, dejando a Armin solo y desamparado— ¡Has estado impresionante!
Armin emitió una leve risa, dejando que Jean le colocara con cuidado los mechones de cabello esparcidos aún por su rostro. No obstante, su sonrisa se desvaneció cuando se encontró con la mirada penetrante de Eren, escrutándole con el ceño ligeramente fruncido. Y, solo entonces, Armin se apartó de Jean al instante, no siendo consciente del rostro de confusión de Jean que, al igual que Armin, se sentía desamparado si el rubio no tenía sus grandes ojos azules posados sobre él.
Armin paseó por el pasillo que formaban los pupitres a ambos lados de la clase. Llevaba sus manos en la espalda, sus pasos lentos e insonoros mientras miraba con atención los rostros de concentración de los niños. Contuvo una carcajada al ver al pequeño Serge revolver su pelo con su mano izquierda mientras con la otra daba golpecitos en la madera con su lápiz, seguramente intentando dar con una solución a uno de los problemas del examen de matemáticas que Armin había preparado para ellos.
Giró por el siguiente pasillo, asegurándose de que todo estaba correcto cuando sus oídos captaron cierto murmullo a su derecha. Armin se detuvo, dispuesto a soltar algún pequeño sermón a alguno de los niños por si estaban ayudándose en un examen. Sin embargo, se sorprendió al notar que se trataba de Marco. Y parecía estar hablando solo.
Armin recortó la escasa distancia que les separaba y se agachó levemente para preguntarle al pequeño qué sucedía. No obstante, el niño parecía estar tan absorto que ni siquiera se percató de su presencia. Armin intentó comprender lo que decía, así que se acercó a Marco más todavía para posar su mano sobre su hombro. Pero, entonces, se detuvo al entender mejor la clase de palabras que salían de la boca del crío.
¿Alemán?, pensó Armin, abriendo sus ojos de par en par. ¿Por qué Marco estaba contando en alemán?
—Marco —susurró. De repente, el pequeño dio un respingo y posó sus ojos sobre su profesor, cierta expresión de alarma en su rostro.
—Yo no… Yo no estoy hablando en… —balbuceó el niño— ¡No se lo digas a Jean!
Armin juntó sus labios formando una fina línea. ¿Qué no le dijera a Jean que estaba hablando en alemán? Cientos de dudas se agolparon en su mente, pero prefirió aparcarlas por unos instantes en vistas del pánico que reflejaba su expresión. Sentía miedo. Sentía miedo de él. Armin abrió la boa ligeramente, pues no podía llegar a comprender qué podía esconder un niño tan pequeño para tener miedo de que alguien como él pudiera hacerle algo.
—No te ayudes de los dedos para contar —le dijo finalmente Armin en un susurro, mostrando una sonrisa encantadora. El pequeño miró primero sus manos y, después, regresó su vista a Armin—. Hay que hacerlo con la mente —Armin le dio unos toquecitos en la sien con su dedo índice.
El rubio se incorporó de nuevo y continuó caminando por el aula, sintiendo, en todo momento, los ojos de Marco sobre él.
Armin escondió parte de su rostro en la manta, sus ojos fijados en el firmamento. En el cielo se extendían numerosas estrellas iluminando ligeramente su piel. Hacía tiempo que no disfrutaba de una noche sin una sola nube.
Aquello se había convertido en una tradición para él, a pesar de que sus padres ya no estaban. Era su padre, concretamente, el que más interés había tenido siempre en las estrellas y el que se había encargado de inculcar a Armin todo lo que sabía. Durante mucho tiempo, Armin no se había dado cuenta de lo que significaba todo aquello que estaba compartiendo con su padre. Pero, desde su fallecimiento, cuando aún era solo un niño, el rubio había decidido atesorar todos aquellos recuerdos y continuar con la pasión de su padre.
Fue un simple parpadeo, pero, cuando volvió a abrir los ojos, tenía frente a él una taza que humeaba. Armin levantó la vista y se topó con Jean. Tomó con ambas manos la taza, sintiendo inmediatamente cómo el calor recorría sus finos dedos y sonrió.
—Hará buen tiempo durante el día, pero por la noche las temperaturas bajan mucho —Jean tomó asiento en la manta, a su lado, con una taza también en la mano—. Imaginé que estabas aquí. Me dijiste que te gustaba venir a ver las estrellas.
Los ojos de Armin se iluminaron, incapaz de apartar sus ojos del castaño. Se acordaba. Jean se acordaba de lo que le había dicho a pesar de que había sido hacía un par de meses.
Agachó la mirada y posó sus ojos sobre el contenido de la taza. Olía dulce, un pequeño hilo de suave aroma a cacao ascendiendo hasta llegar a la punta de su nariz.
—Es chocolate caliente —aclaró Jean tras carraspear—. Le he pedido a Hanji que me ayudara a prepararlo —susurró, casi avergonzado por el hecho de no haber sido él en exclusiva el que lo hubiera hecho.
Armin emitió una risita y devolvió su atención al cielo. Ambos permanecieron en silencio, simplemente disfrutando de su compañía mutua. Armin entró en calor, dando pequeños sorbos al chocolate caliente y, ayudándose de su brazo derecho, tendió a Jean la manta para que se cubriera también con ella. El castaño accedió gustosamente y juntó su cuerpo con el de Armin para que pudieran refugiarse ambos del frío.
—Ahora que estamos en verano pueden verse constelaciones que no podemos apreciar en otras épocas del año —explicó Armin— ¿Ves eso de ahí? —el rubio señaló al firmamento— Esa es la constelación del cisne. ¿Lo ves? Esa estrella tan brillante es la cola del cisne.
—¿En serio? —Jean enarcó una ceja— A mí me parece una cruz.
—También vale —Armin emitió una risita—. También se la conoce como la Cruz del Norte, en oposición a la Cruz del Sur. Pero, en realidad, eso son sus alas desplegadas. Según la mitología griega, una de las leyendas cuenta que el dios Zeus se había disfrazado de cisne para seducir a Leda y tuvo varios niños, entre ellos a Helena de Troya. También podría representar a Orfeo, metamorfoseado de cisne después de su asesinato y colocado en los cielos al lado de su lira —Armin movió el brazo y apuntó a otra parte—. Y ahí está Lira.
Jean escuchó atentamente las explicaciones de Armin. El rubio le habló de águilas, flechas, mitología griega y le mencionó nombres de estrellas que olvidaba a los dos segundos de ser pronunciadas. No obstante, no podía dejar de mirarle, absorto en lo ilusionado que parecía Armin por poder compartir con él algo que tanto le gustaba. Y Jean sonreía como un imbécil. Pero no le importaba. Porque Armin Arlert estaba precioso bajo la luz de aquella luna de junio.
—¿Qué? —articuló finalmente Armin al percatarse de que Jean no estaba prestándole atención— Te estoy aburriendo, ¿verdad? —hizo un puchero— Lo siento. A veces hablo demasiado.
—No. Está bien —Jean guardó silencio unos instantes—. Me gusta escucharte.
Armin tragó saliva, sintiendo cómo sus mejillas se ruborizaban una vez más en presencia de Jean. ¿Qué se suponía que debía responder a aquello? Deseaba buscar las palabras adecuadas porque sentía que toda su elocuencia y su don de la palabra se perdían cuando Jean estaba a solas con él.
Sin embargo, quizás, a veces, no era necesario decir nada.
Jean dudó unos instantes, pero, finalmente, se atrevió a acercar su mano derecha hacia la mejilla de Armin para acariciarla con ternura. El rubio cerró los ojos, creyendo que se trataba de un sueño. Pero, cuando volvió a abrirlos, el rostro de Jean estaba cerca del suyo. Así que los cerró de nuevo, dejando que la punta de sus narices se rozara momentáneamente y que fuera el castaño el que terminara de romper la distancia que les separaba.
Los labios de Jean eran finos, pero cálidos. Aquel era el primer beso que se daban y Armin no podía haber soñado con un momento mejor que aquel. Bajo un manto de estrellas en medio de la naturaleza que rodeaba al pequeño pueblo de Lebucquière.
No obstante, cuando rompieron aquel beso y aunque Jean apoyó su frente contra la de Armin por unos instantes, este último sintió cierto dolor en su pecho. Una vez más, ¿qué pasaría si alguien les descubría? Se separó de Jean, mirando hacia otro lado y evitando la expresión momentánea de desconcierto en el muchacho. Sintió movimiento a su lado, pensando que Jean se marcharía, rechazado. Pero no lo hizo. Se giró para observar al chico tumbado en la manta, con los brazos tras su nuca, invitándole a tumbarse junto a él.
—Je-Jean —Armin quería dejar las cosas claras. Aquello no estaba bien. Pero, una vez más, Jean se le adelantó.
—Está bien, Armin —murmuró el chico, observando cómo el rubio se dejaba caer a su lado sin oponer resistencia—. Todo está bien —le susurró al oído, cubriéndolos a ambos con las mantas.
Y Armin le creyó.
~ ¡Nos leemos!
