A/N: ¡Aquí os traigo el quinto capítulo. Muchas gracias por los comentarias a los dos Guest. Como dije, en este capítulo ya se retomaba la línea temporal del fanfic. ¡Espero que os guste!
Shingeki no Kyojin y sus personajes no me pertenecen, sino a Hajime Isayama
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[V]
Se puso de puntillas para llegar a los extremos de la pizarra. ¿Por qué demonios tenía siempre que rellenarla tanto cuando explicaba las cosas? El impoluto verde de su superficie se convertía en un mar de palabrería y pequeños bocetos creados con afán ilustrativo y que terminaban por llegar a sus alumnos más que las palabras.
Armin se giró para ver, con asombro, que el pequeño Marco seguía sentado sobre su pupitre. El niño había guardado los materiales en su mochila, pero permanecía sentado sobre su pupitre, con las manos en la mesa y su mirada fijada sobre la vieja y pasada madera. Armin decidió acercarse lentamente a él y, con delicadeza, posó su mano sobre el brazo del pequeño, haciendo que inmediatamente su atención se fijara sobre él. Armin tragó saliva, asustado por el vacío y el abismo que reflejaban los ojos de aquel crío de seis años, pero luchó por mostrar la mejor y más encantadora de sus sonrisas.
—Ya se han ido todos, Marco —el niño le miró, su rostro imperturbable. Armin comprendió que eso ya lo sabía—. ¿Por qué no vas a jugar con el resto?
—No creo que me dejen —respondió con la boca pequeña.
—No digas eso —Armin sonrió de nuevo para reconfortar al niño—. Tienes que abrirte a los demás, Marco. Estoy convencido de que, si se lo pides con una sonrisa, te dejarán jugar.
—¿Y si yo no quiero jugar con ellos?
—¿Ni siquiera con Pauline?
Los ojos de Marco se abrieron de par y Armin tuvo que contener una carcajada. Era maestro y, además, le encantaban los niños. Había decidido dedicarse a la enseñanza porque deseaba poder ayudar a otros a encontrar su propio camino. Para eso se dedicaba a observar a sus alumnos, a hablar con ellos y a intentar comprenderlos. Así era como se había dado cuenta de que Marco solía mostrarse mucho más afable con la pequeña Pauline, una niña dulce y encantadora de blanquecina piel y cabello dorado.
—Pauline seguramente te estará esperando fuera —insistió Armin.
Aquello pareció que hizo reaccionar al niño. Marco se puso en pie, tomó su mochila del suelo y salió corriendo por la puerta, no sin antes desear a su profesor que pasara una buena tarde. Armin puso los brazos en jarras y negó con la cabeza, aquella sonrisa impertérrita en su rostro. Quién pudiera volver atrás unos años y seguir disfrutando de esa inocencia.
Se giró para observar el reloj que había colgado de la pared y se sorprendió al ver que, como ya iba siendo habitual, iba a llegar tarde a casa de Eren. Como costumbre, cada dos tardes se reunían junto a Connie y Sasha para divertirse, hablar de cualquier tema y rememorar tiempos mejores, tiempos en los que Mikasa seguía estando con ellos. Porque, por mucho que Eren no lo dijera en voz alta, Armin sabía que echaba tanto como él de menos a la chica. De vez en cuando recibían cartas que todos leían juntos. Y Sasha lloraba porque la extrañaba. Y luego Armin se unía. Y Connie decía lo increíble que era Mikasa. Y Eren permanecía en silencio, mascando sus palabras y un enfado que todavía rumiaba.
—¿Por qué cada vez que me decido venir a buscarte a la escuela te encuentro siempre en la misma postura?
Armin dio un pequeño sobresalto al escuchar una voz masculina a su espalda. Giró su rostro para mirar por entre sus piernas mientras se agachaba para terminar de guardar sus cosas en su bolsa de piel marrón. Jean Kirschtein estaba apoyado bajo el quicio de la puerta de la clase, cruzado de brazos y sonriendo de forma socarrona. Armin rodó los ojos, intentando permanecer ajeno a la simplicidad del chico.
—He visto a Marco jugando en la plaza con Pauline y otros niños —añadió Jean en un tono más serio mientras Armin se incorporaba—. Gracias.
—No hay de qué.
Los dos guardaron silencio, cada uno en un lado de la habitación. Si algo odiaba Armin, era aquella mirada intensa de Jean que parecía leerle el alma. Temía que, si pensaba mucho en ello, Jean se daría cuenta de que, prácticamente, sabía su secreto o, al menos, lo intuía. Pero Armin no se atrevía a pronunciarlo en voz alta.
—¿Te apetece hacer algo? —Jean soltó aquella pregunta al aire, como si no fuera dirigida a él y Armin suspiró.
—Tengo planes.
—¿Has quedado con ese capullo de Jaeger otra vez?
—Y con Connie y Sasha —aclaró Armin—. Pero sí. He quedado con Eren. ¿Es que acaso estás celoso? —preguntó con malicia.
—Pff… ¿Me tomas el pelo, Arlert? Tengo más vida social aparte de tu compañía.
—Claro. Porque eres encantador.
—Eso lo sabes tú mejor que nadie. Apuesto a que soy el que mejores favores te hace del pueblo.
—¿Favores? —Armin frunció el ceño. No le gustaba en absoluto el tono de Jean ni la maldad que guardaban sus palabras. Si el chico estaba celoso de Eren no le había dado motivos. Y, si había tenido un día de perros, con el que menos debía pagarlo era con él— Entonces a partir de ahora deberías buscarte a otro al que hacer favores.
—No dramatices.
—Aquí el único que dramatiza eres tú.
—Soy un padre soltero. Estoy en mi derecho de dramatizar cuando quiera.
—¿Padre soltero? Cuéntale a otro ese cuento. O, quizás, debería decir Erzählung, así a lo mejor me entiendes mejor.
De dos zancadas, Jean se puso a su altura, le tomó del cuello de la camisa blanca impoluta y le estampó contra la pared. Armin sintió que su nuca golpeaba contra el ladrillo y cerró los ojos con fuerza, intentando calmar el dolor. Cuando los abrió, se encontró con los orbes desorbitados de Jean, su rostro rojo por la ira.
—Repíteme eso —dijo Jean entre dientes.
—Es lo que has oído. ¿Crees que no he escuchado a Marco hablar en alemán? ¿O crees que no me he dado cuenta cuando estamos en clase que siempre cuenta en alemán en voz baja?
—¿Qué quieres a cambio?
—La verdad.
—No me jodas, Armin.
—Solo quiero saber la verdad. Tu verdad —Armin tomó con delicadeza las manos de Jean, que todavía aferraban su camisa con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos.
—¿Vas a delatarme si no lo hago?
—Puede.
—No me tomes el pelo —Jean emitió un leve bufido que hizo amago de carcajada—. Nunca harías eso— Jean acercó su boca a la oreja de Armin para susurrarle—. Eres demasiado bueno —Y se la mordió.
—¡Aparta! —Armin le empujó, intentando apartarle, pero era imposible.
—¿Vas a hacerte el duro ahora? —con su mano derecha Jean le tomo del rostro, obligándole a mirarle— Estás temblando como un corderillo.
Y, con una violencia inusitada, Jean posó sus labios sobre los suyos. Armin intentó resistirse, le empujó y, cuando Jean rompió aquel beso, Armin sintió tan fríos y tan huérfanos sus labios que, aun a sabiendas de que se arrepentiría, tomó a Jean de la nuca con brusquedad y le atrajo hacia él de nuevo, besándole con toda la rabia que sentía.
Armin no sabía cómo se las apañaban, pero siempre terminaban igual. Se desplazaban por toda la clase, moviendo pupitres y sillas, mientras se besaban, se mordían los labios y Jean le lamía el cuello. Armin siempre había sido un tipo tranquilo, pero, desde que Jean había aparecido en el pueblo hacía siete meses, su mundo se había puesto patas arriba y creía haber perdido la perspectiva.
Jean, en cambio, terminaba soltando los mismos improperios. Porque no entendía por qué demonios no podían terminar lo que habían empezado en el mismo sitio. Y, aunque Armin le repitiera siempre lo mismo, que era inapropiado dar rienda suelta a lo que fuera que sucediera entre ellos sobre uno de los pupitres de sus alumnos, Jean seguía farfullando lo ridículo que le resultaba tener que esperar porque Armin creyera que hacerlo ahí mismo era un insulto a la enseñanza.
"Eres un pervertido". "El único pervertido que hay aquí eres tú. ¿O tengo que recordarte las cosas que te gusta que te hagan?" Armin rodaba siempre los ojos por esos ataques tan sumamente gratuitos y carentes, también, de efecto para él que le dirigía Jean. Pero, al final, era Armin el que siempre terminaba ganando aquella batalla y se movían hasta la planta de arriba del bar de Hanji, donde estaban sus habitaciones.
Armin sabía que, después de aquellos momentos en los que el pensamiento racional brillaba por su ausencia, tendría remordimientos. Iba a llegar más que tarde a casa de Eren y, cada vez que eso sucedía, el castaño debía disculparle ante sus propios amigos e inventarse cualquier excusa. Sabía que Eren se enfadaría por tener que ser él el que recogiera los pedacitos sobrantes del corazón roto de Armin, le recordaría lo imbécil que era Jean Kirschtein y lo mucho que odiaba tener que ocultarle esas cosas a sus amigos. Pero, a pesar de eso, Armin se veía incapaz de ser coherente cuando estaba con Jean y sentía que su vista se nublaba.
Armin terminó clavando las rodillas en el colchón. Jean se rio lento, restregando su nariz contra su espalda ya desnuda, la punta de la lengua siempre fuera. Lo besó en las clavículas. Y Armin siempre pensaba que eran un desastre porque sentía los pantalones de Jean, cinturón desabrochado, por debajo de sus glúteos. Pero ya eso qué más daba. Jean le colocó un mechón de pelo tras la oreja mientras no paraba de susurrarle cosas. Y a Armin le gustaría ser tan sucio como Jean, pero solo tenía una palabra saliendo por su boca y era su nombre.
Armin le acarició la nuca como pudo, estirando su brazo y doblándose hacia atrás. Intentó besarlo, su boca seca, sedienta por beber de la de Jean y juguetear con gusto con su lengua, pero no atinó y terminó besándole en el cuello, entre el hueco del hombro. Y Jean siempre gruñía cuando eso sucedía. Porque ninguno de los dos tenía la paciencia suficiente. Porque Armin sentía que era como una droga y lo único que hacían era caer una y otra vez aunque quisieran dejarlo.
Pero Jean en aquella ocasión respondió. Le mordió el hombro, vibrante, frenético y sudoroso contra él. Armin se agachó, a sabiendas de que los dos estaban a punto de caramelo, y clavó su frente contra el colchón, mordiendo las sábanas. Lo hacía para no gritar, para ahogar en su garganta el nombre de Jean que tanto se moría por pronunciar en voz alta. Sin vergüenza, sin miedo al qué opinen los demás.
Jean rodó entonces sobre él y se dejó caer sobre la cama. Exhausto y vacío. Suspiró y, acto seguido, se incorporó. Armin siguió en la misma posición, con los ojos cerrados y sus puños apretados. Escuchó cómo Jean se subía los pantalones y se abrochaba el cinturón, cómo abría la puerta y, sin decir nada más, la cerró con un sonido seco y taladrador. Y, entonces, es cuando Armin rompió a llorar. Porque era débil. Porque siempre terminaban igual. Porque Jean siempre se marchaba como si nada hubiera ocurrido. Porque se sentía frío y huérfano. Deseaba correr detrás de él para decirle que se terminó, que necesitaba algo más de él. Pero también era consciente de que no podía dárselo. ¿Qué dirían los demás?
Así que golpeó con el puño en el colchón, amortiguando el sonido. Ignorando que todavía estaba desnudo. Siempre se había considerado una persona inteligente, un hombre de razón. Y, por eso, no lo podía entender. Armin no podía entender por qué se había enamorado de alguien como Jean Kirschtein.
~ ¡Nos leemos!
