A/N: ¡Hola a todos! Cuánto tiempo, ¿verdad? Prometí que actualizaría cada dos domingos, pero he estado ocupadísima. Espero volver a esa misma periodicidad a partir de ahora.
Muchas gracias por los comentarios y a las personas que se han pasado a leer esta historia. Me imaginaba que gustaría el hecho de que, en este fanfic, Connie y Sasha estén juntos. Pero es que son la OTP, no pude resistirme jaja
Shingeki no Kyojin y sus personajes no me pertenecen, sino a Hajime Isayama
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[VI]
Armin tenía los pies molidos y sentía que le dolía todo el cuerpo. Siempre le sucedía lo mismo. Terminaba por dejarse arrastrar por Eren para ir juntos al río, como todos los veranos. Connie terminaba enterándose y se apuntaba también y, claro, si Connie iba, Sasha tenía una especie de radar y también se unía a ellos, a pesar de que su tripa era cada vez más abultada y de que sus pies se hinchaban por el calor.
Que no le malinterpretaran. Adoraba a sus amigos. Pero lo que pretendía que se convirtiera en una tarde de verano más, leyendo bajo la sombra de uno de los árboles a la orilla del río mientras Eren le insistía en que probara lo buena que estaba el agua, se terminaba convirtiendo en una especie de batalla campal. Así que tras varias horas de chapoteos, ahogadillas y saltos desde una de las rocas, Armin soñaba con entrar en su habitación y dejarse caer sobre la cama. Sobre su escritorio le esperaban un montón de trabajos que debía corregir cuanto antes. El trabajo se le acumulaba.
—¿Lo habéis pasado bien? —le preguntó Erwin desde las escaleras. Llevaba puesta ropa más cómoda en vez de sus pantalones de pinzas y su camisa blanca, pero ver al alcalde con ropa más de estar por casa no era ninguna novedad para él.
—Sí. Estoy agotado —respondió oliendo la carne que había en un plato sobre una de las mesas del bar—. Aunque Eren y Connie son unos cabezotas y, por no hacerme caso, se han achicharrado los hombros. El agua hace efecto lupa y potencia la radiación solar que la piel recibe. Se lo he dicho miles de veces, pero no hay manera.
—Ya veo —Erwin curvó los labios en una ligera sonrisa, imperceptible para Armin, que estaba más pendiente de llenar su estómago—. Hanji ha dejado eso para ti. No te acuestes tarde —Erwin hizo el amago de marcharse, pero, antes, se dirigió de nuevo a él—. Y no hagas mucho ruido. Marco estará ya durmiendo. Se ha pasado todo el día en el campo con Jean. Estaba agotado.
Armin asintió, observando a Erwin, entonces sí, desaparecer por las escaleras.
A pesar de los años, a Armin le seguía pareciendo curioso que solo los que vivían bajo ese techo supieran exactamente quién era Erwin Smith. El resto de habitantes del pequeño pueblo en el que vivían, Lebucquière, le consideraba la máxima autoridad, cosa lógica teniendo en cuenta el imponente aspecto del rubio. No obstante, Erwin se preocupaba, era amable y pensaba en los demás. Mucho más de lo que el resto creía. Connie solía bromear con la escasez de sonrisas que Erwin mostraba, pero Armin le había visto sonreír en muchas ocasiones, incluso reír a carcajadas. Pero eso siempre había sucedido cuando estaban a solas, especialmente cuando Armin era pequeño.
Erwin era alguien muy especial para él. Tras perder a sus padres en una epidemia que arrasó con muchas vidas en el pueblo, Armin quedó huérfano. ¿Quién querría ocuparse de un niño de nueve años? Suficiente tenía la gente con superar el resto de sus problemas y con intentar no contagiarse. Pero Erwin lo hizo.
Armin aún recordaba aquel día, de verano también, con una enorme tormenta de nubarrones negros como su corazón ensañándose sobre sus cabezas. Estaba acurrucado bajo el quicio de la puerta de su casa, intentando no mojarse, pero siendo sus esfuerzos en vano. Sus zapatillas estaban mojadas y manchadas de barro y solo servían para tirarlas a la basura. Así que sintió ganas de llorar porque su madre le habría regañado por ser tan descuidado. Pero eso ya daba igual, porque no volvería a escuchar su voz. Ni la suya ni la de su padre diciéndole que no pasaba nada, que ya comprarían otras.
Las primeras lágrimas comenzaron a derramarse y, a través de ellas, vislumbró dos pies que se situaron frente a él. Levantó la vista y un rayo iluminó el rostro imperturbable de un Erwin más joven, pero no menos intimidante. No le dijo nada. Simplemente le tendió la mano y, sin más, Armin marchó con él bajo la lluvia. Pero no sintió frío, sino calor. El calor que le proporcionaba sentir que le importaba a alguien, alguien que estaba dispuesto a darle un nuevo hogar.
Se estiró en la silla, negando con la cabeza para sacar aquellos pensamientos oscuros de su mente. Había pasado demasiado tiempo de eso. Se incorporó y dejó el plato sobre la pila, demasiado cansado para limpiarlo y consciente de que la propia Hanji ya se encargaría de regañarlo por ello a la mañana siguiente.
Caminó por el pasillo de la planta superior intentando hacer el menor ruido posible hasta llegar a su habitación, al fondo del pasillo. Frente a la suya, se encontraba el cuarto en el que dormían Jean y Marco, por lo que se quedó observando la puerta cerrada durante unos instantes. Siempre se había preguntado cómo sería el rostro de Jean mientras dormía, si estaría lleno de preocupaciones y si esas ojeras que habían terminado por formarse bajo sus ojos desaparecerían algún día.
No obstante, su sorpresa fue mayor cuando, al introducirse en su dormitorio, Jean estaba ya en él. El chico estaba sentado en el hueco de la ventana, observando con desinterés el cielo estrellado. La luz de la luna iluminaba ligeramente su bronceada piel tras largos días de trabajo en el campo y, por extraño que pareciera, Armin sintió que sus ojos se humedecían, verdaderamente agradecido por poder presenciar la belleza de aquella estampa.
—Vas… Vas a caerte —musitó, haciendo notar su presencia tras segundos de silencio, reteniendo la silueta de Jean en su memoria.
Jean se giró para mirarle, enarcando una ceja. Armin sintió que sus piernas temblaban y que su cuerpo se estremecía. Era como si Jean pudiera atravesarle con aquella mirada descarada.
—Qué va.
Y silencio. Armin deseaba moverse, decir algo coherente, pero se veía incapaz. No al menos cuando Jean estaba cerca. Parecía que éste lo sabía mejor que nadie. Y, sin embargo, no parecía disfrutarlo, no parecía disfrutar el haberse convertido en la debilidad de Armin, sino todo lo contrario.
—¿Qué es-
—¿Lo habéis pasado bien? —le interrumpió Jean. Armin se maldijo por lo bajo, sintiendo cómo sus mejillas se sonrojaban. Dudaba tanto y se sentía tan inferior al lado de Jean que él siempre terminaba devorándole.
—S-Sí —respondió, a pesar del nudo que se había formado en su garganta—. Podrías haber venido.
—Pfff… —Jean rodó los ojos— Paso de tener que aguantar a Jaeger.
—Si os dierais una oportunidad, no os llevaríais tan mal. Además, estaban Connie y Sasha.
—No les caigo bien.
—Eso no es cierto.
—¿Es que se lo has preguntado?
—¿Y tú?
Jean chasqueó la lengua y se pasó la mano por su pelo. Desde que había llegado, le había crecido y el flequillo ya le llegaba hasta las cejas. Poco quedaba del rapado que llevaba en la parte inferior del cabello.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó finalmente Armin, armándose de valor.
—No podía dormir y tampoco quería molestar a Marco.
—Erwin me ha dicho que habéis ido al campo. Eso es muy duro para un niño pequeño.
—Ya. Pero deja de ser duro y convertirse en una obligación cuando necesitas hacerlo para vivir —Jean chasqueó la lengua una vez más—. Además, no es como si le dejara trabajar. Él solo me acompaña.
—Es igual de duro. Hace demasiado calor.
Jean se levantó. Armin sintió que su corazón se detenía porque Jean estaba caminando hacia él. No obstante, lo que el chico hizo fue cerrar la puerta con delicadeza y echar el pestillo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Armin, sintiendo el sonido del latido de su corazón en las sienes. Jean estaba cerca, mucho, quizás demasiado. Armin podía incluso oler el ligero aroma a lilas que desprendía y que le resultaba ridículo. ¿Qué clase de hombre se paseaba con semejante y apetecible aroma?
—¿Tengo que decirlo? —Jean se rascó la nuca, incómodo— Necesito hablar.
—¿Hablar?
—Sí, hablar. ¿Tan raro te parece?
—Es que últimamente no hablamos demasiado.
—Déjalo. Ya veo que no estás de humor —Jean dio dos zancadas hacia la puerta y, al poner su mano sobre el pestillo, Armin se la aferró con fuerza.
—¡No, no! —exclamó, su tono más alto de lo que pretendía.
Las miradas de ambos se encontraron en la penumbra. Armin le suplicó en silencio, pidiéndole que se quedara. Y Jean lo entendió. No dijo nada, sino que se sentó en la cama. El chico se revolvió el cabello y apoyó sus codos sobre sus rodillas. Armin fue paciente, esperando a que fuera él el que hablara primero. Necesitaba poner en orden sus pensamientos.
—No soy belga como os he hecho creer a todos. Soy alemán.
Armin enarcó una ceja. Si eso pretendía ser una confesión, llegaba tarde. Lo había descubierto hacía meses.
—Vale —comentó, cruzándose de brazos.
—Y Marco no es mi hijo.
Armin presionó sus labios formando una fina línea. ¿Es que de verdad Jean creía que eso no lo sabía ya? Lo había deducido a base de gestos, palabras y miradas.
—Pero sé que eso ya lo sabes —Armin abrió la boca por la sorpresa. Por supuesto que Jean eso ya lo sabía. Jean era el único que siempre sabía lo que estaba pasando por su mente, así que le dejó continuar—. No soy una mala persona, Armin. No quiero que pienses eso de mí —Jean elevó su rostro y clavó sus caramelizados ojos sobre él—. Huyo de mi país porque, si me quedaba allí, me matarían. Me matarían igual que han hecho con los padres de Marco y eso no lo podía permitir.
—¿Quiénes son entonces los padres de Marco?
—Mi mejor amigo, Marco Bodt, es su padre. Lo asesinaron disparándole por la espalda en un callejón. O, al menos, esa es la información oficial.
—¿ Y su madre?
—La madre de Marco era la chica más maravillosa que he conocido nunca —respondió tras una larga pausa—. La apresaron antes de que asesinaran a Marco. Lo último que supimos a través de nuestros contactos es que fue enviada a un campo de concentración. ¿A cuál? No lo sé. Lo que sí sé es que eso es la muerte segura.
—¿Por qué? —Armin dibujó una mueca, su rostro horrorizado.
—No llegáis a ser conscientes todavía de lo que pasa en Alemania, no en este pequeño pueblo perdido de la mano de Dios. Me buscan porque no estoy de acuerdo con las políticas de Hitler y porque he luchado desde las sombras para intentar acabar con él. Pero no pude seguir luchando cuando ese niño se quedó huérfano.
—¿Por qué me cuentas esto ahora?
—Porque es una carga muy pesada, maldita sea. Erwin me acogió en este pueblo como uno más. Solo quería empezar de cero, dejar nuestro pasado en Alemania atrás, huir de la guerra. Pero parece que la guerra siempre nos termina encontrando…
—No estamos en guerra.
—Aún no.
Armin suspiró y se acercó hasta Jean. Este último pasó sus manos por las piernas de Armin, apretando con sus yemas en los músculos hasta subir su mano derecha por sus caderas, rodeándole con ella, y dejando la otra sobre su muslo izquierdo. Armin sintió la frente de Jean contra su hombro y rodeó con su brazo derecho a Jean, atrayéndole aún más con delicadeza en un abrazo que decía mucho más que las palabras.
—Si descubren que tenéis un alemán en el pueblo, vendrán a por mí —musitó Jean, restregando su nariz contra el pecho de Armin.
—No digas eso. No has hecho nada malo —Armin hizo una pausa—. No me puedo ni imaginar por lo que tuvisteis que pasar para salir de Alemania. Y todo lo has hecho para proteger a Marco, Jean. Eso es admirable. De verdad.
Jean se apartó ligeramente de Armin para levantar la vista y mirarle a la cara. Extendió sus manos hacia él y las posó sobre sus mejillas, acariciándolas con sus pulgares. Armin sintió arder la piel bajo el tacto del muchacho, las puntas de sus dedos callosas tras el duro trabajo en el campo.
—Eres precioso, Armin.
Y, entonces, los ojos de Armin brillaron. Brillaron como los destellos que emite el agua al reflejar los dorados rayos del sol.
Como un imán, Armin se vio atraído hacia Jean. Se agachó para poder rozar la punta de la nariz con la suya. Jean levantó aún más su rostro y dejaron que sus labios se acariciaran durante varios segundos, sintiendo lentamente cómo se fusionaban y se convertían en uno.
Armin se sentía vivo cada vez que se besaba con Jean, lleno de esperanzas y de sueños, pero al final terminaba repleto de remordimientos. No obstante, aquella vez era distinto. No era una atracción fogosa y llena de rabia, sino que Armin sentía que, por primera vez en aquellos siete meses, Jean le estaba dejando ver su verdadero yo. Armin siempre había soñado con eso. Con tumbarse en una cama con Jean y dejar que le comiera a besos, de esos que saben a limón y sal.
Aquella noche no se relacionaron de la misma manera en la que lo hacían siempre, sino que disfrutaron el uno del otro, llenando el vacío que sentían. Armin pudo, por primera vez, tocar a Jean, sentirlo y desearlo. Pudo enrollarse con él en las sábanas, suspirar mientras Jean se entretenía en la parte baja de su abdomen y dejar que él enterrara la mano en su pelo, arqueando la espalda cuando Jean le besaba repetidas veces en el cuello. Porque Armin se permitió morderle en la oreja, se permitió acariciarle el rostro, contar sus lunares y obligarle a mirarle cada vez que se lo pedía entre gemidos. Porque lo único que deseaba era que Jean se perdiera, que se perdiera en el abismo de sus grandes y profundos ojos azules para no salir jamás de él y quedarse allí abajo, con él, para siempre.
A la mañana siguiente, cuando Armin abrió los ojos, Jean seguía ahí. Dormía a su derecha, su cabello castaño revuelto tras una larga noche. En el rostro de Jean, tal y cómo Armin siempre había imaginado, no había preocupaciones, sino que Armin advirtió una ligera sonrisa en sus labios. Sintió ganas de acercarse y besarlos con brevedad, pero tenía miedo de hacerle despertar y que todo volviera a ser como siempre entre ellos.
Porque amar a Jean Kirschtein dolía. Pero dolía un poco menos si le tenía todas las mañanas a su lado cuando despertara.
~ ¡Nos leemos!
