A/N:¡Hola! Estoy de vuelta. Soy lo peor porque, a pesar de tener este fanfic ya escrito, no estoy cumpliendo para nada con lo que prometí de que iba a actualizar cada dos domingos. Espero que me disculpéis por ello.
Muchas gracias a UnaFan por su review. Como ves, no pienso dejjar esta historia sin acabar porque ya la tengo completada. Mil gracias por seguirla.

Shingeki no kyojin y sus personajes no me pertenecen, sino a Hajime Isayama


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[VII]

Eren dio un trago al licor y se apoyó en el respaldo de la silla. Armin rodeó la mesa para recoger el plato de su amigo y lo dejó en la pila.

—Deja eso —Eren rodó los ojos. Conocía a Armin lo suficiente como para saber que sus intenciones eran limpiar los platos.

—No voy a dejar esta pila de platos aquí acumulados.

—Eres mi invitado. Estás cenando en mi casa, Armin.

—Seré tu invitado, pero también soy tu amigo y te digo que eres un guarro, Eren.

—¡Eh! —Eren le señaló con su dedo índice de forma acusatoria— ¿Qué clase de invitado insulta al anfitrión?

—La clase de invitado que odia la suciedad —replicó Armin tomando el estropajo y el jabón.

Eren se había enfadado con él la tarde en la que habían quedado para cenar con Sasha y Connie y Jean se había presentado por sorpresa en el colegio. Como siempre, Eren había tenido que cubrir su ausencia y, unas dos horas más tarde, Armin había aparecido moralmente destrozado. Respondió que solo estaba cansado tras un día de locura con los niños en la escuela a las preocupaciones de Sasha y Connie, pero Armin había podido escuchar cómo el interior de Eren estallaba por la ira.

Eren odiaba a Jean. Era mutuo y todo el mundo en el pueblo lo sabía. Cada palabra de uno venía acompañada de la réplica del otro. Según Armin, el problema residía en que los dos eran iguales, de ahí el choque de personalidades, pero los dos insistían que no se parecían en absoluto. Y ahí estaba Armin, como siempre, dudando entre las dos orillas. No obstante, no es que tuviera que elegir entre uno u otro, pero resultaba complicado, sobre todo cuando él prefería evitar los conflictos a toda costa.

Eren era su mejor amigo desde que Armin tenía uso de razón. Eren había sido siempre un niño más bruto e hiperactivo, todo lo contrario que él, pero, cuando estaba con Armin, Eren sacaba a relucir una faceta desconocida para todo el mundo. Si había alguien a quien siempre escuchaba, ese era Armin. Él era siempre el primero en conocer cuáles eran sus dudas, sus problemas y, también había sido el primero –y hasta el momento el único– en conocer su orientación sexual. Armin había tenido miedo, mucho, de decirle a Eren que se sentía atraído por el mismo sexo, pero no pudo ocultarlo más cuando en Lebucquière apareció aquel joven de 23 años llamado Jean Kirschtein acompañado de un niño pequeño que decía ser su hijo. ¿Qué iba a pensar Eren? ¿Querría seguir teniendo relación con él después de revelarle su secreto? ¿Y qué sucedería si el resto del pueblo se enteraba?

Por otra parte, estaba Mikasa. Sus padres habían sido asesinados por unos bandidos cuando ella era solo una cría y, desde aquel momento, los Jaeger se habían ocupado de ella, convirtiéndose en la hermana de Eren y, por qué no, también en la mejor amiga de Armin. Ésta era una joven taciturna y reservada, pero también protectora. Armin nunca había hablado con ella sobre cómo se sentía, pero suponía que no hacía falta porque Mikasa era demasiado intuitiva. Los niños solían meterse con él en el colegio por su aspecto afeminado y, aunque Eren siempre se disfrazaba de salvador, era en realidad Mikasa quien terminaba ayudando más a Armin. Así que había terminado perdiendo a su máxima valedora cuando ésta decidió convertirse en enfermera con el objetivo de poder alistarse al ejército, ya que aquella era la única forma de que una mujer experimentara lo que era una guerra. Aquella decisión había cabreado a Eren y aquel enfado le seguía durando, pero Armin había terminado por resignarse, decidido a apoyar a su amiga y, cada cierto tiempo, compartían cartas en las que ella les informaba sobre cómo iba su formación.

Armin recordaba todas aquellas mañanas de domingo en la iglesia, cuando asistían a misa. Sus padres nunca habían sido especialmente creyentes, pero el 'qué dirán' siempre era más fuerte y asistían a misa por el simple hecho de aparentar, de no ser los únicos en ausentarse. Durante toda su infancia, Armin había escuchado de boca del párroco que acudía a dar la misa a distintos pueblos de la zona que el amor solo podía darse entre un hombre y una mujer. Por eso, Armin se sentía como un monstruo, una mancha en la sociedad que debía ser exterminada.

"No vuelvas a decir que eres un monstruo, Armin"

Armin siempre se repetía las palabras que Eren le dijo el día que finalmente le confesó todos sus temores cuando le entraban dudas. Él nunca le daría la espalda y, aunque no comprendía el hecho de que a un hombre pudieran gustarle los hombres, Armin seguía siendo Armin. Eso no cambiaría. No obstante, y aunque Eren le dijo que fuera abierto con su situación, Armin prefirió guardar silencio y, desde entonces, no había hablado con nadie del asunto. Porque les habían enseñado a creer que aquello que le sucedía a Armin era antinatural.

Así que, cada vez que terminaba enredado entre las sábanas con Jean y éste se marchaba como si nada hubiera sucedido, Armin se sentía sucio y roto por dentro. Al único que podía acudir era Eren y éste había terminado por despreciar a Jean. Sin embargo, Armin se veía incapaz de culpar a Jean porque, cuando coincidían en el bar, Jean se mostraba encantador con él. Podían estar hablando durante horas de todo y de nada. Conectaban. Y tras la pasada noche estaba seguro de eso más que nunca. Jean seguramente tenía los mismos temores que él, el temor a ser castigado por no seguir lo dictado por la sociedad, especialmente cuando él ya había perdido tanto.

—Hoy he visto al capullo de Kirschtein —comentó Eren jugueteando con el vaso de cristal en el que todavía había algo de licor.

—¿Es necesario que utilices ese calificativo para referirte a él? —Armin tomó asiento frente a su amigo, secándose las manos con un trapo tras haber terminado de recoger.

—Es imprescindible —sentenció Eren, dando el último sorbo a la bebida. El castaño lo posó con un sonido seco y emitió un pequeño grito de júbilo al sentir el calor del alcohol quemándole la garganta.

—Deberías respetarle un poco más. Aunque solo sea por mí —Armin se sonrojó.

—Estás bromeando, ¿verdad? —Eren enarcó una ceja— ¿Tengo que recordarte cómo llegaste hace un par de semanas a mi reunión de amigos? Un día le voy a dar una paliza.

—No le conoces.

—¿Y tú sí?

—Sí, Eren. Yo sí le conozco.

—El hecho de que sea encantador, simpatiquísimo y maravilloso, como dices tú, cuando estáis rodeados de gente no quiere decir que le conozcas.

—Sí, Eren. Si te digo que le conozco, es que le conozco —Armin apretó sus labios, formando una fina línea, pues sabía que, si no lo hacía, todo lo que Jean había compartido con él la noche anterior se escaparía entre sus labios.

—Si tú lo dices… —Eren pareció rendirse y se encogió de hombros— Con un poco de suerte, algún día conocerás a alguna chica estupenda y te olvidarás de ese 'Cara caballo'.

Armin sintió un pinchazo en el estómago. ¿Conocer a alguna chica? ¿Olvidar a Jean? ¿Qué clase de problema tenía Eren? No iba a olvidarse de Jean. No funcionaba así.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, aunque sabía perfectamente a qué se refería, pero no podía creer que Eren pensara así.

—Pues que te enamorarás algún día de una mujer. Eso que dices que sientes por Jean será pasajero y esto será una tontería de la que nos terminaremos riendo.

Una tontería

Armin se mordió el labio y apretó los puños con fuerza. Odiaba que Eren dijera todas esas cosas, que creyera que sus sentimientos por alguien eran tan volátiles. No obstante, no le culpaba. Porque él no comprendía por qué le estaba pasando eso, porque tenía miedo de mostrarse tal y cómo era y porque tenía miedo al rechazo.

—No lo entiendes… —murmuró.

—¿El qué no entiendo?

—Me gusta Jean —susurró. Eren parpadeó varias veces, perplejo. Armin frunció el ceño y golpeó con sus puños en la mesa de madera— ¡Me gusta de verdad, Eren! ¿Qué clase de problema tienes? No puedo estar con una mujer porque no me enamoraría nunca de una, no siento atracción por el sexo femenino.

—Te estoy diciendo que eso es porque no has encontrado a la adecuada.

—¡Te he dicho que no! ¿Qué pretendes? ¿Qué me case con una porque sí? ¿Fingir que amo a una persona? No puedo hacer eso, Eren.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Vivir con Kirschtein? —Eren hizo una mueca— ¿Estás mal de la cabeza? ¿Qué crees que pensaría el resto? Por el amor de Dios, Armin… Eso es asqueroso. Es antinatural. Pero te puedes curar. Tienes que dejar que te ayude y Kirschtein no te ayuda.

Los ojos de Armin se abrieron de par en par. Eren comprendió inmediatamente que algo, dentro de su amigo, se había roto. Armin ya había pensado todas esas cosas, pero escucharlas de la boca del castaño era diferente. Era doloroso. No esperaba que Eren comprendiera, pero creía que, al menos, le apoyaría.

—Armin…

—Tengo que irme —Armin se puso en pie, interrumpiendo a Eren. El rubio tomó su chaqueta y caminó hacia la puerta.

—¡Armin! ¡Espera! —Eren se levantó tan deprisa que volcó la silla. Corrió hacia su amigo y le tomó del brazo con fuerza, obligándole a girarse y a mirarle— No quería. Es solo que…

—No, Eren. No es solo eso. No tenía que habértelo contado. Es… ¡Es raro! ¡Soy un bicho raro! ¿¡Crees que no lo sé!?—Armin juntó sus labios formando una fina línea y Eren agachó la mirada, apesadumbrado— ¿Ves? Somos amigos y te conozco. Estás fingiendo que todo está bien porque me aprecias, pero siento que eres diferente conmigo desde que hablé contigo hace un par de meses. He notado cómo me observas —Armin emitió una leve carcajada, cansada y decepcionada—. Me gustan los hombres, Eren, pero eso no significa que me vaya a tirar al cuello del primero que pase. No lo he hecho contigo. No lo he hecho con Connie. Y, definitivamente, tampoco lo he hecho con Jean. Lo que me sucede con él es mucho más profundo, tanto que no puedo explicarlo con palabras. Porque, por ridículo y repugnante que sea, estoy enamorado de él, Eren. Y no necesito que tú lo entiendas. Solo necesito que me digas que todo irá bien, aunque sea mentira.

—Armin-

La voz de Eren fue interrumpida por unos fuertes gritos. Los dos jóvenes permanecieron en silencio junto a la puerta de la casa de los Jaeger. Se escuchaban voces en el exterior y, a continuación, un grito cruzó las calles de Lebucquière.

Armin abrió la puerta y salió corriendo. Eren gritó, intentando detener a su amigo, pero ya era tarde. El rubio corría calle abajo ignorando las luces encendidas y las puertas abiertas de las casas que iba dejando atrás. Había reconocido aquel grito. Esa era la voz de Marco.

Cuando giró la esquina, a unos pocos metros de la casa de Eren, se extendía la explanada que había frente al bar y la casa de Erwin y Hanji. A un par de metros, había un furgón de la policía francesa. En la puerta, Marco era sostenido por Hanji mientras éste gritaba el nombre de Jean una y otra vez, con lágrimas en los ojos.

Vio cómo se llevaban a Jean, cómo, con sus manos esposadas, era metido en la parte trasera del furgón y, con un sonido seco, los policías cerraban la puerta, montándose inmediatamente en el vehículo y diluyéndose en la oscuridad de la noche. Al perderse los faros rojos del furgón, Armin cayó de rodillas en el suelo y comenzó a sollozar. A su alrededor, los habitantes del pueblo habían sido testigos de lo mismo que él. Jean Kirschtein había sido detenido.

Durante los días siguientes a aquel hecho, la gente seguía especulando sobre quién era Jean Kirschtein en realidad. Armin, por su parte, prefirió guardar silencio, procurando mantenerse ajeno a todos los rumores que a sus oídos llegaban. No obstante, Erwin y Hanji exigieron a Armin respuestas y, a ellos, no podía negárselas a pesar de las dudas que sentía por cómo reaccionarían. No dijeron nada cuando Armin terminó de explicarles la situación, pero no hizo falta. Habían entendido. Y Armin se sintió mal consigo mismo por haber dudado de ellos.

Aunque Erwin y Hanji recuperaron pronto la normalidad en sus vidas, Armin podía entrever cierta preocupación en sus rostros. Ahora tenían bajo su cuidado a Marco, el que, sin ninguna duda, peor lo estaba pasando.

—¡Jean! ¡Quiero a Jean!

Aquel grito, acompañado del más doloroso de los llantos, se convirtió en una costumbre. Aquella noche, Armin encendió la luz y se levantó, entrando en la habitación para encontrarse a un Marco acurrucado en las sábanas de su cama, llamando a su padre incansablemente.

—Marco…

—¡Vete! —le gritó el niño.

—Marco…

—¡Quiero que te vayas!

Armin prefirió no hablar más. Marco se cubrió con las sábanas y se dio la vuelta, dándole la espalda y llorando desconsoladamente. Armin se acercó hasta él, se sentó en la cama y posó su mano sobre el cuerpo del pequeño. Tomando todo el valor posible, Armin se acurrucó junto a él y le abrazó con fuerza, haciéndole saber que estaba ahí, que, por muy incomparable que fuera a Jean o a sus padres, le tenía a él. No estaba solo. No lo iba a permitir. Porque Armin creía que aquella era su penitencia, era su castigo por todo lo que había sucedido entre Jean y él, pero, aun así, se veía con fuerzas para seguir luchando por él. Y, a partir de aquella noche, Marco no volvió a gritarle nunca más.

El 3 de septiembre de 1939, Alemania le declaró la guerra a Francia.


~ ¡Nos leemos!