A/N: Hola a todos. Esta vez si he cumplido con la publicación del nuevo capítulo del fanfic. El anterior acababa con Jean siendo arrestado por la policía francesa y la declaración de la guerra a Francia por parte de Alemania en septiembre de 1939. Este capítulo tiene varios saltos y es un poco de transición, pero espero que guste.
Disfrutad de la lectura :)

Shingeki no Kyojin y sus personajes no me pertenecen, sino a Hajime Isayama


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[VIII]

Mayo de 1940

Habían pasado nueve meses desde que Alemania le había declarado la guerra a Francia. Nueve meses de incertidumbre y nueve meses sin saber nada de Jean Kirschtein. Erwin, cuya mirada había dejado fijada sobre la madera del suelo, levantó los ojos, buscando algo de ayuda en el busto de la república que había sobre la esquina de su despacho en el ayuntamiento. La bandera de Francia, a su lado, reposaba inerte. Tan inerte como el espíritu de Lebucquière desde que se había conocido la noticia de que Jean Kisrchtein era alemán y había sido condenado por espionaje.

—Ha llegado la gente —Hanji colocó una mano en su hombro, dándole los ánimos que le faltaban. Vestía de negro, el color del luto. Un presagio.

—Estoy listo —el rubio se puso en pie y se giró para que Hanji le colocara la camisa y la chaqueta antes de salir.

Fuera le esperaba su pueblo. Caras de incertidumbre y, entre ellas, localizó rápidamente la de Armin. Junto a él, rostro medio oculto en el brazo del muchacho, estaba Marco, aferrado a la mano de Armin como si su vida dependiera de ello. No obstante, la pequeña Pauline se acercó hasta él.

—¡Hola! —la niña le tocó en el brazo y salió corriendo. Marco miró a Armin, quien le sonrió, y el niño se soltó de su mano, corriendo detrás de la hija de los Sabourin.

—Venid —anunció Erwin, captando la atención de los allí presentes para que se acercaran y pudieran escucharle mejor—. Acercaos —cuando la gente se arremolinó a su alrededor, continuó—. Me acaban de llamar por teléfono de la prefectura —Erwin, subido a un carro para que todos pudieran verle, hizo una larga pausa—. Los alemanes están a las puertas de Arras desde esta mañana temprano.

—No es posible —un murmullo se extendió rápidamente y muchos se empezaron a inquietar.

—Que no cunda el pánico —intervino Erwin antes de que aquello fuera a más—. La ciudad está defendida por los británicos, como en el 14.Y en esa época Arras nunca cayó. Los alemanes aguantarán el tiempo que haga falta, pero se les acabará mandando a su casa como la última vez —aquello pareció convencer a la gente, que parecía más animada—. Hace un año, el gobierno nos dio consignas en caso de invasión. Cada comuna del norte de París recibió instrucciones para que los habitantes pudieran marcharse a ciudades de acogida situadas más al sur. La prefectura nos pide que apliquemos esas consignas ahora. Y lo que vamos a hacer es nuestro deber.

Tras aquellas palabras, la reacción fue en cadena. Nadie daba crédito a lo que su alcalde decía.

—Debemos irnos a Dieppe—sentenció Erwin.

—¡Qué!?

—¿¡A Dieppe!?

—¿¡Cómo!?

—¿Tan lejos?

—En el Sena inferior —prosiguió Erwin, elevando la voz para hacerse escuchar entre los quejidos de la población—. Vamos a abandonar provisionalmente nuestros campos y nuestras casas para marcharnos a Dieppe tranquilamente —Erwin tuvo que elevar la voz para hacerse escuchar ante la indignación de sus vecinos—. Tranquilamente. Como se nos pide.

—Nos dijeron que estaríamos escoltados por la gendarmería —intervino Eren—. Pero, ¿dónde están los gendarmes?

—¡Eso es!

—¿Dónde están?

—¿Sabéis qué? —Erwin fijó sus ojos azules en todos y cada uno de los allí presentes— Yo tengo confianza. Y no necesito que me lleven de la mano para ir a cualquier parte.

—Ya, pero no podemos irnos sin más dejando todo detrás de nosotros y sin saber si, de verdad, nos esperan allí —insistió Eren—. Connie y Sasha tienen un bebé. ¿Crees de verdad que el hacer ese viaje será bueno para él?

—¿Y qué es lo que propones, Eren? ¿Qué esperemos aquí a los alemanes y revivir aquí las trincheras, los bombardeos y los gases, como en el 14? Tú no llegaste a vivir eso —Erwin frunció el ceño—. ¡Los alemanes están a las puertas de Arras! ¡No vas a tener que esperarlos mucho, créeme! —Eren agachó la cabeza mientras Connie le daba unas palmaditas en la espalda— Haced lo que queráis, pero, en cualquier caso, no tengo la consigna de llevaros a la fuerza. No obligo a nadie. Nadie debe hacer nada. Seguid vuestro camino —Erwin dio media vuelta y bajó del carro.

—¿Y qué hacemos?

—¡No podemos irnos!

—Vamos, Hanji —Erwin posó su mano en la espalda de la mujer y la sacó del revuelo que se había formado a su alrededor.

Durante un breve periodo de tiempo, los ojos del alcalde se encontraron con los de Armin. El chico tenía los labios apretados en una fina línea. Casi que podía leerle el pensamiento. No quería marcharse de allí ante la perspectiva de que Jean regresara algún día. Pero ya era demasiado tarde. Había que tomar una decisión.


—Venga. ¡Vamos!

Erwin sacó al día siguiente a los conejos de las jaulas que tenía en la parte trasera de su casa y los dejó sobre el suelo. Los animales se quedaron en el sitio, inmóviles y seguramente aturdidos tras haber pasado toda su vida encerrados.

—¡Venga! ¡Fuera! —insistió dando con la bota en el suelo para ahuyentarlos, pero parecía inútil.

Erwin emitió un suspiro, rindiéndose, y se alejó hasta el granero para sacar a las tres vacas que le proporcionaban la leche que necesitaba. Las observó marchar, caminando con paso aletargado, hacia el viejo generador del pueblo. Erwin se detuvo, sus hombros cayendo a los lados con pesadumbre, e intentó retener aquella estampa en su memoria. Por mucho que les hubieran dicho que aquello era temporal, la incertidumbre de la guerra le hacía cuestionarse si aquella sería la última vez que pisaría el campo de Lebucquière tal y cómo lo conocía.

Se giró y rehízo sus pasos, caminando hasta su casa, la casa en la que sus padres habían vivido, la casa en la que él había crecido y en la que había visto crecer a Armin después de la muerte de sus padres. En la puerta le esperaba ya Hanji, que había dejado unas cuantas bolsas en la entrada para terminar de cargar en la parte trasera de la camioneta. La mujer salió del interior de la casa portando dos maletas.

—Voy a preparar el camión —se puso a su altura y dejó las maletas en el suelo para que él se encargara—. Lo ataremos al carro para no gastar gasolina. ¡Y no te olvides de cerrar la puerta con llave!

Erwin, que había cogido una de las bolsas, se detuvo y dio media vuelta. Los dos guardaron silencio por unos segundos hasta que el rubio se atrevió a hacer la pregunta.

—¿Y para qué? Si hay gente que quiera pasar, no tirarán la puerta al menos.

Hanji miró al suelo y dio media vuelta. No había más que hablar.

Erwin terminó de colocar en el camión los últimos muebles antes de partir de madrugada. Subió una silla que cayó con un sonido seco al fondo del vehículo y se percató por el rabillo del ojo de que Armin se acercaba hacia él subido en su bici.

—¿Y qué hago con el niño? —preguntó el rubio cuando se puso a su altura, bajándose de la bici.

Erwin se bajó de la escalerilla en la que estuvo subido y se acercó a Armin para hablarle con franqueza.

—Arras ha sido evacuada. Menos la cárcel —el rostro de Armin palideció—. A la hora que es, Jean debe de haber muerto en los bombardeos. O le habrán cogido los alemanes, que es lo mismo —Erwin guardó silencio. Armin no decía nada y pronto supo por qué. Los ojos del muchacho comenzaron a cristalizarse y, cuando notó que Armin se había dado cuenta de ese detalle, el muchacho miró para otro lado—. Tienes que llevarlo hasta Dieppe, Armin. Allí, sin duda, habrá un montón de huérfanos. Seguramente habrán previsto algo para ellos.

Erwin se detuvo inmediatamente. Armin le estaba taladrando con la mirada. En su expresión solo había desprecio, algo que hirió profundamente a Erwin, pues podía soportar que le odiaran, pero no Armin.

—No puedo creer que digas eso —farfulló Armin entre dientes.

—Armin —Erwin dio un paso hacia él, pero el muchacho se aferró al manillar de su bici y se subió de nuevo a ella.

—Yo soy un huérfano, Erwin. Lo soy desde que tenía ocho años —la voz del muchacho se quebró—. No voy a dejar a Marco. No voy a permitir que se lo lleven. Porque Jean está vivo. Lo sé.

Armin dio media vuelta. Erwin chasqueó la lengua, observándole marchar, pero no quería decir más para no incrementar el rencor que Armin sentía por él en ese momento. ¿Egoísta? Lo era. Pero no quería que Armin, aquel muchacho al que consideraba como su propio hijo, tuviera que deberle nada a nadie.


Hannes apoyó el codo en la mesa y suspiró. A su alrededor, el trabajo de su vida, heredado de generación en generación, quedaría reducido a la nada. Varias botellas le rodeaban y, nada más dejar la copa ya vacía sobre la superficie, se giró para observar la pared repleta de botellas de vino que nunca serían probadas.

—Veamos qué tal sabe este Côtes-du-Rhône —musitó, observando la botella con detenimiento antes de sacar el corcho para saborear el líquido—. No vamos a permitir que se lo beban los alemanes.


Armin limpió la pizarra con energía, más de la normal. Tras su pequeña charla con Erwin se sentía frustrado. No esperaba que el hombre le invitara a abandonar a un niño pequeño al que ya no le quedaba nada.

—Quiero quedarme aquí.

Armin se detuvo en sus movimientos. Se giró para encontrarse a Marco de pie en medio de la clase, observándole con detenimiento. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Armin se acercó al pequeño y, cuando se puso de cuclillas frente a él para que sus miradas quedaran más o menos a la misma altura, Marco prosiguió.

—Jean va a venir a buscarme. Me lo prometió.

Armin tomó la mano del pequeño Marco y la besó. Aquel gesto, inocente y desinteresado, llenó los ojos del pequeño de lágrimas. Tras un puchero, pasó sus brazos por el cuello de Armin y enterró su rostro en su hombro, rompiendo a llorar. Armin miró al techo, buscando la fuerza necesaria para no derramar las lágrimas que amenazaban con desbordarse de su lacrimal. Tenía que ser fuerte por Marco. Y por Jean.

Pero resultaba difícil. Resultaba difícil continuar cuando debían marcharse del único lugar que había conocido. Lebucquière era su hogar y, si se iban, no tendrían nada. ¿Y cómo les encontraría Jean? ¿A qué lugar podrían mandar cartas? Por unos instantes, Armin creyó sumirse en la desesperación más absoluta, pero solo cuando tocó fondo, tuvo el valor suficiente para volver a intentarlo. Tenía la respuesta frente a él.

—Marco —Armin tomó al pequeño de los hombros y le separó de él, obligándole a mirarle—. Escúchame, Marco. Tengo una idea.

—¿Vas a quedarte aquí conmigo? —el niño parpadeó confuso, sus ojos enrojecidos por el llanto.

—No, Marco. Vamos a irnos. Porque es lo que hay que hacer —el niño apretó sus labios formando una fina línea, pero dejó que Armin continuara—. Vamos a dejar a Jean mensajes, le daremos pistas para que sepa por dónde hemos ido y para decirle que estamos bien.

—¿Cómo?

—Coge tiza, Marco —Armin se incorporó y se giró hacia la pizarra, dibujándose en su rostro una amplia sonrisa—. Vas a escribir tu primer mensaje a Jean.

Siempre había esperanza.


—Cuando reconstruyamos la casa, quiero que pongamos la cocina en el sur. Así habrá luz a mediodía.

Erwin miró a Hanji con los ojos abiertos como platos. La mujer, sin decir nada, se acercó dando saltitos hasta el camión, donde tomó asiento. Finalmente, Erwin emitió una leve risita y dio una palmadita en el trasero a uno de los caballos que arrastraban en carro y el camión para que comenzaran a caminar. Les esperaba un largo camino solos, sin nadie para hacerles compañía.

O eso era lo que pensaba.

—So… —dijo, deteniendo a los caballos.

—Tienes razón —Eren iba el primero. Al girar la primera esquina de la calle principal del pueblo, les esperaba una caravana formada por las gentes de Lebucquière, que dejaron que Eren hablara por ellos—. Vamos a Dieppe. Luego ya se verá.

Al lado del castaño, sosteniendo la bici con una mano y abrazando con la otra a Marco, estaba Armin. Las miradas de ambos, la de Erwin y la de Armin, se cruzaron, pero, tan pronto como lo hicieron, Armin la apartó para mirar hacia atrás. Erwin se asomó a la esquina de su casa y, así, pudo apreciar mejor que el resto del pueblo se distribuía formando una fila. Todos le dedicaron la más sincera de las sonrisas y, aunque Erwin se mantuvo impasible, como siempre, una sensación calurosa se instaló en su pecho. Porque no sabía qué había hecho para merecerlos. Estaban poniendo toda su confianza, todo lo que tenían, en sus manos.

—Muy bien —articuló tras recomponerse de lo que veían sus ojos—. Pero, si me seguís, permaneceremos juntos. Y se hará lo que yo diga. Si no, no funcionará.

—Como de costumbre, en definitiva —farfulló Eren, despertando en Armin una sonrisa de medio lado.

—Vamos, Hitler —Erwin regresó sobre sus pasos y tomó de nuevo las riendas de uno de los caballos—. ¡Arre! —emprendió la marcha el primero.

—Vamos. Arre —Eren tiró de uno de sus caballos y siguió al alcalde de cerca, el resto del pueblo comenzando a caminar junto a ellos, ya fuera a pie o en los carros tirados por caballos. A su lado, Armin caminaba en silencio. Llevaban tiempo sin hablarse como antes, pero, al mirar de reojo, el castaño se percató de que Armin también le miraba de soslayo. No dijeron nada, pero ambos se sonrieron.

Armin fue el primero en regresar su vista al frente. Posó sus ojos sobre la camioneta de Hanji y tragó saliva. Sintió el abrazo de Marco, inseparable de él, y se prometió a sí mismo que, a partir de entonces, todo iba a salir bien. Tenía que salir bien.


~ ¡Nos leemos!