A/N: Semanas después, pero ¡estoy de vuelta! No sé por qué puse lo de que iba a actualizar cada dos domingos si luego me da pereza xD
Shingeki no Kyojin y sus personajes no me pertenecen, sino a Hajime Isayama
[X]
El silencio era sobrecogedor. Pero, ¿quién quería hablar cuando lo único que les esperaba era la incertidumbre? Caminaban en silencio, carros arrastrados por caballos o mulas mientras algunos, los más calurosos, se abanicaban buscando un poco de aire fresco tras pasar varias horas bajo el incesante sol de mayo. A lo lejos, un coche estaba detenido en un camino paralelo al suyo. La familia del vehículo estaba intentando arrancarlo sin éxito, pero, en vez de ayudarlos, miraron para otro lado. No eran tiempos para la bondad. Tenían un largo camino a Dieppe y no debían detenerse más de lo necesario.
Armin caminaba un poco más atrás de la camioneta que arrastraban los caballos de Erwin junto al carro. Había aminorado sus pasos para ponerse a la altura de Eren y poder entablar conversación con él, pero, al cabo de las dos horas aproximadas, habían terminado por quedarse mudos, como si fueran dos desconocidos. Armin estaba dispuesto a olvidar lo que Eren le había dicho, pero había fracasado en el intento y todas las cosas que se habían dicho hacía unos meses seguían pesando para ellos. Lo intentaban, pero la situación no era normal entre ambos.
Posó sus ojos momentáneamente sobre Marco. Debido al calor, el niño había optado por quitarse la chaqueta de su traje de pantalón corto marrón y dársela a Hanji para que la guardara. Caminaba junto a uno de los caballos, Hitler –en opinión de Armin un nombre de los más impropio y desagradable para un animal–, el más fiero de los dos equinos que poseía el alcalde. Y, curiosamente, era de lo más manso con Marco.
–¿Te importaría hacer de explorador?
Armin siguió con la vista al frente, sin dirigir ni una sola mirada hacia Erwin. El hombre se había acercado hasta él, pretendiendo no estar interesado en él, pero, desde el principio, Armin sabía de sus intenciones. Quería hablarle y lo había hecho.
–¿Explorador? –preguntó, enarcando una ceja. No había olvidado las palabras de Erwin sobre Marco, cómo pretendía que dejaran al niño tirado– ¿Y qué se supone que tengo que hacer exactamente?
–Te adelantas con tu bici para ver si podemos salir a la Nacional sin peligro.
Armin no respondió. Tras unos segundos de reflexión, el rubio aceleró el paso para alejarse de un Erwin que le miraba con la comisura de sus labios ligeramente hacia arriba, en una sonrisa prácticamente imperceptible. De un saltito, Armin se subió a su bicicleta y comenzó a pedalear, alejándose a gran velocidad.
Resultaba inquietante que el único sonido que le acompañara fuera el de los pedales de su vieja bicicleta, ligeramente oxidados por el paso del tiempo, y. de vez en cuando, el piar de ciertos pájaros. A lo lejos, hectáreas de campo, de un verde intenso, se extendían frente a sus grandes orbes azules. No había nadie. No había nada.
Soltó una carcajada que se llevó el viento que removía su cabello del color del oro. Se sintió estúpido, estúpido por haberse asustado de un par de palomas que salieron volando de un árbol cercano al camino que seguía. Y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió libre y carente de preocupaciones. Soltó los mandos de la bici y estiró sus brazos hacia lo alto, disfrutando del momento e intentando atrapar con sus pequeños y finos dedos las nubes de algodón que manchaban el firmamento.
Tras varios minutos de pedalear, le pareció escuchar ruido de muchedumbre a lo lejos. El final del camino que debían seguir en un principio estaba a unos pasos de distancia, así que se detuvo y se bajó de la bicicleta. Anduvo unos metros y llevó una mano a sus ojos, intentando cubrirse de los anaranjados rayos de sol que amenazaban con cegarle.
Sintió una punzada en el estómago. Miles de personas recorrían la Nacional, ya fuera a pie, en coche o en carros. Un camión parecía haberse averiado en medio de la calzada y los que pasaban por su lado le arengaban con insultos que Armin no llegaba a comprender por el barullo y la lejanía. Mujeres, hombres y niños. Y, también, soldados, jóvenes que ya cargaban en sus hombros el peso de algunos de sus actos. Todas aquellas personas, estancadas en aquella carretera, huían de la amenaza inminente que suponían los alemanes.
Dio media vuelta rápidamente y volvió a montarse en su bici. Pedaleó a gran velocidad, pues tenía que llegar cuanto antes al resto. Unirse a aquella caravana de personas era una temeridad. No llegarían nunca a Dieppe y no tenían el alimento suficiente como para aguantar más de dos días en aquel trayecto.
En cuanto Erwin le vio aparecer a lo lejos, supo inmediatamente lo que Armin había visto. Tan pronto como se puso a su altura, Armin se bajó de su bicicleta y se la entregó a Marco. Dio una palmadita al pequeño, que le miró interrogante y Armin asintió a Erwin, siguiéndole muy de cerca cuando éste comenzó a caminar para buscar a los miembros del Consejo.
–Reunión del Consejo –informó, tapeando en el brazo uno a uno a todos los hombres que pertenecían al mismo.
Hanji detuvo a los animales y, por lo tanto el resto de la caravana también lo hizo. La mujer se bajó del coche y puso las manos en jarras, observando cómo Erwin volvía a llevarse a Armin consigo.
–¡Reunión del Consejo! –gritó una última vez Erwin mientras subía por un altillo de tierra para apartarse del resto. El resto de ciudadanos, más que mirarle con indignación por detener su marcha, lucían temerosos ante aquel anuncio repentino.
Erwin se alejó varios metros, seguido muy de cerca por los miembros del consejo y el propio Armin. Cuando consideró que estaban a una distancia suficiente como para que nadie les escuchara, se detuvo.
–Nos dejan que nos echemos a la carretera sin importar cómo. ¿Te das cuenta? –Eren fue el primero en hablar. No necesitó que Erwin le dijera nada para saber lo que estaba pasando. Solo había bastado con ver cómo Armin había cogido su bicicleta, se había adelantado y había regresado con aquel rostro descompuesto que Eren sabía leer tan bien después de tantos años.
–Razón de más para no quedarnos atascados en la Nacional –Erwin miró a todos y cada uno de los miembros del consejo antes de continuar–. Iremos por caminos, por carreteras secundarias que conocemos. Estamos en nuestras tierras –Erwin hizo una pausa–. ¿Quién está en contra?
–No… Yo creo que… –Eren miró al suelo, avergonzado tras el silencio de varios segundos que siguió a la pregunta del alcalde.
–Bien. Aquí nos han fallado, pero en Dieppe nos cuidarán bien.
Los miembros del consejo asintieron y, sin más, regresaron al camino, donde el resto de ciudadanos les esperaba para retomar su marcha. Aún les quedaba un largo recorrido por hacer.
El sol estaba cerca de ponerse por completo cuando Jean y su acompañante alcanzaron el aerogenerador de Lebuquière El sonido del acero del aparato chirriaba por encima del sonido de los primeros grillos que deseaban ponerle música al despertar de la noche. La ausencia de vida a su alrededor, le hizo acelerar su paso hasta que terminó corriendo a grandes zancadas, seguido muy de cerca por Levi.
Tras el par de horas que habían recorrido juntos, Jean no había tenido más remedio que interesarse por el malhumorado soldado escocés que había decidido acompañarle. Levi Ackerman, que así era como se llamaba, era el capitán del escuadrón que había sufrido la emboscada en los túneles. Tras la muerte de todos sus hombres, se había visto obligado a formar pareja con Jean, pues regresar con el resto del ejército británico resultaba en aquel punto un suicidio y no encontraba razones válidas por las que tener que dar su vida a los nazis.
Jean abrió la puerta del bar de par en par. Extrañamente, estaba abierta, pero no parecía haber nadie en su interior. Subió las escaleras de dos en dos y se adentró en las habitaciones. No había nadie. Abrió armarios y cajones. Nada. No había absolutamente nada. Eso significaba que se habrían marchado, posiblemente ante la amenaza de los alemanes. Pero, ¿adónde? Un sentimiento de desesperación le invadió ante la perspectiva de no volver a ver a Marco. Ni a Armin.
Bajó las escaleras de nuevo, sintiendo el latido de su corazón en las sienes. El gramófono de Hanji emitía una melodía entonada por Édith Piaf. Levi, que se había quitado la chaqueta de su uniforme y la había dejado sobre una silla, estaba tras la barra, preparándose un poco de té.
–I wouldn't mind spending the night here (No me importaría pasar la noche aquí) –mencionó al ver a Jean, ignorando el rostro descompuesto del muchacho–. I need a bath. It's disgusting how dirty I am (Necesito un baño. Es asqueroso lo sucio que estoy) –hizo una mueca–. Tea? (¿Té?)
Pero Jean no estaba para las tonterías de aquel tipo que parecía carecer de sentimientos. ¿Es que no veía lo desesperado que estaba? Acababa de perder a su pelotón y estaba actuando como si no estuvieran en guerra, como si los alemanes no hubieran invadido Francia. Todo rematado por aquella máscara de indiferencia permanente en su inexpresivo rostro.
De haber permanecido en el bar, Jean habría visto a Levi tomar asiento en una de las mesas. Lentamente, removió el líquido en el interior de la taza. Sus ojos se deslizaron momentáneamente hacia una holografía colgada en la pared. En ella, se veía a una mujer delgada, con gafas, carente de curvas y sonrisa divertida. Agachó la mirada, intimidado por su rostro y apoyó el codo en la mesa, pasándose la mano por el pelo, intentando mantener la compostura y deseando eliminar aquel dolor en su pecho y, sobre todo, aquel vacío en sus ojos que tanto delataba lo que sentía.
Pero Jean no había permanecido en el bar, sino que salió para dar la vuelta a la casa y entrar por el otro lado. La puerta principal estaba abierta y, en el interior del pasillo, las gallinas picoteaban en el suelo, buscando migajas.
–¿Erwin? –preguntó, adentrándose en la cocina, donde el gallo le recibió en la mesa. Le espantó con la mano, haciendo que el animal se cayera de la mesa y la bordeó hasta llegar a la radio, donde esperaba poder sintonizar alguna emisora que informara sobre la situación actual– ¿Hanji?
Una sombra por el rabillo del ojo captó su atención. Al girarse, se topó con un hombre que le apuntaba con una escopeta. Poco a poco, salió hacia la tenue luz que entraba por la ventana y Jean pudo reconocerle.
–¿Hannes?
–¿Eres Jean? –preguntó el hombre, no dando crédito a lo que veían sus ojos.
–¿Qué ha pasado? ¿Dónde están todos?
Una sonrisa triste se dibujó en el rostro de Hannes y, lentamente, bajó la escopeta.
–Había que irse inmediatamente, seguir al alcalde –explicó Hannes.
–Sí. Pero, ¿adónde?
–Ehhh… –Hannes dudó por unos instantes antes de contestar– Yo pensé más en mis botellas. Quería elegir cuáles debía llevarme en vez de preguntar a dónde íbamos –el hombre soltó una leve risita floja–. Cuando me desperté y salí de la bodega ya no había nadie.
Por mucho que lo intentó, Jean no pudo ocultar la expresión de disgusto en su rostro. ¿Es que Hannes le estaba tomando el pelo? No conocía al hombre lo suficiente como para saberlo con certeza.
–¿Te quedaste dormido en tu bodega?
Hannes asintió. Jean dejó el tenedor en su plato con fuerza. Hannes había preparado aquella cena para ellos en su bodega, estaban tomando uno de sus vinos y había permitido que Levi tomara un baño y lavara su uniforme, que ya estaba tendido fuera. De verdad que agradecía todo aquello. Pero le resultaba de lo más chocante el hecho de que se hubiera quedado durmiendo la mona mientras el resto del pueblo empacaba sus cosas y se marchaba. Era alucinante.
Ante la reacción de Jean y sus finos labios apretados en una línea, Levi levantó la vista de su plato. Podía notar en el ambiente la tensión, pero prefirió continuar en silencio, a expensas de cómo reaccionaría Jean.
–Dejadlo para mañana –articuló Hannes–. Irse de noche es el mejor modo de perderse. Para los alemanes también es de noche. Habrán parado en alguna parte para dormir.
Jean se sentía exhausto como para poder haber reaccionado mal, así que guardó silencio durante varios segundos antes de volver a hablar.
–¿Cómo está Marco? –preguntó. El pequeño seguramente habría crecido, había cumplido ya años. Y todo sin él.
–Bien –Hannes hizo una pausa–. Creo –pero aun así sonrió–. Le va bien en el colegio, según parece.
–¿En el colegio? –preguntó, sonriendo con nostalgia.
–Sí, con el señorito Arlert.
Su corazón se detuvo y sintió un cosquilleo en el estómago. Siempre tenía que ser Armin.
–Ask him if he has seen German or French troops in the area (Pregúntale si ha visto tropas alemanas o francesas en el área) –exigió Levi una vez vio que la tensión había comenzado a disiparse.
–No. I've already asked him (No. Ya se lo he preguntado) –contestó Jean, llevándose un trozo de carne a la boca. Aquella había sido una de las primeras preguntas que le había hecho a Hannes en casa de Hanji.
–So, then, I don't undertsand. Where are the French? (Entonces no lo entiendo. ¿Dónde están los franceses?) –cuestionó Levi, ignorando la mirada de incredulidad por parte de Hannes, que se estaba sirviendo otra copa de vino más.
–Isn't there any joint command between the two armys? (¿Es que no hay un mando conjunto entre los dos ejércitos?) –. I can't believe this. (No puedo creerlo) –Jean escupió prácticamente aquellas palabras.
–Well... We weren't willing to take French orders. (Bueno… No estábamos dispuestos a aceptar órdenes francesas-)
–If you had stood up against Hitler from the start, we wouldn't have been in this mess! (¡Si os hubierais enfrentado a Hitler desde el principio, no estaríamos en este lío ahora!) –Jean golpeó con su puño en la mesa. Si Francia y Gran Bretaña hubieran intervenido a tiempo, muchas cosas se podrían haber evitado. Entre ellas la muerte de Marco. Levi, en cambio, le taladró con la mirada, pero no se iba a rendir por eso–. While your diplomatics were having tea with the Nazis, in Germany people were getting killed when they tried to stop what was going to happen (Mientras vuestros diplomáticos tomaban en té con Hitler, en Alemania la gente moría al intentar parar lo que iba a suceder) –Levi chasqueó la lengua–. I brought here a child, my best friend's child, who was murdered by the Nazis, for nothing. It's late. It's too late! You British and French have no courage! (Traje aquí a un niño, al hijo de mi mejor amigo, que fue asesinado por los nazis, para nada. Es tarde. ¡Es muy tarde! ¡Los británicos y los franceses no tenéis valor!)
–Who the hell are you to talk to me about courage!? (¿¡Quién demonios te has creído que eres para hablarme de valor!? –Levi golpeó la mesa y se inclinó hacia Jean. Tras sus ojos podían distinguirse unas llamas invisibles, producto de la ira que le habían provocado las palabras de Jean.
Los dos permanecieron en silencio, mirándose fijamente. Aquella batalla Jean la tenía perdida. Apartó sus ojos y miró para otro lado. Levi, entonces, volvió a chasquear la lengua, un tic recurrente en él, y dio un largo sorbo a su bebida.
El sonido de una botella descorchándose quebró el ambiente tenso.
–¿Qué me dice de este? –preguntó Hannes, ofreciéndole la botella a Levi. Jean se echó hacia atrás en la silla y rodó los ojos.
–This is a Chateau Pétrus (Es un Chateau Pétrus) –murmuró Levi, tomando la botella para mirar la etiqueta–. 1908 –Hannes asintió tras un rato de silencio, como si le hubiera costado entender las palabras de Levi–. This is a miracle in a remote village like this. (Es un milagro en un pueblo perdido como éste)
Hannes miró a Jean y enarcó ambas cejas, lo que éste último interpretó como una petición para que hiciera de traductor.
–Se pregunta de dónde has sacado una botella así.
–¡Ah! Es de la bodega de mi tío. La salvamos de los alemanes en el 14 –explicó Hannes, orgulloso–. Y no la íbamos a dejar ahora, ¿eh? –rio, lanzando una mirada tanto a Jean como a Levi. Aquello hizo sonreír de medio lado a Jean.
–Tienes razón –replicó, tendiendo su copa para probar algo del líquido de los dioses que había en esa botella.
Hannes elevó su vaso en el aire y, aunque algo reticentes, Levi y Jean se unieron al brindis. Porque por mucho que no quisieran reconocerlo, tenían un enemigo en común. Y aquello era incuestionable.
~ ¡Nos leemos!
