A/N: ¡Hola a todos! Dos domingos después, regreso con una nueva actualización. Espero poder mantener este ritmo :)
Gracias a Kippy una vez más por su comentario. Como veas, la historia de Levi es bastante diferente a la del manga original, pero me alegro de que te haya gustado.
Shingeki no Kyojin y sus personajes no me pertenecen, sino a Hajime Isayama
[XII]
El frío de la mañana había comenzado a congelar la punta de los dedos de sus manos, pero no le importaba. Significaba que nada de lo vivido el día anterior había sido un sueño. Seguía vivo. Era el único miembro con vida de su escuadrón.
Levi Ackerman levantó la vista, sus ojos ligeramente dañados por la claridad que aquel cielo blanco le provocaba. El aerogenerador de Lebouquière se movía lentamente, produciendo un chirrío que le taladraba el tímpano. Sus aspas, oxidadas y desgastadas por el paso del tiempo, le producían cierto disgusto al mostrar aquel tono marrón sucio.
Tras varios segundos de reflexión o, más bien, de pensamientos vacíos, el sonido del aerogenerador se vio acompañado por otro que, durante unos instantes, Levi desconoció. A medida que aquel tenue sonido se fue incrementando comprendió que se trataba del ruido que producían unas ruedas contra la gravilla del camino. Esperó pacientemente y, poco a poco, una figura comenzó a dibujarse a través de la espesa niebla matinal.
–Hannes –saludó con su marcado acento escocés.
El hombre detuvo la bici y se bajó de ella con poca gracia, trastabillando al poner el pie en el suelo. Levi enarcó una ceja, especialmente cuando le vio sonreír como un idiota.
–Aquella octava botella fue un error –comentó el hombre mientras se acercaba a él. Levi se mantuvo con el rostro impasible y, cuando Hannes se puso a su altura, elevó los dedos de su mano para indicarle cuántas botellas había abierto la pasada noche en realidad–. Ohhh… ¿¡Nueve!?
–Sí –respondió Levi. Aquel tipo tenía un problema con la bebida, pero no era nadie para darle lecciones.
–Qué le vamos a hacer –Hannes soltó una carcajada. El hombre se acercó hasta una bomba que giró y, por la manguera, comenzó a salir agua que colocó en un bebedero–. Ahora vuelvo. Voy a llenar otro pilón en el pueblo –le explicó, elevando la voz más de lo necesario y haciendo aspavientos con las manos. Hannes se estaba esforzando por hacerse entender, pero lo que no sabía es que eso le hacía parecer un idiota.
–Muy bien –se limitó a decir Levi, observando cómo Hannes se montaba otra vez en su bicicleta y se alejaba de nuevo por el camino.
Al quedarse solo de nuevo, la curiosidad pudo con Levi. Echó un vistazo a su alrededor, como si estuviera prohibido lo que deseaba hacer, y, al ver que no había nadie, abrió la puerta de metal pintada en verde del aerogenerador. Por dentro, se trataba de un espacio diáfano, frío y sombrío, en el que simplemente había una escueta y vertiginosa escalera hasta lo más alto. Tras subir por ella, tiró con fuerza de una trampilla y, al abrirla, asomó ligeramente sus ojos por ella. No había nada en la superficie, pero, igualmente, salió para asomarse desde esa altura. Abajo, un grupo de vacas se había reunido en torno al bebedero y mugían, empujándose las unas a las otras. Levi las observó desde lo alto, carente de vértigo y, por primera vez, sintiéndose poderoso.
Una suave brisa revolvió su cabello negro. Se apartó un mechón de pelo de su flequillo y metió las manos en los bolsillos de su chaqueta militar, por fin limpia y desprendiendo aroma a jabón de Marsella, el único que había encontrado por la casa la tarde anterior. Se sorprendió al encontrar en su interior, algo arrugado, un paquete de tabaco y un mechero. Y, entonces, lo recordó. Era el de uno de sus soldados. Él no fumaba. Lo consideraba una forma estúpida de morir y su olor se impregnaba en la ropa, poniéndola además de un color de lo más desagradable. Todo tenía aspecto de sucio por culpa del tabaco y él odiaba cuando eso sucedía. Pero, ahí estaba, subido en lo más alto de un aerogenerador, observando las extensiones de campo que le rodeaban por kilómetros. Era una visión hermosa y, a la vez, solitaria ante la ausencia de gente. Aquel sentimiento desolador despertó en él un deseo inusual y sacó un cigarro del paquete. Prendió mecha, pero éste no se encendió.
–Tch –chasqueó la lengua, haciendo una mueca de disgusto.
El cigarro estaba húmedo.
Jean volcó todo el contenido de los cajones del enorme escritorio que presidía el despacho principal del ayuntamiento. Numerosos papeles se esparcieron por la superficie y, uno a uno, fue leyendo, con la esperanza de poder encontrar cualquier indicio, cualquier pista, que le dijera hacia dónde podían haberse marchado todos.
Pero no encontró nada.
Se llevó las manos a la cara, desesperado por obtener un poco de luz en toda aquella maraña de letras carentes de sentido. Se revolvió el pelo, mordiéndose la lengua anta la sarta de improperios que se le ocurrían para maldecir su mala suerte.
De repente, un tenue rayo de sol entró por uno de los ventanales, iluminando uno de los muchos documentos que Erwin Smith tenía archivados. Jean extendió su brazo y una sonrisa se dibujó en su rostro. Comprendió que, en aquel momento, debía lucir como un idiota, aquella sonrisa bobalicona cada vez que veía aquella caligrafía, redonda y clara. Y, después, junto a la firma del alcalde, rezaba con buena letra: Armin Arlert. Fue entonces cuando se dio cuenta. Armin siempre tenía una solución para todo. Era inteligente, tenía que habérsele ocurrido algo y Jean se vio movido por el propio impulso de su corazón. Porque estaba pidiendo algo de luz en su vida y, entonces, como una señal divina, el sol había iluminado el nombre de Armin. Aquel rubio de grandes ojos azules y rostro inocente tenía que ser su luz para seguir su camino. Debía serlo. Porque, desde que habían llegado a Lebouquière, donde más seguro y más cómodo se sentía era buscando a Armin en la escuela.
Entró en el aula del colegio sintiendo su corazón desbocado. Como una exhalación, rebuscó entre los viejos pupitres de madera en vano. Levantó la vista, dispuesto a soltar sapos y culebras por haber sido tan idiota de creer que Armin o Marco podrían haberse acordado de él después de tanto tiempo y, sin embargo, aquel aire que guardaba en sus pulmones se transformó en una carcajada. Ahí estaba, justo delante de él, escrito con tiza blanca en la pizarra.
Jean se acercó lentamente, sintiendo sus pies pesados y leyó con atención.
Viernes, 7 de mayo de 1940
Jean, el pueblo ha decidido irse y voy a seguirles dejándote mensajes en las pizarras de los colegios.
Vamos a Dieppe.
Un abrazo muy fuerte.
Marco
Jean se llevó la mano a la boca, conteniendo las ganas que sentía de gritar de la alegría. Estaba convencido. Aquello solo podía haber sido idea de una persona y, por primera vez en mucho tiempo, deseó tener a Armin cerca. Porque deseaba besarle, besarle tan fuerte hasta que sus labios se derritieran y su corazón se detuviera.
Levi miraba por el pequeño catalejo que solía llevar enganchado en su cinturón. Más vacas se acercaban hasta la zona, seguramente conocedoras de que, todos los días, Hannes dejaba agua en aquel bebedero para ellas. No obstante, se detuvo al percibir a lo lejos algo que no encajaba con el bucólico paisaje. Dos soldados, en trajes de color verde caqui, prácticamente camuflados entre los altos hierbajos, estaban detenidos a varios metros de distancia.
–Fuck –murmuró Levi entre dientes, poniéndose de cuclillas inmediatamente. Miró una vez más por el catalejo para descubrir que, finalmente, se habían puesto en marcha. El sonido del motor sonaba cada vez más fuerte. Se estaban acercando.
Bajó la escalerilla a gran velocidad. Recogió su rifle, que había dejado abajo, e intentó abrir la puerta del aerogenerador sin mucho éxito. Las vacas, traidoras compañeras de soledad, estaban arremolinadas alrededor de la puerta. Sin más miramientos, propinó una patada al portón, forzando su apertura y obligando a dos de los animales a moverse, mostrando su reticencia a ello con varios mugidos. Levi consiguió salir por el hueco y salió corriendo hacia el pueblo.
–Shitty Germans (Alemanes de mierda) –escupió al tropezar por el camino y mancharse sus rodillas y manos de barro. A la mierda su traje recién lavado.
A unos metros de distancia, comenzaban a verse las primeras casas. Se metió por el hueco que había entre dos de ellas y, al girar la esquina, se topó con Jean.
–The Germans are coming. (Vienen los alemanes)
–What? (¿Qué?) –preguntó Jean confundido, sintiendo cómo el éxtasis de hacía unos minutos se desvanecía por completo a medida que escuchaba las palabras de Levi.
–They are here. (Están aquí)
Con un gesto de muñeca, autoritario, Levi le indicó a Jean que se metiera en el granero que había a su derecha. El moreno abrió la puerta de par en par, seguido por el joven muchacho y cerró la puerta. Desde una de las ventanas del granero, observaron con atención a la pareja de soldados alemanes. Se habían detenido frente al aerogenerador.
–They will be going. They are only scouts (Se marcharán. Son solo exploradores) –murmuró Jean–. They just want some water. (Solo quieren algo de agua)
–The owner of this (El dueño de esto) –comenzó a preguntar Levi, sin apartar sus filosos ojos de los soldados–, did he have some weapons? (¿Tenía algún arma?)
–What!? No! No weapons! (¿¡Qué!? ¡No! ¡Nada de armas!) –Jean le miró escandalizado ante la idea de tener que sujetar un arma con sus propias manos e, incluso, tener que llegar a dispararla, por mucho que fuera contra los nazis–. Why don't we just let them finish and that's all? (¿Por qué no les dejamos que terminen y ya está?)
No pasó desapercibida para Jean la mirada de reojo que le dedicó Levi, analizándole con detenimiento, atravesándole con sus ojos. Pero no le importaba. No estaba preparado para matar a un ser humano. No podía arrebatar una vida. No tenía ningún problema en admitirlo, por muy débil que le hiciera parecer frente a aquel capitán del ejército británico.
Por unos instantes, los soldados alemanes parecían indecisos. Uno de ellos sacó un maletín, lo que parecía una radio, pero, finalmente, su compañero cargó el arma que portaba dentro de aquella moto con sidecar. Entonces, el otro imitó a su compañero y se movieron. Estaban caminando hacia el granero.
–Joder –dijo Jean, posando inconscientemente su temblorosa mano sobre el brazo de Levi.
–Okay. Rule number one, we stay apart. I'll go to the house. You just go to the straw loft (De acuerdo. Regla número uno, nos separamos. Iré a la casa. Tú ve al pajar) –Levi comenzó a coger cosas de su cinturón. Tenía una pistola que cargó y le tendió a Jean. El castaño la miró horrorizado–. Just hide and don't move. They'll go to the house first. (Solo escóndete y no te muevas. Irán a la casa primero)
Con indecisión, Jean tomó la pistola. De un saltó, Levi abandonó el granero, dejando a Jean solo, asustado. Pero no podía quedarse allí. Comenzó a correr y, tal y como Levi le había ordenado, abrió la puerta del pajar que había enfrente del granero, la puerta de madera cerrándose de golpe. Se maldijo a sí mismo. Seguro que los soldados nazis lo habían oído.
Jean esperó pacientemente, agachado entre los montones de paja vieja. Su respiración estaba agitada y sintió un nudo en la garganta al vislumbrar una sombra cruzar una de las cristaleras. De una patadita, la puerta del pajar se abrió ligeramente. Jean sostuvo la pistola entre sus manos, temblorosa, incapaz de dispararla y menos a un ser humano. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué podía hacer?
De repente, su corazón se detuvo. Sonaba lejano, pero juraría que se escuchaba de fondo música. El soldado se detuvo bajo el quicio de la puerta de madera, frunció el ceño y dio media vuelta, corriendo hacia otra dirección. Jean se deslizó entre la paja, emocionalmente cansado ante el terror que representaba encontrarse con aquel nazi de frente. Se mordió el labio, consciente que todo aquello había sido obra de Levi Ackerman, quien, a través de la música tocada por el gramófono, había evitado que todo su plan se fuera al traste por la indecisión de Jean.
Tras unos instantes de espera que le parecieron eternos, el silencio y la ausencia de movimiento consumiendo sus entrañas, se escuchó una ráfaga de disparos. Jean se sobresaltó ante el repentino ruido y, una vez se hizo el silencio, dudó. ¿Qué debía hacer? Apartó la paja con la que se había cubierto y se quedó de pie, en medio del pajar. Con indecisión, dio un par de pasos hacia la vidriera, procurando ser lo más sigiloso posible. Entonces, se detuvo. Un grito y un estruendo cruzaron el aire.
De forma precipitada, Jean asomó la cabeza por el hueco de la puerta del pajar. Levi, sosteniendo su rifle, salió corriendo hacia la derecha. Al ver la determinación del hombre, Jean abrió la puerta de par en par y le siguió. Sería más bajito y tendría las piernas más cortas, Pero Levi Ackerman era rápido. Desde la distancia, disparó otra ráfaga que impactó en la espalda del segundo soldado alemán, que intentaba huir. Tras una serie de balazos, su cuerpo cayó inerte en el césped, a escasos metros de la motocicleta con sidecar en la que él y su compañero habían llegado.
Levi corrió de nuevo hacia el cuerpo para asegurarse de que estaba muerto, aun a sabiendas de que, con tantos disparos, el cuerpo de aquel muchacho debía de parecerse más a un colador. Unos segundos después, Jean, respiración entrecortada, se colocó a su altura. No se dijeron nada, tampoco hacía falta, pero, tan pronto como se encontraron sus miradas, Jean le entregó la pistola. Levi asintió y la colocó de nuevo en su cinturón, comprendiendo que no todo el mundo podía ser como él. No todo el mundo podía estar dispuesto a sacrificar vidas por lo que se consideraba 'un bien mayor'.
El ceño de Levi se frunció ligeramente. El silencio sepulcral que rodeaba aquella estampa campestre fue interrumpido por interferencias procedentes de la radio.
–Hold on (Espera) –Jean se acercó hasta el aparato–. Ich höre (Escucho) –dijo, tomando los cascos de la radio tras apretar en un botón. Levi le miraba con el rostro serio, sus labios ligeramente abiertos por la sorpresa–. Nein. Alles ist in Ordnung. Es war ein Fehler. Ende (No. Todo va bien. Ha sido un error. Cambio) –Jean hizo una pausa, escuchando lo que le decían–. Verstanden. Heil Hitler! (Entendido. ¡Heil Hitler!) –Y colgó.
Levi tenía apretados los labios en una fina línea. No había dejado de observarlo en todo momento, ni aun cuando estaba limpiando el rifle con ahínco mientras Jean hablaba.
–How do you know how to use that? (¿Cómo sabes usar eso?) –le preguntó, más como una orden que como una pregunta.
–We had a secret broadcast back in Germany. We warned people about where the next Gestapo's raids would take place. (Teníamos una emisora clandestina en Alemania. Avisábamos a la gente sobre iban a tener lugar las próximas redadas de la Gestapo)
El sonido de una bicicleta captó de nuevo la atención de ambos. Hannes estaba parado justo a sus espaldas y miraba con ojos muy abiertos el cadáver del soldado alemán.
–Hannes –Jean se acercó al hombre–, su pueblo va de camino a Dieppe. ¿Viene conmigo?
–En realidad… –el hombre tragó saliva– Nunca me han gustado los viajes. Prefiero quedarme aquí.
–Look, I know they were just scouts, but I'm sure the rest are coming (Mira, sé que son solo exploradores, pero estoy seguro de que el resto está de camino) –Levi escupió prácticamente aquellas palabras. Se había acercado a la motocicleta y, dando al pedal un par de veces, el motor rugió.
–Venga conmigo –insistió Jean, mostrando una sonrisa tranquilizadora a Hannes o, al menos, un intento de ella.
–¿Y mi bodega?
–For crying out loud! (¡Por el amor de Dios!) –Levi, subido ya en la motocicleta, se giró para posar sus intimidantes ojos sobre Hannes– I can get a boat back to England from Dieppe, but only if you, guys, know the way. Come on (Puedo coger un barco en Dieppe hasta Inglaterra, pero solo si vosotros conocéis el camino. Vamos) –Y, con aquel tono frío, pero lleno de autoridad, les estaba dando la última oportunidad de subirse al vehículo con él.
Jean miró a Hannes, quien asintió con la cabeza levemente. Si hubieran estado mirando a Levi, se habrían dado cuenta de cómo éste había captado algo en los estribos de la motocicleta. Extendió su brazo para cogerlo y, manchado de barro, estaba el paquete de tabaco inglés que había llevado en uno de los bolsillos de la chaqueta de su uniforme. Ese paquete de tabaco que ni siquiera era suyo. Al salir corriendo debió de haberse caído y era lo que seguramente había movido a ambos soldados alemanes a acercarse a las casas en vez de seguir con su camio. Chasqueó la lengua, maldiciendo al paquete de tabaco, a su soldado y a los dos alemanes imbéciles que bien habían podido costarles la vida.
Los ojos de Hannes no dejaban de viajar del paisaje a sus acompañantes una y otra vez. El frescor del viento producido por la velocidad en su cara le hacía sonreír. Se sentía temeroso ante la perspectiva de abandonar su pueblo, pero se aferró con fuerza a aquella gaita escocesa, al regalo que sus padres habían recibido por su valentía y, solo entonces, se sintió un poco más seguro sentado en aquel sidecar.
Levi conducía el aparato. El hombre, a pesar de ser pequeño de tamaño, se mostraba imponente manejando aquella BMV de color negro que tan bien acompañaba su siempre aspecto frío y sombrío.
–Levi –Jean tocó de pronto el hombro del moreno–. Levi.
–What? (¿Qué?)
–Stop the bike for a second. (Para la motocicleta un momento)
–What? (¿Qué?)
–Stop the bike for a second! (¡Para la motocicleta un momento!)
–What is it? (¿Qué pasa?) –Levi parecía visiblemente molesto.
–Get off. I'll tell you later. (Baja. Te lo diré luego)
Levi detuvo la motocicleta y se bajó de mala gana.
–What for? (¿Para qué?)
–You'll see (Ya lo verás) –la sonrisa de medio lado de Jean, burlona, no hizo más que aumentar el resquemor de Levi–. I'll just show you something. Come on. Get off. It's not that bad. (Te voy a enseñar una cosa. Venga. Baja. No es tan malo)
Esta vez fue Jean el que se subió a los mandos de la motocicleta. Levi ocupó el puesto de copiloto, pero solo por unos breves instantes. Lo único que Jean hizo fue desplazar la moto del lado izquierdo de la carretera al derecho para, de nuevo, detenerse y bajarse.
–This is the side (Éste es el lado) –dijo, poniendo los brazos en jarras con superioridad.
–You brat… (Mocoso…) –murmuró Levi, mordiéndose la lengua y aguantándose las ganas de darle a aquel mocoso una lección por creerse en posición de tomarle el pelo.
–This is the side (Éste es el lado) –Jean emitió una sonora carcajada, socarrona y llena de burla, a la vez que se montaba de nuevo en la motocicleta, dejando a Levi a los mandos.
–Fuck you (Que te den) –escupió Levi, arrancando el motor.
–You want to win a war, but you don't even know how to drive in France (Queréis ganar una guerra, pero ni siquiera sabéis cómo se conduce en Francia) –insistió Jean con una sonrisa de medio lado todavía dibujada en su rostro–. It's ridiculous! (¡Ridículo!)
–Shut up, scum! (¡Cállate, escoria!)
Jean rio a sabiendas de que, si no estuvieran en movimiento, Levi Ackerman ya le habría propinado un buen puñetazo por aquello. Y no iba a negar que no se lo mereciera.
~ ¡Nos leemos!
