A/N: ¡Hola a todos! Dos domingos después, ya estoy de vuelta, tal y cómo prometí.
Los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen, sino a Hajime Isayama
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[XIII]
Armin se desplazaba en la bici de un lado al otro de la estrecha carretera. Movía la cabeza al mismo ritmo, al compás de una melodía inexistente que simplemente retumbaba su cabeza, cubriendo el murmullo del cántico de los pájaros que se revolucionaban ante su presencia. Su camisa amarilla, con pequeños pájaros de color marrón estampados en la tela, se movía por la velocidad de cada pedalada. Su melena rubia, agitada por la brisa, volaba hacia atrás, haciéndole cosquillas en el cuello y despertando en él una tímida sonrisa que solo reservaba en aquellos momentos en los que, a pesar de sentirse solo, se sentía extrañamente bien consigo mismo.
Aquella misma madrugada, Erwin le había pedido que volviera a adelantarse en el camino. Tras una noche de sueños y viejas fotografías que se repetían en su mente, Armin se sentía nuevo, refrescado, como el rocío de la mañana. Era como si no hubiera guerra. No había dolor. No había miedo. Y tampoco había incertidumbre.
No obstante, en su mente no dejaba de repetirse un nombre. El de Jean. Y, aunque en cierto modo se sentía estúpido, era un estúpido enamorado que al montarse en la vieja bicicleta de su madre se sentía carente de preocupaciones y temores. Elevó la cabeza al cielo, azul y vacío de nubes, y se preguntó si Jean estaría bien. Sonrió. Algo le decía que sí, que estaba vivo y que, seguramente, querría encontrarles. A él y a Marco.
De repente, Armin sintió que estuvo a punto de perder el control de la bici. Apretó inmediatamente los frenos y plantó su pie derecho en el suelo, consciente de la suerte que había tenido. Iba tan distraído que no se había fijado en que había una ¿pieza metálica? en el camino.
Lentamente, Armin pasó su pierna izquierda por encima de la bicicleta para bajarse de ella. Poco a poco, su cuello se movió raquítico hacia la derecha, temeroso ante lo que podría encontrar al frente. Sus manos, temblorosas, perdieron la fuerza y la bici cayó al suelo con un sonido seco al dar contra el cemento. A unos metros de distancia había dos viejos coches al borde de la calzada.
Las piernas de Armin se movieron lentamente, solas. Se relamió los labios, repentinamente secos ante la visión que se extendía frente a él. Mantas, maletas y otros objetos personales estaban esparcidos por los alrededores. Se sobresaltó al pisar trozos de los cristales que, en otra ocasión, habían formado parte de las ventanillas y las lunas de aquellos coches. Y adquiriendo todo el valor que le fue posible, continuó caminando, no necesitando asomarse siquiera para ver con exactitud qué había en el interior de los vehículos.
Armin se llevó ambas manos a la boca, sintiendo un nudo en su garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Trastabilló hacia atrás y cayó sobre su trasero. Ignorando el dolor por el golpe y las palmas de sus manos ligeramente raspadas por haberlas apoyado en el asfalto, giró su cabeza para vomitar lo poco que había tomado de desayuno a un lado.
Se quedó sentado por unos instantes, agachado, incapaz de apartar sus ojos de la tierra del camino sin asfaltar. Su respiración, aún agitada, había comenzado a relajarse. Les estaba dando la espalda, pero los rostros de los cadáveres que acababa de descubrir seguían presentándose una y otra vez ante sus ojos. Aquel bebé dentro de uno de los vehículos, la mujer con medio cuerpo fuera del coche y la otra media dentro, el hombre cuyo cuerpo había caído inerte sobre el volante, el joven que había intentado huir, pero había terminado siendo acribillado a balazos por la espalda, la muchacha con las ropas rasgadas y un hilo de sangre deslizándose entre sus blancos muslos. Y niños. Tres. Uno en un coche y otros dos a un lado del camino.
Haciendo uso del poco coraje que creía que tenía, Armin se puso en pie. Tambaleándose, levantó su bicicleta del suelo y pedaleó. Por unos instantes, creyó que perdería el equilibrio y su cuerpo golpearía contra el suelo. No obstante, negó con la cabeza, despejando sus pensamientos y se obligó a sí mismo a mover los pedales con fuerza, a obligar a sus piernas a hacer un esfuerzo más para llegar cuanto antes hasta su pueblo.
Unos minutos después, comenzó a vislumbrar a lo lejos las figuras de Erwin y Hanji, que encabezaban la expedición. Armin se bajó de su bici y caminó los últimos metros hasta él. Se sentía desbocado y, al ver la expresión en el rostro de Erwin cuando éste le vio regresar, se percató de que sus ojos le escocían. Había llorado durante todo el camino. Y ni siquiera se había dado cuenta.
Levantó el brazo y Erwin ordenó a los caballos que se detuvieran. Armin se paró también y se echó a un lado. Parecía que nadie se había percatado todavía de su llegada, los niños jugaban a unos metros de distancia.
–¿Qué pasa? –insistió Erwin al ver al chico tan agitado.
–Iremos por ese camino –Armin señaló la bifurcación que había a la derecha. Se trataba de un camino que iba en paralelo al suyo, pero por encima de una pequeña colina.
–¿Por qué tenemos que pasar por ahí? Esta carretera está bien.
–Sé lo que digo, señor alcalde –respondió Armin con ímpetu, frunciendo el ceño. No había perdonado a Erwin y seguiría sin hacerlo si no confiaba de una maldita vez en él–. Marco, ven –Armin se alejó, llevándose al pequeño consigo–. ¡Niños, juntaos! –gritó– ¡Juntaos todos, por favor!
A su alrededor, el resto de vecinos le observaban con curiosidad. Los niños del pueblo, al ser llamados por él, corrieron inmediatamente y se reunieron a su alrededor. Armin sonrió, al ver sus miradas llenas de inocencia. No iba a permitir que nada las corrompiera.
Una vez los reunió a todos, les indicó que se subieran en la parte trasera de la camioneta de Connie, a lo que su amigo no puso ni una pega. Cuando todos estuvieron listos, dio la orden para que la caravana siguiera avanzando, por el otro camino, tal y cómo él había indicado.
–Bueno –Armin, que estaba de pie, apoyado en la cabina de la camioneta, mirando hacia sus estudiantes–. ¿Alguien puede decirme si recuerda la fábula de La Fontaine que aprendimos en el colegio?
–¡Sí! –respondieron todos al unísono, entusiasmados.
–Pues os propongo recitarla todos juntos, ¿de acuerdo? –Armin les hizo un gesto con la mano para que la recitaran junto a él–Debemos ser generosos con todos, pues a menudo necesitamos la ayuda de alguien más humilde que nosotros…
Erwin, que caminaba un par de camionetas más adelante, escuchó la voz de Armin fusionarse con la de los más pequeños del pueblo.
–Que todo el mundo me mire, ¿eh? –insistió el rubio mientras los niños seguían.
Y fue entonces cuando Erwin comprendió.
Tras ver aquella macabra escena, se giró para posar sus ojos sobre Armin, pero solo podía captar la parte dorada de su cabello que se correspondía a la coronilla, asomando por la parte de arriba de los coches. Se sentía furioso consigo mismo, pero también, furioso ante lo que sus ojos estaban presenciando. Había mujeres, hombres, incluso niños. Hanji, como él, apartó la vista cuando sus ojos se posaron sobre el cuerpo inerte de un pequeño que no tendría más de nueve años.
–¡Mírame, Agnes! –Armin le tomó la cara a la niña para que toda su atención estuviera sobre él y no sobre lo que había a su espalda– Sucedió que, al salir de la selva, el león cayó en unas redes… Mírame, Gabriel –le dio unos toquecitos en la mejilla al niño de su izquierda–. Que todo el mundo me mire, ¿eh?
Eren caminaba cerca. Apretó los dientes con fuerza mientras Sasha, que caminaba a su lado con su bebé en brazos, emitió un leve gemido que le revolvió el estómago al castaño más de lo que estaba. Lo que Armin estaba haciendo era admirable y lo hacía con tanta naturalidad que le asustaba. Porque, tras alejarse unos metros de aquella masacre, tuvieron que detenerse para recomponerse y el rubio, en cambio, correteó con los niños entre los campos de trigo que crecían a su alrededor, siendo el único capaz de ponerse una máscara para poder seguir manteniendo la inocencia de los niños del pueblo.
Pero, cuando Erwin dijo que debían seguir, lo hicieron. Porque les quedaba muy poco para llegar a su destino.
A la entrada de Dieppe, encontraron una estampa desoladora. Gente, como ellos, que había huido de sus casas para buscar refugio y ahora no tenía nada. En las paredes del pueblo había escrito con pinturas mensajes para aquellos con los que esos desplazados esperaban volver a encontrarse algún día. "La familia Desmmaret continúa hacia Poitiers". "Familia Gaunzinski, hemos enterrado a la abuela Rosa tras la iglesia el 17 de mayo". "Os esperamos en la estación de Amiens. Jean y Marthe Hombert". "Familia Clibeau, hemos perdido al pequeño Louis, de cinco años".
Y, a pesar de todo, a nadie parecía importarle. La gente que había en las calles ni se dignaba a mirarles. Como si no fueran nadie.
–Ten las riendas del caballo –Erwin le pidió a Hanji cuando llegaron a lo que parecía la plaza del pequeño pueblo en el que estaban–. Voy a buscar víveres.
A su derecha, había una pequeña tienda de ultramarinos en la que Erwin esperaba conseguir algo de comida. Al abrir la puerta de madera, una campanilla tintineó informando al matrimonio, dueño dela tienda, de su presencia.
–Buenos días –saludó Erwin con una sonrisa cortés. El hombre se desplazó por las mesas sobre la que reposaban diferentes productos. Se quedó parado frente a las latas de conservas, intentando asimilar que los números que había escritos sobre los trozos de papel al lado de cada lata eran reales–. Necesitamos comprar comida –Erwin se acercó hasta el mostrador–, pero no a estos precios.
–No les obligamos a comprar –respondió la mujer.
–Y vendemos mucha –añadió el marido–. Eso quiere decir que no es tan cara.
Erwin observó con cautela al matrimonio. Eran más mayores que él, seguramente estarían ya cercanos a los 60. Pero, lo que sin duda no le agradó de ambos fue el tono con el que le estaban hablando, como si no supiera que la situación provocaba una escasez en la comida que, por supuesto, podía elevar los precios. Pero no a esa manera. Estaban abusando de la necesidad por la que estaban pasando otras personas.
Sin caer en provocaciones y evitando armar un escándalo, Erwin dio media vuelta y abandonó la tienda. No sin antes lanzar una última mirada significativa a aquellas dos personas. No olvidaría sus rostros nunca.
Mientras tanto, en aquel escaso periodo de tiempo, Armin se había adentrado más en el pueblo y caminaba a grandes zancadas, apartando a la gente a su paso. Habían sido solo un par de segundos, pero Marco ya no estaba a su lado.
Pasó por delante de un grupo de niños que comían una especie de puré sentados en unos pupitres en la calle. Corrió hacia ellos, cayendo en la cuenta de que aquel era un colegio, lugar que, en esos momentos, estaba sirviendo para acoger a los niños que quedaban huérfanos. Si se habían llevado a Marco, no sabía qué haría. Tenía que protegerle. Por Jean.
Cuando abrió la puerta de una de las aulas y le vio, escribiendo en la pizarra otra nota para Jean, se sintió aliviado, pero también enfadado.
–No puedes irte así, Marco –Armin tomó al niño del brazo, quizás con más fuerza de la necesaria, pero estaba aterrorizado ante la idea de perderle–. ¿Qué quieres? ¿Qué te ate al carro? ¿Es eso lo que quieres?
–No se enfade, profesor –susurró el niño, visiblemente apenado. Aquello ablandó el corazón de Armin, que soltó al niño.
De repente, una niña de unos dos años, de cabello rizado rubio, les interrumpió. La pequeña correteó entre ellos y se metió tras una pizarra. Armin pasó su brazo por el hombro de Marco para que caminara junto a él y, lentamente, movió la pizarra con ruedas que les impedía ver que, al otro lado, había varios niños sentados en el suelo, acompañados por una mujer.
–¿Es usted la maestra? –le preguntó el rubio.
–No. Soy de la Cruz Roja. Acompaño a los niños que han perdido a sus familias –Armin sintió un pinchazo en el estómago–. Les han encontrado en las carreteras, en los en los campos… Estoy esperando un camión para llevarlos a Ruan –Armin se percató de que todos esos pequeños llevaban colgando del cuello unos papeles con sus datos–. Hace tres horas que deberías estar aquí, así que… –la mujer guardó silencio por unos instantes– ¿Es suyo?
–Sí –respondió Armin antes de que la mujer hubiera terminado de formular la pregunta. Inconscientemente apretó a Marco con fuerza contra su cuerpo. No iba a permitir que nadie se lo llevara. Jean estaba vivo y cuidaría del niño hasta que él regresara. Entonces todo volvería a ser como antes.
Sin embargo, Armin notó la insistencia con la que la mujer les observaba, analizándole, intentando leer a través de él. Evidentemente, era muy joven para tener un niño, aunque fuera de la edad de Marco, pero podía haber sido posible. No obstante, su aspecto aniñado no ayudaba, así que aferró a Marco de los hombros y le obligó a darse la vuelta para regresar tras la pizarra que en un primer momento les había impedido percatarse de su presencia.
–Dime por dónde ibas escribiendo –le susurró, provocando en el pequeño Marco una sonrisa de satisfacción quien no llegaba a comprender lo que de verdad acababa de suceder.
~ ¡Nos leemos!
