Los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen, sino a Hajime Isayama
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[XV]
Tras varios kilómetros recorridos en la moto con sidecar, el vehículo dijo basta a la entrada de un pequeño pueblo. Jean farfulló una serie de improperios mientras golpeaba el manillar de la motocicleta con rabia. Levi, sentado en el sidecar, le miraba de reojo, sin atreverse a pronunciar palabra. Desde lo que le había pasado a Hannes, el castaño había estado de mal humor y, con muy pocos modales, había echado a Levi de la moto para conducirla él, hecho que Levi había preferido pasar por alto dada la pérdida que Jean acababa de experimentar. Le había permitido conducir si así ocupaba sus pensamientos en la conducción en vez de en la visión de la bala perforando la frente de Hannes.
–It's broken (Está rota) –terminó por pronunciar Levi al ver que Jean seguía dándole al pedal sin mucho éxito. El chico no cejaba en su empeño y, al escuchar al moreno, emitió un gruñido de frustración.
Jean puso en pie y le dio una patada al vehículo. Sin más, comenzó a caminar por una de las estrechas calles del pueblo. Levi, siendo comprensivo con el chico, recogió la gaita de Hannes, que aún viajaba con ellos, y comenzó a seguir a Jean, que se desplazaba dando grandes zancadas.
El pueblo, por su aspecto, parecía abandonado. Muebles, hechos añicos, estaban apilados en las calles y las puertas de las casas estaban abiertas. Jean enfiló hacia la derecha, hacia el colegio del pueblo, del que la mayoría de los cristales de las ventanas estaban rotos. Levi presionó sus labios en una fina línea, viéndole marchar y, finalmente, al verle entrar en el edificio, sacó su arma y caminó al lado contrario para encontrar, quizás, algo de comer o de beber.
No tardó en dar con una pequeña tienda a un par de metros de donde se encontraban. Abrió la puerta y, no sabía si decir por su aspecto poco amigable, el matrimonio que la regentaba se colocó rápidamente contra la pared y se llevó las manos a la cabeza. Levi les observó imperturbable desde la puerta. Los dos temblaban como corderillos. Por el aspecto de la tienda, no le costó mucho imaginar que las circunstancias de la guerra habían llevado a alguien, seguramente a un grupo, a asaltar aquel pequeño local. Se acercó a uno de los estantes y tomó una botella de licor, se giró para mirar al matrimonio de nuevo y, antes de hablar, el hombre le interrumpió.
–I-Invita la casa.
Levi se limitó a asentir con la cabeza en forma de agradecimiento y abandonó a aquella pobre gente que solo parecían desear que se marchara de allí cuanto antes.
Cuando entró en la escuela, no había absolutamente nadie. Resultaba casi aterrador comprobar las aulas desiertas. Libros y hojas apiladas comenzaban a amarillear por el paso del tiempo y el olvido de ser amontonados y dejados atrás. Tras asomarse en varias clases, Levi percibió la figura de Jean, sentada frente a la pizarra y con la mirada perdida. Levi se acercó lentamente a él, colocándose detrás de él y, gracias al poco conocimiento del francés que poseía y que le permitía entender lo que ponía, comenzó a leer en voz alta.
–Jean: Hemos parado aquí para descansar. El maestro Arlert está cuidando muy bien de mí. Es muy simpático. Le he dado una foto de ti y de mí a Pauline porque nos queremos. Un beso muy fuerte. Marco.
Al finalizar de leer, un silencio sepulcral se estableció entre ambos durante varios segundos. Finalmente, Jean rompió a llorar, cubriéndose el rostro con ambas manos. Levi chasqueó la lengua y miró para otro lado, incómodo ante la situación y su falta de conocimiento de qué hacer en esos casos. Comprendía su dolor, comprendía toda la frustración y el miedo que Jean sentía, pero se veía incapaz de decirle las palabras que necesitaba escuchar, al menos de una forma reconfortante.
–¿Has visto que algunos acentos son diferentes? –le preguntó Jean, levantando la vista. Levi volvió a mirar a la pizarra. Efectivamente, mientras unos acentos estaban torcidos y la tiza ligeramente corrida, otros eran firmes y rectos, hechos con un trazado impoluto– Eso es cosa de Armin –una leve risa se escapó de los labios de Jean.
Levi le miró de reojo, analizando el rostro del castaño. Sus mejillas, ligeramente sonrojadas, y sus ojos, iluminados por algo más que las lágrimas, le daban a entender a Levi que la relación entre Jean y aquel Armin del que solo había oído hablar tenía mucho más detrás. Pero prefirió no mencionar nada al respecto, no en ese momento. Seguramente, Jean mejor que nadie sabría lo que significaba en un mundo como aquel amar a la persona equivocada.
–Venga, vámonos –pronunció finalmente Levi mientras enfilaba la salida–. Tenemos un buen camino por andar.
...
La camioneta de Hanji avanzaba unos cuantos metros por delante del resto de la caravana. Mucho más atrás, Erwin tiraba de los caballos, que arrastraban el carro, aún dándole vueltas a todo lo que le había confesado a Hanji en voz alta, pensamientos que ni siquiera sabía que tenía. No dejar marchar a Armin le parecía egoísta, porque la presencia del muchacho había llenado el cierto vacío que sentía, pero, por otra parte, era consciente de que debía dejar a Armin que hiciera su propia vida. A su lado, el chico caminaba llevando su bicicleta, sus ojos clavados sobre la camioneta de Hanji. En la parte trasera viajaba Marco, dando cabezadas, amodorrado por el suave traqueteo del vehículo sobre el camino sin asfaltar.
Armin, como Erwin, tenía su mente ocupada en otras cosas, concretamente, en las palabras que Marco le había dirigido en la iglesia. ¿Tan evidente era? ¿Tan obvios eran sus sentimientos por Jean? Armin se sentía aterrado ante la perspectiva de que rumores sobre su relación con Jean llegaran a oídos inapropiados. Marco era demasiado pequeño para comprender que no debía hablar de aquellas cosas.
De repente, los pensamientos de ambos se vieron interrumpidos por un suave murmullo que se iba acrecentando por segundos. Erwin ordenó a los caballos que se detuvieran y, detrás de él, el resto de la caravana fue frenando su marcha. Nadie preguntó los motivos de aquella repentina parada, pues ellos también podían escucharlo, el rumor que desprendían los motores de los aviones de combate que se acercaban hacia ellos.
Resultaba una visión sobrecogedora, casi terrorífica. Unos veinte aviones sobrevolaron sus cabezas. Armin, a su espalda, pudo escuchar la voz de Eren, quien se revolvió en su caballo. Armin, al igual que su amigo, sintió la respiración agitada. Elevaron sus vistas al cielo para comprobar la magnificencia de la ingeniería y la aviación, que había construido aquellos monstruos alados de destrucción. Las risas de algunos niños, embelesados ante semejante espectáculo, llegaron a oídos de Armin, quien cerró los ojos momentáneamente esperando que pasaran de largo.
Pero no lo hicieron.
Dos de aquellos aviones, que ya se estaban convirtiendo en puntos negros en el horizonte, se separaron del resto del grupo. Con una maniobra en el aire, cambiaron el rumbo y retrocedieron. A velocidad vertiginosa comenzaron a descender y, entonces, todos comprendieron lo que iba a suceder. El pánico se apoderó de la gente, que salió corriendo campo a través para buscar refugio.
–Joder –farfulló Eren– ¡Corred! –el chico se bajó de su caballo y empujó a Sasha y Connie paralizados por el miedo. Eren les agarró del brazo y tiró de ellos, obligándoles a moverse. Llevaban a su bebé en brazos, no podían quedarse ahí parados. El chico miró por encima de su hombro– ¡Armin, muévete!
Solo con aquel grito de su mejor amigo reaccionó. Dejó caer su bici y salió corriendo junto al resto. Los aviones parecieron pasar una vez más de largo, jugueteando con sus temores y esperanzas. Armin volcó un bebedero para animales de granja que había cerca y le dio la vuelta, cubriéndose con él. Justo entonces, comenzó a escuchar los disparos.
Erwin soltó a sus caballos. Les dio una palmada en el trasero y les dejó que se marcharan cabalgando. El hombre, sin tiempo para buscar algo mejor, se metió bajo su carro, apoyándose en la rueda y cubriendo su cabeza con ambas manos. Las balas cayeron sobre el borde del camino, una y otra vez. Hanji, en cambio, cambió de marcha y aceleró con la camioneta. Una bomba cayó a su derecha. La mujer se sobresaltó y giró hacia la derecha, conduciendo hacia el extenso campo que se extendía frente a ellos. En su intento de huida, el coche se quedó atascado en la tierra y por más que intentó que se moviera, no lograba que continuara avanzando.
–¡Sal de la camioneta! –gritó Hanji dándose la vuelta. Marco estaba de pie, los ojos desencajados y la piel amarilla por el pánico– ¡Corre, Marco! –el niño no se movió. Hanji vio los aviones acercarse hacia la camioneta– ¡CORRE! –con aquel grito, el pequeño saltó del vehículo y Hanji le perdió de vista.
Erwin salió de debajo del carro. A lo lejos, captó la camioneta. El rubio se percató de qué pretendían los aviones y corrió hacia allí. Escuchó el sonido de la metralla a su espalda y cayó al suelo cuando las balas le pasaron rozando. Desde el suelo, vio como caía la bomba que uno de aquellos aviones había lanzado contra la camioneta. No impactó directamente en el vehículo, pero la explosión fue suficiente para elevarlo un par de metros del suelo y destrozar sus ruedas y amortiguadores.
Después de eso, un silencio sepulcral se instaló por unos segundos, roto por el llanto de un bebé que irrumpió en la lejanía como un eco. Algunos caballos se arrastraban, heridos de bala, relinchando ante el dolor y la sangre que emanaban sus heridas. Pronto se escucharon también gritos de agonía ante la pérdida de un ser querido.
Armin apartó de encima el bebedero con el que se había cubierto y tuvo que esperar unos segundos a que sus ojos se adaptaran de nuevo a la luz del sol. Unos ojos sin vida le observaban fijamente. El muchacho se sobresaltó y se puso en pie, reconociendo el rostro de la pequeña Pauline, atravesado por una bala. Armin sentía que le temblaban las piernas, pero, aun así, fue capaz de ponerse en pie. A lo lejos, la camioneta de Hanji estaba destrozada. Corrió hacia ella, seguido muy de cerca por Erwin.
–¡Marco! –cuando llegó y se asomó a la parte trasera del vehículo, no había ni rastro del niño– ¡Marco! –insistió. Se acercó hasta la cabina del conductor y sus piernas le fallaron cuando se encontró con el rostro ensangrentado de Hanji. Erwin le apartó de un empujón y abrió la puerta.
–Hanji –al escuchar su nombre, la mujer, visiblemente aturdida, parpadeó. Erwin suspiró y la tomó con delicadeza, sacándola del coche.
–No pasa nada –balbuceó– ¿E-Está Armin bien? Porque tiene que irse, Erwin. Tú lo dijiste.
Erwin y Armin intercambiaron miradas. El chico deseaba preguntar a qué se refería Hanji, si es que la explosión le había afectado más de lo que parecía.
–Está aquí –Erwin curvó ligeramente la comisura de sus labios hacia arriba, forzando una sonrisa y devolviendo su atención a Hanji. Erwin le hizo un gesto al muchacho para que se acercara y que Hanji pudiera verle.
–Estoy bien.
–Me alegro, Armin, porque tienes que encontrar a Marco –la mujer le tomó de la pernera del pantalón–. Le dije que saltara del coche. Le vi huir.
Con aquellas palabras, Armin corrió desesperado. Corrió durante varios metros, gritando el nombre de Marco, pero éste solo parecía perderse en el viento. Sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas ante la impotencia. No podía haberle perdido, no podía. Porque le había hecho una promesa a Jean y, por estúpido que pareciera, desde que Marco le había dicho aquello, Armin, en el fondo, soñaba con vivir con ellos.
–¡Marco! –gritó, sintiendo cómo sus cuerdas vocales le ardían por el esfuerzo– ¡MARCO!
–¡ARMIN!
El rubio se giró. Sasha corría hacia él con su bebé en brazos, protegiéndole contra su cuerpo. Durante unos instantes, se sintió aliviado al ver a su amiga sana y salva, pero, entonces, se percató de su expresión, llena de pánico.
–Dios mío, Armin –gimoteó Sasha cuando estuvo algo más cerca–. Armin –la chica rompió a llorar y señaló a lo lejos, incapaz de hablar. Pero Armin no necesitó más para captar dos figuras a varios metros de distancia, una parecía agachada, sosteniendo a otra en brazos.
Armin salió corriendo. Por el sonido de las plantas a su espalda, sabía que Sasha le seguía. Sentía su corazón en las sienes a medida que se iba acercando. Connie sostenía a alguien en sus brazos, gritaba desesperado cosas sin sentido y, cuando vio a aparecer a Armin, comenzó a gritarle cosas que el rubio se veía incapaz de comprender porque, en brazos de Connie, estaba Eren, quien yacía sobre el suelo. Armin se agachó y le tomó entre sus brazos. Cuando lo hizo, los grandes ojos verdes de su mejor amigo se posaron sobre él, suplicantes.
–Eren –articuló Armin a duras penas, sintiendo cómo el castaño se aferraba a su camisa con fuerza. Eren intentó hablar, pero la sangre había comenzado a invadir su boca y ésta le manchó la cara. Armin presionó en el cuello mientras le sostenía en sus brazos, intentando tapar la hemorragia que le había producido una bala, ajeno a los sollozos de Sasha y Connie–. Te vas a poner bien –balbuceó mientras colocaba su mano derecha sobre el cuello de Eren, justo en la zona que la bala había atravesado. Eren intentó decir algo que sonó como una especie de carcajada, pero que se transformó en un gruñido mientras se ahogaba en su propia sangre–. Ya lo verás –murmuró Armin con la voz temblorosa hasta que dejó de sentir el agarre de Eren en su camisa. Su pecho que ascendía y descendía a duras penas había dejado de hacerlo. Eren ya no respiraba. Sus labios quedaron entre abiertos y el brillo de sus ojos se apagó por completo– ¿Eren? –preguntó Armin– ¿Eren? –insistió. Pero no hubo respuesta. Eren ya no estaba allí.
A diferencia de Connie y Sasha, quienes habían roto a llorar en el suelo en cuanto la vida se escapó del cuerpo de Eren, Armin tardó unos segundos en reaccionar. Durante aquellos instantes, un simple pitido se instaló en sus oídos. Se sentía mareado y notaba aún el calor del cuerpo de Eren, su sangre caliente manchándole la ropa. Pero, entonces, y aunque en realidad fuera imposible todavía, sintió cómo si el cuerpo de su mejor amigo hubiera comenzado a enfriarse. Armin sintió la respiración entrecortada, el aliento fétido de la muerte sobre su cara mientras extendía sus huesudos brazos hacia Eren para apartarlo de él para siempre.
Fueron unos segundos, solo unos segundos en los que tardó en darse cuenta de que su mejor amigo se había ido para siempre. Pero, cuando lo hizo, cuando comprendió que Eren no volvería a reír, ni a enfadarse por las cosas más tontas, ni a protestar cada vez que creía que algo era injusto, sintió que algo en su interior se rompía en miles de pedazos. Fue entonces cuando los labios de Armin se abrieron y, sin ser plenamente consciente de ello, un grito desgarrador se escapó de su garganta mientras abrazaba contra su pecho el cuerpo inerte de Eren.
~ ¡Nos leemos!
