A/N: ¡Hola! Por fin me he animado a publicar el último capítulo de este breve fanfic Jearmin. Lo tenía escrito desde hacía más de un año, así que ha sido una gozada poder compartirlo con todo el mundo. Espero que haya gustado.
Tengo alguna que otra idea para futuros fanfics, pero no están del todo bien desarrolladas. Ahora me dedico a muchos fanfics, así que trabajaría despacio en ellos.

Los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen, sino a Hajime Isayama

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[XVIII]

La oscura noche había caído ya. Pequeñas luces iluminaban un puente de madera que los alemanes habían hecho suyo. A través de él, pedían la documentación de todos aquellos que deseaban cruzarlo y se aseguraban de que ningún soldado ni traidor indeseable pudiera escapar de ellos. En los alrededores, otros patrullaban con perros que saltaban al menor movimiento desconocido.

Erwin se detuvo ante la orden del soldado alemán. Un hombre rubio, de traje impecable, se acercó con paso firme a ellos.

–¿Porr qué querrán ir hacia el norrte? No nos encontrramos más que a gente que quierre huirr al surr.

–Nosotros queremos volver a nuestro pueblo, Lebucquière. Soy el alcalde.

–Ah –el hombre le miró de arriba abajo, enarcando ambas cejas con curiosidad–. Deme sus papeles.

Erwin le entregó su documentación. El soldado alemán la tomó y se acercó hasta un lateral, donde en una mesa reposaba un teléfono. Llamó e intercambió con alguien unas palabras en alemán. No fue una conversación muy extensa y, tras colgar, el soldado le devolvió los papeles.

–Adelante.

Erwin asintió a modo de saludo al hombre, quien se apartó para dejarlos pasar. Al atravesar el puente, se fueron cruzando con otros grupos de gente como ellos, que ahora huían hacia el sur. Los miraban con ojos atónitos, sin poder creerse que atrevieran a pisar suelo alemán. Y, entonces, fue cuando Erwin lo vio. Primero reconoció las pecas del niño que lo acompañaba y, después, aquel soldado alemán posó sus ojos sobre los suyos. Jean Kirschtein y Erwin Smith intercambiaron miradas y, tan pronto como eso sucedió, ambos la apartaron. El rubio mantuvo la calma porque, conociéndole, expondría al resto, pero también estaba convencido de que Armin se marcharía de su lado una vez viera al castaño.

Armin en enseguida la sintió. Aquella misma conexión, aquel mismo hormigueo que cuando lo vio por primera vez, sentado en el despacho de Erwin mostrándole aquella sonrisa picarona. Levantó la vista del suelo y sus ojos cansados lo encontraron en seguida entre la multitud. Marco y Jean lo vieron, pero, antes de que el niño pudiera detenerse, Jean tiró de él y lo obligó a seguir caminando. No es que no deseara pararse, porque lo único que quería era estrechar a Armin entre sus brazos, pero no podía arriesgar las vidas de ninguno de ellos por un impulso.

Armin, en cambio, sí se detuvo. Sentía que el mundo se ralentizaba a su alrededor, que las caras de los demás se volvían borrosas y que solo las figuras de Jean y Marco permanecían inmunes a aquel extraño fenómeno. Miró al frente, buscando una señal, algo, que le dijera cómo debía proceder, qué era lo que debía hacer. Y, entonces, vio a Hanji asomada a través del carro. La mujer le sonrió en la distancia y le dijo adiós con la mano. Erwin caminaba por delante, sin atreverse a mirar atrás. Porque no deseaba ver a Armin partir. No estaba preparado para ello.

Armin giró sobre sus talones y aceleró el paso, ignorando las miradas de incredulidad del resto de sus vecinos. Sentía su respiración entrecortada, los latidos de su corazón en las sienes. Pronto los alcanzó y, sin decir nada, sin ni siquiera mirarles, se colocó al lado del pequeño Marco. El niño le miró de reojo y sonrió, tomando rápidamente la mano de Armin y estrechándola con fuerza. Se inclinó un poco hacia su izquierda y apoyó su mejilla en el brazo del rubio, aspirando el escaso olor a naftalina que todavía quedaba en su ropa.

–Halt! (¡Alto!) –les ordenó el mismo soldado alemán. Armin agachó la cabeza para evitar que pudiera reconocerle, aunque dudaba que aquel tipo hubiera reparado siquiera en su presencia– Herkommen (Venga aquí).

–Heil Hitler! –dijo Jean, apretando sus labios en una fina línea–. Mein Name ist Karl Lempke, der Siebten Panzer. Ich war gestern verwundet. Ich kehre mit meiner Schwadron (Mi nombre es Karl Lempke, de la Séptima Panzer. Me hirieron ayer. Vuelvo con mi escuadrón).

El soldado alemán sacó el carnet de la cartera. La fotografía estaba manchada de sangre y no podía apreciarse con claridad el rostro del soldado alemán que había sido retratado en ella. Jean contuvo la respiración y aguantó la mirada al hombre cuando éste le observó con cautela, escrutándole con la mirada para ver cualquier signo de flaqueo en Jean.

Finalmente, el soldado volvió a meter el carnet en la cartera y la cerró para entregársela a Jean.

–Wer sind sie? (¿Quiénes son ellos?) –preguntó sosteniendo aún la cartera con fuerza en la mano, evitando que Jean la recogiera.

–Dieser Junge und sein Bruder haben Mich geheilt. Ich helfe ihnen, den Fluss zu überqueren (Este muchacho y su hijo me han curado. Los ayudo a cruzar el río).

–Mmmm –el soldado alemán miró a Armin de arriba a abajo–. Sus papeles, porr favorr.

Armin rebuscó en el bolsillo de su pantalón y sacó su documento de identidad. De Marco no poseían nada, Jean había llegado hasta Lebucquière dejando atrás sus identidades y, con ellas, sus identificaciones. Sin embargo, Armin recordaba haberle tejido a Marco en el interior de su chaqueta su nombre y la dirección del pueblo, por si se perdía, para que pudiera regresar allí, donde le había prometido que le esperaría.

El soldado alemán reviso la documentación de Armin y, después, se acercó para leer con detenimiento lo que ponía en el trozo de tela cosida a mano.

–Adelante –el soldado alemán se echó a un lado y le entregó a Armin su documentación, prácticamente dejándola caer al suelo, por lo que éste la tuvo que recoger al vuelo.

Jean fue el primero en emprender la marcha de nuevo, deseando alejarse de allí cuanto antes. Armin y Marco aceleraron el paso, adelantándole y, cuando lo hicieron, el pequeño se aferró a la cintura del rubio, enterrando su rostro en un costado. Pensaba que no iban a ver más al maestro Armin, había rezado mucho para que eso no sucediera y ahora estaban los tres juntos. Marco se sentía protegido, se sentía en paz. Ahora todo iba a mejorar.

Caminaron en silencio durante varios metros. A mitad de camino, se desviaron de la ruta y se adentraron campo a través hasta llegar a una pequeña granja abandonada. Montones de paja estaban aún apilados en un rincón y Jean creyó que ese sería el lugar idóneo para descansar, para dormir las horas que faltaban hasta que amaneciera. Dejó que Armin acostara al pequeño Marco en uno de aquellos montones y él se cambió la ropa. Se quitó aquel desagradable uniforme nazi y regresó a su ropa, igual de mugrienta, pero más honorable que aquel pedazo de tela de color azul.

Permaneció en silencio en el exterior del granero, frotándose la cara con las manos. Aquello no era un sueño. Estaban los tres, como al principio. Le resultaba casi una broma del destino, como si alguien se estuviera riendo de él.

La puerta del granero se entreabrió y una cabellera rubia asomó por ella. Jean se giró para observar a Armin abandonar en silencio el granero. Ambos permanecieron en silencio, escrutándose con la mirada y, finalmente, los dos rompieron la distancia que les separaba y se fundieron en un abrazo. Se apretaron el uno contra el otro. Armin enterró su nariz chata en el cuello de Jean y aspiró su aroma. Olía a sudor y a sangre. Pero era él. Estaba vivo. Jean, en cambio, enterró su mano derecha en el pelo de Armin y sintió ganas de reír, de reír a carcajadas por tenerle de nuevo entre sus brazos.

Los dos se besaron. Jean fue el que tomó la inciativa. Le tomó el rostro con ambas manos y le besó con una pasión inusitada. No había delicadeza, pero Armin tampoco creía que la necesitara. Abrió la boca, tomando el aire que sus pulmones necesitaban, pero no pidió una tregua a la incesante lengua de Jean que no dejaba de juguetear contra la suya. Cuando Jean rompió el beso, Armin sentía la respiración entrecortada y emitió una leve carcajada cuando el castaño comenzó a darle breves y sonoros besos por toda la cara y el cuello mientras Armin se limitaba a rodearle con sus brazos y a acariciarle su espalda.

–Para, Jean –articuló Armin entre pequeñas risas juguetonas.

Jean se detuvo y dejó caer su frente contra la suya. Se veía cansado. Tenía unas grandes bolsas negras bajo sus ojos que le hacían parecer mucho más mayor de lo que era. Había perdido incluso peso porque sus pómulos se marcaban. Pero Armin creyó que seguía siendo igual de atractivo y que aquellos ojos castaños serían la cura que necesitaba para recuperarse de todo lo que había perdido. Para recuperarse de la muerte de Eren.

–Te quiero, Armin –susurró Jean al ver los grandes ojos cristalinos del muchacho. Durante sus días en la cárcel había soñado con ellos. Se había hecho a la idea, durante aquellos pocos días, de que no volvería a verlos. Pero ahora los tenía ahí, frente a él, y le estaban mirando con cierto aire de súplica y esperanza que hacían que a Jean le diera un vuelco el corazón. Cuando miraba a Armin a los ojos creía, no, tenía la certeza, de que todo iba a salir bien–. No sabes cuánto os he echado de menos. A ti y a Marco.

–Lo sé –Armin le dio un beso inocente en la barbilla. El rubio entrelazó sus dedos con los suyos y tiró cariñosamente hacia él para que regresaran al granero.

Cuando entraron, Marco les esperaba ligeramente incorporado. Jean y Armin le sonrieron y se colocaron cada uno al lado del pequeño, quien les obligó a quedarse cerca de él para conciliar el sueño de nuevo.

–No os vayáis nunca –gimoteó el pequeño mientras sus párpados, pesados, caían, sumiéndole en un profundo sueño. Jean se incorporó para darle un beso en el pelo y acariciarle hasta que la respiración del pequeño se acompasó. Armin observaba a Jean con los labios curvados ligeramente hacia arriba, reteniendo aquel momento en su memoria. Jean le devolvió la mirada y, así, fue como consiguió conciliar el sueño después de varios días. Aunque solo fuese durante unas horas.

Con los primeros rayos del sol que se filtraron a través de los huecos en la madera, emprendieron su marcha de nuevo. Un pequeño camino, oculto por el alto trigo, les llevaría a su propio destino. Armin y Marco caminaban delante. El pequeño aferraba con fuerza la mano del rubio y la movía hacia delante y hacia atrás, sin ocultar la sonrisa que deseaba dibujarse en su rostro. Jean, por detrás, los observaba con aire melancólico.

De repente, el pequeño Marco miró por encima de su hombro y emitió una carcajada. El niño extendió su brazo izquierdo hacia él y Jean le tomó la mano, uniéndose a aquella complicidad que existía entre Armin y Marco y que Jean no lograba a entender cuándo se había originado. Pero no le importaba en absoluto.

–Iremos a Londres –Jean habló de repente.

Armin guardó silencio. Los ojos del rubio se posaron sobre el camino y se relamió los labios antes de hablar.

–Londres… –soltó un suspiro mientras elevaba sus ojos y los posaba sobre el cielo– Me gusta.

Jean sonrió. Tendrían muchas cosas que contarse, tenían que relatarse todo lo vivido, narrar sus experiencias. Deberían curarse las heridas, afrontar las pérdidas una vez hubieran escapado de aquel infierno. Pero aún no era el momento. Ya tendrían tiempo de hacerlo. Tendrían una vida entera para ello.


~ ¡Nos leemos!